14 de Enero

Viernes I Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 enero 2022

a) 1 Sm 8, 4-7.10-22

          En la lectura de la palabra de Dios representa un gran peligro lo que podríamos llamar "comer a la carta". Es decir, acercarse a la Biblia desde nuestros prejuicios, y fijarnos solamente en aquellos pasajes que parecen corroborar nuestra ideología o intereses. Se trata de la instrumentalización de los textos sagrados, especialmente peligrosa en el campo de la política.

          La lectura de hoy nos habla de la aparición de la monarquía en Israel, y nos puede vacunar contra esa enfermedad político-religiosa que decíamos antes, al darnos cuenta de que el libro de Samuel recogió intencionadamente, para su trama narrativa, documentos procedentes de ambientes muy distintos, a la hora de valorar la institución monárquica. Evidentemente, el Espíritu Santo no se casa con nadie.

          Los textos de hoy y los del jueves próximo pertenecen a la versión llamada antimonárquica, según la cual el deseo de Israel de tener un rey "como todos los pueblos" (v.5) es una especie de infidelidad, a la que Dios y Samuel acceden de mal grado. En cambio, las lecturas del próximo martes y miércoles corresponden a la versión llamada monárquica, que nos llevaría a creer que la iniciativa partió enteramente de Dios.

          No podemos quedarnos con una sola de las 2 versiones, ni tampoco limitarnos a subrayar la contradicción y caer en el escepticismo. Sino que lo que hay que desear es conocer el origen histórico de la monarquía en el pueblo escogido, para extraer de él alguna consecuencia en relación a nuestra propia sociedad. Y la conclusión más importante y general que debemos sacar es doble: la complejidad del fenómeno político, y la ambigüedad de su relación con el reino de Dios.

          En el comentario de ayer explicábamos el peligro filisteo para la supervivencia de Israel, y hoy vemos cómo Dios al encuentro de las necesidades y aspiraciones de su pueblo, y por medio del profeta Samuel le otorga un rey.

          En todo caso, la lectura de hoy reitera que la monarquía de Israel no quiso ser como la de "los demás pueblos", llenas de reyes déspotas que pretenden divinizarse. Sino que Dios quiso para su pueblo una convivencia fraterna y unos gobernantes al servicio de sus hermanos. Los inconvenientes de la monarquía, descritos en los vv. 10-22, son los que se daban en las ciudades cananeas, y no aparecerán en Israel hasta muy tardíamente (tras la muerte de Salomón).

Hilari Raguer

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          La historia política de Israel llega a uno de sus virajes más importantes. Desde que entraron en la Tierra Prometida, las 12 tribus habían vivido sin necesidad de ningún gobierno central, y cada tribu había poseído su propia organización, lo más elemental posible. Y cuando surgía alguna amenaza vecina (cananea, filistea, fenicia, egipcia...), una tribu se unía a otra de vez en cuando, de forma ocasional. Entonces, un jefe militar (o juez) conseguía la confederación de 2 o más tribus, para la defensa común.

          Con el tiempo, esta forma de organización tribal empezó a ser considerada por los hebreos como precaria, y comenzó a plantearse la posibilidad de dotarse de una propia entidad política y militar, como el resto de pueblos vecinos.

          Se reunieron entonces todos los ancianos de Israel, y fueron a consultar a Samuel, para deliberar y tomar con él una solución. También el hombre moderno pasa mucho tiempo en reuniones, tratando de concertar soluciones. Todo ello forma parte de la naturaleza del hombre (ser social), destinado a vivir "con los demás". Y los niveles de concertación se han agrandado tanto, que el hombre que quiere vivir solo, o cuyo nivel de participación es muy elemental, corre el riesgo de quedar envuelto por influencias lejanas.

          Desde mi fe y bajo la mirada de Dios, reflexiono sobre esta evolución de la sociedad humana. En tiempo de Samuel, se trataba de pasar de la tribu (demasiado pequeña) a la nación (demasiado grande). ¿Cuál es mi grado de participación a la vida de la sociedad? ¿Y en la vida de la Iglesia?

          Entonces le dijeron a Samuel: "Ponnos un rey, para que nos juzgue y gobierne, como todas las naciones". El argumento principal es, pues, "ser como las demás naciones", una reacción sana (en el fondo) pero expuesta a nuevos problemas y estructuras nuevas. Dios nos ha dado la inteligencia para "dominar la tierra y someterla".

