15 de Enero

Sábado I Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 15 enero 2022

a) 1 Sm 9, 1-4.17-19

          Muchos pueblos antiguos consideraban al rey como un dios. En Israel, sin embargo, el nuevo rey que hoy va a ser instituido no será ningún dios, sino un instrumento de Dios (el único capaz de gobernar y salvar a su pueblo). Tal es la idea central del relato de hoy. Por encima de las causas militares y políticas (que hicieron necesaria la aparición de la monarquía entre los hebreos) y sin negar las ambiciones, intrigas y luchas (a través de las cuales llegó a consolidarse la dinastía de David), una visión de fe descubre en todo esto el misterio de la elección divina.

          Una vez más, pues, hallamos el tema tan reiterado en la Biblia de la libertad de Dios, manifestada en su predilección por los pequeños: Abel es preferido a Caín (que era el primogénito), Jacob pasa por delante de Esaú (haciendo trampas y engañando), y en el relato de hoy Saúl se asombra de haber sido elegido para rey, siendo él de la tribu de Benjamín (tribu casi exterminada; Jue 19-21) y perteneciendo a la menor entre todas las familias de Benjamín (v.21).

          Volveremos a encontrar el mismo tema en la unción de David, cuando Samuel examine uno por uno todos los hijos de Jesé, y Dios le advierta que no tenga en cuenta la figura ni la talla, y que el elegido es el más pequeño de los hijos de Jesé (David), que ni siquiera estaba presente sino apacentando al rebaño (1Sm 16,6-13).

          La libre iniciativa de Dios aparece en el hecho de que el joven Saúl no aspiraba a tan alta dignidad. Muy al contrario, como alguien escribió, "buscando las burras de su padre encontró la corona de Israel". Es bastante curiosa la forma como se produjo el 1º contacto entre estos 2 hombres (Samuel y Saúl), llamados a compartir grandes alegrías y grandes sinsabores.

          No se hallan uno y otro (Samuel y Saúl) frente a frente como el gran profeta y el futuro rey, sino como un adivinador y un campesino a quien se le han extraviado unas asnas y acude a consultar al vidente (aunque haya que pagarle unos buenos honorarios) por si puede descubrirle dónde se hallan. Por otra parte, este vidente o profeta (v.9) ejerce funciones litúrgicas.

          Vemos que era costumbre tener un templo en lo alto de cada población, y ofrecer allí sacrificios y celebrar el banquete sagrado. Esos santuarios eran en su origen cananeos, en honor de Baal o de otras divinidades, pero tras la conquista israelita fueron dedicados a Dios. Tras la reforma deuteronómica del rey Josías I de Judá (Dt 12), dichos templos serán prohibidos en beneficio de un único santuario: el de Jerusalén. El Deuteronomio pone en boca de Moisés esta ley de centralización del culto, pero por la lectura de hoy (y la de otros pasajes) vemos que es una ficción retroactiva.

          Saúl nos hace pensar en otro elegido, de la misma tribu y del mismo nombre: Saulo o Saúl de Tarso, "israelita de nación, de la tribu de Benjamín" (Flp 3, 5), pero mientras el 1º empezó salvando a su pueblo para terminar reprobado y fracasado, el 2º comenzó persiguiendo al verdadero pueblo de Dios y terminó llevando la salvación a todos los pueblos.

Hilari Raguer

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          Después de insistir sobre todos los riesgos que aceptan los hebreos al pedir un rey, el profeta Samuel se pliega a las decisiones de los hombres. Y conforme a la demanda de los ancianos y del pueblo, Israel tendrá un rey.

          Este debate nos enseña algo muy importante: que Dios está presente allí donde el hombre asume responsabilidades de orden humano. Aparentemente, Dios se adapta a la decisión de los hombres. Admiro, Señor, tu respeto hacia nosotros, hacia la libertad que nos has dado y hacia la "justa autonomía de las realidades terrestres", como dijo el Concilio II Vaticano (GS, 36).

          Pero a la vez que Dios concede a los hombres el sistema político que reclaman (dejándoles la responsabilidad), Dios cuida de prevenirles contra una confianza demasiado absoluta en ese sistema. Y así, el 1º rey de Israel (Saúl) no llegará a fundar una dinastía hereditaria, ni tendrá ningún hijo para sucederle. Además, fue elegido al azar y de un modo informal, según subraya el redactor del texto.

          Habiéndose extraviado unas asnas, Kish dijo a su hijo Saúl que saliera a buscarlas. Fue durante ese largo viaje cuando, por azar, Saúl encuentra a Samuel y éste le nombra rey. Las cosas humanas son aquí muy relativas y minúsculas, y por eso hay que darles toda su importancia, pero sin dimensionarlas ni absolutizarlas.

