Semblanza sobre el
Padre Félix Sánchez-Blanco, s.j


Padre Sánchez-Blanco, jefe de estudios de Ingenieros ICAI de Madrid

Madrid, 1 noviembre 2021
José Hidalgo Alexandre, jesuita

           Nació en Madrid el 22 enero 1914, hijo de Luis Sánchez-Blanco y el 8º de 14 hermanos, entre los cuales 3 son de la Compañía de Jesús (Félix, José María y Javier, misionero en el Japón) y 4 hermanas religiosas del Sagrado Corazón (todas ellas ya fallecidas). Creció en el seno de una familia profundamente religiosa, distinguiéndose en su niñez por su amor filial a la Virgen, por su fe sólida y por un amor servicial hacia toda persona necesitada, rasgos que se fueron fortaleciendo a lo largo de toda su vida.

           Estudió el Bachillerato en el Colegio Pilar de Madrid con un brillante expendiente académico. Al acabarlo, hizo en Aranjuez los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola (ca. 1929), impactándole de tal forma que tomó la resolución de quedarse en el Noviciado de la Compañía. Su padre se presentó sin tardar para llevárselo otra vez a Madrid, y le orientó hacia la Carrera de Matemáticas. En 1935 sacó el título de licenciatura en Matemáticas en la Universidad Central de Madrid, obteniendo en todas sus asignaturas la calificación de sobresaliente con Matrícula de Honor, salvo en dos que obtuvo notable. Simultáneamente, estudió el curso preparatorio del ICAI (ca. 1930), pero al ser expulsada de España la Compañía de Jesús, intentó y consiguió el ingreso en la Escuela Superior de Ingeniería Aeronáutica.

           Con el ingreso en Ingenieros Aeronáuticos y con el título de licenciado en Matemáticas, ingresó en noviembre de 1935 en la Compañía de Jesús en Chevetogne (Bélgica). Los votos del bienio los hizo en Loyola el 23 noviembre 1937. Finalizados sus estudios de Humanidades (en Aranjuez) y Filosofía (en Chamartín), durante la etapa de su Magisterio (ca. 1944-1946), fue profesor en el Colegio de Areneros, y culminó sus estudios científicos con el doctorado en Matemáticas en la Universidad Central de Madrid (ca. 1948). Los estudios de Teología los realizó en Sarriá y en San Cugat (Barcelona).

           Acabada su formación intelectual, se incorporó en 1953 al ICAI como profesor en la Escuela de Ingenieros Superiores del ICAI (hasta 1980) y en la Escuela Nocturna de Montadores (entre 1953 y 1965). A los ingenieros superiores les enseñó Mecánica Racional (primero) y Matemáticas (después). Ocupó el cargo de Prefecto de Estudios de los Ingenieros Superiores entre 1958 y 1973. Movido por su inquietud social aceptó también ser Jefe de Estudios en las Escuelas Nocturnas de Formación Profesional (Montadores) para trabajadores, a cuya formación humana y profesional dedicó sus mejores esfuerzos.

           En 1980, al jubilarse como profesor del ICAI, fue destinado a la Residencia de la Compañía de Jesús en Murcia, donde se dedicó totalmente a la labor sacerdotal. En junio de 2001, estando ya muy mal de salud, el provincial le destinó a la enfermería de Alcalá de Henares, donde espiró santamente el 25 agosto 2001.

           Para escribir su personalidad en pocas palabras, se podría decir que el padre Sánchez Blanco era un jesuita de cuerpo entero, y que no vivía para sí sino para Dios y para los demás. Su entrega a Dios y al prójimo no conocía descanso. Cuando no tenía que dar clases, atendía a los muchos pobres y necesitados que conocía. No sabía lo que era tomarse unas vacaciones.

           Era el primero en levantarse y uno de los últimos en acostarse. Él mismo se encargaba en Areneros de abrir la puerta principal de entrada para las señoras de la limpieza. También abría la iglesia a primera hora, y se sentaba en el confesionario para atender a las empleadas de hogar y a muchas otras personas que acudían a él para buscar su consejo. A la hora de empezar las clases, ya había realizado muchas obras de caridad. Era incansable en dar clases. Algún curso llegó a dar hasta 30 clases semanales. Y por la tarde, cuando ya se habían marchado los alumnos, sacaba tiempo para atender a las empleadas de hogar, procurando solucionar sus problemas. Después de esa labor agotadora, cenaba el último y se acostaba bien tarde.