          Parece que hay una cierta pereza a la hora de remodelar las soluciones del pasado, y es una tentación constante en todas las organizaciones (y en la misma Iglesia) la de no inventar más, la de estancarse, la de permanecer inadaptado a las nuevas circunstancias. E incluso esto ocurre también en mi propia vida humana, profesional y familiar. Pero quien no avanza, retrocede, y está muy cerca de quedar vencido. E incluso en mi vida espiritual, pues quien se deja invadir por la rutina, o por el sueño, está muy próximo a abandonar.

          Disgustó a Samuel que le dijeran "danos un rey", e invocó al Señor. Pero el Señor dijo a Samuel: "Haz caso a todo lo que el pueblo te dice, porque no te han rechazado a ti, sino que me han rechazado a mí. Porque no quieren que reine sobre ellos".

          Empiezan a manifestarse ya, pues, las divergencias de las opciones políticas. El pueblo y los ancianos piden una monarquía, y el profeta Samuel no está de acuerdo. Y lleva a la oración este asunto. Y he ahí que Dios está de acuerdo con el profeta y con el pueblo: "Haz lo que te pide". Efectivamente, las cosas políticas son complejas.

          Por un lado, es verdad que el pueblo de Dios es "un pueblo aparte", y el hecho de pedir un rey parece un retroceso (pues hasta aquí era Dios quien gobernaba directamente a ese pueblo), e incluso el profeta está molesto y disgustado. Por otro lado, también es verdad que el pueblo de Dios es un pueblo humano, y debe regirse por leyes humanas, como el resto de sociedades humanas.

          Al concederles con cierto disgusto la monarquía, Samuel les anuncia, por adelantado, todos los inconvenientes del sistema: el fuero del rey les oprimirá. Ayúdanos, Señor, a ver claro en nuestras situaciones ambiguas.

Noel Quesson

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          La escena de hoy es un momento crucial en la historia de Israel, pues después de 200 años bajo la guía de los jueces tribales, el pueblo pide un rey. Hasta entonces las 12 tribus habían ido por su cuenta, y no muy bien coordinadas. Pero ahora se dan cuenta de que les iría mejor si unificaran sus fuerzas, a nivel social (como el resto de pueblos vecinos) y militar (en su lucha contra los filisteos). Y piden a Samuel un rey.

          Se ve en seguida que a Samuel no le gusta la idea, e interpreta esa petición como una ofensa a Dios: ¿No les ha ayudado Dios hasta ahora? ¿Es que se rebelan contra él? ¿Van a olvidar sus incontables beneficios? ¿No es el Señor su rey? Y a pesar de que Dios le dice a Samuel que se lo conceda, éste muestra sus reticencias dirigiéndoles un discurso profético, con una lista de agravios que les esperan si eligen un rey: el rey se absolutizará, no se sentirá mediador entre Dios y el pueblo, y los tiranizará.

          La lista de agravios de Samuel no consigue convencer al pueblo, y éste quiere a toda costa "ser como los demás pueblos", lo que no deja de ser legítimo (desde el punto de vista técnico y político). Pero Samuel teme que quieran también copiar el resto de cosas vecinas, sobre todo las malas costumbres y la religión idolátrica.

          Ciertamente, no se pueden negar las ventajas sociopolíticas y militares que la monarquía aportó a Israel, si pensamos en reyes como David y Salomón. Como tampoco se puede ocultar la parte de razón de Samuel, si recordamos a otros reyes caprichosos y tiránicos de la historia de Israel.

          Monarquía, república, democracia u oligarquía: todo puede ser bueno y malo. Lo importante, en cualquier régimen político, es buscar el bienestar de la gente, siguiendo fielmente los valores de Dios. Así será verdad lo de que "dichoso el pueblo que camina a la luz de tu rostro", como decimos en el salmo responsorial de hoy.

          Ciertamente, el estilo de autoridad que nos enseñó Jesús a los cristianos es diferente a todo. Jesús pidió a sus apóstoles que no hicieran como los jefes de este mundo (que "os tiranizan y os someten"), sino que entendieran la autoridad como un servicio, imitándole a él (que "no vino a ser servido sino a servir y dar su vida por los demás").

