24 de Enero

Lunes III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 enero 2022

a) 2Sm 5, 1-7.10

           Escuchamos hoy cómo las tribus de Israel vinieron donde David (a Hebrón) y le dijeron: "Tú serás el jefe de Israel". Las tribus del norte vienen donde David, que reina ya en Hebrón sobre las tribus del sur, como signo de las dificultades políticas a las que tendrá que enfrentarse. El pueblo no está unificado todavía, y hay dos pueblos distintos. Y esa división causa una gran fragilidad, frente a los enemigos filisteos.

           La unidad y la solidaridad son aspiraciones de todos los tiempos, y el hombre aspira a la paz, la concordia y la felicidad. Como canta el Salmo 133, "oh cuán bueno, cuán dulce es habitar los hermanos juntos". Ese deseo ideal de comunión procede de lo más íntimo del hombre, y de ese punto central donde Dios habita: el corazón de cada hombre. Sí, cada ser humano es imagen de Dios. Ahora bien, Dios no es soledad ni división, sino que es amor, y un misterio de «comunión entre tres que sólo hacen uno».

           Contemplo a Dios en esa voluntad de vivir juntos de las 12 tribus de Israel, hasta aquí separadas en otros tantos pequeños estados. ¿Qué ocurre, hoy, en mi vida familiar y profesional? ¿Hay aspiraciones a la solidaridad, al compartir, a la comunión? ¿Y a no ser ya dos, sino uno solo, entre marido y mujer, entre padres e hijos?

           David reinó 7 años y 6 meses en Hebrón (sobre Judá, y las tribus del sur) y 33 años en Jerusalén (sobre Israel y Judá, y el conjunto de las tribus del norte y del sur). En efecto, la unidad no se hace sola. Incluso es un larguísimo proceso histórico, con sus progresos y sus retrocesos.

           Hoy día, ese nivel de solidaridad se ha ampliado considerablemente, y ya no sólo debe darse entre hermanos de la misma raza (los hebreos) ni entre provincias próximas (Israel) que contraen relaciones y obligaciones recíprocas. Sino que debe darse a nivel de la humanidad entera, pues todo hombre, aun el que se cree más aislado y más protegido, sufre las consecuencias de todas las decisiones internacionales.

           ¿Cómo participo con la acción y la oración, en ese gran movimiento de solidaridad mundial que hace adquirir consistencia al conjunto de la humanidad? Doquiera que yo actúe, ¿sé compartir? ¿Soy un artífice de solidaridad, de comunión? Pues es proyecto de Dios el participar en ese gran movimiento que eleva a la humanidad al Padre, para que "todos sean uno, como nosotros somos uno" (Jn 17, 11).

           Entonces David, con sus gentes, se dirigió a Jerusalén, y se encaró a los jebuseos que habitaban la ciudad. El sueño dorado de la humanidad (y el proyecto de Dios que éste incluye) no se concretiza más que por realizaciones materiales, económicas y psicológicas.

           El sentido político de David le hace comprender que no puede continuar en Hebrón (ciudad del sur), si quiere realizar la unidad de todo el país. Sino que necesita una capital neutra, que no dependa ni del sur ni del norte. Y escoge por ello a Jerusalén, que en aquella época era todavía una ciudad cananea, ocupada por los antiguos jebuseos. Se trataba, además, de una plaza fuerte y difícil de conquistar, y por lo tanto una magnífica capital. El proyecto de Dios progresa por medio de las decisiones humanas inteligentes.

           Los jebuseos dijeron a David: "No entrarás aquí. Los ciegos y los cojos te rechazarán". En efecto, Jerusalén estaba situada sobre una peña inaccesible (la Montaña de Sión), protegida por los barrancos abruptos de los valles del Cedrón y de la Geena. Y era una fortaleza que hasta los ciegos y cojos podrían defenderla, por sus naturales cualidades defensivas. Ayúdanos, Señor, a tomar las mejores decisiones humanas.

Noel Quesson

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           En la historia de David leemos hoy 2 momentos muy importantes: su aceptación por parte de los ancianos del norte y la conquista de Jerusalén.

