13 de Enero

Jueves I Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 enero 2022

a) 1 Sm 4, 1-11

          Escuchamos hoy cómo los filisteos se reunieron para combatir contra Israel, cómo se libró un gran combate y cómo Israel fue abatido por los filisteos, con cerca de 4.000 hebreos muertos. Como se ve, la Biblia no es sólo un libro de espiritualidad, sino que relata el destino de un pueblo, así como sus búsquedas, sus luchas y su historia.

          En el caso de hoy, presenciamos como un pueblo de nómadas procedente del mar Egeo, y luego de Egipto, se ha visto obligado a conquistar por las armas el territorio de Israel, que Dios había prometido a los hebreos. Paradojas de la vida. Pero nos viene a decir que Dios no nos va a reemplazar en nuestros combates, pues eso fomentaría nuestras perezas, cobardías y fracasos. Nuestro destino ha de jugarse en el núcleo de nuestras humanas responsabilidades, y sabiendo que en lo temporal es donde está en juego lo eterno, y lo espiritual se conquista a través de lo material.

          Tras la derrota hebrea, los ancianos de Israel dijeron: "¿Por qué nos ha derrotado hoy el Señor, delante de los filisteos?". Y hacen una revisión de vida, analizando los acontecimientos humanos y buscando su significado con ojos nuevos, con miras a la propia conversión y tratando de descubrir la parte de Dios en dicho acontecimiento, para adquirir la visión de los ojos de Dios.

          De repente, los israelitas se acuerdan del Arca de la Alianza, que debía estar muy olvidada. Y dijeron: "Vamos a buscar en Siló el Arca de nuestro Dios". Se trataba de un cofre precioso que contenía las tablas de la ley, y estaba colocado sobre unas angarillas. Sobre su cubierta (o propiciatorio) se vertía la sangre de los sacrificios, y se trataba del Arca que había presidido la marcha del pueblo hebreo por el desierto, como símbolo de la presencia del Dios de los ejércitos.

          Y se dijeron: "Que venga en medio de nosotros, y que nos salve del poder de nuestros enemigos", concluyeron los hebreos. La perspectiva es buena (implorar el socorro de Dios), pero sin duda está marcada por el carácter mágico, al considerar al Arca como un fetiche que actuará por sí mismo, de forma automática.

          Pero no juzguemos precipitadamente a nuestros antepasados, porque el hombre moderno hace lo mismo, y se cree seguro cuando ha tomado las precauciones y ha cubierto todos los riesgos, mientras que esas seguridades nada pueden frente a los accidentes. Y porque nosotros, los cristianos, también llegamos a considerar los sacramentos como una seguridad automática y mágica, como si eso nos dispensara de actuar.

          Pero volvamos a los hechos, y al texto. Porque "trabaron batalla los filisteos, y los israelitas fueron abatidos, y la mortandad fue muy grande, cayendo 30.000 soldados de Israel". El Arca de la Alianza fue capturada, y murieron los 2 hijos de Elí. El Arca (presente en el campo de batalla) no sólo no había protegido a los hebreos, sino que ¡el Arca había sido capturada por el enemigo!

          La captura del Arca fue mal entendida por el pueblo (como la ausencia de Dios entre los hebreos), y por eso Samuel empezará a tomar cartas en el asunto. Para nosotros, el único lugar de encuentro se halla en la humanidad de Jesús, pues él vino a "destruir ese templo, y en tres días reconstruirlo". En cualquier lugar que me encuentre, ¿vivo en la presencia de Dios?

Noel Quesson

*  *  *

          El desastre anunciado por un hombre de Dios (1Sm 2, 27), y después por Samuel (1Sm 3, 11), se cumple hoy en la Batalla de Afeq del 1050 a.C. El relato de la batalla es literariamente independiente de la historia de Samuel (cuyo nombre no aparece en la narración), y debe provenir de los códices cronológicos del Arca de la Alianza, que reencontraremos cuando David la recupere y la traslade a Jerusalén.

          El redactor de los libros de Samuel introdujo aquí este episodio porque salen en él los nombres de Jofní y Finés (hijos del sacerdote Elí), y porque subraya que la pérdida del Arca (y la destrucción de Siló, que aquí no se menciona) habría sido el castigo por los pecados de tales hijos de Elí, tal como Dios lo había anunciado por boca de sus profetas. Además, la derrota de Afeq sirve de introducción para explicar los orígenes de la monarquía en Israel. En efecto, lo que hizo necesaria la aparición de un poder centralizado fue un peligro muy concreto: el filisteo.

          En efecto, el sistema de confederación de tribus hebreas, que llamamos "época de los jueces" (el último de los cuales fue Samuel) había durado unos 200 años, y a finales del s. XI a.C entró en crisis por razones principalmente militares: la amenaza creciente de los filisteos.

