23 de Noviembre

Martes XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 23 noviembre 2021

a) Dn 2, 31-45

           El cap. 2 de Daniel es considerado frecuentemente por los exégetas como anterior a la redacción del libro en sí. Se le suele situar en la primera mitad del s. III a.C, y su idea principal es revelar el sentido de la historia dirigida por Dios y su fin último: la constitución de su reino sobre la tierra.

           Nabucodonosor II de Babilonia tuvo un sueño que sólo Daniel, entre todos los sabios, conoce. Y eso porque Dios se lo ha revelado, cumpliendo de antemano la palabra mesiánica: "Tú se lo has revelado a los pequeños y ocultado a los sabios" (vv.14-19).

           La estatua vista por Nabucodonosor II representa los reinos de la tierra que se sucedieron destruyéndose mutuamente. Son 4 en total, cifra simbólica que la Biblia utiliza frecuentemente para designar las fuerzas terrestres (Ez 1,5-18; 7,2; 10,9-21; 14,21; 37,9; Zac 2,1-2; 6,1-5; Am 1,3-4; Is 11-12; Jer 15,2-3).

           Esta lucha por el poder entre las potencias terrestres es causa de una incesante decadencia: el oro degenera en plata, después en bronce, después en hierro y en tierra cocida, hasta el punto de que basta una piedrecita para propinar a la estatua el golpecito demoledor.

           Este proceso regresivo es igualmente una idea muy del agrado de la Biblia: una historia dirigida en exclusiva por el hombre le conduce inevitablemente a la decadencia (Gn 3, 1-6, 12). En este caso, el pasaje de hoy se centra en la descripción de la piedrecita destructora (vv.34-35.44-45).

           Arrojada contra la estatua de los imperios humanos sin la intervención de mano alguna, la piedra es dirigida por el mismo Dios (v.34). El v. 45 precisa que dicha piedra se ha desprendido de una montaña, lo que puede ser también una manera de decir que proviene de Dios, ya que la montaña es con frecuencia un símbolo divino (Sal 35,7; 67,1; Is 14,13; Ex 3,1). La piedra se convierte, a su vez, en una gran montaña que "llena toda la tierra", a la manera de la gloria de Dios (Num 14,21; Is 6,3; Hab 2,14; Sal 71,19; Is 11,9; Sab 1,7).

           ¿Cuál es el significado de esa piedra? ¿Designa a un mesías personal o a todo el pueblo mesiánico? El AT ha hablado en repetidas ocasiones de una piedra en la economía de la salvación, y ha hecho de Dios una piedra de choque para las tribus de Israel (Is 8, 11-15) y una roca de salvación (Sal 17, 2-3), yendo la falta de un apoyo sobre ella hacia la ruina (Dt 32, 15).

           Este el texto de hoy esa piedra designaría a Dios, o más exactamente al monoteísmo yahvista opuesto a la idolatría (la estatua) de los grandes imperios, que se extienden rápidamente sobre toda la tierra. La perspectiva del autor no es, pues, directamente mesiánica, sino apologética (Dn 2,46-49; 3,24-30; 4,31-32; 6,26-29; 14,40-42).

           Sin embargo, la tradición ha dado al tema de la piedra una interpretación mesiánica, probablemente por influjo de otros textos del AT (Is 28,16-17; Zac 3,9; Sal 117,22) en los que la piedra designa claramente al mesías personal.

           La autentificación de esa interpretación mesiánica la ha realizado Lucas (Lc 20, 18), en ósmosis con los textos del AT (Is 8, 14; Sal 117-118, 22). Es imposible saber si este pasaje de Lucas hay que ponerlo en labios de Cristo, o si es más bien un proverbio forjado por la Iglesia primitiva para centrar en torno a la piedra los principales testimonios escriturísticos.

Maertens Frisque

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           Daniel es el héroe poseedor de la sabiduría que Dios le comunica. Es el mensajero de Dios, y a través de él Dios explica la historia. Las circunstancias que acompañan a los judíos en los tiempos del libro de Daniel no son gratas: están dominados y, además, por una potencia enemiga de Dios. Por eso el autor tiene que alentarles con la esperanza.

           El sueño resulta ser lo más patético y trascendente que jamás se haya escrito. La estatua de pies de arcilla es una imagen hoy proverbial y de clara significación.

           Podríamos fijar la atención en los imperios que representan las diferentes partes de la estatua y hacer su historia. Pero será mejor que nos detengamos en la teología del sueño. O sea, que a pesar de toda su fuerza, los imperios se desploman uno después de otro, y al final una piedrezuela, a los ojos de los hombres insignificante, derriba todos los fundamentos humanos.

           A los judíos les era imprescindible que alguien les confortase con la esperanza de que su situación de esclavitud no podía ser, en modo alguno, duradera. Debido a ello se recurre a este sueño de significado histórico. ¡Qué importa que Nabucodonosor II de Babilonia hubiese sido un gran rey! Porque él ya pasó, igual que pasaron los imperios posteriores a él. Si esto se relata en forma de profecía, rasgo característico en la apocalíptica, la argumentación parece ser que todavía adquiere más vigor.

           Todo era claro para los que lo leían: pasó Nabucodonosor II, pasaron los medos y los persas, pasó Alejandro Magno y pasaron igualmente los seléucidas. O sea, que todo imperio terrenal es como un gigante de pies de arcilla que puede derrumbarse en cualquier momento. Pero el pueblo fiel a Dios no pasará jamás. Esto puede parecer una tesis exagerada para quien no tiene puesta su confianza en Dios, pero en lo que se refiere al fiel, la cuestión es muy clara.

           Antíoco IV de Siria, el nuevo gigante de pies de arcilla, también caerá. Daniel era un ejemplo de piedad. El que triunfa es él. La piedad es, pues, maestra de la vida y de la historia.

Josep Mas

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           Escuchamos hoy una parábola muy clara. Los imperios terrestres se creen muy sólidos, y todo en ellos es brillante y aparentemente rico, construido de oro, plata, bronce y hierro. Pero las piernas del coloso (la base) son de arcilla. Y bastaría una nadería, una piedrecita (por ejemplo), para que todos ellos se vengan abajo.

           Daniel, amparándose en esta parábola, apunta hacia un gobierno, el gobierno persecutor de Antíoco IV de Siria. Un gobierno que, de momento y aparentemente, triunfa. Pero del que Daniel ve su devenir.

