12 de Junio

San Juan de Sahagún

Victorino Capágana
Mercabá, 12 junio 2021

           Nació en 1431 en Sahagún (León), de un padre (Juan González) que en aquel entonces estaba en plena guerra contra los moros y de una madre (Sancha Martínez) que en ese momento ofrecía novenas y ayunos a la virgen María.

           El niño fue educado por los monjes benedictinos de Sahagún, y con ellos forjó sus estudios y vocación eclesiástica. Muy joven recibió la tonsura, estudió artes y teología, y renunció a las rentas de un beneficio que cobraba su padre.

           Por sus buenas prendas puso los ojos en él el obispo de Burgos (Alonso de Cartagena), que le ordenó sacerdote y le hizo canónigo de la catedral, alojándolo en su propio domicilio familiar. Pero ni el canonicato ni otros beneficios le dieron el sosiego que andaba buscando Juan, en su intento de vivir más unido a Dios. Y por ello renunció a todos sus privilegios, dejando el palacio episcopal y tomando la cura de almas de la Parroquia Santa Gadea de Burgos (en la misma en que el Cid Campeador tomó juramento al rey Alfonso VI de Castilla, por no haber tomado parte en la muerte de Sancho II de Castilla, su hermano y predecesor).

           El estudio, el ministerio de la predicación, las atenciones pastorales, el socorro de los pobres, dieron buena ocupación al nuevo párroco. Pero pronto un viento extraño le empujó de allí, como a un pájaro que no encuentra su nido. Y a Salamanca le guió la Providencia para ser allí su predicador de la paz y taumaturgo.

           Sin duda, la causa de su traslado a Salamanca fueron los estudios. Probablemente tenía entonces unos veintisiete años de edad. El antiguo canónigo de Burgos se hizo pobre estudiante de cánones. Mas pronto le dio a conocer el resplandor de su buena estrella.

           Al año siguiente de llegar allí fue invitado a predicar en la fiesta de San Sebastián, patrono del famoso Colegio San Bartolomé de Salamanca, y agradó tanto su panegírico que le hicieron ingresar en él como capellán interno. Todavía una estatua del frontispicio recuerda al antiguo y glorioso capellán. En aquel colegio, fundado a principios del s. XV para estudiantes pobres y virtuosos por Diego de Anaya (obispo de Salamanca), 15 colegiales y 2 capellanes, vestidos de manto y beca, con certificado de limpieza de sangre, vivían sometidos a una rígida disciplina.

           Por los muchos personajes que salieron del colegio para las letras, la Iglesia y los altos puestos de la nación, se divulgó la frase: "Todo el mundo está lleno de bartolómicos". Juan de Sahagún levantó a mucha honra el grupo. En el Memorial antiguo del colegio, y contra costumbre, se estampa hoy este elogio en su favor: "Este es aquel verdadero israelita en quien no se halló engaño, y que por su bondad y honestidad de vida y por la entereza de sus costumbres fue nombrado capellán de adentro".

           A los recuerdos del colegio va unido el emblema del ciprés luminoso, porque un día de trabajo y fatiga, recogida ya la comunidad para el descanso de la noche, vínosele a la memoria que le faltaba por rezar una parte del oficio divino, y lleno de sobresalto, tomando el breviario a toda prisa, se disponía a salir de la habitación en busca de luz cuando comenzó a entrar en su habitación un chorro luminoso de claridad, que, filtrándose por el ramaje del ciprés del claustro, le llenó de alegría el alma y la celda para cantar sin molestar a nadie las divinas alabanzas.

           Alojóse después en casa de un virtuoso sacerdote llamado Pedro Sánchez, dedicándose de lleno a la predicación. Iba con sencillo traje de clérigo, de color pardo durante la semana y de azul celeste en los días de fiesta. Fue entonces como el predicador oficial de Salamanca, y vivió sostenido por la caridad pública. Una penosísima dolencia y difícil operación de la que salió bien dieron el último rumbo a su espíritu.

           A este episodio alude con estas palabras, que refiere el padre Antolínez: "Lo que pasó aquella noche entre Dios y mi alma él sólo lo sabe; y luego, a la mañana, fuíme a San Agustín alumbrado por el Espíritu Santo, y recibí este hábito".

           Lucía entonces en Salamanca un foco de sabiduría y santidad: el Convento de San Agustín. Y allí se dirigió el bachiller Sahagún, tomando el hábito agustino el 18 junio 1463. Con sus 33 años de edad, mezclado entre compañeros oscuros y jovencitos, púsose bajo la dirección del padre Juan de Arenas, maestro de novicios (y celebrado por su virtud, gran espíritu y penitencia).

           El nuevo novicio abrazó con alegría los oficios humildes en que se ejercitaban los aspirantes a la perfección religiosa. Al antiguo canónigo de Burgos y predicador de Salamanca le tocó hacer de refitolero, cuidando de la limpieza de las escudillas y de los vasos. Servía el vino a la comunidad, e hizo famosa la cuba de San Juan de Sahagún, que después de 2 siglos todavía se guardaba con veneración en el convento (según el testimonio del padre Vidal) por haber multiplicado milagrosamente el vino. El día 28 agosto 1464 rubricó el acta de su profesión, afiliándose a la Orden de San Agustín.

           Siempre se mostró Juan un religioso observante, modelo de virtudes, afable con todos, devotísimo del Santísimo Sacramento y amigo del coro y de la oración. "Estaba en el coro como un ángel", dice un biógrafo suyo. Fue hombre de mucha paz y de equilibrio interior. Amaba el estudio, sobre todo el de la Escritura, algunos de cuyos pasajes apuntó y comentó de su puño y letra.

