11 de Enero

Martes I Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 enero 2022

a) 1 Sm 1, 9-20

           El pasaje de la 1ª lectura de hoy describe las circunstancias de la concepción de Samuel. Y en él se nos viene a decir que las relaciones conyugales de Ana y de su marido Elcaná no se realizan sino al término de un largo proceso, que les permite descubrir la acción de Dios en la vida que van a originar.

           Pero para eso se necesita una constancia de esterilidad (v.10), pues el hombre no puede nada por sí mismo. Y se necesita la oración, y abrirse a la acción de Dios (vv.10.12), y de una posición de fidelidad que no sea recusada (v.11). Sólo entonces será fecunda la acción del hombre. Respecto a la oración de Ana, recuerda mucho a la oración de Tobías y de Sara, antes de su 1ª noche de bodas (Tb 8, 1-9).

           Pero hay que ver más cosas en este relato. Para precisar la posición de un profeta en el designio de Dios, la Escritura utiliza normalmente la imagen de una intervención positiva de Dios, en el momento de su concepción. Se trata de un procedimiento literario destinado a hacer comprender la vocación y la predestinación del hombre de Dios. Todo viene de Dios, todo es gracia, y la manera de decirlo es la de hacer que Dios intervenga, antes incluso de que su profeta puede hacer cualquier cosa (Jer 1, 3).

           ¿Es absolutamente necesario que una vocación divina se manifieste en la esterilidad de los esfuerzos humanos? ¿O que esté hasta tal punto preestablecida, y predestinada, que ya no le quede al hombre otro remedio que someterse a ella? ¿O quizás no hay en este relato sino algo simbólico, y pura expresión de un género literario particular?

           La verdadera vocación se manifiesta en el plano de la experiencia, en la fidelidad a sí mismo, a los ideales y a las posibilidades. Y sobre todo, en la integración con los acontecimientos cotidianos y con las personas. Estos elementos son descifrados progresivamente a lo largo de una vida, y a veces después de muchas circunvoluciones. Pero no se reducen a delimitar una senda concreta, pues cada uno de los llamados ha recibido una llamada a superarse, a estar en comunión con Dios y a empeñarse en un ideal de servicio profundo y desprendimiento benéfico.

           La vocación es el descubrimiento, día tras día, de la gratuidad de todo lo que se es, de todo lo que se tiene, y el desvelamiento laborioso del rostro siempre misterioso (Dios) de quien se recibe esto y lo otro. El texto bíblico de hoy supone la experiencia de la vocación correspondida, y no ve en todo ello más que el punto omega.

Maertens Frisque

*  *  *

           Llena de amargura, Ana ora hoy al Señor, y llora mucho. Ayer contemplamos el desamparo de esta pobre mujer, y hoy contemplamos su actitud ante Dios. Su vida pasa a ser oración, y toda su humanidad, cuerpo y alma, se compromete en la oración. Llena de amargura, Ana llora y ora.

           A menudo, Señor, yo me instalo en mi amargura, y no pienso que podría desahogarla en ti. Me quedo en el plano humano, y trato de resolver mis problemas lo mejor posible, pero sin apoyarme lo suficientemente en ti mediante la oración. Ayúdame, Señor, a descubrir más y más a:

-esforzarme en resolver humanamente las cuestiones que me atañen con toda mi energía, y toda mi inteligencia, y mi perseverancia,
-llevar a la oración esas mismas realidades, con toda mi fe y con toda mi confianza en ti, Señor.

           "Oh Señor del universo, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y darle un hijo varón, lo consagraré al Señor por todos los días de su vida". Es lo que sale de la boca de Ana. Ciertamente, no es ésta una plegaria arrogante, que exija algo de Dios, o ni siquiera es una plegaria exaltada. Sino que es una oración de pobreza, habituada a no ser atendida, y que sin embargo sigue rogando tímida y humildemente.

