9 de Junio

San Efrén de Nísibe

Miguel Breydy
Mercabá, 9 junio 2021

Nació el 306 en Nísibe (Mesopotamia), hijo de un padre (José) que había conseguido para su familia la más preciada de las noblezas cristianas: la de pertenecer al número de los martirizados por Cristo. Ya en su infancia, disfrutaba el pequeño Efrén leyendo la Escritura y aplicándose a sí mismo lo que hallaba escrito sobre Efraim, el hijo de Jacob. Hasta que tuvo un sueño infantil:

"Vi aparecer sobre mi lengua una vid que creció tanto que sus ramas cubrieron casi el mundo entero. Y de sus numerosísimos racimos picoteaban los pájaros del cielo y nunca la uva venía a menos, sino aumentaba a cada picoteo".

Se trata de un sueño que fue realizado a la perfección en la innumerable cantidad de escritos que dejó Efrén a la posteridad, pues sus obras no tardaron en ser traducidas al griego, armenio, latino, eslavo, etiópico y hasta en varios idiomas modernos, aventajando a cualquier otra época y región cristiana del mundo por su caudal de testimonios, poemas, reflexiones y amenos tratados teológicos.

Cuenta la tradición que, llegado a los 14 años, Efrén fue a ver al obispo de Nísibe (San Jacobo de Nísibe), quedándose a vivir con él y sirviéndole hasta llegados los años del Concilio de Nicea (ca. 325), en que acompaña a su obispo como diácono y secretario. De allí volvió con su obispo para realizar públicamente la decisión tomada en el concilio (de que cada obispo fundase en su ciudad una escuela episcopal) y se puso a enseñar en la Escuela Episcopal de Nísibe con todo el empeño de su alma ardiente, hasta la muerte de su obispo (ca. 338).

En estos años los persas empezaron a atacar a la limítrofe Nísibe, por despecho a los romano-bizantinos que allí imperaban, como un oasis en medio de la Mesopotamia. Y Efrén comenzó a escribir sus Carmina Nisibena, loando mediante los términos y figuras bíblicas las gestas y peripecias ocurridas en Nísibe, a la hora de defender la fe católica y no caer bajo el dominio de los paganos de Persia.

Logró Efrén salvar milagrosamente a la ciudad, a la que Sapor II de Persia tenía asediada durante meses y en la que había empezado a cundir el hambre. Pues según parece, por intercesión del diácono Efrén, el Señor mandó una enorme cantidad de insectos y reptiles al ejército persa, que atacaron a los caballos y ahuyentaron a todo el ejército enemigo, mientras la ciudad se mantenía en oración y alrededor de Efrén y del obispo.

Años más tarde Sapor II de Persia volvió al ataque, saqueando y destruyendo la ciudad, hasta que el 350 Nísibe sucumbe y pide la rendición. El clero y los cristianos huyeron lejos de la ciudad, prefiriendo el exilio a la esclavitud pagana. Y también Efrén se fue con ellos, llegando a Edesa (actual Sanliurfa, en la frontera turco-siro-iraquí).

En Edesa la ciencia bíblica de los siros estaba en su apogeo. Su sede episcopal (3ª entre las 12 metrópolis del Oriente) dependía del patriarcado de Antioquía. Y allí había estudiado el famoso Taciano, autor del Diatessaron (resumen sintético de los 4 evangelios, utilizado muchísimo por los escritores eclesiásticos y por el mismo Efrén, en su versión armenia).

La Escuela Episcopal de Edesa había pasado al liderar la ciencia humana y divina de su época, pero sus componentes (discípulos de Taciano) empezaron a exagerar tanto sus opiniones científicas, que el mismo Efrén tuvo que ponerles freno. De hecho, uno de ellos (Armonio el Bardesanita) había recurrido a las razones astrales para negar la resurrección de los cuerpos, y empleando una táctica humana de mucho éxito, compuso muchas poesías (con ritmo popular) infectadas por esa doctrina.

