24 de Noviembre

Miércoles XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 noviembre 2021

a) Dn 5, 1-6.13-17.23-28

           Escuchamos hoy el festín de Baltasar I de Babilonia, en un texto tan coloreado de detalles concretos, y que ha inspirado a tantos pintores célebres, que es evidente que hay que retener en lo esencial. Por otro lado, este festín es como el símbolo del paganismo de todos los tiempos.

           En 1º lugar, se alude en él a la "seducción del orgullo". Se trata de un gran festín "de 1.000 invitados, que comen en vajilla de oro y plata" y en que el rey hace alarde de su lujo. ¿Y quién paga el costo de todo esto? Los pobres de su reino, sin duda. Pero no piensa en ello, sino que deslumbra y aplasta a los humildes con su orgullo.

           En 2º lugar, se alude en él a la "seducción de la carne". Nos imaginamos la orgía sexual que los artistas han hecho resaltar, la "abundancia de vinos, mujeres y cantoras". Cuando la humanidad se abandona a sus instintos, excitada por el alcohol y el sexo, ya no se detiene en el camino de la degradación y envilecimiento.

           En 3º lugar, se alude en él al "insulto a Dios". En este estado es frecuente que el hombre se las haya con Dios. Baltasar I, para mostrarse completamente libre de todos los tabúes religiosos, imaginó "beber en los vasos sagrados, robados antaño al templo". Hay muchas otras maneras de burlarse de Dios.

           En 4º lugar, se alude en él al "miedo y la angustia del más allá". Se habla hoy mucho de la angustia metafísica del ateo, mientras por otro lado se constata la proliferación de prácticas supersticiosas y mágicas, en las personas que no creen en el verdadero Dios. En el caso que nos atañe, el monarca tiene miedo ante el misterio, y por eso "empalideció, su pensamiento se turbó, y sus piernas temblaron".

           Y todo ello porque "tú no has glorificado al Dios que tiene en sus manos tu propio aliento, y de quien dependen todos tus caminos". Son las palabras que dirige Daniel a ese materialismo pagano, al que de paso le recuerda "al verdadero Dios".

           Al hombre que pretende pasarse de Dios, el profeta le recuerda su dependencia radical: "Dios es el que tiene en sus manos tu propio aliento". Repito para mí esta palabra divina, y esa imagen sorprendente que expresa lo muy efímero y limitado que soy. Sé que un día mi aliento se detendrá, y sé que soy mortal, luego ¿qué conclusiones debería yo sacar de esto? ¿Qué actitud debería ser la mía ante esta verdad? ¿Qué oración me sugiere esto?

           Y esto porque "Dios ha medido tu reino". A la muerte de Nabucodonosor II de Babilonia, el Imperio de Babilonia se escindió en 2 imperios rivales, el de los medas y el de los persas, a nivel histórico, político y humano. Todo esto no está allende de Dios, todo esto está "en sus manos".

           Y también porque "has sido pesado en la balanza y encontrado falto de peso". Ese gran rey se creía muy importante, y Dios "lo encuentra falto de peso". Considerados desde el punto de vista de Dios, los hombres no tienen las mismas proporciones que les asignamos aquí abajo. Aquel que está al frente de una gran empresa, o aquel que es adulado y envidiado, es quizás considerado por Dios como "falto de peso".

           Y aquel que es despreciado, o a quien no se da importancia, es quizás considerado por Dios como importante y grande. Ayúdanos, Señor, a apreciar toda cosa y todo hombre al peso real, a la densidad divina. ¿Qué es lo que puede dar peso a mi jornada de hoy? ¿Qué amor he de poner en todas mis acciones? ¿Qué oración dará densidad a mi vida?

Noel Quesson

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           Es frecuente que los hombres no logremos alcanzar el equilibrio entre los extremos. Hoy se habla de desacralización, a causa sin duda, de un exceso de sacralizaciones exageradas. Lo que no podemos hacer, con todo, es perder el sentido de lo sagrado. Mejor dicho: hay que tratar con respeto las cosas de Dios. Ya el libro del Génesis nos enseña a sobrepasar los mitos, porque Dios domina también el mundo profano. Pero esto no significa que sea menester detenernos en dicho mundo y desentendernos de toda trascendencia.

           Hubo épocas en las que la mentalidad de los hombres no estaba tan sensibilizada para comprender estas cosas como ahora, pero el sentido tiene que ser siempre el mismo. Antíoco IV de Siria profanó el templo en tiempos del libro de Daniel. Esto era un sacrilegio que forzosamente sería castigado. Por eso el autor vuelve la vista atrás y mira el castigo de la profanación que Baltasar I de Babilonia había llevado a cabo con los vasos sagrados, para enseñar cuál era la voluntad de Dios.

           La historia nos habla de la Caída de Babilonia. El autor interpreta la historia y le da su significado, que, en rigor, hemos de considerar correcto. Seguramente Baltasar I no creía en un peligro del reino. Incluso hay circunstancias muy especiales que motivan la presencia del rey en un banquete en el momento preciso en que los enemigos se apoderaban de la capital de dicho reino. El hecho es insólito, pero a través de lo que sabemos, es verdadero. La aplicación, por tanto, es buena.

           No sólo tenemos esta aplicación de que Dios domina la historia y un día u otro llama a los sacrílegos para que le rindan cuentas, sino que existe otra, o sea, que lo que la sabiduría de los hombres es incapaz de interpretar bajo los signos maravillosos está al alcance del creyente en el Dios que mueve los pueblos. Si el libro de Daniel fuese una pura historia no poseería la trascendencia profética de una interpretación teológica. Tal vez Antíoco IV se rió de la profecía: hoy a Antíoco IV se le recuerda más por causa de la Biblia que por otras cosas.

