8 de Junio

Martes X Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 8 junio 2021

a) 2Cor 1, 18-22

           Las relaciones entre los cristianos de Corinto no fueron siempre tranquilas, y en el año 57 se produce una especial crisis y se reclama la presencia de Pablo (2Cor 1,23-2,1). Pero para no dar la impresión de querer "gobernar su fe" (v.24), Pablo renuncia a ese viaje, e inmediatamente se gana el reproche de "no tener palabra" (vv.17-18).

           Pablo responde a esa acusación recordando que para un ministro de Cristo no existe más que el (vv.19-20), y para demostrarlo alude a una breve fórmula trinitaria (vv.21-22). Pues en Cristo no hubo rastro alguno de duplicidad, y él dijo al Padre sin la menor reserva (v.19), propiciando esa obediencia a Dios que Dios cumpliese sus promesas. Y de la misma manera que él fue fiel a Dios (v.20a), también consiguió de Dios la fidelidad para sus apóstoles, a los que unió en su al Padre (v.20b).

           Pablo, por tanto, tampoco abriga el rastro más mínimo de duplicidad, ni como ministro que proclama a Cristo ni como cristiano que vive de Cristo. Sino que su corazón se compromete y se empeña con los hombres, en un unánime que viene a ser el eco de Dios.

           Los vv.21-22 constituyen una fórmula trinitaria, en claro reparto de funciones. Al Padre le corresponde la unción y el sello; al Espíritu, el don de las arras de la gloria; al Hijo, el afianzamiento de la fe. El sello y la unción designan al bautismo, las arras a la prenda de la vida futura, y el afianzamiento a la obediencia (como garantía del cumplimiento de las promesas).

           La mentalidad moderna manifiesta una sed de sinceridad como nunca, desenmascarando no tanto los tabúes como las falsas verdades, tendiendo a la sinceridad y mayor sencillez, condenando no tanto el error como la hipocresía. Sin embargo, ¿no es eso precisamente lo que hemos elaborando muchas veces en la Iglesia, a través de nuestra casuística? Si el mundo moderno tuviera que hacer un nuevo catálogo de las virtudes, está claro que colocaría a la sinceridad, entre las virtudes llamadas cardinales.

           La Iglesia no puede ocultarse en el oportunismo (como no hizo Pablo, en aquella oportunidad que se le presentó para gobernar a los corintios), no puede recurrir al autoritarismo (como no recurrió Pablo, sino que prefirió dialogar) y ha de responder a las exigencias actuales (como hizo Pablo, al proponer una explicación trinitaria).

Maertens Frisque

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           He aquí un ejemplo concreto del género de prueba que Pablo tenía que superar. La comunidad de Corinto estaba en plena ebullición, con grupos de cristianos opuestos los unos a los otros sobre cuestiones graves (que ya la 1ª Carta a los Corintios trataba de resolver). Pero debieron haber continuado las querellas, e incluso algunos adversarios lanzaron contra Pablo unas acusaciones que le obligaron a volver a escribir (lo que hoy escuchamos, de la 2ª Carta a los Corintios): "Hermanos, tomo por testigo la fidelidad de Dios: la palabra que os dirigimos no es y no a la vez". 

           Efectivamente, algunos malos hermanos debieron haber acusado a Pablo de ser mudable, de no saber tomar partido. Y de ahí que el apóstol, contestando a las preguntas que le hacía la comunidad, debió matizar su postura para no herir a nadie, aunque se le reproche ser un indeciso, que no sabe lo que quiere.

           Sucede a menudo que el hombre conciliador se encuentra dividido en su afán de conciliar puntos de vista y personas opuestas. De ahí que Pablo se disculpe, pero deje claro que su única fidelidad no es a los partidos humanos sino a Dios: "Tan verdadero como Dios es fiel, he tratado yo de ser sincero con vosotros".

           El mundo moderno va descubriendo las leyes de la comunicación entre las personas, y nada hay más difícil que comunicarse. Muchas divisiones e incomprensiones provienen del lenguaje, y unas mismas palabras no tienen el mismo sentido para todos. Se hiere sin quererlo. ¡Señor, ayuda a los hombres a comprenderse! Ayúdame a que mi lenguaje sea o no, claro y neto.

           Jesucristo es el de Dios, y en Jesús Dios ha dicho al hombre. Se trata de una especie de matrimonio o alianza. ¡Qué misterio! Dios se ha comprometido conmigo, como el esposo se compromete con su esposa. Ahora bien, Dios es fiel, y yo ¡lo soy tan poco!

           "Es también por Cristo que decimos amén a Dios, para su gloria", recuerda Pablo. El término hebreo amén equivale a nuestro . De ahí que es por Cristo que decimos a Dios. Ciertamente, "por mí mismo" sería incapaz de ello.

