12 de Enero

Miércoles I Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 12 enero 2022

a) 1 Sm 3, 1-10.19-20

          Escuchamos hoy la vocación del pequeño Samuel, uno de los pasajes más deliciosos de todo el AT. Su nacimiento extraordinario y su dedicación a Dios en el Santuario de Siló ya lo habían predestinado, en cierto sentido, a la misión profética. Pero es ahora, y hoy, cuando ésta comienza.

          Aunque en el fragmento de ayer se hablaba de la aparición de un "hombre de Dios" (título que se dará sobre todo a Elías), dicho pasaje no dejaba de ser posterior redacción artificiosa. En realidad, la era de los profetas comienza con Samuel, que será a la vez el último de los jueces y el primero de los profetas. Pues hasta ahora, "era rara la palabra de Dios, y no eran frecuentes las visiones" (v.1).

          Quiere decir esto que en la época en que se escribieron estos relatos se tenía por normal la intervención de Dios en la vida de su pueblo, sobre todo por medio de los profetas (por boca de los cuales se dirigía el Señor a los reyes y a todo el pueblo). Pese a la destrucción de Jerusalén del 587 a.C, el fenómeno profético continuará en el exilio y en la comunidad post-exílica, hasta que en los últimos tiempos del AT vuelve a extinguirse de nuevo, como dice un salmo de estos tiempos: "No nos queda ni un profeta" (Sal 74, 9).

          Samuel es consagrado a Dios cuando se le desteta, y profetiza cuando todavía es un niño. La docilidad de Samuel es admirable, y su "habla, Señor, que tu siervo escucha" (vv.9-10) es figura de la docilidad de María: "He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).

Hilari Raguer

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          Escuchamos hoy en la 1ª lectura la vocación de Samuel, cuando el Señor se le acercó y lo llamó: "Samuel, Samuel". En el proceso de una vocación, éste es un momento decisivo.

          Hasta aquí el niño Samuel había vivido en el Templo de Siló, en un ambiente litúrgico. Había sido consagrado a Dios por su madre, y en su corazón de niño él se había entregado al Señor. Pero he ahí que Dios interviene, y le llama por su nombre. A partir de ahora, Samuel ya no es solamente una ofrenda de sí mismo (por hermosa que sea), sino un interlocutor de Dios. Dios tomó la iniciativa, y Samuel ha de responder sí o no.

          Hay una enorme diferencia entre "hacer algo por propia iniciativa" y "hacer lo mismo en respuesta a alguien que espera", la misma que entre amor y soledad. Ciertamente, yo puedo vivir cada una de mis jornadas de uno u otro modo, en autonomía y "circuito cerrado" (decidiéndolo yo todo) o bien en respuesta y correspondencia a alguien. Y tú, Señor, ¿qué esperas de mí?

          Ciertamente, hoy no contamos con voces milagrosas, y las llamadas de Dios se esconden tras las voces humanas que me solicitan. Son los otros, los que están a mi alrededor (o lejos de mí), y los acontecimientos del mundo (o de mis propias responsabilidades) los que nos transmiten la voluntad de Dios, sus llamadas y mi vocación.

          Hasta por 3 veces llamó el Señor a Samuel. Y tuvo que hacerlo Dios para ser bien oído y provocar la toma de conciencia. La escucha de Dios no es fácil, ni absolutamente evidente.

          Entonces Samuel fue corriendo hacia el sacerdote Elí y dijo: "Heme aquí". La llamada de Dios pasa por la mediación de un sacerdote. Entonces comprendió Elí que era el Señor quien llamaba al niño, y le dijo... ¿Acepto yo la mediación de mis hermanos, o de la Iglesia, como ayuda para interpretar la palabra de Dios?

          Aún no conocía Samuel al Señor, pues "no le había sido revelada la palabra del Señor". Escuchar a Dios es algo que se aprende, como se aprende a escuchar a un ser humano. Se establece una cierta familiaridad con el pensamiento habitual de alguien, y esto hace que uno acabe por conocer, por adivinar. Ayúdanos, Señor, a frecuentar asiduamente tu Palabra.

          Todos conocemos la luz y la paz que esa Palabra nos aporta, sobre todo cuando nos dejamos impregnar por ella. Pero también sabemos cuan fácilmente nos dejamos acaparar por variedad de cosas, diciendo "no tengo tiempo para la oración". Y en un momento dado, de aquel mismo día, caemos en la cuenta de la inutilidad de lo que está entreteniéndonos. Repitamos hoy la oración del pequeño Samuel: "Habla, Señor, que tu siervo escucha".