          Los filisteos habían llegado a Canaán poco después que los israelitas hubiesen salido de Egipto, y allí (en la costa cananea) habían implantado una aristocracia militar egea, buenos guerreros y excelentes organizadores. En algunos pasajes hallamos la noticia de que provenían de Creta (Am 9,7; Sof 2,5), y de ellos viene uno de los nombres más corrientes dados a Tierra Santa: Palestina (= Filistea).

          Los filisteos formaban parte, efectivamente, de aquellos "pueblos del mar" tan repetidos en los documentos egipcios y mesopotámicos. Las invasiones de los dorios les habían expulsado del Mar Egeo, y se habían tenido que lanzar hacia Oriente en busca de un espacio vital. Ramsés III los detuvo a su entrada de Egipto, pero les permitió instalarse en Canaán y hasta los tomó como tropas mercenarias (igual que hará David, con su "guardia de quereteos y pelteos"; 2Sm 8, 18). Instalados en las ciudades de la costa, sobre todo Ecrón y Gad, los filisteos se mezclaron con la población cananea autóctona, a la vez que la dominaban y encuadraban en su organización militar.

          Durante mucho tiempo hubo cierto equilibrio militar entre los filisteos (que dominaban la llanura) y los israelitas (encaramados en la montaña), y los incidentes atestiguados con el juez hebreo Sansón no pasaron de anecdóticos. Pero con el tiempo los filisteos se lanzaron también a la conquista del interior, sometiendo a casi toda Israel y hasta prohibiendo a los israelitas la metalurgia. Unos hechos en los que el historiador sagrado ve la mano de Dios: "Dios nos ha derrotado a manos de los filisteos" (v.3).

Hilari Raguer

*  *  *

          El Arca de la Alianza era un cofre en uno de cuyos costados se reproducía una evocación del "rostro de Dios" (que los hebreos tomaron del mundo circundante), y cuyo remate consistía en una tapadera (o propiciatorio) sobre la cual se derramaba la sangre de los sacrificios. Originariamente presidía el Arca las marchas del pueblo por el desierto, y todas las conquistas hebreas por Canaán (Núm 10, 33). Posteriormente, comenzó a recordar el Arca al Dios de las batallas ( Dios Sabaoth; v.4), mientras un cántico guerrero resonaba alrededor de ella (v.5).

          El Arca era considerada como la forma de presencia de Dios en medio del pueblo nómada, y acompañaba a éste en sus desplazamientos, sin que por eso ligara a Dios de una manera automática. El episodio de la salida del Arca hacia un país extranjero da testimonio de ello (v.11), aunque Dios no se deje aprisionar por el pueblo.

          El robo del Arca por parte de los filisteos, que escuchamos hoy, alude a la falta de interés que en esa época se tenía por el Arca. Ya no se pensaba espontáneamente en ella antes de empeñar una batalla, y hasta se dejó durante mucho tiempo en manos de los filisteos, sin hacer nada por rescatarla. Como se ve, el interés se iba centrando en abandonar la vida y mentalidad nómada, y empezar a estabilizarse. El templo sustituirá muy pronto al Arca, y heredará las prerrogativas de esta última.

          Así, la presencia de Dios en medio de su pueblo irá pasando de estar concretizada en el Arca (algo mágicamente) a estarlo en la ciudad santa (algo nacionalistamente), y poco después en su templo (Jer 3, 16-17) y en el corazón del justo servidor de Dios (Jer 31, 31-34). El judaísmo esperaba una reaparición del Arca al final de los tiempos (2Mac 2,1-8), y de ahí que a Jesucristo se le llame "nuevo propiciatorio" (Rm 3,25; Col 1,19-20).

          Al adoptar el Arca como centro de su religión, los hebreos hicieron que esta última diera un paso considerable hacia la desacralización, puesto que con ello afirmaron la movilidad de Dios. Pero Dios no está anclado a un lugar, como los baales (dioses fenicios) de la época, ni vinculado a una cultura (de ahí el rechazo a sacralizar un lugar concreto para Dios). La captura del Arca fue un aviso que hizo caer en la cuenta a Samuel de una posible desestructuración del aparato cultual hebreo.

          La desespacialización de Dios es un mensaje que tiene aún vigencia en nuestro tiempo, montado precisamente sobre la movilidad social y geográfica. El hombre moderno cambia demasiado como para darse por satisfecho con un Dios fijo, con un sistema de pensamiento único, o con una estructura social única. Está más abierto al movimiento y a la novedad: ahí es donde encontrará el verdadero Dios.

