27 de Noviembre

Sábado XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 27 noviembre 2021

a) Dn 7, 15-27

           Continuamos hoy con la lectura de ayer, en esa gigantesca lucha entre las fuerzas del Bien y las fuerzas del Mal en que Daniel verá el triunfo de los santos contra las bestias malhechoras.

           Se trata del anuncio del Mesías, que todos los exegetas afirman unánimemente. Pero se trata también de una interpretación religiosa de toda la historia humana. De hecho, a "toda época" (también la nuestra) puede aplicársele esta gran visión, pues Daniel la aplicaba a los grandes imperios de su tiempo, mientras que el Apocalipsis de Juan la aplicó a la época de Nerón.

           En cuanto a nosotros, ¿somos capaces de esta visión? Daniel fue el 1º en considerar la historia mundial como una preparación del reino de Dios, y en soldar las esperanzas humanas con la aurora de una esperanza eterna. El combate de la santidad, aquí abajo, conduce al hombre hasta el umbral de la eternidad de Dios. El tiempo coexiste con la eternidad.

           Los que finalmente recibirán la realeza, son "los santos del Altísimo". ¡Ah, Señor, qué divina revolución! Los santos, en lugar de Antíoco o de Nerón o de Hitler. ¡De ningún modo una realeza del mismo género de la de éstos!

           En el plan de Dios, un "pueblo de santos" recibirá la realeza "conferida al Hijo del hombre". Y San Pedro dirá a sus fieles de Roma que ellos son un "pueblo sacerdotal, pueblo de reyes, asamblea de santos y pueblo de Dios".

           A medida que Cristo reúne a los hombres en la Iglesia, los asocia a la responsabilidad que él tiene para realizar el proyecto de Dios sobre la humanidad (1Pe 2, 4-10). Señor, ¿qué puedo hacer para mantener en mí esta visión?, ¿cómo esperas tú que yo participe yo en tu proyecto? Señor, yo me siento muy poco santo, ¿cómo te atreves tú a asociarme a tu obra y a tu responsabilidad? ¿O es que la santidad no es sinónimo de aureola excepcional?

           Volviendo a Daniel, nos dice que "esta bestia (este rey) pronunciará palabras hostiles al Altísimo, y pondrá a prueba a los santos del Altísimo, y los santos serán entregados a su poder por un tiempo y tiempos y medio tiempo".

           La santidad es un combate, y la historia es una historia accidentada y tumultuosa. Los triunfos de Dios no son muy aparentes, y a menudo quedan escondidos bajo el triunfo monstruoso de las fuerzas del mal. Las épocas de mártires lo saben bien, así como lo sabían la época de los macabeos (la época en que fue escrito el libro de Daniel). Todavía hoy, las apariencias van contra de Dios... pero "por un tiempo", porque se nos ha prometido que ese triunfo del mal no durará.

           Finalmente, "el tribunal se sentará, y el dominio le será quitado. Y será dado "al pueblo de los santos del Altísimo, para una realeza eterna". Jesús, santo de Dios, tú te declaraste Hijo del hombre, tú te comprometiste totalmente en ese combate contra el mal, de forma terrible ante los demonios. Pero tú no quisiste reinar poderosamente, sino de forma humilde, paciente y santa ante Dios. Y así, todas las apariencias estaban contra Jesús.

Noel Quesson

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           Continúa hoy la visión que empezamos a leer ayer. Y a Daniel le preocupa saber el sentido de las cuatro bestias, sobre todo la cuarta, la última, la más terrible, que parece que lucha contra los santos y los derrota.

           Recordemos, una vez más, que el libro está escrito para que lo lean los que sufren la persecución de Antíoco, en tiempos de los Macabeos, en el siglo II antes de Cristo. El último rey, que blasfema y es cruel y se deshace de los que le estorban, sólo durará "un año, otro año, y otro año y medio", o sea, tres años y medio, la mitad de siete, la mitad del número perfecto, por tanto, un número malo, fatal para él. Entonces el Altísimo lo aniquilará totalmente, "y el poder real será entregado al pueblo de los santos, y será un reino eterno".

           La lección es clara: el autor quiere dar ánimos, infundir esperanza, para que nadie crea que la última palabra la va a tener ese Antíoco que ha querido "aniquilar a los santos y cambiar el calendario y la ley". Antíoco prohibió la celebración del sábado y las fiestas judías, e impuso un calendario helénico, pagano. Era un símbolo de la paganización de las costumbres. De ahí la reacción de muchos judíos que quisieron mantenerse fieles a la fe de sus mayores.