           Su plegaria sitúa a Ana en un estado de plena sumisión a Dios. Está decidida a admitir que su hijo, si le es concedido, no le pertenecerá, y que deberá darlo (consagrarlo) a Dios. La verdadera plegaria transforma al que la pronuncia. La plegaria no cambia a Dios, pero nosotros sí cambiamos, si la hacemos con la disponibilidad de Ana: "Hágase tu voluntad". La verdadera plegaria no nos desmoviliza, sino que nos sitúa en actitud de buscar mejor, de trabajar mejor, y de buscar mejores soluciones. Nos alcanza la gracia que Dios quiere darnos.

           Ana se marchó del Templo de Siló, comió y "su rostro no parecía ser el mismo". Volvió a su casa, y "su esposo Elcaná se unió a su mujer, y ésta concibió". Después de la plegaria, la vida sigue su curso. Y los procesos humanos más naturales se van desarrollando. El niño Samuel será dado por Dios, y a la vez concebido por sus padres.

           Sabemos que es ésta una de las leyes habituales del actuar de Dios. Su acción divina no es ruidosa, más bien se esconde tras múltiples actos humanos, en apariencia. La causa 1ª, y originante de todo, se esconde tras las llamadas causas segundas, que parecen ser capaces de producir todas las cosas: "Dio a luz un niño, a quien llamó Samuel, porque se lo había pedido al Señor".

           El acontecimiento humano, que podría no ser interpretado más que desde un punto de vista natural (por unos ojos no creyentes), esta mujer llamada Ana lo ha descifrado en su profundidad de fe. Y lo dice al mundo, lo reconoce delante de todos, y da a su hijo tan deseado un nombre simbólico, que afirma su reconocimiento. ¿Sabré yo reconocer así la parte de Dios en mi vida? ¿Tengo el hábito de descifrar lo que me acontece? ¿Interpreto los acontecimientos a su doble nivel, natural y sobrenatural?

Noel Quesson

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           Dios siempre está dispuesto a escuchar la oración sencilla y humilde de sus siervos. Y él nos concederá lo que le pidamos, si esto no sirve para apartarnos de él, sino para consagrarnos más a él. Así, pues, Dios pondrá su propio don en nuestras manos (en este caso a Samuel, pedido por Ana a Dios, y que pertenece al Señor por la promesa hecha por su madre). 

           Ante la oración confiada de Ana, Dios da una respuesta inmediata, pues para Dios nada hay imposible: él da muerte y vida, él abate y levanta. Quien confía en el Señor jamás se sentirá decepcionado. Pero hay que pedir con fe y sin albergar dudas, pues el que duda se parece a una ola del mar agitada por el viento y zarandeada con fuerza. Un hombre así no recibirá nada del Señor.

           Siempre que elevemos nuestras peticiones a Dios, recordemos que debemos tener fe en que Dios nos escucha, y saber que Dios nos ama, y que nos concederá más de lo que le pedimos. También debemos pedir conforme a su voluntad, y no sólo para satisfacer nuestros gustos. Y no pedir algo que pudiera destruirnos, a nosotros o a los demás.

           Hecha nuestra petición a Dios, hemos de volver alegres a nuestras casas, pues Dios sabrá, en su voluntad salvadora por nosotros, lo que más nos convenga recibir. Nosotros hemos de aceptar con amor esa voluntad de Dios en nosotros, como hizo Ana en el Templo de Siló.

José A. Martínez

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           Se nos cuenta hoy el nacimiento del profeta Samuel, y se nos asegura que éste se ha producido por don gratuito de Dios. Ana, la esposa estéril de Elcaná, va a ser madre. Hay un claro paralelismo con el caso de Abraham, cuya esposa Sara es estéril.

           Dios mismo es el que toma la iniciativa, como ya ha hecho tantas veces en la historia (en el caso de Isaac, o de Moisés, o de Juan Bautista). Ahora va a nacer Samuel, el hijo que parecía imposible, y que va a ser providencial para la historia de Israel. De esta manera, Dios se sirve de padres estériles, o de circunstancias impensadas, para llevar a cabo sus planes de salvación. Así se ve que no es por las fuerzas humanas, sino por don de Dios, como es posible salvar el mundo.