Josep Mas

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           El pasaje de hoy empieza dando una nueva idea de la esclavitud de Daniel. Pero también se dice que, mientras los adivinos oficiales se han mostrado incapaces de leer y descifrar la inscripción misteriosa escrita en las paredes del salón de banquetes de palacio, Daniel lo logra sin ninguna dificultad.

           Y así se lo hace saber al aludido, en este caso al rey Baltasar I de Babilonia (o Bel-shar-usur, no hijo de Nabucodonosor II, sino del último rey babilonio, Nabónido I), que permanece en estado de pavor: "Como has profanado los vasos sagrados del Templo de Jerusalén, será asesinado, y tu reino repartido entre los medos y los persas".

           Baltasar I no es más que un personaje de recurso literario. Porque no es a él a quien se refiere Daniel, sino a Antíoco IV Epífanes, el seléucida impío que el 169 a.C. había saqueado el Templo de Jerusalén, antes de profanarlo (en el 167 a.C) con la erección de un altar idólatra.

           Por otra parte, también se observará que el banquete ofrecido por Baltasar I termina en una borrachera general, lo cual podría hacer alusión a las orgías de las bacanales introducidas en Jerusalén por Antíoco IV de Siria. Por tanto, el pasaje de hoy es un buen ejemplo de ficción histórica que permite atacar a Antíoco IV de Siria, de forma velada.

           Somos templo del Espíritu de Dios, y vaso de elección en el que reposa el Señor. No podemos convertirnos en asiento de maldad y corrupción, ni podemos utilizar a los demás para saciar en ellos nuestras inclinaciones pecaminosas. Nadie está autorizado para pisotear la dignidad de su prójimo.

           Dios nos ha consagrado para que seamos suyos, por lo que debemos vivir siendo santos como Dios es santo. No podemos robar la inocencia ni ser motivo de escándalo para los pequeños, pues de ellos es el Reino de los Cielos. No podemos echar las cosas santas a los perros ni a los cerdos, pues Dios saldrá en su defensa y entonces ¿quien podrá soportar la llegada del Señor?

           Entonces temblaremos en su presencia y querremos taparnos el rostro, pero sabremos que su sentencia está pronunciada contra aquellos a quienes hubiese sido mejor colgarles al cuello una de esas enormes piedras de molino, y arrojarlos al fondo del mar.

           Pero mientras Dios nos concede un tiempo de gracia, no despreciemos la oportunidad que el Señor no da y volvamos a él con el corazón arrepentido, dejándonos perdonar y salvar por él.

           Así, llenos de su amor, volveremos a pertenecerle con un corazón indivisible y nos esforzaremos para que, quienes se alejaron de él o fueron vejados en su dignidad, encuentren en Cristo el camino que los lleve a la unión con el Padre amoroso y misericordioso, y se libren de la destrucción y de la muerte, que caerá sobre quienes miraron al que traspasaron, pero no quisieron abandonar sus propios caminos equivocados.

José A. Martínez

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           El episodio de hoy del banquete del rey Baltasar I de Babilonia le sirve al autor del libro de Daniel, a modo de parábola, para seguir reflexionando sobre el sentido de la historia humana.

           Ante Dios, el orgullo no vale nada. La orgía de la corte real, y además con los vasos sagrados fruto del pillaje en el Templo de Jerusalén, no puede acabar bien. Daniel, en su papel de intérprete de las visiones, es valiente en anunciar lo que significan las letras que aparecen en la pared: "Dios ha contado tus días", "no has dado el peso en su balanza" y "tu reino se ha dividido".

           Los excesos se pagan, pronto o tarde. Y por eso le interpela Daniel a Baltasar I: "Te has rebelado contra el Señor, y has adorado a dioses de oro y plata". Ahora ha llegado el juicio de Dios.

           Es un mensaje que tienen que saber leer los poderosos de la tierra: en concreto, Antíoco IV de Siria, que en el tiempo en que se escribe este libro de Daniel está haciendo lo mismo que el libro atribuye (con una proyección hacia siglos pasados) al rey Baltasar I de Babilonia.

           Pero también va para cada uno de nosotros, que también deberíamos escarmentar, en cabeza ajena y propia, de las consecuencias que traen nuestros fallos y desviaciones. Cuando nos olvidamos de Dios, no nos pueden ir bien las cosas en nuestra vida. ¿Podemos sentirnos seguros de que no va para nosotros la tremenda acusación: "Has adorado a dioses falsos", "te falta peso en la balanza de Dios"? ¿Nos extrañará luego que "nuestro reino se divida", o que la Iglesia se deteriore?

José Aldazábal

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           En la misma perspectiva de días precedentes, la liturgia sigue amonestándonos hoy a través de símbolos, figuras, acontecimientos. Quiere que no seamos víctimas de engaños que nos pueden costar la vida eterna.

           Entendámoslo así al escuchar de labios del profeta Daniel la explicación que da al rey Baltasar I de Babilonia sobre el significado de algunos signos misteriosos que una mano oscura va trazando sobre el muro del palacio real: tus días están contados, en la balanza no das el peso que necesitas, y tu reino dividido será entregado a nuevos conquistadores.