           Lo importante es que Dios sale victorioso en la lucha contra el mal. Y los que han sido fieles, reciben la corona de la gloria. Son palabras de ánimo también para los cristianos que estamos intentando seguir los caminos de Dios en medio de las tentaciones que nos vienen de fuera y de dentro. Incorporados a Cristo Jesús, el Vencedor del mal.

José Aldazábal

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           En el texto de hoy aparece el camino tormentoso del mal que amarga a todos la existencia, y, en su momento culminante, un rayo de luz: el final nunca es triunfo del poder maligno sino aurora de salvación. Dios y el Hijo del hombre triunfan, con sus seguidores, en morada de felicidad.

           En la reflexión de hoy no podemos alejarnos del texto bíblico, de su grandeza, fantasía y mensaje. Vamos a repetir consideraciones ya hechas, para grabar bien sus impresiones.

           Las aventuras de los reinos efímeros, violentos, opresores de Israel, las ve el profeta Daniel simbolizadas en las cuatro fieras gigantes que desvelan sus sueños en Babilonia: una fiera y reino es León alado; la segunda, Oso con tres costillas en la boca; la tercera, un Leopardo con cuatro alas y cuatro cabezas; y la cuarta, un animal horrible con dientes de hierro y diez cuernos. ¡Rostro del mal, de la destrucción, de la infidelidad y pecado!

           Esas cuatro bestias son como las cuatro partes de la estatua que vio Nabucodonosor. Pero hoy sabemos que sobre su poderío y terror vendrá el único reino definitivo: el de Dios, el de los santos, el del amor eterno. Nos los traerá el Hijo del hombre, que es el rey Mesías.

           Contemplado el espectáculo de las ingratitudes humanas y de los reinos mundanos que se suceden, volvamos la mirada y pongamos la esperanza en el rey de reyes, en el Mesías que vendrá a inaugurar el reino de Dios o de lo santos.

           Sólo a la luz de Cristo entendemos que el Reino de Dios ha sido ya inaugurado entre nosotros. Este Reino no es para pisotear, triturar o destruir a los demás, sino para que todos encuentren en Cristo y en su Iglesia, que es el Reino y Familia de Dios, el camino que nos une a Él y nos une a nosotros como hermanos.

           Y ante este Reino, muchas veces perseguido, ni el poder del infierno prevalecerá sobre él, pues Dios mismo está en medio de su Pueblo. A nosotros corresponde hacer brillar con toda claridad el Rostro amoroso y misericordioso del Señor. No podemos llamarnos el Reino de Dios y dedicarnos a destruir a los demás. Por eso, quien se profesa hombre de fe en Cristo y se dedica a destruir y a pisotear a su prójimo, no puede sino ser contado entre los hipócritas.

           El Señor está con nosotros, dejemos que su Espíritu impulse nuestra vida para que vivamos, no conforme a los criterios de los reinos terrenos, sino conforme al pensamiento y criterio de Dios, que nos ha manifestado por medio de su Hijo Jesús.

           Así pues deben quedarnos claras las dos cosas: que hay combate y que hay victoria. Como hay combate, debemos prepararnos; como hay victoria, deben estar firmes nuestros corazones y no cejar en su empeño ni dejar de cantar las alabanzas del Único que es grande y santo.

           Con la liturgia de este día llegamos al final de este año litúrgico. Mañana, primer domingo de adviento, se inicia el siguiente año. Y el mensaje final es claro en medio de la compleja red de símbolos de la primera lectura: grandes combates, grandes luchas, pero un solo vencedor y una sola victoria: la del "pueblo de los elegidos del Altísimo", según el bello nombre que nos da Daniel en su texto de hoy.

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 24-36

           Lo único que sabemos acerca de la fecha del "último día", es que vendrá de improviso. (Mat. 24, 39:"Y no conocieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la Parusía del Hijo del Hombre"; I Tes. 5, 2 y 4: "Vosotros mismos sabéis perfectamente que, como ladrón de noche, así viene el día del Señor. Mas vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón" y II Pedro 3,10: "Quien quiere amar la vida y ver días felices, aparte su lengua del mal y sus labios de palabras engañosas").

           Por lo cual los cálculos de la ciencia acerca de la catástrofe universal valen tan poco con ciertas profecías particulares. Velad, pues, orando en todo tiempo (v. 36).

           Por lo tanto, ya no se trata de la cercanía del Reino de Dios, cuyos signos vamos descubriendo a lo largo de la historia (21, 29-33), sino de la llegada del Día del Hijo del Hombre (21, 34-36). Jesús nos pide que andemos con cuidado. Hay actitudes negativas y otras positivas. Las negativas son: que se nos nuble la mente con el vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida. Las positivas: estar despiertos y orando para tener fuerzas en todo momento.

