15 de Octubre

Santa Teresa de Jesús

Pablo Bilbao
Mercabá, 15 octubre 2021

            "¿Quién es y qué tiene esta mujer? ¿Y qué fuerza tiene su obra, que a todos deja rendidos?". Es lo que barruntaba sobre Santa Teresa de Jesús el gran Herranz, que acabó concluyendo que "a Santa Teresa no acaba de conocerla nadie, porque su grandeza excede nuestra suerte, su capacidad desborda nuestro entendimiento, y a todos nos lleva de hito en hito, deslumbrando y cegando". Vayamos a ella.

            Nació en 1515 en Avila (Castilla), en el seno de una familia hidalga que le educó en la fe cristiana, y en la que un tío suyo tuvo que recogerla cuando la pequeña Teresa se había escapado a tierra de moros para ser mártir del Señor. Una vez adolescente, Teresa se hizo "amiga de los engalanamientos y de los libros de caballería, así como enemiguísima de ser monja" (Vida, II, 8). Un poco más adelante, y según el testimonio de la época, se convirtió la joven Teresa en una bella doncella, agradable de trato y destinada a conquistar a cualquier hombre que se le pusiera delante.

            Pero el Señor, que así la había creado con vistas a otro fin totalmente distinto (concerniente a la cristiandad), no podía consentir que se adocenara con el roce de lo vulgar un espíritu tan selecto como el suyo, y así la fue llamando sucesivamente al fin para el que la había creado.

            Venciendo su natural genio, Teresa se determinó por fin a dejar este mundo, y tomar el hábito carmelitano en el Convento de la Encarnación, de su misma ciudad de Avila. Como ella misma recuerda, años después, "cuando salí de casa de mi padre para ir al convento, no creo que tenga nunca más ese sentimiento, hasta que me muera" (Vida, IV, 1).

            Pero Teresa quería seguir conciliando lo inconciliable, aunque ahora estuviese vestida de monja: su vida de regalo, con la vida de oración. Pues no por ser monja dejó su afición a las criaturas, por la afición a Dios. Lo que, como diría más tarde San Juan de la Cruz, "no podía caber en una persona a la vez, porque eran cosas contrarias y las cosas contrarias se repelen".

            Así que Dios, que seguía vigilando de cerca el alma de Teresa, no tuvo más opción que rendir a Teresa por completo, sometiéndola por la fuerza a su dominio. Y acaecióle a Teresa que, cierto día que entró en el oratorio, vio una imagen que habían traído a guardar allí (un llagado y lastimoso Ecce Homo), y dicha visión causó una turbación tal en el alma de Teresa, que "me representaba muy a lo vivo todo lo que el Señor había padecido por nosotros". Tras lo cual, nos cuenta Teresa, "arrojéme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas" (Vida, IX, 1).

            Desde este trance en adelante, el espíritu de Teresa fue un volcán en constante ebullición, desbordante de plenitud y de fuerza. Y su alma, guiada por Jesucristo, entraba a velas desplegadas por el cauce de la oración mental, "que no es otra cosa, a mi parecer, sino tratar de amistad y estar muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Vida, VIII, 5).

            De ese trato de amistad (entre Jesús y Teresa) vendrán a resolverse en el futuro todos los grados de oración, que su alma y su pluma recorrieron hasta las últimas Moradas, hasta el "convite perdurable" que San Juan de la Cruz pone en la cima de su Monte Carmelo. Un camino que Teresa esgrimirá, a nivel de aliento, ante los irresolutos: "A los que tratan la oración, el mismo Señor les paga el coste, pues por un poco de trabajo, da un gusto sobrante" (Vida, VIII, 8).

            Esta es la oración de Santa Teresa. Una oración elevada, cordial y enderezada al amor, pues como ella misma decía, "el aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho" (Fundaciones, V, 2). En otro lugar, nos avisará Santa Teresa que "no está el amor de Dios en tener lágrimas, sino en servir con justicia y fortaleza de ánimo" (Vida, XI, 13).

            Es el año 1562. Teresa de Jesús, monja de la Encarnación de Avila, siente dentro de sí la 1ª sugestión del Señor, que ha de impulsarla a la gran aventura de la reforma carmelitana. Y Teresa pone todas sus fuerzas en estado activo, ante la magna empresa que le espera. Ella ha comprendido muy bien el mandato del Señor, y el sentido de aquellas palabras del salmista: "obra virilmente". Y se lanza a la lucha.

            Una marea de contradicciones ajenas empezaron a oponerse al tesón de su ánimo. No importa. Ella seguirá adelante, porque es el mismo Jesucristo quien le dice: "Adelante, Teresa, sé fuerte" (Fundaciones, XXXI, 26). No importa el parecer contrario de algunos letrados, la incomprensión de sus confesores, el aborrecimiento de sus hermanas en religión, y todo un mundo que se levanta para cerrarle el paso. No importa. Porque para Teresa "nunca deja el Señor a los suyos, cuando por él se aventuran" (Conceptos, III, 7).

            Espoleada por esta convicción, Teresa vence todos los obstáculos y sale de la Encarnación para fundar, en la misma Avila, un nuevo palomar de carmelitas descalzas. Se llamará San José, pues de San José es ella rendida devota. Un hogar que ya no tendrá los ajuares de los engalanamientos juveniles, sino "una esterilla de paja, un cilicio de cadenilla, una disciplina y un hábito remendado".

