11 de Junio

Viernes X Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 junio 2021

a) 2Cor 4, 7-15

           Nos dice hoy Pablo que "este tesoro de la luz divina lo llevamos como en recipientes de barro". La imagen es sugestiva, pues el apóstol, así como todo cristiano, también lleva consigo un tesoro precioso: lleva a Dios. Pero como los demás, sigue siendo un hombre frágil. Grandeza y debilidad, ese es el misterio del hombre: un vaso de barro sin valor, lleno de una riqueza sin precio.

           Así, resulta patente que "una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros". Los adversarios acusaban a Pablo de ser un pobre hombre, y éste no duda en confesar: sí, "soy un pobre hombre". Y se confiesa débil e incapaz.

           De ese modo será evidente que la actividad apostólica que realiza Pablo no le viene de sí mismo, sino de Dios. Ayúdame también, Señor, a aceptar francamente mis pobrezas, mis límites, permaneciendo vinculado a ti de forma inquebrantable, a fin de que tu poder resplandezca en mi debilidad.

           A continuación, pasa a describir Pablo el estado psicológico del apóstol y (guardando las proporciones) de todo cristiano: "Atribulados pero no abatidos, perplejos pero no desesperados, perseguidos pero no abandonados, derribados pero no aniquilados". Ése fue el resumen de la vida del apóstol Pablo, que de hecho acabará sus días en un sacrificio brutal (la decapitación, a las puertas de Roma). ¿Por qué, Señor, permites para tus amigos una vida tal?

           Pero lo más sorprendente es que Pablo no se queja en absoluto, y que su tono es más bien triunfal. Se trata de un hombre totalmente entregado, un hombre en pie, ¡derribado pero no aniquilado! Mi vida, Señor, ¿tiene esa energía? ¿O me arrastro cuando pierdo el ánimo? En la prueba, Señor, ayúdame a no ser jamás abatido ni aniquilado.

           Como colofón, confiesa Pablo que "llevamos siempre en nuestros cuerpos la agonía de Jesús, a fin de que la vida de Jesús también se manifieste en nuestro cuerpo". No, aunque no lo parezca, no hay desesperación en el alma de Pablo. Su vida es dura, y la Iglesia de Corinto está turbada, hasta el punto que puede hablar de agonía. Pero lo está para que triunfe la vida, y el misterio de Jesús continúe. En todo hombre que sufre hay un misterio de vida, una prolongación de la vida de Jesús.

           Ayúdanos, Señor, a interpretar todos los acontecimientos con esta clave: acontecimientos del mundo, acontecimientos de la Iglesia, acontecimientos personales. Ayuda a cada hombre a comprender el sentido que su sufrimiento podría adquirir de Cristo: una muerte para una vida.

           Porque sabemos que "quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos colocará junto a él". No, Dios no quiere el fracaso, ni tampoco el sufrimiento. La Iglesia es la encargada de "anunciar la vida" (la resurrección) que Dios quiere, y de decir que el proyecto que Dios quiere para la humanidad es Jesucristo resucitado, que pasó por la agonía (bajo los olivos de Getsemaní) pero que ahora aparece exultante de vitalidad y de gozo.

           Todo esto para que suba una inmensa acción de gracias para gloria de Dios. Pobrezas, limitaciones, pecados, muerte... Todo eso ha de terminar, como en Pablo, en un cántico de acción de gracias.

Noel Quesson

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           Hoy se sirve Pablo de 2 realidades opuestas para describir nuestra condición cristiana: la luz y el barro. La luz es imagen de la gloria, resplandor que podemos percibir de la grandeza, la bondad, el poder y la hermosura de Dios y de sus obras. El barro es imagen de la tierra, de aquello que nos hace próximos a las necesidades y solicitaciones que se imponen a nuestra voluntad racional y sentimental.

           Porque somos barro nos cansamos, pero porque tenemos luz seguimos buscando. Porque somos barro nos envuelve la seducción del placer, pero porque tenemos luz nos enamora el esplendor de la virtud probada. Porque somos barro estamos sujetos al miedo, pero porque tenemos luz nos sobreponemos a los temores y vencemos a los prejuicios.

           Porque somos barro amamos la comodidad de una mentira a tiempo, pero porque tenemos luz somos capaces de arriesgar prebendas y beneficios en el altar de la verdad. Porque somos barro nos acobarda la muerte, pero porque tenemos luz avanzamos con firmeza hacia el umbral del más allá. Y despedimos con garbo esto que se llama prólogo, para saludar lo que en verdad se llama vida.