          La consigna de "ser como los demás pueblos" puede tener aspectos legítimos, porque unos y otros pueden ayudarse en aspectos sociales y económicos, e incluso llegando a una cooperación internacional que tiene en cuenta también a los más débiles. Pero sería una falsa consigna si "ser como los demás" fuera sinónimo de "vivir como los demás" olvidando los caminos de Dios, absolutizando lo que es caduco e imitando lo que diga la mayoría. Porque no siempre está la voluntad de Dios en la mayoría estadística, ni en la moda ideológica del momento.

José Aldazábal

b) Mc 2, 1-12

          El evangelio de hoy muestra un episodio simpático y lleno de intención teológica: el del paralítico a quien bajan por un boquete en el tejado, y a quien Jesús cura y perdona.

          Es de admirar, ante todo, la fe y la amabilidad de los que echan una mano al enfermo y le llevan ante Jesús, sin desanimarse ante la dificultad de la empresa. A esta fe responde la acogida de Jesús y su prontitud en curarle y también en perdonarle. Le da una doble salud: la corporal y la espiritual. Así aparece como el que cura el mal en su manifestación exterior y también en su raíz interior. Y a eso ha venido el Mesías: a perdonar. Cristo ataca el mal en sus propias raíces.

          La reacción de los presentes es variada. Unos quedan atónitos y dan gloria a Dios. Otros no: ya empiezan las contradicciones. Es la 1ª vez, en el evangelio de Marcos, que los letrados se oponen a Jesús. Se escandalizan de que alguien diga que puede perdonar los pecados, si no es Dios. Y como no pueden aceptar la divinidad de Jesús, en cierto modo es lógica su oposición.

          Marcos va a contarnos a partir de hoy 5 escenas de controversia de Jesús con los fariseos: no tanto porque sucedieran seguidas, sino agrupadas por él con una intención catequética.

          Lo 1º que tendríamos que aplicarnos es la iniciativa de los que llevaron al enfermo ante Jesús. ¿A quién ayudamos nosotros? ¿A quién llevamos para que se encuentre con Jesús y le libere de su enfermedad, sea cual sea? ¿O nos desentendemos, con la excusa de que no es nuestro problema, o que es difícil de resolver?

          Además, nos tenemos que alegrar de que también a nosotros Cristo nos quiere curar de todos nuestros males, sobre todo del pecado, que está en la raíz de todo mal. La afirmación categórica de que "el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados" tiene ahora su continuidad, y su expresión sacramental en el Sacramento de la Reconciliación.

          Por mediación de la Iglesia, a la que ha encomendado este perdón, Jesucristo, lleno de misericordia (como en el caso del paralítico) sigue ejercitando su misión de perdonar. Tendríamos que mirar a este sacramento con alegría. No nos gusta confesar nuestras culpas. En el fondo, no nos gusta convertirnos. Pero aquí tenemos el más gozoso de los dones de Dios, su perdón y su paz.

          ¿En qué personaje de la escena nos sentimos retratados? ¿En el enfermo que acude confiado a Jesús, el perdonador? ¿En las buenas personas que saben ayudar a los demás? ¿En los escribas que, cómodamente sentados, sin echar una mano para colaborar, sí son rápidos en criticar a Jesús por todo lo que hace y dice? ¿O en el mismo Jesús, que tiene buen corazón y libera del mal al que lo necesita?

José Aldazábal

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          Hoy vemos nuevamente al Señor rodeado de un gentío: "Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio" (v.2). Su corazón se deshace ante la necesidad de los otros y les procura todo el bien que se puede hacer: perdona, enseña y cura a la vez. Ciertamente, les dispensa ayuda a nivel material (en el caso de hoy, lo hace curando una enfermedad de parálisis), pero en el fondo busca lo mejor y primero para cada uno de nosotros: el bien del alma.

          Jesús el Salvador quiere dejarnos una esperanza cierta de salvación: él es capaz, incluso, de perdonar los pecados, y de compadecerse de nuestra debilidad moral. De ahí que, antes que nada, diga taxativamente: "Hijo, tus pecados te son perdonados" (v.5).

          Después, lo contemplamos asociando el perdón de los pecados (que dispensa generosa e incansablemente) a un milagro extraordinario, palpable con nuestros ojos físicos. Como una especie de garantía externa, como para abrirnos los ojos de la fe, después de declarar el perdón de los pecados del paralítico, le cura la parálisis: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa". A lo que el paralítico "se levantó, tomó su camilla, y salió a la vista de todos" (vv.11-12).