Maertens Frisque

*  *  *

          La batalla de hoy que hemos escuchado, uno de tantos episodios bélicos de los israelitas contra los filisteos, debió ser una auténtica catástrofe nacional para el pueblo de Israel. Perdieron bastantes hombres, murieron los hijos del sacerdote Elí, y encima les fue capturado lo que ellos más apreciaban: el Arca de la Alianza.

          El Arca, un cofrecito que contenía las palabras principales de la Alianza, y que estaba cubierto con una tapadera de oro y con las imágenes de unos querubines, era para los israelitas (sobre todo durante su período nómada por el desierto) uno de los símbolos de la presencia de Dios entre ellos. Por eso fue su pérdida el mayor desastre, porque ellos habían puesto su confianza en el Arca. El libro de Samuel interpreta esta derrota como castigo de Dios, por los pecados cometidos por los hijos de Elí.

          Con razón recordamos, con el salmo responsorial de hoy, la situación de silencio de Dios: "Nos rechazas, nos avergüenzas, ya no sales con nuestras tropas, nos haces el escarnio de nuestros vecinos". Pero el lamento se convierte en súplica humilde y atrevida a la vez: "Redímenos, Señor, por tu misericordia. Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Levántate y no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro?".

          Hay días, también en nuestra vida, en que parece que Dios se ha eclipsado. Todo nos va mal, lo vemos todo oscuro, y se derrumban las confianzas que habíamos alimentado. Pero son días en que podemos rezar este salmo a gritos: "Despierta, Señor, ¿por qué duermes? ¿Por qué nos escondes tu rostro? redímenos por tu misericordia".

          Tal vez la culpa está en que no hemos sabido adoptar una verdadera actitud de fe. Nos puede pasar como a los israelitas, que no acababan de pasar del Arca al Dios que les estaba presente, y se quedaban en lo exterior. Parece como si tuvieran esta Arca como una póliza de seguro, o como un amuleto mágico que les libraría automáticamente de todo peligro. No daban el paso a la actitud de fe, de escucha de Dios, de seguimiento de su alianza en la vida. Más que servir a Dios, se servían de Dios. Les gustaban las ventajas de la presencia del Arca, pero no sus exigencias.

          ¿Nos pasa algo de esto a nosotros, en nuestro aprecio de las mediaciones en la vida de fe? Sucedería eso si identificáramos demasiado nuestra fe con cosas o acciones: con una cruz, con una bendición, con un libro sagrado, con una imagen de la Virgen. Todo eso es muy bueno, pero tan sólo es un recordatorio de lo principal: el Dios que nos bendice y nos habla, y nos comunica su vida.

          Si el Señor está con nosotros, entonces sí seremos invencibles. Pero no tendríamos que absolutizar esa presencia tan sólo en los objetos o ritos, porque "no todo el que dice Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre".

José Aldazábal

b) Mc 1, 40-45

          Se van sucediendo, en el cap. 1 de Marcos, los diversos episodios de curaciones y milagros de Jesús. Hoy, la del leproso: "Sintiendo lástima, extendió la mano y lo curó". La lepra era la peor enfermedad de su tiempo. Nadie podía tocar ni acercarse a los leprosos. Jesús sí lo hace, como protestando contra las leyes de esta marginación.

          El evangelista presenta, por una parte, cómo Jesús siente compasión de todas las personas que sufren. Y por otra, cómo es el salvador, el que vence toda manifestación del mal: enfermedad, posesión diabólica, muerte. La salvación de Dios ha llegado a nosotros.

          El que Jesús no quiera que propalen la noticia (del secreto mesiánico) se debe a que la reacción de la gente ante estas curaciones la ve demasiado superficial. Él quisiera que, ante el signo milagroso, profundizaran en el mensaje y llegaran a captar la presencia del reino de Dios. A esa madurez llegarán más tarde.

          Para cada uno de nosotros Jesús sigue siendo el liberador total de alma y cuerpo. El que nos quiere comunicar su salud pascual, la plenitud de su vida. Nuestra actitud ante el Señor de la vida no puede ser otra que la de aquel leproso, con su oración breve y llena de confianza: "Señor, si quieres, puedes curarme". Y oiremos, a través de la mediación de la Iglesia, la palabra eficaz: "Quiero, queda limpio", "yo te absuelvo de tus pecados".

          La lectura de hoy nos invita también a examinarnos sobre cómo tratamos nosotros a los marginados, a los leprosos de nuestra sociedad, sea en el sentido que sea. El ejemplo de Jesús es claro. Como dice una de las plegarias eucarísticas: "Jesús manifestó su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los pecadores. Jesús nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano" (Plegaria Eucarística Vc). Y nosotros deberíamos imitarle: "Que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les mostremos el camino de la salvación" (Plegaria Eucarística Vc).

