25 de Enero

Martes III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 enero 2022

a) 2Sm 6, 12-15.17-19

           La lectura de ayer contaba 2 hechos muy importantes: la unción de David como rey de todo Israel, y la conquista de Jerusalén. La de hoy describe el traslado a Jerusalén del Arca de la Alianza. Si al elegir Jerusalén como residencia suya había hecho David de ella la capital política, al instalar allí el Arca la convierte en capital religiosa.

           La capital política, asentada sobre la antigua ciudad jebusea fronteriza, entre el sur y el norte de Israel, supone la superación de la animadversión entre los 2 grupos rivales. Y la capital religiosa, a más de heredar antiquísimas tradiciones sagradas (Gn 14), será enriquecida con la posesión del Arca, y superará en importancia a todos los santuarios israelitas (sobre todo con la futura edificación del templo de Salomón, y más todavía con la reforma religiosa de Josías, que hizo de ella el único lugar donde se podrían ofrecer legítimos sacrificios).

           A partir de David, el tema de la ciudad santa se une al conjunto de promesas y esperanzas (y una vez destruida, como tema de lamentación), y al conjunto de tradiciones religiosas de Israel. A Jerusalén subirá Jesús a morir y resucitar, en Jerusalén nacerá la Iglesia, desde Jerusalén se esparcirá el evangelio a todas las naciones, y con la visión de la nueva Jerusalén que baja del cielo se cerrará la Biblia (Ap 21).

           El capítulo presente procede de la historia del Arca de la Alianza, que habíamos comenzado a leer en el libro I de Samuel (1Sm 4-6), aunque la redacción es de otro estilo. Y hallamos en su narración un resumen de los valores humanos de David, como profunda humanidad, su hiper-sensibilidad religiosa y su gran talento político. Raramente se encuentran, en la historia sagrada, estas 3 dimensiones en tan alto grado.

           El Arca había sido el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, cuando hacía camino por el desierto. Y es el recuerdo de la Alianza lo que ha de dar unidad política y religiosa al pueblo escogido. El templo será construido fundamentalmente como santuario del arca, ante la cual se ofrecerán los sacrificios prescritos y será invocado y santificado el nombre de Dios.

           La santidad de Dios se manifiesta, como en las religiones más primitivas, en forma de terror sagrado. De ahí que no fuese imposible que Ozá, habiendo tocado el Arca, muriese (al igual que en África hay quien sigue muriendo, literalmente de terror, por el conjuro de un brujo). David mismo tiene miedo, y renuncia a instalar el Arca en su casa (v.9).

           La sensibilidad religiosa de David se revela en el entusiasmo con que danza ante el Arca, bien distinto de lo que hizo su esposa Mical (que le desprecia por haberse quitado las prendas reales para danzar). El hecho de que David tenga muchos hijos, pero ninguno de Mical, será interpretado como un premio para David y un castigo para ella (así como un rechazo de Dios hacia la casa de su padre Saúl, condenada a la extinción).

Hilari Raguer

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           David hace introducir hoy el Arca de la Alianza en Jerusalén. Y al mandar transferir el Arca a Jerusalén, David actúa no sólo con fines políticos, sino también religiosos. En efecto, la antigua ciudad jebusea, admirablemente situada entre los 2 reinos hebreos (del norte y del sur), pasaba a ser ahora su capital política, pero en medio de una fiesta religiosa. Y eso con el fin de conferir al poder real la unidad religiosa, y forjar así unos cimientos todavía más profundos y sagrados.

           Jerusalén queda constituida, así, en la ciudad santa de Dios. No obstante, no puede decirse que Dios esté más presente en ella que en otra parte (en el resto de la humanidad), pues será a través de Jerusalén desde donde Dios "plantará su tienda entre nosotros", y Jesucristo repartirá su alimento a todos los fieles del mundo, desde aquel Cenáculo de Jerusalén. De hecho, será allí, en Jerusalén, donde él decida morir y resucitar.