           A pesar de que habíamos leído que Samuel ya le había ungido desde pequeño (en secreto), las cosas tenían que evolucionar humanamente. David ya era reconocido como rey por las tribus del sur (la de Judá, que era la suya), y poco después va a serlo por las tribus del norte (tras la muerte de Saúl y sus 3 hijos descendientes).

           Las tribus del norte (es decir, el reino de Israel) habían permanecido hasta ahora fieles a los descendientes naturales de Saúl. Y de David sabían su habilidad política y sus buenas cualidades, a la hora de aunar las voluntades de todos los hebreos (eso sí, a través de la intriga y la violencia). Se unen hoy, pues, Judá e Israel, y en adelante permanecerán unidas (hasta la llegada del sucesor de Salomón, en que se volverán a dividir).

           David consigue también hoy otra de sus metas decisivas: la conquista (de nuevo, con habilidad y astucia, sin combatir) de la ciudad de Jerusalén, hasta entonces en poder de los jebuseos. Una Jerusalén a la que convierte en capital de su reino, suplantando así a Hebrón y dotando a su reino de una unidad política que será la base de la prosperidad económica y cultural.

           Como se ve, la historia de la salvación se mueve entre los factores humanos, que el autor sagrado atribuye a la providencia de Dios. En efecto, Dios se sirve de las cualidades y de los defectos, de los éxitos y de los fracasos humanos, para conducir los destinos de su pueblo e ir cumpliendo las etapas de la salvación. El autor del libro II de Samuel interpreta claramente que "el Señor estaba con David".

           La historia de David se repite a muchos niveles y en todos los tiempos. Pues Dios no sigue actuando a base de milagros continuados, sino a través de personas que encarnan sus planes. Nuestros éxitos y debilidades le sirven a Dios para ir escribiendo su historia, la historia de la salvación.

           En nuestra vida personal, tendríamos que saber conjugar nuestros esfuerzos humanos con una mayor confianza en Dios, y con una mayor docilidad a sus planes. Eso nos haría más humildes ante los éxitos, y más preparados a la hora de encajar, sin actitudes trágicas, los fracasos.

           David nos da además otra lección, pues con sus actitudes, y a la hora de tratar a las personas, logró conseguir la unidad. Y eso deberíamos hacer nosotros en nuestros propios ambientes. Ojalá también consiguiéramos la unidad ecuménica entre todos los cristianos, al igual que David consiguió la unificación de su pueblo. Pues sería mucho más eficaz nuestra tarea evangelizadora si "todos son uno, Padre, como tú y yo somos uno". Y eso "para que el mundo crea".

José Aldazábal

b) Mc 3, 22-30

           Los letrados que habían bajado de Jerusalén iban diciendo sobre Jesús: "Tiene dentro a Belcebú". Y también: "Expulsa los demonios con poder del jefe de los demonios" (v.22). Una gravísima acusación dirigida contra Jesús, para desacreditarlo ante el pueblo (a él y a su actividad) y neutralizar así el impacto que haya podido producir su iniciativa de crear un nuevo Israel. Unos letrados (maestros de la ideología oficial), llegados de Jerusalén, empiezan una campaña de difamación, y al descalificar a Jesús, quieren descalificar su obra.

           En cuanto a su persona, tachan a Jesús de endemoniado, al atreverse a declarar caducado el sistema religioso (según ellos establecido por Dios) y rechazar su doctrina (declarando la suya propia). En cuanto a la actividad de Jesús, evidentemente fuera de lo común, afirman que es obra diabólica, o producto de la magia. Para impedir su creciente popularidad, insinúan que Jesús aspira a suplantar la institución tradicional. Y para colmo sostienen que expulsar demonios (que es lo que hace Jesús), está un mal, y que Jesús es un enemigo de Dios (agente del diablo).

           Jesús los convocó, y a través de una serie de analogías, les dijo: "¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?" (v.23). Los letrados que descalifican a Jesús eluden un encuentro cara a cara con Jesús, pero Jesús los convoca, mostrando así su autoridad.