           Como termina diciendo Pablo, "Dios nos marcó con su sello" (nos ha consagrado) y, en avance a sus dones, nos ha dado al Espíritu Santo ("que habita en nosotros"). Pablo comenzó, pues, defendiéndose de los ataques contra su propia persona, y ahora lo vemos terminando con los más altos misterios: ¡la inhabitación del Espíritu en el corazón del hombre! Realmente, Pablo era un hombre consciente de llevar a Dios consigo.

Noel Quesson

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           La relación entre los cristianos de Corinto (esclavos y libres, judíos y anti-judíos, griegos y romanos) fue bastante compleja y estuvo cargada de tensiones y desilusiones, así como también de sorpresas gratas y amables esperanzas. Por eso no es de extrañar que también la comunicación epistolar entre su fundador (Pablo) y la comunidad (creciente sin parar, con miembros para Pablo no conocidos) resultara también compleja, y estuviera llena de situaciones cuyos detalles se nos escapan.

           Cuando el apóstol habla del consuelo de Dios, o cuando dice que "nuestras palabras no son hoy y mañana no", seguramente está aludiendo a reproches o murmuraciones que ciertamente dificultaron su labor apostólica, y le habían propinado más de una amargura y disgusto.

           Es bueno conservar esta escala de la realidad, al recordar las condiciones en que nació el cristianismo y para no idealizar a seres humanos que, como nosotros, vivieron sus propias dificultades y experimentaron sus propias decepciones. A veces sucede, por tanto, que cuando hablamos de los primeros cristianos dejamos volar una especie de romanticismo espiritual. Pero eso a veces no nos ayuda a la hora de comprender cuál fue el verdadero grado de fidelidad de las personas, o el grado heroico al que la gracia de Dios tuvo que acompañar la vida de aquellos cristianos.

           En el breve pasaje de hoy, Pablo desea mostrar el fundamento de su labor apostólica, en la indubitable fidelidad a Dios. Pues al igual que en Cristo se cumplieron "todas las promesas", en él es posible hallar el cimiento de nuestra esperanza, así como encontrar una razón y una base para la fidelidad.

Nelson Medina

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           Algunos cristianos de Corinto acusan a Pablo de que no ha sabido cumplir su promesa de ir a verles, y le tachan de ligero y voluble, y de ir cambiando según le conviene.

           No sabemos el motivo por el cual no llegó a realizar Pablo esa visita que había prometido. Pero lo que a él le duele no es que se desprestigie su persona, sino su ministerio y su mensaje. Por eso se defiende, pero no por las criticas personales sino para no poner en duda el evangelio.

           Afirma, por tanto, su lealtad. Y sobre todo, se remonta hasta Dios mismo, que es la fidelidad en persona. Dios sí que es leal a su palabra. La afirmación central es que en Cristo se encuentran el de Dios a la humanidad, y el o amén de la humanidad a Dios: "En Cristo Jesús todo se ha convertido en un : en él, todas las promesas han recibido un y por él podemos responder amén a Dios".

           En esa historia del mutuo entre Dios y la humanidad entramos nosotros. Ante todo, reconociendo agradecidos el que nos ha dicho Dios enviándonos a su Hijo (como salvador) y al Espíritu (como vida y fuerza). El Apocalipsis le da este nombre a Cristo Jesús: "Así habla el Amén". Y Pablo llama hoy al Espíritu sello y garantía. Realmente, Dios está continuamente manteniendo su .

           De ahí que también nosotros tengamos que intentar mantener nuestro a ese Dios Trino, día tras día y aunque haya pruebas de por medio. No sólo el día del bautismo (por boca de nuestros padres), sino a lo largo de la vida (por nosotros mismos). Por eso, cada año personalizamos nuestro compromiso con las renuncias y la profesión de fe, del mismo modo que el del matrimonio o de la profesión religiosa se concreta a lo largo de los días y los años.

           Nuestra vida ¿es un o un no, tanto en nuestra relación con Dios como con el prójimo? ¿O vamos cambiando según nos conviene? Vivir en el es acoger la palabra de Dios, serle fieles y, al mismo tiempo, amar y abrirse a los demás.

           Podemos rezar con el salmo responsorial de hoy nuestra confianza en la fidelidad de Dios: "Vuélvete a mí y ten misericordia, como es tu norma con los que aman tu nombre". A la vez que manifestamos nuestro compromiso de respuesta afirmativa: "Enséñame tus leyes, pues tus preceptos son admirables y por eso los guarda mi alma".

José Aldazábal

b) Mt 5, 13-16

           El evangelio de hoy es uno de los pasajes más estructurados de Mateo, y comprende sucesivamente los temas de la sal, de la luz y de la ciudad. Una estructuración en la que Mateo recopila todo lo adquirido de la tradición oral, y lo completa con un trabajo de redacción que va dirigido a descifrar los mensajes subyacentes.

           El logión de Cristo sobre la sal ha sido entendido de 3 maneras diferentes, y colocado en 3 contextos diversos por los sinópticos. Marcos ha conservado la fórmula primitiva en la que la sentencia sobre la sal (Mc 9, 50), ensamblada a las demás sentencias por medio de las palabras sal y fuego, se incrusta en un conjunto de orientación escatológica.

