13 de Junio

San Antonio de Padua

Luis Arnaldich
Mercabá, 13 junio 2021

Nació en 1188 en Lisboa, según su 1º biógrafo (en su Assidua), en la ciudad "situada en los confines de la tierra, en una casa que poseían sus padres cerca y al norte de la catedral" (en cuyo baptisterio recibió las aguas bautismales y el nombre de Fernando). Y deslizó sus años infantiles en el seno de la familia, profesando una especial devoción hacia la Virgen Santísima y "visitando a menudo las iglesias y monasterios de la ciudad", según su también biógrafo Surio.

Juntamente con la educación religiosa proveyeron sus padres a la educación intelectual de su hijo, al confiarle a los desvelos del maestrescuela de la catedral, para que lo iniciara en los rudimentos de la gramática, retórica, música, aritmética, geografía y astronomía (materias que constituían el plan de estudios de las escuelas catedralicias de aquel tiempo).

Dicen sus biógrafos que el joven Fernando fue acometido por la violencia de las pasiones, pero que "nunca se rindió a las exigencias de la pubertad y del placer". Estas crisis pasionales que asaltan a la juventud, y que para muchos jóvenes son el principio de una vida de pecado, fueron para Fernando la piedra de toque que le movió a encauzar su vida por otras sendas que estuvieran al abrigo del demonio de la impureza. De ahí su decisión de ingresar en el agustino Monasterio San Vicente de Fora (en las afueras de Lisboa, sobre una pequeña colina, y habitado por hombres honorables y piadosos).

Dos años moró Fernando en el Monasterio de San Vicente, hasta que las frecuentes visitas de familiares y amigos le impidieron llevar una vida de paz y recogimiento, y le hacen pedir su traslado a la casa madre de Coimbra, en donde ingresó con 17 años de edad. Aquí llevó una vida tan fervorosa que los antiguos biógrafos aseguran que en este tiempo escaló Fernando las cimas de la santidad. Al intenso trabajo espiritual acompañaba siempre el estudio, que consideraba como complemento y perfección de su vida de piedad. Aunque muy amplios, sus estudios tendían exclusivamente al conocimiento más perfecto de la Escritura.

Atendiendo al ambiente político-religioso del Monasterio de Santa Cruz, durante los tiempos en que allí moró Antonio de Padua, sacamos la conclusión de que su santidad y ciencia fueron más bien producto de su esfuerzo personal y de la gracia que imposiciones del medio ambiente. En una atmósfera de luchas, intrigas y defecciones dolorosas vivía el joven Fernando entregado a la oración y al estudio. La virtud se robustece en la adversidad, y, lejos de escandalizarse por la conducta equívoca de algunos prohombres del monasterio, se impuso una vida más intensa de espiritualidad.

Sin embargo, más de una vez soñó en la posibilidad de abrazar otro género de vida más perfecto y más al abrigo del mundanal ruido. La vida simple de los pobrecillos hijos de San Francisco de Asís del Eremitorio San Antonio de Olivares de Coimbra, le atraía irresistiblemente. Tuvo Fernando su 1º contacto con dichos frailes al hospedarse en el monasterio los protomártires franciscanos de Marruecos, a su paso por Coimbra en dirección a Africa. Además, los frailes de Olivares acudían al monasterio en busca de limosna, a los que atendía el joven monje, que (según testimonio de Azevedo) tenía a su cargo la hospedería.

A este cenobio fueron después traídos los cuerpos de los protomártires de Marruecos. ¿Qué impresión producirían en el ánimo de Fernando los despojos mortales de aquellos intrépidos soldados de la fe? Despertaron en él el deseo de consagrarse al apostolado entre infieles y morir mártir de Cristo. Era imposible realizar sus sueños mientras permaneciera en el agustino Monasterio Santa Cruz de Coimbra, porque el monasterio no tenía en su programa de vida las misiones entre infieles y sólo podía llevarlo a cabo en el supuesto de profesar en una Orden como la franciscana; pero para efectuar este tránsito debía contar con la autorización de los superiores de ambas órdenes.

Un día, según costumbre, los frailes de San Antonio de Olivares acudieron al monasterio en busca de limosna y Fernando, en secreto, les contó su propósito, diciéndoles: "Hermanos, recibiría con entusiasmo el hábito de vuestra Orden Agustina si me prometierais enviarme, luego de haber entrado, a tierra de sarracenos para que sea partícipe de la corona de los santos mártires". Los frailes le dieron palabra y fijaron para la mañana siguiente el ingreso en la Orden franciscana.

Aquella noche, según el biógrafo más autorizado, arrancó Fernando a duras penas y a base de muchos ruegos el permiso del prior del monasterio. Con el fin de vencer dificultades de parte de sus familiares y de algunos monjes de Santa Cruz se convino en cambiar su nombre de Fernando por el de Antonio (que era el titular del eremitorio donde residían los franciscanos) y en mandarle cuanto antes a tierra de infieles. La ceremonia de la imposición de hábito al nuevo candidato fue rápida y sencilla, por razón de que el prior, el monasterio, la diócesis y todo el reino estaban en entredicho por el arzobispo de Braga, y según el derecho, se prohibía la celebración pública de la santa misa y del oficio divino.