          Los cristianos tendemos a absolutizar nuestras opciones políticas, y fácilmente decimos "Dios lo quiere" o bien "el evangelio exige este sistema", para justificar nuestros propios análisis. Pero como recuerda el Vaticano II: "Frecuentemente, la visión cristiana de las cosas inclinará a tal o cual cristiano hacia una tal o cual solución. Pero, con igual sinceridad, otros fieles podrán juzgar de otro modo" (GS, 43). Aprendamos hoy de las "asnas de Kish", que fue lo que provocó la elección de Saúl, y añadamos algo de humor a nuestros debates políticos, y aprendamos a relativizar las opciones políticas.

          Volviendo al pasaje de hoy, nos dice que "al día siguiente tomó Samuel el cuerno de aceite y lo derramó sobre la cabeza de Saúl, diciendo: ¿No es el Señor quien te ha ungido como jefe de su pueblo?". Por muy relativa y humana que sea esa elección, ha sido ratificada por Dios.

          Aceptar una responsabilidad es cosa seria, y por eso es bueno asegurarse la ayuda de Dios. Antaño esto se señalaba por una consagración ritual, en la que el óleo simbolizaba al Espíritu Santo, cuya unción penetraba al ser que investía. Efectivamente, la responsabilidad requiere una gracia, un carisma, que hay que pedirlo a Dios humildemente para todos los que comparten cualquier cargo.

          Reflexionemos sobre las responsabilidades que haya podido yo recibir, y tratemos de llevarlas a la oración para considerarlas mejor bajo la mirada de Dios. Roguemos también por los que tenemos a nuestro cargo, y a Dios que nos consagre con su Espíritu. Y pensemos también en los que tienen responsabilidades a mi alrededor, o en los grupos a los que pertenezco. Roguemos por los responsables de la ciudad temporal, porque su misión, por relativa que sea, tiene importancia.

Noel Quesson

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          Escuchamos hoy cómo Saúl es el 1º israelita en ser ungido por Dios, para ejercer como rey de Israel y salvar a su pueblo. Se inicia así el camino que culminará con el Ungido (o Mesías de Dios), que será también el Salvador del mundo: Jesucristo. No obstante, queda patente que la forma con que Dios cumple sus planes son a veces incomprensibles, pues la pérdida y búsqueda de unos animales lleva a Saúl hasta la presencia de Samuel, a quien Dios le dice: "Éste es el que estará al frente de mi pueblo como jefe, úngelo".

          Pongámonos en manos de Dios, y vayamos siempre en su presencia, sabiendo que Dios tiene un plan de salvación para nosotros. Estemos abiertos para reconocer la voluntad de Dios y vivir conforme a ella, para que Dios lleve adelante su obra de salvación en nosotros y por medio nuestro. Y sepamos que la Iglesia es de Dios y no nuestra, y no puede inventarse sus propios caminos, sino caminar con un amor fiel en los designios maravillosos de Dios (que quiere que todos le conozcan, y alcancen la salvación por medio nuestro).

          Saúl sale de su casa a buscar unas burras extraviadas, y regresa como rey de Israel. Así pues, su mérito no fue el volver triunfador de una batalla, o el haber aprendido mucho y haberse convertido en un gran sabio, o el haber innovado algo, o el haber generado una gran empresa nacional. Sino que fue a buscar unas burras, y volvió como rey.

          Así son los elegidos de Dios, que no son los que el mundo aplaude, aclama y vitorea (para luego y luego olvidar). Son los que él quiere para que le sirvan, y a ellos les "basta mi gracia". Dios da su gracia a quien la necesita, está dispuesto a ser fiel y a poner en juego su vida, y eso suele bastar para cumplir la misión encomendada.

José A. Martínez

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          Escuchamos hoy cómo Samuel, que ayer se oponía a la petición del pueblo, hoy unge al 1º rey de Israel (Saúl). Saúl es un joven dotado aparentemente de cualidades de líder (aquí se nombra su estatura, superior a la de los demás), y posiblemente prometía mucho. Sin embargo, no fue precisamente un gran rey, porque tampoco fue una gran persona, sino un hombre lleno de complejos, celos y depresiones.

          Pero Samuel unge a Saúl como rey, y esta unción (un masaje con aceite) le transmitió la ayuda y la fuerza de Dios. Pues bien, de igual manera con que el masaje penetra en los poros de la piel, y nos da bienestar y salud, así Dios quiere dar su fortaleza (su Espíritu) a los que él ha elegido para la misión. Una misión que expresa así Samuel: "El Señor te unge como jefe. Ahora tú regirás al pueblo del Señor, y le librarás de la mano de los enemigos".

          La vocación es un misterio, y Dios elige tanto a personas fuertes (Saúl) como a personas débiles (David). Y muchas veces depende de la apertura (o cerrazón) de esas personas, el que cumplan bien (o no) la misión que se les ha encomendado.