           El que tiene una buena actitud podrá escapar, el Día del Hijo del Hombre, de todos los hechos catastróficos ya descritos en 21, 25-26. No sólo escapará de esos hechos, sino que estará de pie delante del Hijo del Hombre. El Día del Hijo del Hombre es como un lazo.

           El que no camina con cuidado, queda enredado, entrampado, cazado. Si la cercanía del Reino de Dios la perciben solamente los creyentes que saben discernir los signos de los tiempos, el Día del Hijo del Hombre, su Parusía, es una manifestación pública, manifiesta a todos los habitantes de la tierra, incluso a sus enemigos.

           Este texto tan denso y profundo, tiene enormes repercusiones para la vida de la Iglesia, del tiempo de Lucas y en el día de hoy. El día de la Parusía ciertamente es el último día, el día escatológico, el Día del Hijo del Hombre. Pero ese día desde ya marca toda la historia de todos los tiempos.

           Toda la historia está orientada hacia ese día y toda la historia debe estar preparada para vivir ese día. No sabemos si ese día será mañana o en mil años. No lo sabemos y no tiene sentido tratar de saberlo. Nada mas insensato el querer 'adivinar' ese día. Muchos leen la Biblia para calcular la fecha del Día de la Parusía. Esto es insentato y blasfemo. Lo que nos exige Jesús no es calcular fechas, sino el estar preparados ‘siempre’.

           Las actitudes que nos pide Jesús para ese Día, son actitudes para todos los días. Una actitud es que 'se nos nuble la mente', que se embote y se haga pesado nuestros corazones. El texto nos da tres ejemplos de lo que podría nublar nuestra mente y hacer pesado nuestra corazón: el vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida. La actitud positiva contraria es estar en vela y orando, para tener fuerzas en todo momento.

           Estas actitudes negativas o positivas, son dos maneras de vivir, son dos 'paradigmas' de vida posibles. Vivir con la mente y el corazón nublados o vivir vigilantes y en oración. El texto nos urge a optar por uno u otro modelo de vida.

           Si uno está en vela y orando podrá 'escapar de lo que está por venir'. Lo que está por venir Jesús lo describe en 21, 25-26 con ese terrible cataclismo cósmico. Ya dijimos que ese cataclismo cósmico es símbolo del cataclismo social de todas las estructuras y poderes de opresión y muerte. También esta realidad nos urge a una opción. Dónde situarnos en este mundo, de qué lado y con quién.

           No importa si la Parusía de Jesús es mañana o en cien o mil años. Lo importante en vivir de una determinada manera. Además la Parusía de Jesús se vive en cada instante: en la comunidad, en el encuentro con el pobre, en la construcción del Reino de Dios. Hay miles de símbolos y sacramentos en la actualidad y a cada instante de la Parusía del Hijo del Hombre.

Juan Mateos

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           El último aviso de Jesús va dirigido hoy a nosotros: la Iglesia debe mantenerse sobria y despierta. La vida disoluta y la preocupación constante por el dinero ahogan el mensaje (cf. 8,14) y no le permitiría instaurar el reinado de Dios (cf. 12,31). El aviso es muy serio: "Andaos con cuidado" (21,34a). Es el mismo aviso que Jesús había hecho antes a los discípulos a propósito de los fariseos (12,1), de los que causan escándalo (17,3) y de los letrados (20,46).

           La cuádruple repetición de esta advertencia muestra que el peligro es inminente. También a ellos "aquel día podría echárseles encima de improviso" (21,34b): Jesús habla del día en que el Hombre, que es él mismo, se manifestará con todo su esplendor, una vez hayan caído los opresores.

           Los discípulos deben pedir fuerza para mantenerse en pie ante la llegada del Hombre y deben prepararse desafiando la persecución y la muerte (21,35-36). Si siguen identificados con la sociedad pecaminos que se desmorona, correrán también ellos la misma suerte, y la llegada del Hombre no será para ellos señal de liberación (cf. 21,28), sino, todo lo contrario, "caerá como un lazo" sobre ellos, igual que "sobre todos los que habitan la faz de la tierra" (21,35).

           Si "el fin del mundo" es para hoy, si el Hijo del hombre ejerce su juicio en la historia, la exhortación a la vigilancia adquiere aún mayor peso. "Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis de todo lo que está por venir".

