25 de Noviembre

Santa Catalina de Alejandría

Joaquín González
Mercabá, 25 noviembre 2021

           Catalina (en latín Catharina, Aecatharina en griego) nació a finales del s. III en Alejandría, desembocadura del Nilo y poderosa metrópoli desde que la fundara in situ el poderoso Alejandro Magno, el año 332 a.C. Pues al brillo deslumbrante de los egipcios (en sus templos) se unió la sabiduría abstracta de los filósofos atenienses (en el ágora), dotando a la nueva ciudad del ángulo que faltaba entre Atenas y Jerusalén: Alejandría, capital de las letras.

           Pocos años después Tolomeo I Soter trasladará allí la capital de Egipto, y ésta empezará a ser "foco principal de la ciencia y comercio de todo el Mediterráneo", aparte de mantenerse como sede de las viejas culturas, con 700.000 libros en su biblioteca y 14.000 estudiantes dando renombre a su universidad (museum, en aquella época).

           Atraídos por su doble fama (de faro y biblioteca) y sobre un suelo fecundo, no tardaron en establecerse allí los nómadas de todos los pueblos del mundo. Y los judíos, linces en la especulación, no fueron los últimos en llegar, fijando aquí su residencia con el objeto de ganarle a Osiris y Zeus numerosos prosélitos. De hecho, simpatizantes llegaron a ser, al menos, de Tolomeo II, que bajo su reinado ordenó que 70 intérpretes tradujeran el AT.

           Así surgieron los auténticos representantes de la filosofía greco-judaica: Aristóbulo y Filón, empeñados en concordar la filosofía pagana con el AT, y en convertir a éste en "la única fuente primordial de la ciencia y mitología griegas". Pero también pasó por aquí pasó el neoplatónico Plotino, que con "su fuego de espiritualismo, sus concepciones abstrusas y su panteísmo emanatista" describe su Trinidad "como si hubiera vivido en el cielo", según frase de Fouillé.

           Esta fue la patria histórica de Catalina, nacida el 287 d.C. en pleno centro de la ciudad, y que pocos años después paseaba de forma elegante por sus calles abiertas, como toda persona emparentada con la estirpe real.

           Catalina frecuenta el Didascaleo, en su época digno sucesor del antiguo Museum. Y allí bebe las páginas eruditas de los viejos pergaminos, aunque sin dejarse convencer por Aristóbulo, Filón ni Plotino. Pues ahora Alejandría está imbuida de cristianismo, desde que San Marcos la evangelizara 200 años atrás.

           De hecho, en dicho Didascaleo se albergaba una escuela catequística cristiana, desde que Clemente de Alejandría la fundara 100 años atrás, y en ella hubiera sentado cátedra 50 años antes Orígenes, "el hombre de diamante con siete taquígrafos" según frase de Eusebio, que aludió a Clemente y Orígenes en sus intentos por armonizar, tanto con la filosofía como con la ciencia. Una escuela de catecúmenos que, de rudimentaria, se había convertido en auténtica escuela de teología, cuando asumió su dirección San Panteno. Y que adquirió un carácter de palestra abierta al Didascaleo con sus actividades y discusiones públicas, desde que se puso al frente de la misma San Dionisio de Alejandría.

           En este ambiente se desenvuelve la vida de Catalina. Ella reflexiona, medita, compara, discute y se ilumina. Osiris y Apis, así como toda la legendaria mitología egipcia, arranca de sus labios sonrisas compasivas, cuando no irónicas y a veces tristes. Rechaza de plano la amarga ideología pagana, y no puede creer en las almas muertas pegadas a cuerpos momificados. ¿Dónde está el poder de aquellos dioses, tan multiplicados como las aberraciones humanas y reducidos a simples figuras de piedra o a elementos sin vida de la naturaleza? ¿Dónde su fuerza y su virtud?

           Le fascinan las ideas elevadas de Platón, que analiza a la luz de la razón en su inteligencia penetrante. No le satisfacen. Catalina es cristiana de corazón antes de recibir el bautismo. Tal vez está fresca todavía la impresión causada por Atanasio en el sínodo de la ciudad. En la escuela catequética oye las enseñanzas del obispo Pedro, y el Sermón de la Montaña de Jesucristo cautiva su corazón. Las parábolas del evangelio, así como los milagros de Jesús y su testimonio incomparable, la enardecen y entusiasman. Venera el ejemplo y heroísmo de los mártires del cristianismo, que fecunda y fertiliza la Iglesia viva de sus días y de todos los días. Y pese a la amenaza cobarde de emperadores lascivos y gobernantes verdugos, Catalina se hace bautizar.

           Están en boga todavía las debatidas cuestiones escriturísticas, y litúrgicas planteadas por Anmonio de Sacas y Anatalio, obispo de Laodicea. Célebres son las controversias alejandrinas. Catalina, asidua discípula y maestra en ciernes, se permite sin duda opinar sobre las cuestiones que están en el tablero de los cristianos:

"¿En qué días se debe celebrar la Pascua? ¿Cuánto debe durar el ayuno pascual? ¿La conmemoración de la muerte de Cristo ha de ser motivo de duelo o de regocijo? ¿Comió Jesucristo el cordero pascual el 14 de Nisán, como todos los demás judíos, o el 13 por anticipación? ¿Qué día y a qué hora resucitó el Señor?".