En el verano de 1220 vestía Antonio la librea franciscana y a primeros de noviembre desembarcaba en Marruecos. Una terrible enfermedad le retuvo todo el invierno en cama y los superiores de la misión juzgaron conveniente repatriarlo para que atendiera a su convalecencia. Con este propósito hízose a la mar: pero un recio viento empujó la nave hacia Oriente, obligándola a atracar en las costas de Sicilia.

Antonio se refugió en el convento franciscano de las afueras de Mesina, y de allí marchóse al Capítulo de Asís, convocado por el seráfico fundador (San Francisco de Asís) para el 20 mayo 1221. Antonio pasó inadvertido en medio de aquella multitud, de tal manera que, terminado el Capítulo, los frailes se reunieron en torno a sus provinciales y en su compañía regresaban a sus respectivas provincias, mientras él quedaba a disposición del ministro general.

A ruegos del Santo el provincial de Romaña se lo llevó consigo y con su permiso retiróse al Eremitorio de Monte Paolo para consagrarse a la soledad. De su vida en aquel eremitorio dice el primer biógrafo:

"Cierto fraile habíase arreglado una cueva que debía servirle de celda para retirarse allí y dedicarse a la altísima contemplación. Cuando Antonio exploró el bosque y la vio, prendóse de ella, y con muchos ruegos se la pidió al devoto fraile, que se la cedió fraternalmente".

Desde entonces, todas las mañanas y después de haber tomado parte en la plegaria común, retirábase allí, llevándose consigo un poco de pan y un vaso de agua para todo el día, obligando a la carne a servir al espíritu. Pero, fiel a las prescripciones de la regla, asistía por la tarde a la conferencia espiritual que se tenía en el convento. Sucedía a menudo que, cuando al toque de la campana quería reunirse con sus hermanos, hallábase su pobre cuerpo tan debilitado por las vigilias y tan extenuado por el ayuno que se tambaleaba y rehusaba sostenerse, teniendo necesidad de apoyarse en otro hermano para poder llegar al eremitorio".

Pero aquella alma privilegiada no debía vivir sólo para sí, sino ser útil y provechosa a los demás. No quiso Dios que aquella lámpara de la ciencia y santidad permaneciese por más tiempo debajo del celemín. Y pronto presentóse la oportunidad de revelarse al mundo con ocasión de un sermón predicado en Forlí en las cuatro témporas de septiembre de 1221, ante los religiosos franciscanos y dominicos que fueron ordenados sacerdotes.

A ruegos del superior habló de tal manera que todos quedaron maravillados del torrente de sabiduría que fluía de sus labios. Su ciencia había traicionado a su humildad y no era posible esconderla por más tiempo. Aquella intervención de Antonio sorprendió gratamente al provincial, que pensó en dedicarle inmediatamente al apostolado.

Su primer campo de acción apostólica fue la Romaña, región infectada por los herejes cátaros y patarinos. Antonio entró en liza con ellos, poniendo en juego todas las reservas espirituales acumuladas anteriormente en la soledad y sus extensos conocimientos teológicos y bíblicos. En Rímini encontró fuerte oposición de los herejes, que impedían al pueblo que asistiera a sus sermones.

Entonces recurrió Antonio a la eficacia del milagro. Ante la apatía del público por la palabra de Dios fuese a orillas del Adriático y empezó a predicar a los peces, diciendo: "Oíd la palabra de Dios, vosotros peces del mar y del río, ya que no la quieren escuchar los infieles herejes". A su palabra acudieron multitud de peces, que sacaban sus cabezas fuera del agua con grandísima quietud, mansedumbre y orden. Aquel milagro despertó gran entusiasmo en la ciudad, quedando corridos los herejes.

Al cabo de unos años de apostolado eficaz fue nombrado Antonio profesor de teología. Cerciorado San Francisco de su sabiduría y santidad, y convencido de la necesidad del estudio de sus frailes para el más completo desenvolvimiento de la Orden, envióle la siguiente carta:

"A fray Antonio, mi obispo, fray Francisco, salud en Cristo. Me place que interpretéis a los demás frailes la sagrada teología, siempre que este estudio no apague en ellos el espíritu de la santa oración y devoción, según los principios de la Regla. Adiós".

Así, pues, y con el beneplácito de San Francisco de Asís, fue San Antonio el 1º lector de teología que tuvo la Orden franciscana.

Pero poco duró su magisterio en el estudio de los franciscanos de Bolonia, por cuanto las necesidades generales de la Iglesia reclamaron su presencia en Francia, para combatir allí la herejía albigense. Santo Domingo de Guzmán había trabajado incansablemente para reducir a los herejes; pero, a pesar de su acendrado celo y de su actividad incansable, la herejía mostrábase cada día más pujante. Ante aquel peligro movilizó el papa a todos los predicadores que por su celo, ciencia y santidad de vida fueran aptos para acometer una cruzada eficaz de apostolado, para persuadir a los herejes de la falsedad de su doctrina. Entre los escogidos figuraba Antonio.

