28 de Enero

Viernes III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 28 enero 2022

a) 2Sm 11, 1-10.13-17

           Ayer leímos una de las más bellas manifestaciones de la religiosidad de David, y el momento más sublime de su vida, cuando Dios le firma la alianza mesiánica. Hoy asistimos al momento más vergonzoso de su vida, y en la lectura de mañana el mismo profeta Natán, que le había comunicado los favores divinos, le transmitirá la reprensión por su pecado.

           Nada más lejos de las crónicas oficiales de otros reinos antiguos (y modernos), triunfalistas y aduladoras, que esta historia, que con todo realismo y lujo de detalles subraya lo odioso y la malicia del adulterio y del homicidio a que la pasión ha empujado a David.

           Y no sólo peca David contra los mandamientos del decálogo (que prohíben el adulterio y la codicia de la mujer del prójimo), sino que abusa, en personal beneficio, de la autoridad que Dios le ha dado para procurar el bien de su pueblo.

           Además, el marido perjudicado es un soldado valiente y fiel, que se halla en aquel momento luchando con el ejército de Israel; tan fiel que, cuando David, para tapar su pecado, le hace venir a Jerusalén ni embriagándolo puede conseguir que entre en su casa: si todo el ejército está en campaña y acampa al raso, ¡él no ha de ir a su casa a banquetear y a yacer con su mujer!

           Y es tan valiente que David, conociéndolo, ordena a Joab (esta vez David es tan sanguinario y traidor como su general) que aproveche un ataque en el que, según costumbre, vaya Urías en vanguardia, lo dejen solo y serán los enemigos quienes lo maten. Y así ocurre.

           David se encuentra atrapado por la dialéctica de su propio pecado. Para disimular un adulterio ha de cometer un homicidio. El pecado es simiente de pecados, si no tenemos la sinceridad de reconocer la culpa y el coraje de rectificar. Una mentira nos obliga a decir otras mayores para tapar la primera. Un vicio puede empujar a robar para pagar su costo, y el hurto o el robo pueden llevar hasta el homicidio.

           De esta manera podríamos decir que todos cometemos «pecados originales», que inauguran una espiral cada vez más ancha y vertiginosa de pecados, de la que no saldremos si no es por el camino de una gran sinceridad y de una radical conversión. Que es lo que hizo David.

           La historia de David que vamos leyendo es muy sobria en comentarios y reflexiones piadosas. Especialmente la historia de su sucesión, que va desde 2 Sm 9 hasta 1 Re 2. Se trata de un documento humanístico, en el que la intervención de Dios no se manifiesta en prodigios exteriores, sino tocando al corazón del hombre, donde se juega el drama del bien y del mal, del pecado y la gracia. En toda esta historia el nombre de Dios sólo es citado explícitamente en 3 momentos, el 1º de los cuales es justamente éste: "Dios reprobó lo que había hecho David" (2Sm 11,27).

Hilari Raguer

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           Hemos visto la fe de David y la calidad de su oración, lo cual no impide que sea un simple hombre y un gran pecador, en sus horas malas. La Biblia nos relata la historia de un pueblo de pecadores, de pecadores-salvados. Y ésta es una de las páginas más bellas: el pecado de David.

           David ve a una mujer que se estaba bañando. Era una mujer "muy hermosa", añade el texto sagrado. La desea y la seduce. Pero es la mujer de otro. Es pues un adulterio: a la falta de dominio propio en su sexualidad se añade una injusticia hacia esa mujer y su legítimo marido.

           Betsabé, la mujer de Urías, será la madre de Salomón. La citará Mateo en su genealogía, entre los antepasados de Jesús. Por ella está inserto Jesús en la dinastía de David. "Hosanna al hijo de David" gritarán las muchedumbres, y por ella se inserta en un linaje de pecadores, a los que viene a salvar.