           Más allá de los trastornos políticos, o en el corazón de los trastornos políticos, Dios interviene en la historia. Y el profeta, como en los demás libros de ese género (llamados apocalípticos), no establece una clara distinción entre los diversos planos, y para él todo está ligado y mezclado (la caída política de Antíoco IV, la independencia de su país, o la liberación definitiva del fin de los tiempos).

           Para nosotros, lo esencial es abrir nuestros corazones a la esperanza, venga lo que venga. Dios conduce la historia, y su plan avanza y tendrá éxito. Evoco el contexto histórico de hoy: "A ti, oh rey de reyes, el Señor del cielo ha dado reino, poder y gloria".

           Es Nabucodonosor II de Babilonia quien oye esas palabras. Él, que es un rey pagano, y que ha destruido y deportado a Israel, oye decir que es "conducido por Dios". Incluso cuando hace cosas aparentemente contrarias a Dios, continúa estando bajo su control y realiza sin saberlo los proyectos de Dios.

           Creo, Señor, que los acontecimientos de hoy están bajo tu control. Hago oración para descubrir mejor su sentido. Te pido, Señor, que me otorgues participar en tu plan del mundo. A través de mi vida, de mis responsabilidades ¿qué puedo hacer para que la historia avance hacia su término? ¿Hacia el Reino, hacia el éxito en Dios?

           Así es, pues "el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido". La sucesión de los «reinos» terrestres prepara un Reino definitivo: el reino de Dios, que "está cerca, está entre vosotros".

           Estamos en los "últimos tiempos", y también yo puedo hacer que reine Dios sobre mi voluntad, sobre el rinconcito del universo, sobre el huequecito de la historia que depende de mí, sobre la piedrecita que viste desprenderse del monte, sin intervención de mano alguna y que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro.

Noel Quesson

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           La interpretación del sueño de Nabucodonosor II de Babilonia alude con los diversos metales (vv.31-35) a los diversos reinos que se han ido sucediendo, para el tiempo en que se escribe este libro. Un sueño que era una alegoría sobre la historia de los reinos terrenales, que se habían sucedido desde el Imperio Babilónico (oro) hasta la herencia de Alejandro III Magno (hierro) y su posterior dividisión entre los Láguidas (bronce) y Seléucidas (barro cocido).

           Esta composición mixta de los pies del coloso indica la rivalidad que separaba a los Láguidas y a los Seléucidas, al mismo tiempo que subraya la fragilidad del reino seléucida, que pretendía imponer su ley a Israel. Bastará con una piedrecita para derribarlo.

           De esta piedra se dice que se desprenderá de una montaña, "sin intervención de mano alguna". Este detalle indica que, sin que intervengan los hombres, el derrumbamiento de los imperios terrenos será obra de Dios, que "hará surgir un reino que jamás será destruido". De esta manera, el libro de Daniel demuestra ser una crítica radical de todos los regímenes totalitarios: sólo el reino de Dios, un reino de justicia y de paz, conseguirá la eternidad.

           Después de los reinos babilonio (vv.37-38), medo (v.39a), persa (v.39b) y griego (vv.40), al final de ellos se espera la aparición del reino de Dios, del "Dios de los cielos" (v.44) cuya piedra se desprende "sin ayuda de mano" (v.45) y "permanecerá para siempre" (v 44).

           La frase final ("el sueño es verdadero y cierta su interpretación"; v.45) no va dirigida tanto a Nabucodonosor II cuanto a los lectores, a los que el autor tiene presentes. Es un canto a la esperanza, de que el reino de Dios está cerca (como anunciará Jesús) y cuya pronta venida nos exhorta a pedir en el Padrenuestro.

           Tal vez los gobernantes de la tierra nos deslumbren y llenen de temor por su forma de actuar, tal vez violenta y destructora. Pero nada del poder temporal subsistirá para siempre, y algún día esos reinos quedarán reducidos como el polvo, que se desprende cuando se trilla el grano en el verano, o el viento se lo lleva sin dejar rastro.

           Sólo quien ama podrá convertirse en un signo de Aquel que es el amor y cuyo reino jamás será destruido ni siquiera por el poder del infierno. En Cristo, Dios nos ha revelado que su Reino ya ha llegado a nosotros.

José A. Martínez

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           Los hombres, como la estatua que soñó el rey Nabucodonosor II de Babilonia en el pasaje de hoy de Daniel, tenemos una inteligencia de oro (que nos permite conocer a Dios), un corazón de plata (con una inmensa capacidad de amar) y una fortaleza de hierro (que dan las virtudes). Pero los pies los tendremos siempre de barro, con la posibilidad de caer al suelo si olvidamos esta debilidad del fundamento humano (de la que, por otra parte, tenemos sobrada experiencia).

           Este conocimiento del frágil material que nos sostiene nos debe volver prudentes y humildes. Sólo quien es consciente de esta debilidad no se fiará de sí mismo y buscará la fortaleza en el Señor (en la oración diaria, en el espíritu de mortificación, o en la firmeza de la dirección espiritual). De esta forma, las propias fragilidades servirán para afianzar nuestra perseverancia, pues nos volverán más humildes y aumentarán nuestra confianza en la misericordia divina.

           Nos enseña el Concilio de Trento que, a pesar de haber recibido el bautismo, permanece en el alma la concupiscencia o fomes peccati, "que procede del pecado y al pecado inclina" (Sesión V). Tenemos los pies de barro, como esa estatua de la que habla el profeta Daniel. Y tenemos la experiencia del pecado, de la debilidad, de las propias flaquezas, patentes en la historia del mundo y en la vida personal de todos los hombres.

           Cada cristiano es como una vasija de barro (2Cor 4, 7) que contiene tesoros de valor inapreciable, pero por su misma naturaleza puede romperse con facilidad. La experiencia nos enseña que debemos quitar toda ocasión de pecado. En nuestra debilidad resplandece el poder divino, como medio insustituible para unirnos más al Señor y mirar con comprensión a nuestros hermanos. Pues como enseña San Agustín, "no hay falta o pecado que nosotros no podamos cometer".

           Si alguna vez fuera más agudo el conocimiento de nuestra debilidad, o de las tentaciones que nos arrecian, oiremos cómo el Señor nos dice también a nosotros como a San Pablo: "Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la flaqueza" (2Cor 12, 9-10). El Señor nos ha dado muchos medios para vencer.