           En el contexto del discurso, colocado inmediatamente antes de los relatos de la pasión y de la resurrección, esta fórmula designa con claridad la pasión del Hijo del hombre, en la que se verán complicados también los discípulos, lo quieran o no. Por tanto, esta exhortación va dirigida a animarlos en unos momentos en que se ven brutalmente situados ante el misterio de la cruz.

           Pero Lucas piensa también en sus lectores, en los de hoy y en los de mañana. Situados ante los misterios de la existencia, ¿no sentirán la tentación de abandonarlo todo? Será entonces cuando habrán de recordar que los tiempos del Reino se han cumplido ya, que "nuestras historias son un signo y un testimonio de una venida que los ilumina desde dentro, y que lo que a una mirada poco atenta puede parecer un otoño triste y siniestro, para el creyente está enraizado en la oración, como una primavera totalmente llena de la venida del Hijo del hombre" (Ph. Bossuyt).

Josep Rius

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           Jesús acaba de anunciar la «venida del Hijo del hombre» sobre las nubes del cielo. Acaba de decir que el «Reino de Dios está cerca», como lo está el verano cuando los árboles han brotado. Y para esta espera, continúa dando consejos a sus amigos: "Andaos con cuidado que no se os embote la mente ni el corazón".

           Después de los consejos de esperanza y de confianza, hay ahí uno de vigilancia: "No dejarse sorprender" por esas «venidas» de Jesús, sobre todo por la última. Permanecer «ágil», no embotarse. Permanecer siempre dispuestos a partir, "para que no os entorpezcan la comida, ni la bebida, ni los agobios de la vida".

           Sabemos que un excesivo apego a los placeres, ¡entorpece la mente y el corazón! Cuando buscamos disfrutar con exceso de esta vida, nos olvidamos de «aquel día». Y aquel día "vendrá de improviso sobre nosotros, y como un lazo caerá sobre todos los que habitan la faz de la tierra".

           El «día» del juicio viene de improviso. Cada segundo muere alguien, y sobre toda la tierra mueren decenas de millares. No sé cuantos segundos me quedan.

           El juicio que cayó sobre Jerusalén debe servirnos de advertencia. Es el símbolo del juicio que caerá sobre la tierra entera. Por eso, nos alerta Jesús: "Velad pues, y orad en todo momento". Sí, Jesús, tú aconsejabas a tus amigos que no cesasen jamás de «orar». Y san Pablo lo repetía a sus fieles (2 Ts 1, 11; Flp 1, 4; Rm 1, 10; Col 1, 3; Filemón, 4).

           Hay que repetirse a sí mismo esos consejos apremiantes de Jesús: esperanza, confianza, certeza, vigilancia, sobriedad, disponibilidad, oración... Puesto que nadie sabe la hora, y hay que "tener fuerza para escapar de todo lo que va a venir". Esta es la señal de que hay, de todos modos, algo temible, en «aquel día».

           La confianza, el gozo, la esperanza... no son sinónimo de seguridad engañosa. Hay que estar alerta, porque un peligro amenaza, y hay que estar a punto de escapar. Así, podremos "estar en pie delante del Hijo del hombre".

           He aquí la última frase del último discurso de Jesús antes de su Pasión. «¡Velad y orad, para presentaros con seguridad delante del Hijo del hombre!» Jesús va a llegar pronto a su «fin» por el sufrimiento. Pero El se ve, Hijo del Hombre, glorioso viniendo de nuevo «sentado a la diestra de Dios», como lo dirá dentro de unos días delante del Gran Consejo (Lucas 22, 69). Será el Hijo del Hombre quien tendrá la última palabra. Y si velamos y oramos, podremos presentarnos delante de El con seguridad.

Noel Quesson

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           Hoy, último día del tiempo ordinario, Jesús nos advierte con meridiana claridad sobre la suerte de nuestro paso por esta vida. Si nos empeñamos, obstinadamente, en vivir absortos por la inmediatez de los afanes de la vida, llegará el último día de nuestra existencia terrena tan de repente que la misma ceguera de nuestra glotonería nos impedirá reconocer al mismísimo Dios, que vendrá (porque aquí estamos de paso, ¿lo sabías?) para llevarnos a la intimidad de su Amor infinito.

           Será algo así como lo que le ocurre a un niño malcriado: tan entretenido está con “sus” juguetes, que al final olvida el cariño de sus padres y la compañía de sus amigos. Cuando se da cuenta, llora desconsolado por su inesperada soledad.

