Semana XXV Ordinaria

Espíritu Santo procedente

Equipo de Teología
Mercabá, 20 septiembre 2021

           Cuando nos referimos al Espíritu Santo, no partimos de un hombre histórico como en el caso de Jesús, sino de un nombre que aparece repetidas veces en la Sagrada Escritura, de forma misteriosa.

           El Espíritu Santo, ya presente en la lenta pedagogía de la Ley, en la oración de los Salmos y en las visiones y oráculos de los profetas, es el mismo que desciende sobre María y la cubre con su sombra para que conciba al Salvador. La encarnación del Verbo es, pues, obra del Espíritu (Mt 1,20). Desde entonces, su papel consistirá en manifestar plenamente la filiación divina en la humanidad de Jesús. El Bautismo de éste en el Jordán constituye uno de los hitos de la revelación del Espíritu que procede del Padre y reposa sobre el Hijo, confirmando el testimonio paterno.

           El ministerio público del Mesías se presenta profundamente marcado por el Espíritu, y se deja penetrar profundamente por él. Él es quien lo empuja al desierto (Mc 1,12) y le hace salir airoso de la tentación, manteniéndole en permanente actitud de obediencia al Padre (Jn 4,34). Ungido por el Espíritu, Jesús anuncia la buena nueva a los pobres, obra prodigios, cura a los enfermos, resucita a los muertos, arroja a los demonios... La oración Abbá Padre de Jesús brota del Espíritu que habita en él. Como los verdaderos adoradores, él adora al Padre en Espíritu y en verdad (Jn 4,23). Y si ora en el Espíritu”, es porque está en el Espíritu, es Espíritu y obra con su fuerza. Será ese mismo Espíritu el que inspire nuestra oración cristiana y nos permita dirigirnos a Dios como Abbá, Padre (Rm 8,15; Gal 4,6).

           Por último, Jesús se consagra al Padre en el Espíritu (Jn 17,19), se ofrece al Espíritu como víctima inocente (Heb 9,14), y en el instante supremo de la muerte pone al Espíritu en las manos del Padre (Lc 23,46; Jn 19,30). En respuesta a su perfecta donación, el Padre le resucita de entre los muertos, le devuelve el Espíritu y le entroniza a su derecha (Hch 2,32).

           No obstante, y como iremos viendo a continuación, el cardo quaestionis sobre el Espíritu Santo no radica en las cuestiones acerca de su divinidad, sino en que tenga una personalidad distinta a la del Padre y a la del Hijo. Veamos, pues, los textos y datos de la Escritura, y descubramos cómo ésta nunca niega esa personalidad, y sí que muchas veces la afirma con sus actuaciones personales. Incluso veremos cómo no es infrecuente que la Escritura le aplique una propia figura gramatical, equiparada y contrapuesta a otras personas, distinguida e incluso encarada al Padre y al Hijo.

a) Personalidad del Espíritu Santo

           El sustantivo espíritu (femenino ruah, en hebreo; neutro pneuma, en griego) es descrito en la Escritura como fuerza inmaterial o viento (Ex 10,19), estado anímico o aliento (1Sam 16,15-16; 18,10-11), símbolo de vida o vitalidad (Gn 7,15.22; 45,27), ser inmaterial o alma (Jb 7,11; Gn 41,8; Lc 1,47; 5) y persona divina espiritual (Mc 1,23-26; Lc 24,39).

           Por tanto, por Espíritu Santo, de Dios o de Cristo, se designa en la Sagrada Escritura:

            Una fuerza vital, que tiene origen en un ser vivo, Dios. Así, es descrito como la fuerza del Altísimo (Lc 1,35; cf. 4,14; 24,49; Heb 1,4-8; Rm 15,13.19) y como una fuerza divinizadora que produce el ser y el actuar de hijo de Dios”, en Cristo (Lc 1,35; Mc 1,10; Rm 1,4) y en nosotros (Jn 3,5-7; Gal 4,6; Rm 8,11-15). En todos estos textos se alude al Espíritu como una dynamis (fuerza) de índole divina (Is 31,3; 1Cor 3,3-4; Jer 10,10-14). Muchos de ellos van sin artículo y en ablativo instrumental, regido por verbos como dar y llenar (Hch 6,3.5.8[1]; 10,38).

            Una persona. Hay, sin embargo, otros muchos textos en los que el Pneuma o Espíritu adquiere una configuración mucho más personal. En ellos, el Espíritu Santo se presenta como un ser vivo capaz de acciones personales. En algunos casos no es fácil precisar si el Espíritu al que se hace referencia es una fuerza o una persona, o ambas cosas a la vez. Un mismo pasaje puede incluso proponer sucesivamente una y otra acepción (Hch 2,4[2]; Hch 11,12-16[3]; Hch 13,2.4.9[4]).

