28 de Noviembre

Santa Catalina Labouré

Casimiro Sánchez
Mercabá, 28 noviembre 2021

           Nació en 1806 en Fain les Moutiers (Bretaña) con el nombre de Zoe, en el seno de una familia de agricultores acomodados en la que ella era la 9ª de 11 hermanos vivientes, de los 17 hijos que tuvo el cristiano matrimonio.

           La madre murió en 1815, quedando huérfana Zoe a los 9 años. Ha de interrumpir sus estudios elementales, que su misma madre dirigiera, y con su hermana pequeña Tonina, es enviada a casa de unos parientes, para volver en 1818 y encargarse ya de la casa, cuando la hermana mayor María Luisa ingresa en las Hijas de la Caridad.

—Ahora nos toca a nosotras hacer marchar la casa, dice Zoe a Tonina.

           Tenían 12 y 10 años, pero ambas se convirtieron en auténticas mujeres de gobierno, pues la hacienda campesina marcha adelante, envolviendo los pichones zureantes del palomar o atendiendo a la cocina, así como llevando al tajo la comida de los trabajadores.

           Al mismo tiempo que Zoe atiende los deberes de casa, se va preparando para la 1ª comunión. Acude cada día al catecismo a la parroquia de Moutiers Saint Jean, y su alma crece en deseos de recibir al Señor. Cuando llega al fin día tan deseado, Zoe se hace más piadosa, más reconcentrada. Ayuna los viernes y los sábados, a pesar de las amenazas de Tonina, que quiere denunciarla a su padre. El señor Labouré es un campesino serio, casi adusto, de pocas palabras. Zoe no puede franquearse con él, ni tampoco con Tonina o Augusto (sus hermanos pequeños), incapaces de comprender sus cosas.

           Y ora, ora mucho. Siempre que tiene un rato disponible vuela a la iglesia, y, sobre todo, en la capilla de la Virgen el tiempo se le pasa volando.

           Un día ve Zoe en sueños a un venerable anciano que celebra la misa, y le hace señas para que se acerque; mas ella huye despavorida. La visión vuelve a repetirse al visitar a un enfermo, y entonces la figura sonriente del anciano la dice: "Algún día te acercarás a mí, y serás feliz". De momento no entiende nada, ni puede hablar con nadie de estas cosas. Y ella sigue trabajando, acudiendo gozosa al enorme palomar para que la envuelvan sus palomos, tomando en su corazón una decisión irrevocable que reveló a su hermana:

—Tonina, yo no me casaré. Cuando tú seas mayor, yo le pediré permiso a papá y me iré de religiosa, como María Luisa.

           Esto mismo se lo dice un día al señor Labouré, sacando fuerzas de flaquezas ante las dudas de que su padre consintiera. Y, efectivamente, su padre no estuvo dispuesto a perder a Zoe, respondiendo que ya había dado bastante a Dios con una hija. Y la mandó a París, para que ayudase a su hermano Carlos en su negocio de la hostería, frecuentada por obreros.

           El cambio fue muy brusco. Zoe añora su casa de labor, sus pichones y la tranquilidad de su campo, mientras que aquí en París todo es falso y viciado. ¡Qué palabras se oyen, qué galanterías, qué atrevimientos! Sólo por la noche, y después de un día terrible de trabajo, la joven encuentra soledad en su pobre habitación. Momento que aprovecha para orar más intensamente que nunca, pidiendo a la Virgen que la saque de aquel ambiente peligroso.

           Carlos comprende que su hermana sufre, y trata de facilitarle la entrada en el convento. ¿Pero cómo solucionarlo, estando el padre por medio? Habla con Huberto, el hermano mayor, que es un brillante oficial y tiene abierto un pensionado para señoritas en Chatillon sur Seine. Y ambos deciden que aquella otra casa es más apropiada para Zoe.

           Pero Zoe sigue siendo campesina, y aquel refinado colegio está lleno de jóvenes de la más alta sociedad, que empiezan a avasallarla con sus burlas. Eso sí, Zoe perfecciona su pronunciación, y aprovecha para reemprender los estudios que había dejado a los 9 años.

           Un día, visitando el Hospicio de la Caridad de Chatillon, quedó sorprendida al ver el retrato del anciano que años atrás se le había aparecido en la aldea. Era un cuadro de San Vicente de Paúl. Entonces comprendió cuál era su vocación, y como el santo le predijera, se sintió feliz. Insistió ante su padre, y al fin éste se resignó a dar su consentimiento.

           Zoe hizo su postulantado en la misma casa de Chatillon, y de allí marchó en 1830 al noviciado central de las Hijas de la Caridad en París. En enero de 1831 tomó el nombre de Catalina, y fue descrita por su superiora como "una chica fuerte, de mediana talla, que sabe leer y escribir, de carácter aparentemente bueno y juicio no del todo sobresaliente; aunque es piadosa y trabaja en la virtud".