           Señor, a través de ese pecado, pienso en mis propios pecados. ¡Qué misterio, Señor, que nos hayas creado con una libertad capaz de pecar! Cuando se piensa en la inmensa marea del mal que irrumpe sobre la humanidad, pensamos que si la has permitido, Señor, debe de ser porque esperas de ella un mayor bien.

           Pero un pecado no viene solo jamás. Hemos apuntado ya la falta de dominio propio y la injusticia. Veremos ahora todo lo que de ellos se sigue.

           En 1º lugar, la hipocresía. David quisiera quizás descargarse de su responsabilidad y endosar el embarazo al marido legítimo. ¡Cuán humano y cuán repugnante a la vez es esto! Pero no lo logra. El tosco hitita Urías, tiene sus principios y los respeta: existía entonces la norma de la abstención sexual durante una guerra. Incluso estando borracho, Urías la recuerda. Y David que lo ha instigado a beber en demasía para hacerle perder la cabeza se siente libre para proseguir en su crimen.

           En 2º lugar, el homicidio premeditado. Sombría y lamentable historia, en verdad: "Poned a Urías en lo más recio del combate, y que caiga herido y muera". Se trata de un ataque a la ley de Dios. Es una infidelidad a ese Dios que ha favorecido tanto a David, y ¡a quien ha hecho tan hermosas promesas! Pero la cara innoble del pecado aparece muy especialmente, cuando, como en este caso, ¡todo el cálculo de un hombre inteligente se ha puesto en el provecho personal aplastando a los demás! Para la Biblia, con el pecado de Adán, será éste el pecado-tipo.

           El famoso salmo miserere de David expresa bien el arrepentimiento de David: "Ten piedad de mí, Señor, según tu bondad. En tu ternura borra mi pecado. Lávame de toda malicia y de mi culpa, Señor, y purifícame. Pues mi pecado yo lo reconozco, y mi delito está ante mí sin cesar. Contra ti, contra ti sólo he pecado, y lo que está mal a tus ojos, eso cometí".

           El envés del pecado es la misericordia de Dios, y Dios saca el bien del mal, Como cantó Péguy en términos inolvidables: "De aguas sucias, Dios hace aguas puras; de almas turbias, hace almas transparentes".

Noel Quesson

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           De lo que son capaces los poderosos para apropiarse de lo que no es suyo, y para evitar ser descubiertos en sus desórdenes y desequilibrios personales. Ante los hombres parecerán justos, pero no ante Dios, pues él conoce hasta lo más profundo de nuestros corazones.

           Cuesta permanecer fieles a Dios, especialmente cuando el corazón del hombre se encuentra inclinado hacia el mal desde su más tierna adolescencia. Por eso no podemos buscar nosotros mismos el peligro; y si el peligro sale a nuestro paso debemos centrarnos en Dios para que él sea nuestra fortaleza, nuestra defensa, nuestra roca de salvación.

           Pero si cometemos algún error no tratemos de lavarlo a nuestro modo; no tratemos de justificarnos a costa de la destrucción de los inocentes, pues eso, en lugar de manifestarnos como salvadores nos manifestaría como sanguinarios, desequilibrados por el poder e incapaces de enfrentar nuestra propia vida.

           Que Dios nos conceda luz para saber reconocernos pecadores y nos dé sabiduría para saber confiar nuestra vida a Aquel que es el único que nos puede mantener firmes en el bien: nuestro Dios y Padre.

José A. Martínez

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           Hemos escuchado hoy una página bochornosa de la vida de David: su doble y vil pecado de adulterio y de asesinato. Ciertamente el episodio es una mancha vergonzosa en la imagen de este gran rey. La Biblia no es apta para menores, y no nos narra sólo las páginas edificantes, sino también las impresentables.

           En el camino de David hacia el trono hubo muchos muertos, no justificados ni siquiera por el contexto de la guerra. Pero nada de lo anterior es comparable con la manera tan traicionera, llena de sangre fría y cálculo interesado, como se deshizo del marido de la mujer con la que había pecado.