           El argumento de Jesús contra ellos se basa en que su actividad no apoya al poder, y les demuestra lo absurdo de su acusación: Satanás no dará nunca nada al hombre, pues eso sería destruirse a sí mismo. Al rebatirles la acusación, muestra Jesús que son ellos los que están de parte de Satanás, y en contra la libertad del hombre. El fuerte al que se refiere Jesús es la figura satánica de poder, y su casa el ámbito de su dominio. Por eso Jesús pretende sacar al pueblo de ese dominio del mal, pero no a través de la imposición, sino convenciendo.

           Tras lo cual, les concluyó diciendo Jesús: "Os aseguro que todo se perdonará a los hombres, las ofensas y, en particular, los insultos, por muchos que sean. Pero quien insulte al Espíritu Santo no tiene perdón jamás" (vv.28-29). Se trata de una afirmación solemne y grave, que pone el dedo en la mala fe mostrada por los letrados, al atribuir a Satanás la liberación que efectúa el Espíritu de Dios.

           Los letrados conocían bien la historia de Israel, que tuvo principio con la liberación de Egipto y los escritos proféticos (Is 1,17; 58,6; 61,1; Jr 21,11; 22,15; Ez 34,2-4; Sal 72,4.12-14), y en su tradición religiosa tenían sobrados elementos para valorar positivamente la actividad de Jesús. Por eso su ataque no está realmente motivado por convicciones religiosas, sino por razones de poder (pues lo que pretenden es defender su dominio sobre el pueblo).

Juan Mateos

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           El actuar y la enseñanza de Jesús enjuició y desenmascaró la mala forma de obrar de los líderes de su tiempo. La vida transparente de Jesús y la coherencia entre su palabra y su vida puso de manifiesto la hipocresía de los que tenían responsabilidad espiritual en medio del pueblo.

           En efecto, a pesar de la mentira y el complot armado por los escribas, Jesús sigue con su ministerio en medio del pueblo. Y va mucho más allá, instaurando un Reino no sólo donde la vida se encontraba amenazada, sino haciendo él mismo un juicio severísimo contra los líderes espirituales de su tiempo.

           A lo largo de su vida, y en el diálogo cercano con hombres y mujeres, Jesús descubre que ellos (los líderes religiosos) tenían la responsabilidad de ir mostrando al pueblo el camino por donde avanzar. Y que no sólo no han hecho eso, sino que han falseado el camino y lo han llenado de mentiras, engañando al pueblo en el seguimiento del Padre Dios.

           Frente a esta situación de engaño y mentira Jesús lanza una sentencia: "En verdad os digo: cualquier cosa se perdonará a los hombres, todo pecado y toda blasfemia. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, sino que será reo de un pecado eterno". Esta sentencia de Jesús iba dirigida a los líderes de su tiempo, que llamaban demoníaca a la obra de Dios, en vez de ocuparse en la denuncia de las estructuras injustas de su tiempo

           Para nosotros, este relato evangélico tiene mucha vigencia, como todo el evangelio. Porque muchas veces llamamos bien al mal, y no llamamos malo a lo que está mal. Pidámosle a Dios que nos dé la capacidad de discernimiento, para saber escoger el camino correcto y poder comprometernos en el proyecto salvador del Reino, aunque por ello nos persigan. El reino de Dios vale la pena; esa es la gran lección que nos deja hoy Jesús.

Fernando Camacho

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           Al leer el evangelio de hoy, uno no sale de su asombro, o alucina, cuando escucha que "los escribas, llegados de Jerusalén" llegan a Jesús y le dicen que "está poseído por Beelzebul", y que "por el príncipe de los demonios, expulsa a los demonios" (Mc 3, 22).

           Realmente, uno se queda sorprendido de hasta dónde puede llegar la ceguera y la malicia humana, en este caso de los letrados. Porque tienen delante a la Bondad personificada (Jesús, el humilde de corazón), y no quieren enterarse. Y eso que se supone que ellos son los entendidos, los que conocen las cosas de Dios. Y resulta que no sólo no lo reconocen, sino que lo acusan de diabólico.