Nelson Medina

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           La impresión que tiene Pablo de sentirse débil y necesitado de ayuda (sobre todo de parte del Señor) es lo que llevó al apóstol a superar con valentía sus limitaciones y entregarse hasta la muerte, viviendo de las profundidades de la fe. Una actitud que tenemos que seguir todos los cristianos, cuando nos sabemos llamados a la misión y al ejercicio de la gracia, y nos fallan las fuerzas: "Mirad que Dios y sus dones son altísimos en su dignidad, y el derroche de gracias que él hace a favor nuestro es supera toda medida". Corresponderle es nuestro deber.

           Pero hemos de reconocer que la entereza de ánimo que nos ponga a tono para colaborar dignamente con ellos nos desborda. Somos instrumentos débiles, impuros, egoístas y cobardes. ¿Qué debemos hacer? Poner nuestra confianza en el Señor de la vida, de la gracia y de la misión, y dejarnos guiar por él, para que en nuestra carne resplandezca su poder y gloria. Tanto mayor bien haremos cuanto más pobres nos encontremos en el servicio.

           La pobreza y debilidad humana la tenemos a la vista. Basta mirar nuestras miserias. Sin embargo, el ideal de santidad y dignidad que nos señala la Nueva Alianza en la Sangre de Cristo, exige mucho, como exigió a Pablo de Tarso.

           Si estimamos, pues, que es justo y grato dar a la mujer amor, estimemos que es todavía más grande dárselo en pureza de corazón. Si es justo y necesario dar pan al necesitado, estimemos que es todavía más grande dárselo con entrañas de amor, de misericordia, dándolo de buen grado.

           Señor, está claro que nuestro trabajo y servicio se da en la debilidad y que es muy difícil alcanzar en nuestra entrega la grandeza deseada, llegando a ser incluso heroica. Ayúdanos a trabajar y a servir manteniéndonos muy unidos a tu corazón. Así experimentaremos dulzura incluso en la misma cruz.

José A. Martínez

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           "Una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros". Pablo siente que lleva un tesoro (la salvación de Dios que anuncian y tratan de comunicar), pero que lo lleva "en vasijas de barro", porque es débil y encuentra dificultades en el camino.

           La clave es fiarse totalmente de Dios. Qué hermosa esta página en que Pablo resume sus tareas apostólicas: le aprietan, pero no le aplastan, está apurado, pero no desesperado. En todo se siente unido a Cristo. Se ha solidarizado con él en los sufrimientos, con la esperanza de que también participará de su vida: "Quien resucitó a su hijo Jesús, también a nosotros nos resucitará". Todo ello es, pues, para bien de la comunidad: "La muerte y la vida, todo es para vuestro bien".

           Todo apóstol debe estar preparado a sufrir por Cristo y ser consciente de que lleva "un tesoro en vasijas de barro". Todos somos frágiles, por las dificultades que nos aprietan desde fuera y por la debilidad que sentimos dentro. Eso nos hace humildes y realistas. Pero como Pablo, debemos confiar en Dios, no dejándonos amilanar ni desilusionar por las dificultades. Pablo nos da un ejemplo magnífico de valentía y generosidad, siguiendo los pasos de Jesús, que se entregó totalmente para salvar a los demás.

           Unamos tanto nuestros días malos como los buenos al destino de Cristo Jesús. De alguna manera, un cristiano prolonga en su propia vida la vida de Cristo, su muerte y su resurrección. O sea, va viviendo su misterio pascual día tras día, en su pequeña existencia. Sin desanimarse fácilmente. Sabiendo buscar la fuerza y la energía en el que la da, Dios: "Creí, por eso hablé".

           El salmo responsorial de hoy nos ha hecho decir que hay problemas en nuestra vida: "Yo decía en mi apuro: los hombres son unos mentirosos". Pero, sobre todo, nos ha hecho expresar la confianza en Dios: "Rompiste mis cadenas, y por eso te ofreceré un sacrificio de alabanza".

           Y todo ello para que vaya creciendo la Iglesia, pues "cuantos más reciban la gracia mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios". No estamos en este mundo sólo para salvarnos nosotros, sino para evangelizar, para ayudar a otros a que se enteren del don de Dios y lo acepten.