           Los personajes del AT que vamos encontrando en nuestras lecturas (como los del NT) son pecadores y débiles. Pero también desde su pecado nos resultan instructivos. Nos vemos retratados en ellos porque también nosotros somos débiles y tenemos fallos.

           También los puntos negativos de la historia de salvación nos ayudan a entender los planes de Dios y a ponernos en guardia sobre los peligros que también a nosotros nos acechan.

           Por otra parte esto nos resulta consolador. Aun los grandes hombres, como ahora David, le fallan a Dios en cosas muy graves. Y no por ello les abandona Dios, y ellos saben recibir con gratitud el perdón, se rehacen en su vida y siguen sirviéndole en la misión que les ha encomendado.

           En la lista genealógica de Jesús aparecen algunas personas nada recomendables. Pero son su familia. Se ha encarnado en una humanidad no ideal o angélica, sino normal y débil. Entre estos antepasados de Jesús no falta Betsabé, con la que pecó David, la madre de Salomón. No obstante, ya lo dijo Jesús: "No he venido yo para los justos, sino para los pecadores".

José Aldazábal

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           El libro II de Samuel continúa hoy con un relato estremecedor: el relato de las pasiones humanas, del abuso de poder y de la humillación del desvalido. Los personajes en escena son el rey David, el soldado Urías y la mujer Betsabé: 2 cómplices y 1 víctima inocente. La pasión carnal y el dinero se ponen frente a la honestidad de un esposo-soldado que se encuentra sin defensa de su dignidad de esposo, y que camina a la muerte siendo inocente.

           ¡Cuántas injusticias, atropellos, liviandades, muertes, se estarán cometiendo en este mismo día sin que las víctimas inocentes tengan en el mundo una palabra en su defensa! ¿Y cómo no vamos a necesitar que Dios sea Dios, más allá de nuestras injusticias?

           En el espejo del pasional rey David podemos mirarnos todos, cada cual desde sus circunstancias concretas. Cuando no controlamos las pasiones que siempre van con nosotros, ellas son fuego y fuerza que nos impulsa al mal. La vida de una persona, sin claridad mental, sin capacidad rectora por parte de la inteligencia y voluntad, es pasto de turbaciones y ceguera. Y la lección de la ceguera pasional ya sabemos a dónde nos lleva: a programar la muerte de quien pueda ser un obstáculo para  nuestros deseos carnales y egoístas.

           Es verdad que, en el caso de David, llegó después el Miserere con súplica de perdón. Pero ya era tarde para Urías. Éste no volvió a la vida y a la felicidad que ella comportaba.

           Frente a desvaríos pasionales y a cegueras, pongamos la reflexión y la doctrina de Jesús que Jesús. Sólo así seremos campo de sementera, y opción por el reino de Dios. Si nuestros ojos, como los ojos de David, ven y apetecen sin honor a la mujer, el dinero y el poder, crean su propia ruina. Señor, Dios nuestro, no mires nuestras maldades, y ten piedad.

Dominicos de Madrid

b) Mc 4, 26-34

           Jesús se dirige de nuevo a la multitud, y expone en 2 parábolas el secreto del Reino, los 2 aspectos o etapas del reino de Dios.

           En la 1ª parábola propone el aspecto individual: el hombre se realiza mediante un proceso interno de asimilación del mensaje, que culmina en la disposición a la entrega total (el fruto = el hombre que se entrega). La siembra se hace en la tierra, indicando la universalidad (Mc 2, 10), y el que siembra debe respetar ese proceso interior (sin que él sepa cómo). La siega significa el momento en que el individuo se integra plenamente en la comunidad, tanto en su fase terrestre como en su fase final (Mc 13, 27).

           En la 2ª parábola expone el aspecto social del Reino: a partir de mínimos comienzos ha de extenderse por todo el mundo, pero sin el esplendor ni magnificencia (que son los emblemas del judaísmo, basándose en el "cedro frondoso" de Ez 17,22-24, que se esperaba para el futuro de Israel). Por tanto, Jesús rompe la continuidad con el pasado, pues su semilla nueva no encaja con el antiguo cedro de Ezequiel.