           Y recordemos la moraleja espiritual: o rectificamos nuestra conducta desordenada, para ser fieles, o seremos presa de nuestras mismas miserias. Cuando menos se espera, salta la sorpresa: un signo que nos desvela, una reacción que nos perturba, un acontecimiento que nos hiere, una gracia que nos levanta el ánimo. Y en todo está la voz y el amor de Dios que nos convoca y atrae hacia si, para perfeccionar nuestra vida.

           Apliquémonos cada uno la lección moral del profeta, dejándonos sorprender por el Señor que escribe en la pantalla de nuestra conciencia las palabras claves: nuestros días están contados. Para hacer el bien o traicionarlo, no disponemos de otro campo de operaciones, de otra historia personal, de otro contexto, sino del que nos ha correspondido vivir. O nos santificamos por ser fieles a Dios y a los hombres hoy mismo, o no tendremos otra oportunidad. La historia se nos acaba.

           Nuestro peso en la balanza no es suficiente. El reino de Dios exige violencia, audacia, generosidad; y andamos medio enfermos. Estamos pretendiendo servir a dos señores: a Dios y a la carne, a la gracia y al pecado. Y todo reino dividido será destruido. Busquemos, pues, la unidad, en Dios y con Dios.

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 12-19

           En su Discurso Escatológico, Jesús sigue hablando hoy del tiempo presente entre su resurrección y su parusía. Ya habló de los dolores de la historia, de los falsos mesías, de las guerras y de los desastres cósmicos. Pero no debemos alarmarnos, pues todavía no es el fin.

           En el pasaje de hoy, Jesús ya no habla de los dolores de la historia en general, sino de los sufrimientos de la comunidad cristiana. En el v. 12 dice "antes de todo esto", lo que no tiene un sentido cronológico, sino que designa lo que van a sufrir en lo inmediato, lo que está antes de esos dolores sociales y cósmicos globales.

           Lo que Lucas describe hoy es un resumen de los Hechos de los Apóstoles. Primero se predice la cárcel y la persecución. Después se distingue entre los poderes judíos (sinagogas) y los poderes romanos (reyes y gobernadores) ante los cuales serán llevados por causa de Cristo. En la vida de San Pablo se dan específicamente estas dos instancias.

           El centro de este pasaje, uno de los textos más hermosos del discurso de Jesús, se refiere al testimonio. Los discípulos serán perseguidos y entregados a los poderes judíos y romanos para que den testimonio. Es el momento o la ocasión para el testimonio. Esta palabra en griego es martirion. Los testigos son los mártires. Y aquí viene una recomendación extraordinaria de Jesús y muy significativa: "Proponeos no ensayar vuestra defensa, pues Yo os daré boca y sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir vuestros adversarios".

           Ya en los vv. 11-12 teníamos una recomendación semejante: "Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir".

           Estos textos debieron ser extremadamente importantes para los cristianos del período apostólico, tal como se describe en los Hechos de los Apóstoles. Pero son también importantes para nosotros hoy.

           En los vv. 16-19 Lucas describe cómo la división y la persecución llegará a los círculos de los amigos y la misma familia. La muerte y el odio caerá sobre los discípulos. Pero otra vez llega la palabra de ánimo y esperanza de Jesús: "No perderéis ni un pelo de la cabeza. Con la resistencia salvaréis la vida". La palabra en griego hupomoné tiene varias traducciones. Aquí pusimos resistencia, aunque también se traduce por perseverancia o tenacidad. La traducción muy frecuente de paciencia es falsa.

Juan Mateos

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           Las persecuciones de que serán objeto los discípulos de Jesús deben ser consecuencia de una actuación inspirada por el Espíritu Santo. Para poder aplicar este criterio y discernir el futuro (o el pasado, en nuestro caso), Lucas nos depara un argumento inestimable: «Meteos en la cabeza (lit. "en vuestros corazones", por ser el "corazón" el equivalente de "mente" en nuestra cultura) que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras tan acertadas (lit. "una boca y una sabiduría") que ninguno de vuestros adversarios podrá haceros frente o contradeciros» (vv.14-15).

           La puntualización que hace referencia a la 'defensa propia / apología' es típica de Lucas, y no se encuentra en el pasaje paralelo de Marcos (Mc 13,11), aparte de ser la segunda vez que la formula (vv.11-12). La razón de esta precisión terminológica la hallaremos en el libro de los Hechos, en la que Lucas ofrece aquí un criterio válido para emitir un juicio ecuánime sobre los múltiples intentos apologéticos de Pablo ante los tribunales religiosos y civiles de Jerusalén y Cesarea, todos ellos en vano (Hch 22,1; 24,10; 25,8.16; 26,1.2.24).

           Pero no se detiene aquí. También nosotros podemos aplicarlo a presuntas persecuciones de que es objeto la iglesia o determinadas personalidades eclesiásticas en nuestros días. Si se hace apologética, además de ser ineficaz y estéril, podría muy bien ser un signo de que no se cuenta con el Espíritu Santo ni con la profecía, como sucedió a Pablo.

           Tan eficaces como pretendemos ser, sirviéndonos de los medios de comunicación y de las técnicas modernas, y cuán poco hemos avanzado -mas bien parece que retrocedemos- en servirnos de los medios más adecuados que nos proporciona el Espíritu.

