Semana XXIV Ordinaria

Dios Hijo encarnado

Equipo de Teología
Mercabá, 13 septiembre 2021

           El misterio de Dios es un misterio insondable que se ha mantenido escondido durante siglos, pero que se ha revelado en y por Cristo, con la comunicación del Espíritu Santo. El misterio de Dios se revela, pues, en el misterio de Cristo. En él (el Hijo y Ungido) descubrimos al Padre y al Espíritu (el don y promesa divina).

           Por eso, la primera aproximación del NT al misterio de Dios ha de ser por fuerza cristológica, ya que aquél no paraba de repetir que en Cristo Jesús habita corporalmente la plenitud de la divinidad (Col 2,9). No obstante, esta perspectiva cristológica es inseparable de su dimensión pneumatológica, puesto que Cristo no es otro que el Ungido del Espíritu Santo”.

a) Pretensiones de Jesús

           El núcleo de la predicación y conducta de Jesús no es su persona, sino la llegada del Reino de Dios (Mc 1,14). No obstante, se trata de un Reino de Dios muy íntimamente ligado a su persona: con él llega el Reino (Lc 4,21; Mt 11,5), y la postura que se tome ante él será decisiva en el juicio escatológico (Mc 8,38).

           Jesús utilizó el título de Hijo del hombre para llamarse a sí mismo, pero dio a entender que, después de su humillación, vendría gloriosamente desde el cielo (Mt 16,27; 24,30). Evitó el título de Mesías, pero insinuó que a él se refería el mesianismo celeste del Salmo 110 (Mt 22,41). No se apropió del título del Logos (la Palabra), pero actuó como si fuera la palabra soberana de Dios. Así, le vemos yuxtaponer, e incluso anteponer su palabra[1] a la palabra de Dios en el AT[2]; y a diferencia de los profetas[3] no distingue su palabra[4] de la del mismo Dios. No se llamó Espíritu, pero lo asoció a su próximo triunfo (Jn 7,39; 15,7). Y a su modo dio a entender que él era la Sabiduría (Mt 12,42[5]). En él, pues, hallaban cumplimiento las prefiguraciones tanto de la línea ascendente (Mesías, Hijo del Hombre) como descendente (Palabra, Espíritu, Sabiduría) del AT. Y la comunidad cristiana ahondó en esta exégesis veterotestamentaria.

           Jesús acostumbraba a comer con los pecadores y gentes de mala reputación (Mt 11,19). Con ello significaba que admitía a los pecadores en el banquete escatológico, es decir, en la comunión con Dios. En su defensa, cuenta la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11-32) e identifica su conducta con el trato que Dios dispensa a los pecadores. Actúa en nombre de Dios y se atribuye el poder de perdonar pecados, algo que sólo a Dios compete (Mt 9,3-6).

           No obstante, el seguimiento que exige Jesús de sus discípulos es radical: supone dejarlo todo (Mc 10,28) y estar dispuestos a dar la vida (Mc 8,34). Una radicalidad que lleva implícita el reconocimiento de Jesús como Dios (= el Absoluto), y cuyas pretensiones se vieron confirmadas con sus obras (milagros) y Resurrección.

b) Títulos divinos de Jesús

           A Jesús se le aplican nombres exclusivos de la divinidad. Tales son:

           1º Esposo. En el AT Yahvé era el único esposo de Israel, y su único Dios (Ex 34,13-17; Os 1,2; 2,9; Is 54,5-8). En el NT, Jesús es llamado, antes y después de la Pascua, novio y esposo de la humanidad creyente (Ap 19,7; Mt 9,15; Jn 3,29; Ef 5,22-32; 2Cor 11,2).

           2º Señor adorado. En el AT el título Adón (= Señor) era el título exclusivo de Yahvé, y sólo él debía ser adorado (Dt 6,13). En el NT se tributa culto (Lc 24,52) y doxologías (1Cor 2,8[6]; 2Pe 3,18) a Jesús, aun sabedores de que sólo a Dios corresponde (Flp 2,10[7]; Heb 1,4-8; Is 45,23; Hch 7,58-59). También se le llama Señor, título de posesión (Gn 24,12), cortesía (Gn 23,6; Jn 4,11), majestad humana (1Sm 16,16) y majestad divina (Jn 13,13; Hch 23,11). Aplicado a Jesús, el título adquiere en el NT una majestad superior a la humana. David le trata de Señor, aun siendo su descendiente (Mc 12,35-37), es llamado Rey de reyes (Ap 17,14) y Señor de señores (Ap 17,14), y hasta se le aplican referencias claras de monoteísmo excluyente (Rm 14,6-14[8]; Flp 2,9-11), como el de Is 45,23.

