Semblanza sobre el
doctor Hübner, judío de Nyzhankovychi


Doctor Húbner Lehrer, con uno de sus hijos en brazos

Montevideo, 1 noviembre 2021
Pablo Hubner, doctor en Derecho

           Es 8 de octubre de 2021, día en que escribo estas líneas y 13 años después del fallecimiento y del encuentro de Hübner con aquel Jesucristo que, a través de unos amigos y de una biografía de San Pablo (escrita por Joseph Holzner), había dado a su alma de joven la gracia de la fe (ca. 1950), había hecho palidecer su judaísmo y había arrojando por el suelo su caballo imaginario, a las palabras de: “Mario, Mario, ¿por qué me persigues?”.

           Este fogoso joven de 24 años se llamaba Mario, y antes de su caída paulina había sido ateo furibundo y anticatólico. E incluso varios compañeros de carrera, que bajo su prédica habían abandonado su fe católica, siguieron negando que dicha conversión hubiese sido para ellos gratificante: “De ninguna manera. Tú nos liberaste de un yugo y estamos muy contentos”. Un alma había sido ganada por Cristo, mientras que otras debían esperar todavía otro tanto. Dios sabe, pero desde entonces el joven Mario dejó su judaísmo ateo y se sumergió en la fe del bautismo.

           Mario Hübner Lehrer vino al mundo el 22 octubre 1925 en Nizankowice (hoy Nyzhankovychi, Ucrania), por entonces región de Galitzia y territorio polaco, bajo el gobierno del Imperio Austro-húngaro de los Habsburgo (tras la partición del Reino de Polonia de 1772). No obstante, sus lenguas maternas no fueron el polaco ni el ucraniano (lenguas que conocía, dada la multilingüe sociedad de la zona), sino el iddish (un alemán arcaico con palabras eslavas y hebreas), que para la gente foránea es difícil de entender, pero que para los judíos de aquella comarca fronteriza ucrania era su seña de identidad (sobre todo para los Hübner y Lehrer, de acento austriaco por su procedencia de Bircza y Dobromil, de forma respectiva).

           Eran aquellos unos tiempos difíciles para la Polonia de entonces, como bien describiría años después el también polaco Karol Wojtyla, otro austro-polaco cuyo padre había sido miembro de las fuerzas armadas austro-húngaras y le había puesto el nombre de Karol por la admiración que profesaba hacia el último emperador del Imperio, Carlos de Habsburgo-Lorena (a quien no dudaría en beatificar tras el milagro médico a una monja polaca en Brasil). Y todavía mucho peores cuando llegó el periodo de entreguerras y entraron en escena los alemanes y rusos, con su opresión y odio a lo que no era suyo y a la raza judía.

           Por avanzar en el tiempo, y una vez superado el holocausto judío, y dado el salto al Uruguay (ca. 1930), el joven Mario completó sus estudios de Medicina en la Universidad Nacional de Montevideo, se casó con la gallega María de las Hermitas Varela e hizo algunos escarceos en la política nacional, pasando en Montevideo el resto de sus días.

           Hasta que un 8 octubre 2008, en la víspera judía del Kol Nidrei y dentro de la fiesta judía del Día del Perdón (o Yom Kippur), tras recibir conscientemente los sacramentos de la confesión y la unción, y mientras albergaba entre sus manos la imagen de Nuestra Señora de la Providencia de Nyzhankovychi (tan querida y bendecida por su compatriota Juan Pablo II), entregaba Hübner su alma a Dios

           Había logrado ser el doctor Hübner un testigo entre los suyos (de sangre judía), cumpliendo así lo que le había pedido hacer, de forma profética, un misionero franco-canadiense llamado Denis Paquet, ex misionero en Vietnam y redentorista en el Uruguay. Y fue mi madre quien, ya viuda y mientras seguíamos la carroza fúnebre con el ataúd de su marido (y padre mío), por un tortuoso camino me dijo: “¡Que misterio el de Mario!, que vino de tan lejos y pasó tantas peripecias en su vida”. Sí, le respondí yo, y tanto que podría escribirse un libro titulado De Nizankowice a Montevideo.

           El legado principal del doctor Hübner fue el ejemplo de su vida. Había sido criado en las más estrictas Sagradas Escrituras de la Biblia judía, en las lenguas originales hebreas y en las sinagogas de su natal Galitzia, tanto por su padre (de la familia rabínica Zadik Kohen) como por los maestros de religión (en las escuelas shtetl). Hasta que silenciosamente abandonó esas escuelas y su fe judaica a los 11 años, cayó en el más radical ateísmo a los 13, se convirtió en activista anti-católico en su etapa preuniversitaria... y acabó encontrando a Cristo en el camino de su vida: “Mario, Mario, ¿a quién persigues?”.

           Cuando encontró a Cristo en su vida, la gracia y la búsqueda de la verdad lo fueron llevando a aquello que enseñaba la base del catolicismo, y rápidamente reconoció que dicha base era la misma que la que tenía en su seno el judaísmo, en perfecta continuidad. Con el tiempo, no perdió el médico Hübner su fogosidad en sus convicciones, pero sí que se volvió muy cariñoso, alegró sobremanera su carácter y hasta se volvió chistoso e irónico.

           Sobre si esa fogosidad e ironía pudiese ser excesiva, o pudiera ofender a alguien, él no tardaba nunca en decir: “Ay, ¡qué hice!”. Y rápidamente se ponía en la cola de la confesión para recibir de Cristo el sacramento y el secreto de su vida, a través del intermediario sacerdote. Fue el resto de sus días Mario muy firme en sus convicciones religiosas y morales, e incluso en las opinables siempre encontrara un elemento convincente para cambiar de opinión.

           Contó hasta el final de sus días con el apoyo inestimable de su hermana menor Matilde, judía de pura cepa y una magnífica mujer, que siempre pasó por alto las diferencias religiosas y que fue su gran confidente y amiga. Cierto día me dijo, en un una visita que hizo de Brasil a Montevideo, que no veía claro su futuro. Y seguramente lo dijo porque tenía presente el ejemplo de su hermano.

           Con la llegada de los marxistas al Uruguay, o últimos años de su vida, el excelente trabajo y el prestigio familiar heredado por su hijo Pablo (el presente, y abogado de profesión) fueron usurpados “en favor del pueblo”, aunque en realidad fuesen usurpados en favor de los comunistas y de los masones, con quienes mi padre hubo de pasar más de mil penurias. Aunque él siempre siguió confiando en el amor de Dios y en su divina Providencia, así como en el amor a su santa esposa.