           Pero no faltan testimonios que confirman la personalidad del Espíritu. Pues el Espíritu Santo es uno y distinto” de nuestros espíritus (1Cor 12,4. 8.13[5]; Rm 8,16.26), así como sujeto de acciones personales; un Espíritu que responde (Lc 2,26), predice (Hch 1,16) y empuja a Cristo al desierto (Mt 4,1); un Espíritu al que se le contrista (Ef 4,20), ofende (Mc 3,29-30) y se le quiere engañar (Hch 5,3); un Espíritu aludido con los pronombres personales yo y para (Hch 10,20[8]; Hch 13,2), de género neutro (Jn 16,13[6]; Jn 15,26[7]) y equiparado y relacionado con diversas personas (Lc 2,26-27[9]; Hch 5,32; Rm 8,16[10]).

c) Divinidad del Espíritu Santo

           En cuanto persona, el Espíritu Santo es distinto del Padre y del Hijo.

           Es distinto del Padre porque Cristo se refiere a él como enviado por él (Jn 14,26[11]; Gal 4,6) y porque clama a él (Rm 8,26[12]) como Paráclito defensor (Jn 14,16.26; 15,26), en una gran dinámica entre Padre y Espíritu.

           Es distinto del Hijo porque es enviado por él (Lc 24,49[13]; Jn 16,7[14]; Hch 2,33), respecto de él es otro Paráclito (Jn 14,16), es contrapuesto al Hijo del Hombre en el pasaje de la doble blasfemia (Mt 12,32[15]) y se presenta diferente de Jesús en la escena del Bautismo (Mc 1,10-12).

           Pero a esta distinción entre Cristo y el Espíritu parecen oponerse algunos textos, tales como:

           -2 Cor 3,17, en que se dice queel Señor es el Espíritu, afirmando la identidad entre el Señor (Jesús) y el Espíritu Santo. Sin embargo, aquí el término pneuma no parece designar a la 3ª persona de la Trinidad, sino a Cristo como fuerza reveladora clave de la Sagrada Escritura. Para Gunkel, san Pablo identifica aquí al Espíritu con el Señor resucitado. Según Hermann, a lo sumo hay una identidad del Espíritu con el Cristo que opera en la comunidad eclesial. A juicio de McNamara, el Señor al que aquí se alude no es sino el Dios de Israel. Pablo dependería aquí no sólo de la Midrash de Ex 34,29-35, sino también del Targum de Nm 7,89, en el sentido de que Cristo tenía la función de revelar la voluntad (o el espíritu) de Dios en la Escritura;

           -1 Cor 15,45, en que se dice que Jesús es espíritu vivificante. Se acentúa aquí, pues, una misma actividad y un mismo estado. Con todo, la común actividad que les caracteriza a ambos, no elimina aquí sus rasgos propios y diferenciantes. Por ejemplo, la intercesión del Espíritu es inenarrable” y no humanada como la de Cristo; el verbo bautizar rige al Espíritu en ablativo instrumental (con la partícula en) y a Cristo en acusativo de dirección (con la partícula ei), indicando injertarse (Gal 3,27-28; Hch 1,5; 11,16); y sólo de Cristo (nunca del Espíritu) se habla de conformarse a su imagen (Rm 8,29), ser coherederos (Rm 8,17) y todo lo que se refiere a él con la partícula sun (= con);

           En algunos otros escritos del NT se representa al Espíritu y al Jesús postpascual con rasgos idénticos, sobre todo en las cartas de san Pablo. Así, tendríamos que ambos interceden como abogados (Rm 8,26.34[16]), ambos habitan en nosotros y nosotros en ellos (Rm 6,11[17]; Rm 8,9-11[18]; Rm 12,5; 14,17), nos bautizamos en ambos (Rm 6,3-4[19]; 1Cor 12,13[20]), nos revestimos de ambos (Gal 3,27[21]; Lc 24,49[22]) y participamos de uno y otro (Heb 3,14[23]; Heb 6,4[24]).

c) Procedencia del Espíritu Santo

           El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Así lo insinúa el término pneuma (= aliento) con que se designa al Espíritu Santo, siempre descrito con el genitivo doble de Dios (o del Padre) y del Hijo (o de Jesús). A su vez, el verbo proceder es reforzado en todos los textos con la fórmula del interior de (Jn 15,26; Ap 22,1; 1Cor 2,12; Jn 16,14.15).