          Este milagro lo podemos revivir frecuentemente nosotros con la confesión. En las palabras de la absolución sacramental, que pronuncia el ministro de Dios ("Yo te absuelvo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo"), Jesús nos ofrece nuevamente la garantía externa del perdón de nuestros pecados, garantía equivalente a la curación espectacular que hizo con el paralítico de Cafarnaum.

          Ahora comenzamos un nuevo tiempo ordinario. Y se nos recuerda a los creyentes la urgente necesidad que tenemos del encuentro sincero y personal con Jesucristo misericordioso. Jesucristo nos invita en este tiempo a no hacer rebajas ni descuidar el necesario perdón que él nos ofrece en su alcoba, que es la Iglesia.

Joan Montserrat

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          La fama de Jesús se ha extendido por toda la región alrededor del lago de Galilea, y al regresar a Cafarnaum, mucha gente va a verlo, y él habla a la multitud. Traen un paralítico que deben bajarlo por una abertura que hacen en el techo hasta donde está Jesús pues es grande la aglomeración de personas a la entrada de la casa.

          Las primeras palabras de Jesús desencadenan los acontecimientos. Dice al paralítico que sus pecados quedan perdonados. Los maestros de la ley que lo escuchan se escandalizan, pues sólo Dios puede perdonar pecados, y sólo lo hace a través de sus intermediarios: los sacerdotes, y la estructura organizada para purificar al pecador. Según ellos, Jesús no sólo blasfema, sino que usurpa atribuciones.

          Nos encontramos, pues, con 2 proyectos confrontados:

          En 1º lugar, con el proyecto de Jesús, que propone una renovación del ser humano desde su interior, que las personas descubran que las estructuras y sus funcionarios los han apartado del proyecto de Dios y que este descubrimiento los lleve a aceptarse como hijos e hijas de Dios, miembros de una comunidad de hermanos y no sometidos a las estructuras alienantes. Por eso, aunque lo prioritario para el paralítico y para quienes lo llevaron era la curación física, Jesús primero le perdona sus pecados.

          Y en 2º lugar, con el proyecto de los maestros de la ley, quienes piensan que la curación física es lo primordial para ser aceptado en el pueblo de Dios. Según la manera de pensar del momento comienzan por lo secundario, pues la enfermedad era considerada consecuencia del pecado.

          Aunque esta curación sirvió de prueba para los presentes de que Jesús sí tenía poder para perdonar pecados, su manera de proceder (perdón de los pecados, y después la curación física) relativiza la curación física y da prioridad al cambio interior, a la acogida del que sufre, a quien llama "hijo mío" (v.5).

          En efecto, Marcos nos cuenta que, tras el leproso (de ayer), viene un paralítico (de hoy) en busca de Jesús; está completamente a merced de las buenas personas que lo cargan en su camilla, tal vez sus familiares que perseveran en ayudarle. Y como encuentran a Jesús tan ocupado, predicando en la casa, rodeado de tanta gente, hasta el punto de no poder ni verlo ni acercársele, se las ingeniaron para abrir un boquete en el techo y descolgar al paralítico en su camilla, ¡justo a los pies de Jesús!

          Maravilla tanta fe, tanta determinación y hasta cierta osadía. Jesús no los alaba de entrada, no sana la parálisis, sino que le perdona al paralítico sus pecados, causando escándalo entre los especialistas de la ley, los escribas presentes. Según ellos, solo Dios puede perdonar los pecados, por tanto Jesús está blasfemando, atribuyéndose poderes divinos.

          Pero Jesús adivina sus pensamientos, y les sale al paso, "para que vean que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar pecados". Y sana al paralítico. Y así el perdón de los pecados queda manifestado en la salud corporal recuperada, en la autonomía personal ya no necesitada de la asistencia forzada de los demás, en la liberación de las ataduras de los miembros impedidos de movimiento, en la posibilidad de seguir a Jesús, de valerse por sí mismo, de servir a los demás.

          El perdón de Dios, concedido por Cristo de manera absolutamente gratuita (sin condiciones ritualistas, sin mediaciones interesadas) y como respuesta a la fe que busca (sobre todo recuperar la dignidad humana), alcanza la plena liberación de cualquier atadura antihumana, y restablece la relación dialogante entre el hombre y Dios. Por eso la gente sencilla, presente cuando Jesús perdona y sana al paralítico, dice acertadamente: "nunca hemos visto nada igual". Ojalá que hoy seamos nosotros capaces de decir lo mismo, cuando leemos la Buena Noticia de nuestra salvación.

Servicio Bíblico Latinoamericano