          Saúl, por una parte, pertenecía a la tribu más pequeña y perdida, la de Benjamín. Por otra parte, era un buen mozo, alto y fuerte. Es lo que el pueblo parecía pedir, sobre todo en vistas a la lucha contra los filisteos. Pero Saúl falló, porque su temperamento no le acompañaba, no se esforzó en ser fiel, y tampoco los demás (incluido Samuel) le ayudaron mucho.

          Dios sigue llamando también hoy, en las circunstancias familiares y sociales de cada época. Y se sirve de pequeños acontecimientos, o de palabras que parecen intrascendentes, para sembrar la vocación. A Saúl, a quien su padre había enviado a recuperar unas burras que se les habían extraviado, le esperaba Dios para ungirle como rey. Todo depende de cómo sepamos responder. Y si alguien nos sabe decir la palabra amiga y certera que nos guíe, eso también nos ayudará, a la hora de reconocer la voz de Dios y madurar en nuestras cualidades.

          Sean cuales sean nuestras fuerzas y cualidades, si Dios nos ha llamado es porque él confió en nosotros. Nos ha llamado para la vida cristiana, y tal vez para la vocación religiosa o ministerial. Él es quien nos da su Espíritu, el que nos unge para la misión, y el que a través de su Palabra y de la Iglesia, hace posible que respondamos con generosidad y fidelidad a su elección.

José Aldazábal

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          El libro de Samuel da hoy da paso adelante en la implantación de la monarquía en Israel. Y lo hace mediante la presentación del 1º de los candidatos: Saúl, mozo bien plantado, que se gana el prestigio en las peleas y obtiene la bendición de lo alto. Una vez más, en ese gesto se da la conjunción de lo humano y lo divino, como presagio de días venturosos para el pueblo. Lástima que luego se tuerzan las cosas.

          El cap. 8 del libro de Samuel es una maravilla descrita con aparente ingenuidad, noble sencillez, locución divina, discernimiento humano, cultura rural, juego de adivinación, y arbitraje de Dios por parte del anciano Samuel. Y en el contexto de este capítulo, y no en invenciones fantasiosas, hay que colocarse para entender el mensaje de la palabra que hoy Dios dirige a sus hijos.

          Samuel es un patriarca y profeta venerable, pero no puede entrever el futuro de su pueblo, sobre todo a la hora de instaurar la monarquía. Y por eso pide a Dios que sea él el elector del futuro rey, y que le indique a quien debe él ungir la cabeza. El mensaje parece claro: en la vida hay que caminar sin desmayar, y siempre contando con la bendición del Señor en todos los asuntos, pues las cosas serán más humanas cuanto más copiosa tengan la bendición divina.

          En nuestra condición de hijos de Dios, y hermanos de los hombres, todos fuimos ungidos por Dios (en el bautismo), como Saúl. Hagamos que esa unción sea palpable a los demás, ya vivamos en un desierto o en la ciudad. Lo importante es que siempre nos mostremos como lo que somos: hijos de Dios.

Dominicos de Madrid

b) Mc 2, 13-17

          La llamada que hace Jesús a Mateo (a quien Marcos llama Leví) para ser su discípulo, ocasiona la segunda confrontación con los fariseos. Antes le habían atacado porque se atrevía a perdonar pecados. Ahora, porque llama a publicanos, y además come con ellos.

          Es interesante ver cómo Jesús no aprueba las catalogaciones corrientes que en su época originaban la marginación de tantas personas. Si leíamos anteayer que tocó y curó a un leproso, ahora se acerca y llama como seguidor suyo nada menos que a un recaudador de impuestos, un publicano, que además ejercía su oficio a favor de los romanos, la potencia ocupante. Un pecador, según todas las convenciones de la época. Pero Jesús le llama y Mateo le sigue inmediatamente.

          Ante la reacción de los fariseos, puritanos, encerrados en su autosuficiencia y convencidos de ser los perfectos, Jesús afirma que "no necesitan médico los sanos, sino los enfermos", y que él "no he venido a llamar justos, sino pecadores". Se trata de uno de los mejores retratos del amor misericordioso de Dios, manifestado en Cristo Jesús. Con una libertad admirable, él va por su camino, anunciando la Buena Noticia a los pobres, atendiendo a unos y otros, llamando pecadores. Y esso a pesar de que prevé las reacciones que va a provocar su actitud. Pero así cumple Jesús su misión: ha venido a salvar a los débiles y los enfermos.

          A todos los que no somos santos nos consuela escuchar estas palabras de Jesús. Cristo no nos acepta porque somos perfectos, sino que nos acoge y nos llama a pesar de nuestras debilidades y de la fama que podamos tener. Jesús ha venido a salvar a los pecadores, o sea, a nosotros. Como la eucaristía no es para los perfectos: por eso empezamos siempre nuestra celebración con un acto penitencial. Y antes de acercarnos a la comunión, pedimos en el Padrenuestro el "perdónanos". Y se nos invita a comulgar asegurándonos que el Señor a quien vamos a recibir como alimento es "el que quita el pecado del mundo".