Francisco Fernández

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           Dios premió la fidelidad de Daniel y sus compañeros con el don de la sabiduría. Daniel supo interpretar para el rey la visión de aquella gigantesca estatua que contenía en sí 4 etapas de la historia. Una visión que ninguno de los adivinos del rey había logrado descifrar.

           Con los elementos en grado decreciente (oro, plata, bronce, hierro) se describen simbólicamente 4 imperios sucesivos. El de oro es el del mismo Nabucodonosor II de Babilonia, el de los caldeos. Le seguirá uno de plata, el de los medos. Luego, otro de bronce, el de los persas. Y finalmente uno de hierro, el de los griegos, en el que se entretiene más, porque corresponde al de los seléucidas, con Antíoco IV de Siria (que es el que están padeciendo los judíos cuando se escribe el libro).

           Todos ellos se creen reinos sólidos, pero no lo son, pues la estatua "tiene los pies de barro". Y en el futuro aparecerá un reino misterioso, "suscitado por el Dios del cielo" y producido por "una piedra que se desprende sin intervención humana y choca contra la estatua de los pies de barro", a la que "destruirá, y acabará con todos los demás reinos, y él durará por siempre". Es la clave de la historia, con su sucesión de imperios y reinos, todos caducos aunque sus dirigentes se enorgullezcan de ellos.

           La misma historia humana se encarga de que los varios imperios sean derribados por el siguiente. Las causas pueden ser políticas, o económicas o militares (además de los aciertos y los defectos humanos). Pero aquí la historia de los 4 imperios (que, escrita unos siglos más tarde, ya se ve en perspectiva cumplida) se interpreta desde la visión de la fe, y anuncia la llegada de un reino procedente del cielo, el del Mesías.

           ¡Cuántos imperios e ideologías han ido cayendo, y siguen cayendo en nuestros tiempos, porque tenían los pies de barro! Esto nos hace más humildes a todos, y nos advierte de la tentación de poner demasiado entusiasmo en ninguna institución ni en ningún ídolo. Pues como dice sabiamente el Salmo 146: "No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar. Exhalan el espíritu y vuelven al polvo: ese día perecen sus planes".

           Y lo mismo habría que decir de nosotros mismos, que también tenemos pies de barro y somos frágiles: no podemos confiar demasiado en nuestras propias fuerzas. La lectura de hoy nos da ánimos para que confiemos en ese reino universal de Cristo, que celebramos el domingo pasado y que da color a estos últimos días del año litúrgico y al próximo Adviento. Todo lo demás es caduco. Cristo, ayer, hoy y siempre, es siempre el mismo.

José Aldazábal

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           Con 5 palabras (oro, plata, bronce, hierro, barro) se describe en el libro de Daniel la estatua de Nabucodonosor II de Babilonia, y se señalan las etapas del Imperio Babilónico. Daniel nos las explica en el texto de hoy, con rasgos históricos y caminando hacia la crisis final del poderío humano (que sólo por gracia divina, renacerá de sus cenizas).

           Entre la fantasía y la historia, la descripción de la estatua y su interpretación es deslumbrante. Así son las etapas de todos los imperios humanos. Así es la cadena que nos sujeta a la realidad (grandiosa o triste) de nuestro acontecer. Menos mal que, al final, se abre la puerta a la esperanza de resurrección y vida.

           La interpretación que hace hoy Daniel de la Visión de la Estatua que tuvo el rey Nabucodonosor II, es una relectura de la historia. El autor sagrado la realiza en el s. II a.C, contemplando a distancia lo que vino sucediendo en tierras de Babilonia y los sucesivos imperios que subyugaron Israel.

           La explicación de Daniel se presenta en perspectiva histórica-profética, como si el profeta estuviera intuyendo el futuro desde el s. VI a.C. Pero eso no deja de ser una recomposición de los hechos, para transmitir un mensaje espiritual. ¿Y qué mensaje de valor es ése? El que sugiere el profeta: todos los imperios tienen su momento de creación, de crecimiento, de esplendor, de crisis y de ruina. Todos son efímeros, y ninguno ofrece perspectivas de eternidad.

           Sin embargo, existe un reino uno que está escondido y que sí durará para siempre: el reino de Dios. En cualquiera de los reinados efímeros, y más aún en tiempos de crisis y ruina, hay que levantar la cabeza y mirar con esperanza, porque está acercándose a nosotros el reino de Dios (el que nunca cesará, el que ofrece constantemente un triunfo de la gracia sobre el pecado).

           Si queremos aplicarnos la lección, podemos preguntarnos desde ya mismo: ¿Cómo vemos los cristianos el momento final de nuestra historia? ¿Tenemos conciencia de que somos peregrinos, y de que vamos por la tierra hacia la casa del Padre? Los cristianos hemos de ver el final de nuestra historia (personal y colectiva) con la confianza que nos ofrece el sabernos hijos amados de Dios. Una confianza que se la debemos al Señor Jesús, nuestro camino, verdad y vida.

           Si echamos una mirada a la historia de las religiones, en todas encontraremos signos apocalípticos, misteriosos, deslumbrantes, y hasta demoledores, sobre el final de los tiempos. Sus rasgos dependen del carácter que en cada una de ellas reviste la personalidad de Dios, principio y árbitro de nuestra existencia mortal.

           Pero en ninguna encontraremos tan unidas, como lo está en la palabra de Jesús, los rasgos más importantes: la majestad de Dios y su cercanía a nosotros, el poder de Dios y su amor hacia nosotros, la fuerza creadora de Dios y la fuerza salvadora ofrecida a nosotros. Celebrémoslo con acción de gracias, mientras reflexionamos preocupados todos por la salvación de los hombres.

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 5-11

           En el Templo de Jerusalén, Jesús ya ha realizado gestos y enseñanzas proféticas ante todo el pueblo (Lc 19,45; 21,4). En el caso de hoy, va a pronunciar un largo discurso apocalíptico en el círculo de sus discípulos (Lc 21, 5-36). Un Discurso Apocalíptico de Jesús que está en toda la tradición sinóptica (Marcos, Mateo y Lucas), y lo iremos reflexionando durante el resto de esta semana.

           Hoy nos toca meditar la introducción a todo el discurso (vv.5-7). Los discípulos están admirados por las construcciones del templo, realmente maravillosas. Pero los discípulos no han entendido los gestos y oráculos proféticos de Jesús cuando llegaron a Jerusalén: que dicho templo "se había convertido en una cueva de bandidos", y que "no quedaría piedra sobre piedra" (Lc 19, 41-44).