            "Andaban los tiempos recios" (Vida, XXXIII, 5), cuenta la fundadora. Y no sólo por las ofensas que los luteranos dirigían al Santísimo Sacramento, sino por los impedimentos católicos que bloqueaban el levantamiento de monasterios, "donde el Señor fuese servido con perfección". Pese a lo cual Teresa, desprovista de recursos y "sin ninguna blanca" (Fundaciones, III, 2), continuará con la fundación, como llamaradas de fe que habrían de subir hasta el cielo, de nuevos conventos carmelitas por toda España.

            Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada, Burgos... Pues como ella misma decía, "para esto es la oración, hijas mías, y de esto sirve este matrimonio espiritual: para que nazcan obras, siempre obras" (Moradas, IV, 6).

            Paralelamente a la fundación de conventos, el encuentro de Teresa con San Juan de la Cruz, a quien gana para la reforma del Carmelo, señala un jalón trascendental en la historia de la espiritualidad. Estas 2 almas gigantes se comprenden enseguida, las dos que, más tarde, habrán de ser los reyes de la teología mística mundial, y glorias de España.

            Teresa de Jesús desarrolla una actividad enorme, asombrosa, y tan asombrosa como lo variado de su personalidad. No hay más que asomarse a la fronda de su incomparable epistolario (de 437 cartas) para calibrar el talento y fortaleza excepcionales de esta mujer, que en un milagro de diplomacia y capacidad de trabajo, lleva sobre sus frágiles hombros el peso y la responsabilidad de la reforma del Carmelo.

            Y su diligencia se extiende a los detalles más nimios, encarándose consigo misma por ser tan "barata y negociadora" (Cartas, 52) al tener que entrar en asuntos tan mundanos como contratos de compraventa, discusiones con maestros de obras, y búsqueda de recaderos.

            Por pura obediencia escribe libros sobre la oración, una Teresa que de sí misma decía que "cada día me espanta más el poco talento que tengo" (Fundaciones, XXIX, 24). Y, mientras escribe páginas inimitables, se confiesa: "me estorbo de hilar por estar en casa pobre, y con hartas ocupaciones" (Vida, X, 7).

            Sus obras quedan ya para siempre como monumentos de espiritualidad y del bien decir. El castellano de Santa Teresa es único en su género, y en opinión del hispanista Menéndez Pidal, "denota un lenguaje emocional que se deleita en todo lo que contempla, sean las más altas cosas divinas o las más pequeñas humanas; un estilo único, en continua apertura en invención, que acabó por componer una escritura incomparable".

            Teresa de Jesús, remontada a la última morada de la unión con Dios, posee además un agudísimo sentido de la realidad, con un ángulo de visión castellana y certera que taladra la corteza de las cosas y personas, calando en su íntimo trasfondo. Y en relación al ejercicio de la presencia de Dios, adoctrina a sus monjas con este guisado: "Entended que, si se trata de cocina, entre los pucheros anda el Señor, tanto en tu interior como en lo exterior" (Fundaciones, V, 8).

            ¡Ay la gracia y donaire de la madre Teresa! En cierta ocasión, escribiendo al jesuita Ordóñez acerca de la fundación de Medina, le amonesta con estas palabras: "Tengo experiencia de lo que son muchas mujeres juntas: ¡Dios nos libre!" (Cartas, 109).

            Otra vez, en carta a la priora de Sevilla, y refiriéndose al padre Gracián, muestra el oráculo de la más pura descalcez: "Viene bueno y gordo, bendito sea Dios" (Cartas, 87). Y en otro lugar, quejándose de algún padre visitador, cargante en demasía, escribe a Gracián: "Crea que no sufre nuestra regla personas pesadas, que ella lo es harto" (Cartas, 358). Con sobrado motivo, el salero de la fundadora ha quedado entre el pueblo español como algo proverbial e irrepetible.

            Teresa de Jesús ya ha consumado su tarea. Y un 4 octubre 1582, en Alba de Tormes, le llega la hora del tránsito. Su organismo vital, de por vida asendereado por los múltiples padecimientos, ya no puede más. "¡Oh Señor mío (le oyen suspirar sus monjas), ya es llegada la hora deseada, ya es tiempo que nos veamos! Señor mío, ya es tiempo de caminar".

            Poco después muere Teresa entre el olor de la muchedumbre, de sus hermanas carmelitas y de los cardenales de la Iglesia, del rey Felipe II de España y del duque de Alba, de los mozos de mulas y de los posaderos y trajinantes. Así mismo la trataron, asegurando su alma, San Francisco de Borja, San Pedro de Alcántara, San Juan de Avila y teólogos eminentes como Báñez. Como dijo de ella fray Luis de León:

"Yo no conocí, ni vi, a la madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, más ahora, que vive en el cielo, la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí: sus hijas y sus libros".

            Cinco siglos más tarde, y sin perder un ápice de su vigencia, muy bien podemos hacer nuestras las palabras del insigne agustino. El cuerpo de Santa Teresa, y su corazón transverberado, se guardan celosamente en Alba. No hay más que decir para entender que, por derecho inalienable, señala Alba de Tormes una de las cimas más altas y fragantes de la geografía humana mundial, y sin duda la cima más elevada de la mística eclesial.