Comentario del 9 enero

Mc 6, 45-52
9 de enero de 2019

            Tras el milagro de la multiplicación de los panes o tras haber calmado el hambre de una multitud con unos cuantos panes, nos refiere el evangelista que Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la otra orilla, la de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Al parecer, lo que quería es quedarse solo, porque, después de despedir a la gente, se retiró al monte a orar. La indicación evangélica es elocuente. Jesús se encontraba a gusto entre las multitudes, porque les veía necesitados de guía, como ovejas sin pastor; pero también necesitaba de espacios de soledad para la oración y el encuentro con su Padre, Dios. Se sentía realmente hijo, el Hijo amado, y tenía que estar con su Padre: no sólo en las cosas de su Padre, sino también con Él y a solas, sin interferencias, en la intimidad de la relación filial. Así le veremos en otros momentos, a veces guardándose de las miradas ajenas, como el el huerto de Getsemaní, a veces expresando sin pudor alguno sus sentimientos de gratitud hacia el que ha ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, revelándoselas a la gente sencilla. Le vemos, pues, hablar del Padre tanto como hablar con el Padre. Podía hablar de Él con conocimiento de causa porque hablaba constantemente con Él.

            Pero el que vivía en la presencia permanente de Dios Padre necesitaba no obstante retirarse a orar. Y ello le exigía apartarse momentáneamente de sus acompañantes, despedirles, quedarse a solas. La oración es un encuentro de amor, y reclama intimidad, ausencia de testigos, confidencialidad. Después ya habrá ocasión para volver al trabajo, a las relaciones humanas, a la actividad ordinaria con renovadas energías. Porque Jesús no abandona por eso a sus discípulos que se encuentran en dificultad. Llegada la noche, y viendo Jesús el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vela de la noche, va hacia ellos andando sobre el lago. Ellos se sobresaltaron, pero él les tranquilizó con estas palabras: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Entró con ellos en la barca y amainó el viento. Ellos seguían presos del estupor, sin poder explicarse lo sucedido.

            La escena, como sacada de un relato de ficción, es sumamente instructiva. Los discípulos, expertos marineros, se ven enfrentados a una tormenta que les hace zozobrar. Luchan con todas sus fuerzas contra el viento y las olas y se ven impotentes para doblegarlas. Perciben la presencia fantasmagórica del Maestro que camina sobre el agua sin que las olas le incomoden. Se sobresaltan porque no encuentran explicación al suceso. Por fin oyen palabras tranquilizadoras que les devuelven la calma. Y cesa la tempestad.

            La percepción de la presencia poderosa del Señor, puede ahorrarnos muchos temores. Es como sentir que estamos en buenas manos. Y no es que no tengamos que poner todas nuestras energías para superar la dificultad o enfrentar el peligro, aunque en la naturaleza hay fuerzas ocultas que, desatadas, no podríamos de ningún modo contener, enfrentar o resistir, pero eso cabe hacerlo con la convicción de que estamos en manos de Dios que tiene el poder sobre todo poder, el poder de salvar y el de dejar perecer, el poder de destruir y el de rescatar. ¿Por qué no tener miedo estando él? Porque él tiene el poder sobre el oleaje, porque tiene en su mano la capacidad de resolver el problema. Y si no lo resuelve en un sentido, porque no calma la tempestad, lo resolverá en otro, porque nos permitirá transitar por la muerte sin soltarnos de la mano. En cualquier caso, podremos afrontar la dificultad con serenidad y confianza. El miedo, en cambio, suele dejarnos sin la respuesta adecuada, porque o bien nos paraliza, o bien nos lanza en la dirección incorrecta.

            Sólo si percibimos en nuestra vida la compañía del Señor, cultivada en la oración, podremos escuchar en nuestro interior las tranquilizadoras palabras que oyeron sus discípulos: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo. Y nuestros miedos se desvanecerán aunque perdure la tempestad o tarde en llegar la calma.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 09/01/19     @tiempo de navidad         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A