           El antídoto que nos ofrece Jesús es igualmente claro: «Estad en vela, pues, orando en todo tiempo» (Lc 21,36). Vigilar y orar... El mismo aviso que les dio a sus Apóstoles la noche en que fue traicionado. La oración tiene un componente admirable de profecía, muchas veces olvidado en la predicación, es decir, de pasar del mero “ver” al “mirar” la cotidianeidad en su más profunda realidad.

           Como escribió Evagrio Póntico, «la vista es el mejor de todos los sentidos; la oración es la más divina de todas las virtudes». Los clásicos de la espiritualidad lo llaman “visión sobrenatural”, mirar con los ojos de Dios. O lo que es lo mismo, conocer la Verdad: de Dios, del mundo, de mí mismo. Los profetas fueron, no sólo los que “predecían lo que iba a venir”, sino también los que sabían interpretar el presente en su justa medida, alcance y densidad. Resultado: supieron reconducir la historia, con la ayuda de Dios.

           Tantas veces nos lamentamos de la situación del mundo. ¿Adónde iremos a parar?, decimos. Hoy es el último día del tiempo ordinario, y es día también de resoluciones definitivas. Quizás ya va siendo hora de que alguien más esté dispuesto a levantarse de su embriaguez de presente y se ponga manos a la obra de un futuro mejor. ¿Quieres ser tú? Pues, ¡ánimo!, y que Dios te bendiga.

Homer Val

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           Escuchamos hoy la última recomendación de Jesús en su "discurso escatológico", último consejo del año litúrgico, que enlazará con los primeros del Adviento: "estad siempre despiertos". Pues lo contrario del estar despiertos es que se "nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero". Y el medio para mantener en tensión nuestra espera es la oración: "pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir". La consigna final es corta y expresiva: "Manteneos en pie ante el Hijo del Hombre".

           Todos necesitamos un despertador, porque tendemos a dormirnos, a caer en la pereza, bloqueados por las preocupaciones de esta vida, y no tenemos siempre desplegada la antena hacia los valores del espíritu.

           Estar de pie ante Cristo es estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando las mil tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús está próxima o no: para cada uno está siempre próxima, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia, en los sacramentos, en la Eucaristía, en la persona del prójimo, en los pequeños o grandes hechos de la vida.

           Los cristianos tenemos memoria: miramos muchas veces al gran acontecimiento de hace dos mil años, la vida y la Pascua de Jesús. Tenemos un compromiso con el presente, porque lo vivimos con intensidad, dispuestos a llevar a cabo una gran tarea de evangelización y liberación. Pero tenemos también instinto profético, y miramos al futuro, la venida gloriosa del Señor y la plenitud de su Reino, que vamos construyendo animados por su Espíritu.

           En la Eucaristía se concentran las tres direcciones, como nos dijo Pablo (1 Co 11,26): "cada vez que coméis este pan y bebéis este vino (momento privilegiado del "hoy"), proclamáis la muerte del Señor (el "ayer" de la Pascua) hasta que venga (el "mañana" de la manifestación del Señor)". Por eso aclamamos en el momento central de la Misa: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús".

José Aldazábal

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           Las lecturas de este último día del año litúrgico nos señalan el fin de nuestro caminar aquí en la tierra: la Casa del Padre, nuestra morada definitiva. El Apocalipsis nos enseña, mediante símbolos, la realidad de la vida eterna, donde se verá cumplido el anhelo del hombre: la visión de Dios y la felicidad sin término y sin fin: El nombre de Dios sobre la frente de los elegidos expresa su pertenencia al Señor.

           La muerte de los hijos de Dios será sólo el paso previo, la condición indispensable, para reunirse con su Padre Dios y permanecer con Él por toda la eternidad. Muchos hombres, sin embargo, no tienen la nostalgia del Cielo” porque se encuentran aquí satisfechos de su prosperidad y confort material y se sienten como si estuvieran en casa propia y definitiva, olvidando que no tenemos aquí morada permanente (Hebreos 13, 14) y que nuestro corazón está hecho para los bienes eternos.

           El cielo será la nueva comunidad de los hijos de Dios, que habrán alcanzado allí la plenitud de su adopción. Estaremos con corazón nuevo y voluntad nueva, con nuestro propio cuerpo transfigurado después de la resurrección. Jesús, en el que tiene lugar la plenitud de la revelación, nos insiste una y otra vez en una felicidad perfecta e inacabable. Su mensaje es de alegría y de esperanza en este mundo y en el que está por llegar.