           Con este panorama, es como para darse media vuelta y decir: "Ahí os quedáis". Pero el Señor sufre con paciencia ese juicio temerario, pues como ya afirmó Juan Pablo II, "Jesucristo es un testimonio insuperable de amor paciente, y de humilde mansedumbre".

           Su condescendencia sin límites lleva a Jesús, desde un principio, a tratar de remover sus corazones, argumentándoles con parábolas condescendientes. Mas al advertir que lo que estaba en juego era su propia salvación, al detectar en ellos rebeldía ante las cosas de Dios, les advierte que dicha ceguera quedará sin perdón (Mc 3, 29). Y no porque Dios no quiera perdonar, sino porque para ser perdonado, uno ha de reconocer su pecado.

           Como anunció el Maestro, es larga la lista de discípulos que también han sufrido la incomprensión cuando obraban con toda la buena intención. No nos extrañe, por tanto, si en nuestro caminar aparecen esas contradicciones. Serán indicio de que vamos por buen camino. Recemos por ese tipo de personas, y pidamos al Señor que nos dé aguante.

Vicent Guinot

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           Si los familiares de Jesús decían ayer que "no estaba en sus cabales", peor es la acusación que recibe hoy Jesús, de parte de los letrados llegados desde Jerusalén: "tiene dentro a Belcebú, y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios". Brillante absurdo, que Jesús tarda apenas un momento en ridiculizar: ¿Cómo puede alguien luchar contra sí mismo? ¿Cómo puede ser uno endemoniado y exorcista a la vez? ¿Cómo puede estar introduciendo demonios, y expulsándolos a la vez?

           Lo que está en juego es la lucha entre el espíritu del mal y el espíritu del bien. Y la victoria de Jesús, arrojando los demonios de los posesos, debe ser interpretada como la señal de que ya ha llegado el que va a triunfar del mal, el Mesías, el que es más fuerte que el Maligno.

           Pero sus enemigos no están dispuestos a reconocerlo. Por eso, merecen el durísimo reproche de Jesús: lo que hacen es blasfemar contra el Espíritu Santo, y eso no tiene perdón. Pecar contra el Espíritu Santo significa negar lo que es evidente, negar la luz, o taparse los ojos para no ver. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Por eso, mientras les dure esta actitud obstinada, y esa ceguera voluntaria, ellos mismos se excluyen del perdón y del reino de Dios.

           Nosotros no somos, ciertamente, los que niegan a Jesús, o le tildan de loco o de fanático, o lo tildamos de aliado del demonio. Al contrario, no sólo creemos en él, sino que le seguimos y vamos celebrando sus sacramentos y meditando su Palabra iluminadora. Nosotros sí sabemos que ha llegado el Reino, y que Jesús es el más fuerte y nos ayuda en nuestra lucha contra el mal.

           Pero también podríamos preguntarnos si, alguna vez, nos obstinamos en no ver todo lo que tendríamos que ver, tanto del evangelio como de los signos de los tiempos que vivimos. No lo haremos por maldad o por ceguera voluntaria, pero sí puede que lo hagamos por pereza, o por un deseo casi instintivo de no comprometernos demasiado, si llegamos a ver todo lo que Cristo nos está diciendo y pidiendo.

           Tampoco estaría mal que nos examináramos por dentro durante un momento, y nos preguntásemos si nos parecemos en algo a esos letrados del evangelio, pues ¿no tenemos una cierta tendencia a juzgar drásticamente a los demás? No llegaremos a creer que ellos están fuera de sus cabales, o poseídos por el demonio, pero sí es posible que los cataloguemos de pobres personas, sin querer apreciar ningún valor en ellos (aunque lo tengan).

           Una última dirección en nuestra acogida de este evangelio. Somos invitados a luchar contra el mal, y en esta lucha a veces vence el Maligno, como en el Génesis sobre Adán y Eva. Pero entonces sonó la promesa de que vendría "el más fuerte". Mientras que ahora ya ha venido (Cristo Jesús), y está con nosotros. A nosotros, sus seguidores, se nos invita a no quedarnos indiferentes y perezosos, sino a resistir y trabajar contra todo mal, que hay en nosotros y en el mundo.