           Cuando Jesús repitió que del templo no quedará piedra sobre piedra, los discípulos preguntaron sobre el cuándo y sobre las señales anunciadores del tal desastre. La respuesta de Jesús responde hoy sólo en parte a la pregunta. Jesús hablará del tiempo futuro, aunque en los vv. 20-24 se referirá también a la cercana destrucción de Jerusalén (ca. 70 d.C).

           En los vv. 8-11 Jesús habla de todos los dolores de la historia durante el tiempo de la Iglesia: falsos mesías, guerras y revoluciones, terremotos, peste y hambre en diversos lugares, cosas espantosas y grandes señales en el cielo. El mensaje de Jesús es claro: "No tengáis miedo ni os alarméis, sino seguid tranquilos". Porque "todo eso tiene que suceder", pero no será vuestro fin.

           No se deben usar estos discursos apocalípticos de Jesús para meter miedo a la gente, o para calcular el fin del mundo, porque eso va contra la intención de Jesús. Lo que el Maestro quiere es que vivamos tranquilos y no tengamos miedo cuando llegue la persecución, sabiendo que finalmente (es decir, cuando llegue el fin) nos encontraremos con Cristo en la construcción del reino de Dios. El fin del mundo es un día hermoso y no catastrófico, y toda la historia está orientada hacia la manifestación de Jesús y la llegada de su Reino.

Juan Mateos

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           Como algunos comentaban la belleza del templo por la calidad de la piedra y los exvotos, Jesús les dijo: "Eso que contempláis, llegará un día en que lo derribarán hasta que no quede piedra sobre piedra" (Lc 21, 5-6). No hay duda de que los que hablan en voz alta pertenecen al grupo de discípulos (Mc 13, 1).

           Apenas acaba Jesús de advertirles del peligro fariseo, cuando una facción del grupo de discípulos, que se ha sentido aludida, le recalca la grandiosidad del templo, sin darse cuenta (ni querer darse cuenta) de que ésta no es sino una concreción de la ampulosidad y fastuosidad que ostentan los letrados.

           Son los miembros más religiosos y observantes del grupo. Son los que se sentirían bien en cualquier religión que les ofreciese seguridades. Los que siguen plenamente identificados con las estructuras sociales, políticas y religiosas de Israel. Se quedan boquiabiertos ante tanta belleza y magnificencia. Su fe, su religiosidad se apoya en estas piedras.

           Los comentarios van dirigidos a Jesús, que (por lo que se ve) no se dejaba impresionar por la grandiosidad de aquellas construcciones. Tratan de llamar su atención con el fin de ganárselo para su causa. La respuesta de Jesús más que una jarra es un balde de agua fría. También es la tercera vez que predice la destrucción del templo (Lc 13,35; 19,44).

           Esos "días venideros" son los mismos de la ejecución del Mesías, el Esposo (Lc 5, 35), y coincidirán con la destrucción del templo (Lc 23, 45). El derribo material no será sino una consecuencia del éxodo definitivo fuera del templo de la presencia (gloria) de Dios por el hecho de haber convertido ellos "este lugar", que había sido concebido como casa de oración (Lc 19, 46) y tienda de reunión (Hch 7, 46), en una "cueva de bandidos" (Lc 19, 46) y un templo "fabricado por mano de hombres" (Hch 7, 48), para gloria y alabanza de unos pocos. Dios no quiere edificios singulares que apuntalen el poder, sino lugares funcionales.

           Entonces otros le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ocurrir eso? ¿Y cuál será la señal cuando eso esté para suceder?" (v.7). Mientras los fariseos proclamaban que era necesario orar y observar fielmente la ley para que no sobreviniese el desastre y algunos discípulos todavía creían en el templo y en su fastuosidad, otros intentan sacar provecho de las palabras proféticas de Jesús (pero si se veía venir) e instrumentalizarlo al servicio de sus ideales nacionalistas y patrióticos.

           Jesús trata de conjurar la mentalidad zelota y fanática que los invade y que irá in crescendo en los momentos de la gran derrota nacional: "Alerta, no os dejéis extraviar; porque muchos llegarán sirviéndose de mi título, diciendo ése soy yo y el momento está cerca. No os vayáis tras ellos, y cuando oigáis estruendo de batallas y revoluciones, no tengáis pánico, porque es preciso que esto ocurra primero, pero el fin no será inmediato" (vv.8-9).

           Para Jesús, el desastre no comporta restauración (después de su fracaso en la cruz, los apóstoles le preguntarán si es entonces el momento de la restauración del reino para Israel, Hch 1,6; no han cambiado en absoluto de mentalidad).

           Ahora bien, dentro de la comunidad judeo-creyente sí que surgirán, en el momento de la gran prueba, falsos profetas que atribuirán a Jesús el papel de restaurador de Israel ("yo soy") y anunciarán la inminencia de su intervención ("el momento está cerca").

           De profetas siempre los hay, verdaderos y falsos. Tenemos que recuperar el don del discernimiento de espíritus; hemos optado por lo más fácil: apagar el espíritu de profecía; así, no nos estorban los verdaderos profetas, pero hemos dejado vía libre a los profetas de desventuras.

           Jesús amplía el horizonte mezquino y cerrado de los discípulos, anunciándoles que, desgraciadamente, guerras, terremotos, hambre y señales asombrosas las habrá siempre (vv.10-11). Y resume, en pocas palabras, toda la historia de la humanidad futura: entre la destrucción de Jerusalén y del templo (secuela de la ejecución del Mesías, y los desastres mundiales que se sucederán) se desatará la persecución a los discípulos por parte de los poderes de este mundo.

Josep Rius

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           A partir de hoy y hasta el sábado de esta semana, la venida del Reino, de la Nueva Jerusalén en la que Dios aparece como soberano de la Historia, el énfasis se marca en la justicia de Dios. El advenimiento del Reino es el advenimiento de la justicia para quienes nunca la tuvieron, para las víctimas que no fueron escuchadas, para quienes lucharon y fueron derrotados, para quienes fueron capaces de resistir hasta el final.