           En el cielo veremos a Dios y gozaremos en Él con un gozo infinito, según la santidad y los méritos adquiridos aquí en la tierra. Es bueno y necesario fomentar la esperanza del Cielo; consuela en los momentos más duros y ayuda a mantener firme la virtud de la fidelidad. Pensemos con frecuencia en las palabras de Jesús: Voy a prepararos un lugar (Juan 14, 2).

           Allí en el cielo, tenemos nuestra casa definitiva, muy cerca de Él y de su Madre Santísima. Aquí sólo estamos de paso. “Y cuando llegue el momento de rendir nuestra alma a Dios, no tendremos miedo a la muerte. La muerte será para nosotros un cambio de casa. Vendrá cuando Dios quiera, pero será una liberación, el principio de la Vida con mayúscula. La vida se cambia, no nos la arrebatan. Mañana comienza el Adviento, tiempo de la espera y de la esperanza; esperemos a Jesús muy cerca de María.

Francisco Fernández

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           Jesús, de muchos modos nos has dicho que no basta con hacer un acto de fe en un momento dado y confiar que ya estamos salvados. Vigilad sobre vosotros mismos, porque, aun siendo mis discípulos, a pesar de haber creído en mí y haberme seguido por algún tiempo, vuestros corazones se pueden ofuscar por los afanes de esta vida. Nadie sabe el día ni la hora en el que Dios le va a pedir cuentas, pues la muerte puede venir en cualquier momento. Por eso, he de estar siempre preparado, siempre en gracia.

           Jesús, tú me recuerdas que para estar siempre preparado, para mantenerme espiritualmente «en forma», he de vigilar orando en todo tiempo. La oración es la manera práctica de ejercitar la fe, de modo que no languidezca con el tiempo, sino que se fortalezca y se traduzca cada día en obras de santidad. La oración misma es un acto de fe, porque al dirigirme a Ti en el silencio de mi corazón te estoy mostrando que creo que estás a mi lado, que me ves, que me oyes: que me escuchas con atención, como una madre buena escucha a su hijo pequeño.

           Jesús, hoy se acaba el ciclo litúrgico. Mañana empieza un año nuevo en la Iglesia, con el primer domingo de adviento. He intentado acompañarte de cerca durante este año considerando cada día tus palabras e intentando hacerlas vida en mi vida ordinaria. He aprendido muchas cosas de Ti.

           Gracias por haberte hecho hombre, por haberte hecho asequible a mi pobre inteligencia. Perdóname por tantas veces en las que no he estado a la altura de tus enseñanzas, y ayúdame a empezar el nuevo año con mayores deseos de santidad.

           Jesús, durante este año litúrgico he aprendido a quererte un poco más; he intentado hacer tu voluntad en cada momento y en cada actividad. También he aprendido que la Virgen María es la persona que ha sabido vivir más unida a Ti, la llena de gracia, y por eso es mi mejor modelo para vivir cristianamente en mis circunstancias ordinarias. Además, ella es mi Madre; y está pendiente de todo lo que necesito.

           La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Pues como dice el Catecismo de la Iglesia:

"Antes de la encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho «llena de gracias» responde con la ofrenda de todo su ser: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Fiat, ésta es la oración cristiana: ser todo de Él, ya que El es todo nuestro" (CIC, 2617).

           Madre, que nunca pierda la paz y la alegría propias del que se sabe hijo de Dios y de tan buena madre. Tu Hijo Jesús me ha dicho que rece en todo tiempo para evitar todo tipo de males, especialmente la ofuscación del corazón. Cuando se alborote mi alma, ayúdame, madre: dame la paz y la alegría que llenó tu vida aun en medio de los sufrimientos, más grandes. Si rezo en todo tiempo, me sorprenderé de la eficacia de la oración. Porque la oración, especialmente la oración de la Virgen, es omnipotente.

Pablo Cardona

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           En nuestras vidas hay sorpresas que en realidad no lo son tanto. No debería sorprendernos que llegue así la cuenta mensual del teléfono, si hemos estado haciendo largas llamadas al exterior. Para quien se dedica a los estudios y no se ha dedicado responsablemente a ellos, es lógico que al llegar al examen “le sorprenda” lo difícil que es. ¡Era de esperar! Nosotros mismos preparamos y fraguamos estas sorpresas, que pueden resultar desagradables o negativas.

           Pero sucede lo mismo en sentido positivo. Quien cumple su trabajo con profesionalidad, es emprendedor y tiene iniciativa, está “preparándose” una buena sorpresa, que puede ser un ascenso de puesto, más prestaciones, etc. De nosotros depende, entonces, que muchas situaciones del futuro sean buenas o malas.