José Aldazábal

b) Mt 5, 27-32

           Habéis oído el mandamiento "no cometerás adulterio". Pues Yo os digo: "Todo el que mira a una mujer casada excitando su deseo por ella, ya ha cometido adulterio con ella en su interior". Se trata del 2º ejemplo puesto por Jesús sobre el cumplimiento de la ley.

           No obstante, Jesús revoluciona completamente la moral, pues lo que cuenta (para él) no es lo que aparece a la mirada de los hombres, sino el fondo de los corazones. Lo que mancha al hombre no es su cuerpo, sino su mente, su deseo, su intención. En la humanidad, Jesús introduce un nuevo valor: el respeto profundo de sí mismo, el respeto del otro sexo, la nobleza del amor.

           En Israel, en tiempo de Jesús, el divorcio era legal. Pero Jesús dice que no es a ese nivel exterior al que hay que poner lo esencial, pues la moral conyugal (o la moral sexual) no es ante todo una lista material de actos permitidos o prohibidos, sino una actitud interior, que a través de una exigencia mucho mayor pide una continua superación. Señor, ven a ayudarnos.

           Pero no sólo ahí se queda Jesús, sino que añade: "Si tu ojo te pone en peligro, sácatelo y tíralo". Se trata de palabras de una dureza tremenda. Se ha dicho alguna vez que Jesús no había tomado posición sobre la sexualidad, ni sobre lo que atañe a las costumbres. Ahora bien, Mateo sitúa este versículo donde es cuestión de los ojos que tientan al hombre... justamente después del versículo donde Jesús decía de no mirar de manera culpable a una mujer.

           El cuerpo humano no es malo, y el recelo que existe hacia él no es una actitud cristiana. No obstante, es evidente que el cuerpo puede llegar a ser tentador ("si te arrastra al pecado"). Entonces, ¿cómo reaccionar? Con una determinación violenta: "quítatelo".

           En el momento que el paganismo contemporáneo se caracteriza por una agresión cada vez más neta y tajante en este terreno sexual, no es malo oír la toma de posición de Jesús. No hay ninguna afectación en la pureza predicada por Jesús, y él se sitúa más bien del lado de la fuerza y de la energía.

           Tras lo cual, añade Jesús: "El que repudia a su mujer, que le dé acta de divorcio", y "todo el que repudia a su mujer, fuera del caso de unión ilegal, la lleva al adulterio, y el que se case con la repudiada, comete adulterio".

           He aquí un punto, y más que un detalle, de la ley de Moisés que es netamente cambiado por Jesús. El AT permitía el divorcio (Dt 24, 1), pero Jesús no duda a la hora de impugnar esta ley (incluso legal, en su país), incluso ¡siendo bíblica! Como se ve, se trata de un claro ejemplo de imperfección en la Antigua Alianza, y un claro motivo por el que ésta tenga que ser reemplazada por una Nueva Alianza (entre otros motivos, por contradecir la voluntad del mismo Dios, y su intención original; Gn 1,26), pues "en el principio no fue así" (Mt 19, 1-9). Prácticamente, según las interpretaciones más autorizadas, Jesús no tolera ningún motivo de repudio.

           La excepción señalada, "la unión ilegítima", sería el caso de los que no están casados. Pero más allá de todas las controversias de los rabinos, Jesús es claro, y lanza una llamada profética en favor de la indisolubilidad del matrimonio. ¿No es precisamente el voto mismo del amor?

           La intransigencia de la Iglesia sobre este asunto, pues, proviene de esta fuente evangélica: ningún poder en el mundo, ni la Iglesia, ni el papa, no puede desligar lo que Dios ha ligado de manera tan clara. Quizá esto llevará, algún día, a comprender mejor en qué manera esta exigencia "salva el amor" de todo lo que, tan fácilmente, lo destruiría.

           Hay que leer este pasaje con su complemento: la actitud tan comprensiva de Jesús para con la mujer adúltera (Jn 8, 1-11) ¿Somos nosotros, cada uno de nosotros, tan buenos como lo fue Jesús con las pobres libertades humanas desfallecientes?

Noel Quesson

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           Escuchamos hoy la 2ª antítesis que propone Jesús entre el AT y el NT (tras la 1ª de ayer, sobre el homicidio), la del adulterio. Una antítesis en la que Jesús también interpreta el mandamiento de forma radical, pues la letra de la ley sólo se fija en el hecho físico.