          Samuel crecía, y "el Señor estaba con él", y "todo Israel reconoció la autoridad de Samuel como profeta del Señor". La llamada de Dios, la vocación más personal, es siempre una misión, un servicio a los hombres. El profeta es llamado a realizar una tarea en el seno del pueblo de Dios. El servidor de Dios es también servidor de los hombres. La atención a la palabra de Dios, a la oración, a la plegaria, me remiten a mis tareas humanas. Y "el Señor está conmigo" me ayuda a cumplirlas mejor.

Noel Quesson

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          Samuel vivía y dormía en el Santuario de Dios en Siló, pues le estaba totalmente consagrado. Y hoy vemos cómo Dios le llama para que inicie la etapa profética. No actuará ni hablará por imaginaciones, sino porque Dios le dice lo que tiene que hacer, o lo que tiene que comunicar a su pueblo.

          Samuel verá nacer la monarquía de Israel, y contemplará cómo desde David se inicia el camino hacia el Mesías. Pero lo hará de un modo doloroso, reticente a muchas cosas pero sujeto siempre a la voluntad de Dios, sabiendo que el hombre puede equivocarse muchas veces, pero Dios nunca.

          Para nosotros es Samuel un gran ejemplo de fidelidad a Dios. Fidelidad amorosa que arranca de vivir en un continuo contacto con Dios. La Iglesia, esposa consagrada a Cristo, no puede vivir al margen de él, y constantemente ha de entrar en relación con él mediante la oración, la escucha fiel de su Palabra y el servicio a los demás, cueste lo que cueste. Sólo así podrá cumplir realmente con su misión de ser portadora de Cristo para todos los pueblos.

José A. Martínez

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          Escuchamos hoy una de las escenas más deliciosamente narradas de la Biblia: la llamada de Dios al joven Samuel. El sacerdote Elí, que tendrá otros defectos, ha sabido aquí guiar al joven discípulo y asesorarle bien, sugiriéndole la mejor actitud de un creyente: "Habla, Señor, que tu siervo escucha".

          A partir de ese momento, el hijo de aquella oración tan intensa de Ana, y el que como niño había sido ofrecido al servicio de Dios, se convierte en un joven vocacionado que crece en el Templo de Silo, hasta llegar a ser el hombre de Dios, el juez y el profeta respetado, que guiará a su pueblo en su proceso de consolidación social y religiosa.

          El salmo responsorial de hoy hace eco a esta actitud con otra consigna similar: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Consigna que la Carta a los Hebreos aplicará a Cristo, en el momento de su encarnación. La del joven Samuel debería ser también nuestra actitud: "Habla, Señor, que tu siervo escucha". Así como la que nos ha propuesto el salmo responsorial: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".

          Es bueno que sea un joven el que nos muestre el camino, como serán más tarde otros jóvenes los que en el NT nos estimulen en la misma dirección: la joven María (contestando al ángel "hágase en mi según tu palabra") y el joven Pablo (con su "¿qué tengo que hacer" en total disponibilidad a Cristo).

          Dios nos sigue hablando hoy, y tendríamos que saber escuchar su voz en lo interior de nosotros, o en los ejemplos y consejos de los demás, o en los acontecimientos de la vida, o en las consignas de la Iglesia. Porque no siempre son claras las voces de Dios, y Samuel las reconoció a la tercera. Tendríamos que saber, además, aconsejar a los demás, cuando vemos que lo necesitan. Nunca sabemos cuándo puede ser eficaz nuestra palabra o nuestro ejemplo. Elí supo recomendar a Samuel el camino correcto.

          La de hoy es una escena que puede darnos confianza en el futuro de la Iglesia, al saber que Dios sigue llamando. En la época de Samuel, en el 1.000 a.C, se pensaba que ya no había futuro, y se decía que "por aquellos días las palabras del Señor eran raras, y no eran frecuentes las visiones". Pero Dios llamó a Samuel. No tenemos que perder nunca la esperanza. Dios sigue llamando. Lo que nosotros tenemos que hacer es saber escuchar esa voz, y ayudar a que sea oída por otros.

José Aldazábal

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          Ana obtuvo ayer la bendición de Dios y concibió a un hijo, al que puso por nombre Samuel. En un día convenido, los familiares, según la tradición religiosa, subieron a hacer el sacrificio de acción de gracias, y Ana se quedó en casa, diciendo a su Dios: "Cuando el niño se destete, lo presentaré a Dios, para que se quede allí para siempre". Cumplidos los días, y ya destetado el niño, Ana hizo su presentación (entrega), y oró al Señor con palabras bellísimas. Tan bellas  que su oración se convirtió en modelo para todas las orantes, incluso para María.