           De sentencia que era, el logión se convierte en una parábola en Lucas, en donde sirve para convencer, lo mismo que la parábola del rey que emprende una guerra, de que, en el Reino, hay que ir hasta el fondo, sin desalentarse (Lc 14, 34-35).

           En Marcos y en Lucas la sal designa, pues, la nueva religión y las exigencias que implica. En Mateo, por el contrario, la sentencia se convierte en una alegoría misionera. Y por eso incorpora una introducción peculiar suya ("vosotros sois la sal") y la sal representa a los discípulos.

           Ser la sal de la tierra es ser su elemento más precioso, pues sin la sal la tierra no tiene ya razón de ser, y con la sal la tierra puede proseguir su vocación y su historia. La Iglesia que no es ya fiel a sí misma no sólo se pierde, sino que deja al mundo sin salvador.

           La sentencia sobre la luz (vv.14-16) ha sido profundamente reelaborada por Mateo y en el mismo sentido alegórico que la sal. En efecto, en Marcos, la luz sacada de debajo del celemín para iluminar todo alrededor (Mc 4, 21) designa la enseñanza de Jesús, progresivamente descubierto y comprendido.

           Pero Mateo le da una interpretación alegórica y moralizante: añade de su cosecha el v. 14a ("vosotros sois") para establecer el paralelismo con la sal, añade igualmente la imagen de la ciudad elevada (v.14b) y concluye con una aplicación moral: cada discípulo es luz en la medida en que sus acciones se convierten en signos de Dios para el mundo.

           El testimonio cristiano está, pues, dotado de visibilidad y responde a una exigencia misionera: no se santifica uno de manera puramente interior: no se encuentra uno dispersado en el mundo hasta el punto de perderse en él en la conformidad total con ese mundo o de olvidar el testimonio de la trascendencia.

           Las imágenes de la sal de la tierra y de la luz del mundo interesan directamente a la eclesiología. La Iglesia puede ser considerada, en efecto, como luz para los hombres, puesto que es el cuerpo de ese Cristo que ha revelado a la humanidad el sentido último de su razón de ser: la vida con Dios.

           Los cristianos estaban convencidos antiguamente de ello y los resultados culturales y educativos conseguidos por la Iglesia en los países impulsados por ella hacia el desarrollo y la ilustración les fortalecía en esa convicción. Pero he ahí que la influencia cultural de la Iglesia está cediendo hoy ante la del estado, que su autoridad es puesta en entredicho y que la inmensa mayoría de los hombres prescinden de la luz que pretende ofrecerles.

           Comienza a surgir una nueva raza de cristianos que ya no se aferran incondicionalmente a las convenciones, dentro de las que se ejercía hasta ahora la moral y la religión; unos cristianos que se saben amenazados en su fe y que no cesan de encontrar nuevas respuestas a unas preguntas permanentemente renovadas. Se preguntan sobre lo que pueden significar para ellos la luz y la sal de la tierra.

           Pues bien: la única manera de ser luz en la humanidad actual consiste precisamente en despojarse de toda seguridad, en aceptar no saber de Dios otra cosa sino que es fiel a sí mismo y a su amor y que es Dios incluso precisamente porque puede negársele.

           El cristiano se convertirá en luz y sal el día en que se quede libre de todas esas verdades, el día en que dé pruebas de su lealtad total en la búsqueda de Dios y acepte el recibir y el escuchar, el perdonar y el compartir.

Maertens Frisque

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           La sal, que asegura la incorruptibilidad, se usaba en los pactos como símbolo de su firmeza y permanencia. En particular, todo sacrificio debía ser salado, como señal de la permanencia de la alianza. Pues "la alianza de sal es perenne" (Nm 18, 19) y "con pacto de sal concedió Dios a David y a sus descendientes el trono de Israel para siempre" (2Cr 13, 5). En todo ello, aludiendo a una tierra albergadora de la humanidad.

           Según este dicho de Jesús, los discípulos son la sal que asegura la alianza de Dios con la humanidad; es decir: de su fidelidad al programa de Jesús depende que exista la alianza, y que se lleve a cabo la obra liberadora prometida. Si la sal pierde su sabor, con nada puede recuperarlo; si los que se llaman discípulos de Jesús, y tienen delante su ejemplo, no le son fieles, no hay donde buscar remedio. Esos discípulos son cosa inútil, han de ser desechados, arrojados fuera, y merecen el desprecio de los hombres, a cuya liberación debían haber cooperado.

           La luz es la gloria o esplendor de Dios mismo, que según Isaías había de refulgir y brillar sobre Jerusalén (Is 60, 1-3), la ley y el templo (Is 2, 2) y la ciudad (Is 60, 19), siempre como reflejo de la presencia de Dios en ellos. Esta presencia radiante y perceptible se ha de verificar en adelante en los discípulos; ellos son el Israel desde donde refulge Dios, la nueva Jerusalén donde él habita. Esa luz ha de ser percibida: la comunidad cristiana no puede esconderse ni vivir encerrada en sí misma.