           Tampoco se planta dicha semilla de Jesús en un monte alto (como en el texto de Ezequiel), sino en la tierra, indicando universalidad. El resultado será una realidad de apariencia modesta, pero que ofrecerá acogida a todo hombre que busca libertad (los pájaros del cielo). El Reino, por tanto, excluye la ambición de triunfo personal y de esplendor social.

           Jesús trabaja pacientemente con la multitud y continúa exponiéndole el mensaje con otras parábolas. El grupo de discípulos (Mc 4, 10) sigue sin entender, y está a la altura de los demás judíos. Jesús no los abandona, y les explica el significado de las parábolas que habrían debido comprender por sí mismos. El otro grupo (el no seguidor de Jesús) ya no aparece, pues después de la exposición anterior de Jesús, ha entendido el secreto del Reino y se ha independizado de los doce.

Juan Mateos

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           La lectura del evangelio de hoy nos presenta 2 parábolas. La 1ª nos habla de una semilla que después de ser sembrada, se desarrolla por sí misma, sin que el sembrador esté encima de ella. Y la 2ª compara el reino de Dios con una semillita que, a pesar de su pequeñez, se convierte en árbol grande.

           A ambas parábolas las une una misma realidad: El Reino, fuerza de Dios, está más allá tanto de las habilidades del evangelizador como de la debilidad de los evangelizados. Es el mismo Dios quien se hace presente, superando la acción humana y la insignificancia de la semilla. El Reino, aunque se apoye en el ser humano, no recibe su fuerza del mismo.

           Cuando Jesús hizo estos planteamientos, seguramente sus oyentes se escandalizaron y el escándalo llegó a Jerusalén, a su templo, a su Sanedrín y a su clase sacerdotal. Los que detentaban el poder no podían imaginarse que podían quedar marginados de los planes del futuro Mesías.

           Sin embargo, Jesús les afirmaba lo contrario: que el reino de Dios nacía de los pobres, de los marginados, de los pecadores, de los sencillos... y que los poderosos (empezando por los del templo) tenían que cambiar de vida.

           Lo cierto era que el reino que Jesús presentaba rompía con los esquemas tradicionales a los que la clase judía había acostumbrado al pueblo. Y lo que Jesús proponía era simplemente su propia experiencia de Reino, desde su libertad de galileo, sin ninguna clase de poder.

           Pero también experimentaba que Dios contaba con él y con los empobrecidos, los marginados, las prostitutas y los pecadores. Él y sus compañeros de primera hora experimentaban algo que les llenaba de un sentimiento inefable: Dios había tomado el tamaño de su pequeñez, la dimensión de su pobreza, para establecer su Reino.

Fernando Camacho

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           El evangelio de hoy junta 2 parábolas muy parecidas (la de la semilla y la del grano de mostaza) para contarnos algunas de las sorpresas que encierra ese reino de Dios del que habla Jesús. En estas 2 sencillas parábolas se ponen de relieve la fuerza intrínseca de ese mensaje y el contraste entre el desarrollo que es capaz de alcanzar y su pequeñez inicial.

           Así es el reino de Dios: crece desde dentro, porque es en el interior en donde se esconden las potencialidades de que Dios mismo dota a quienes llama a la existencia y a la salvación (y nadie podrá extraer lo que dentro no está). Y del fondo del alma irá creciendo, poco a poco, como la simiente, y producirá la maravillosa realidad del tallo, de la espiga y del grano.

           La desproporción entre la pequeñez de la semilla y la grandeza del árbol maduro es puesta de relieve en la segunda parábola. Las grandes empresas tienen, con frecuencia, humildes orígenes. La lógica del reino de Dios choca con la mentalidad de este mundo porque funciona de manera muy distinta: la santidad de vida, las grandes obras de misericordia y de apostolado, las iniciativas providenciales..., no dependen de las grandes inversiones.

