14 de Octubre

San Calixto I papa

Bernardino Llorca
Mercabá, 14 octubre 2021

            Se trata de uno de los papas más sobresalientes de finales del s. II y principios del s. III, en una época en que multitud de corrientes trataban de desviar a la Iglesia del verdadero camino de la ortodoxia, y del justo medio de la disciplina eclesiástica.

            Por desgracia, la mayor parte de las noticias que sobre él poseemos nos han sido transmitidas por su apasionado enemigo y contrincante (San Hipólito). Sin embargo, combinando estas noticias con las que nos transmite el Líber Pontificalis (historia oficial de los papas) y otras fuentes secundarias, podemos estar bastante seguros de la objetividad de nuestra información.

            Según el Líber Pontificalis, Calixto nació en el 155 en Roma, hijo de un Domicio que residía en el barrio del Ravennatio, bajo la condición de esclavitud. No obstante, y a pesar de ser Calixto un esclavo más, supo ganarse un puesto en la sociedad romana, a través de las extraordinarias cualidades con las que había sido dotado por la naturaleza.

            Nos comunica Hipólito que el joven Calixto era esclavo de un tal Carpóforo, un amo que, tras comprobar las cualidades naturales de su esclavo, puso en él toda su confianza, confiándole algunos asuntos comerciales y financieros de particular importancia.

            Tras resultar fallidas dichas negociaciones comerciales, Carpóforo buscó a Calixto para cargar sobre él todas las culpas, mientras éste escapa de Roma lo más lejos posible. Fue alcanzado finalmente Calixto en Oporto, y en adelante se vio sometido por su amo Carpóforo a un denigrante trabajo: mover la rueda de su molino.

            Los acreedores de los negocios de Carpóforo insinuaron a éste a poner en libertad a Calixto, bajo condición de ganarse la vida e ir pagando a todos las pérdidas del desfalco acaecido. Bajo ese convenio, Calixto fue puesto en libertad, y empezó entablar negocios en una sinagoga romana, hasta que los judíos lo engañan y denuncian ante el prefecto de la ciudad. El prefecto decreta su azotamiento y deporta a Calixto a las minas de Cerdeña, condenándolo al trabajo de la cantera.

            Y aquí comienza la nueva etapa en la vida de Calixto. En Cerdeña coincide con multitud de cristianos que habían sido condenados al duro trabajo de las mina, y Calixto comienza a ser un cristiano más. Hasta que la noble Marcia, favorita del emperador Commodo (y cristiana de corazón) obtiene el año 190 del emperador la libertad para los cristianos reos de Cerdeña, y así consigue ser liberado Calixto, ser conducido a Roma, y recibir la orden del papa Víctor I de permanecer en Ancio.

            En Ancio permaneció Calixto hasta el principio del pontificado de Ceferino I, aprovechando el tiempo de retiro para intensificar más y más su formación religiosa. Hasta que Ceferino I ordena de diácono a Calixto, le toma como su secretario personal y le encomienda su 1ª tarea eclesial: la dirección de obras de las catacumbas de vía Appia.

            A ello se entregó Calixto con toda su alma, organizando y embelleciendo aquellas catacumbas. Su principal empeño consistió en unificar las diversas partes iniciales, como eran la cripta de Lucina y otras existentes en sus proximidades, dando a todo el conjunto una extensión mayor y convirtiéndolo en el principal cementerio cristiano.

            Sobre todo, fue obra suya el destinar una de las partes principales de esta catacumba para sepultura de los papas. Es lo que se designó como Cripta de los Papas, donde fueron sepultados todos los papas del s. III (excepto Cornelio I y Calixto I). Se trató del 1º cementerio que pasó a ser de plena propiedad de la Iglesia.

            A la muerte de Ceferino I (ca. 217), y dadas sus excelentes cualidades organizativas, Calixto fue elevado al solio pontificio, como sucesor de Ceferino I y en una época en que las circunstancias eran bien difíciles para la Iglesia.

            Dos fueron las cuestiones, sobre todo, en las que hubo de intervenir personalmente el nuevo papa Calixto I: la cuestión dogmática sobre la Trinidad (representada por el sabelianismo, que afirmaba una unidad exagerada en la esencia divina y destruía la distinción de personas) y la cuestión del rigorismo exagerado (de los montanistas, o seguidores de Tertuliano).

            En ambos problemas tomó Calixto I importantes decisiones, que marcaron el punto medio de la verdadera ortodoxia católica. Pero también en ambas cuestiones se aprovecha su rival Hipólito para calumniarlo y desacreditarlo ante la Iglesia universal.

            Por lo que se refiere al problema del sabelianismo, es bien conocido el hecho de que, a fines del s. II y principios del s. III, los discípulos de Noeto y Práxeas (sobre todo Sabelio) defendían obstinadamente la teoría de la absoluta unidad de la sustancia o esencia divina, de tal manera que no admitían en la Trinidad otra distinción que la meramente modal.

            Así, según Sabelio, el Hijo y el Espíritu Santo no eran más que diversas modalidades o, como él decía gráficamente, diversos rostros (prósopa) de la esencia divina, con lo cual destruía por completo la Trinidad. Frente a un error tan craso y estridente levantáronse en Africa Tertuliano y en Roma Hipólito; pero, al refutar éste aquellos errores, insistía de tal modo en la distinción del Hijo respecto del Padre, que parecía hablar de dos dioses o dos divinidades. Por eso los sabelianos le echaban en cara que, al quererlos refutar a ellos, defendía un biteísmo igualmente reprensible.