           La gloria de Dios ya no se manifiesta en el texto de la ley ni en el local de un templo, sino en el modo de obrar de los que siguen a Jesús. "Vuestra luz" alude a las obras en favor de los hombres (Mt 5, 7.8.9), en las que resplandece Dios: la ayuda, la sinceridad y el trabajo por la paz (es decir, la constitución de una sociedad nueva). Al nombrar a Dios como Padre de los discípulos, Mateo alude a la calidad de hijos de que éstos gozan por su actividad, que continúa la del Padre (Mt 5, 9). Así, "los hombres glorificarán al Padre", es decir, conocerán al único verdadero Dios.

           Estos 2 dichos de Jesús confirman la creación del Israel mesiánico: los discípulos son los garantes de la alianza y en la comunidad resplandece la gloria de Dios. Es la comunidad de los que han elegido ser pobres (Mt 5, 1), se mantienen fieles a este compromiso (Mt 5, 10), ejercen las obras propias de los hijos de Dios (Mt 5, 7-9) y dan así ocasión a la liberación de la humanidad (Mt 5, 4-6). Es la presencia del reinado de Dios en la tierra (Mt 5, 3.10).

Juan Mateos

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           Hace unos meses, un hermano mío, de viaje por Egipto, entrevistó a un monje copto. Una de las preguntas que le hizo fue esta: "¿Qué diría usted a un cristiano que vive en una sociedad postmoderna y postcristiana?". El monje se limitó a responder: "Vosotros sois la luz del mundo".

           Las palabras "vosotros sois la luz del mundo" contienen todo un programa de vida. No se trata de que hagamos más cosas o mejores que los demás. No se trata de conquistar a nadie. El desafío es más simple y profundo: reflejar la luz a través de un rostro encendido en la luz que es Cristo ("Yo soy la luz"). El objetivo de ser luz lo expresa bien Jesús: "Que deis gloria a vuestro Padre que está en el cielo".

           En nuestro lenguaje cotidiano, solemos hablar de un rostro encendido, de una mirada iluminada. Pero ¿por qué? Por el contacto con la luz. Moisés, al bajar del Sinaí, mostraba un rostro resplandeciente, y el pueblo vio algo en él. Sólo ilumina quien está en contacto con la luz. 

           Hemos ensayado casi todo en el campo de la evangelización. Y a veces nos sentimos frustrados ante la falta de respuesta. Nuestra ansiedad nos lleva a imaginar continuamente caminos nuevos (si bien algunos dicen que hemos aflojado bastante en creatividad), pero, ¿es éste el camino? Jesús no nos ha pedido que estemos todo el día con la lengua fuera, sino que encendamos nuestro pequeño cirio en el gran cirio que es él y que creamos en el poder iluminador de la luz. No es fácil que nuestro hombre viejo entienda estas cosas.

Gonzalo Fernández

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           El Señor nos dice hoy a cada uno de nosotros una cosa: "Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo". La sal da sabor a los alimentos, preserva de la corrupción y era un símbolo de la sabiduría divina. La luz es la primera obra de Dios en la creación (Gn 1, 1-5), y es símbolo del mismo Señor, del cielo y de la vida. Las tinieblas, por el contrario, significan la muerte, el caos o el mal.

           Los hombres que viven según su fe, brillan con su comportamiento (irreprochable y sencillo) como luceros en el mundo (Fil 2, 15), en medio del trabajo y de sus quehaceres, en su vida corriente. En cambio, ¡cómo se nota cuando el cristiano no actúa en la familia, en la sociedad, en la vida pública de los pueblos! Para que el cristiano sea sal y luz, es necesario el ejemplo de una vida recta, la limpieza de conducta, y el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas. El buen ejemplo ha de ir por delante.

Francisco Fernández

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           Vaya semana llevamos. Ayer, las bienaventuranzas, y hoy ser sal y luz. Como que no tuviéramos bastantes cosas en las que pensar, para además, preocuparnos de ser saleros y lámparas.

           Sin embargo, ¿no es verdad que al mundo la falta luz? ¿No es verdad que parece que todo está como soso? Lo queramos o no, tenemos una gran responsabilidad. Se trata de vivir conforme a la esperanza que se nos ha prometido. Sabemos que estamos llamados a ser felices, y que podemos ser felices, en medio de los problemas. Si vivimos así, nadie podrá apagar nuestra luz. Cuando alguien se esfuerza por ser bueno y hacer el bien, al final se convierte en fuente de luz. Se convierte en sal de la tierra.

           Y otra cosa más. Me parece importante recordar para qué debemos ser luz del mundo y sal de la tierra. No para que digan qué buenos son los cristianos, sino para que, al ver nuestras buenas obras, los hombres den gloria a Dios. Y recuerda que Dios es humilde.

Alejandro Carbajo

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           Somos la luz del mundo. No nos debe quedar la menor duda de eso y como luz debemos brillar. No con luz propia, sino la luz que por medio de nosotros refleja a Cristo Jesús.

