11 de Enero

San Palemón de Tabenisi

Valentín Soria
Mercabá, 11 enero 2022

           La idea de soledad ha fascinado a muchos santos, y en el caso de Palemón logró arrastrarlo hasta el desierto, en aquella época llena de celdas solitarias bajo el azul negruzco del cielo, con multitud de ascetas retañendo los campaniles y entonando rezos armoniosos bajo el crepúsculo.

           Una vez en el desierto, deliberó Palemón sobre si continuar su vida en la soledad del desierto, o buscar un monasterio donde poder vivir en comunidad. El cielo le dio la respuesta, en este caso anteponiendo la vida eremítica a la monástica: la Regla de San Pacomio, sembradora de santidad el desierto a través de la mayor de las pobrezas.

           En adelante, Palemón no abandonó nunca sus rezos en los desiertos, ni sus silencios y absoluto recogimiento. Se acostumbró a mirar a los árboles y a escuchar su mudo y misterioso lenguaje. No conoció el chirriar de los portones toscos del monasterio, ni vio nunca las celdas alineadas en pasillos anchos con arcadas y patios. Se mortificaba con los soles sofocantes y con los fríos de los amaneceres invernales, y dormirá bajo techado, defendido contra las lluvias y contra el calor del mediodía.

           Acudirá Palemón a la iglesia para hacer la oración, preceptuada con los otros monjes hermanos. Y en unos atriles grandes y altos del coro central colocarán libros de rezos copiados con esmero y paciencia.

           Palemón vivirá con exactitud la Regla de Pacomio, al igual que antes se ha santificado sin reglamentaciones escritas. Dios está en todo lugar y se le puede adorar en todos los rincones en espíritu y en verdad. Palemón tiende a adaptarse y lo consigue. Vestirá hábito pobre, pero limpio. Su comida será austera y estará entremezclada con los ayunos prescritos.

           Pacomio, Palemón y Antonio fueron 3 admirables hombres que se encerraron en la región de la Tebaida, y con el tiempo albergaron en sus cenobios de Tabenisi a multitud de eremitas solitarios. San Macario había levantado ya un cenobio parecido en Escitia, y asiduamente irá a visitar a Palemón y a Pacomio.

           A fin de que el recogimiento fuese profundo y lo parecido posible al de los ermitaños, los monjes residían en celdas solitarias y aisladas, para no hablar con el resto de eremitas y dialogar más con Dios. También la austeridad pasaría inadvertida y no se excitaría la vanidad. Muchos monjes se alimentaban exclusivamente de crudas legumbres remojadas con agua. El pan era amasado en el mismo monasterio sosteniendo los cuerpos de aquellas almas que pensaban más en el Señor que en su sustento.

           En 3 partes se dividía la jornada en el cenobio de Palemón: las plegarias públicas o privadas centralizaban la actividad cenobítica; mutuamente se instruían y entusiasmaban en el seguimiento de los caminos de Dios. También se dedicaban al trabajo manual y a los quehaceres precisos para el sostenimiento de la comunidad.

           Unos 400 monjes componían el Cenobio de Tabenisi. La Regla era dura, dentro de la discreción. Durante la cuaresma, Palemón y sus compañeros no tenían límites para sus asperezas y sus mortificaciones. Algunos no tomaban alimento más que al anochecer. Otros monjes de Tabenisi cada 2 días comían; algunos resistían ayunando 5 días. Para domar su carne y hacer penitencia, algunos permanecían de pie en oración durante la noche. Y era frecuente en el cenobio de Palemón utilizar las hojas de palmera para saciar el hambre provocada por los ayunos.

           Había quien prefería hojas de col. Para que el diablo no pudiera mezclarse en estas mortificaciones y combatir así el orgullo, Palemón comía algunos de estos elementales alimentos. De esta manera no se singularizaba tanto. Palemón siempre acudía a Pacomio, que era el abad de aquel monasterio, porque en los asuntos ascéticos se camina más velozmente dirigido por un experto guía espiritual. Cuando el monje obedece, las sombras y las luces separan por completo sus propios campos.

           Como la sencillez de su vida fue la admirable muerte de este monje, que empezó sus caminos santos como ermitaño. En el cielo las estrellas le dejaron paso para habitar con el Señor de los bienaventurados.