           A través de la elección histórica de David, no podemos dejar de pensar que la humanidad entera tiene, en lo sucesivo, una capital y un símbolo de su unidad: Jerusalén, esa colina donde una cruz fue plantada, esa roca que sepultó el cuerpo de Jesús, ese punto de gravedad de la humanidad, ese momento pentecostal que cambió de sentido la historia.

           No obstante, Jerusalén, cuyo nombre significa "ciudad de paz", ha sido siempre una ciudad constantemente desgarrada, y permanece hoy día como signo de la búsqueda de la humanidad por vivir todos juntos y como hijos de Dios.

           Durante la procesión del Arca, David danzaba y daba vueltas con todas sus fuerzas "ante el Señor". David, rey de Israel, es el que organiza la liturgia, y a ella se entrega con todo su cuerpo y alma. Canta y danza, e incluso compone muchos de los salmos. Es una religión, la suya, exuberante y entusiasta.

           Toda la casa de Israel acompañaba el Arca con "aclamaciones y resonar de cuernos", y se ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión. Tras lo cual se hizo una distribución a todo el pueblo: para cada uno, una torta de pan, un pastel de dátiles y un pan de pasas. ¡Qué religión tan alegre y comunitaria la del rey David! ¡Qué fiesta divina y humana a la vez!: la danza, el arte, los gritos, el banquete.

           Tenemos mucho que redescubrir en ese sentido. Nuestras liturgias han llegado a ser demasiado silenciosas, demasiado pasivas, demasiado de "cada uno para sí". Y basta comparar la escena tan viva que se nos describe hoy ( en el traslado del Arca a Jerusalén), con nuestras misas del domingo, tan a menudo apagadas y tristes. Quizás la juventud actual, sacudiendo un poco nuestras costumbres, nos ayudaría a reencontrar esta religión tan festiva y alegre.

           Mi religión, ¿es una fiesta para mí? ¿Es mi dicha y alegría? Mi fe, ¿es una buena noticia? Y el evangelio ¿es para mí un maravilloso mensaje? ¿Soy yo de los que no abren la boca en la Iglesia, o de los que se aíslan? ¿O bien me esfuerzo en cantar, en aclamar, en participar en la liturgia?

           Los hebreos y el arca iban delante del Señor y en presencia del Señor. Ése es el tema principal de hoy: vivir delante de Dios. David danza delante de Dios. Es toda mi vida la que se juega "delante de ti, Señor".

Noel Quesson

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           David es hábil político, además de persona creyente. Ayer vimos que conquistó Jerusalén y estableció allí la capital de su reino. Ahora da un paso adelante: la hace también capital religiosa.

           Hasta entonces Jerusalén, ciudad pagana, no tenía ninguna tradición religiosa para los israelitas, como podía tenerla por ejemplo Silo. David traslada solemnemente el Arca de la Alianza a su ciudad. Todavía no hay templo (lo construirá su hijo Salomón) pero la presencia del Arca va a ser punto de referencia para la consolidación política y religiosa del pueblo.

           La fiesta que organiza con tal ocasión (danzando él mismo ante el Arca) es muy simpática, y de alguna manera significa el fin de la época nómada del pueblo. El Arca, en la Tienda del Encuentro, había sido el símbolo de la cercanía de Dios para con su pueblo en el periodo de su larga travesía por el desierto. Ahora se estabiliza tanto el pueblo como la presencia de Dios con ellos.

           A pesar de que Dios está presente en todas partes, y podemos rezarle también fuera de nuestras iglesias, necesitamos lugares de oración, sobre todo para que nos ayuden en nuestros momentos de culto y de reunión ante Dios. Todos los signos de aprecio y veneración serán pocos para agradecerle este don.

           David nos recuerda también con su actuación que necesitamos la fiesta, la expresión total (espiritual y corpórea) de nuestra pertenencia a la comunidad de fe y de nuestra relación con Dios. Por eso nos resulta aleccionadora la fiesta que él organizó, con elementos que continúan siendo válidos en la expresión de la fe: procesiones, oraciones, sacrificios, cantos, música, danza cúltica y comida festiva.