           Muchas veces está en nuestra mente la creencia de que debemos brillar con luz propia, o mejor dicho, creemos que brillamos con luz propia, olvidándonos que si no fuera por la gracia del Espíritu Santo en nosotros fuera, como dice San Pablo, "campana que resuena", pero que no invita a la congregación. Leer este pasaje del evangelio de hoy debe siempre llevarnos a la reflexión sobre la luz que proyectamos las demás personas que están a nuestro alrededor.

           En un tiempo de crisis tan fuerte como la que vive nuestro país, qué luz estoy reflejando. Es luz que irradia esperanza, confianza en un porvenir centrado en Dios, en el cuál, como el profeta Elías sabemos que no se agotará el aceite y la harina; o es más bien una luz tenue que siembra desesperanza a nuestro alrededor. Señor saca de mí todo aquello que no me deja irradiar tu luz.

Miosotis Nolasco

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           Hoy Mateo nos recuerda aquellas palabras en las que Jesús habla de la misión de los cristianos: ser sal y luz del mundo. La sal, por un lado, es este condimento necesario que da gusto a los alimentos: sin sal, ¡qué poco valen los platos! Por otro lado, a lo largo de los siglos la sal ha sido un elemento fundamental para la conservación de los alimentos por su poder de evitar la corrupción. De ahí que Jesús nos recuerde que tengamos que ser sal en nuestro mundo, y que (como la sal) dándole gusto y evitando la corrupción.

           En nuestro tiempo, muchos han perdido el sentido de su vida y dicen que no vale la pena; que está llena de disgustos, dificultades y sufrimientos; que pasa muy deprisa y que tiene como perspectiva final (y bien triste) la muerte.

           Respecto al "vosotros sois la sal de la tierra" (Mt 5, 13), el cristiano ha de mostrar con la alegría y el optimismo sereno (de quien se sabe hijo de Dios) que todo en esta vida es camino de santidad, que las dificultades nos ayudan a purificarnos, y que al final nos espera la felicidad eterna. Al igual que la sal, el discípulo de Cristo ha de preservarse de la corrupción, y procurar que allí donde se encuentre un cristiano ha de resplandecer la virtud con toda la fuerza.

           Como luz del mundo (Mt 5, 14), el cristiano es esa antorcha que, con el ejemplo de su vida, lleva la luz de la verdad a todos los rincones del mundo, mostrando el camino de la salvación. Así, allí donde antes sólo había tinieblas, incertidumbres o dudas, nacerá la claridad, la certeza y la seguridad.

Francesc Perarnau

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           Después de las bienaventuranzas, Jesús empieza su desarrollo sobre el estilo de vida que quiere de sus discípulos. Y hoy emplea, para ello, 3 comparaciones, para hacerles entender qué papel les toca jugar en medio de la sociedad:

1º ser como la sal, que condimenta y da gusto a la comida y sirve para evitar la corrupción de los alimentos, así como es símbolo de la sabiduría;
2º ser como la luz, que alumbra el camino, responde a las dudas y disipa la oscuridad y las cegueras;
3º ser como una ciudad puesta en lo alto de la colina, que guía a los que van buscando, ofrece un punto de referencia para la noche y da cobijo y alegría a los que van de camino.

           Va por nosotros, para que nuestra fe, y la vida que Dios nos comunica, no se quede en nosotros mismos, sino que repercuta en bien de los demás.

           Se nos dice que debemos ser sal en el mundo, que sepamos dar gusto y sentido a la vida. Que contagiemos sabiduría (o sea, el gusto de Dios), demos sabor humano (sinónimo de esperanza, amabilidad o humor) y contagiemos una visión optimista de la vida. Como dijo en otra ocasión Jesús: "Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros"; Mc 9,50). Como la sal, debemos también preservar al mundo de la corrupción, siendo una voz profética de denuncia (si hace falta) en medio de la sociedad. De hecho, se nos invita a ser sal, no azúcar.

           Se nos pide que seamos luz para los demás. El que dijo que era la Luz verdadera, y esa Luz es la que ahora nos pide a nosotros que seamos luz. Lo cual sólo puede ser posible si nosotros nos dejamos iluminar por él, y a su vez transmitimos esa Luz a los demás. Todos sabemos qué clase de cegueras y penumbras y oscuridades reinan en este mundo, y también dentro de nuestros mismos ambientes familiares o religiosos. Quién más quién menos, todos necesitamos a alguien que encienda una luz a nuestro lado para no tropezar ni caminar a tientas.

           El día de nuestro bautismo se encendió una vela del cirio pascual de Cristo. Cada año, en la Vigilia Pascual, tomamos esa vela encendida en la mano. Es la luz que debe brillar en nuestra vida de cristianos, la luz del testimonio, de la palabra oportuna, de la entrega generosa. No se nos ha dicho que seamos lumbreras, sino luz. No se espera de nosotros que deslumbremos, sino que alumbremos. Hay personas que lucen mucho e iluminan poco.