José Aldazábal

*  *  *

          El leproso del evangelio de hoy nos presenta una realidad muy cercana a nosotros: la pobreza de nuestra condición humana. Nosotros la experimentamos y nos la topamos a diario: las asperezas de nuestro carácter que dificultan nuestras relaciones con los demás; la dificultad y la inconstancia en la oración; la debilidad de nuestra voluntad, que aun teniendo buenos propósitos se ve abatida por el egoísmo, la sensualidad, la soberbia... Triste condición si estuviéramos destinados a vivir bajo el yugo de nuestra miseria humana. Sin embargo, el caso del leproso nos muestra otra realidad que sobrepasa la frontera de nuestras limitaciones humanas: Cristo.

          El leproso es consciente de su limitación y sufre por ella, como nosotros con las nuestras, pero al aparecer Cristo se soluciona todo. Cristo conoce su situación y no se siente ajeno a ella, más aún se enternece, como lo hace la mejor de las madres. Quizá nosotros mismos lo hemos visto de cerca. Cuando una madre tiene a su hijo enfermo es cuando más cuidados le brinda, pasa más tiempo con él, le ofrece más cariño, se desvela por él...

          Así ocurre con Cristo. Y este evangelio nos lo demuestra; el leproso no es despreciado ni se va defraudado, sino que recibe de Cristo lo que necesita y se va feliz, compartiendo a los demás lo que el amor de Dios tiene preparado para sus hijos. Pongamos con sinceridad nuestra vida en manos de Dios con sus méritos y flaquezas para arrancar de su bondad las gracias que necesitamos.

Miguel Ugalde

*  *  *

          Un hombre enfermo de lepra pide a Jesús que lo limpie de su enfermedad. Al leproso se le consideraba impuro y se le aislaba de la comunidad Lo que el enfermo pide a Jesús no es solamente una curación física, sino una limpieza que va más allá: permíteme ser aceptado entre los míos, ser nuevamente parte de la comunidad.

          Jesús responde a la petición del leproso, lo sana, pero le hace una recomendación: no divulgar lo sucedido. Con esta prohibición Jesús no pretende pasar de incógnito, ni se trata tampoco es una falsa modestia; sencillamente, no quiere que las gentes se refieran a él como el hijo de Dios, o como el Mesías, basados en acontecimientos considerados maravillosos (los milagros), con el riesgo de no descubrir lo profundo del nuevo mensaje y las exigencias que conlleva el descubrirse hermanos, hijos de un mismo padre en una sociedad que discrimina a los enfermos, a los pobres y a la mujer.

          Cabe recordar que el enfermo al ser considerado impuro era asimilado al pecador, por lo cual el sistema religioso establecía una purificación ritual hecha por los sacerdotes. Era menester que el beneficiado pagara una ofrenda en especies, después de lo cual quedaba certificado para ser admitido nuevamente en la comunidad. Jesús sabe que el leproso sanado debe pasar por este proceso para ser integrado a su grupo, y le recomienda hacerlo, lo cual no significa que estuviera de acuerdo con aquellas prescripciones legalistas.

          Al tocar Jesús al leproso también se convirtió en impuro, según la ley, y por eso debería en adelante no entrar a los pueblos; sin embargo el pueblo lo busca al conocer sus realizaciones.

          El leproso no puede contener su alegría y proclama quién ha sido su curador, a pesar de la expresa prohibición de Jesús. Los signos de curación que Jesús hace van extendiendo su fama. Sigue siendo el momento inicial de su ministerio.

          El evangelio nos recuerda que también hay leprosos en nuestro tiempo, como en los de Cristo. Y como en su época, también en la nuestra los segregamos, no queremos ni verlos, está prohibido tocarlos, hablarles, los dejamos solos con su enfermedad.

          Hoy, un leproso se acercó a Jesús y le pidió confiadamente que lo sanara. Jesús lo hizo, ¡tocándolo!, haciéndose impuro según las normas de la ley judía, reincorporándolo a la sociedad que lo rechazaba; por eso lo mandó a presentarse a los sacerdotes, para que certificaran su curación y lo recibieran de nuevo y oficialmente en la comunidad. Pero el leproso solamente quería contarle a todos los que se encontraba, lo que Jesús había hecho. Por eso Jesús tenía que esconderse, para que no lo creyeran un simple curandero, y por si alguno se escandalizaba de que hubiera tocado al leproso.

          También a nosotros nos ha purificado Jesús de nuestros males. También nosotros podemos contar a todos las maravillas que la fe en Jesús ha realizado en nuestras vidas. Cómo nos ha devuelto la confianza en nosotros mismos, la autoestima (como decimos hoy), la capacidad de salir de nosotros mismos y de ir al encuentro de los demás, para ayudarles y anunciarles la salvación.

Servicio Bíblico Latinoamericano