           En el AT, el adulterio suponía una violación del derecho del hombre (no de la mujer). Y por eso Jesús va más allá (al espíritu profundo de la ley), teniendo en cuenta incluso el peligro de la tentación. Por eso Jesús dice unas frases duras con las que quiere llamar la atención sobre cualquier situación de peligro que hace caer. No se pueden interpretar literalmente, pero reflejan la importancia que tiene el tema para Jesús.

           Como en el caso del homicidio, se toma la suprema ofensa como punto de partida, más allá de la cual avanza Jesús. La afirmación es breve, pero contundente; mirar con deseo es algo tan culpable como el mismo adulterio. Jesús replantea la ley orientando el nuevo comportamiento contra las causas que generan el impulso y los deseos de la carne.

           De igual manera, el texto plantea el tema del escándalo. Aunque el escándalo sea inevitable, no excusa a los responsables del mismo. Las sentencias de Jesús sobre la mano o el ojo que son ocasión de pecado son un llamado a suprimir las causas que provocan el tropiezo. No podemos olvidar que frente al riesgo de escandalizar, destruyéndose uno mismo y destruyendo a los demás, no hay otra posibilidad que un compromiso muy interno de vencerse a sí mismo, incluso muriendo, si hiciere falta, para bien del otro.

           En este mismo texto encontramos en los vv. 31-32 la 3ª antítesis, sobre el divorcio. Los fariseos interpretan el tema del divorcio (Dt 24, 1) que permite al varón expulsar a la mujer (divorciarse de ella) con la condición de darle un acta de repudio (o documento de libertad).

           Jesús reinterpreta la ley en una forma sorprendente, apoyando la dignidad de la mujer y fundando el matrimonio como vínculo de unidad. Superando los límites de la ley mosaica ("está mandado"), Jesús ha querido reafirmar el valor del matrimonio no como un derecho del uno sobre el otro, sino como unidad original y responsable entre hombre y mujer.

Fernando Camacho

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           Las antítesis que plantea Jesús entre lo que se decía en el AT y lo que él propone a los suyos, le llevan hoy al tema de la fidelidad conyugal, como ayer lo hacía sobre la caridad fraterna. Y lo hace manteniéndose fiel a su principio: "Yo os digo". Jesús es más exigente que el AT, y busca la profundidad e ir a la raíz de las cosas. No sólo falta el que comete el adulterio, sino también quien desea la mujer ajena. La fuente de todo está en el corazón, en el pensamiento.

           Además, según él, el divorcio va contra el plan de Dios, que quiere un amor fiel en la vida matrimonial. El divorcio es la preparación del adulterio. Se ve cómo el AT está siendo perfeccionado y corregido por Jesús, que quiere restaurar el plan inicial de Dios sobre el amor, con una fidelidad indisoluble. Defiende, de paso, la dignidad de la mujer, porque rechaza la fácil ley que permitía al marido repudiar a su mujer por cualquier causa.

           Una fidelidad así exige, a veces, renuncias. Y por eso las palabras de Jesús parecen muy duras: prescindir de un ojo o de una mano, si son ocasión de escándalo.

           Cuando nos examinamos, deberíamos ante todo analizar más que unos hechos externos aislados, nuestras actitudes internas, que son la raíz de lo que hacemos y decimos. Si dentro de nosotros están arraigados el orgullo, o la pereza, o la codicia, o el rencor, poco haremos para su corrección si no atacamos esa raíz. Si nuestro ojo está viciado, todo lo verá mal. Si lo curamos todo lo verá sano.

           Las palabras agrias y los gestos inconvenientes suelen nacer de dentro, luego es en ese dentro donde tenemos que poner el remedio, arrancando todo rencor, ambición u orgullo. Entonces no nos pasaría eso que tenemos que reconocer a menudo: que en cada confesión tenemos que decir lo mismo, con las mismas pobrezas y situaciones.

           Hemos visto que Cristo exige a sus seguidores que se tomen en serio el matrimonio. La fidelidad matrimonial (o equivalentemente, la consagrada) nos costará. Porque no se trata de ser fieles en los momentos en que todo va bien, sino también cuando no se siente gusto inmediato en nuestra entrega.

           ¿Nos da miedo la radicalidad que aquí propone Jesús? Con un lenguaje ciertamente dramático, Jesús nos quiere decir que hay que saber pagar algo, renunciar a algo, para seguirle en su camino. Saber prescindir de lo que nos estorba y hasta mutilarnos, ejerciendo un control sobre nuestros deseos, gustos y ocasiones de tentación. Él nos dijo que, para conseguir un tesoro escondido, hay que estar dispuestos a vender lo demás.

