23 de Noviembre

San Columbano de Luxeuil

Bernardino Llorca
Mercabá, 23 noviembre 2021

           San Columbano el Joven, monje irlandés de la 2ª mitad del s. VI y principios del s. VII, es indudablemente uno de los hombres a quienes más debe la cultura, civilización y espíritu cristiano, tan característicos de la Europa medieval. Se trata de uno de los pioneros de aquellos ejércitos de monjes que, saliendo de los grandes monasterios fundados por San Patricio de Irlanda, entraron en el continente europeo y contribuyeron eficazmente a la cristianización del centro y del norte de Europa. Monjes que, inflamados en el amor de Dios y al prójimo, llevaron su espíritu de sacrificio al más sublime heroísmo, realizando una obra verdaderamente gigantesca de cultura y civilización.

           Entre todos los monjes misioneros que, 1º desde Irlanda y más tarde desde la Gran Bretaña, pasaron al continente, sobresale de un modo especial San Columbano, de extraordinarias dotes morales y hercúleas fuerzas corporales, según sus coetáneos. Una energía indomable que, según sus propios discípulos, le llevaba a atravesar a pie bosques nevados, entablando luchas cuerpo a cuerpo con los osos salvajes de la zona. O, como relató su biógrafo, a cortar y transportar troncos enteros de árbol, con 70 años, para ayudar a la construcción del Monasterio de Bobbio, en Italia.

           Nació Columbano el año 543 en la región de Leinster, lugar en que recibió una sólida educación cristiana. Según los documentos antiguos, estuvo dotado Columbano de una naturaleza exuberante y un fuerte carácter, que le hizo tener luchar constantemente contra la carne. Efectivamente, habiendo sido tentado por muchas mujeres de su comarca, el joven Columbano acudió angustiado a una virgen solitaria que desde hacía años gozaba de gran prestigio y santidad, y ella le respondió que huyera decididamente de la tentación, abandonando el lugar de su nacimiento.

           Según su biógrafo Jonás, aquella virgen solitaria dio a Columbano la 1ª norma práctica de la ascética cristiana, frente a este género de tentaciones. Efectivamente, le dijo:

"¿Piensas tú que podrás fácilmente resistir la tentación de esas mujeres? ¿Recuerdas a Eva tentando y a Adán cediendo? ¿No fue también Sansón débil frente a Dalila? ¿No perdió David su antigua rectitud, seducido por la hermosura de Betsabé? ¿No fue engañado el sabio Salomón por el amor a las mujeres? Así pues, márchate lejos, y apártate del río en el que tantos han caído".

           Así pues, Columbano abandonó a su madre y tierra y se dirigió a Sinell, donde un experimentado solitario lo inició en la vida consagrada a Dios. Poco después, se dirigió Columbano al gran Monasterio de Bangor, donde recibió la sólida educación ascética que entonces se estilaba.

           El nuevo monje Columbano era de carácter serio e inclinado a la rigidez, y estuvo dotado por un alma grande que lo inclinaba a las grandes hazañas. Así, no tardó en pedir al abad, no sin reticencias, dirigirse junto a otros 12 hermanos a las tierras extrañas, con el fin de trabajar por la colonización e instrucción de los pueblos bárbaros.

           A los pocos días de viaje desembarcaron en el continente europeo, y se internaron en el reino de los francos. Los nuevos huéspedes debieron de llamar notablemente la atención aun por su exterior. Mientras los monjes occidentales llevaban el pelo cortado, según la llamada tonsura de San Pedro, de modo que les quedaba en torno a la cabeza una corona de pelo algo más crecido, los monjes irlandeses dejaban crecer el pelo por la parte posterior de la cabeza, de modo que les caía por encima de la espalda. En sus manos llevaban unos bordones. Cruzados a la espalda y atados con correas, traían consigo sacos de piel, en donde guardaban sus más preciados tesoros: los libros litúrgicos.

           Precisamente entonces se hallaba en notable decadencia aquel espíritu religioso que tan buen comienzo había tomado un siglo antes con Clodoveo. Describiendo la situación del país de los francos a fines del s. VI, nos dice el biógrafo de Columbano: "Allí, a causa de las frecuentes invasiones de los enemigos exteriores, o por la negligencia de los pastores, el espíritu religioso había casi desaparecido. Sólo quedaba en pie la fe cristiana". En estas circunstancias tan críticas, y como medio buscado por la Providencia, presentóse Columbano en las Galias.