           Por eso, el Señor nos recomienda vigilar y orar; estar activos, construyendo nuestras vidas. Vigilar y orar para descubrir si estamos aprovechando al máximo el tiempo presente, ¡no vaya a ser que nos estemos preparando una sorpresa desagradable para el futuro!

Ignacio Sarre

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           Se nos acaba el año, y ¿cómo nos encuentra Dios? Esta tarde la liturgia se viste del blanco de Adviento y el “ángel nos muestra el río de agua viva, luciente como el cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero que hace crecer el árbol de la vida”. Nuestro Redentor está vivo y sólo los vivos contemplan su rostro. No te mueras ahora que queda tan poco.

           Para estar vivo, ten cuidado: “no se te embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se te eche encima de repente aquel día. Estate siempre despierto, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y mantente en pie ante el Hijo del Hombre”.

           ¡Qué mensaje más bonito en el último día del año litúrgico para saborearlo en la memoria de María en sábado!. Que no se nos embote la mente con preocupaciones absurdas. Que estemos bien despejados, despiertos de tanto susurro que amortaja el alma en la superficialidad y el desencanto.

           En pié, alerta, firmes ante Jesús el Cristo de nuestra fe. Sin bostezos ni lágrimas de aburrimiento en los ojillos. Y si no lo puedes evitar, pide fuerza para escapar de lo que está por venir, eso que puede arruinar todo cuanto has hecho hasta ahora y agota el último aceite de la alcuza. No se puede bajar la guardia porque el partido termina cuando pita el árbitro. Todo el tiempo de juego es tiempo de salvación.

           Hermano, hemos de pasar por la purificación para llegar al lugar donde “no hay ni habrá ya nada maldito”. Lo maldito se pega a nuestros huesos con suma facilidad y hay que ejercitarse en la ascesis de antaño para rejuvenecer, de lo contrario, no dejaremos la noche y necesitaremos luz de lámpara o del sol, luceros de poca monta comparados con la luz que irradia el Señor Dios.

           Mirad que el Señor está para llegar. Dichoso quien tiene presente el mensaje profético. Esperad, postrados en tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Miguel Niño

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           El pasaje de hoy es complemento de la lectura de ayer, y nos viene a decir que si no nos embotamos en el vicio, y si dejamos un resquicio a la gracia, Dios estará misericordioso con nosotros en su segundo advenimiento.

           El Señor del Reino será el que nos enseñe a vivir sin embotamiento de la mente con vicios nefandos, sin la ceguera que produce el vino de las pasiones y drogas, sin apetito desordenado de posesiones que anulan la personalidad de cualquier hombre en su convivencia, solidaridad, gratuidad, servicio, amor.

           El evangelio de hoy está en esa tónica: estar despiertos pero no angustiados; atentos pero no desesperados; vigilantes del peligro pero no obsesionados con él. Y sobre todo: orar. Dejar de orar ya es perder.

           Necesitamos de la oración para que nuestros ojos vean como Dios ve. Necesitamos de la oración para que nuestras fuerzas no sean sólo las nuestras, sino las de Él, que es el único que conoce la magnitud, dirección y perversidad de lo que tendremos que sufrir.

           Necesitamos de la oración porque ninguna previsión será perfecta y ningún razonamiento podrá deducir cuándo es aquel día y aquella hora. Necesitamos de la oración, en fin, porque ¿qué podrán temer los que han de comparecer ante el mismo que les concedió orar con fe, con esperanza y con amor?

           Hemos de velar y hacer oración para poder comparecer seguros ante el Hijo del hombre. Hay muchas cosas que pueden hacernos perder de vista a Dios y hacernos errar el camino que nos conduce a Él. Nadie está libre de una diversidad de tentaciones que nos invitan a poner sólo nuestra mirada, nuestra seguridad y confianza, en lo pasajero.

           Cierto que necesitamos de muchas cosas temporales para vivir con dignidad; pero no podemos entregarles nuestro corazón, sino saberlas, no sólo utilizar, sino emplearlas incluso para hacer el bien a quienes carecen de lo necesario para sobrevivir. Sin embargo, este desapego de lo temporal y el ponernos en marcha, cargado nuestra propia cruz, tras las huellas de Cristo, no es obra del hombre, sino la obra de Dios en el hombre.

           Por eso, a la par que hemos de estar vigilantes para no dejarnos sorprender por las tentaciones, ni deslumbrar por lo pasajero, hemos de orar pidiendo al Señor su gracia y la asistencia de su Espíritu Santo para que podamos caminar en el bien, con los pies en la tierra y la mirada puesta en el Señor.