           Se nos dice, finalmente, que seamos como una ciudad puesta en lo alto de un monte, como punto de referencia que guía y ofrece cobijo. Esto lo aplica la Plegaria Eucarística II de la Reconciliación a la comunidad eclesial ("la Iglesia resplandece en medio de los hombres como signo de unidad e instrumento de tu paz") y la Plegaria Eucarística Vb ("que tu Iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando"). Pero también se pide eso mismo de las familias y las comunidades cristianas. Qué hermoso el testimonio de aquellas casas que están siempre abiertas y disponibles (para niños y mayores, parientes o vecinos). Cada vez no les darán de cenar, pero sí, caras acogedoras y una mano tendida.

           ¿Somos de verdad sal que da sabor en medio de un mundo soso, luz que alumbra el camino a los que andan a oscuras, ciudad que ofrece casa y refugio a los que se encuentran perdidos?

José Aldazábal

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           En el evangelio de hoy Jesús exhorta a sus discípulos a ser "sal de la tierra" y "luz del mundo". Los hombres y mujeres que acogen el evangelio del Reino y viven según el espíritu de las bienaventuranzas son un fermento de nueva humanidad.

           La sal hace que los alimentos adquieran sabor (Job 6, 6) y se conserven en buen estado. En algunos textos bíblicos, la sal había llegado a significar el valor permanente de un contrato. Se hablaba, por ejemplo, de "alianza de sal" o "sellada con sal" (Num 18, 19). Existía un dicho de Jesús que hacía referencia a la sal, tal como lo demuestra Lucas (Lc 14, 34) y Marcos (Mc 9, 50). Mateo interpreta esa palabra del Señor para afirmar que el creyente debe conservar y hacer que aparezca sazonada y apetitosa la realidad de cada día delante de los seres humanos, a través de la fidelidad a la alianza con Dios y la vivencia radical de las bienaventuranzas.

           La luz hace que la realidad pueda ser percibida y que los seres humanos puedan orientarse y caminar sin tropezar. La luz es la primera obra de la creación, la criatura primogénita de Dios (Gn 1, 3). Es imagen de la vida y de la salvación que viene de Dios (Sal 36, 10), es como el vestido de Dios, expresión de su dignidad y de su poder salvador (Sal 104, 1-2). La luz revela el misterio de Dios en forma particular: "Dios es luz, y no hay en él oscuridad alguna" (1Jn 1, 5). Y Jesús dirá en el evangelio de Juan: "Yo soy la luz del mundo, y el que me sigue no camina en tinieblas" (Jn 8, 12). Para Mateo cada creyente y cada comunidad de fe es luz para el mundo, signo y sacramento de la luz y la vida de Dios.

           La sal, que comunica, da sabor y conserva los alimentos, se puede sin embargo desvirtuar: "Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde el gusto, ¿con qué la sazonarán? Sólo sirve para tirarla y para que la pise la gente" (v.13). La luz alumbra a todos, pero se puede esconder: "No se enciende un candil para taparlo con una vasija de barro; sino que se pone sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa" (v.15). Así ha de ser la comunidad cristiana: "Brille así vuestra luz delante de los seres humanos de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos" (v.16).

           La Buena Nueva del Reino no puede quedar escondida por temor a ser perseguidos (vv.11-12) o por flojedad de los discípulos, sino que debe hacerse presente en la vida de las personas y en las estructuras de la sociedad a través del testimonio de vida de los creyentes: "Brille así vuestra luz delante de los seres humanos de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos" (v.16).

           La comunidad cristiana está llamada a hacer buenas obras, es decir, a vivir en forma activa y responsable el espíritu de las bienaventuranzas, no por vanidad o por solapado fariseísmo, sino para "dar gloria al Padre que está en los cielos", es decir, para mostrar el poder y la bondad de Dios que actúan en la vida de las personas que se abandonan a él con confianza.

Fernando Camacho

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           Los discípulos han de ser sal y luz. La sal condimenta, purifica y conserva los alimentos; su contraposición es degradarse, volverse sosa, perder su fuerza. Con relación a los discípulos, el símil de la sal se refiere a la sabiduría, la predicación y la disposición para el sacrificio.

           La comparación "sal de la tierra" indica lo que se le exige al discípulo: la sal no es para sí misma, sino que está en función de lo que ella puede generar (ser conservante y da sabor). Del mismo modo, los discípulos no existen para sí mismos, sino para los demás. El discípulo no puede perder el contenido y horizonte de su misión, que es el anuncio de la buena noticia del Reino de Dios. Por tanto, el peso de la comparación de Jesús termina en la amenaza de ser arrojada y de ser pisoteada si no cumple con su misión.