           Supo compaginar admirablemente su labor docente con una intensa actividad social entre los marginados y gente humilde del barrio Argüelles de Madrid y de los suburbios de la ciudad, creando cauces de ayuda y promoción humana, e implicando en ella a muchos de sus alumnos y antiguos alumnos ingenieros. Los fines de semana es cuando podía sacar más tiempo para su actividad apostólica: Así, los domingos abría a 1ª hora la iglesia y después de oír confesiones hasta media mañana, se iba al suburbio de San Blas, donde celebraba 2 misas. Por la tarde visitaba a 6 enfermos en diversos hospitales de Madrid, y atendía a otros necesitados. Con la cena a última hora acababa su descanso dominical, para comenzar el lunes la actividad normal.

           Durante varios años, un domingo al mes viajaba a Zaragoza para consolar a ayudar a una señora hospitalizada con cáncer, cuyo marido trabajaba en Alemania para mantener la familia. Salía en el correo de Madrid-Barcelona por la noche, llegaba a Zaragoza a las 03.00 h, se sentaba en el banco y dormitaba hasta el amanecer. Se pasaba el día en el hospital atendiendo a la señora enferma, iba por la noche a la estación (donde esperaba la llegada del correo Barcelona-Madrid a la madrugada), llegaba a 1ª hora de la mañana a Madrid y se incorporaba sin más a su labor docente en la universidad.

           Con motivo de una visita a la Clínica Concepción de Madrid, se enteró del estado crítico en que se encontraba un joven enfermo de los 2 riñones. Consultado el cirujano sobre la posibilidad de éxito del transplante y con el permiso de sus Superiores, dio el paso y donó un riñón suyo. Sustituirle en los 2 días de su ausencia no fue nada fácil, dado el elevado número de clases que daba. Se incorporó al trabajo como si no hubiera pasado nada y no disminuyó para nada el ritmo de sus múltiples ocupaciones.

           Su estancia en Murcia, a partir de 1980, le permitió desarrollar todo su fervor apostólico. Siguiendo su ritmo de trabajo, se levantaba muy pronto para ir a la Iglesia de Santo Domingo de la Compañía de Jesús, abrirla y atender en el confesionario a muchos sacerdotes y fieles. Durante todos estos años dedicaba muchas horas del día a la tarea sacerdotal de confesor en nuestra Iglesia. Atendía con dedicación impresionante a numerosos fieles que acudían a él para consultas personales y ayuda espiritual. A la vez atendía a muchos enfermos que no podían salir de sus casas, a los que llevaba cada día la comunión.

           Lo mismo que en Madrid, sólo que con mayor intensidad, se dedicaba en Murcia incansablemente a los pobres y a la etnia gitana, que veían en él a su padre y protector. Siendo consiliario de la Conferencias de San Vicente de Paúl en Murcia, implicaba en esta acción benéfica a numerosas personas. Su apostolado se extendió especialmente a la Parroquia de San Basilio y al Barrio del Ranero. En estos 2 barrios, pero también en toda Murcia, ha dejado un recuerdo tan entrañable, que sus vecinos lograron que una nueva calle de la ciudad recibiera el nombre del Padre Sánchez-Blanco.

           En la comunidad jesuita de Murcia era sencillo y humilde, alegre y optimista. Se reía de sí mismo (cuando se despistaba), y recibía sonriente las bromas que le gastábamos. Proverbial era su afición al café, gracias al cual conseguía mantener el ritmo de su trabajo, y a forma de capilla doméstica que le veía orando largos ratos. Un dirigido suyo le describió en un artículo aparecido en el periódico La Verdad el 3 de julio con estas palabras:

“Era delicado, culto, fino, humilde y piadoso, comunicaba consuelo a los que se confesaban con él. Nunca severo, aunque firme en sus dictados, comprensivo y bondadoso. Siervo fiel y esforzado, trabajador infatigable. Su delgada y delicada silueta, doblada hacia un lado, con su mochila al hombro, recorriendo deprisa y despistado las calles y barrios de Murcia, llevando consuelo y paz, siempre será recordado y añorado en nuestra ciudad”.