           No vivamos esclavos de aquello que, siendo útil, no merece ser elevado a la categoría de Dios. Aprendamos a utilizar los bienes de la tierra, sin perder de vista los bienes del cielo. Entonces podremos, al final de nuestra vida, comparecer seguros ante el Hijo del hombre, pues iremos, no como derrotados por la maldad, sino como aquellos que disfrutan la Victoria de Cristo, que nos hace caminar y vivir en el amor.

           Mañana será el primer domingo de Adviento, y en la Palabra de Dios resonará la llamada a empezar vida nueva, como resucitando de las cenizas de nuestras dudas, pecados, infidelidades. ¿Será todo nuevo de verdad en nuestras conciencias? Ayúdanos, Señor, a que tu palabra sea espíritu y vida. Dispón nuestro corazón para que sea morada tuya. Persuádenos de que hacer el bien es nuestra felicidad.

Dominicos de Madrid

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           Las enseñanzas de Jesús sobre el fin de los tiempos pueden ser resumidas en dos puntos: su carácter imprevisto y su universalidad. Y frente a la curiosidad sobre la determinación de los plazos del fin, la primera característica nos coloca ante la tarea de situar en el marco del querer divino la totalidad de la propia vida.

           La universalidad del Juicio, por su parte, nos conduce hacia el mismo término, ya que ese querer divino sobre el mundo y la historia de los hombres puede suscitar en nosotros una actitud responsable frente a todos los acontecimientos que afectan a nuestra vida en todos los momentos en que se desarrolla.

           La responsabilidad que brota de esta condición del juicio divino exige una lucidez de comprensión y una actuación práctica coherente con ella. Están excluidas de ella el desaliento y la desconfianza en la fuerza de Dios, necesaria para enfrentar nuestra tarea, y una vida de banalidad que haga disminuir nuestra capacidad de actuación frente a los sucesos que nos sobrevienen.

           La actitud exigida por Jesús puede ser denominada como vigilancia. Y esta vigilancia que se nos exige está íntimamente ligada a la práctica de la justicia en la relación con nuestros semejantes, y es condición necesaria para enfrentar ese juicio imprevisto y universal.

           Dentro de esta actitud de vigilancia, asume un lugar privilegiado la práctica de la oración. Ella nos da la fuerza para descubrir en los acontecimientos la mayor o menor presencia de la justicia y nos da fuerzas para ser constantes en la búsqueda de ella, ligada íntimamente al interés primordial de Dios para las relaciones entre los hombres.

Confederación Internacional Claretiana

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           El sistema vigente tiene muchos medios para atrapar a las personas en sus interminables juegos de manipulación. En la época de Jesús el alcoholismo, el afán de riqueza, la prostitución y los juegos de azar eran las grandes distracciones. El pueblo judío era muy celoso de sus leyes religiosas que no le permitían lo anterior, pero sucumbía ante las influencias de las culturas foráneas centradas en el culto al poder y el placer.

           Posteriormente las comunidades primitivas, tuvieron que definir parámetros muy claros ante los vicios que propagaban las culturas grecorromanas. Estas tenían grandes valores, pero a la vez difundían una moral muy relajada.

           El evangelio de hoy, pone en boca de Jesús un conjunto de advertencias que tratan de contrarrestar el efecto de los vicios que amenazaban la integridad de la comunidad. No se trata de una prédica moralista, sino de una llamada hacia una actitud ética consciente y responsable.

           El ser humano no puede ser libre si permanece atado a los vicios que le impone la cultura. El cristiano no puede estar atento a la presencia de su Señor si está envuelto en el marasmo de los antivalores que la sociedad promueve como ideal de vida. El cristiano necesita estar libre y despierto ante la realidad para dar una respuesta eficaz ante ella.

           Por estas razones, el cristiano necesita cultivar una actitud orante que le permita estar despierto ante la realidad y descubrir los signos de los tiempos. La actitud ética del cristiano está encaminada a permitir una acción transparente de Dios en la humanidad. Pero, el cristiano debe cuidarse de no convertirse en juez de sus hermanos y congéneres, pues la actitud ética no está orientada al perfeccionismo moral sino al testimonio de Cristo.

           Para que esto sea posible, el cristiano debe actuar y madurar en comunidad. Su iglesia es el referente de su acción. A ella debe acudir cuando duda o titubea, cuando pierde el rumbo o se confunde ante la ola ideológica que mantiene el sistema vigente. La actitud ética del cristiano es un compromiso personal vivido en comunidad.

Servicio Bíblico Latinoamericano