           Su fuerza está en el interior del hombre, pero nosotros debemos presentarle la expresión, para que hable por nuestra boca y piense con nuestra cabeza. Que eso funciona, Lucas lo deja entrever en el caso de Esteban, el modelo de discípulo. Sus adversarios, como en el caso de Jesús, no «podían hacer frente al espíritu y a la sabiduría con que hablaba» (Hch 6, 10); por esto tuvieron que sobornar a falsos testigos y hacerlo callar por la fuerza de las piedras.

Josep Rius

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           Ningún político de la actualidad se podría animar a proponer la persecución como el resultado de su triunfo electoral. Ni tampoco ningún líder prometería la muerte y la separación familiar a sus seguidores. Sin embargo, éste es el discurso de Jesús. Prevé la cárcel, la persecución, la excomunión, a quienes lleven su nombre.

           Y estos males no provendrán de desconocidos. Serán los mismos familiares, los vecinos, los amigos, quienes los entregarán al poder opresor. No, decididamente Jesús no sería hoy un buen político. No podría hacer buena campaña en los medios de comunicación; ni siquiera podría dirigir una comunidad religiosa.

           Pero lo bueno de esta promesa es que Jesús no ha mentido. Quienes han optado por el mensaje de liberación han sufrido todas esas cosas. En definitiva sabían lo que vendría como consecuencia de sus opciones. No los sorprendió la traición, y hasta podríamos decir que la esperaban. No quedaron desahuciados por la expulsión de sus grupos religiosos, porque sabían que en el seno de ellos estaba acechando el mal y la envidia.

           Incluso hay que afirmar que cuando la predicación del Evangelio no molesta a nadie del poder de turno es porque se ha hecho parte del poder y ha perdido su fuerza. Quienes siguen a Cristo decididamente han debido optar por el “no-poder” y eso molesta a l poder. Por eso el mensaje de vida del evangelio, paradójicamente, genera muerte. Los testigos son traicionados, encarcelados, difamados, expulsados de sus grupos religiosos, torturados, asesinados. ¿Vale la pena este futuro?

           Pero como la Palabra de Dios hay que asumirla en su totalidad, es necesario completar este análisis con la lectura del Apocalipsis. En el texto de este día se afirma que los vencidos vencerán a la Bestia. Es decir, el poder que amenaza no es eterno, y su derrota está en lo que aparenta ser su victoria: nuevamente la paradoja.

           La muerte, para el evangelio, es Vida y triunfo. Porque la Bestia es derrotada en cada mártir que genera. Porque la luz de estos testigos de la vida sigue tanto o más fuerte en su pueblo que cuando ellos vivían. Porque su mensaje, luego de su muerte, s e hace creíble y esperanzador. La Bestia, la matar, es vencida aunque cree que ha vencido. Porque la Bestia no puede cortar toda la vida que está en los testigos, ni puede cortar la vida de todo un pueblo.

           Por eso sigue siendo válido seguir a Cristo. Porque la vida triunfa sobre la muerte que la Bestia vomita, porque esta Bestia podrá matar a algunos testigos, pero su mismo acto de matar está demostrando que fue vencida. Y aunque quiera hacer callar a algunos, otros miles se levantan con las mismas palabras del caído, en miles de voces nuevas. Y ese canto, el canto de los vencedores, será el Canto al Cordero, porque ellos saben que no hay nada por encima del poder de Dios.

Fernando Camacho

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           "Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas". Lucas nos invita a la perseverancia, a vivir con tensión, en guerra con la vulgaridad que usurpa nuestra identidad. La Palabra nos pide ser quien somos para que en la dificultad no desfallezcamos:

"Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios".

           Ellos son los bienaventurados que siguen a Dios y comprenden que a Dios no se le puede manejar. Son los bienaventurados que descubren la enseñanza que la vida les trae a cada momento y la hacen suya y después la reparten sin quedarse nada para sí. Son los bienaventurados que conocen las leyes de la existencia y las hacen "suyas". Son los bienaventurados que llegan a las causas de las cosas y con esfuerzo inician nuevos caminos de comprensión y abren nuevas ventanas hacia la Verdad.

           Si te sientes dispuesto a vencer el mal de hoy con el bien, éste será tu cántico nuevo. El Señor te dará a conocer su victoria y regirá tu mundo con justicia y rectitud.

           Pero antes de todo esto, recuerda que con tu perseverancia salvarás tu alma. En la cultura del fragmento no está bien vista otra perseverancia que no sea la del máximo beneficio. Lo gratuito, lo solidario, la entrega a largo plazo no es rentable para ella. Y sin embargo es la solidez de la propia vida. En este mundo de enlaces subterráneos, de túneles, importa excavar en la profundidad que nos asegura el aguante ante la dificultad para perseverar en la propia verdad.

Miguel Niño

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           Jesús avisa hoy a los suyos de que van a ser perseguidos, que serán llevados a los tribunales y a la cárcel. Y que así tendrán ocasión de dar testimonio de él. Jesús no nos ha engañado: nunca prometió que en esta vida seremos aplaudidos y que nos resultará fácil el camino. Lo que sí nos asegura es que salvaremos la vida por la fidelidad, y que él dará testimonio ante el Padre de los que hayan dado testimonio de él ante los hombres.

           Cuando Lucas escribía su evangelio, la comunidad cristiana ya tenía mucha experiencia de persecuciones y cárceles y martirios, por parte de los enemigos de fuera, y de dificultades, divisiones y traiciones desde dentro.

           A lo largo de dos mil años, la Iglesia ha seguido teniendo esta misma experiencia: los cristianos han sido calumniados, odiados, perseguidos, llevados a la muerte. ¡Cuántos mártires, de todos los tiempos, también del nuestro, nos estimulan con su admirable ejemplo! Y no sólo mártires de sangre, sino también los mártires callados de la vida diaria, que están cumpliendo el evangelio de Jesús y viven según sus criterios con admirable energía y constancia.

