13 de Octubre

San Eduardo III de Inglaterra

Enrique Iniesta
Mercabá, 13 octubre 2021

            Decía Ozanam que "jamás se dirá de la Edad Media lo bastante malo que hubo, ni tampoco se dirá lo bastante bueno". Se trata del mejor relato sobre la época que le tocó vivir al rey Eduardo III de Inglaterra, en la que lo adverso era el pan de cada día, y lo bueno se conseguía luchando contra toda adversidad. En efecto, ese fue el haz y el envés de su época, del s. XI.

            Aquel s. XI tenía su armazón social en las leyes naturales, en la caridad y en el cristianismo, y ni un momento de la vida real se creía separables de la religión. El ideal de hombre era el de caballero, y el de mujer el de dama. El caballero había de ser leal, idealista, cristiano y compasivo. La mujer había de ser pudorosa, devota y muy casera. La sociedad era armónica y tranquila, el papado estaba fuerte, la monarquía era responsable de todo y la cultura estaba en manos de los teólogos.

            Pero no hay luz sin sombra, y a veces son esas sombras las que hacen ver la luz. Así, en el s. XI la Iglesia tuvo que domeñar nuevas naciones y nuevas razas de bárbaros (vikingos, normandos...), razas que bajo la violencia y la sangre imponían la ley del más fuerte. Esa fue la tarea de la Iglesia, la cual acabó sometiendo a los hoscos bárbaros a través del apoyo de las viudas y los huérfanos, rendidos servidores de Jesucristo.

            Nació el 1004 en Islip (Oxfordshire), hijo de Etelredo II de Inglaterra y Emma de Normandía. Un Eduardo que ya con 10 años tuvo huir con toda su familia a Normandía a través del Canal de la Mancha, mientras su padre se quedaba luchando en Inglaterra contra los vikingos de Svend I de Dinamarca.

            Su infancia transcurrió, pues, entre las francesas Bretaña y Normandía, donde se hablaba la bella lengua de Oc. Se trataba de un paisaje húmedo, de tierra fértil e innumerables bosques y viñedos, que en aquel s. XI suponía la región más civilizada de Europa, y cuya política, tradición y costumbres eran totalmente propias, y diversas del devenir de Francia.

            En aquellas ciudades y aquellos castillos almendrados conoció el pequeño Eduardo el triunfo de la Iglesia, como gran educadora de la humanidad. Allí contempló Eduardo las artes, la literatura, el amor y la cortesía, el gusto por el culto divino y el evangelio, y un espíritu de hierro se fue haciendo humano.

            Allí comenzó el pequeño doncel Eduardo a doblar su rodilla ante Dios, mientras desde su isla de Inglaterra llegaban noticias de ocupación, saqueos, la muerte de su padre y hermano (Edmundo, el príncipe heredero) y la nueva tiranía de Svend I de Dinamarca.

            Con 15 años, sufrió el joven Eduardo una noticia mucho más desconcertante: su madre Emma, que había estado durante años llorando todo esto, había desaparecido misteriosamente. Y lo peor estaba por llegar: iba a ser esposa de Knut II de Dinamarca, hijo de Svend I de Dinamarca y el nuevo usurpador del trono, tanto danés como inglés. Sobre las blancas rocas de Dover, e inundado de lágrimas, pronunció el joven Eduardo una oración que suena a cadencias de salmo:

"Señor, no tengo a quién volver los ojos en la tierra. Mi padre murió después de una vida de desgracias, la crueldad ha aniquilado a mis hermanos; mi madre me ha dado un padrastro en mi mayor enemigo, mis amigos me han abandonado. Estoy solo, Señor, y mientras tanto, buscan mi alma. Pero tú eres el protector del huérfano y en ti está la defensa del pobre".

            El temperamento de Eduardo se fue modelando en la adversidad, hacia un carácter reflexivo, silencioso, dulce y noble. Más que los lujos cortesanos de los duques le gustaba el vuelo ágil de los halcones, el clamoreo de la jauría, la monodía y los consejos de los monjes.

            Y mientras tanto, seguía recibiendo las noticias: la venta de su madre al extranjero, la resistencia inglesa a la ocupación vikinga... hasta la muerte de Knut II de Dinamarca y el deseo de los ingleses de recobrar la corona inglesa... bajo manos del príncipe Eduardo.

            En efecto, los soldados ingleses empezaron a mostrar su valor de reconquista de villa en villa, así como a fijarse en Eduardo por sus valores de gobierno. Y, al morir Knut II, hicieron desembarcar a su heredero Eduardo en Southampton, bajo 40 navíos. Pero Eduardo contempló allí la situación, y prefirió "renunciar a la monarquía, antes que acceder al trono a través de la sangre". Y se volvió de nuevo a su retiro de Normandía.

            El nuevo candidato a la corona inglesa, su hermano Alfredo, cayó engañosamente en manos enemigas, que le cegaron y dejaron morir en un islote. Y tras una masacre vikinga de toda la familia real inglesa, sólo quedaba un candidato en pie: Eduardo.

            No transcurrió mucho tiempo cuando el nuevo monarca inglés (Knut III de Dinamarca, su hermanastro) murió tras un proceso de cierta pacificación, y los thanes ingleses ofrecieron a Eduardo la corona inglesa. Contaba Eduardo con 40 años, y tras 30 años de exilio en Normandía, volvía a pisar su patria Inglaterra.