           El desarrollo del reino de Dios comienza en la pequeñez, en lo aparentemente inútil, en lo humanamente desechable (esterilidad, pobreza) y alcanza luego una expansión increíble.

           Hermanos: la simiente está en nosotros. La simiente, que siembra Dios, quiere llegar a su sazón. Pero no olvidemos que también entra en juego otra variable que nos incumbe: el empeño por colaborar libre y responsablemente para que la semilla de ese reino de Dios alcance su plenitud. ¿Cuáles son los frutos de nuestra madurez cristiana?

José San Román

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           Hoy Jesús habla a la gente de una experiencia muy cercana a sus vidas: "Un hombre echa el grano en la tierra, y el grano brota y crece" (vv.26-28). Con estas palabras se refiere al reino de Dios, que consiste en "la santidad y la gracia, la verdad y la vida, la justicia, el amor y la paz" (Solemnidad de Cristo Rey, prefacio), que Jesucristo nos ha venido a traer. Este Reino ha de ser una realidad dentro de cada uno de nosotros, y después en nuestro mundo.

           En el alma de cada cristiano, Jesús ha sembrado (por el bautismo) la gracia, la santidad y la verdad. Y nosotros hemos de hacer crecer esta semilla para que fructifique en multitud de buenas obras: de servicio y caridad, de amabilidad y generosidad, de sacrificio (para cumplir bien nuestro deber de cada instante, y para hacer felices a los que nos rodean), de oración constante, de perdón y comprensión, de esfuerzo por conseguir crecer en virtudes y de alegría.

           Así, este reino de Dios (que comienza dentro de cada uno) se extenderá a nuestra familia, a nuestro pueblo, a nuestra sociedad, a nuestro mundo. Porque quien vive así, "¿qué hace sino preparar el camino del Señor, a fin de que penetre en él la fuerza de la gracia, que le ilumine la luz de la verdad, que haga rectos los caminos que conducen a Dios?" (San Gregorio Magno).

           La semilla comienza pequeña, como "un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas" (vv.31-32). Pero la fuerza de Dios se difunde y crece con un vigor sorprendente. Como en los primeros tiempos del cristianismo, Jesús nos pide hoy que difundamos su Reino por todo el mundo.

Jordi Pascual

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           Otras 2 parábolas tomada hoy Jesús de la vida del campo y, de nuevo, con el protagonismo de la semilla, que es el reino de Dios.

           La 1ª es la Parábola de la Semilla, que crece sola y sin que el labrador sepa cómo. El reino de Dios, su Palabra, tiene dentro una fuerza misteriosa, que a pesar de los obstáculos que pueda encontrar, logra germinar y dar fruto. Se supone que el campesino realiza todos los trabajos que se esperan de él, arando, limpiando y regando. Pero aquí Jesús quiere subrayar la fuerza intrínseca de la gracia y de la intervención de Dios. El protagonista de la parábola no es el labrador ni el terreno bueno o malo, sino la semilla.

           La 2ª es la Parábola de la Mostaza, la más pequeña de las simientes, pero que llega a ser un arbusto notable. De nuevo, la desproporción entre los medios humanos y la fuerza de Dios.

           El evangelio de hoy nos ayuda a entender cómo conduce Dios nuestra historia. Si olvidamos su protagonismo y la fuerza intrínseca que tienen su evangelio, sus sacramentos y su gracia, nos pueden pasar dos cosas: si nos va bien, pensamos que es mérito nuestro, y si mal, nos hundimos.

           No tendríamos que enorgullecernos nunca, como si el mundo se salvara por nuestras técnicas y esfuerzos. San Pablo dijo que él sembraba, que Apolo regaba, pero era Dios el que hacia crecer. Dios a veces se dedica a darnos la lección de que los medios más pequeños producen frutos inesperados, no proporcionados ni a nuestra organización ni a nuestros métodos e instrumentos. La semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera espera a que los calendarios señalen su inicio. Así, la fuerza de la palabra de Dios viene del mismo Dios, no de nuestras técnicas.