           En la vigilia pascual, cuando renovamos el sacramento del bautismo, hacemos cada año una doble opción: la renuncia al mal y la profesión de fe. Hoy el evangelio nos muestra a Cristo como vencedor del mal, para que durante toda la jornada colaboremos también nosotros con él a exorcizar este mundo, de toda clase de demonios que le puedan tentar.

José Aldazábal

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           Cuando una persona se apasiona por un ideal, no sólo lo lleva a cabo, sino que contagia a los que están a su alrededor. Cristo reunía en torno a sí más gente que los escribas. Y claro, la manera más común entre los envidiosos y egoístas para quitar la atención de la gente de su adversario es la calumnia.

           Esto es lo que hacen los escribas. Temen enfrentarse a Jesús cara a cara y le calumnian. Pero Cristo les da una lección. Primero les dice que su razonamiento está equivocado cuando se refieren a la división interna de un reino. Cristo no pertenece al mismo reino que el diablo. Aquí está su error, y Cristo se lo explica con una parábola.

           Luego les pone en guardia contra el peor pecado que pueda cometer un hombre, que es el negar el Espíritu Santo. Aquel que niegue o rechace al Espíritu Santo es reo de condenación eterna por propia elección. La razón es porque en el amor de Dios es donde nos salvamos y somos perdonados. Porque la misericordia de Dios sobre nosotros depende del infinito amor que nos tiene. Por tanto, si una persona rechaza este Espíritu de Amor (el Espíritu Santo) está rechazando al mismo Dios. En otras palabras, está prefiriendo su condenación.

           Aprendamos hoy a perdonar, para que seamos perdonados en el amor de Dios, en el Espíritu Santo. Perdonemos aquellos que nos ofenden o que no nos agradan tanto. Dios en su infinito amor nos perdona. Imitémosle amando y perdonando de corazón, olvidando las ofensas.

Carlos Llaca

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           Al igual que un reino no puede estar divido, pues sino no subsistiría, así pasa con nuestras vidas. No podemos estar sirviendo a 2 reinos al mismo tiempo. No podemos tener nuestro corazón en Jesús y nuestras mentes, nuestros cuerpos en el mundo. Si así vivimos, estaremos como dice San Pablo en una de sus cartas, "dejando de hacer el bien que queremos y haciendo el mal que no queremos".

           Necesitamos del Espíritu Santo en nuestras vidas para que nos dé esa unidad de cuerpo, mente y alma en Cristo Jesús. Pero para ello necesitamos creer que el Espíritu Santo puede traer esa unión a nuestras vidas. Si lo creemos, cualquier pecado que hayamos cometido se nos perdonará. Pero, sino lo hacemos, tal y como dice Jesús, si renegamos del poder del Espíritu Santo en nuestras vidas, eso no se nos perdonará jamás.  Cargaremos con las consecuencias del pecado por el resto de nuestras vidas.

           Señor, hoy te pido que se haga presente tu Espíritu en mí. Úngeme espíritu de Dios, transfórmame para poder adorar a nuestro Dios con toda mi mente, con todo mi cuerpo y con todo mi corazón.

Miosotis Nolasco

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           "Hijo del demonio" era la expresión que se oía decir antaño en algún pueblo de Castilla la Vieja. Se profería contra quien tenía comportamientos no avenidos a las sanas costumbres del lugar. Y aun hoy día, cuando se quiere enfatizar el proceder torticero de alguna persona o sus aviesas intenciones, suele decirse: ¡es de la piel del diablo!

           Algo parecido se decía de Jesús: "¡Tiene dentro a Belcebú, tiene un espíritu inmundo!". Más no se podía decir, pues el propósito era identificarlo justamente por lo contrario de lo que él era: el Hijo de Dios hecho hombre, el Hijo del Altísimo, la santidad personificada. Y le llaman demonio, hijo de un demonio y poseído por el demonio.