           La escena está bien narrada. Ana acude al Templo de Silo (donde está el Arca de la Alianza), y allí reza entre sollozos ante Dios, pidiendo su ayuda y prometiendo que le consagrará a su hijo por toda la vida, si se lo concede. El sacerdote Elí interpreta mal las voces entrecortadas de la mujer. Pero la respuesta de Ana es una de las mejores definiciones de lo que es responder: "Estoy afligida, y me desahogo con el Señor". El sacerdote rectifica, reconoce su error y bendice a la mujer.

           Dios también la bendice, y Ana y Elcaná tienen por fin el hijo deseado. Si Ana significa en hebreo "Dios se compadece", y Samuel significa "Dios escucha", nunca mejor impuestos estos nombres que en este caso.

           ¿Qué hacemos nosotros cuando fracasamos, cuando no vemos resultados, o cuando nos encontramos tristes y solos? ¿Qué actitud adoptamos cuando nos sentimos estériles, o cuando vemos que la Iglesia no es como tenía que ser, o nuestra familia está pasando por momentos difíciles?

           ¿Nos fiamos de Dios? ¿Le rezamos? ¿Nos desahogamos con él, como Ana? A veces nos puede pasar que nos sentimos tan protagonistas, y nos fiamos tanto de nuestras propias capacidades y de los medios técnicos, que cuando nos fallan nos hundimos.

           El ejemplo de Ana nos puede ayudar. Parecía imposible, y fue madre nada menos que de Samuel, el gran juez de Israel, el que fundó la monarquía hebrea y consagró a los primeros reyes. No somos nosotros los que conducimos la historia de la Iglesia y la de la humanidad, sino Dios.

           Tendríamos que hacer nuestro el Cántico de Ana, que decimos hoy como salmo responsorial. Se trata de un cántico de alegría y de gratitud, predecesor del Magníficat de María: "Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador; la mujer estéril da a luz siete hijos; él levanta del polvo al desvalido, y alza de la basura al pobre". Un canto que alaba a Dios porque hace caso a los humildes, y deja en evidencia a los que se creen importantes.

José Aldazábal

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           Ana es hoy la mujer afligida, llorosa y estéril, que sigue invocando al Señor porque está necesitada de amor, de comprensión, de acogida y de alegría, y porque para ella es duro vivir en soledad (esterilidad). Por eso Ana, en medio del dolor que le angustia, hace promesa de entregar su hijo a Dios, si es que finalmente lo consigue.

           El sacerdote de Siló (Elí), que pasaba por allí y que la vio en gestos y palabras delirantes, cree que está enferma, y le pregunta si ha bebido vino en exceso. Al decirle ella que nada ha tomado, y que sólo la aflicción le mueve a hablar como loca, él la conforta: "Mujer, vete en paz. Dios estará contigo, y acudirá a ti". Bello preámbulo para presentarnos, como regalo providencial de Dios, la concepción de un hijo (Samuel) amado de Dios.

           En muchas tradiciones literarias, y en muchos libros religiosos, hay una especie de esquema teológico-literario, según el cual el advenimiento al mundo de un personaje de relieve se presenta bajo la mirada providencial de Dios, que es quien nos lo envía. Así acontece hoy con Samuel. El relato de hoy es un modo bello y religioso de leer las cosas, porque el creyente no puede olvidar que una plegaria humilde y confiada, como la de Ana, siempre es escuchada y bendecida por Dios. Sus lágrimas fructificarán, por la gracia de Dios.

Dominicos de Madrid

b) Mc 1, 21-28

           Jesús, acompañado de sus discípulos, llega a Cafarnaum. Y no espera. En cuanto tiene 4 discípulos, entra en acción y desde la 1ª jornada, veremos una especie de resumen de toda esta acción: la 1ª jornada de Cafarnaum. Jesús enseña, expulsa a los demonios, sana a los enfermos, reza a solas... Todo esto por delante y con 4 discípulos.

           Y enseguida, el día de sábado, entra en la sinagoga y empieza a enseñar. He aquí el 1º acto público de Jesús: va a un lugar de reunión semanal, y hace la homilía. Jesús se inserta en la vida religiosa clásica de su tiempo, pero no se encerrará en ella. De hecho, preferentemente se le verá predicar al aire libre, o en la vida profana. E incluso Marcos sólo muestra 3 veces a Jesús dentro de una sinagoga (la 3ª y última en Nazaret, de donde se le expulsa bruscamente; Mc 6,2).