           La luz ilumina y da claridad, en contraposición con la oscuridad y las tinieblas. La comparación con la luz adquiere todo su contenido y significación cuando el evangelista propone el símil de la ciudad sobre el monte, visiblemente situada. En esto se corresponde con la lámpara colocada en lo alto y no debajo del celemín. Así, la Iglesia, que es la luz del mundo, debe hacer brillar esta luz; de lo contrario, es algo tan absurdo como la lámpara de aceite debajo del celemín. Porque la verdadera luz, el evangelio, debe resplandecer como la luz sobre el candelero que alumbra a todos en la casa.

           Los cristianos somos la luz del mundo cuando hacemos brillar con nuestras obras el mensaje del evangelio, cuando concretamos en nuestra vida el contenido de las bienaventuranzas, cuando construimos con los empobrecidos de la tierra espacios nuevos que permitan vivir en la justicia y en la igualdad, cuando hagamos realidad la propuesta de Jesús de vivir en la acción a partir de las buenas obras.

Gaspar Mora

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           "Vosotros sois la sal de la tierra", nos dice hoy Jesús. Debido a sus propiedades para conservar los alimentos y sazonarlos, la sal era considerada en la antigüedad como portadora de fuerza vital. Según una tradición de la antigua Siria, los seres humanos aprendieron de los dioses el uso de la sal. La sal no sólo conserva los alimentos y sirve para sazonarlos, sino que tiene también un papel purificador.

           En Roma existía la costumbre de poner un poco de sal en los labios del recién nacido para proteger su vida de los peligros que la amenazaban (rito que se ha transmitido en el bautismo cristiano). En el AT la sal estaba unida a la idea de una fuerza que "conserva la vida y otorga estabilidad", llegando a convertirse en símbolo de la inviolabilidad de la alianza con Dios y de su fidelidad inquebrantable.

           La sal, que hace que los alimentos no se corrompan, se usaba en los pactos como símbolo de su firmeza y permanencia. Todo sacrificio que se ofrecía a Dios era salado previamente (Lv 2,13; Nm 18,19). Al decir Jesús que los discípulos son la sal de la tierra, está afirmando que son ellos los que aseguran, dan permanencia, actualizan y hacen realidad el pacto que Jesús hizo con Dios por la salvación de la humanidad.

           "Vosotros sois la luz del mundo", nos dice también hoy Jesús. Es tan importante la luz para los humanos que sinónimas de nacer son las expresiones dar a luz, alumbrar, ver la luz. Los mitos del Antiguo Oriente hablan con frecuencia de la lucha del héroe de la luz contra el de las tinieblas, cuya derrota hace posible la creación del mundo. En el Génesis Dios creó, en 1º lugar, la luz, y esta acción fue acompañada de un comentario positivo: "Vio Dios que era buena". Podemos decir que Dios se recreó a sí mismo.

           El Salmo 104, refiriéndose a Dios, dice: "La luz te envuelve como un manto" (Sal 104, 2). Por eso, en la Biblia, la luz es el esplendor de Dios mismo que había de brillar sobre Jerusalén, y que a partir de Jesús ha de brillar en los discípulos (como reflejo de un Dios que ama a todos, sin exclusión de ninguno). Los seguidores de Jesús son luz que se manifiesta en obras de ayuda, misericordia y amor hacia una humanidad que ha sido cegada y transplantada a un reino de muerte. "Empiece así a brillar vuestra luz ante los hombres", recuerda Jesús, para "que vean el bien y glorifiquen al Padre del cielo".

José A. Martínez

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           En la perícopa de hoy Jesús se refiere directamente a la calidad humana que debe tener el discípulo, y a cuáles deben ser sus compromisos de cara a lo que lleva consigo el adherirse a una propuesta como la que Jesús hace (que no está diseñada para la búsqueda de intereses personales, sino para entregar la vida por amor). Esto seguramente acarreará persecuciones y otros inconvenientes, pero el testimonio individual debe ser ejemplo de transparencia e incorruptibilidad.

           Todo el que se sienta seguidor de Jesús, debe tener claro, tan pronto decida adherirse a su proyecto, que la entrega por la causa del amor a todos y especialmente a los pobres debe ser constante. Su convencimiento debe ser tal, que la presencia de Dios en él sea capaz de extinguir toda duda o temor.

           Con el término "sal de la tierra", Jesús está invitando al grupo de sus seguidores a ser fieles al proyecto del Padre, asumiendo con entrega total la misión de la animación de la justicia, para lograr ser sabor evangélico en un mundo dominado por el pecado, para que la humanidad vuelva a creer que Dios tiene un plan de vida para todos.

           Por otro lado, ser "luz del mundo" significa que la cualidad del testimonio debe ser la trasparencia, así como su calidad debe ser tal que pueda ser palpado, sobre todo en las épocas de persecución. Ser "luz del mundo" es sinónimo de lo que sirve para iluminar, y que por eso no se puede esconder, y debe permanecer en un punto donde pueda alcanzar a todos.

Severiano Blanco

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           Jesús nos regala en el evangelio de hoy 2 comparaciones fantásticas en su fecundidad y de inmenso éxito en la predicación cristiana. ¿Quién no ha oído, quién no recuerda las palabras que, otra vez hoy, nos llegan como el lamento de un profeta o la esperanza de un poema?