           Su destino a Alcalá de Henares lo aceptó con un obediencia ejemplar, aunque le costó mucho dejar el campo de apostolado en el que había estado trabajando sus últimos 21 años. Su última preocupación fue encargar a personas de su confianza la tarea de ocuparse de los problemas humanos y sociales de las familias necesitadas que él atendía. Creo que en la despedida de su vida activa apostólica podemos poner en boca del padre Sánchez-Blanco la siguientes palabras inspiradas en los Hechos Apostólicos (Hch 20, 17-24):

“Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado en Madrid y en Murcia, he servido al Señor con toda humildad, en medio de numerosas pruebas, y no he omitido nada de lo que podía se útil a los fieles. He predicado en público y en privado a todos para llevarlos a la fe y al amor de Jesús, nuestro Señor. He ayudado espiritual y económicamente a los que han acudido a mí. Ahora me dirijo a Alcalá, obedeciendo a mis superiores. Lo que importa es hacer voluntad de Dios y ser testigo del evangelio, que es gracia de Dios”.

           Eso es lo que fue para todos nosotros el padre Sánchez-Blanco: un testigo convincente del Reino de Dios.

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Madrid, 1 noviembre 2021
Luis García, ingeniero ICAI de Madrid

           Para un ingeniero del ICAI hablar o escribir del padre Sánchez-Blanco no representa ninguna novedad ni requiere sacrificio alguno. No representa novedad alguna porque siempre que nos juntamos varios ingenieros del ICAI, sea cual sea el motivo que nos congregue, acabamos hablando del padre Sánchez-Blanco, incluso sin darnos cuenta. Y no requiere ningún sacrificio porque todos estamos deseando contar cosas de él, que nos fluyen espontáneamente. Si esto ocurre a todos los ingenieros del ICAI que han conocido al padre Sánchez-Blanco, os podéis imaginar lo que me pasará a mí, que he tenido la fortuna de haber mantenido con él relaciones laborales y académicas muy estrechas, prolongadas durante muchos años.

           No voy a comentar en detalle la donación de uno de sus riñones a un joven para él anónimo (aunque sea un hecho que viví de manera bastante cercana) porque todos lo conocéis, a pesar de su interés en que no trascendiera. Tampoco voy a explayarme en sus deseos, no cumplidos por trámites burocráticos, de donar su cuerpo entero a una universidad. Voy a poner en común con vosotros algunos detalles que siempre han caracterizado sus comportamientos del día a día, y que a mi entender, son los que miden de manera definitiva el talante y la grandeza de las personas. Si queréis que todavía resuma más su talante, yo diría que “Félix Sánchez-Blanco” era sinónimo de “disponibilidad absoluta”.

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Madrid, 1 noviembre 2021
José María Martínez, ingeniero ICAI de Madrid

           Qué duda cabe que para cualquier ingeniero del ICAI es altamente gratificante honrar la memoria de un hombre brillante, bueno, honrado y justo, que sin duda son las más excelsas virtudes que pueden adornar a un ser humano (pues la inteligencia no es una virtud, sino una condición).

           Nuestro curso realiza con cierta frecuencia excursiones domésticas relacionadas con hechos históricos de cierta simbología (Euskadi y Loyola, el Maestrazgo, Silos...) o a algunas de las que son oriundos nuestros compañeros de promoción. En una de esas excursiones, un compañero de promoción propuso incluir en el programa de la excursión la visita al padre Sánchez-Blanco, que ya residía en Murcia, para pedirle que celebrara una eucaristía para nosotros, y que se uniese también al almuerzo posterior.

           Durante la homilía, que duró exactamente una hora (lo que una de sus clases universitarias de antaño, con propina), nos exhortó vivamente, con aquella expresión que a veces terminaba saliendo de su alma (una vez que se le había agotado el aire en los pulmones), no sólo a conducir nuestras familias dentro del más riguroso estilo católico, sino a ser ciudadanos honrados y justos, como si de jóvenes universitarios se siguiera tratando.