           “No quedará piedra sobre piedra que no sea derruida” dice Jesús en el Evangelio de hoy refiriéndose a las hermosas piedras del templo de Jerusalén. La justicia de Dios abarcará toda injusticia, nada quedará impune. Y Jesús recalca el castigo a toda forma de falsificación religiosa: “Vendrán muchos usurpando mi nombre”. ¿Habremos usurpado también nosotros el Nombre Santo, para amparar nuestras ideas?

           En la lectura del evangelio Jesús plantea el juicio de Dios, en que ninguna mentira quedará en pie. E ilustra su predicación con varios ejemplos:

1º El lujo del Templo. Muchos estaban orgullosos con un Templo lleno de tesoros, y pensaban que ése era el mejor modo de alabar a Dios y de reconocer su grandeza. Sin embargo, para Jesús eso no garantiza nada. Quedará destruido, y por lo tanto no es importante poner las energías ni el dinero en piedras que irán a derrumbarse. De todo ello no quedará nada.

2º Muchos Mesías, y de diversos lados. Desde el ámbito político muchos se muestran salvadores del pueblo, “no les crean”, dice el Señor. En verdad se están comiendo al pueblo.

3º Las guerras y los disturbios. No son datos para tener en cuenta al momento de señalar el fin del mundo. Se trata, lamentablemente de una constante. Algunos grupos religiosos creen ver en tanta guerra actual el final de la historia humana. Sería un final demasiado triste para un proyecto de Dios.

           El lenguaje apocalíptico es muy fuerte. Pero es necesario comprenderlo dentro de su propio género. En los textos de este día el acento está puesto en el valor de las opciones, en distinguir qué es lo importante para el Reino de Dios.

           Es necesario saber distinguir entre la promesa de Dios y del mal. Nada de lo que sigue el “mundo” (acumulación de capital, tesoros en los Templos, etc.), quedará en pie. Muchos querrán engañar al pueblo con su mensaje mesiánico. Pero ningún signo (huma no o cósmico) indicará, como predestinación, el fin del planeta; es el hombre mismo quien decidirá su suerte y la de sus congéneres.

Fernando Camacho

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           Comenzamos hoy la lectura del último discurso de Jesús, llamado por ls exegetas como «el Discurso Escatológico». En él, Jesús emplea un estilo literario y una imágenes estereotipadas simbólicas: es una especie de código del lenguaje que todo el mundo comprendía entonces, porque era el tradicional en la Biblia.

           Jesús habla el lenguaje de su tiempo. Emplea aquí el estilo de los «apocalipsis» de su época... si bien de un modo mucho más discreto que la mayor parte de otros apocalipsis que se han conservado de aquel tiempo. Más aún que otros pasajes del evangelio esos discursos han de ser interpretados inteligentemente. No podemos dejar de hacer una lectura algo científica si no queremos correr el riesgo de pasar por alto su sentido profundo.

           Son ante todo unos pasajes extremadamente oscuros, en los que están mezcladas, por lo menos, dos perspectivas: el fin de Jerusalén... y el fin del mundo... La primera es simbólica respecto a la segunda. A través de ese detalle resulta evidente cuán importante es superar las imágenes, para captar su sentido universal, válido para todos los tiempos. El acontecimiento que Jesús tiene a la vista -la destrucción de Jerusalén- nos da una clave para interpretar muchos otros acontecimientos de la historia universal.

           Algunos discípulos de Jesús comentaban la belleza del Templo por la calidad de la piedra y de las donaciones de los fieles. En tiempos de Jesús, el Templo era recién edificado; incluso no terminado del todo. Se comenzó su construcción diecinueve años antes de Jesucristo: era considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. Sus mármoles, su oro, sus tapices, sus artesonados esculpidos, eran la admiración de los peregrinos. Se decía: "¡Quien no ha visto el santuario, ése no ha visto una ciudad verdaderamente hermosa!"

           Jesús les dijo: "Eso que contempláis llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra. Todo será destruido". Símbolo de la fragilidad, de la caducidad de las más hermosas obras humanas.

           Los más bellos edificios del hombre se construyen sobre las ruinas de otros edificios destruidos. En ese mismo lugar ya habían estado en otro tiempo otras dos maravillas: el Templo construido por Salomón, hacia el año 1.000 antes de Jesucristo, y destruido por Nabuconosor en 586... luego el Templo construido por Zorobabel, cuya primera piedra había sido colocada el 516 a.C... El Templo contemporáneo de Jesús, será destruido unos años más tarde por Tito (ca. 70 d.C), para ser reemplazado siglos después por la Mezquita de Omar (ca. 687 d.C), que continúa en el mismo sitio.

           Lejos de mezclarse a las voces admirativas de sus discípulos, Jesús hace una predicción de desgracia, en el más tradicional estilo de los profetas (Miq 3,12; Jer 7,1-15; 26,1-19; Ez 8-11).

           Entonces, los discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿cuando va a ocurrir esto y cuál será la señal de que va a suceder?". Los discípulos nos representan muy bien, junto a Jesús. Ellos le proponen la pregunta que nos hacemos hoy. Querríamos también saber el día y la señal. Creemos que sería más conveniente saber la «fecha»...

           Jesús respondió: "Cuidado con dejarse extraviar, porque muchos dirán-: «Ha llegado el momento» No los sigáis... No tengáis pánico". Todas las doctrinas de tipo "adventistas" fundadas sobre una susodicha profecía precisa del retorno de Cristo, quedan destruidas por esa palabra de Jesús. Hay que vivir, día tras día, sin saber la fecha... sin dejarse seducir por los falsos mesías, sin dejarse amedrentar por los hechos aterradores de la historia.

Noel Quesson

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           ¿Habrá alguna señal de que el fin ya está cerca? Nadie sabe ni el día ni la hora; y ni siquiera el Hijo del Hombre está autorizado para revelárnoslo. Quien en Nombre de Dios quiera decir al mundo que Dios le ha revelado que ha llegado la hora, será un usurpador; y ese nombre en la Escritura está reservado para el Demonio.

           Al paso del tiempo y al comprobar que nada de lo anunciado por los falsos profetas se ha cumplido, sabríamos que no estaban en relación con Dios sino con el padre de la mentira. Muchos infunden miedo a la gente indicando que una de las señales de la cercanía del fin se está cumpliendo: las guerras y revoluciones, los terremotos, las epidemias y las señales prodigiosas que aparecen en el cielo.