          Samuel quedó al servicio del Señor en el Templo de Siló, y poco a poco fue asumiendo las funciones que le competían del oficio litúrgico, en sus turnos semanales. Y mientras así obraba, con total fidelidad, recibió la llamada de Dios: "Samuel, Samuel".

          Tengamos siempre presente esta narración, y no olvidemos cómo el Señor se complació en llamar al joven Samuel. Y cómo lo llamó para servirle a él y para que cumplir un importante papel en Israel: el de ser el juez del pueblo (y para el pueblo). Su vocación y su figura ¿no es hoy tan actual como hace 30 siglos? Porque conserva todavía hoy todo aquel vigor, delicadeza y donaire que tuvo entonces.

          Y es que la comunicación entre Dios y sus criaturas continúa siendo hoy tan viva, tan sugerente y tan eficaz, como lo fue entonces. Siempre sucede igual: Dios convoca, y la criatura escucha, se sorprende, se dispone y se abre a la gracia. Y todo lo demás es un juego de amor y generosidad por ambas partes.

          Un interrogante más: ¿Se habrá cerrado hoy día alguno de los canales de comunicación con lo divino? Porque Dios sigue invitando, llamando, amando y salvando, y no tiene por qué hacerlo de idéntica forma o a parecidos sujetos. La historia de salvación continúa, sigue abierta, y necesita de actores en nombre del Señor.

          Oremos hoy al Señor, diciéndole: Habla, Señor, que tus siervos queremos escucharte. Vacíanos de nosotros mismos, y haz que tengamos nuestro gozo en vivir contigo y con los hermanos.

Dominicos de Madrid

b) Mc 1, 29-39

          Junto con lo que leíamos ayer (un sábado, que empieza en la sinagoga de Cafarnaum con la curación de un poseído por el demonio), la escena de hoy representa la programación de una jornada entera de Jesús. Una jornada en la que, al salir de la sinagoga, va a casa de Pedro y cura a su suegra: "la toma de la mano y la levanta".

          No debe ser casual que aquí el evangelista utilice el mismo verbo que servirá para la resurrección de Cristo, levantar (egueiro, en griego). Pues Cristo va comunicando ("levantando") su victoria contra el mal y la muerte, curando enfermos y liberando a los poseídos por el demonio.

          Tras eso, atiende y cura a otros muchos enfermos y endemoniados. Pero tiene tiempo también para marcharse temporalmente del pueblo y ponerse a rezar a solas con Dios, y continuar predicando por otros pueblos. No se queda a recoger éxitos fáciles, sino que ha venido a evangelizar a todos.

          Sigue luchando Jesús contra el mal y curando nuestros males, demonios, esclavitudes y debilidades. La actitud de la suegra de Pedro (que apenas curada, se puso a servir a Jesús y sus discípulos) es la actitud fundamental del mismo Cristo. A eso ha venido, no a ser servido sino a servir, y a curarnos de todo mal.

          Sigue enseñándonos así Jesús que él que es nuestro Maestro auténtico, y la palabra misma que Dios nos dirige. Día tras día escuchamos su Palabra y nos vamos dejando llenar de la Buena Noticia que él nos proclama, aprendiendo sus caminos y recibiendo fuerzas para seguirlos.

          Sigue dándonos también un ejemplo admirable de cómo conjugar la oración con el trabajo. Jesús, que seguía un horario tan denso (predicando, curando y atendiendo a todos), encuentra tiempo (aunque sea escapando, y robando horas al sueño) para la oración personal.

          La introducción de la Liturgia de las Horas (IGLH, 4) nos propone a Jesús como modelo de oración y de trabajo: "su actividad diaria estaba tan unida con la oración, que incluso aparece fluyendo de la misma", y no se olvida de citar este pasaje de Mc 1,35 (cuando Jesús se levanta de mañana, y va al descampado a orar).

          Con el mismo amor se dirige a su Padre y también a los demás, sobre todo a los que necesitan de su ayuda. En la oración encuentra su fuerza la actividad misionera, y lo mismo deberíamos hacer nosotros: alabar a Dios en nuestra oración, y estar siempre dispuestos a atender a los que tienen fiebre, levantándolos y ofreciéndoles nuestra mano acogedora.

José Aldazábal

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          "De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar solitario. Y allí se puso a hacer oración". Hoy vemos claramente cómo Jesús dividía la jornada. Por un lado, se dedicaba a la oración, y por otro a su misión de predicar (con palabras y obras). Contemplación y acción, oración y trabajo, estar con Dios y atender a los hombres.