José Aldazábal

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           Con el desgranamiento del 6º mandamiento, la ley prohibía la acción externa del adulterio. Pero Jesús vuelve a insistir en la limpieza de corazón (en su interior, en su corazón), mediante los términos mujer (lit. mujer casada), el ojo (simb. el deseo) y la mano (fam. acción). Pues ceder al impulso de uno u otra lleva al hombre a la muerte. Según Jesús, hay que eliminar el mal deseo con la pureza del corazón (Mt 5, 8), y la mala acción con la ayuda al prójimo (Mt 5, 7).

           Por otra parte, el repudio es para Jesús una injusticia contra la mujer, y no debería bastar un documento legal para justificar la acción, pues la mujer sigue ligada al marido que abusivamente la despidió.

           Respecto a los términos aplicados, sobre todo para el caso de "unión ilegal", el griego porneia puede significar tanto la inmoralidad (en general) cuanto la frecuentación de prostitutas (1Cor 6, 18) o la unión entre parientes (Lv 18,6-8; 1Cor 5,1). En el pasaje en cuestión, habría que optar entre una traducción que atribuya culpa a la mujer (inmoralidad, prostitución) o la de matrimonio ilegal. La 1ª (mujer culpable) haría al texto contradictorio, luego habría que optar por la 2ª (en que el repudio procede del corazón no limpio; Mt 15, 19).

Juan Mateos

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           En el evangelio de hoy Jesús radicaliza el mandamiento "no cometerás adulterio" (Ex 20,4; Dt 5,18), pasando del nivel jurídico-legal al nivel de las relaciones interpersonales. Con la mirada del hombre se expresa el deseo de posesión (la concupiscencia, en sentido ético-religioso) que transforma a la otra persona en objeto al servicio de mi propio placer. Este deseo malsano implica la acción del hombre desde sus intenciones y decisiones más interiores: desde el corazón. De ahí que Jesús diga que "todo el que mira con malos deseos a una mujer, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 28).

           Lo que se condena con la interpretación evangélica del "no cometer adulterio" no es el deseo sexual en sí, sino la perversión de la relación de amor fiel entre un hombre y una mujer en sus raíces profundas. Y las 2 frases sobre el escándalo, con las cuales Mateo comenta y amplía la antítesis sobre el adulterio, revelan la dimensión religiosa y la seriedad escatológica sobre las relaciones sexuales: "sacarse el ojo" o "cortarse la mano", como exigencia radical evangélica.

Silvio Báez

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           El pasaje de hoy de Mateo une dos enseñanzas al parecer dichas en distinto momento (como nos lo presenta el evangelio de Marcos): una sobre el pecado y otro sobre el adulterio de manera que aprovecha la enseñanza sobre el pecado en general para advertir sobre el pecado de adulterio. Centramos entonces nuestra atención en la enseñanza del pecado que está a la base de esta enseñanza, pues la del adulterio resulta evidente.

           El ejemplo que pone Jesús de arrancarse un ojo o una mano, desde luego que no debe ser tomado al pie de la letra pues está ejemplificando la importancia y lo doloroso que a veces puede resultar el apartarse de las ocasiones de pecado. Compara el dolor y la perdida sustancial de uno de nuestros miembros, que podríamos decir vital, a la del dejar aquello que sabemos que nos lleva al pecado.

           Con esto en mente podemos entender que es mejor dejar o alejarse de un amigo, de un lugar, de un trabajo... con todo el dolor y la perdida que esto significa, si este amigo, lugar, trabajo... están siendo la ocasione de pecar. Esta quizás es la enseñanza más fuerte y explícita de las consecuencias del pecado y de la lucha y lo doloroso que representa una conversión profunda y total a Jesús como Señor. Por lo tanto, si alguna cosa, persona o lugar te son ocasión de pecar, ¡aléjalas de ti! Pues es mejor no tenerlas o mantenerlas, que perder la vida en Cristo.

Ernesto Caro

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           Las palabras de Jesús de hoy pueden sonar un tanto duras para nosotros. Radicales, tal vez para quienes piensan que la palabra de Dios tiene que adecuarse a nuestros tiempos. Sin embargo, Jesús no quiere dejar nada al beneficio de la duda y la Palabra de Dios es la misma ayer, hoy y siempre. Todo aquello que nos haga caer en pecado debe ser erradicado de nuestras vidas y eso es posible hacerlo, aunque parezca una tarea ardua o difícil.