           Por otra parte, tampoco tendríamos que desanimarnos cuando no conseguimos a corto plazo los efectos que deseábamos. El protagonismo lo tiene Dios. Por malas que nos parezcan las circunstancias de la vida de la Iglesia o de la sociedad o de una comunidad, la semilla de Dios se abrirá paso y producirá su fruto. Aunque no sepamos cómo ni cuándo. La semilla tiene su ritmo. Hay que tener paciencia, como la tiene el labrador.

           Cuando en nuestra vida hay una fuerza interior (el amor, la ilusión, el interés), la eficacia del trabajo crece notablemente. Pero cuando esa fuerza interior es el amor que Dios nos tiene, o su Espíritu, o la gracia salvadora de Cristo Resucitado, entonces el Reino germina y crece poderosamente.

           Nosotros lo que debemos hacer es colaborar con nuestra libertad. Pero el protagonista es Dios. El Reino crece desde dentro, por la energía del Espíritu. No es que seamos invitados a no hacer nada, pero si a trabajar con la mirada puesta en Dios, sin impaciencia, sin exigir frutos a corto plazo, sin absolutizar nuestros méritos y sin demasiado miedo al fracaso. Cristo nos dijo: "Sin mí no podéis hacer nada". Sí, tenemos que trabajar, pero nuestro trabajo no es lo principal.

José Aldazábal

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            La semilla, una vez sembrada, crece con independencia de que el dueño del campo duerma o vele, y sin que sepa cómo se produce. Así es la semilla de la gracia que cae en las almas; si no se le ponen obstáculos, si se le permite crecer, da su fruto sin falta, no dependiendo de quien siembra o de quien riega, sino de Dios que da el incremento (1Cor 3, 5-9). Decía San José Mª Escrivá, "la doctrina, el mensaje que hemos de propagar, tiene una fecundidad propia e infinita, que no es nuestra, sino de Cristo". Así es el apostolado.

           El Señor nos ofrece constantemente su gracia para ayudarnos a ser fieles, cumpliendo el pequeño deber de cada momento, en que se nos manifiesta su voluntad y en el que está nuestra santificación. De nuestra parte está aceptar Su ayuda y cooperar con generosidad y docilidad.

            La docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo es necesaria para conservar la vida de la gracia y para tener frutos sobrenaturales. Como decía el card. Newman: "Las oportunidades de Dios nos esperan: llegan y pasan. La palabra de vida no aguarda; si no nos la apropiamos, se la llevará el demonio".

           La resistencia a la gracia produce sobre el alma el mismo efecto que "el granizo sobre un árbol en flor que prometía abundantes frutos; las flores quedan agostadas y el fruto no llega a sazón" (Garrigou Lagrange). Una gracia lleva consigo otra ("al que tiene se le dará"), y el alma se fortalece en el bien en la medida en que lo practica, cuanto más trecho se recorre.

           Cada día es un regalo que nos hace el Señor para que lo llenemos de amor en una correspondencia alegre, contando con las dificultades y obstáculos y con el impulso divino para superarlos y convertirlos en motivo de santidad y apostolado. Todo es bien distinto cuando lo realizamos por amor y para el amor.

            La vida interior necesita tiempo, crece y madura como el trigo en el campo. En este sentido, "hay que tener paciencia con todo el mundo pero en primer lugar con uno mismo", como señalaba San Francisco de Sales. Nada es irremediable para quien espera en el Señor; nada está totalmente perdido; siempre hay posibilidad de perdón: humildad, sinceridad, arrepentimiento... y volver a empezar, correspondiendo a un Señor que está empeñado en que superemos los obstáculos.

Francisco Fernández

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           Hoy escuchamos otras 2 parábolas de Jesús, de las 4 que trae el evangelio de Marcos. Dos parábolas acerca del reino de Dios, con imágenes tan simples como la de una semilla que crece por sí misma en el seno de la tierra, sin que el labrador pueda hacer nada para acelerar o retardar el proceso; o como la parábola del poquito de levadura que una mujer pone en la masa, que llega a fermentarla toda.

