Comentario del 7 enero

Mt 4, 12-17
7 de enero de 2019

            El evangelista nos informa de que al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan el Bautista se retiró a Galilea, una región menos expuesta al control de las autoridades judías y romanas. A Jesús podían relacionarle fácilmente con el Bautista y hacer que corriera la misma suerte, frustrando la misión desde sus comienzos. Lo cierto es que el cese de la actividad del Bautista coincide con los inicios de la actividad pública de Jesús. Una vez que Juan, el precursor, ha cumplido su tarea, deja paso a aquel sobre el que había visto descender el Espíritu, a Jesús, el Mesías.

            Jesús se retira a Galilea, pero no se establece en Nazaret, sino en Cafarnaúm, ciudad marinera y sinagogal, quizá un mejor escenario para su actividad misionera. Pero el evangelista ve en esta decisión el cumplimiento de una profecía; pues Isaías había dicho: «País de Zabulón y país de Neftalí  (territorio en el que se encontraba Cafarnaúm), camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombra de muerte una luz les brilló». Galilea, tierra de gentiles y, por tanto, región en la que se concentraban las tinieblas del paganismo, sería la primera en percibir esa gran luz que comenzó a brillar con la predicación y las acciones milagrosas de Jesús.

            Se trata de la luz del Evangelio, esta Buena Noticia que venía a ser como un impresionante foco de luz para los habitantes de aquellas tierras. Porque la Buena Noticia se ofrecía no sólo en forma de palabras cargadas de una enorme fuerza y novedad, sino también en forma de acciones extraordinarias capaces de curar todo tipo de enfermedades y dolencias. Las curaciones se sumaban a las palabras y todo ello constituía la presencia inusitada de un novum de irresistible atractivo. Jesús se convirtió al instante en foco de atención, en centro de miradas, en luz brillante que no dejaba indiferente a nadie.

            Había un tema monográfico, aunque con múltiples derivaciones y matices, en su predicación: el Reino de los cielos, una realidad personal y colectiva, abarcante y absorbente, celeste (de los cielos) y terrestre (en la tierra), de Dios y de los hombres, una realidad que llegaba con él y que reclamaba conversión, esto es, atención, seguimiento, concentración, aprecio, exclusión (de lo que no es Reino). Jesús decía: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Estaba tan cerca que podían tocarlo, y beneficiarse de él, y dejarse sembrar o fermentar por él, y conformar una comunidad en él, y empezar a vivir bajo su ley (el amor) y a respirar en su atmósfera. Para todo ello se requería conversión, aceptación de la Buena Noticia, sometimiento a la nueva Ley, renuncia al anterior modo de vida; y siempre con el apoyo del Espíritu del Sembrador e Instaurador de ese Reino, Cristo Jesús.

            Éste recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Las primeras sedes de su enseñanza fueron las sinagogas o lugares habituales de reunión de los judíos en torno a la Palabra de Dios tal como había quedado plasmada en las Escrituras. Ahí es donde Jesús comenzó proclamando su Evangelio, porque semejante noticia no era ajena a las Escrituras -donde comparecían textos proféticos como los de Isaías- proclamadas en las sinagogas; al contrario, eran su cumplimiento. Así lo ve el mismo Jesús: Hoy se cumple esta escritura (de Isaías) que acabáis de oír (dicho en la sinagoga de Nazaret). Pero Jesús no se limitaba a hablar, en diferentes maneras, del Reino; curaba también muchas de las enfermedades y dolencias de las que adolecía el pueblo. Y fue probablemente esto lo que le granjeó una fama que rebasó las fronteras de su país, extendiéndose por toda Siria. Por eso no es extraño que le trajeran enfermos de todas partes y de todo pelaje, poseídos, lunáticos, paralíticos, y le siguieran casi compulsivamente multitudes venidas de diferentes lugares: Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea, Transjordania.

            Esta acumulación de miradas sólo es posible allí donde brilla una luz grande. Y Jesús fue, como había profetizado Isaías, una gran luz para los moradores de aquellas tierras donde inició su actividad misionera. ¿Por qué no lo es para nosotros hoy? ¿Por qué no vemos ni oímos lo que aquellos vieron y oyeron? ¿Por qué no vivimos en el escenario de aquellos acontecimientos? ¿Por qué el paso del tiempo ha debilitado en nuestra memoria histórica la fuerza de los hechos? ¿Por qué desconfiamos del testimonio de aquellos testigos presenciales o de los redactores de los hechos? ¿Por qué nosotros no somos tan ingenuos como los contemporáneos de Jesús? ¿Por qué nosotros somos hijos de la "filosofía de la sospecha"? Sea por lo que fuere, lo cierto es que podemos quedarnos en "tierra de sombra y de muerte" por resistirnos a dejarnos alumbrar por esta luz que desplegó su fulgor en la "Galilea de los gentiles".

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 07/01/19     @tiempo de navidad         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A