Comentario del 8 enero

Mc 6, 34-44
8 de enero de 2019

            La multiplicación de los panes es uno de esos hechos narrados por el Evangelio que san Ignacio de Loyola considera "misterios" de la vida de Jesús dignos de ser contemplados. Pudiera llamarse misterio por lo que tiene de inexplicable, pero también y sobre todo por formar parte de la vida de Jesús, que es vida (humana) del Hijo de Dios hecho hombre. En las acciones de este hombre está actuando la persona divina del Hijo, y eso ya es un misterio. Que una persona divina esté actuando en nuestro mundo y tiempo con manos, con boca, con palabras, con gestos y con materiales humanos, ya es un misterio: el misterio de la encarnación del Verbo, que está presente en todas las actuaciones del Encarnado. En él no podemos ver a un simple hombre, sino al Hijo de Dios en esa condición humana, terrena, temporal, limitada por el espacio y el tiempo, pero superando límites, liberando de ciertas cadenas: enfermedades, poder del demonio, pecado, hambre, muerte. Si Cristo ya es un misterio en sí mismo, cualquier cosa que haga en cuanto tal podrá ser calificada de mistérica: en ella se estará revelando o reflejando lo que él es (Dios en carne humana), esto es, su poder, su bondad, su intencionalidad, su designio.

            Pues vayamos con el hecho y misterio de la multiplicación de los panes y los peces tal como nos viene narrado en el evangelio de san Marcos. Tras una experiencia o ensayo misionero, los apóstoles vuelven a reunirse con Jesús, compartiendo con él anécdotas y enseñanzas. Éste les invita a buscar un lugar apartado del tráfico humano para descansar un poco. Con este propósito toman la barca en busca de un lugar desierto. Pero sucede lo que no entraba en sus planes. Muchos les vieron marcharse y los reconocieron, de modo que, acudiendo por tierra a su lugar de desplazamiento, se les adelantaron. Y he aquí que al desembarcar se encuentran de nuevo con la multitud hambrienta o sedienta o mendiga de pan, o de consuelo, o de salud, o de vida. Y Jesús, que deseaba descansar con sus discípulos cambió de planes movido por la compasión hacia aquellos que veía como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles.

            Esta respuesta nos muestra a una multitud más hambrienta de palabra o de enseñanza que de pan. Pero no sólo de palabra vive el hombre; también vive de pan. Resultó que se hizo tarde –recuerda el testimonio apostólico- y que estaban en descampado. Para conseguir comida había que desplazarse a los cortijos y aldeas más cercanos. Y esto es lo que sugieren sus discípulos a Jesús: Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer. Es una sugerencia razonable. La hora y las circunstancias aconsejan esta despedida y puesta en marcha. Pero Jesús, extrañamente les sugiere otra cosa: Dadles vosotros de comer.

            El mandato les desconcierta: ¿Con qué comida podían alimentar medianamente a tanta gente? Serían necesarios al menos doscientos denarios de pan. Y nadie disponía de esta cantidad. Jesús les pregunta por su despensa; su disposición ya la conoce. No tienen a mano más que cinco panes y dos peces, bien poca cosa para las miles de personas que se congregan en torno suyo. Jesús manda que se recuesten sobre la hierba y en grupos. Es una manera de organizar la distribución. Jesús ya empieza a ejecutar su plan sin haber hecho del todo partícipes a sus apóstoles y colaboradores del mismo.

            La gente se acomoda en grupos de cien y de cincuenta, y él toma, solemnizando el momento, los cinco panes y los dos peces que le habían proporcionado, y alzando la mirada al cielo, como en un acto cúltico de acción de gracias, pronunció una bendición, los partió en pedazos y se los iba dando a los discípulos para que estos, a modo de camareros o diáconos, se los sirvieran a la gente. Y hubo comida para todos: todos comieron y se saciaron. De tal manera se saciaron que hubo sobras (doce cestos de pan y de peces). San Juan, en su relato, nos dice que la gente, al ver el signo que había hecho, decía: Este es verdaderamente el profeta que tenía que venir al mundo y querían llevárselo para proclamarlo rey. Pero él se retiró solo a la montaña evitando esta pública proclamación mesiánica. Los demás evangelistas se limitan a reseñar el hecho que sin duda hubo de provocar la reacción que describe san Juan. No es extraño que, tras este hecho, al que tenían por guía y maestro, quisieran tenerlo también por regente y administrador de sus bienes, quisieran tenerlo por rey.

            Aunque nosotros no podemos ponernos en el lugar de Jesús, algo que resultaría presuntuoso y temerario de nuestra parte, ni disponemos del poder divino de crear o multiplicar la materia, sí disponemos del poder que nos otorga el mismo Dios en virtud de la fe: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esta morera: arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería; o también: Si tuvierais fe, haríais incluso obras mayores que yo.