           Los evangelios no parecen darle a Jesús un alcance superior al de rabbí (= maestro). Pero, tras la resurrección de Jesús, el título adquiere una entidad de otro orden. En Hechos de los Apóstoles ocupa un lugar muy destacado. El señorío de Jesús es objeto de confesión, de predicación y de culto. San Pablo confirma este uso (Rm 10,9-13[9]; 1Cor 12,3[10]; Flp 2,9-11), y testimonios de esta adoración aparecen también en las invocaciones litúrgicas del Maran Atha (= Ven Señor) y Kyrie Eleison, (= Señor, ten Piedad), como algo inseparable de la confesión de fe en el señorío de Cristo, muerto y resucitado. Luego tal título y adoración se dirigen inmediatamente a la humanidad filial de Jesús, cuyo origen es el Padre (Hch 2,20.34-36; 1Cor 2,8; Flp 2,9-11).

           3º Alfa y Omega. O su sinónimo Primero y Ultimo. Se trata de expresiones en las que el AT proclamaba el monoteísmo y la eternidad exclusiva de Yahvé (Is 41,4; 44,6-8; 48,12). Pero en el NT, además de ser aplicadas al Padre (Ap 1,8), comienzan a aplicarse al Jesús pacual (Ap 1,1.2,8[11]; 22,13).

           4º Yahvé y Dios. Jn 8,28[12] y Jn 8,58[13] nos presentan a Cristo reclamando para sí este exclusivísimo nombre divino, en clara alusión a Is 43,10-13. Lo mismo hace Pablo en Rm 10,9-13[14], aludiendo a Jl 3,5. Lo que significaba hacer a Jesús verdadero Dios, sin confundirlo con el Padre. Por ello, la primera teología trinitaria se expresaba en la clave un Dios, el Padre; un Señor, Jesús (1Cor 8,6). En cuanto al título Dios, los autores del NT acaban atribuyendo a Jesús el apelativo divino de Dios, tanto Pablo en Rm 9,5[15] y Heb 1,8[16], como Juan en Jn 1,2-3 y 20,28[17]. Con esto aparece un nuevo modo de expresar la unidad y distinción entre el Padre y el Hijo: el Padre es el Dios” (de los cielos, de la creación...), mientras que Jesús es Dios (consustancial al Padre).

 Act: 13/09/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A 

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[1] Bajo fórmula pero Yo os digo”.

[2] Bajo fórmula lo que se dijo a los antiguos”.

[3] Bajo fórmula así habla el Señor u oráculo de Yahveh.

[4] Bajo fórmula en verdad” o en verdad os digo.

[5] Aquí hay uno que es más que Salomón (cf. Mt 12,42).

[6] Señor de la gloria (cf. 1Cor 2,8).

[7] Para gloria de Dios Padre (cf. Flp 2,10).

[8] Ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. Pues para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos (cf. Rm 14,6-14).

[9] Si confiesas por tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Porque el que invocare el Nombre del Señor se salvará (cf. Rm 10,9-13).

[10] Nadie puede decir "Jesús es el Señor", sino en el Espíritu Santo (cf. 1Cor 12,3).

[11] Revelación de Jesucristo... del primero y el último, del que estuvo muerto y revivió (cf. Ap 1,1 y Ap 2,8).

[12] Cuando levantareis en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis que Yo soy (cf. Jn 8,28).

[13] Antes que Abraham existiese, existo yo (cf. Jn 8,58).

[14] Todo el que invocare el nombre del Señor, se salvará (cf. Rm 10,9-13).

[15] El Mesías, según la carne, es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos (cf. Rm 9,5).

[16] En cambio, a propósito del Hijo se dice: Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos (cf. Heb 1,8).

[17] Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! (cf. Jn 20,28).