26 de Enero

Miércoles III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 26 enero 2022

a) 2Sm 7, 1-17

           Escuchamos hoy la célebre profecía de Natán, que la liturgia también nos propone en las festividades del 19 de marzo (día de José, por medio del cual entronca Jesús con la familia de David) y 24 de diciembre (donde el Mesías es anunciado a los pastores de Belén, ciudad de David).

           En efecto, conquistada la ciudad fuerte de Jerusalén, e introducida el Arca en la ciudad, David quiere completar su obra construyendo un templo o "casa para Dios". Ahora bien, Dios rehúsa, y envía a un profeta con este mensaje al rey. Esto nos sorprenderá, pero Dios rehúsa y da sus razones.

           Hay que escuchar atentamente los motivos que expone Dios para rehusar tener un santuario estable y grandioso. Lo cual enlaza con la enigmática provocación de Jesús: "Destruiré este templo... hecho por mano de hombre" (Jn 2, 19-21)

           Así pues, Dios contesta a David: "¿Y me vas a edificar tú una casa, para que yo habite?", como viniendo a decir que él no ha habitado jamás en una casa, desde el día en que hizo subir de Egipto a los israelitas, y acampó en la Tienda del Encuentro.

           El 1º motivo del rechazo viene, pues, de que no es Dios el Dios de la gente instalada, sino un Dios para nómadas, para gente en marcha, a los cuales acompaña en su caminar, habitando en la tienda como ellos".

           En cuanto a esa tienda o Tienda del Encuentro del Exodo, hay que recordar que fue el símbolo de la casa frágil, del refugio fortuito y no definitivo. Y que nuestra verdadera patria no es la tierra, sino que está "allá arriba". Y Dios no tiene ningún interés en que nos instalemos aquí abajo. Con ello, Dios nos plantea la cuestión: ¿Estoy en marcha? ¿Hacia dónde? Porque "Yo te he sacado del pastizal, de detrás del rebaño. Y yo te edificaré una casa".

           El 2º motivo del rechazo viene de la total independencia de Dios. No es David quien se eligió rey a sí mismo, sino que lo fue como perpetuo regalo de Dios. Por sí mismo, David no era más que un pobre pastorcillo, que Dios fue a buscar de detrás del rebaño para darle el poder. De hecho, el profeta juega con las palabras: "No serás tú quien construirá una casa (templo) para Dios, es él quien te construirá una casa (dinastía)".

           Tras lo cual, continúa diciéndole: "Cuando tus días se hayan cumplido, te daré un sucesor en tu descendencia, que será nacido de ti. Y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí, hijo".

           El 3º motivo del rechazo viene del futuro de su dinastía, que no ha de descansar primordialmente sobre principios materiales (simbolizados por la solidez y la belleza del templo) sino sobre una Alianza personal concertada entre Dios y los hombres. De hecho, la fidelidad mutua de Dios y del rey (un padre con su hijo) es más decisiva que todos los sacrificios del templo.

           Un día, Jesucristo, hijo de David, llevará a una perfección insospechada las relaciones de amor filial entre el Mesías y su Padre. Entonces el templo no será ya necesario, y el velo del templo se rasgará.

           Jamás ni Natán, ni David, hubieran podido prever el cumplimiento en la persona de Jesús, en el cuerpo de Jesús de la verdadera "casa de Dios" (lugar de la presencia inefable) y garantía de la estabilidad del pueblo, por su adhesión filial al Padre. ¿Y yo? ¿Dónde sitúo mi religión?

Noel Quesson

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           De la descendencia de David, Dios, según su promesa, sacó para Israel un Salvador, Jesús. Nos encontramos en uno de los textos más importantes de la Antigua Alianza, pues Dios promete a David que un descendiente suyo ocupará su trono eternamente. David quería construirle una casa a Dios; pero Dios le dice que más bien él le construirá una casa, una dinastía a David. Y Dios cumplirá su promesa en Jesús, Hijo de Dios, e Hijo de David.

           Nosotros hemos sido hechos del linaje de Dios. Por medio de nuestra unión a Cristo el reino de Dios va tomando cuerpo entre nosotros día a día. Ese reino de Dios jamás tendrá fin, y ni las fuerzas del infierno prevalecerán sobre él. David contempla cómo Dios es fiel a sus promesas.