           Jesús nos lo ha anunciado, en el momento en que él mismo estaba a punto de entregarse en la cruz, no para asustarnos, sino para darnos confianza, para animarnos a ser fuertes en la lucha de cada día: "con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas".

           El amor, la amistad y la fortaleza -y nuestra fe- no se muestran tanto cuando todo va bien, sino cuando se ponen a prueba. Nos lo avisó Jesús: "Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros" (Jn 15, 20). Pero también nos aseguró: "Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí; en el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33).

José Aldazábal

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           Cuando un día el obispo, además de darnos una cachetada, nos ungió la frente con el óleo de la confirmación en la fe, no cumplió con una especie de rito necesario para que luego pudiésemos acceder a los demás sacramentos, especialmente el matrimonio. Fuimos confirmados en la fe. Fuimos constituidos “testigos” de Cristo en el mundo. Llegamos a la madurez de nuestra entrega al Señor. ¿Y qué mejor testimonio que el martirio por Cristo?

           Pero atendamos a las entrañas de amor de Cristo para con su tan amada criatura. No es nuestro Dios un dios que se goza viéndonos sufrir o queriendo que suframos simplemente porque sí. Seguir a Cristo no implica vivir de tormentos toda la vida. Amarlo no es dejar que nos golpeen toda nuestra bendita existencia.

           Cuando Cristo nos previene de las persecuciones únicamente está siendo realista con nosotros, nos está dando como un voto de confianza. “Me habéis amado. Pues sabed que vuestros hermanos no siempre actuarán movidos por el amor como fuera de esperar sino que os harán sufrir. Pero confiad Yo he vencido con el amor al mundo”.

           No son, pues, palabras que hemos de temer sino consejos de amor, de grande esperanza. Es el peso del amor. El egoísmo está muy difundido en nuestro mundo, pero como cristianos estamos llamados a amar y a vencer con el amor el egoísmo.

           Y aunque tengamos mil problemas tenemos en Cristo la confianza de haber obtenido la victoria. ¡Ya hemos vencido! Porque Él nos ha amado primero y ya nos ha prometido de no abandonarnos en esta dulce lucha por Él que es nuestro Amado. ¿No es cierto que es un gozo, entonces, poder dar testimonio por Alguien a quien amamos de verdad?

Clemente González

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           En el pasaje evangélico de hoy, el Señor nos anuncia que en el mundo tendremos grandes tribulaciones; pero que a él le ha pasado lo mismo, y ha vencido al Mundo. En este caminar en que consiste la vida vamos a sufrir pruebas diversas, unas que parecen grandes, otras de poco relieve, en la cuales el alma debe salir fortalecida, con la ayuda de la gracia.

           Estas contradicciones vendrán de fuera, con ataques directos o velados, de quienes no comprenden la vocación cristiana. O pueden venir dificultades económicas, familiares, o pueden llegar la enfermedad, el desaliento, el cansancio.

           La paciencia es necesaria para perseverar, para estar alegres por encima de cualquier circunstancia; esto será posible porque tenemos la mirada puesta en Cristo, que nos alienta a seguir adelante, sin fijarnos demasiado en lo que querría quitarnos la paz. Sabemos que, en todas las situaciones, la victoria está de nuestra parte.

           La paciencia es una virtud bien distinta de la mera pasividad ante el sufrimiento; no es un no reaccionar, ni un simple aguantarse: es parte de la virtud de la fortaleza, y lleva a aceptar con serenidad el dolor y las pruebas de la vida, grandes o pequeñas, como venidos del amor de Dios. Entonces identificamos nuestra voluntad con la del Señor, y eso nos permite mantener la fidelidad y la alegría en medio de las pruebas.

           Son diversos los campos en los que debemos ejercitar la paciencia. En primer lugar con nosotros mismos, puesto que es fácil desalentarse ante los propios defectos. Paciencia con quienes nos relacionamos, sobre todo si hemos de ayudarles en su formación o en su enfermedad: la caridad nos ayudará a ser pacientes. Y paciencia con aquellos acontecimientos que nos son contrarios porque ahí nos espera el Señor.

           Para el apostolado, la paciencia es absolutamente imprescindible. El Señor quiere que tengamos la calma del sembrador que echa la semilla sobre el terreno que ha preparado previamente y sigue los ritmos de las estaciones. El Señor nos da ejemplo de una paciencia indecible.

           La paciencia va de la mano de la humildad y de la caridad, y cuenta con las limitaciones propias y las de los demás. Las almas tienen sus ritmos de tiempo, su hora. La caridad a todo se acomoda, cree todo, todo lo espera y todo lo soporta, enseña San Pablo (1Cor 13, 7). Si tenemos paciencia, seremos fieles, salvaremos nuestra alma y también la de muchos que la Virgen pone constantemente en nuestro camino.

Francisco Fernández

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           En su exhortación de hoy, el Señor nos hace a permanecer firmes en el testimonio de nuestra fe, aceptando con amor todas las consecuencias que nos vengan por confesarnos hijos en el Hijo; y en que nos invita a perseverar sin claudicar de nuestro compromiso con Cristo cuando la persecución arrecie; y en que nos promete que si nos mantenemos firmes, conseguiremos la vida, pareciéramos escuchar aquellas palabras de Jesús:

"Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque será grande vuestra recompensa en los cielos. Pues así persiguieron a los profetas que vivieron antes que vosotros".