El 1º puesto de batalla fue Montpellier, donde enseñó Antonio teología a los religiosos de su Orden. De allí pasó a Tolosa para ejercer el mismo ministerio, y empezó a alternar éste con el apostolado entre el pueblo. Como relata el Assidua:

"Día y noche tenía Antonio discusiones con los herejes, exponiéndoles con gran claridad el dogma católico, refutando victoriosamente sus prejuicios y revelando una ciencia tan admirable y persuasiva, que penetraba en el ánimo de sus contrarios".

De Toulouse pasó Antonio a Puy, Bourges, Limoges y Arlés. Por razón de ocupar el cargo de custodio de Limoges vióse obligado a asistir al Capítulo de Asís general convocado por fray Elías para el 30 mayo 1227 (y en el cual fue elegido Antonio ministro provincial de Romaña, cargo que ejercitó con éxito hasta el año 1230). Como relata de estos momentos su cronista Rolandino:

"A finales de 1229 mandó Dios a Padua  de los confines de la Hesperia y de los países de Occidente, esto es, de las tierras de Galicia, Sevilla y Lisboa, al hombre religioso y santo, célebre por sus virtudes y conocimientos literarios, arca del AT y forma del NT y, si me es lícito usar de esta expresión, poderoso en obras y palabras. Este habitó con sus hermanos de Padua; pero espiritualmente habitaba en el cielo".

Por indicación del obispo de Ostia se dedicó allí Antonio a la composición de sermones para todas las festividades de los principales santos y domingos del año. La soledad y el retiro del Convento de Arcella (cerca de Padua) invitaban al recogimiento y al estudio, necesarios para llevar a término la composición de una obra de tan vastas proporciones. También se le atribuye una Exposición del Salterio y algunas otras obras.

Al llegar la cuaresma suspendía Antonio el estudio para dedicarse a la predicación. Era tan vivo el celo que devoraba su corazón, que se propuso predicar durante 40 días continuos, y lo llevó a cabo, a pesar de la maligna hidropesía que le aquejaba. Era tanto el fervor del pueblo por su persona, que se abalanzaban sobre él las gentes para recortar pedazos de su hábito. Con el fin de impedir estas escenas se dispuso que, terminado el sermón, desapareciera Antonio ocultamente o saliera escoltado por un piquete de hombres valientes que impidieran acercársele.

Consumido por el esfuerzo y la enfermedad, retiróse Antonio al Eremitorio de Camposampiero. Junto al mismo había un espeso bosque y en él un nogal gigantesco con un tupido ramaje en forma de corona. Y Antonio, movido por divina inspiración, pidió por caridad que se le construyera una celdita entre la enramada del árbol, como lugar apartado y apto para la meditación.

Cierto día, la enfermedad que le aquejaba anunció su fatal desenlace. Y recibidos los santos sacramentos, cantó Antonio un cántico a la Virgen mientras fijaba su mirada hacia un punto luminoso (invisible para los allí presentes) con una sonrisa beatífica en sus labios. El religioso que le asistía le preguntó en la intimidad qué cosa veía, a lo que respondió Antonio: "Veo a mi Señor". Después alargó los brazos, juntó las palmas de las manos en actitud humilde y se puso a alternar con los religiosos el rezo de los salmos.

Al terminar entró en un profundo éxtasis que duró media hora. Vuelto en sí, miró por última vez a los presentes, sonrióles y su alma quedó desligada de los lazos de la carne, absorbida en los abismos divinos. Era viernes, día 13 junio 1231. Tan pronto como expiró, los niños de Padua recorrieron la ciudad al grito de: "¡Ha muerto el Santo! ¡Ha muerto el Santo!".

Dios quiso glorificar su sepulcro obrando por su intercesión gran número de milagros, lo que movió a las autoridades eclesiásticas a pensar en su canonización (lo que hizo el papa Gregorio IX, aún no transcurrido un año desde su muerte).

San Antonio de Padua es uno de los santos que más se han granjeado el corazón y la estima del pueblo cristiano. Llámasele, según famosa frase de León XIII, "el santo de todo el mundo". Pero sobre todo es conocido y amado preferentemente por el pueblo humilde, que ha vislumbrado en él al protector de los intereses de los pobres.

Pío XII se hizo intérprete de esa tradición secular, cuando el 16 enero 1946 le proclamaba doctor de la Iglesia (asignándole el título de doctor evangélico) con el siguiente elogio:

"Alégrate, feliz Lusitania; salta de júbilo, Padua dichosa, pues engendrasteis para la tierra y para el cielo a un varón que bien puede compararse con un astro rutilante, ya que brillando, no sólo por la santidad de su vida y gloriosa fama de sus milagros, sino también por el esplendor que por todas partes derrama su celestial doctrina, alumbró y aun sigue alumbrando al mundo entero con una luz fulgentísima".

San Antonio de Padua no ha perdido actualidad, y la experiencia enseña que San Antonio no defrauda nunca la esperanza de sus devotos, que confían en su valimiento ante el trono del Altísimo.