           Según versión de un compañero (confieso que yo me distraje en varias ocasiones), en dicha homilía pasó el padre Sánchez-Blanco de la física al Dios Creador, repasó los momentos más singulares del AT y del NT (nacimiento de Jesús, Última Cena, muerte y resurrección) sin olvidar el pasaje de la Transfiguración (como referencia a la otra vida), y acabó con su clásica afirmación de que el billete para el tren del cielo pasa por la opción por los pobres.

           En el almuerzo posterior, mucho más distendido, podríamos decir que siguió llevando la voz cantante. Sobre todo con aquel sentido del humor entrecomillado, que como muchos recordaremos tenía su vivo reflejo en aquel “Ya que no hemos sido puntuales en la entrada, seámoslo al menos en la salida”. Y aquel otro también frecuente, cuando se dirigía a algún alumno que se debatía con poco éxito en la pizarra, y le interpelaba: “Fulanito, estás haciendo un gran esfuerzo, sin duda alguna digno de mejor causa”.

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Murcia, 1 noviembre 2021
Manuel Arnaldos, doctor Ingeniero Naval

           Cientos de murcianos nos sentimos apenados porque el jesuita padre Félix Sánchez-Blanco, tras 21 años dedicado a “hacer el bien” en la Iglesia de Santo Domingo, se nos va de Murcia.

           En efecto, el día 20 septiembre 1980 recalaba en Murcia el padre Félix, a los 66 años de edad, recién relegado de las funciones de profesor de Matemáticas y de jefe de estudios en la Escuela de Ingenieros del ICAI de Madrid, por jubilación. Toda una vida dedicada a la enseñanza, no entendía entonces para qué le enviaban desterrado a Murcia sus superiores. Pasado el tiempo siempre vio en ello la mano providente y misericordiosa del buen Dios, que acariciaba con dulzura su ancianidad, sobre todo a partir de un domingo de primavera en que un chiquillo de 4 años de edad se colaba en su confesionario, y con aquella candorosa confesión iniciaba un pequeño reguero de agua del que acabaría manando el caudal de un gran río.

           Porque la estancia del padre Félix en Murcia ha sido un milagro divino, un prodigio de la gracia, un derroche de acción sobrenatural que ha sorprendido y conmovido los cimientos del pensamiento moderno, tan autodidacta y autosuficiente. Su sólida personalidad, cimentada en hondura de convicciones, virtudes de arraigo y un concepto austero de la vida, la ha transmitido a manos llenas por simple contagio. La contraseña de su sacerdocio: Llevar almas de joven a Cristo, inyectar en los pechos la fe, ser apóstol o mártir acaso, mis banderas me enseñan a ser le infundía a su alma un incansable espíritu evangélico que le permitía atender con amor a personas de la más variada clase social.

           Las interminables filas de penitentes ante su confesionario, en estos tiempos en que la inmensa mayoría de confesionarios apenas si sirven para poco más que para adornar las iglesias, mezclando a gentes diversas, hermanando y superponiendo lo que la sociedad y la naturaleza antepone y contrapone, van a quedar aleteando en una remembranza perpetua. En cierta ocasión permaneció el rector del Seminario de Murcia (Martínez Zapata) casi una hora en la fila y tuvo que marcharse antes de que le llegara su turno porque no podía esperar más. Luego se lo comenté, y se enfadó conmigo:

—Me lo podías haber dicho y lo hubiera adelantado.

           Porque ante él nadie sentía discriminación racial o social. A todos trataba de transmitir sus nobles ideales con ardor y celo apostólico: Su estricta fidelidad al cumplimiento del deber, su sed inagotable de Infinito, su pasión por la eternidad, que daba sentido y sublimaba la finitud y la limitación de las cosas materiales, hacia las que sentía un desapego radical. Sin embargo, si se hallaba anunciando el evangelio a un estudiante y éste le informaba de un próximo examen de matemáticas, de repente se encendía la luz de su confesionario, sacaba papel y lápiz, y con el mismo entusiasmo trataba de resolver la integral o la ecuación diferencial que tanto preocupaba al joven.

           Igual que el apóstol San Pablo, el padre Félix pasaba hambre con los hambrientos, comía con los hartos, reía con los alegres y lloraba con los tristes. Pero con todos compartía el Pan de la vida eterna, a todos trataba de infundir su sólido amor eucarístico, su tierna devoción mariana, su esperanza y confianza en la providencia divina.