           Cuando los israelitas fueron al destierro el Señor les habló por medio de uno de sus profetas diciéndoles: "El Señor os ha traído aquí para que, por medio vuestro, los paganos conozcan al Señor". Y el Señor nos dice: "Cuando seáis llevados a los tribunales, dejadme hablar a mí por medio de vosotros, pues con esto daréis testimonio de mí".

           Dejemos que el Espíritu Santo hable por medio nuestro. Muchas veces queremos hablar con la erudición humana. Y lo que salva no son nuestras palabras, sino la Palabra que Dios sigue pronunciando día a día por medio de su Iglesia.

           Por eso debemos aprender a estar a los pies del Maestro para que, cuando vayamos a proclamar su Nombre, podamos decir como los auténticos profetas: "Esto dice el Señor", en lugar de decir lo que dice determinado autor humano, por muy eruditas que sean sus palabras.

           Y cuando Dios hable nadie podrá resistir a esas palabras que Él pronuncie por medio nuestro. Entonces el malvado podrá volver al Señor y el reino del Malo habrá llegado a su fin, no por obra nuestra, sino por la obra que Dios realice por medio nuestro.

           En torno a Cristo Él pronuncia su Palabra sobre nosotros. Su Espíritu nos la hace comprender. La Iglesia, unida a su Señor, se convierte, así, en una Palabra viva, en el Evangelio viviente del Padre para todos los hombres. El Señor nos instruye con su Palabra y con su ejemplo, para que vayamos nosotros también a proclamar su Evangelio no sólo con los labios, sino con la vida que se entrega para que los demás encuentren al Señor, unan su vida a Él, participen de sus dones y se salven.

           Cristo entrega su vida para que nosotros tengamos vida. Él fue odiado y perseguido hasta que, finalmente, dio su vida por nosotros. Ese es el camino que debemos afrontar quienes nos unimos a Él no sólo en la oración, sino en la participación de su Cuerpo, que se entrega por nosotros; y de su Sangre, que se derrama por nosotros, para que vayamos y hagamos nosotros lo mismo. La Misión esta dada. Cristo nos quiere como signos claros de su amor en medio del mundo y al paso de la historia.

José A. Martínez

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           Hoy ponemos nuestra atención en la sentencia breve e incisiva de nuestro Señor, que se clava en el alma, y al herirla nos hace pensar: ¿por qué es tan importante la perseverancia?; ¿por qué Jesús hace depender la salvación del ejercicio de esta virtud?

           Porque no es el discípulo más que el Maestro («seréis odiados de todos por causa de mi nombre»; v.17), y si el Señor fue signo de contradicción, necesariamente lo seremos sus discípulos. El Reino de Dios lo arrebatarán los que se hacen violencia, los que luchan contra los enemigos del alma, los que pelean con bravura esa “bellísima guerra de paz y de amor”, como le gustaba decir a San José María Escrivá, en que consiste la vida cristiana.

           No hay rosas sin espinas, y no es el camino hacia el Cielo un sendero sin dificultades. De ahí que sin la virtud cardinal de la fortaleza nuestras buenas intenciones terminarían siendo estériles. Y la perseverancia forma parte de la fortaleza. Nos empuja, en concreto, a tener las fuerzas suficientes para sobrellevar con alegría las contradicciones.

           La perseverancia en grado sumo se da en la cruz. Por eso la perseverancia confiere libertad al otorgar la posesión de sí mismo mediante el amor. La promesa de Cristo es indefectible: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (v.19), y esto es así porque lo que nos salva es la Cruz. Es la fuerza del amor lo que nos da a cada uno la paciente y gozosa aceptación de la Voluntad de Dios, cuando ésta (como sucede en la Cruz) contraría en un primer momento a nuestra pobre voluntad humana.

           Sólo en un primer momento, porque después se libera la desbordante energía de la perseverancia que nos lleva a comprender la difícil ciencia de la cruz. Por eso, la perseverancia engendra paciencia, que va mucho más allá de la simple resignación. Más aún, nada tiene que ver con actitudes estoicas. La paciencia contribuye decisivamente a entender que la Cruz, mucho antes que dolor, es esencialmente amor.

Manuel Cociña

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           Las palabras de hoy de Jesús en el Evangelio son un antídoto contra cualquier tentación de triunfalismo fácil: si bien Dios es el soberano de la Historia y su reino es de justicia, "antes de todo esto os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre". No se trata, pues, de un triunfo fácil, sino de una esperanza difícil, que requiere la resistencia de los santos.

           Aquí, al igual que en el pasaje de Mateo ("Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"; Mt 28,20), afirma aquí Jesús que no nos dejará solos, sino que nos dará “el Espíritu de la verdad” (Jn 16, 13) y nos dará una elocuencia salida del corazón, y una sabiduría tal que no podrá ser vencida por nuestros adversarios.

           Además, estas persecuciones tienen sentido (“para que deis testimonio”), como lo hizo hace 500 años San Antonio Valdivieso, el obispo mártir de Nicaragua, San Romero de América o San Juan Gerardi en Guatemala, lo mismo que tantos hombres y mujeres que con su perseverancia salvaron sus almas (v.19) y con su lucha contribuyen a hacer, con Dios “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

           Es lo que nos presenta Jesús en el evangelio de hoy: "Os harán comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía: así tendréis ocasión de dar testimonio" (vv.12-13). Como nacidos de la Cruz, no podemos esperar sino persecución. Pero como nacidos de la Pascua, no podemos esperar sino nuevas victorias.