           Pero el Señor nos dice: eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin. Y veamos que no concluyó diciendo: sino el principio del fin, pues nada, nada nos dará la señal de alarma de que el Señor está cerca. Por eso debemos estar preparados para cuando Él venga, como el ladrón en la noche o como el relámpago en el cielo: de modo tan inesperado que, si no estamos prevenidos, nos llevará a todos y en lugar de sentarnos a su diestra nos cerrará la puerta para siempre.

           No hagamos de nuestra fe una religión del temor sino del amor y de la vigilante espera, convertida en comunión con Dios y en un continuo servicio fraterno.

           Teniendo al Señor con nosotros ¿Acaso temeremos algún mal? Dios se ha hecho cercanía amorosa a nosotros. Él sabe de nuestras miserias y fragilidades; Él no olvida de que somos barro quebradizo. A pesar de todo lo que sabe de nosotros, conociéndonos hasta lo más profundo de nuestro corazón, nos sigue amando con un amor entrañable, eterno y fiel. Por nosotros entregó su vida clavado en una cruz, para que, purificados de nuestros pecados, pudiese presentarnos ante su Padre como su Iglesia resplandeciente.

           Si en verdad somos hombres de fe no seamos provocadores de guerras y revoluciones; no hagamos que domine el pánico en los demás por utilizar mal el poder que Dios ha puesto en nuestras manos para servir, no para destruir. No seamos causantes de epidemias ni de hambres.

           Dios nos quiere como personas que aman y dan la vida por los demás. No nos engañemos que al final, cuando el Señor vuelva, nos sentará junto con Él a la diestra del Padre cuando, en lugar de hacer, de continuar su obra, destruimos su Reino de Amor, de Verdad, de Justicia y de Paz.

Bruno Maggioni

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           A partir de hoy, y hasta el sábado, leemos el "discurso escatológico" de Jesús, el que nos habla de los acontecimientos futuros y los relativos al fin del mundo. Lo que es coherente con esta semana, la última del Año Litúrgico, que hemos iniciado con la solemnidad de Cristo Rey del Universo.

           Escuchamos el segundo lamento de Jesús sobre su ciudad, Jerusalén anunciando su próxima ruina. Pero Lucas lo cuenta mezclando planos con otro acontecimiento más lejano, el final de los tiempos. Es difícil deslindar los dos.

           La perspectiva futura la anuncia Jesús con un lenguaje apocalíptico y misterioso: guerras y revoluciones, terremotos, epidemias, espantos y grandes signos en el cielo. Pero "el final no vendrá en seguida", y no hay que hacer caso de los que vayan diciendo "yo soy", o "el momento está cerca"

           La ruina de Jerusalén ya sucedió en el año 70, cuando las tropas romanas de Vespasiano y Tito, para aplastar una revuelta de los judíos, destruyeron Jerusalén y su templo, y "no quedó piedra sobre piedra". Nos hace humildes el ver qué caducas son las instituciones humanas en las que tendemos a depositar nuestra confianza, con los sucesivos desengaños y disgustos. Los judíos estaban orgullosos -y con razón- de la belleza de su capital y de su templo, el construido por el rey Herodes. Pero estaba próximo su fin.

           El otro plano, el final de los tiempos, está por llegar. No es inminente, pero sí es serio. El mirar hacia ese futuro no significa aguarnos la fiesta de esta vida, sino hacernos sabios, porque la vida hay que vivirla en plenitud, sí, pero responsablemente, siguiendo el camino que nos ha señalado Dios y que es el que conduce a la plenitud. Lo que nos advierte Jesús es que no seamos crédulos cuando empiecen los anuncios del presunto final.

           Al cabo de dos mil años, ¿cuántas veces ha sucedido lo que él anticipó, de personas que se presentan como mesiánicas y salvadoras, o que asustaban con la inminente llegada del fin del mundo? "Cuidado con que nadie os engañe: el final no vendrá en seguida".

           Esta semana, y durante el Adviento, escuchamos repetidamente la invitación a mantenernos vigilantes. Que es la verdadera sabiduría. Cada día es volver a empezar la historia. Cada día es tiempo de salvación, si estamos atentos a la cercanía y a la venida de Dios a nuestras vidas.

José Aldazábal

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           Hoy escuchamos asombrados la severa advertencia del Señor: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida» (v.6). Estas palabras de Jesús se sitúan en las antípodas de una así denominada “cultura del progreso indefinido de la humanidad” o, si se prefiere, de unos cuantos cabecillas tecnocientíficos y políticomilitares de la especie humana, en imparable evolución.

           ¿Desde dónde? ¿Hasta dónde? Esto nadie lo sabe ni lo puede saber, a excepción, en último término, de una supuesta materia eterna que niega a Dios usurpándole los atributos. ¡Cómo intentan hacernos comulgar con ruedas de molino los que rechazan comulgar con la finitud y precariedad que son propias de la condición humana!

           Nosotros, discípulos del Hijo de Dios hecho hombre, de Jesús, escuchamos sus palabras y, haciéndolas muy nuestras, las meditamos. He aquí que nos dice: «Estad alerta, no os dejéis engañar» (v.8). Nos lo dice Aquel que ha venido a dar testimonio de la verdad, afirmando que aquellos que son de la verdad escuchan su voz.

           Y he aquí también que nos asevera: «El fin no es inmediato» (v.9). Lo cual quiere decir, por un lado, que disponemos de un tiempo de salvación y que nos conviene aprovecharlo; y, por otro, que, en cualquier caso, vendrá el fin. Sí, Jesús, vendrá «a juzgar a los vivos y a los muertos», tal como profesamos en el Credo.

           Lectores de Contemplar el Evangelio de hoy, queridos hermanos y amigos: unos versículos más adelante del fragmento que ahora comento, Jesús nos estimula y consuela con estas otras palabras que, en su nombre, os repito: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestra vida» (v.19).

           Nosotros, dándole cordial resonancia, con la energía de un himno cristiano de Cataluña, nos exhortamos los unos a los otros: «¡Perseveremos, que con la mano ya tocamos la cima!».

Antoni Oriol

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           ¿Habrá alguna señal de que el fin ya está cerca? Nadie sabe ni el día ni la hora; y ni siquiera el Hijo del Hombre está autorizado para revelárnoslo. Quien en Nombre de Dios quiera decir al mundo que Dios le ha revelado que ha llegado la hora, será un usurpador; y ese nombre en la Escritura está reservado para el Demonio. Al paso del tiempo y al comprobar que nada de lo anunciado por los falsos profetas se ha cumplido, sabríamos que no estaban en relación con Dios sino con el padre de la mentira.