           Aunque amigo del retiro, un suceso trágico le sacó a la calle. Dos nobles caballeros, de la familia de los Manzanos, dieron muerte alevosa a 2 hijos de una viuda principal, llamada María de Monroy.

           Los asesinos huyeron a Portugal pero María (llamada la Brava), disfrazándose de varón y sirviéndose de espías, descubrió su paradero y allí los buscó y los mató, cortándoles las cabezas y trayéndolas a Salamanca (donde las puso sobre el sepulcro de sus 2 hijos). Más tarde se amansó y lavó con lágrimas de arrepentimiento su venganza, pero la consecuencia de aquel suceso fue la división de Salamanca en 2 bandos guerreros: los Manzanos y los Monroyes.

           En el Convento de San Agustín se comentaban con pena los sucesos de la ciudad, abrasada de odios. Sobre todo a fray Juan le daban pena tantos pecados, tanto desorden y miseria pública. Había que purificar la ciudad con lágrimas, oraciones, penitencias y palabras de fuego. Y se decidió a levantar la voz y dar la batalla del amor, lanzándose a la calle a predicar la paz.

           Como predicador era ameno, dulce y persuasivo, y por ellos las gentes decían "vamos a oír al fraile gracioso". Pero Juan sabía sacar también sus registros más pavorosos, arrullando y tronando si hacía falta. Y comenzó su apostolado, predicando en las iglesias y en las calles. Se metía por las casas, hablaba a las personas de más influencia, amenazaba a los más turbulentos, cantaba la bienaventuranza de la paz y de los pacíficos. A voces todo el día gastaba en su trabajo, sin acordarse de volver a casa a tomar los alimentos.

           Era una misión peligrosa y dura, en que tuvo que oír muchos insultos y palabrotas sucias y padecer persecución por la verdad. Dos atrevidos mozos, instigados por uno de los más turbulentos caballeros de la ciudad, quisieron una vez apalearle, pero, llegada la hora, se quedaron con las manos yertas y alzadas, temblando de pavor.

           A la postre, fray Juan cosechó el fruto de su siembra, mereciendo la bienaventuranza de los hombres pacíficos. En 1476 los 2 bandos contrarios con juramento se perdonaron y abrazaron en testimonio de concordia. Unos 22 apellidos ilustres (los Maldonados, Anayas, Acebedos, Nietos, Arias, Enríquez...) firmaron un documento público, "deseando el bien e paz e sosiego de esta ciudad, e por quitar escándalos, ruidos e peleas e otros males e daños dentre nosotros, e por nos ayudar a faser buenas obras unos a otros, queremos y prometemos de ser todos de una parentela e verdadera amistad e conformidad e unión". Todavía la Plaza de la Concordia de Salamanca recuerda este hecho social importante, en que tuvo tanta parte el humilde fraile agustino.

           Fray Juan fue un predicador libérrimo y sincero, perseguido por la verdad y la justicia. En un sermón predicado en Alba de Tormes habló con tanto rigor contra los señores que tenían vasallos, que sus palabras se tomaron como una descortesía contra los nobles. Pero el valiente fraile respondió a las quejas del duque: "Sepa vuestra señoría que al predicador conviene hablar la verdad y morir por ella, e reprender los vicios y ensalzar las virtudes".

           Por la misma libertad evangélica fue arrojado de la villa de Ledesma, donde cantó verdades muy claras a los nobles que maltrataban a los colonos y dependientes. Afrontó también serenamente los agravios y maledicencia de las mujeres elegantes, por haber reprendido su liviandad en el vestir.

           Aunque la Orden le ocupó en algunos cargos como el de prior y consejero provincial varias veces, no por eso dejó sus obras de celo y misericordia. Los huérfanos, los enfermos de las casas y hospitales, las viudas le tuvieron por su bienhechor. Miró con particular lástima a las mujeres extraviadas, y con sus sermones en la Iglesia de San Lázaro logró el cambio de muchas, a las que recogió y mantuvo con sus socorros hasta conseguirles un estado decoroso, porque para él la pureza de las costumbres era la sal de las ciudades.

           A nivel de anécdotas, parece ser que Sahagún libró de la peste a un pueblo, y salvó a un niño que cayó en el Pozo Amarillo (al oír a la madre gritar, coger él una cuerda y tirar ésta hacia el fondo del pozo, por la cual empezó a subir el muchacho).

           Fray Juan no se hizo viejo, pues el 11 junio 1479 (a los 49 años) murió en el Convento San Agustín de Salamanca, sospechándose que por envenenamiento de una despechada mujer (a la que privó de la compañía de su amante, en una homilía que pronunció en 1479 en la Iglesia de San Blas, y tras la cual la mujer había jurado venganza contra él) que le había dicho: "Yo haré que no acabes el año". Y así fue, que murió con claras señales de sequedad, que los médicos achacaron al veneno que se le había administrado".

           Fue sepultado debajo del coro del Convento de San Agustín, y pronto su sepulcro fue centro de devoción. Como dice de él San Alonso de Orozco, "a la muerte de Juan de Sahagún se sucedieron más de 200 milagros, que fueron vistos ante su sepulcro".

           Fue beatificado en 1601 por Clemente VIII, y canonizado el 15 julio 1691 por Inocencio XII, con grandes festejos cívicos y religiosos en Salamanca. La misma Salamanca costeó en 1692 una urna de plata primorosamente cincelada para guardar sus restos (los cuales fueron colocados finalmente, en 1835, en la Catedral de Salamanca). Las nobles piedras de Salamanca cantan la leyenda áurea de San Juan de Sahagún, patrono de la ciudad junto a Santa Teresa de Jesús. Y sus calles de Tentenecio, Traviesa, Pozo Amarillo, Padilleras o de plaza Concordia multiplican su recuerdo de taumaturgo y pacificador.