Nelson Medina

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           Jesús nos muestra hoy cómo el ser discípulos suyos no es un camino fácil ni agradable. No nos equivoquemos, nuestra recompensa no es en la tierra sino en el cielo. Y todo por causa de la Verdad, del Evangelio. Sólo necesitamos mirar a tantos y tantos hermanos que ya han pasado por lo que Cristo nos anunció: encarcelamientos, persecuciones e incluso la muerte.

           Y precisamente en nuestro caso, situaciones no muy lejanas en el tiempo han bañado nuestro pueblo con la sangre de los mártires. "Seréis odiados por todos a causa de mi nombre" dice el Señor. Odio, traición, soledad... estos y otros más, son los recursos que el maligno utiliza ante el triunfo que ya nos ha alcanzado el Señor. Es así de sencillo, y debemos confiar en Cristo y estar preparados pues "a fuerza de constancia poseeremos nuestras vidas".

           Sólo el Señor puede darnos la gracia de mantenernos firmes en la fe ante las contrariedades de la vida, por eso nosotros debemos estar preparados para recibirlas, sobrenaturalizarlas y mediatizarlas como una escalera hacia el cielo, escalera que se identifica con la Cruz. En primer lugar, hay que esperar todo de Dios, saber que la fuerza viene de Él, confiar ciegamente en Él, y desconfiar de nosotros y de "nuestras" capacidades, pues son dones recibidos.

           Pobre aquel que espera vivir sin dificultades, imprevistos, sin dolor o sin sufrimiento. Porque aún no hemos alcanzado el cielo, y seguimos desterrados. En segundo lugar, permitidle a Dios (pues nuestra libertad nos juega a menudo malas pasadas) que derrame su gracia sobre nosotros. Él está siempre esperando nuestra respuesta afirmativa, "sí quiero, Señor".

           Esta declaración debe estar secundada en el amor y la responsabilidad por adquirir e imitar las virtudes del Corazón de Cristo. Sólo Jesús puede ser el agua que sacie nuestra sed, el bálsamo que cure nuestras heridas espirituales, el vino que embriague nuestro amor. Sólo Él puede revestirnos de "un lenguaje y sabiduría que no podrán contradecir ninguno de nuestros adversario".

           Que ante cada dificultad en el camino, veamos las huellas del Maestro que va por delante y que como buen Maestro, ya ha experimentado en su persona todo lo que tengamos que padecer nosotros. "Confiad, Yo he vencido al mundo".

Juan Gralla

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           Decíamos ayer que los textos bíblicos que propone la liturgia no son descripciones ante litteram de lo que va a suceder en el tiempo final. Lo que se hace es sencillamente extrapolar y proyectar hacia el futuro experiencias dramáticas de nuestro presente. Todo lo que refiere Jesús se ha producido y se sigue produciendo ya, incluso la traición y la delación de los familiares más cercanos.

           Lo decía el salmista: “el que compartía mi pan es el primero en traicionarme”; “si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce intimidad” (Sal 55); “me he vuelto un extranjero para mis hermanos, un extraño para los hijos de mi madre” (Sal 69).

           Y lo vivió Jesús, y se habrá repetido no pocas veces en el pasado. Es una estrategia propia de los regímenes de terror: transformar la mirada amiga en mirada espía y el oído del confidente en oído de un delator. Los dedos se nos vuelven huéspedes. Y al final enloquecemos, porque no podemos vivir sin una dosis mínima de confianza, y es justamente éste el terreno que están zapando y están segando bajo nuestros pies.

           Me resulta demasiado penoso, tras haber recordado esos episodios de la vida pública, evocar historias de la vida eclesial. Lo que en situaciones de crisis y soledad profunda precisamos rememorar para no enloquecer son las palabras de Jesús que se proclaman hoy: “Tendréis ocasión de dar testimonio”; “yo os daré palabras y sabiduría”; “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Y viene a la mente la palabra del profeta: “maldito el hombre que pone su confianza en el hombre... y no confía en el Señor”.

Pablo Largo

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           Tras hablar de los signos engañosos que acompañarán el final, el evangelio de hoy se refiere a los verdaderos signos. El principal es la persecución "por causa del nombre de Jesús". También en este caso, Lucas tiene un mensaje claro: frente a la persecución, no es necesario preparar la defensa. Jesús mismo protegerá a su comunidad si se mantiene firme. De esta manera tendrá ocasión de "dar testimonio". Esta expresión favorita de Lucas equivale a "predicar el evangelio", usada por Marcos en el lugar paralelo.

           La persecución "por causa de Jesús" es un signo evangélico que anticipa la llegada del Señor. Lo leímos en el evangelio del día de Todos los Santos: "Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos ustedes cuando os insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos porque su recompensa será grande en el cielo".

           Jesús completa el texto que leíamos ayer: no sólo se va a destruir el templo; la destrucción va a pasar llevándose consigo a los propios discípulos, que van a ser atacados, perseguidos y entregados a los tribunales. Se dice que hoy en día no estamos ya ahora en época de mártires, y que supuestamente estaríamos en paz y en calma, y en total libertad.

           Ciertamente que hay horas y horas, horas distintas, en la historia. Importa discernir cómo se cumplen, y en qué sentido, las palabras de Jesús en nuestros días. Porque los tiempos cambian, pero su palabra permanece.