           Muchos infunden miedo a la gente indicando que una de las señales de la cercanía del fin se está cumpliendo: las guerras y revoluciones, los terremotos, las epidemias y las señales prodigiosas que aparecen en el cielo. Pero el Señor nos dice: eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin. Y veamos que no concluyó diciendo: sino el principio del fin, pues nada, nada nos dará la señal de alarma de que el Señor está cerca.

           Por eso debemos estar preparados para cuando Él venga, como el ladrón en la noche o como el relámpago en el cielo: de modo tan inesperado que, si no estamos prevenidos, nos llevará a todos y en lugar de sentarnos a su diestra nos cerrará la puerta para siempre. No hagamos de nuestra fe una religión del temor sino del amor y de la vigilante espera, convertida en comunión con Dios y en un continuo servicio fraterno.

           Teniendo al Señor con nosotros ¿Acaso temeremos algún mal? Dios se ha hecho cercanía amorosa a nosotros. Él sabe de nuestras miserias y fragilidades; Él no olvida de que somos barro quebradizo. A pesar de todo lo que sabe de nosotros, conociéndonos hasta lo más profundo de nuestro corazón, nos sigue amando con un amor entrañable, eterno y fiel.

           Si en verdad somos hombres de fe, no seamos provocadores de guerras y revoluciones; no hagamos que domine el pánico en los demás por utilizar mal el poder que Dios ha puesto en nuestras manos para servir, no para destruir. No seamos causantes de epidemias ni de hambres. Dios nos quiere como personas que aman y dan la vida por los demás. No nos engañemos que al final, cuando el Señor vuelva, nos sentará junto con Él a la diestra del Padre cuando, en lugar de hacer, de continuar su obra, destruimos su Reino de Amor, de Verdad, de Justicia y de Paz.

José A. Martínez

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           Jesús, al ver que aquellas gentes daban tanta importancia al templo de Jerusalén, tú profetizas su destrucción, que ocurrirá el 70 d.C por obra de los romanos. No quieres que pongan sus esperanzas en una obra humana: lo importante no es el templo, sino Dios que habita en el templo. Las obras humanas pasan, pero Dios permanece para siempre. Cuando la esperanza se apoya en Dios, que es todo poderoso y además es Padre, nada ni nadie la puede destruir.

           Jesús, tú no me ocultas que, a lo largo de la historia, habrá guerras, terremotos, hambre y enfermedades. Incluso en determinados momentos puede parecer que el mundo se viene abajo. Sin embargo, el fin no es inmediato. Todas estas calamidades y catástrofes tienen un sentido. En concreto, la adversidad física o moral puede producir madurez humana y espiritual: puede ser ocasión de mayor unión con Dios y con las personas que comparten con nosotros aquel sufrimiento.

           Jesús, ante todo me pides que confíe siempre en Ti; que en cualquier circunstancia, pero aún más cuando tenga mayor dificultad, sepa acudir a Ti para pedirte ayuda. La virtud de la esperanza consiste precisamente en confiar en Ti, porque Tú eres mi Padre y quieres lo mejor para tus hijos. Por eso, para el que se sabe hijo de Dios, todo lo que ocurre es para bien, y nada en esta tierra puede quitarle la alegría. Como dice el Catecismo de la Iglesia:

"La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad" (CIC, 1818).

           Jesús, ante las dificultades y desgracias que profetizas, tú dices a los que te escuchan: no os aterréis. Con mayor motivo, no me puedo asustar o desanimar por mis defectos. Vive de esperanza, que no es la ilusión de soñar en lo imposible, sino la certeza de que Tú estás siempre pendiente de mí, y me perdonas, y me ayudas cuando lo necesito.

           La virtud de la esperanza es una roca firme que mantiene segura mi fe y no deja que se apague mi amor por Ti. Como los patriarcas del antiguo testamento, que supieron mantener su esperanza contra toda esperanza; como los mártires y santos del Nuevo Testamento y de nuestros días; yo también tengo que vivir con mi esperanza puesta en Ti, y no en los medios o capacidades humanas de que disponga en un momento dado.

           Jesús, como quieres que sea santo, y que en medio de mis tareas ordinarias, y a base de luchar contra mis defectos, me identifique cada día más contigo, Tú me darás las gracias necesarias. Esta firme esperanza en tu ayuda, me dará fuerzas para sobrellevar las dificultades con alegría, y contribuirá a robustecer mi voluntad.

Pablo Cardona

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           Las palabras de hoy del Señor en el evangelio de hoy anuncian de otro modo una devastación comparable: del hermoso templo, reconstruido con tanto esfuerzo, no quedará "piedra sobre piedra". Aún el acto elemental de unir dos bloques de piedra tendrá que someterse al escrutinio devastador de aquel día de la verdad desnuda.

           Estas palabras, sin embargo, no son una invitación al pánico. Cristo nos quiere despiertos y capaces de discernir; no ebrios de miedo, pues también esta ebriedad, como la del licor o la de las preocupaciones, hace incapaz de percibir los "signos de los tiempos".

           El Señor da por adelantado las señas precedentes, para que nadie lea desde el rasero de sus propios problemas, o su capacidad sicológica de aguante, el lenguaje de Dios en la historia. Su palabra no depende del tamaño de nuestro miedo sino del tamaño de su designio, en el que se conjugan amor, sabiduría y poder.

           Es posible que el sosiego del templo nos engañe. Tal vez podemos olvidar el torrente de violencia humana y de piedad divina que entran en juego cada vez que celebramos el Santo Sacrificio. El Pan que comulgamos palpita de gracia, y la Copa arde de amor.

Nelson Medina

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           Estamos en la semana final del año litúrgico. Es normal que la palabra que se proclama estos días, tras la celebración de Jesucristo, rey del universo, Señor de la historia, nos remitan al término de esta historia. Porque el ciclo litúrgico reproduce o propone, a escala anual, la totalidad de la historia y, por tanto, el término de esta aventura humana y cósmica.

           ¿Qué sucederá en ese tiempo final? ¿Qué señales lo envolverán y lo precederán? No lo sabemos, porque los textos bíblicos que nos ofrece la liturgia no son descripciones y narraciones de un cronista. Son anticipaciones en lenguaje simbólico.

