8 de Junio

San Medardo de Noyón

Casimiro Sánchez
Mercabá, 8 junio 2021

Fue uno de aquellos tantos santos de la Francia merovingia, que había logrado convertir al catolicismo San Remigio de Reims con su decisiva denuncia al monarca bárbaro Clodoveo I de Francia: "Adora, sicambro, lo que has quemado, y quema lo que hasta ahora has adorado".

En efecto, al desaparecer el Imperio Romano, el cacique sicambro Childerico había comenzado a construir un reino franco, al que posteriormente Clodoveo I dotó de una auténtica nacionalidad, dotando todos sus territorios (las Galias, ahora Francia) de unidad de territorio y religión.

Por la Batalla de Tolbiac (ca. 496) había vencido Clodoveo I de Francia a los ripuarios y alamanos, abrazando posteriormente la religión católica por influencia de su esposa (la princesa borgoñona Clotilde) y del obispo de Reims (San Remigio).

Por la Batalla de Vouillé (ca. 507) se había apoderado Clodoveo I de los dominios visigóticos, eficazmente apoyado por el clero (que veía con agrado la expulsión de los arrianos visigodos de las Galias). Posteriormente, y aplicando toda clase de procedimientos, logró adueñarse de todos los dominios de los demás pueblos bárbaros del Rhin y Cambray. Y ponerlos bajo la custodia de los monjes y obispos, que penosamente fueron educando a todos esos pueblos salvajes a la moderación y el uso ponderado de la fuerza, en un equilibrio entre religión y poder.

En este clima creció Medardo, nacido el 456 en Salency (Picardía) de afamado padre franco (Néctor) y noble madre galorromana (Protagia). De su padre heredaría la fortaleza, la decisión e incluso el prestigio para que nadie le tornara por sospechoso. De su madre mamaría la delicadeza, las finas maneras y el gusto depurado.

Siendo niño, estudió en la Escuela Episcopal de Augusta Veromanduorum (frontera francobelga), en la que fue adelantando en estudios y en virtud. Y rayaría los 15 cuando vivió la muerte de Clodoveo I de Francia (ca. 511), en que su reino fue dividido entre sus 4 hijos (Tbierry, Clodomiro, Childeberto y Clotario) hasta muchos años después (ca. 558), en que Clotario I de Francia lo volverá a unificar, una vez muerto ya Medardo.

Desde luego, está probado por los biógrafos primitivos el sentido limosnero del joven Medardo. Compartía con los estudiantes más pobres su comida, socorría largamente a los menesterosos, y en una ocasión dio un caballo a un pobre peregrino a quien los ladrones habían dejado a pie, robándole su cabalgadura. Cuando su padre notó la falta en la caballeriza, se admiraría ante el suceso y presentiría que su hijo, si algún día alcanzaba fama, no sería como guerrero sino como clérigo.

Efectivamente, el obispo de su diócesis (Noyón) le promovió a las órdenes sagradas, y ascendiendo por los grados de la jerarquía llegó al sacerdocio. Para empezar su ministerio, debió volver a Salency para hacerse administrador de las propiedades paternas (que repartió a los pobres), pues una de las cosas que debían aprender los francos (acostumbrados a la ley de la selva) era el respeto a la propiedad.

Tres anécdotas nos han llegado de esos primeros años sacerdotales en su natal Salency, administrando sus bienes familiares.

Medardo tenía una viña junto a su casa. Y eran los comienzos del otoño cuando un sol en declive va dando toques de oro a los racimos de las cepas. Una noche los ladrones asaltaron la heredad. Llenaron sus capachos y pretendieron huir con el objeto de su depredación. Todo fue inútil; no encontraban la salida de la finca. A la mañana siguiente la aurora y Medardo, que salía al predio para cantar los salmos de su oficio, encontraron a los rateros. Medardo no tuvo reproche alguno para los infelices. Tal vez, con un dejo de ironía, pudo decirles:

—¿Veis? El pecado ciega. Con lo fácil que era dar con la puerta. Podéis marchar, y que os aproveche vuestra vendimia.

Otro día fue un ladrón goloso que asaltó las colmenas de la casa parroquial. Pero tan apurado se vio de las abejas que le picaban implacables, que tuvo que solicitar socorro del Santo.

—Mira, lo mismo ocurre con el pecado. Sus comienzos son dulces, pero las consecuencias tienen veneno y picor de abejas.

Por último, el caso más gracioso y educativo fue el de la vaca. Medardo tenía una vaquita, preciosa y que daba mucha leche, y a la que gustaba soltar al prado. La becerra pacía aquí y allí, bajaba hasta la ribera del río, se metía entre los juncos y espadañas de la orilla. El joven sacerdote oía la cencerra, escuchaba su sonido, y sabía las andanzas de su vaca. Y si alguna vez el animalito se extraviaba demasiado, Medardo lanzaba un silbido profundo y la vaca volvía a la querencia del establo. Él mismo la ordeñaba, la apiensaba, y hasta el día siguiente.

Pero un día la vaca se alejó. Al principio Medardo oía el cencerro de su vaca. Después sólo muy lejanamente, por último, nada, ni un eco. Medardo silbó a su vaca, esperando hallar la respuesta de su esquilita; pero la vaca no contestaba, porque un ladrón la había robado.