           Ahora bien, Jesús no habla de la sal sin más, ni de la luz sin más. Sino que habla, más que de 2 cosas, de 2 situaciones que quiere que sus discípulos eviten. No se trata, por tanto, de una comparación abstracta entre 2 realidades terrenas (y esa realidad de gracia que significa ser discípulo del Señor) sino de una imagen viva y en movimiento, de 2 situaciones que los discípulos necesitan aprender a evitar o superar.

           No nos quedemos entonces con la sal y la luz, sin más. Pues si lo que queremos es dar nombre a las cosas, podríamos encontrarnos con una "sal desabrida" y una "luz ocultada" (como bien alerta Jesús). Los adjetivos calificativos siempre son importantes, pero en el caso presente resultan auténticamente básicos, si queremos comprender el verdadero alcance de la enseñanza de nuestro Señor.

           Los calificativos aplicados por Jesús corresponden a sendos riesgos o tentaciones. Porque es fácil contentarse con ser sal sin percatarse de que hace poco ya perdió su sabor. Y porque es tentador deleitarse en el resplandor de la propia luz sin caer cuenta de que ya no alumbramos realmente a nadie. Frente a estas posibilidades, que puede que silenciosamente se nos hayan introducido en nuestro ser, se levanta la voz de Jesús, que no quiere que durmamos con ellas, acostumbrándonos a ser luz apagada o sal desaborida.

Nelson Medina

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           Según la 1ª imagen empleada hoy por Jesús, la Iglesia es como la sal, elemento fundamental para el sabor del alimento humano y llamada a alcanzar los ámbitos más familiares de la vida de los seres humanos. Pero para ello se requiere la fidelidad a su naturaleza, pues la pérdida de su condición es a la vez pérdida de su valor: "No sirve más que para ser arrojada y pisada por las personas".

           La 2ª imagen empleada por Jesús (más desarrollada que la 1ª) sitúa la existencia cristiana por medio de la imagen de la luz. La luz es fuente de revelación de los objetos que gracias a ellas adquieren contornos definidos para la visión. Y tras afirmar de nuevo el ámbito universal de su actuación ("vosotros sois la luz del mundo"), se presentan las condiciones para su eficacia.

           La situación de la altura impide el ocultamiento de una ciudad y la finalidad de la luz hace que deba encontrar una ubicación conforme a esa finalidad. Destinada a iluminar toda la existencia, para realizar su intento de alcanzar a todos los que están en la casa, debe estar situada en lugar manifiesto. Pero el sentido más profundo de las imágenes radica en su significación. La Iglesia está llamada a la realización de obras con un alcance universal y que, en su visibilidad, impliquen una profunda transformación de la realidad.

           La sal y la luz producen esa profunda transformación en los objetos con los que entran en contacto. Y la capacidad de realizar una transformación de ese tipo se exige a los integrantes de cada comunidad cristiana. La realidad, en el presente, no agota sus posibilidades en cuanto no está colocada integralmente en el ámbito divino.

           El cristiano por tanto, debe situarla en ese espacio salvífico y para ello se requiere una actuación adecuada a esa finalidad. Se exige de cada seguidor de Jesús "buenas obras" que den la posibilidad de reconocer el paso de Dios en la historia humana.

           Todos los seres humanos deben ser capaces de reconocer la presencia divina y esa capacidad sólo puede brotar de un compromiso radical con la causa de Dios por parte de cada uno de los miembros de la realidad comunitaria. En un tiempo de desaliento y de pérdida de ideales, las palabras de Jesús tienen como finalidad la recreación de la esperanza y la tensión por el Reino. De esa forma, volviendo a sus orígenes, la comunidad vuelve a revalorizar su actuación en el mundo, actuando en consecuencia.

Confederación Internacional Claretiana

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           De nuevo nos dice hoy Jesús: "Vosotros sois la sal y la luz del mundo", aplicando estos dichos a los discípulos. Las palabras de Jesús recuerdan a sus seguidores, perseguidos y calumniados, su tarea misionera en el mundo que muchas veces puede correr el peligro de perder su fuerza (la sal) y ocultar su vigor (la luz).

           Con relación a todo el discurso, estos dichos sirven de introducción al extenso pasaje que sigue, donde Jesús les da instrucciones a los discípulos acerca de cómo han de convertirse en sal de la tierra y luz del mundo y cuáles son las obras buenas que sirven para glorificar a Dios.

           De esta manera, la misión de los discípulos ("ser luz") se corresponde con la misión de su maestro ("Yo soy la luz"), y la Iglesia se convierte en comunidad de la luz (manteniéndola encendida). De lo contrario, el discipulado y la Iglesia sería algo tan absurdo como una lámpara de aceite metida debajo del celemín. Porque la verdadera luz (el evangelio) debe resplandecer como la luz sobre el candelero, alumbrando a todo el mundo.

Servicio Bíblico Latinoamericano