           Necesitamos expresar exteriormente el aprecio que sentimos en el interior. A veces con formas litúrgicas y oficiales, y otras con manifestaciones de religiosidad popular, muy legítimas y a veces más eficaces y comunicativas. Lo importante es rendir a Dios nuestro mejor culto, dar a nuestra vida una conciencia mayor de pertenencia a la comunidad cristiana, y adquirir un tono más alegre de fiesta y comunión.

José Aldazábal

b) Mc 3, 31-35

           Escuchamos hoy cómo una multitud estaba sentada en torno a Jesús, y le dijeron: "Mira, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera" (v.32).

           En paralelo con el grupo de los Doce, que estaba con Jesús "en la casa" (Mc 3, 20) y representa al nuevo Israel, aparece por 1ª vez con personalidad propia el 2º grupo de seguidores de Jesús, caracterizado como una multitud sentada en torno a él. Mientras los allegados de Jesús (sus familiares, sobre todo), que hasta ahora había permanecido al margen de todo eso, ahora interviene en esa iniciativa que Jesús ha tomado Jesús, tomando partido.

           Marcos subraya el contraste entre la familia (que se queda fuera) y los que están sentados en torno a Jesús (sabiendo que "estar con Jesús" significaba estar adheridos incondicionalmente a él). La madre, sin nombre, representa el origen de Jesús, y el ambiente donde él se ha criado. Y sus hermanos, los miembros de ese ambiente primigenio. No muestran hostilidad hacia Jesús, pero sí le recuerdan el ambiente de donde venía (humanamente).

           Ante esta ofensiva de su gente (madre y hermanos), Jesús declara que los lazos familiares y los vínculos de raza o nación no son decisivos. Sino que cualquier persona que le dé su adhesión, y comparta sus ideales, queda unido a él por vínculos de familia, que establece hoy como fraternidad universal. La única condición para pertenecer a la nueva familia (el nuevo Israel) es cumplir el designio de Dios, dando la adhesión a Jesús (Mc 2, 5).

Juan Mateos

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           El punto de partida de la perícopa de hoy viene de los v. 20-21, en los cuales se insinuaba que Jesús había enloquecido, y habían tenido que llamar a sus familiares para que lo hicieran entrar en razón.

           En el pasaje de hoy, que anuncia que dichos familiares ya han llegado para llevárselo, responde Jesús que sus verdaderos familiares son quienes están con él comprometidos (desde ese momento y siempre) en la creación del reino de Dios, pues su nueva relación de familia va más allá de la carne y la sangre. No se trata de un rechazo de Jesús a sus parientes (en especial a su madre), sino una clarificación sobre el punto en que hay que colocar las relaciones familiares, a la luz de lo que pide el Reino.

           La estrategia de los fariseos es ahora acusar a Jesús de estar loco, una vez que no han podido demostrar que estaba endemoniado. Y todo ello para quitarlo de medio. Pero para ello tenían que tergiversar sus acciones a toda costa, asimilarlo con el demonio, ponerlo de acuerdo con ideas revolucionarias, o escenificar que estaba loco, y su familia tenía que venir para recogerlo. Entonces la familia aparece con dicho fin, aunque Jesús no "entra al trapo", ni "sigue el juego" de dicho paripé.

           Aprendamos de ello que el Reino es un reagruparse, como hermanos en la fe, y unidos por una fuerza familiar que es distinta a la fuerza de "la carne y la sangre". Una fuerza que surge del convencimiento en la causa de Jesús, y que cada cristiano convierte en su propia causa, como la causa absoluta de su vida. Así, todos los cristianos tienen una misma causa, y entre todos ellos empiezan a sentirse como hermanos. Estas novedades rompen muchos esquemas, y prácticas tradicionales de familia.