           El padre Félix se va. Se va y deja espiritualmente abandonados tanto a ilustres médicos, abogados y arquitectos como a sencillos butaneros, camioneros, delineantes y obreros, tanto a eminentes profesores, empresarios, economistas e ingenieros, como a amas de casa con y sin estudios y a estudiantes, religiosas, sacerdotes... Todas las clases sociales de Murcia han conformado el entorno del padre Félix, mas su marcha la van a lamentar, sobre todo, sus predilectos y mimados: los gitanos, los emigrantes, los ex-carcelados, todo ese gremio social que ocupa las portadas de los telediarios, que llena páginas de prensa, que defiende la lengua de muchos y exalta la letra de las pancartas de las manifestaciones, pero del que nadie apenas quiere saber nada en su corazón. Una vez me comentaba al respecto: ¡Cuántos hablan de los gitanos, pero ninguno se ocupa de ellos!.

           Sí, los marginados de cualquier índole enternecían su corazón, ocupaban su tiempo, le robaban su sueño y acreditaban las célebres palabras de Santa Teresa de Calcuta: No tengo tiempo de manifestarme en favor de la pobreza porque estoy muy ocupada con los pobres.

           Yo quisiera constituirme en portavoz de muchos, especialmente de los sin voz y sin pluma, en estos ingratos momentos del adiós. La inmensa mayoría de las veces perdemos la presencia de los seres queridos por culpa de la muerte, pero al padre Félix lo han arrancado de entre nosotros, sepultándolo antes de dar su vida el último suspiro. Murcia se queda huérfana de su presencia.¡Qué ingrato es en ocasiones el destino! ¡Qué cruel la separación que no se desea! Aunque no ha hecho todavía las maletas, su partida de Murcia será silenciosa y seguramente pasará desapercibida; sin embargo, los corazones de cientos de murcianos se van a cubrir de dolor por su ausencia.

           La hospitalidad, la bondad, la generosidad... y la santidad, sufrirán menoscabo con su salida, le echarán en falta, y muchos corazones se quedarán secos, helados, fríos. Las calles de Murcia, sobre todo esas que tanto frecuentaba, van a añorar su paso. Un paso a veces enérgico, firme, adaptado al ritmo de la marcha militar que cantaba a media voz si llevaba prisa; a veces lento, pausado, como cansino, al son de las avemarías que iba desgranando del santo rosario como si desmigajara gajos escarlatas de una granada, cuando se permitía, meditabundo, un respiro en su incesante actividad.

           A los 21 años después de su venida a Murcia le han asignado un nuevo destino, el destino que tanto temía durante todo el tiempo que ha permanecido entre nosotros:

—Que no me manden nunca a Alcalá, que ¡yo quiero seguir aquí!, se le escapó más de una vez.

           Querido padre Félix: Mientras Murcia ha insuflado aire fresco y vida en tu vida, Alcalá evoca en tu aliento algo así como el anticipo de la gloria, el preámbulo físico de tu partida a la casa del Padre, el preludio del descanso eterno. Allá iremos muy pocos a verte, y lo haremos con menor frecuencia de la que los corazones exigen. Sabes bien que tu salida de aquí adquiere tintes de Domingo de Ramos. Sin embargo, ante este no deseado destino has respondido con una entereza que te ennoblece y que testimonia la inmensa categoría moral de tu alma:

—¡A tus órdenes, mi Capitán!, has declarado en voz alta, cuadrándote con la mano levantada hasta la frente, como un jovencito soldado de 87 años, ante Jesucristo.

           A muchos de tus amigos y dirigidos no volverás a ver nunca más. Pero todos te llevaremos siempre en el corazón y nos sentiremos orgullosos y agradecidos a Dios por habernos dejado cobijar a la sombra de un santo. Que él personalmente y su santísima Madre te bendigan en tu breve paréntesis de Alcalá de Henares, junto al resto de tus hermanos allí desahuciados para el servicio de esta tierra putrefacta, y nos permitan un día reunirnos por los siglos de los siglos en la patria donde reina el amor.