           Las parábolas son uno de los elementos más característicos de las enseñanzas de Jesús, capaces en su simplicidad de quedar para siempre impresas en la memoria, y de provocar en quien las oye la extrañeza, la admiración, la pregunta que quieren suscitar.

           Las parábolas del Reino nos hablan de su secreto crecimiento, de su influjo silencioso, como el de la semilla y el de la levadura. El reino de Dios que predicó Jesús no es más que el ejercicio, la puesta en marcha, de su soberanía sobre el mundo y la historia; fundamentalmente en favor de los enfermos, los afligidos, los débiles y los pecadores.

Gaspar Mora

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           El mensaje evangélico de hoy es sencillo: lo más pequeño puede llegar a ser lo más grande. Sin duda, a Cristo le llamaban la atención, y por eso quería que nos atrajeran los contrastes: "hay primeros que serán últimos", "el que se ensalza será humillado", "lo pequeño será lo más grande", "lo oculto quedará manifiesto"...

           En todos estos casos, el Señor parece exhortarnos a no fiarnos de las apariencias, o quizás más aún: a desconfiar de la apariencia, y buscar el estilo y el plan de Dios en aquello que no aparece, y en lo que no se impone por sí mismo ni se hace propaganda a sí mismo.

           Asumir la "lógica del grano de mostaza" es todo un programa de vida: es pensar que Dios puede decir sus mejores discursos por boca de los que juzgamos torpes, inútiles o poco listos; es amar lo sencillo, lo sobrio y lo discreto, y desconfiar de lo ampuloso, lo prepotente o lo deslumbrante; es cuidar la vida frágil: la del embrión, la del agonizante, la del emigrante; es adorar con las cosas elementales y con la gente que no cuenta; es creer con fe viva que en la eucaristía está él.

Nelson Medina

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           ¿No es ésta la más pequeña de entre todas las semillas? Y aún así es el más grande de todos los arbustos. Así es la vida interior, y Cristo nos la ha dado ha conocer de esa misma manera.

           Lo único que se tiene que hacer para poseer ese magnifico arbusto es cultivar esa pequeña semillita hasta que crezca totalmente. Así la vida interior, en un principio es como una pequeña semilla, posteriormente, dentro de nuestro corazón, crece tanto que llena todo el corazón.

           Es como el amor que da verdadera felicidad, es tan pequeño al inicio que hay que irlo cultivando para que crezca y se fortalezca. Poco a poco éste se hace más fuerte hasta que se mantiene en pie por sí solo, pero sigue siendo frágil, porque cualquier hachazo puede derribarlo, por lo tanto necesita un cuidado continuo.

           Esto es lo que hay que hacer con la vida interior, cuidarla cuando este bien crecidita, para que ningún hacha o sierra eléctrica nos lo vaya a echar para abajo

José Rodrigo Escorza

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           Como continuación de la explicación de la parábola del sembrador, Jesús nos presenta cómo es que crece el Reino. Nos deja ver que no es nuestro esfuerzo el que hace crecer el Reino sino la fuerza y la vida que ya está en él. A veces pensamos que nuestro esfuerzo de evangelización no está resultando y no da fruto.

           Sin embargo la acción escondida de Dios en el corazón de aquellos con los que compartimos la Palabra y nuestro testimonio cristiano va haciendo germinar en ellos la vida del Espíritu.

           Por otro lado, parecería que nuestro esfuerzo es muy pequeño, sin embargo ese pequeño grano, ese esfuerzo por hacer que Dios sea conocido y amado, crecerá con la gracia de Dios, hasta ser un gran árbol. Por lo que no debemos de desanimarnos; lo que Dios espera de nosotros es que ayudemos a esparcir la semilla y que tengamos fe en el poder que encierra en sí mismo el evangelio y el testimonio cristiano.