           Nosotros, sabiendo que el Señor jamás se volverá para nosotros en un espejismo engañoso, sino que nos manifestará su amor de Padre siempre fiel, hemos de vivir con la dignidad de quienes han sido llamados, como piedras vivas, a formar parte del templo santo de Dios, construido no por manos humanas, sino por el mismo Dios. Así, integrados al reino y familia de Dios, permaneceremos ante él eternamente.

José A. Martínez

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           David no se conformaba con haber traído el Arca a Jerusalén. Llevado de su espíritu religioso y también seguramente buscando la unidad política de las diversas tribus en torno a Jerusalén, quería construir a Dios un templo, y así se lo hizo saber al profeta Natán. Éste le da hoy la respuesta.

           La respuesta es que no, que Dios no quiere que David le construya ese templo. Sí lo hará su hijo Salomón. Pero Natán aprovecha para entonar un canto magnifico sobre cuáles son los planes de Dios para con David y sobre el futuro del pueblo de Israel. Es un canto en que se valora, no lo que David ha hecho para con Dios, sino lo que Dios ha hecho para con David. La "casa-edificio" que el rey quería levantar es sustituida por la "casa-dinastía" que Dios tiene programada, la "casa de David.

           Por si acaso había dudas sobre la legitimidad de David, las palabras de Natán aseguran que ha sido voluntad de Dios su acceso al trono después de Saúl. El Salmo 88 recoge hoy estas promesas de Dios: "Sellé una alianza con mi elegido, David, mi siervo. Le mantendré eternamente mi favor, le daré una posteridad perpetua".

           Para nosotros los cristianos, leer esta profecía de Natán nos recuerda la línea mesiánica que luego se manifestará en plenitud: el hijo y sucesor de David será Salomón, pero en "la casa de David" brotará más tarde el auténtico salvador del pueblo, el Mesías, Jesús. Por eso se le llamará "hijo de David". Si Salomón construirá el templo material. luego Cristo se nos manifestará él mismo como el verdadero templo del encuentro con Dios.

           Deberíamos escuchar con interés las palabras que Dios dirige a David. También en nuestro caso la iniciativa la tiene siempre Dios. Ya dijo Jesús a los suyos que no habían sido ellos los que le elegían a él, sino él a ellos. Creemos que somos nosotros los que le hacemos favores a Dios cumpliendo con sus mandatos u ofreciéndole nuestras oraciones o levantándole templos. Es Dios quien nos ama primero, el que nos está cerca.

José Aldazábal

b) Mc 4, 1-10.14-20

           Escuchamos hoy una parábola enigmática y misteriosa. Pero me impacta el que la parábola la encuadre una doble invitación a escuchar: "escuchad" (al inicio) y "el que tenga oídos para oír, que oiga" (al final). Además, Jesús nos dice "estad atentos", y no sólo como una expresión pleonástica, sino queriendo avisar: "Voy a decir algo que os concierne de cerca, para la cual tienen que poner a funcionar la inteligencia".

           Estamos invitados al ejercicio de la inteligencia, no solamente la escucha material; en efecto, se lamentará: "Escuchan y no oyen, miran y no ven". Jesús pide una escucha inteligente, una escucha que llegue a preguntarse: ¿Qué hay detrás de esto, qué quiere decir, qué relación tiene conmigo, en qué me atañe? La palabra tiene, pues, como característica el compromiso: son palabras relevantes para mí, que se refieren a mí, que me conciernen.

           De nuevo hay una palabra que aparece 3 veces: sembrar: "Salió el sembrador a sembrar, y al sembrar parte cayó". Se subraya el tema de la siembra y de la semilla. Se trata de imágenes de la vida vegetal, que no se toman por casualidad, porque por medio de ellas se expresan los misterios del reino.

           Vuelve a la mente el Salmo 126: "Van llorando al llevar la semilla". Sembrar significa confiar una vida a su camino vital, iniciar un proceso vital con confianza: la metáfora le gusta mucho a Jesús y a toda la Escritura, porque se la aplica a la Palabra, a la fe en su camino personal. Pero veamos brevemente las 4 situaciones progresivamente.

           La 1ª situación se dice rápidamente: algo cae en el camino, vienen los pájaros y se la comen.