           Jesús utiliza estos ejemplos simbólicos para que entendamos que nuestro cuerpo o nuestra condición humana no debe dominarnos y que es posible erradicar de nuestras vidas todo aquello que no nos permite presentarnos ante Dios. Todo aquello que no nos permita gozar plenamente de las bendiciones que Dios tiene para nuestras vidas. No debemos andar justificándonos en nuestra condición humana, en nuestras debilidades. Es posible echar de raíz todo lo que nos aleja de Dios, aún cuando esto nos parezca llegar a extremos tan radicales como el de cortar una parte de nuestro cuerpo.

           Mi Señor, muéstrame que cosas quieres que yo vaya cortando de raíz para así poder unirme contigo desde hoy y hasta la vida eterna.

Miosotis Nolasco

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           Cierto día aprendí una frase que hoy todavía tengo por cierta: "Dos cosas son serias por encima de las demás: el amor y la muerte". Y creo que es así porque nada bueno que se construya en el amor se construye sin ese ingrediente de admiración y compromiso que significa la seriedad. Y nada consecuente ni oportuno puede decirse sobre la muerte sin asumir primero, quizá por mano del dolor, la seriedad de su paso y su veredicto.

           Esto lo digo para referirme al evangelio de hoy, en el que Jesús nos muestra que se toma en serio el corazón humano y la cuestión del amor. Lo que implicamos cuando decimos "te amo" es de alguna manera sacro, y de esa sacralidad quiere ser garante Dios, porque sabe mejor que todos cuánto se devasta en el alma herida cada vez que es traicionada, pospuesta o engañada.

           De ahí la sacralidad de la unión entre el hombre y la mujer. Jesús es misericordioso, ciertamente, pero esa misericordia no se opone a la aparente dureza que contienen las palabras de hoy: "Quien mira con malos deseos a una mujer, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón". Este veredicto que puede parecernos drástico no es sino la firmeza, la seriedad con que todos hemos de defender el amor.

Nelson Medina

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           Tras explicar ayer el nuevo sentido del 5º mandamiento de la ley, pasa hoy Jesús a exponer el significado que debe asumir el 6º mandamiento ("no cometer adulterio"), abordando la cercana temática de la legislación matrimonial.

           Tenemos así 2 enseñanzas, expresadas igualmente con la oposición entre lo que fue dicho a los antiguos y la afirmación de Jesús. Esta se desarrolla de nuevo en cada caso en la sucesión de dos etapas. Una ley apodíctica (obligatoria y general) y otra ley casuística, donde se presenta un caso límite que demuestra hasta que punto debe llegar el cumplimiento de la anterior.

           La 1ª enseñanza (vv.27-30) se inicia reproduciendo el mandamiento del AT (Ex 20,14; Dt 5,18). A partir de esa formulación, Jesús amplía los límites que debe asignarse al concepto de adulterio. No se trata solamente de una acción exterior, sino que engloba la raíz de esa acción. Y no sólo el cometer (v.27) sino también el desear (v.28) está comprendido en su significación. Este desear ya es un "cometer adulterio en el corazón".

           El caso que se presenta a continuación concierne a la manera de comportarse frente a las partes del cuerpo que colaboran en el despertar del deseo pecaminoso. En ambos casos se le añade la misma determinación: "ojo derecho", "mano derecha" y con ella se quiere señalar el que era considerado más digno en aquella época.

           Para motivar la dureza de la acción "cortar y arrojar", se recurre al horizonte del juicio divino con la mención de la gehena, lugar donde se quema la basura de la ciudad y, por analogía, lugar donde se quemarán las acciones dignas de reprobación en el juicio divino.

           La 2ª enseñanza (vv.31-32) considera la práctica del repudio existente en Israel, cuyas principales causas de permisibilidad eran: la prisionera de guerra que se ha dejado amar (Dt 21, 10-14), la carencia de virginidad de la esposa, previa al matrimonio (Mt 22, 13-21) y cualquier tipo de hecho vergonzoso (Dt 24, 1). Sobre toda esta última motivación era objeto de discusión. Algunos reservaban la decisión para causas de suma gravedad, mientras otros la ampliaban a otras no tan importantes.