          En efecto, vemos a Jesús entregado en cuerpo y alma a su tarea de Mesías y Salvador: cura a los enfermos (como a la suegra de san Pedro, y muchos otros), consuela a los tristes, expulsa demonios y predica. Todos le llevan sus enfermos y endemoniados, y todos quieren escucharlo: "Todos te buscan" (Mc 1, 37), le dicen los discípulos. Seguro que debía tener una actividad frecuentemente muy agotadora, que casi no le dejaba ni respirar.

          Pero Jesús se procuraba también tiempo de soledad para dedicarse a la oración: "De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración" (Mc 1, 35). En otros lugares de los evangelios vemos a Jesús dedicado a la oración en otras horas e, incluso muy entrada la noche. Sabía distribuirse el tiempo sabiamente, a fin de que su jornada tuviera un equilibrio razonable de trabajo y oración.

          Nosotros decimos frecuentemente "no tengo tiempo", pues estamos ocupados con el hogar, el trabajo y las innumerables tareas que llenan nuestra agenda. Con frecuencia nos creemos dispensados de la oración diaria. Realizamos un montón de cosas importantes, eso sí, pero corremos el riesgo de olvidar la más necesaria: la oración. Hemos de crear un equilibrio para poder hacer las unas sin desatender las otras.

          San Francisco de Asís nos lo plantea así: "Hay que trabajar fiel y devotamente, sin apagar el espíritu de la santa oración y devoción, al cual han de servir las otras cosas temporales". Quizás nos debiéramos organizar un poco más, y disciplinar nuestro tiempo. Lo que es importante ha de caber, y todavía más lo que es más necesario.

Josep Massana

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          El relato de la curación de la suegra de Simón es la continuación de una serie de milagros contados por Marcos (ese mismo día, expulsando demonios en la sinagoga), que muestran cómo Jesús relativiza el precepto de no hacer nada el día sábado, lo cual es una confrontación directa de la ley que coloca al ser humano en 2º plano obligándolo a no atender incluso su propia salud.

          Parece que las excavaciones arqueológicas avalan la hipótesis de que la casa de Pedro en Cafarnaum estaba, efectivamente, enfrente de la sinagoga, a unos pocos metros. Al salir de la sinagoga Jesús se quedó en casa de Pedro. La curación de su suegra está narrada de forma que se puede elaborar simbólicamente: Jesús la cura, y ella se pone a servir. Se trata de una liberación para el servicio, de una curación para el amor.

          La actitud de Jesús contrasta con la de las gentes del pueblo que esperan al anochecer, cuando ya se había puesto el sol (v.32) y es día domingo, para buscar a Jesús y pedirle que les cure sus enfermos, actividad que no se podía realizar el sábado.

          El mensaje es claro: Jesús quiere que las personas se reconozcan hijos de Dios, y personas frente a las estructuras de su tiempo. Y que descubran que no es el cumplimiento ciego de la ley lo que libera y proporciona bienestar al ser humano en comunidad, si este cumplimiento de la ley no se realiza dentro de un ambiente de libertad y responsabilidad que permita un desarrollo integral, una vida más digna y una verdadera humanización.

          El sentido de los milagros no responde pues a una preocupación de Jesús de lograr sólo una curación física en las personas, sino que ante todo son una acción que lleva un mensaje orientado a crear conciencia de la responsabilidad frente al hermano que sufre y a propiciar la actitud que se debe asumir frente a una estructura social injusta generadora de discriminación, opresión y muerte.

          El evangelio de hoy es llamado por los estudiosos la Jornada de Cafarnaum, porque describe lo que un periodista de ahora titularía "Un día en la vida de Jesús de Nazaret". Veamos qué hace: después de liberar a un hombre endemoniado en la sinagoga de la aldea, va a la casa de Simón Pedro, y allí sana a la suegra de Simón, que tenía fiebre.

          Más tarde, al atardecer, sana a muchos enfermos que le llevan, y el evangelista anota que la gente se agolpaba a la puerta de la casa. Viene la noche, todos descansan. Entonces, Jesús aprovecha el silencio y la tranquilidad de la madrugada, y va a un sitio solitario para orar. Allí le encuentran sus discípulos, que salen a buscarlo; quieren retenerlo en el pueblo, pero El les dice que debe salir a predicar en los pueblos vecinos. Así lo hace, liberando también a muchos endemoniados.

          Sanar, entrar en la casa, sanar, orar, predicar, sanar... Son las acciones de Jesús en su jornada. Ya sabemos que predica el reinado de Dios, su voluntad de salvación y de felicidad para toda la humanidad. Su predicación se hace realidad en la salud que difunde en torno suyo. Todo a partir, seguramente, de su intensa relación con Dios, por medio de la oración. ¿No es esta agenda de Jesús una agenda para la Iglesia, para nuestra comunidad, para cada uno de nosotros?

Servicio Bíblico Latinoamericano