Artículo sobre el
Surgimiento de Jesucristo


Jesucristo, el Hijo de Dios y salvador del hombre, en todos los rincones de la tierra

Zamora, 1 mayo 2022
Antonio Fernández, licenciado en Filosofía

           Son innumerables los cronistas que hablaron de Jesucristo, desde los cronistas romanos (Plinio, Tácito, Suetonio, Decio...) hasta los cronistas judíos (sobre todo Flavio Josefo). Y todos ellos aludiendo a su condición de Mesías (Christos) o Hijo de Dios.

           En efecto, sabemos que Jesucristo nació en Belén, durante la llamada Pax Augusta, y que "fue condenado a muerte por Poncio Pilato, procurador de Judea en el reinado de Tiberio". Tácito, historiador romano del s. II, da fe ello, y junto a él lo hacen otros escritores de la época, como Luciano (que se refiere al "sofista crucificado empeñado en demostrar que todos los hombres son iguales y hermanos"). Pero sobre todo tenemos el testimonio de cuantos lo conocieron, que no dudaron en decir que "todo lo hizo bien", y que ellos fueron "testigos de su resurrección".

           A muchos de estos últimos les costó la vida dar tal testimonio. Pero mucho antes de que todo esto sucediera, ya estaba escrito por el propio pueblo judío, muchos siglos atrás:

"Serán benditas en ti todas las familias de la Tierra" (Gn 12, 3).
"Fue suyo el señorío de la gloria y del imperio. Todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominio es eterno y no acabará nunca, y su imperio nunca desaparecerá" (Dn 7, 14).
"Oh Belén de Judá, de ti saldrá quien señoreará de Israel, y se afirmará con la fortaleza de Yahveh. Con él habrá seguridad, porque su prestigio se extenderá hasta los confines de la tierra" (Miq 5, 2).
"Brotará una vara del tronco de Jesé, y retoñará de sus raíces un vástago sobre el que reposará el espíritu de Yahveh. Un espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Yaveh. No juzgará por vista de ojos ni argüirá por lo que oye, sino que juzgará en justicia al pobre, y en equidad a los humildes de la tierra" (Is 11 ,1-5).
"Nos habrá nacido un niño, nos habrá sido dado un hijo, que tendrá sobre sus hombros la soberanía y que será llamado maravilloso consejero, Dios fuerte, padre sempiterno, príncipe de la paz" (Is 9, 6).

           El prestigio de Jesucristo ha llegado ya a todos los confines de la tierra. Y hoy en todo el mundo se repite que "todo lo hizo bien" porque, efectivamente, "sobre él reposó el espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Dios". Un Jesucristo que no se dejó guiar por las apariencias, sino que supo leer en el fondo de los corazones, juzgando en justicia a todos los hombres.

           Jesucristo nació de una mujer, y perteneció a la sociedad de su época, y de sus problemas se hizo partícipe. Y su apasionada práctica del bien, y una muerte absolutamente inmerecida (pero ofrecida al Padre por todos los crímenes y malevolencias de la humanidad), mostró para muchos "el camino, la verdad y la vida", e iluminó la acción diaria para muchos de ellos.

           En su vida terrena, Jesús de Nazaret situó al hombre en su real dimensión. Y mostró y demostró que el hombre, por vocación natural, no es un acaparador o animal que defiende su "espacio vital" en razón de los límites de su imaginación, al amparo de su fuerza y en lucha continua con sus congéneres. Ni tampoco un ser obligado a derrochar las energías de su pensamiento perdiéndose por lo insustancial o simplemente imaginado.

           Según el testimonio de Cristo, tiene el hombre una vocación a la que consagrar todas sus energías, una historia exclusiva que forjar, una trascendencia que asegurar y una específica función social que cumplir en el mundo. Es decir, la trayectoria vital de cada hombre debe resultar un bien social. O según el lenguaje de los tiempos, un eslabón de progreso para la humanidad, desde los apuntes del más puro realismo histórico.

           Desde que Cristo vivió, murió y resucitó, los hombres contamos con la presencia histórica de la gracia como real proyección del favor de Dios. Un valioso alimento que desvanece las angustias y da energías para mantener con tenacidad una actitud de continua laboriosidad, de fortaleza, de amor y de fe. Por la presencia histórica de la gracia de Jesucristo, y con el trabajo enamorado que nace del compromiso por seguir los pasos de Cristo, se abre el camino a la más fecunda proyección social de las propias facultades.

           Gracias a su vida, muerte y resurrección, Jesucristo proyectó sobre cuanto existe la personalidad de un Dios que se hizo hombre. Desde entonces, todos cuantos quisieron pudieron incorporarse a su equipo, para responder cumplidamente al apasionante desafío de "amorizar la tierra".

           Esos seguidores no dudaron a la hora de hacer realidad ese desafío, a través de una continua entrega personal y una continua expresión de acción solidaria. Fue su forma de colaborar en la tarea divina de la evolución, y de poner en marcha la obra de la nueva creación, porque se sentían llamados a "ser/estar como/con Dios" (San Pablo).

           Jesucristo sigue vivo entre nosotros como puente y testigo entre la eternidad y el tiempo, como luz que rompe los dominios de la oscuridad absoluta. Algo así han sentido y sienten sus seguidores, desde aquel cuadro de Holbein representando a Cristo yacente (lívido y con signos de próxima descomposición) hasta aquella sensibilidad de Dostoievski que estalló en rebeldía.

           Porque son muchos los que, como Dostoievski, descubren la apabullante lógica de "perderse en Cristo para lograr la cumbre de la propia personalidad", a través de la proyección social de las propias facultades y a través de una acción en equipo capaz de amorizar la tierra.

           Es conocida la tormentosa crisis espiritual del genial escritor ruso, hasta que en el confinamiento de Siberia, y tras la paciente y repetida lectura del NT, reencontró la genuina personalidad de Hombre-Dios al que necesitaba, como asidero y punto de referencia para su trayectoria vital.

           En efecto, percibió Dostoievski a un Cristo muy próximo ("pegado a mí mismo"), y al mismo tiempo infinitamente por encima de todo lo humanamente concebible. Y encontró en Jesucristo al Ser capaz de dar un sentido total a la vida de sus amigos. Tanto que, cuando los comunistas le hablaban de que todo pudiera ser un mito, él no dudó en responder: "Si alguno de vosotros me demostrase que la historia de Cristo no fue verdad, yo me aferraría a esa mentira, para seguir estando con Cristo".