           La limitación de María para entender a Jesús debe verse no como un fallo de María, sino que forma parte de su proceso interno de maduración. Pues ella también deberá compartir los dolorosos pasos de su hijo, para convertirse un día en Madre de la Iglesia. Ella muestra aquí su oscuridad y sus dudas, hasta que la cruz y la resurrección la consagren de forma definitiva, al servicio de los discípulos de su Hijo.

Emiliana Lohr

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           Hoy contemplamos a Jesús rodeado por una multitud de gente del pueblo, en el preciso instante en que los familiares más próximos de Jesús han llegado desde Nazaret a Cafarnaum. No obstante, a la vista de la gran cantidad de gente que había, éstos permanecen fuera y lo mandan llamar. Y se lo comunican a Jesús: "Oye, tu madre y tus hermanos están fuera, y te buscan" (v.31).

           En la respuesta de Jesús, como veremos, no hay ningún motivo de rechazo hacia sus familiares. Jesús se había alejado de ellos para seguir la llamada divina, y por eso había renunciado a ellos. Pero no por frialdad de sentimientos o por menosprecio a los vínculos familiares, sino porque se ha comprometido plenamente con Dios Padre, y ha realizado personalmente lo que él mismo está pidiendo a sus discípulos.

           En lugar de su familia de la tierra, Jesús ha formado una familia espiritual. Y es entonces cuando echa una mirada a su alrededor y dice: "Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (vv.34-35).

           ¿Es que Jesús nos quiere decir que sólo son sus parientes los que escuchan con atención su palabra? ¡No! No son sus parientes aquellos que escuchan su palabra, sino aquellos que escuchan y cumplen la voluntad de Dios. Éstos son su hermano, su hermana, su madre.

           Lo que Jesús hace es una exhortación a aquellos que se encuentran allí sentados (y a todos) a entrar en comunión con él, mediante el cumplimiento de la voluntad divina. Con ello, lanza una alabanza a su madre, María, la siempre bienaventurada por haber creído.

Josep Gassó

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           La palabra de Dios de hoy nos coloca ante esta cuestión: ¿cuál es la verdadera familia de Jesús? Los teólogos han repetido hasta la saciedad una cosa: que Dios tiene un rostro de Padre, incluso de Madre. Jesús nos ha revelado su parentesco, nos habla de su Padre y nuestro Padre. Pero Jesús se encarnó en el seno de una madre (María), y creció en el contexto de una familia de su tiempo y del entorno palestino. Las categorías humanas, en concreto las de la familia, han sido asumidas en el lenguaje del evangelio y han circulado entre los creyentes con naturalidad a lo largo de toda la historia.

           Pero hoy, en el evangelio de Marcos, apreciamos una mueca de desaire por parte de Jesús hacia su propia familia, que nos deja perplejos. Parece una reacción destemplada la de Jesús ante el requerimiento de su madre y de sus hermanos, llegados a la puerta de la casa en donde él se encuentra.

           ¿Los lazos familiares le merecen a Jesús poco interés? ¿O acaso nos quiere transmitir algún mensaje de ascético desapego? No hay tal, pues Jesús quiere a los suyos, y sobre todo a su madre. Tampoco la ascesis figura entre sus predilecciones, pues son "los fariseos y los discípulos de Juan los que ayunaban", y los suyos no. Pero aprovecha esta oportunidad para subrayar la importancia que revisten “otros lazos familiares” que le unen a sus discípulos.

           María, la 1ª discípula, es familiar de Jesús por un parentesco mucho más fundamental que por el meramente biológico: ella es dichosa más por ser creyente que por ser madre, más por haber creído en su Hijo que por haberle dado a luz.

           Los cristianos somos los familiares de Jesús: no por estar registrados en el libro de bautismos de nuestra parroquia, ni por la tradición o cultura de nuestro pueblo, ni por nuestra ciencia, ni por nuestro dinero o poder acumulado, ni siquiera por los méritos contraídos. Lo somos por la fe y por el cumplimiento de la voluntad de Dios. En eso, exactamente igual que María (guardadas siempre las debidas distancias entre ella y nosotros en el modo de acoger la Palabra y en la manera de cumplirla).