Ernesto Caro

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           La persona que siembra el mensaje es solamente responsable del acto de sembrar; la asimilación de este mensaje es responsabilidad de la tierra, es decir, del sujeto que lo recibe, y esto supone un proceso íntimo y personal que hay que respetar y que no se puede forzar.

           El desarrollo de la semilla en la tierra (la asimilación del mensaje por el ser humano) es gradual. Y cuando el fruto se entrega (cuando el grano está maduro), envía enseguida la hoz porque la cosecha está ahí. Esta hoz no es figura de ruina como en el libro de Joel (Jl 4, 13), sino de la salvación de las naciones en las que se ha esparcido el mensaje.

           El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza, que llega a sobresalir por encima de las hortalizas. Esta segunda semejanza debe curarnos para siempre en salud a los cristianos y quitarnos los sueños de grandeza, la añoranza de poder, el deseo de destacar y dominar sobre los demás.

           La Parábola de la Mostaza opone la semilla más pequeña no a un árbol, sino a una hortaliza que echa ramas grandes y se hace más alta que las otras hortalizas. Esta no procede de un esqueje de otro árbol, sino de una semilla pequeña e insignificante: es algo totalmente nuevo; no llegará a ser un cedro del Líbano ni se plantará en un monte encumbrado (como anunciaba la profecía de Ezequiel), sino en un huerto. Pero eso sí, servirá, a su manera, para dar cobijo a los pájaros del cielo, a los que no tienen donde cobijarse.

           La comunidad de Jesús (o reino de Dios) es una comunidad humana de comienzos insignificantes, y que incluso en su máximo desarrollo carecerá de esplendor mundano. Renuncia a la grandeza, pero no a la acogida. El aspecto social del reino de Dios contradice todas las expectativas de gloria del judaísmo. Nuestras comunidades y la Iglesia como comunidad de comunidades, necesitan una cura de modestia y sencillez.

Confederación Internacional Claretiana

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           La lectura del evangelio de hoy nos presenta 2 parábolas, de las 4 que introduce el evangelio de Marcos. La 1ª parábola nos habla de una semilla que después de ser sembrada, se desarrolla por sí misma, sin que el sembrador esté encima de ella. La 2ª parábola compara el Reino de Dios con una semillita que, a pesar de su pequeñez, se convierte en árbol grande.

           A ambas parábolas las une una misma realidad: el reino de Dios está más allá tanto de las habilidades del evangelizador como de la debilidad de los evangelizados. Es el mismo Dios quien se hace presente, superando la acción humana y la insignificancia de la semilla. El Reino, aunque se apoye en el ser humano, no recibe su fuerza del mismo.

           Hoy tenemos 2 parábolas para la confianza y el optimismo. El Reino también cuida de sí mismo. No depende sólo de nosotros, tan pelagianos. No, la semilla está viva, y crece independientemente de quién la echó al surco. Ya sea que vigilemos o durmamos, el Reino no duerme, sino que vigila, y crece. Y la Parábola de la Mostaza abunda en la misma línea: hemos de tener también confianza en nuestro trabajo por el Reino, que aunque parezca pequeño se va a extender como el árbol más frondoso.

           Se trata de 2 parábolas acerca del reino de Dios, con imágenes tan simples como la de una semilla que crece por sí misma en el seno de la tierra, sin que el labrador pueda hacer nada para acelerar o retardar el proceso; o como la parábola del poquito de levadura que una mujer pone en la masa, que llega a fermentarla toda. Las parábolas son uno de los elementos más característicos de las enseñanzas de Jesús, capaces en su simplicidad de quedar para siempre impresas en la memoria, y de provocar en quien las oye la extrañeza, la admiración, la pregunta que quieren suscitar.

           Las parábolas del evangelio nos hablan de su secreto crecimiento, de su influjo silencioso, como el de la semilla y el de la levadura. El reino de Dios que predicó Jesús no es más que el ejercicio, la puesta en marcha, de su soberanía sobre el mundo y la historia.

Servicio Bíblico Latinoamericano