           Jesús se aparta de las discusiones mencionadas, e insiste en la amenaza que representa el repudio para la institución matrimonial: el que "repudia a la propia esposa" la expone al adulterio (y no sólo a ella, sino a quien se una a ella en una nueva unión conyugal). Sin embargo, la mención de una causa permitida de adulterio (definida como fornicación) presenta una dificultad todavía no solucionada definitivamente.

           Se puede pensar con algunos que se trata del "hecho vergonzoso" de Dt 21,1 (un adulterio, o infidelidad manifiesta), uniones no permitidas por la ley y que, por consiguiente, debían ser disueltas. O puede tratarse de un caso análogo (de endogamia, de uno con su madrastra) al que inicialmente toleró la comunidad de Corinto (1Cor 7, 15-16).

           En todo caso, Jesús quiere afirmar el sentido fundamental del matrimonio, y la dignidad e igualdad de los cónyuges. Y para eso resalta la defensa de la mujer, en una sociedad cuya suerte estaba frecuentemente expuesta a la arbitrariedad del marido. Jesús ve la necesidad de remplazar el contenido de aquellas leyes de la antigua alianza que, por tanto uso y abuso, habían perdido vigencia frente a las exigencias de una alianza nueva que ya no se puede aplazar más.

           Pero Jesús no sólo está hablando a la gente de su tiempo: se las supo ingeniar muy bien para ser contemporáneo de las futuras generaciones. Todo en él está referido a la manera como el ser humano debe enderezar sus sentimientos para que la transformación de la realidad (su propia realidad personal y la realidad social también) sea posible. La trascendencia del proyecto de Jesús está en que desborda tiempos y espacios determinados.

           La superioridad de los mandamientos que inaugura Jesús se hace patente cuando, al referirse al adulterio por ejemplo, va más allá de la fidelidad física, la cual podría ser controlada con determinada ley, y se preocupa de la fidelidad que no se ve pero que se juega en la conciencia.

           Lo que se busca es edificar más por dentro que por fuera al ser humano, porque las leyes son fáciles de burlar, mientras que la conciencia es el corazón y el cimiento de la persona íntegra. Y también nos está diciendo que con simples normas externas (que "prohíban hacer el mal") no basta para construir el Reino de Dios, sino que es preciso el cambio de corazón.

Confederación Internacional Claretiana

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           Jesús sigue corrigiendo o aboliendo puntos de la ley antigua y de la interpretación que hacían de ella los fariseos y letrados. Ayer decía que no bastaba con no matar, sino que había que impedir que comenzara a germinar en el corazón el proceso de eliminación del otro (maltratándolo, insultándolo o renegándolo).

           Y hoy va en la misma línea, en concreto con la ley del adulterio. Pues como toda acción externa comienza por el interior de uno mismo (con el deseo de), hasta acabar quitándole al prójimo su mujer. Quitando el deseo, se quita la consecuencia de éste. El ojo simboliza el deseo, y la mano, la acción. Y si ambos están dañados, hay cambiarlos, pues dejarse conducir por ellos conduciría a la muerte.

           Pero la fractura a veces en las relaciones matrimoniales se produce. ¿Qué hacer en este caso? En caso de ser despedida la mujer por el marido, la ley manda a éste que le dé un acta de repudio a aquella, para que quede libre del vínculo que la unía a su marido anterior y pueda casarse de nuevo, no quedando de este modo condenada a la mendicidad.

           La mujer era la parte débil de la institución matrimonial, pues, en tiempos de Jesús, mientras el marido podía despedir a la mujer, ésta no podía despedir al marido. Y Jesús la protege aludiendo a 2 motivos. En 1º lugar, porque para despedirla hay que arreglarle bien los papeles (de modo que quede libre), y en 2º lugar porque hay que restringir al máximo los abusos posibles de los maridos (que podían despedir a las mujeres, según la Doctrina de Shamai, por cualquier motivo). Solamente está permitido hacerlo en caso de unión ilegal o matrimonio nulo.

           Pero atención: este texto no habla del divorcio tal y como lo entendemos en la actualidad, sino de la ley del repudio en una sociedad en la que el matrimonio se instrumentalizaba como elemento de dominación del hombre sobre la mujer (y en que sólo éste podía iniciar el proceso de separación, y en ningún caso aquélla). Con su respuesta, Jesúsva contra la profunda desigualdad entre hombre y mujer, que según Dios nacidos iguales y deben ser tratados como iguales por la ley.

Servicio Bíblico Latinoamericano