José San Román

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           Acaba el cap. 3 de Marcos con este breve episodio, que tiene como protagonistas a los propios familiares de Jesús (pues el término hermanos, en lenguaje hebreo, aludía a eso, incluyendo primos, sobrinos y tíos). Y junto a sus hermanos, estaba su madre.

           Las palabras de Jesús, que parecen como una respuesta a las dificultades de sus familiares que leíamos anteayer, nos suenan algo duras. Pero ciertamente no desautorizan a su madre ni a sus parientes. Lo que hace es aprovechar la ocasión para decir cuál es su visión de la nueva comunidad que se está reuniendo en torno a él.

           La nueva familia no va a tener como valores determinantes ni los lazos de sangre ni los de la raza. No serán tanto los descendientes raciales de Abraham, sino los que imitan su fe: "El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre".

           Nosotros, como personas que creemos y seguimos a Cristo, pertenecemos a su familia. Esto nos llena de alegría. Por eso podemos decir con confianza la oración que Jesús nos enseñó: "Padre nuestro". Somos hijos y somos hermanos. Hemos entrado en la comunidad nueva del reino de Dios.

           En ella nos alegramos también de que esté la Virgen María, la madre de Jesús. Si de alguien se puede decir que "ha cumplido la voluntad de Dios" es de ella, la que respondió al ángel enviado de Dios: "Hágase en mi según tu Palabra". Ella es la mujer creyente, la totalmente disponible ante Dios.

           Incluso antes que su maternidad física, tuvo María de Nazaret este otro parentesco que aquí anuncia Cristo, el de la fe. Como decían los Santos Padres, ella acogió antes al Hijo de Dios en su mente por medio de la fe que en su seno por su maternidad. Por eso es María para nosotros buena maestra, porque fue la mejor discípula en la escuela de Jesús. Y nos señala el camino de la vida cristiana: escuchar la palabra de Dios, meditarla en el corazón y llevarla a la práctica.

José Aldazábal

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           Una incorrecta interpretación de este pasaje ha llevado a algunos a pensar que con estas palabras y esta actitud que nos presenta el evangelista, Jesús está menospreciando a su Madre, apoyando su actitud de indiferencia (cuando no de rechazo) hacia María Santísima. Nada más contrario en la intención de Jesús.

           Primeramente, en ningún momento se dice que Jesús no salió inmediatamente después a atender a su mamá. Sin embargo, como siempre, Jesús usa de un evento o situación particular para instruir a la comunidad. La familia de Jesús, no es simplemente la familia física unida por los lazos de sangre, sino aquellos que cumplen la voluntad de Dios.

           Con ello destaca el hecho de que María, como lo reconocerá siempre la comunidad cristiana, es el modelo perfecto de aquellos que hacen la voluntad de Dios, por lo que no solo es su madre en sentido físico, sino también lo es de manera espiritual y trascendente. Por ello pertenecerán realmente a la familia de Jesús y María aquellos que hacen la voluntad de Dios. ¿Podríamos decir que nosotros formamos parte de esta familia?

Ernesto Caro

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           Jesús nos llama hoy hijos de Dios, y nos dice que no hay diferencias entre él y nosotros en tanto cumplamos la voluntad de Dios. Muchas veces este evangelio se utiliza para demostrar que nuestra Madre María tuvo más hijos, queriendo manchar la imagen y veneración (respeto profundo) que los católicos le tenemos a nuestra Madre.

           Se hace el enfoque desde este punto de vista, olvidando la verdadera enseñanza que quiere dejar Jesús. Sus palabras no son para su madre; sus palabras son para cada una de las personas que están sentadas ahí y que hoy en día leemos y seguimos sus mandatos.

           No nos perdamos en lo claro y empecemos a cumplir con lo que verdaderamente nos hace hijos de Dios: cumplir su voluntad. Señor te pido que día a día pueda presentarte mis planes y, como María, aceptar y cumplir con tu voluntad.