Medardo se acostó triste aquella noche, sin tomarse su cuenco habitual de leche espumante. Pero a la mañana siguiente se presentó el ladrón solo, por su voluntad, sin que nadie le obligara. Mejor dicho, venía obligado por la esquila de la vaca. Cuando la robó, y para que no sonara, le quitó el cencerro, y lo escondió en sus alforjas; pero el cencerro sonaba, sonaba y sonaba. Después lo enterró en el suelo, y el cencerro seguía sonando.

Por fin en su casa lo atascó con paja y lo escondió entre el heno. Mas el cencerro no dejaba de sonar. Aquella noche el hombre no pudo pegar el ojo, oyendo incesantemente la esquila de la vaca de Medardo. Cuando a la mañana siguiente le explicó al joven cura lo ocurrido, éste le respondió:

—Hijo, eso es la esquila de tu conciencia. El remordimiento no te ha dejado dormir. Es la consecuencia de todo pecado.

Estos hechos y aún otros más portentosos debieron hacer subir el crédito de santidad de Medardo. Y nada puede extrañar que fuera elegido obispo a la muerte de Alomer, que regía la sede de Vermandois. Parece ser que fue consagrado por el propio San Remigio de Reims, y para poder seguir atendiendo a sus posesiones familiares, y para enseñar costumbres cívicas a sus cristianos, recién salidos de la idolatría, o, como quieren otros biógrafos más dudosos, porque Noyón ofreciera mejores condiciones de defensa en aquellos tiempos calamitosos de invasiones y guerra, trasladó a esta ciudad la sede episcopal.

Aquí comenzaría su lucha enérgica y suave centra los restos de paganismo que se resistía a cristianizarse, contra las supersticiones, contra las duras costumbres, contra la ignorancia, contra la rapiña y la haraganería, contra la intriga y el asesinato. Oscura tarea que llevaron a cabo aquellos obispos galos del s. VI, que lograron cambiar la mentalidad de los francos recién convertidos.

El prestigio del obispo Medardo aparece en todo su esplendor cuando vemos a la reina Radegunda, postrada a sus pies y pidiendo con humildad y energía el hábito de monja.

Radegunda era esposa de Clotario I de Francia, que la había conseguido como botín el año 531, cuando las luchas intestinas de Turingia permitieron a los reyes francos apoderarse de aquel reino. Los hijos de Bertario (hijo del rey derrotado, Hermanfrido I de Turingia) cayeron prisioneros, y entre ellos venía Radegunda (joven princesa, en la corte de su tío). Clotario I consiguió finalmente casarse con ella, dentro de la legalidad, aunque venciendo la repugnancia natural de la derrotada.

Mucho debió de sufrir ésta al lado de su regio consorte, cuyas noticias de la historia nos ha dejado de él su violencia y lujuria, así como su capacidad de arrepentimientos. Radegunda supo conducir la corte de Clotario I de Francia dentro de una alta vida religiosa, sin descuidar un momento sus deberes de soberana. Mas, como dijimos, pidió y obtuvo permiso de abandonar la corte, y con su ascendiente moral obligó a su obispo Medardo a que le diera el velo de consagrada.

El obispo duda, pero no por miedo a la cólera de Clotario I, sino porque los presentes que le advierten:

—Obispo, cuida mucho de no arrebatar al rey su legitima esposa, la cual él desposó solemnemente.

Más bien temía ir contra los sagrados cánones, que prohibían la separación de marido y mujer. Mas como Radegunda ya había obtenido la autorización de la Corte, venció los últimos escrúpulos del prelado y, vestida ya de monja, le dijo:

—Si dudas de consagrarme, o tienes miedo de un hombre más que de Dios, sabe que él te pedirá cuenta del alma de tus ovejas.

Estas palabras decidieron al buen pastor, que impuso las manos a Radegunda, consagrándola a Dios. Y no parece que Clotario I de Francia tomara a mal la conducta del obispo, a pesar de lamentar el haberse quedado sin tan santa esposa. Ésta marchó a Poitiers y fundó un monasterio, que puso bajo la Regla de San Cesáreo de Arlés, y donde Venancio Fortunato hacía de capellán y consejero.

Medardo murió poco después en Noyón, avanzado de edad y cargado de méritos, el 8 junio 545. Su cuerpo fue llevado a Soissons, donde se levantó un célebre monasterio, comenzado por el propio Clotario I de Francia.

La fama taumatúrgica del obispo Medardo creció tan rápidamente que, al año siguiente, podía escribir San Niceto de Tréveris que "era parangonable con la de San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers y San Remigio de Reims".

Los prisioneros liberados por su intercesión acudían a su templo a dejar sus cadenas como exvotos. Al principio del s. X los monjes de Soissons, huyendo de los normandos, llevaron sus reliquias de Dijon.

San Medardo es uno de los santos más populares de la Francia Altomedieval. No es raro que alrededor del mismo hayan proliferado las leyendas. Leclercq dedica en su Diccionario de Arqueología y Liturgia un denso artículo sobre las biografías de Medardo, la más célebre de las cuales fue escrita el año 600 por un monje merovingio, posiblemente Venancio Fortunato.

San Gregorio de Tours nos dice que ya en su tiempo se representaba a San Medardo con la boca entreabierta y enseñando la dentadura, para significar de esta manera ingenua que era patrón contra los dolores de muelas. Este gesto del santo ha pasado a la paremiología francesa, en que se dice: Ris qui est de saint Médard le coeur n'y prend pas grand part (lit. "en la risa de San Medardo, el corazón no toma mucha parte").

La Abadía de Soissons fundada por el obispo San Medardo llegó a ser famosa y a poseer pingües riquezas, jugando un papel importantísimo bajo los reyes merovingios y carolingios.