27 de Noviembre

Beato Ramón Llull

Lorenzo Riber
Mercabá, 27 noviembre 2021

           Nació el año 1232 en la isla de Mallorca, hijo de la 1ª generación de conquistadores de Jaime I de Aragón y perfectamente continuador de aquellos profetas del AT, que se lanzaban a la acción con ímpetu de arma arrojadiza. Pues Llull buscó sin descanso el enderezamiento de toda la infidelidad, desparramada por el universo mundo; la conquista de todas las mentes, bajo el imperio de la verdad; y el derramamiento de su propia sangre, como sello de su rúbrica final. Sustanciada en esto la vida de Llull, todo lo demás es en ella colateral, pues aquel era su único y triple deseo, y por ello luchó sin descanso.

           En la Universidad Sorbona de París expuso Llull su Arte Magna filosófica, una obra que ni doctores ni escolares lograron comprender, por su difícil sistematización. Raimundo sufre entonces un inenarrable desencanto, y va a mitigar su duelo a las afueras de París, a una bella selva arbolada en la que decide arrumbar su Arte Magna, y volver de nuevo a la palestra parisina con su ameno Arbol de Filosofía de Amor, para ver si sus ideas filosóficas triunfan por medio del amor manera de amor.

           En vaso infrangible lleva Llull el tesoro del apostolado. Apóstol es, y apóstol incomparable que descuella en su multiforme y proteica personalidad. Apóstol cuando se sienta en los bancos o en la cátedra de la Universidad parisina donde se le apoda Ramón el Barbaflorida. Apóstol es cuando sueña, con antelación de doscientos años a Santo Tomás Moro, una suerte de cristianísima utopía, porque utopía es aquel delicioso libro de Blanquerna por el cual quiere atraer sobre el mundo el reino de la justicia del amor y de la paz de Cristo. Apóstol cuando rima los versos anfractuosos y abruptos de los Cien Nombres de Dios. Apóstol cuando compone el rústico Amigo y Amado franciscano, viniendo a decir que "si no nos entendemos por el lenguaje, entendámonos por el amor".

           Apóstol más que nunca, cuando con el favor de Jaime II de Mallorca, y anticipándose en cientos de años al Colegio de Propaganda Fide, funda el Colegio de Lenguas Orientales, cuyo acabamiento y dilapidación hubo de ver con sus ojos mortales. Apóstol cuando acude a la corte del rey de Francia y a la corte del rey de Aragón, y dedica el libro De Oratione a la dulce Blanca de Anjou. Apóstol cuando acude a la corte de Roma, infructuosamente; y con sus 80 años a cuestas, camina hacia el Concilio de Viena (sobre el Ródano, durante la cautividad de Avignon) y emplaza ante el tribunal de Cristo a Clemente V, de quien promete ser testigo de cargo, si el concilio se malogra.

           Apóstol cuando acude a los capítulos generales de las grandes órdenes religiosas de su tiempo. Apóstol cuando en su opúsculo De Fine ofrece planes para la conquista del norte de Africa, camino más rápido y seguro para recuperar el Santo Sepulcro de Jerusalén. Apóstol en sus proyectos de evangelización del universo mundo, no por violencia de armas materiales, sino con el sistema con que la cristianizaron los apóstoles, con predicación evangélica persuasiva y con derramamiento de lágrimas y de sangre. Apóstol siempre Ramón Llull y fiel a sus 3 deseos originales, que fueron el poderoso motor de su vida.

           No obstante, y aunque sí consiguió cumplir sus 2 primeros deseos, ¿consiguió su tan deseado martirio, o tercer deseo tan ansiado?

           Esta es la incógnita de nuestros días, y el mayor tormento de sus biógrafos y devotos. Por largos años y generaciones se creyó así, y hasta se fijó una fecha: 2 julio 1314, cuando se dirigía triunfal a su isla natal (Mallorca), y en pleno mar Mediterráneo. Es lo que refleja el documento Nihil Prius Fide, aunque documentos posteriores (del archivo de la corona de Aragón) atestiguan su muerte 4 meses después. Su martirio, por tanto, pudo ocurrir, pero no en aquel día señalado por el Nihil Prius Fide, sino en otro momento o contexto diferente. Eso sí, rebasados ya los 80 años de vida mortal, un verdadero hito en aquellos años del s. XIV.

           Ramón Llull, en el generoso ímpetu de su conversión, en su grandiosa y quizá primogénita obra del Libro de Contemplación, escribió estas palabras grávidas de fogoso deseo y llenas, tal vez, de clarividente presagio:

"Bienaventurados son, Señor, aquellos que en este mundo se visten de rojo color y de vestiduras bermejas, semejantes a las que vestisteis Vos el día de vuestra muerte. Esta bienaventuranza y esta gracia espera vuestro siervo, todos los días, de Vos; que sus vestidos sean tintos en sangre y mojados de lágrimas el día de su muerte, si es que a Vos pluguiere que él muera por amor vuestro y por amor de aquellos que os aman".

           Y aun, a veces, con golosa anticipación, deléitase saboreando el cáliz embriagante del martirio entrañablemente deseado y con ardientes votos que merecieron ser oídos de Dios:

"Tanto se dilata, Señor, el día en que yo tome martirio en medio del pueblo, confesando la santa fe cristiana, que todo me siento desfallecer y morir de deseo y añoranza porque no llegué a aquel día en que esté en medio del pueblo, acosado como león u otra salvaje alimaña, rodeada de cazadores que la matan y la despedazan".

           La pesadumbre de más de dieciséis lustros gravitaba en sus hombros; su barba, que en sus días de París era florida, ahora pendía cuajada en larga nieve sobre su pecho; y su cabeza blanqueaba con los rayos fríos de una aurora polar. Era llegada la hora de disponer de aquellas cosas que el Amado le diera en comanda. La avara antigüedad nos ha conservado el testamento postrero. Raimundo, como el protagonista de su Arbol de Filosofía de Amor, dejó su cuerpo al polvo de la tierra para que lo dispersase ante la faz del viento.

           Distribuyó su rica pobreza entre los 2 hijos de su carne (Domingo y Magdalena, esposa del prócer barcelonés Pedro de Sentmenat), los frailes predicadores, los frailes franciscanos, las monjas de Santa Clara y las de Santa Margarita, y entre los niños huérfanos de Mallorca.

           Ramón Llull quiso con voluntad firme que todas sus obras fuesen enviadas a la Cartuja de París y a Spínola de Génova, para su reimpresión y envío al supremo apostolado africano: "Quiero y mando que copien sobre pergamino los libros en romance y en latín, que mediante la divina gracia compilé".

           Los datos de su muerte nos son desconocidos. Lo que sí se sabe es que sus restos llegaron a Mallorca ya cadavéricos, y allí fueron sepultados. Primero en la sacristía de la iglesia de San Francisco, y posteriormente en la capilla de Nuestra Señora de la Consolación, donde hoy espera la resurrección de la carne, junto a su dulcísimo Libro de Santa María. Como reza allí un epitafio de su Amigo y Amado:

"Si vosotros, amadores, queréis agua, venid a mis ojos, que son fuentes de lágrimas; y si queréis fuego, venid a mi corazón y encended en él vuestras antorchas".