           A pesar del rigorismo con que se presentaron él y sus compañeros, en todas partes les acompañó el éxito más lisonjero. El Monasterio de Luxeuil, fundado por Columbano, constituyóse en punto céntrico de cultura e influencia cristiana. Bien pronto siguieron otros monasterios en todo el centro de Europa. Los hijos de los nobles que iban a esos monasterios a recibir la educación cristiana eran cada día más numerosos. A los monasterios de varones siguieron otros de mujeres. En realidad, gran parte de los fundados durante los ss. VII y VIII están relacionados con Columbano. De más de 50 de todo el continente se puede probar que estuvieron bajo el influjo de los monjes traídos por él. Por otro lado, precisamente ese plantel incomparable de monasterios fue  en los siglos siguientes la base de todo lo que significa civilización.

           En efecto, no era solamente la vida religiosa lo que en aquellos monasterios se cultivaba. Muchos de ellos, fundados en medio de los bosques y regiones baldías, anduvieron a la cabeza en el trabajo ímprobo de la roturación y cultivo de los campos. Gran parte de la región de las Galias, inculta hasta entonces, fue urbanizada por estos monjes. Tales son las tierras de las Ardenas, Flandes, el bajo Sena y la Champagne. Esta actividad cultural de los monasterios fundados por Columbano, que puso el fundamento de innumerables poblaciones y grandes ciudades, continuóse después durante los siglos siguientes y constituye una de las glorias más legítimas de la Iglesia católica, uno de los frutos culturales de la civilización cristiana. Los monjes de Columbano (dice acertadamente Schnurer) "sabían realizar el pesado trabajo del campo con la misma perfección con que escribían los delicados pergaminos de sus códices y se esforzaban en guiar las almas con su ardiente palabra".

           Con todo, no hay que creer que toda está campaña de civilización cristiana fuera fácil a Columbano. A la dificultad que supone la lucha de la moral cristiana con todas las pasiones humanas, añadíase la rudeza y rigidez de carácter del santo, que no sabía ceder ni doblegarse a ninguna clase de exigencias. Es célebre la contienda que tuvo que mantener frente a Teuderico y su abuela Brunequilda. El antiguo reino de Clodoveo estaba dividido a la sazón en dos partes: Austrasia y Neustria. En Austrasia regía Teudeberto, y en Neustria su hermano Teuderico y su abuela Brunequilda. El Monasterio de Luxeuil pertenecía al territorio de Teuderico. Entregados a toda clase de vicios, no tardaron los 2 hermanos en hacerse mutuamente la guerra. Sobre todo, Teudeberto estaba enteramente entregado a la lujuria. Casado con una princesa española, separóse bien pronto de ella. En estas circunstancias, pues, su hermano Teuderico tuvo que escuchar frecuentes reconvenciones de parte del celoso abad Columbano.

           En cierta ocasión presentóse el abad en la villa leal de Vitry, cerca de Arras y en la que Brunequilda se entretenía con unos nietecitos hijos legítimos del rey. Según costumbre del tiempo, envió a los niños al encuentro del abad para que les echara la bendición. Columbano se creyó en el deber de dar una muestra de su desagrado, y así se negó a dar la bendición a los niños, anunciando, además, que ninguno de ellos llegaría a empuñar el cetro. Poco después llegó de nuevo Columbano a la villa en que se hallaba el rey. Era de noche. Teuderico, deseoso de dar al abad las maestras debidas de respeto, ordenó a los criados que lo introdujeran en su presencia y que le ofrecieran comida y bebida. Mas el hombre de Dios lo rechazó con toda decisión, añadiendo que eran dádivas de un hombre impío. El monarca, junto con su abuela, se dirigió al día siguiente al abad y trataron de aplacarlo. Teuderico prometió mejorar su conducta, mas como no se mejorara recayó, por fin, sobre él la excomunión. Las cosas llegaron por fin al extremo que por iniciativa del rey se desterró al molesto consejero.

           Era el año 610. Después de más de 30 años empleados en la evangelización y colonización de las Galias, salía Columbano deportado a Irlanda con un buen número de sus compañeros. Desde Natites, según parece, escribió una célebre carta a los monjes que dejaba en Luxeuil, de la que llega a decir Montalembert que contiene "algunas de les más finas y grandes ideas que ha inspirado el genio cristiano". Pero, una vez embarcado, vientos contrarios desviaron por completo la embarcación, y, de hecho, la primera noticia que tenemos es que se presentó poco después en Metz ante su amigo Teudeberto II, y con su consejo y apoyo se dirigió hacia la región ocupada actualmente por gran parte de Suiza, y que estaba entonces poblada por los alemanes.