            Así se explica que durante el pontificado de Ceferino I había reinado gran confusión en esta materia. Por esto se vio Calixto I obligado a intervenir con decisión. Pero en su impugnación del sabelianismo tomaba el término medio de la ortodoxia, sin aceptar la doctrina de Hipólito (su futuro cronista).

            En realidad no fue así, sino que rechazaba por un lado a Sabelio y por otro a Hipólito, sin determinar explícitamente en qué consistía la verdadera doctrina. Por esto Hipólito se levantó contra Calixto I, acusándolo de antipapa y luchando tenazmente contra él (aunque al fin de sus días reconociera su error, se reconciliara con el sucesor de Calixto I y muriera mártir).

            Entre tanto Calixto I, bien informado de la peligrosa propaganda de los sabelianos (llamados también monarquianos o modelistas), lanzó la excomunión contra Sabelio y sus partidarios. Y aunque no condenó expresamente a Hipólito, rechazó sus teorías por subordinar al Logos (Cristo) a Dios y favorecer cierto dualismo en la divinidad, así como por estar expuesto a un posible subordinacianismo (que niega la igualdad del Hijo con el Padre, y consiguientemente su divinidad). Un peligro que ya advirtió Calixto I, y que años después adoptaría el arrianismo.

            Con semejante visión certera de las cosas, y con idéntica prudencia y energía, Calixto I intervino en las cuestiones disciplinares y prácticas, suscitadas en este tiempo por el rigorismo de los montanistas, a los que se había unido el fogoso Tertuliano de Cartago.

            Efectivamente, esta secta de fanáticos y rigoristas (fundada por Montano a mediados del s. II), so pretexto de aspirar a la mayor pureza de los cristianos ante la próxima venida del Señor, defendían que los pecados mayores (apostasía, homicidio, fornicación y adulterio) no obtuviesen perdón (por imperdonables), y sus pecadores dejaran de pertenecer a la Iglesia (ya que la Iglesia no tenía poder para perdonarlos).

            Por eso Calixto I se vio obligado a intervenir en favor de la misericordia de Dios para con los pecadores y del poder de la Iglesia de perdonar los pecados. Precisamente en este punto, su contrincante y mortal enemigo Hipólito acusó a Calixto I de un laxismo exagerado, llegando a lanzar contra él la calumnia de que admitía sin distinción a todos los tránsfugas de las sectas, y que admitía entre los clérigos a los bígamos (casados por 2ª vez) y fornicarios.

            No obstante, siguió defendiendo Calixto I la doctrina ortodoxa con todo empeño, sin salirse del evangelio y sobre el poder de la Iglesia de atar y desatar (de conceder o no conceder el perdón de los pecados). Para ello, estableció el principio de admitir a penitencia a los reos de apostasía y adulterio (si estaban verdaderamente arrepentidos, y cumplían las condiciones impuestas), y permitirles tras ello pedir la absolución.

            Contra esta medida se levantó Tertuliano con su acostumbrada vehemencia, designándola como "decreto perentorio" del papa, por el que se perdonaba a todos los adúlteros y fornicarios. Tras lo cual Calixto I declaró que él no perdonaba a nadie, sino que establecía la práctica cristiana penitencial (la disciplina), según la verdadera doctrina de la Iglesia. Por otra parte, al establecer esta práctica, Calixto I insistió en que éste era el espíritu de la Iglesia desde un principio.

            Tal fue, en conjunto, la actuación del papa Calixto I. El Líber Pontificalis le atribuye un decreto sobre el ayuno, pero no tenemos noticias ulteriores que confirmen o aclaren esta disposición. Su gloria descansa, por tanto, en su extraordinario acierto en la organización de las catacumbas (en su honor Catacumbas de San Calixto), en haber establecido el dogma católico (frente a los sabelianos antitrinitarios), y en la disciplina cristiana del perdón de los pecados (contra el rigorismo montanista y de Tertuliano).

            Dios premió los grandes méritos que había contraído con su Iglesia, concediéndole el honor de la palma del martirio. Murió el 222, durante el imperio de Alejandro Severo y posiblemente en un arrebato popular promovido por los fanáticos paganos.

            En torno a su muerte existen algunas leyendas que han dado ocasión a algunos monumentos, todavía existentes en nuestros días. Las Actas de su martirio, compuestas en el s. VII, transmiten la leyenda de que, por efecto de la furia popular, fue arrojado por una ventana a un pozo en el Trastevere, y su cuerpo sepultado con todo secreto en el vecino Cementerio de Calepodio.

            Tal vez esto explique el hecho de que Calixto I no fuera sepultado en el cementerio de su nombre, cuya Cripta de los Papas él mismo había preparado y donde fueron enterrados los demás papas del s. III. Los cristianos, en medio de la revuelta producida con su martirio, lo debieron haber enterrado en el lugar más próximo.

            Muy pronto se levantó la preciosa Basílica de Santa María in Trastevere, iuxta Calixtum, atribuida al papa Julio I (ca. 337). Según De Rossi, se trata del 1º ejemplo de una basílica construida junto al sepulcro de un mártir. La memoria de este papa se conserva, así mismo, en aquel lugar, en el Palacio de San Calixto.