Miosotis Nolasco

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           El texto evangélico de este día no puede ser entendido si no tenemos presente el texto evangélico que la liturgia nos proponía ayer. Ayer leímos el relato de demonización que los escribas hacían del ministerio de Jesús. El relato de hoy nos narra que la familia de Jesús, su madre y sus hermanos, los buscaba con insistencia.

           Pero no lo buscaba por acrecentar los lazos de familiaridad, sino que frente a las acusaciones de los líderes afirmando que Jesús actuaba por el poder del príncipe de los demonios, llega a creer que Jesús se había vuelto loco. Frente a ese temor, la madre de Jesús y sus hermanos se sienten con la autoridad necesaria para ir a detenerlo y llevarlo de nuevo a la casa y hacerlo desistir de esa idea del Reinado de Dios.

           Por dura que parezca la respuesta dada por Jesús al anuncio de que su madre y sus hermanos lo buscaban, se trata de una respuesta en la que Jesús se define: el Reino hace que toda otra relación pase a segundo plano. Jesús no estaba dispuesto a que nadie malinterpretara la vivencia del Reinado de Dios en su vida y mucho menos su instauración en esta historia humana, tan llena de signos que contradecían la obra creadora de Dios.

           Por eso, ni los jefes religiosos de su tiempo, ni mucho menos su familia de sangre, pueden intentar encerrarlo en los estrechos marcos de la tradición o de la casa. El Reino de Dios no tiene espera. El Reino de Dios es exigente. Las palabras de Jesús son claras "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son aquellos que viven de acuerdo a la voluntad de Dios. Ese es mi hermana, mi hermano y mi madre".

           Jesús desconoce totalmente la tradición familiar de su tiempo. Rompe con el estilo de la familia atrapadora, acaparadora, rompe con el estilo de familia que superprotege y que imposibilita las grandes revoluciones sociales e históricas, e invita de esta forma a los que le oyen, entre ellos a su familia por consanguinidad, a que den un salto cualitativo en el campo de las relaciones familiares y afectivas para poder de esa forma encaminarse en la vida del Reino, donde todos los marcos estrechos de la sociedad quedan rotos, por la universalidad y por la hermandad que el mismo Reino en su dinámica trae.

Confederación Internacional Claretiana

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           Jesús tuvo una familia que seguramente sintió preocupación por él, por su extraño modo de comportarse, por los peligros que pudieran sobrevenirle y por los prodigios milagrosos que había empezado a hacer. Y en ese contexto, hoy Marcos nos presenta esta escena inquietante: la madre y familiares de Jesús van a buscarle, aunque no se atreven a irrumpir en el grupo que lo rodea mientras enseña. Por eso, lo mandan llamar desde fuera.

           A la noticia de que sus familiares lo buscan, Jesús responde con unas palabras desconcertantes que implican un nuevo orden de vínculos, afectos y obligaciones. No ya los de la carne y la sangre, sino los que se fundan en la obediencia a la voluntad salvífica de Dios. Sus hermanos y madre de Jesús no son ya su propia familia, sino sus discípulos y todos aquellos que quieran ser sus discípulos, reconociendo la voluntad amorosa de Dios.

           No quiere decir para nada Jesús con eso haya abandonado y despreciado a los suyos, pues otros pasajes del NT demuestran el lugar importante que Jesús encomendó a algunos parientes en la primitiva comunidad cristiana. Solo que para llegar a ocupar ese lugar, seguramente tuvieron que hacerse sus discípulos y discípulas, asumiendo su palabra y creyendo en él.

           La Virgen María fue madre espiritual de Jesucristo, antes que madre física. Porque ya desde que el ángel Gabriel le anunciara su misión, ella vivió abierta a su Hijo, bajo las inspiraciones del Espíritu Santo, y colaborando activamente en el plan de salvación. De ahí que Jesucristo lo reconociera: "Mi madre es la que escucha la Palabra de Dios, y la cumple".

Servicio Bíblico Latinoamericano