           Ante todo, pues, se estableció en Tuggen (junto al lago de Zurich) con un grupo de discípulos venidos del monasterio de Luxeuil, entre los cuales sobresalía uno llamado Gallo. Pero el celo exagerado de éste, que se dedicaba a quemar públicamente los ídolos de los paganos, le atrajo la enemistad de los habitantes de aquella región, por lo cual Columbano se vio forzado a emigrar hacia la parte oriental del lago Constanza, a un valle tranquilo y apacible rodeado de montañas. Era la región de la actual Bregenz, donde encontraron un viejo oratorio abandonado, y en él se acomodaron algunas celdas. Pero aquí de nuevo la vehemencia de los métodos empleados en su apostolado, particularmente de Sant Gall, provocaron al pueblo contra él.

           Al mismo tiempo cambió inesperadamente la situación política. Habiendo estallado una guerra entre Austrasia y Neustria, fue  vencido y muerto su protector Teudeberto. Puesto entonces Columbano a merced de Teuderico, se vio obligado a salir de aquel territorio donde se encontraba. Atravesó, pues, los Alpes, contando a la sazón 70 años de edad, y se dirigió al país de los lombardos y a su capital (Milán), donde fue objeto de una cariñosa acogida de parte de su rey arriano (Agilulfo) y su esposa católica (Teodelinda). Entretanto había quedado en Suiza su discípulo Gall, quien posteriormente organizó allí el célebre Monasterio de Sant Gall, que tanta fama debía alcanzar en la posteridad.

           Y con esto entramos en la última etapa de la vida de Columbano, que se desarrolla al norte de Italia y se distingue, ante todo, por la fundación del gran Monasterio de Bobbio. En efecto, conociendo Agilulfo la significación de Columbano como padre de monjes, le entregó grandes terrenos en Ebovium (o Bobbio), situado en un valle de los Apeninos entre Génova y Piacenza, donde inició él un monasterio dedicado a San Pedro. No obstante su avanzada edad, se sintió rejuvenecido al ver surgir el nuevo monasterio, que rápidamente fue tomando una extraordinaria significación. Columbano se sentía feliz al ver reproducirse en el Monasterio de Bobbio la exuberante vida monástica del Monasterio de Luxeuil y de los demás que él había fundado en Francia.

           Pero al mismo tiempo, las circunstancias le obligaron a intervenir durante estos años en un asunto completamente diverso, con ocasión de la querella de los Tres Capítulos, o cisma del norte de Italia contra el papa. Y mal informado Columbano por los partidarios del cisma, e inducido por los reyes Agilulfo y Teodelinda, acabó por decantarse por el partido lombardo, presentándolo ante el papa como el defensor del Concilio de Calcedonia:

"Por supuesto, la columna de la Iglesia es siempre Roma. Pero nosotros, los irlandeses, viviendo en las partes más lejanas de la tierra, somos también discípulos de San Pedro y San Pablo, y de los discípulos que escribieron el canon sagrado bajo la inspiración del Espíritu Santo. Nosotros no aceptamos más que la enseñanza evangélica y apostólica. Confieso y siento, eso sí, la mala reputación que se tiene en esta región sobre la cátedra de Pedro. Pero todos estamos atados a esta cátedra, pues aunque Roma sea grande y renombrada, su grandeza y gloria sólo le viene, a nuestros ojos, de la cátedra de Pedro".

           En realidad, el problema del cisma lombardo, que no debe confundirse con el de Aquilea o Grado (también ocasionados por los Tres Capítulos), siguió su desarrollo normal, hasta que poco después se extinguió. Y la intervención de Columbano apenas tuvo relevancia. Aunque sí la tuvo en su lucha contra los arrianos, lo cual le malquistó con los lombardos, e hizo que su rey Agilulfo lo recluyera definitivamente a la soledad del Monasterio de Bobbio, a una celda solitaria que en ella él se hizo construir.

           A los 3 años de su estancia en Bobbio, se cumplió la profecía que sobre Teuderico había dicho Columbano. Muerto Teuderico, y siendo la anciana Brunequilda brutalmente asesinada, Clotario (dueño ahora de Borgoña) se acordó entonces de la profecía de Columbano, e invitó a éste a visitar Suiza y las Galias. Pero al viejo abad estaba llegando a su fin, rendido por la enfermedad y sintiendo próxima la muerte. Así que Columbano recomendó a Clotario que cuidase de Luxeuil y sus demás monasterios de Francia, y el 23 noviembre 615 expiró.

           Su recuerdo y el fruto extraordinario que empezaron a dar sus fundaciones monásticas, hicieron que bien pronto empezase a expandirse su culto litúrgico, principalmente a las numerosas regiones por él evangelizadas.