            Eduardo, convertido ya en Eduardo III de Inglaterra (1041-1066), olvidó todo lo anterior, asentó su gobierno en la vieja ley sajona y tuvo como único anhelo la dicha de sus súbditos. Suprimió impuestos, volvió a la interrumpida tradición y previno los ataques de Dinamarca. Perdonó y no castigó, protegió al débil, fomentó la prosperidad nacional y tuvo por criterio ser padre de su reino y servir más que reinar.

            Su política económica de parquedad cortesana hizo inmensamente rica la Corona y la Iglesia. Los ingleses le adoraban y la palabra del rey era siempre la razonable. Según su primer biógrafo, se hizo célebre el dicho "era pobre en medio de la riqueza, su tesoro parecía el erario de los pobres y de todo el mundo: sobrio en los placeres, ni se alegraba en la abundancia ni se entristecía en la necesidad".

            Comprendió que la política no es la intriga, ni el propio provecho, ni los bellos discursos, sino "el desenvolvimiento de la perfección natural del hombre, fin al que el Creador ha destinado como medio a la sociedad", según escribió en nuestros días Pío XII.

            Introdujo Eduardo III la inquietud cultural normanda en el pueblo inglés, a través de un comercio de ideas entre ambas costas del Canal, y a través de una corte normanda de Ruan que pasó a ser la aliada de Inglaterra.

            Se casó Eduardo III con Edith, hija del desgraciado e insidioso duque Godwin, "rosa entre espinas" y capaz de comprender a su rey en el voto de continencia, que ni las súplicas de sus nobles ni el grande y tierno amor a su bella mujer pudieron hundir jamás.

            Fue tarea de Eduardo III signar con la cruz, bendecir, implantar el amor con las treguas, fundar el derecho de asilo, restaurar la ley (que es en la que se apoya el derecho común de Inglaterra) y librar la gran batalla por la independencia eclesiástica.

            Y todo ello a través de los más enconados encuentros llegados desde Europa, como las turbulencias políticas de los estados pontificios, la rivalidad de los señores, la venalidad de algunos eclesiásticos, las investiduras laicas, la violencias, astucias, rebeldías y crímenes... Lo consolador es que la conciencia de haber pecado sí estaba sensibilizada por una verdadera fe, cosa que no sucede hoy día.

            Así mismo, recibía continuamente Eduardo III tristes noticias llegadas de Roma: los ingresos de la Iglesia estaban en manos ajenas, las basílicas se caían en ruinas, y los bandidos infestaban la ciudad. Murió Dámaso II cuando Eduardo contaba 38 años, y quizás envenenado. Y la Silla de Pedro fue crisol de santificación una vez más: San León IX, apoyado en el criterio de Hildebrando y animado por el fuego de San Pedro Damián, se empeñó en una Reforma general, aun en medio de las guerras, traiciones y oscuridades.

            No obstante, el Cisma de Oriente-1054 tumbó una vez más este intento de Reforma le preocupó, y la hizo insoluble bajo el pontificado de Víctor II. Por poner otro ejemplo, el año en que Eduardo murió (en 1066) se libraban en Milán batallas finales contra la Reforma papal, encabezada por Alejandro II. Un pontífice que, codo con codo con Eduardo III, había elevado el ambiente eclesiástico inglés.

            Esta es la etapa del Medioevo que a San Eduardo III de Inglaterra le tocó vivir, y el fondo en que vivió su santidad, puesta a prueba a través de los cismas y antipapas, guerras y traiciones. Pero en ese mundo supo Eduardo vivir su santidad, así como defender el primado e infalibilidad papal, y apoyarse en algún que otro aliado como Gregorio VII, en quien los poderes del infierno no pudieron con la santa Iglesia.

            La corte de Inglaterra en que Eduardo vivió también empezó a hacerse violenta, y mantuvo a su rey siempre en vilo. El lujo bárbaro de la corte, las discusiones violentas entre los nobles, los banquetes palaciegos e interminables...

            Todo ello se aborrascó aún más con las incursiones de los piratas escandinavos, temibles por su odio a todo lo que llevase el nombre de cristiano, así como llenos de valor feroz y destreza. Inglaterra sufrió en sus costas los mordiscos de los daneses, por su vecindad con los puertos de embarque. La lucha entre sajones y escandinavos se empeñó a través de 6 generaciones, y fue un catálogo de crueldades en las matanzas y ferocidades en las represalias.

            La ruina general en las provincias de Inglaterra, en sus monasterios y en los lugares de culto, parecía inacabable. Momento en que Eduardo supo lanzar la ofensiva del amor, y mediante él unir matrimonios de ambas razas, que hiciesen de cabezas de puente hacia una convivencia futura, mezcladas por la lengua y coronada bajo la unidad religiosa cristiana.

            Fue también Eduardo III espléndido en dotar iglesias y monasterios, así como en abrir peregrinaciones inglesas a Roma. Ante la opción de ir él en persona a Roma, la oposición de los nobles inglese hizo desistir al monarca del viaje, y el papa León IX tuvo que conmutárselo por el levantamiento de una iglesia en Londres en honor a San Pedro. Esta fue la fundación de la gran Abadía de Westminster, en la que se consagran los reyes y es panteón real e ilustre de Inglaterra.

            Allí hubo paz y justicia, y en ella murió Eduardo III, entre la consternación del pueblo, un 5 de enero. Corría el año 1066. Un siglo después, Alejandro III le alzó a la santidad, el más alto pavés a que pueda ser levantado un rey.