           Todos se maravillaban de la doctrina de Jesús. pues hablaba como hombre que tiene autoridad y no como los escribas. Y el que los escribas no hacían sino repetir las lecciones aprendidas, mientras que Jesús se distingue por su autoridad soberana, que viene del interior de sí mismo. He aquí otra observación indirecta sobre su misteriosa persona, que un día se descubrirá como divina. Por el momento se quedan asombrados.

           Entre los asistentes en la sinagoga hay un hombre poseído por un espíritu impuro, que empezó a gritarle: "¿Qué hay entre tú y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Te conozco, tú eres el Santo, el Santo de Dios". En efecto, son los demonios, los primeros que descubren quién es Jesús, ya fuese por su naturaleza espiritual, o por ser ellos más sutiles que los hombres. Pues mientras los hombres se asombran, y a lo mucho se preguntan... los demonios lo saben.

           Jesús les mandó: "Cállate, y sal de este hombre". Se trata de un tema esencial de especial importancia en Marcos: el secreto mesiánico. Jesús hace callar a los que se apresuran a afirmar que él es el Hijo de Dios, pues prefiere revelar este misterio progresivamente, a fin de evitar un entusiasmo popular que falsearía el sentido de su misión. Y porque una revelación demasiado rápida hubiera sido el mejor medio de hacer desviar esta misión: "si tú eres el Hijo de Dios, haz esto, haz aquello". ¿Qué hubiéramos hecho en su lugar?

           He aquí una enseñanza nueva, proclamada con autoridad. Manda incluso a los espíritus impuros, ¡y le obedecen! No estamos más que en la 1ª página de Jesús, en el 1º día de predicación.

Noel Quesson

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           Todos estaban asombrados de lo que decía y hacía Jesús. Son todavía las primeras páginas del evangelio, llenas de éxitos y de admiración. Luego vendrán otras más conflictivas, hasta llegar progresivamente a la oposición abierta y la muerte.

           Jesús enseña como ninguno ha enseñado, con autoridad. Además hace obras inexplicables: libera a los posesos de los espíritus malignos. Su fama va creciendo en Galilea, que es donde actúa de momento. Y Jesús no sólo predica, sino que empieza a actuar. Enseña y cura a la vez, y hasta los espíritus del mal tienen que reconocer que es "el Santo de Dios", el Mesías.

           Fuera cual fuera el mal de los llamados posesos, el evangelio lo interpreta como efecto del Maligno, y subraya la amabilidad de Jesús como una fuerza poderosa, contra las fuerzas del mal.

           Nos conviene recordar que Jesús sigue siendo el vencedor del mal, y del Maligno. Y que lo que pedimos a Dios en el Padrenuestro, ("líbranos del mal", o "líbranos del Maligno"), Jesús lo cumple en plenitud. Cuando iba por los caminos de Galilea atendiendo a los enfermos y a los posesos, y también ahora, Jesús nos sale al paso, a nosotros que somos débiles, pecadores y esclavos. Pues él nos quiere liberar, del pecado, de toda esclavitud y de todo mal.

           Por otra parte, Jesús nos da una lección a sus seguidores. ¿Qué relación hay entre nuestras palabras y nuestros hechos? ¿Nos contentamos sólo con anunciar la Buena Noticia, o en verdad nuestras palabras van acompañadas (y por tanto se hacen creíbles) por los hechos, porque atendemos a los enfermos y ayudamos a los otros a liberarse de sus esclavitudes? ¿De qué clase de demonios contribuimos a que se liberen los que conviven con nosotros? ¿Repartimos esperanza y acogida a nuestro alrededor?

           El cuadro de entonces sigue actual: Cristo luchando contra el mal. Y nosotros, sus seguidores, luchando también contra el mal, que hay en nosotros mismos.