Severiano Blanco

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           Siempre he creído que ser cristiano cuando las cosas caminan bien no es problema. Lo difícil es, como dice el Señor, perseverar en los momentos difíciles.

           El cristianismo, es un estilo de vida que muchas veces va en contraposición con los valores, pensamiento y actitudes del mundo: esta es la causa de los problemas. Ser cristiano en un mundo de injusticia, de violencia, de deshonestidad, etc., no es sencillo y por lo general es la causa de la persecución o del rechazo de aquellos a los que nuestro estilo de vida incomoda.

           Animo, porque hoy más que nunca necesitamos ser valientes y mostrarnos al mundo como verdaderos discípulos de Jesús. El ha prometido ayudarnos y estar con nosotros. Seamos fieles hasta el final.

Ernesto Caro

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           La faceta que Jesús expone y comenta en este párrafo, sobre los últimos días, cuando suene la trompeta final que anuncia el término de nuestra historia, es realmente dura. Pero de alguna forma nos la había pre-anunciado cuando nos habló de que por motivo del Reino de Dios habría división incluso de las familias. Consolémonos sabiendo que al alma que intente ser fiel, siempre le estarán abiertas las puertas del corazón de Dios.

           Como nos ha advertido repetidas veces san Pablo, no perdamos el tiempo en teorizar cómo será el juicio final y nuestro encuentro definitivo con Dios, cómo acabará la historia de este mundo en que vivimos. No lo sabemos, ni lo podemos cambiar.

           Pero está en nuestras manos adoptar una postura que es racionalmente, prudente y sabia, y, espiritualmente, segura: vivir haciendo el bien conforme al dictamen de la Palabra del Señor y de nuestra conciencia. Si hay amor, caridad, verdad, justicia, espíritu samaritano, todas las puertas del Reino de Dios están abiertas para siempre.

Dominicos de Madrid

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           El anuncio del mensaje cristiano siempre suscita fuerte animosidad en una sociedad construida sobre valores directamente en oposición a los anunciados por Jesús. Componente fundamental de la vida del Mesías ha sido el "es necesario que el Mesías padezca"; esa situación es fruto de una agresividad de los que que ven amenazada la estructura injusta construida a partir de sus egoísmos.

           La magnitud de esta resistencia que puede llegar hasta poner en riesgo la propia vida, proviene desde lo externo y aun desde las personas más cercanas. Todo se combina para conducir a situaciones amenazantes: cárcel, juicios, traición de los familiares, un odio general hacia el mensaje, trasladado a la persona de los mensajeros.

           En esa situación no es inexplicable la tentación de desaliento. Jesús advierte sobre ella, pero junto a esa advertencia pronuncia una palabra de promesa que renueva la confianza necesaria para continuar en la tarea.

           En cada juicio, motivado por la animosidad, el cristiano sabe que puede contar con la presencia de Jesús que concede un lenguaje y una sabiduría a la que no pueden oponerse los adversarios.

           Y aunque la muerte pueda acabar con algunos mensajeros, otros seguirán proclamando la Buena Noticia de la fraternidad universal entre los hombres. El poder de los enemigos no puede superar la bondad de Dios, incapaz de soportar la mínima pérdida de sus enviados. Para ello se requieren una firmeza y un coraje a toda prueba, capaces de asegurar la ganancia de la propia vida.

Confederación Internacional Claretiana

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           La situación de los cristianos en el mundo antiguo fue precaria desde el comienzo. Primero sufrieron la persecución de los judíos fanáticos, que los veían como un peligro para la religión oficial. Luego fueron perseguidos por el estado romano, que veía en ellos la misma encarnación del mal y un peligro para el imperio. Los escritos del nuevo testamento reflejan esta situación y la refieren tardíamente a la situación de la primera comunidad de discípulos.

           Pero esta situación no es un accidente producido por odios fortuitos o por inquinas individuales. Esta situación se produjo por la actitud del cristianismo ante el mundo.

           Los primeros cristianos se caracterizaron por poner en duda todo el sistema de valores que tenía vigencia en el mundo antiguo. Los cristianos se caracterizaron por no divinizar el estado o el sistema económico. Valoraron al ser humano por encima de las diferencias étnicas, religiosas y sociales. Constituyeron la comunidad en el centro de interés dejando a un lado el culto por el cuerpo y el placer.

           Este modo de ver y sentir la vida los llevó a inevitables enfrentamientos con los defensores del sistema vigente. Para los romanos, el estado era divino y el sistema administrativo y financiero participaba de ese carácter sagrado. La vida estaba centrada en torno al culto al cuerpo y al placer. El centro de la vida humana era la solidez del imperio.

           A la vez, los judíos de la época consideraban que su sistema legal era la máxima expresión de la divinidad. Acreditaban el descanso sabatino como la máxima expresión de la piedad religiosa. De esta manera, romanos y judíos consideraban que el Estado o el sistema religioso se imponían sobre el valor de las personas y comunidades.

           El texto que hoy reflexionamos nos muestra las condiciones en las que vivió la comunidad de Lucas luego de la destrucción de Jerusalén. La mayoría de comunidades de Asia menor, Grecia y Roma padecieron con mayor intensidad la oposición de las sinagogas y la campaña de desprestigio que iniciaron sus detractores.

           A pesar de la adversidad, ellos vieron la situación como una ocasión especial para dar testimonio de Jesús y para anunciar la Buena Nueva en los lugares más conflictivos de la sociedad.

Servicio Bíblico Latinoamericano