Efrén se hizo cargo de la situación y recurrió a la misma arma, combatiendo la secta bardesanita con tanta superioridad (en el arte poético y en la ciencia bíblica) que fue posteriormente llamado "cítara del Espíritu Santo" y "magno poeta de los sirios". Efectivamente, a través de cánticos suaves, melodiosos y persuasivos, rogaba Efrén a sus contemporáneos que dejasen de lado las ciencias de este mundo y meditasen más la Biblia y los misterios de la fe, como fuente de mayor seguridad para una vida intelectual digna de los hombres de bien.

En Edesa buscó también Efrén la soledad de los montes vecinos, y la vecindad de los monjes y eremitas. Y empezó a propagar la sabiduría popular, que tanto provecho le había conseguido en su natal Nísibe. Se cuenta que hasta las mujeres iban por las calles repitiendo frases inspiradas en la doctrina bíblica. Hasta que una de ellas empezó a seguir esa moda, pero sin abandonar su vieja costumbre de ir mirando a los hombres con miradas provocativas. Hasta que Efrén la encontró y le dijo: "Yo tengo que mirarte porque de ti he sido tomado, mas tú tienes que rebajar tu mirada hacia la tierra, de donde has sido tomada".

Se decidió Efrén, pues, a quedarse en Edesa, pero lejos del remolino de la vida social y entre las chozas monacales de los alrededores. No dejó, sin embargo, de escribir, bajo el empuje y la inspiración de su fe y la gracia del Espíritu Santo, exponiendo y comentando los libros sagrados (empezando por el Génesis, según el texto de la versión sira llamada Peschitta, o versión simplificada). Seguía el método exegético de la Escuela de Antioquía, pero en sus cánticos acudía a las alegorías y expresiones nisibitas, que convenían mejor al cantor de los misterios cristianos.

No tardaron los profesores de la Escuela de Edesa en notar sus dones, y el obispo le ofreció pronto la dirección de la escuela. Se supone que en este período (ca. 350-363) fue elevado a la dignidad sacerdotal, pues le vemos tomar parte (a pesar de su amor al retiro monástico) en todas las cuestiones pastorales, didácticas y patrióticas de la "cristiana ciudad de Edesa".

Sin embargo, el apostolado didáctico ha sido la mayor labor de Efrén. En Nísibe, como en Edesa, le encontramos siempre enseñando o dirigiendo las escuelas episcopales. Sus escritos poéticos, como también los otros en prosa, tienen por blanco principal e inmediato el de exponer los dogmas cristianos, contrarrestar las herejías, desterrar los vicios, mejorar las costumbres, aniquilar las malas influencias de los sectarios y herejes y aumentar la fe en los fieles cristianos.

De ahí que actualmente, como hace 18 siglos, sus obras sean de grandísima utilidad no sólo para la historia de las herejías y de los dogmas católicos, sino también, y muy en especial, para predicar la doctrina de la Iglesia y sostener la verdad católica.

En sus libros, como en su cátedra y desde el púlpito y el altar, Efrén ha sido siempre el doctor de la Iglesia que expone los divinos misterios con la admiración entusiasta del poeta contemplativo y místico, a la vez que con su conducta ascética y austera ejercitaba una influencia preponderante en todo el Oriente siro a través de su fama y sus consideraciones sobre la vida y las virtudes cristianas. Encomendaba para el combate espiritual el ayuno, la oración, la lección de los libros sagrados, la penitencia y la humildad, como las mejores armas contra los vicios.

Y para la perfección no cesaba de aconsejar la vida de caridad, la virginidad y la filial devoción hacia la María, "purísima y sin mancha alguna". De ella (a la que siempre llama "María, Madre de Dios") afirmaba la perpetua virginidad e inmaculada concepción en varios lugares de sus himnos, particularmente cuando comparaba la santidad de María a la de su Hijo Jesús:

"Tú solo, ¡oh Jesús!, y tu madre sois puros bajo todos los aspectos, y vuestra pureza supera la de cualquier otro, pues en ti no hay mancha alguna, ni tampoco en tu madre".