           Pues bien. A esta novicia corriente, y sin cualidades destacables, ya se le había manifestado el año 1830 la misma Virgen María, aunque ella lo hubiese mantenido callado. He aquí cómo relata la propia sor Catalina su 1ª aparición:

"Aquella noche de San Vicente me quedé dormida. Y a las 23.30 oí que me llamaban por mi nombre: Hermana, hermana. Despertándome, miré del lado que había oído la voz, que era hacia el pasillo. Corro la cortina y veo un niño vestido de blanco que me dice: Venid a la capilla, que la Santísima Virgen os espera. Me apresuré a vestirme y me dirigí con aquel niño al presbiterio de la capilla, al lado del sillón del señor director. Entonces oí como un ruido, que venía a colocarse en las gradas del altar. Me sería imposible decir lo que sentí en aquel momento, ni lo que pasó dentro de mí. Mirando entonces a la Santísima Virgen, díjome ella cómo debía portarme con mi director, y muchas otras cosas que no debo decir".

           La anterior visión, que sor Catalina narra con todo candor, ocurrió en el mes de julio, y fue como una preparación a las grandes visiones del mes de noviembre, que la santa referiría a su confesor (el padre Aladel), por quién se insertaron los relatos en el proceso canónico iniciado 6 años más tarde.

"A las 17.00 estaban las Hijas de la Caridad haciendo oraciones, cuando la Virgen Santísima se mostró a una hermana en un retablo de forma oval. La Reina de los cielos estaba de pie sobre el globo terráqueo, con vestido blanco y manto azul. Tenía en sus benditas manos unos diamantes, de los cuales salían rayos muy resplandecientes, que caían sobre la tierra. También vio en la parte superior del retablo las palabras Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos, formando un semicírculo que, pasando sobre la cabeza de la Virgen, terminaba a la altura de sus manos".

           Esta escena se repitió algunas veces, ya durante la misa, ya durante la oración, y siempre en la capilla de la casa central. La 1ª aparición de la Medalla Milagrosa ocurrió el 27 noviembre 1830, un sábado víspera del primer domingo de adviento.

           Pasado el noviciado, sor Catalina fue enviada al Hospicio de Enghien, en el arrabal San Antonio de París, lo que le dio facilidad para poder comunicarse con su confesor Aladel. Allí trabajó en la cocina, donde no faltaba trabajo; pero interiormente sentía apremios para que la medalla se grabara y ese expandiera, encomendando esa tarea al padre Alabel, que a su vez se lo comunicó a mons. Quelen, arzobispo de París.

           Entre las Hijas de la Caridad cundió la noticia de las apariciones de la Virgen a una de sus hermanas, si bien se ignoraba qué hermana era la vidente (cosa que jamás pudo averiguarse, hasta que la propia sor Catalina se lo manifestó a la superiora, en 1876 y ya cercana su muerte), por estricto silencio dictado por el obispo Quelen.

           La medalla de Labouré se hizo popular tras la ruidosa conversión del judío Alfonso de Ratisbona, ocurrida en Roma el 20 enero 1842. Pues de paso por Roma, el joven hebreo recibió una medalla del barón de Bussieres. Y una tarde, esperando a su amigo en la Parroquia de San Andrés dalle Fratre, se sintió atraído hacia la capilla de la Virgen, donde se le apareció esta Señora tal como venía grabada en la medalla.

           A partir de entonces, la medalla milagrosa (a la que se le dio ese apelativo, de forma popular) empezó a adquirir enorme popularidad entre las devociones marianas, como el rosario o el escapulario.

           Entre tanto, sor Catalina se hundía más y más en la humildad y el silencio, y así pasó sus restantes 45 años en dicho hospicio de ancianos, recordando sus años de aldeanita en Fain les Moutiers, donde había aprendido a saber callar en casa del señor Labouré. En esta ocasión, en Enghien pasa sor Catalina por las labores de la cocina, la ropería, el cuidado del gallinero, los ancianos de la enfermería y, ya sin fuerzas, la portería.

           En 1865 muere el padre Aladel, y otro sacerdote le sustituye en su cometido de confesor, única persona a la que sor Catalina revela, en cierta ocasión, lo que un día había visto y oído. Y se dedica a vivir en el silencio, desempeñando los vulgares oficios de comunidad con el aire más natural del mundo.

           El confesor que sustituyó al padre Aladel es sustituido por otro. Estamos en junio de 1876, año en que presiente la santa que habrá de morir. Tiene por delante pocos meses de vida, y decide confiar su secreto a la superiora de Enghien. La superiora no lo duda un instante, y decide erigir rápidamente un altar con la estatua de las apariciones, para que sor Catalina le dé el visto bueno.

           La misión ha sido cumplida del todo. Y sor Catalina muere repentinamente a los 70 años, un 31 diciembre 1876. En noviembre había tenido el consuelo de hacer sus últimos ejercicios en la casa madre de Rue de Bac, en cuya capilla había sentido, hacía 36 años, las confidencias de la Virgen. Su muerte fue dulce, después de recibir los santos sacramentos, y mientras le rezaban las letanías de la Inmaculada.

           Cuando el cardenal Verdier abrió la sepultura de sor Catalina 56 años después, para hacer la recognición oficial de sus reliquias, el equipo forense halló su cuerpo incorrupto, e intactos aquellos bellos ojos azules que habían visto a la Virgen. Hoy sus reliquias reposan en la propia capilla de Rue du Bac, en el altar de la llamada Virgen del Globo, o Virgen de la medalla milagrosa.

           Sor Catalina Labouré fue beatificada por Pío XI en 1923, y canonizada por Pío XII en 1947, destacando en ambas celebraciones los significados de sus 2 nombres, Zoe (lit. vida) y Catalina (lit. pura).