           La 2ª situación se expresa con 3 líneas y está más desarrollada respecto de la primera. Está el terreno pedregoso y se repite el concepto tres veces: no había mucha tierra, ésta no tenía profundidad, la semilla no echó raíces. Se presenta la situación en su fragilidad. Tierra, raíz, profundidad, son términos muy alusivos al lenguaje bíblico. En todo caso, aun en esta segunda situación, aun habiendo un mínimo de crecimiento, termina en nada, se quema.

           La 3ª situación viene a decir que "otra cayó entre espinos, y al crecer los espinos, la sofocaron y no dio fruto". No se dice que no haya crecido: en la segunda situación se quemó después de la germinación, mientras que aquí creció, pero no dio fruto. Germinó, pero no dio fruto, que es la finalidad última del crecimiento. Podemos recordar imágenes análogas: la higuera de grandes hojas, que no da fruto; la viña de Israel que dio uvas amargas.

           La 4ª situación está expresada de manera solemne, con una sinfonía más amplia de palabras, en la imagen de la tierra buena. La plenitud se describe cuidadosamente: "Otra parte, en fin, cayó en buena tierra y dio fruto lozano y crecido (más aún, aquí, más que el fruto es la semilla), produciendo unos granos treinta, otros sesenta y otros ciento".

           Es interesante que, en el texto griego, mientras las primeras 3 categorías están en singular (parte cayó junto al camino, otra parte cayó en el pedregal, otra cayó entre espinos), ahora se dice otras, en plural. Es la pluralidad de las semillas que caen en tierra buena, y luego se vuelve extrañamente al singular hablando del crecimiento de todas estas semillas: "produciendo unos granos treinta, otros sesenta y otros ciento".

           ¿Y dónde cae el acento de la parábola? Es muy importante lograr captarlo, pues si la narración se detuviera en la 1ª, o en la 2ª, o en la 3ª imagen, el acento caería sobre la suerte dolorosa de la semilla. Y por parte de Jesús, hubiera sido una advertencia para no malgastar la palabra de Dios, para no maltratarla.

           En cambio, la palabra va hacia el 4º nivel. Ciertamente, la intención de Jesús es la de poner en guardia (de lo contrario habría narrado solamente la última parte), de una forma rica de elementos y compleja. El acento cae sobre el último resultado, y con una particularidad.

           Aunque no soy experto en agronomía, me parece que ordinariamente una semilla no produce el ciento ni siquiera en el mejor de los casos. Hay una exageración en la parábola, y en donde hay exageración está el punto principal, la palanca en la que se quiere hacer fuerza. Es pues, urgente, abrir los ojos, y entender que el reino está aquí, aunque no tenga la apariencia y la prepotencia que creemos tenga que tener el misterio de Dios.

Carlo Martini

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           La Parábola del Sembrador insiste ampliamente en la desgracia del labrador, y solo al final se hace una breve indicación sobre la semilla que da fruto. ¿Y qué significa esto en concreto? Algunos (los apocalípticos) la leen de este modo: ahora hay oposiciones y triunfa el mal, pero con la llegada última de Dios el mal quedará destruido, los malos serán castigados y el bien triunfará. Otros (los fariseos) prefieren leer la parábola en la perspectiva de méritos y premios: hoy el creyente parece trabajar inútilmente, y su fiel observancia no recibe ninguna paga; pero en realidad está acumulando méritos para el premio eterno.

           Creo que el pensamiento de Jesús es distinto a las 2 explicaciones precedentes, y no se contenta con decir que los fracasos de hoy se convertirán en triunfos del mañana.

           La parábola llama la atención sobre el trabajo del sembrador (abundante, sin medida, sin miedo a desperdiciar), que de momento parece inútil, infructuoso y baldío. Sin embargo, lo cierto es que en alguna parte dará fruto (o aquí o allá), y que en algún que otro sitio dará un fruto abundante. Porque el fracaso es sólo aparente, y en el reino de Dios no hay trabajo inútil, y no se desperdicia nada.

           De todas formas (y entonces la parábola se convierte en advertencia), haya o no haya éxito, haya o no haya desperdicio, el trabajo de la siembra no debe ser calculado, medido ni precavido. Sobre todo, no hay que escoger terrenos, ni echar la semilla en algunos sitios sí y en otros no.