           Así, pues, tenemos que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo:

            En unidad vital, pues los verbos oír o ver aluden en Juan a la procedencia óntica” que conserva la comunión con su origen, tanto en la relación filial entre Jesús y Dios (Jn 7,16-18; 8,26-29) como en la relación del Espíritu con el Padre y Jesús (Jn 16,13-15[25]);

           De manera única, pues el Espíritu Santo es uno y el mismo” en sus distintas manifestaciones y en cada uno de nosotros (1Cor 12,4.8-13). De hecho, Cristo lo posee en plenitud septiforme” (Jn 3,34), y a nosotros se nos ha dado como participado (Heb 2,4; 1Jn 4,13);

           De manera total y perfecta, pues él es el único que conoce perfectamente al Padre (1Cor 2,10-11[26]) y a Jesucristo. Así, tendríamos que el Espíritu Santo creó todas las cosas junto al Padre (Gn 1,2), fue el autor de la Escritura (Hch 1,16), dirige la historia de la salvación (Hch 7,51), juzga (Jn 16,8) y opera la santificación (1Cor 12,6-11);

           Como Dios, pues aunque nunca se le llama directamente Dios, siempre está asociado a la intimidad más sagrada de Dios, como algo propio del Padre y del Hijo. Así, tendríamos que la Escritura se refiere a él como Señor y Revelador (Lc 2,26[27]), tanto en el interior del cristiano (1Cor 6,19-20[28]) como en la jerarquía de la Iglesia (Hch 5,3-4[29]).

 Act: 20/09/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A 

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[1] Llenos de espíritu y de sabiduría, lleno de fe y de Espíritu santo, lleno de gracia y de poder (cf. Hch 6,3.5.8).

[2] Se llenaron todos de Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas diferentes, según que el Espíritu Santo les movía a expresarse (cf. Hch 2,4).

[3] Díjome el Espíritu que fuese con ellos. Al comenzar yo a hablar cayó sobre ellos el Espíritu Santo. Y recordé el dicho del Señor... mas vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo. Si, pues, Dios otorgó el mismo don a ellos que a nosotros (cf. Hch 11,12-16).

[4] Estando ellos celebrando el oficio en honor del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo... Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia... Mas Saulo, esto es, Pablo, lleno del Espíritu Santo (cf. Hch 13,2.4.9).

[5] Hay distintos carismas, pero un mismo Espíritu. Porque a uno se le da lenguaje de sabiduría por el Espíritu, a otro lenguaje de ciencia según el mismo Espíritu... Porque en un mismo Espíritu todos nosotros fuimos bautizados (cf. 1Cor 12,4. 8.13).

[6] Cuando viniere él, el Espíritu de la verdad, él... (cf. Jn 16,13).

[7] Cuando viniere el Paráclito, que yo os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, él dará testimonio de mí (cf. Jn 15,26).

[8] Díjole el Espíritu: levántate, baja y marcha con ellos, pues yo los he enviado (cf. Hch 10,20).

[9] Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Ungido del Señor (cf. Lc 2,26-27).

[10] El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8,16).

[11] El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, él os lo enseñará todo (cf. Jn 14,26).

[12] El Espíritu mismo interviene en favor nuestro con gemidos inefables (cf. Rm 8,26).

[13] He aquí que yo envío la Promesa de mi Padre sobre vosotros (cf. Lc 24,49).

[14] Os conviene que yo me vaya; porque, si no me fuere, no vendrá a vosotros el Paráclito, mas si me fuere, os lo enviaré (cf. Jn 16,7).

[15] El que blasfemare contra el Hijo del hombre, se le perdonará; mas quien blasfemare contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero (cf. Mt 12,32).

[16] El mismo Espíritu intercede  por nosotros con gemidos inefables. ¿Quién será el que os condene? (cf. Rm 8,26).

[17] Estáis vivos para Dios en Cristo Jesús (cf. Rm 6,11).

[18] Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Que si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de él. Y si Cristo está en vosotros... Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros (cf. Rm 8,9-11).

[19] ¿Es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, en su muerte fuimos bautizados? Consepultados, pues, fuimos en él por el bautismo (cf. Rm 6,3-4).

[20] Todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu (cf. 1Cor 12,13).

[21] De Cristo fuisteis revestidos (cf. Gal 3,27).

[22] Seréis revestidos de la Fuerza de lo alto (cf. Lc 24,49).

[23] Hemos sido hechos partícipes de Cristo (cf. Heb 3,14).

[24] A los que fueron iluminados una vez, y gustaron el don celeste, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo (cf. Heb 6,4).

[25] Cuando viniere él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo dará a conocer (cf. Jn 16,13-15).

[26] El Espíritu lo sondea todo, hasta las profundidades de Dios. Así también, nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios (cf. 1Cor 2,10-11).

[27] Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Ungido del Señor (cf. Lc 2,26).

[28] ¿Es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, y que habéis recibido de Dios? (cf. 1Cor 6,19-20).

[29] ¿Cómo es que Satanás se adueñó de tu corazón hasta el punto de querer engañar al Espíritu Santo? No mentiste a los hombres, sino a Dios (cf. Hch 5,3-4).