La otra fuente de santidad para los cristianos es la Iglesia misma a través de la vida sacramental, y muy particularmente la comunión inquebrantable con la jerarquía, parte esencial del cuerpo místico, exaltando el sacerdocio y la primacía de Pedro, "fuente del sacerdocio y por donde los sacerdotes reciben sus poderes santificadores". Además, declara como ninguno la "presencia real de Cristo en la eucaristía", demostrado con tanta fe y amor los efectos de la comunión sacramental:

"Tu cuerpo, Señor, se ha mezclado con mi cuerpo, y tu sangre con la mía; por eso las llamas del infierno se alejarán de mí y no me quemarán. Tu cuerpo, que he comido, y tu sangre, que he bebido, resucitarán mis pobres miembros de las tinieblas de la tumba".

En esto, como en otros temas tratados por él, los escritos de Efrén y sus sermones eran teología viva. Entre las actividades pastorales de Efrén han de recordarse su celo para la formación de apóstoles, su organización de las funciones litúrgicas, tan útiles en pro de las almas y del culto, y, en fin, su amor a los pobres y enfermos.

En el himno laudatorio que San Jacobo de Sarug (ca. 521) consagró a la memoria de Efrén, le comparaba a Moisés, quien, para provecho de las mujeres y para solemnizar el culto divino, había ordenado a su hermana María que cantara los cánticos suyos junto con las demás (Ex 15, 20-21). Así hizo Efrén: para evangelizar a los fieles y catecúmenos reunía un grupo de vírgenes (a las que llamaba "hijas del pacto"), a quienes enseñaba los resúmenes poéticos de la doctrina evangélica y apostólica; y éstas, colocadas a su alrededor en las funciones litúrgicas, le hacían coro.

Para cada fiesta del Señor, de los mártires, de los difuntos, como también para las veladas en honor a la Madre de Dios, las voces armoniosas de las vírgenes alegraban la comunidad de los fieles asistentes, repitiendo en varios tonos y melodías los conceptos de la fe cristiana, los preceptos de la moral y las reglas de vida honrada en composiciones de estilo piadoso y popular, que se grababan en la memoria y eran repetidas en los hogares y en los campos de trabajo.

Y cuál fue la grandeza de su caridad y la actividad de sus esfuerzos cuando, acudiendo en ayuda de sus compaisanos diezmados por el hambre de un año de mala cosecha y sequía, se enfrentó con la avaricia de los ricos y las lágrimas de los enfermos sin techo y de los harapientos labradores. Con palabras de máxima austeridad hallaba como una llave milagrosa para abrir los corazones y las arcas de los que acaparaban el trigo. Con ejemplar abnegación y a pesar del peso de los años que tenía, logro hacer, bajo los pórticos de Edesa, el primer hospital conocido: camas buscadas por doquier a disposición de pobres, enfermos y hambrientos.

Siguió pidiendo él mismo la limosna, mendigando y recogiendo alimentos y abrigos para todo un año, hasta que, acabada la sequía y llegado el momento de nueva y abundante cosecha, se retiró otra vez a su vida de soledad y de oración mezclada con el estudio y el servicio de la Iglesia en su culto y funciones litúrgicas.

Cuando murió dejó dispuesto en su testamento que no le enterrasen en la iglesia debajo del altar (como era costumbre en el Oriente antiguo para con los sacerdotes), sino en el cementerio de los peregrinos y extranjeros, insistiendo tan sólo en que se acordasen de él en los santos sacrificios, "porque los sacerdotes del Hijo de Dios pueden perdonar los pecados de los difuntos por medio de sus sacrificios y sus oraciones".

Murió el 18 junio 373, y por eso Benedicto XV (quien le declaró doctor de la Iglesia universal en 1920) designó ese día como día de su fiesta. Sin embargo, los maronitas y otros siros celebran su fiesta el 28 de enero. Sus restos, distribuidos después en reliquias, llegaron por mano de los cruzados en el s. XII hasta Roma y varias ciudades europeas.