José Aldazábal

*  *  *

           Comienza la vida pública de Jesús. Tras participar en el bautismo de Juan, Jesús ha cobrado una fuerza especial. Ha sido una experiencia fuerte que, unida al hecho del apresamiento de Juan, lo decide a hacer una ruptura en su vida. Le ha llegado su hora, y abandona su casa (y a su madre, viuda y sola) y se lanza por los caminos de Galilea. Reúne a sus primeros discípulos y comienza a predicar. Lo hace a partir de la plataforma religiosa de Israel: las celebraciones de los sábados en las sinagogas.

           También Marcos, que es el 1º evangelista que escribe, el que lo hace más cercanamente a los hechos históricos que describe, testimonia la buena acogida de que Jesús disfrutó por parte de la gente: ésta siente a Jesús como alguien que "habla con autoridad", una forma de hablar enteramente distinta a la de los rabinos, escribas y fariseos. Más: señala Marcos que la fama de Jesús se expandió rápidamente por todo el territorio de Galilea.

           Jesús y sus seguidores llegan a Cafarnaum, la población más grande a orillas del lago de Galilea la que pronto se convertiría en el centro de su actividad en esta región. El sábado va a la sinagoga, "como era su costumbre" (Lc 4, 16) y le encomiendan que comente las lecturas del día. El comentario de Jesús conmueve a las personas que lo escuchan, y éstos no pueden evitar compararlo con los maestros de la ley (que apoyaban su enseñanza en la tradición, mientras que este nuevo rabino enseña con propia autoridad).

           Jesús, sin embargo, apoya su enseñanza en los hechos, da una nueva dimensión a la ley y a la tradición, valora a las personas frente a las instituciones dominantes de su tiempo (templo, sinagoga, ley). Por eso, su mensaje sencillo pero muy vital cala hondo en el pueblo sencillo y choca tanto en las estructuras y en sus dirigentes. La autoridad de Jesús no estaba al servicio de una institución; era más bien un servicio al ser humano para que reconociera su propia dignidad, su vocación a la vida comunitaria.

           El episodio del hombre poseído por un espíritu impuro, más que demostrar autoridad de Jesús sobre las fuerzas espirituales del mal, muestra cómo Jesús integra al seno de la comunidad al que era excluido, al que era rechazado como muchos otros por padecimientos físicos y mentales al creer que quien sufría un trauma de esta naturaleza era por ser pecador (Jn 9, 2). Era ésta la conciencia creada en el pueblo, por una ley puesta al servicio de los intereses del poder establecido, y no al servicio del ser humano.

           La nueva forma de enseñar Jesús "con plena autoridad" (v.27) apelaba a valores y actitudes fundamentales del ser humano: a la capacidad de convivencia, al reconocimiento respetuoso y tolerante del otro y de la otra y al desarrollo de la autoestima como condiciones para una auténtica liberación de la situación de marginación en que vivía la gran mayoría del pueblo. Estas son las condiciones para comenzar a hacer realidad el Reino de Dios en el mundo.

           Y la gente se quedaba admirada preguntándose qué era lo que veían y oían, y que la fama de Jesús se extendía por toda Galilea. Tal admiración y tal pregunta correspondían a los hechos: a la obra de Jesús predicando incansablemente el reinado de Dios; a su poder liberador: los demonios que atormentan a un hombre salen despavoridos, confesando que Jesús es el Hijo de Dios.

           Nosotros sabemos de dónde le venía a Jesús ese enseñar con autoridad y su poder de expulsar los demonios: sabemos que en él se hacía presente el amor misericordioso de Dios, su voluntad de salvarnos a todos, su reinado en favor nuestro.

           Solamente que, tal vez, ya no nos admiramos ni nos preguntamos y por eso el evangelio nos recuerda lo que fue el destino humano de Jesús, para que acojamos su Palabra con entusiasmo y para que confiemos en su poder liberador, que expulsa los demonios del mal, estén en donde estén. Solamente que ahora nosotros somos los responsables de anunciar la palabra de Jesús y de realizar sus gesto salvadores.

           Es el comienzo, un comienzo agradable, fácil, exitoso, cuesta abajo. Es importante constatarlo, para valorar más adecuadamente el hecho del conflicto que muy pronto se va a presentar. Y para comprender mejor el dolor y el desconcierto que Jesús hubo de sufrir al ver el rechazo de la gente a su Buena Noticia.

Servicio Bíblico Latinoamericano