           El sembrador echa el grano sin distinciones ni regateos. Así es como actúa Cristo en su amor a los hombres, y así es como ha de actuar la Iglesia en el mundo. ¿Y cómo saber qué terrenos darán fruto, y qué terrenos se negarán? Nadie tiene que adelantarse al juicio de Dios.

           Así pues, la parábola llama la atención sobre la presencia del Reino en el seno de las contradicciones de la historia, presencia que es imposible discernir con los criterios del éxito o del fracaso, en los que se apoya el cálculo de los hombres. Es éste el 1º aspecto que hay que comprender, importante sobre todo para la Iglesia predicante y para los misioneros, puesto que no pueden desanimarse ni dejarse llevar por los cálculos humanos.

           La explicación de la parábola (Mc 4, 14-20) desplaza la atención del sembrador a los terrenos. No se dirige ya al predicador, sino al discípulo que tiene que escuchar para atesorar la palabra que escucha. Y revela las diversas causas que pueden llevarlo todo a la perdición. De esas causas, algunas pueden parecer excepcionales (como la tribulación escatológica y la persecución), pero hay otras ciertamente cotidianas (como los negocios y las ambiciones).

           La advertencia de Marcos no proviene de una concepción dualista (rechazar las cosas materiales por ser indignas, los compromisos de la historia por ser terrenos, las riquezas por ser vanidad), sino que se mueve dentro de la perspectiva de la libertad por el reino de Dios. Y en esta perspectiva, la advertencia se hace todavía más radical. No es simplemente cuestión de pecado o no pecado, ni es suficiente valorar la opción en sí misma (puesto que puede no ser ese opción, sino otra).

           Es lo que enseña otra parábola de Jesús: me he casado, he comprado un campo, he comprado una pareja de bueyes, no puedo ir. Para que la palabra dé fruto se necesita un corazón bueno, leal y perseverante. La Biblia recuerda siempre a la perseverancia cuando habla de la fe. La fe se ve continuamente probada, tiene que resistir con valentía, se ve necesitada de coraje y paciencia, pues no es posible ser discípulo sin la perseverancia.

Bruno Maggioni

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           Escuchamos hoy la Parábola del Sembrador, una escena de total actualidad. Pues en aquel tiempo el Señor no dejó de sembrar, y también en nuestros días vemos que es una multitud la que escucha a Jesús y la que sigue a su vicario en la Tierra (el papa), mostrando que hoy día hay hambre de Jesús. En efecto, nunca como ahora la Iglesia había sido tan católica, ya que bajo sus alas cobija hombres y mujeres de los 5 continentes y de todas las razas. Jesucristo nos envió al mundo entero (Mc 16, 15) y, a pesar de las sombras del panorama, se ha hecho realidad su mandato apostólico.

           El mar, la barca y las redes del s. I, son hoy sustituidas por los estadios, los automóviles y la TV. Pero Jesús es el mismo, ayer, hoy y siempre. Y tampoco ha cambiado en el hombre su capacidad y necesidad de amar. También hoy hay quien (por gracia y gratuita elección divina, todo un misterio) recibe y entiende más directamente la palabra de Dios, como también hay muchas almas que buscan una explicación más descriptiva y pausada de la Revelación.

           En todo caso, a unos y otros, Dios nos pide frutos de santidad. El Espíritu Santo nos ayuda a ello, pero no prescinde de nuestra colaboración.

           En 1º lugar, es necesaria la diligencia, pues si uno responde a medias, y se mantiene en el "borde del camino", sin entrar plenamente en él, será víctima fácil de Satanás. En 2º lugar, es necesaria la constancia (en oración y diálogo), para profundizar en el conocimiento y amor a Jesucristo. Y en 3º lugar es necesario el desprendimiento (espíritu de pobreza), que evitará que nos "ahoguemos" por el camino. Las cosas están claras: "Nadie puede servir a dos señores" (Mt 6, 24).

Antoni Carol

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           Salió el sembrador a sembrar su semilla, nos dice hoy el evangelio (Mc 4, 1-20). Dios siembra la buena semilla en todos los hombres; da a cada uno las ayudas necesarias para su salvación. Nosotros somos colaboradores suyos en su campo. Nos toca preparar la tierra y sembrar en nombre del Señor de la tierra. Todas nuestras circunstancias pueden ser ocasión para sembrar en alguien la semilla que más tarde dará su fruto.