          También nos debe estimular este evangelio a no ser como los fariseos, a no creernos los mejores, escandalizándonos por los defectos que vemos en los demás. Sino como Jesús, que sabe comprender, dar un voto de confianza, aceptar a las personas como son y no como quería que fueran, para ayudarles a partir de donde están a dar pasos adelante. A todos nos gusta ser jueces y criticar. Tenemos los ojos muy abiertos a los defectos de los demás y cerrados a los nuestros. Cristo nos va a ir dando una y otra vez en el evangelio la lección de la comprensión y de la tolerancia.

José Aldazábal

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          La escena de hoy, que relata san Marcos, comienza explicando cómo Jesús enseñaba, y cómo todos venían a escucharle. Es manifiesta el hambre de doctrina, entonces y también ahora, porque el peor enemigo es la ignorancia. Tanto es así, que se ha hecho clásica la expresión "dejarán de odiar cuando dejen de ignorar".

          Pasando por allí, Jesús vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado donde cobraban impuestos y, al decirle "sígueme", dejándolo todo, se fue con él. Y con esta prontitud y generosidad, leví hizo el gran negocio. No solamente el negocio del siglo, sino también el de la eternidad.

          Hay que pensar cuánto tiempo hace que el negocio de recoger impuestos para los romanos se ha acabado y, en cambio, Mateo (o Leví) no deja de acumular beneficios con sus escritos, al ser una de las 12 columnas de la Iglesia. Así pasa cuando se sigue con prontitud al Señor. Él lo dijo: "Todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o campo por mi nombre, recibirá el ciento por uno y gozará de la vida eterna" (Mt 19,29).

          Jesús aceptó el banquete que Mateo le ofreció en su casa, juntamente con los otros cobradores de impuestos y pecadores, y con sus apóstoles. Los fariseos (espectadores de los trabajos ajenos) hacen presente a los discípulos que su Maestro come con gente que ellos tienen catalogados como pecadores. El Señor les oye, y sale en defensa de su habitual manera de actuar con las almas: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Mc 2,17).

          Toda la humanidad necesita al Médico divino. Porque todos somos pecadores y, como dirá san Pablo, "todos hemos pecado, y nos hemos visto privados de la gloria de Dios" (Rm 3,23). Respondamos con la misma prontitud con que Leví respondió, y se convirtió en San Mateo.

Joaquim Monrós

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          El evangelio de hoy nos muestra cómo Jesús llama a Leví, cobrador de impuestos y, por ende, mismo mal visto en el pueblo judío. Y cómo Jesús come con pecadores, lo cual escandaliza a los maestros de la ley del grupo de los fariseos. Ante lo cual, Jesús proclama claramente el principio rector de su ministerio: para eso precisamente ha venido, para llamar a los pecadores. Jesús no es como los puritanos que evitan el contacto con los malvistos. Jesús no respeta esas fronteras.

          Jesús no pasa de largo frente a Leví, considerado impuro según la ley judía; a pesar de esto, se detiene. Como no se siente ignorado, Leví acude presto a la invitación . Luego se muestra a Jesús, como invitado de Leví, en una comida, rodeado de simpatizantes con su proyecto, entre quienes había "muchos publicanos y pecadores". Sus enemigos no le pierden pisada a ninguna de sus actitudes, descalificando a todas las que no estén de acuerdo con la tradición y la ley. Pero Jesús es firme en las respuestas a sus detractores: los silencia sabiamente cuando sentencia sobre el por qué de su predilección por los pecadores para la iniciación de su misión.

          Si Jesús ha preferido escoger a los excluidos de la sociedad para que lo acompañen en la creación del Reino, no ha sido por un capricho. Su sabiduría le da argumentos necesarios para encontrar, en los empobrecidos por el sistema, auténticos valores que son necesarios para comenzar lo que él desea. Su propuesta es distinta a la de la oficialidad. Para sus acusadores es absurdo pensar que con la escoria de la sociedad se pueda iniciar algo que tenga valores auténticos.

          Es de admirar cómo en nuestra vida cotidiana siempre estamos buscando adherentes que simpaticen con nuestros gustos y propósitos sin reparar lo que está diciéndonos Jesús. El Maestro nos enseña que la misericordia de Dios no viene primeramente ni a los santos, ni a los ricos, ni a los poderosos, si no precisamente a los rechazados. A todos quienes son excluidos Jesús les abre las puertas, para que tengan la posibilidad del Reino, es decir de la salvación que les han negado sus hermanos.

Servicio Bíblico Latinoamericano