           Algunas de estas preguntas no han recibido todavía respuestas. Pero, ¿qué es lo que le importa a esta joven Catalina, que menosprecia su belleza física, un deslumbrante porvenir, el oro y plata de que se viste, la aristocracia regia a la que pertenece, y hasta la más profunda filosofía greco-latina? ¿Qué es lo que a ella le halaga o persigue? Porque vemos que se conserva virgen, renuncia a un estilo de vida regalado, y rechaza las bandejas de plata. ¿Será acaso Cristo, al que ella considera su maestro y con el que planea un matrimonio virginal? ¿Y será esa su manera de armonizar lo cristiano con lo pagano?

           La política de todos los tiempos siempre estuvo en desacuerdo con la política de los santos. Y máxime cuando el que manda y gobierna es Roma, imperio voluptuoso lleno de corrupción y lujuria, cegado por el oro y la espada.

           Pero a pesar de ello, y de estar decretado como ilegal el cristianismo, bajo pena de muerte, Catalina anima, asiste, fortalece y conforta a los hermanos en la fe. Defiende en público y en privado la doctrina que profesa, envidia a los que han sido hallados dignos de padecer por Cristo, y se siente orgullosa de llamarse y de ser cristiana.

           Corre el año 305 y la sangre no ha dejado de correr. Maximino Daia gobierna ahora Siria y Egipto con los honores de césar, y poco después (ca. 308) ostentará los de augusto, bajo el lema "mujeres y sangre". Se trata de una bestia cebada, que con tal de profanar doncellas no repara en crueldades. Corta orejas, narices, manos, y hasta saca los ojos. Y obispos, anacoretas y vírgenes son sus víctimas de cada hora. El padre Urbel dice de él que era un "hombre semibárbaro, una fiera salvaje del Danubio que Roma había soltado en las cultas ciudades del Oriente".

           No se le podía definir con más exactitud. Según Lactancio, el mundo era para Maximino un juguete, encaprichado en que todos sus súbditos sacrificaran a los ídolos, y todas las vírgenes y matronas se rindieran a sus pretensiones, bajo pena de los tormentos más crueles y refinados. Unos son arrojados al fuego devorador, otros sujetos con clavos que taladran y desgarran; quiénes se ven obligados a resistir las acometidas de las fieras hambrientas; algunos son violentamente precipitados al mar; muchos terminan en los calabozos, después de ser bárbaramente mutilados (como Cyr, médico de Alejandría; o Juan, soldado de Edesa; o Atanasia con sus hijos Teotiste, Teodosia y Eudoxia).

           Catalina, testigo mudo de tan sanguinaria iniquidad, no puede aguantar más. Ha ofrecido mil veces su sangre al Crucificado y no teme presentarse, a carne limpia, ante la bestia devoradora. Tal vez ella, modesta y estudiosa, ha pasado desapercibida a las miradas lascivas del arrogante césar. Tal vez éste se ha visto derrotado por el porte noble y el aire aristocrático de la doncella. Acaso la fama de filósofo que aureola a Catalina haya contenido los ímpetus groseros del vampiro Daia.

           Lo cierto es que, en un gesto victorioso de superación cristiana, Catalina se ha enfrentado con el césar, no sin antes invocar a la Reina de las vírgenes, paloma blanca de sus ensueños. Las puertas de palacio se abren a la que es descendiente de reyes. ¿Qué pasó allí?

           Maximino escucha sin palabras la desbordada elocuencia de Catalina, que se desquita a la hora de defender la verdad única del único Dios. Por 1ª vez ha bajado el césar la vista humillada, y ha refrenado sus garras. Pues las razones contundentes, así como la majestuosidad impávida de la filósofa Catalina, han derrocado su ignorante altanería.

—Me gustaría ver cómo te defiendes ante los sabios imperiales, contesta el césar Maximino a la joven Catalina.

           Catalina estaba preparada para el combate, y acepta imperturbable el reto del césar. De sobra conocía ella la superficialidad de sus contrincantes, las sutilezas de sus argumentos, la inconsistencia del Logos de Filón y las falacias del pseudo-misticismo de Porfirio. Una leyenda piadosa refiere que un ángel la anima a discutir. Uno a uno, derrota a los cincuenta filósofos de la corte, deshace sus sofismas. Ellos, más elocuentes que su señor, se rinden a la evidencia luminosa de las pruebas irrefutables que presenta Catalina y se convierten unánimes al cristianismo.

           Las Actas de los Mártires nos la presentan desde este momento en el calabozo. Dios endureció el corazón de Maximino, si es que aún podía endurecerse. Según una tradición reproducida en unas tablas de la escuela de Valladolid (del s. VI), Catalina sale de la cárcel y comparece ante el juez, con quien disputa sobre la unidad y trinidad en Dios.

           Comprobada la invencible consistencia de sus fundamentadas convicciones, es condenada al suplicio de una rueda de cuchillos. Inútilmente. La fuerza inquebrantable de la fe hace saltar en pedazos las afiladas navajas, que hieren de muerte a los propios verdugos. Atestigua la tradición que la misma emperatriz, seguida de Porfirio, coronel del ejército, y de 200 soldados, abrazaba entonces la fe para morir al filo de la espada.

           El instinto brutal y ciego de Maximino se desorbita y desborda. No tolera la existencia de su serena vencedora, y un hachazo de rabia secciona la cerviz y cabeza de la filósofa. Era el 25 noviembre 305, y Catalina contaba apenas 18 años.

           Sus restos fueron recogidos por cristianos anónimos de Alejandría, y trasladados a un lugar seguro fuera de la ciudad. Hoy día, se guardan y veneran en el monte Sinaí. Oriente y Occidente invocan su valiosa protección, y los aficionados al la aclaman como patrona de la filosofía.