           El Señor nos envía a sembrar con largueza. Pero no nos corresponde a nosotros hacer crecer la semilla; eso es propio del Señor (1Cor 3, 7), y nunca niega su gracia. Nosotros somos simples instrumentos del Señor; gran responsabilidad la del que se sabe instrumento: estar en buen estado. No hay terrenos demasiado duros para Dios. Nuestra mortificación y oración, con humildad y paciencia, pueden conseguir del Señor, las gracias necesarias para acercar las almas a él.

           Siempre es eficaz la labor en las almas, pues "mis elegidos no trabajarán en vano" (Is 65, 23), nos ha prometido el Señor. La misión apostólica unas veces es siembra, sin frutos visibles, y otras de recolección de lo que otros sembraron con su palabra, o con su dolor desde la cama de un hospital, o con un trabajo escondido. Pero siempre es tarea alegre y sacrificada, paciente y constante.

           Trabajar cuando no se ven los frutos es un buen síntoma de fe y de rectitud de intención, señal de que verdaderamente estamos realizando una tarea sólo para la gloria de Dios. Lo que importa es que sembremos y poner los medios más oportunos para las diferentes situaciones: más luz de la doctrina, más oración y alegría, o profundizar más en la amistad.

           El apostolado siempre da un fruto desproporcionado a los medios empleados: nada se pierde. El Señor, si somos fieles, nos concederá ver, en la otra vida, todo el bien que produjo nuestra oración, las horas de trabajo ofrecidas, las conversaciones sostenidas con nuestros amigos, la enfermedad que ofrecimos por otros. Sin embargo, en el apostolado, debemos tener siempre en cuenta que Dios ha querido crearnos libres para que, por amor, queramos reconocer nuestra dependencia de él y sepamos decir libremente, como la Virgen: "He aquí la esclava del Señor" (Lc 1, 38).

Francisco Fernández

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           El evangelio de Marcos comienza hoy otra sección (el cap. 4) con 5 parábolas que describen algunas de las características del reino que Jesús predica. La 1ª de ellas es la Parábola del Sembrador, que hoy leemos y que el mismo Jesús explica detenidamente a los discípulos, haciendo él mismo la homilía a sus oyentes.

           Se podría mirar esta página desde el punto de vista de los que ponen dificultades a la Palabra: el pueblo superficial, los adversarios ciegos, los demasiado preocupados por las cosas materiales. Pero también se puede mirar desde el lado positivo, pues a pesar de las dificultades, la palabra de Dios logra dar fruto (el reino de Dios), y a veces abundante, tanto al final de los tiempos como también ahora, en nuestra historia.

           Podemos aplicarnos la parábola en ambos sentidos. Ante todo, preguntémonos qué % de fruto produce en nosotros la gracia que Dios nos comunica, qué % la semilla de su Reino, qué % sus sacramentos, y qué % la Palabra que escuchamos en la eucaristía. ¿Es este porcentaje del 100%, del 60% o del 30%? ¿O ni siquiera eso?

           Pero ¿qué es lo que impide a la palabra de Dios producir todo su fruto en nosotros? ¿Las preocupaciones, la superficialidad, las tentaciones del ambiente? ¿Qué clase de campo somos para esa semilla que, por parte de Dios, es siempre eficaz y llena de fuerza? Porque casi siempre solemos echar la culpa a lo de fuera (las piedras y las espinas), y no nos echamos la culpa a nosotros mismos, por ser tierra mala que no se abre a la palabra de Dios, ni le ofrecemos nuestro corazón.

           También haremos bien en darnos por enterados de la otra lección: Jesús nos asegura que la semilla sí dará fruto. Pues a pesar de que este mundo parezca (a nuestros ojos) hostil, esa juventud actual y esta sociedad distraída... dará su fruto, aunque no nos lo queramos creer. No tenemos esperanza ni confianza en Dios, ni en que es él quien, en definitiva, hace fructificar el reino de Dios. Porque queremos que fructifique a través de nosotros, y no según los planes salvíficos de Dios.