            Según estas expresiones, la fe da mucho poder: el poder de hacer milagros, el poder de renunciar a todos los bienes, el poder de dar la vida en vemos en tantos santos y mártires. Es el poder de Jesús que pasa a sus ungidos y ministros: el poder de perdonar pecados, el poder de transformar el pan ordinario en el cuerpo de Cristo, el poder de alimentar distribuyendo la palabra de Dios o el pan de la eucaristía. Es un poder realmente extraordinario: una participación en el poder de Jesucristo. Pero sin pretender disponer de este poder, que no debe usarse nunca en provecho propio, sí podemos compadecernos de los hambrientos de este mundo.

            La compasión o capacidad para compadecer con nuestros semejantes es universal: una capacidad común a todo hombre. Pero nuestra compasión debe estar regida por el Espíritu de Cristo, esto es, por la caridad y la rectitud, es decir, por el recto amor al prójimo. Nuestra compasión, por ejemplo, no nos debe hacer cómplices del pecado de los demás. Pero el movimiento de la compasión puede verse muchas veces paralizado por nuestros miedos, con frecuencia disfrazados de prudencia, nuestras comodidades y nuestras cobardías; sobre todo, nuestros miedos a perder lo que tenemos, o a vernos enredados en asuntos poco gratos, o a contraer algún tipo de contagio maligno, o simplemente al decir de las personas decentes.

            Es verdad que siempre hemos de actuar con prudencia, pero hay situaciones o emergencias en que la presunta prudencia puede acabar impidiendo nuestro obrar compasivo. Por "prudencia" Jesús se hubiera mantenido tal vez alejado de leprosos y pecadores; pero no lo hizo. Por "prudencia" no se hubiese dejado enredar en disputas con letrados y fariseos; por "prudencia" no debería haberse dejado tocar por ciertas mujeres de mala vida; por "prudencia" no tendría que haber permitido a sus discípulos arrancar espigas en sábado; por "prudencia" no debería haber venido a este mundo en el que antes había entrado el pecado y la muerte. Y san Damián, el apóstol de los leprosos, cometía una imprudencia al acercarse a estos enfermos para curar sus llagas. Son muchas las "imprudencias" cometidas por los santos en sus acercamientos a los indigentes y en sus penitencias y ayunos, sobre todo vistos desde la atalaya de la comodidad y de la pura racionalidad. También los mártires cometieron la "imprudencia" de declararse o delatarse como cristianos. Pero hoy les reconocemos testigos privilegiados de la fe.

            Si nos ponemos en el lugar de los apóstoles, haciendo las veces de intermediarios entre Jesús y la multitud, le oiremos dirigirse a nosotros para decirnos: Dadles vosotros de comer; puesto que sabéis de la necesidad de estas personas, remediad vosotros esta necesidad. No os limitéis a sentir lástima de ellos; poned remedio a su situación lastimosa, proporcionándoles el pan que necesitan. Podríamos, quizá, responder como ellos: "no tenemos más que cinco panes y dos peces, pero ¿qué es eso para tantos?"

            Dios, sin embargo, podría replicarnos lo mismo que Jesús: "traedme esos panes"; traedme lo que tengáis y veremos lo que se puede hacer. Y hace el milagro. Multiplica nuestros escasos recursos y con ellos logra saciar a la multitud. Dios obra el milagro, pero no sin nuestra aportación. Dios reclama la colaboración humana, y la reclama para todo: para el cultivo de la tierra, para la generación de nuevas vidas, para la confección de nuevas tecnologías, para la educación de los niños, para la evangelización, para el acrecentamiento de la caridad, para el combate contra el mal, para el restablecimiento de la justicia, para otorgar el perdón y para dar la vida eterna. Y cuando le entregamos lo poco que tenemos, lo multiplica, provocando nuestro asombro al comprobar el resultado obtenido. Pero ¿estamos dispuestos a entregarle ese poco, en el que solemos poner muchas veces nuestra seguridad?

            Y si nos ponemos, finalmente, en el lugar de la multitud hambrienta, cabe preguntarse: ¿Nos sentimos realmente hambrientos de la palabra de Dios, hambrientos hasta el punto de acudir allí donde nos van a proporcionar ese alimento, aunque ello cueste desplazamientos, incomodidades, dinero, etc.? Porque no hemos dejado de ser ovejas necesitadas de pastor. Y si experimentamos la necesidad de saciarnos de este pan, ¿lo buscamos a diario? ¿Leemos con detención todos los días las lecturas que escuchamos en la misa? ¿Nos preocupamos de entenderlas? ¿Recurrimos a algún comentario o explicación? ¿Buscamos una misa con homilía incorporada? ¿Procuramos hallar claridad en los textos oscuros o difíciles? ¿Tenemos verdadero deseo de conocer el pensamiento de Jesús sobre el hombre, la vida, la muerte, la Iglesia, su seguimiento, nuestro destino? ¿Nos preguntamos qué espera él de nosotros? ¿Tenemos verdadero interés por conocerle más y mejor, porque el conocimiento de una persona amable incrementa el amor?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 08/01/19     @tiempo de navidad         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A