           Tamaña osadía en el empleo del insulto resultaba imperdonable. Y así lo afirma el texto del evangelio (Mc 3, 29). No tiene perdón (matiza el texto) porque es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

           Sin embargo, sigue resultándonos misterioso el pasaje evangélico en cuestión, pues ¿por qué no puede perdonarse? Sobre todo si Dios lo perdona todo. En cualquier caso, los insultos dirigidos contra el Espíritu Santo son imperdonables.

           En fin, no estará de sobra hacer una llamada a la continencia verbal, a la moderación en el uso de nuestras palabras, al comedimiento en los modos y maneras de relacionarnos con nuestros semejantes (hijos todos de Dios que somos, que no del diablo), hoy que eso de zaherir a los demás está de moda en tantos mentideros.

José San Román

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           Los principales enemigos del proyecto de Jesús eran los dirigentes del pueblo, pues para ellos Jesús se constituye en una amenaza, al revolucionar el sistema social existente. Y es que Jesús relativiza todo aquello que era fuente de la economía y del poder, y sostiene el valor supremo de la dignidad humana. Así como relativiza todo lo relativo a las mediaciones religiosas (limosna, ayuno, sacrificios...), y pide un verdadero culto interior, de misericordia y humildad.

           Por eso, sus enemigos y los dirigentes buscan desacreditarlo ante el pueblo, mediante la estrategia de satanizar a Jesús. Satanizar a alguien significaba hacerlo igual a Satanás, y eso es lo que intentaron los dirigentes con Jesús: demostrar que su proyecto era perverso, y que (por tanto) su doctrina debía ser desacreditada. De ahí que aludiesen a que los milagros de Jesús eran artilugios satánicos (logrados por conexión con Beelzebú), y que por ello mereciese ser enjuiciado, y ser condenado a muerte de paso.

           Satanizar a Jesús, significaba (de hecho) llamar malo a lo bueno, llamar bueno a lo malo y volver las cosas del revés. Y siendo Jesús la oferta suprema de Dios a los hombres, eso significaba pulverizar todo concepto objetivo de Dios, del bien y de todos sus resortes (la justicia, la verdad, la integridad...). Significaba dejar al pueblo sin salidas ni alternativas, confundido entre lo que es bueno y es malo, sin conciencia limpia y obligado a seguir el dictado de la ley.

           Por eso, Jesús reaccionó de una forma tan radical, calificando de pervertidos a sus calumniadores y declarando que "jamás sería posible" perdonar un pecado de ese grado de perversión. Pues la persona humana ya no sería capaz de identificar el bien ni condenar el mal, al tener confundidos todos sus valores. Es el pecado de llamar santo a lo perverso, y llamar perverso a lo santo.

           Efectivamente, los intereses personales de los dirigentes pueden llegar a pervertir la conciencia de sus dirigidos, e incluso siempre intentarán hacerlo. Y cuando la conciencia se pervierte, el poder del mal se multiplica, y se hace casi imparable. Y cuando la conciencia pervertida es la de los dirigentes, éstos pueden llevar al pueblo a las mayores atrocidades de la historia.

Confederación Internacional Claretiana

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           El evangelio de hoy nos habla sobre el "pecado contra el Espíritu Santo", del que se dice que no se perdonará ni en esta vida ni en la otra. Un pecado que a veces confundimos con alguno de los tipos de blasfemia, y que no tiene nada que ver. Pues, en el evangelio, el concepto de ese pecado está claro: atribuir al diablo lo que es acción de Dios.

           Jesús libera al ser humano del poder del demonio, y ése es uno de lo signos más privilegiados de la acción de Dios. Y decir que eso es demoníaco, insinuando así que Dios es malo, es una auténtica blasfemia contra lo más sagrado, que es el Espíritu Santo de Dios. Decir que dicho pecado "no será perdonado, ni en esta vida ni en la otra" no es una forma hiperbólica de hablar, sino que es preservar la integridad y limpieza del más exquisito de los atributos de Dios: que es bueno.

Servicio Bíblico Latinoamericano