José Aldazábal

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           La Parábola del Sembrador, debe ser entendida en la dinámica en que viene el evangelista Marcos presentando el ministerio de Jesús. Su ministerio estuvo lleno de problemas y de dificultades. Primero fue la prisión de Juan, luego la acusación de blasfemia, luego el complot de los herodianos para matarle, posteriormente la estigmatización demoníaca que de él hicieron los escribas espías de Jerusalén; finalmente, la incomprensión de su madre y de sus hermanos.

           Jesús se encontraba amenazado por todos lados. Todos, de una o de otra forma, tenían que ver con Jesús y con su obra. El pueblo sencillo quería recibir de él algún tipo de favor, los gobernantes querían apresarlo, su familia quería amarrarlo.

           La Parábola del Sembrador es una impresionante confesión del interior dolorido de Jesús. El instalar el reinado de Dios en el propio interior y en la sociedad era un camino doloroso, lleno de fracasos. Había que sembrar mucho y fracasar mucho, para poder recoger algo.

           Era difícil perseverar y mantenerse en pie en un trabajo donde la condición normal era tener que perder, una y otra vez, a fin de lograr algo. El labrador que describía Jesús en la parábola tenía su mirada puesta en el rinconcito de la buena cosecha, por el cual medía su trabajo. La mirada puesta en la calidad de este rincón, le permitía sobrevivir moralmente ante el ruidoso fracaso del resto.

           Aquí se enfrentaban dos mentalidades: la que se apoyaba y buscaba lo cuantitativo, señal de poder, y la que se apoyaba y valoraba lo cualitativo, que ordinariamente carece de poder. Este será siempre el desafío del anuncio de la buena noticia, desafío por el que pasó Jesús y es el desafío por donde tiene que pasar la Iglesia. ¿Será que estamos buscando con nuestro trabajo apostólico meros resultados cuantitativos o más bien estamos trabajando para que el pueblo que acompañamos logre dar pasos cualitativos y procesos coherentes en la vida del Reino?

Confederación Internacional Claretiana

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           Jesús había comenzado en Galilea a anunciar su innovador proyecto del Reino. Y como toda propuesta nueva, tuvo al comienzo una gran acogida. Pero ese Reino empezó a exigir conversión, y que las personas cambiasen su interior. Y como toda exigencia, dicho cambio se tradujo en crítica y persecución. Es entonces cuando Jesús comprueba que su propuesta (de cambio personal, y a través de él social) no sólo va a ser rechazada, sino también atacada. Ese es el fondo histórico de la Parábola del Sembrador, que hoy Marcos nos trae a colación.

           Un texto que tal vez nos diga ya poco o nada, por habernos acostumbrado a él, pero que es fundamental para entender la universalidad de la predicación evangélica: la palabra de Dios ha de caer sobre veredas y caminos, entre piedras y abrojos, sobre tierra buena y tierra mala. Pues a nadie debe ser negado el don de la semilla, y porque el más pequeño de los granitos puede llegar a ser una espiga bien compacta. Así, pues, ¿anunciamos nosotros, a los 4 vientos, la palabra de Dios? ¿O la tenemos encasillada y secuestrada en nuestra indiferencia y cobardía, por falta de entusiasmo y de fe?

           La parábola es prácticamente una confesión estremecedora de las dificultades que enfrentaba Jesús, al mismo tiempo que muestra su voluntad decidida por continuar su causa y propuestas. Jesús asemeja su trabajo al de un sembrador que derrocha semillas y energía. Siembra aquí y allá, con la esperanza de que la semilla arraigue, crezca y produzca fruto. Y se da cuenta, desde el principio, que no todos acogen su propuesta, y que la idea del Reino cae en gente superficial o interesada, aferrada a las viejas estructuras o atemorizada. Pero Jesús es valiente y empeñado, a la hora de seguir derrocando esfuerzo, aunque éste se pierda.

           El reino de Dios no tiene medidas humanas de eficacia, sino que ha de ser sembrarlo en todas partes y cualquier tipo de terreno. Es una gracia universal, y Dios Padre no quiere excluir de ella a nadie. Por eso no hay examen de campo, para establecer dónde debe sembrarse. Jesús es fiel a esta lógica, y siembra los contenidos del Reino allá por donde camina, intentando que el cambio verdadero comience en la pequeñez, se desarrolle poco a poco, llegue al fondo más interior, y en su propagación no excluya a las más débiles en esta causa.

Servicio Bíblico Latinoamericano