           Se nos dice que serán tiempos recios. Se nos anuncia que serán tiempos de prueba. Se nos invita a mantener una esperanza firme, erguida (¡alzad las cabezas: se acerca vuestra liberación!, recuerda estos días el evangelio). Se nos emplaza a mantener una fidelidad a toda prueba: es como el último combate y el último estertor del mal, la última asechanza de la serpiente, el último coletazo del Enemigo y de sus satélites: ahí empeña todas sus fuerzas y hostiga con la más penetrante insidia y el mayor frenesí.

           Y se nos consuela, porque Dios acortará el tiempo de prueba de sus elegidos. Lo decimos con un refrán, que le quita fuerza y punta a la palabra evangélica al generalizarla: Dios aprieta, pero no ahoga. No tengamos, pues, miedo a esos poderes desencadenados contra nosotros, porque en realidad tienen los pies de barro y acabarán desplomándose. Ellos provocan estragos y dolores sin cuento, y ganan batallas. Pero la guerra la tienen perdida.

Pablo Largo

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           Las palabras que Jesús pronuncia en el evangelio de hoy introducen el discurso escatológico de Lucas, con el que -al igual que Mateo y Marcos- Lucas concluye la predicación de Jesús en Jerusalén. El comienzo alude a la destrucción del templo que, en la tradición profética, es siempre consecuencia de la ruptura de la alianza por parte del pueblo (Ez 10, 18).

           Viene luego un mensaje de alerta sobre los signos que acompañarán el final. Hay algunos signos claramente engañosos: la aparición de falsos mesías, la indicación precisa del tiempo. Frente a estos signos, el mensaje de Lucas es neto: el fin no vendrá inmediatamente. De esta forma el evangelista pretendía corregir la fiebre mesiánica que dominaba en algunos sectores de las iglesias de su tiempo.

           Las palabras relativas al destino que aguarda al templo sintetizan el material procedente de Marcos. Por otra parte, el Jesús de Lucas no está sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, sino que permanece dentro de él.

           La perícopa referida a los signos antes del fin establece un claro contraste entre lo que tiene que ocurrir "primero" y el "final". De esta manera, a diferencia de Mateo, Lucas no se refiere al final del mundo sino a la destrucción del templo de Jerusalén.

           El final es un acontecimiento de gracia, un triunfo del Dios de la Vida sobre todas las fuerzas de muerte. Los verdaderos signos son aquellos que nos ayudan a despertarnos, a tomar conciencia de la gracia del Señor que ya está entre nosotros y a disponernos a acogerla con alegría y confianza.

Severiano Blanco

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           El evangelio de hoy nos enseña lo relativo que puede ser todo lo bello que se encuentra en el mundo. Todo pasa. Las cosas que un día fueron ya no son; lo que ahora nos admira llegará un día en que no dejará rastro. Lo único que permanece es Dios. Es lo único que no cambia, que no muta.

           Ya la carta a los Hebreos nos dice que “Cristo es el mismo de ayer, de hoy y de siempre”. ¿Por qué entonces estar tan preocupados por lo que es pasajero?

           Pongamos nuestra atención y verdadera preocupación en lo que es eterno, en lo que permanece. Por ello el apóstol Pablo decía: “el amor no pasará”. Esforcémonos en cultivar y hacer crecer el amor… es lo único que perdurará, es lo único que le dejaremos a las generaciones futuras.

Ernesto Caro

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           El texto del Evangelio de hoy podemos entenderlo en varios sentidos más o menos históricos o espirituales. Esas palabras de Jesús ("no quedará piedra sobre piedra"), las podemos entender como referidas a:

-los muros y arquitectura del templo material de Jerusalén, pues por bellos que sean, serán un día ruina histórica,
-a los muros y arquitectura de nuestra sociedad, pues, por bellos que sean, serán un día ruina histórica en un mundo que pasa,
-a los imperios del mundo, aunque sean poderosos, pues, serán abatidos por otros; a nuestro propio cuerpo y arquitectura personal, pues, por bellos que sean, serán despojos que irán al polvo.

           Jesús reproduce hoy, desde su raíz, el proceso histórico de esplendor y ruina, de templo dorado y religión que sucumbe, por nuestras miserias. ¿Y al final? La crisis y la evaluación de nuestras conductas, con sobresaltos o con saltos de júbilo, según haya triunfado la fidelidad o la ingratitud.

Dominicos de Madrid

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           Las palabras proféticas de condena del Templo, pronunciadas por Jesús, exigen la purificación profunda de toda religiosidad. El espacio sagrado no puede convertirse en un ámbito en que podamos asegurarnos de las consecuencias destructoras que acarrea en la vida propia y ajena la presencia nuestros egoísmos.

           La presencia de Dios sólo puede ser ligada a una vida que está dispuesta a aceptar su Palabra y a obrar en consecuencia. La destrucción del Templo es un trágico ejemplar de las funestas consecuencias que acarrea el rechazo del mensaje divino.

           Pero la destrucción de las falsas seguridades no debe llevarnos a un alarmismo nacido de un miedo que ve en todos los acontecimientos que nos rodean la intervención de Dios al final de los tiempos.

           Es necesario que sepamos interpretar los acontecimientos de la historia en su justa dimensión y no tomar a cada uno de ellos como un anuncio infalible del fin del mundo. Por ello Jesús nos pone en guardia para que no confundamos dos tipos de hechos que no pertenecen al mismo orden.

           El no dejarse engañar, confundiendo dos tipos de realidades, cobra mayor importancia ante la presencia de innúmeras revelaciones y predicciones que pretenden usurpar el nombre y la autoridad de Cristo, falsos Mesías cuya predicación ve en cada momento la realización del fin del mundo.

           Ante esos falsos mesías es necesario recurrir a la advertencia de Jesús. Mantener la tensión hacia el final de los tiempos y, a la vez, la serenidad para vivir el presente en todo tiempo histórico.

Confederación Internacional Claretiana

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           Alguna gente dedica mucho tiempo y esfuerzo a descifrar cábalas acerca del fin del mundo. Las noticias comentan suicidios masivos de fanáticos religiosos que creen que el mundo presente no tiene ningún valor y está ante un fin inminente.

           Muchas personas se encuentran intensamente alborotadas con la proximidad del próximo milenio. Algunos pocos, escudriñan la Escritura con la esperanza de hallar ocultos indicios que permitan predecir el fin del mundo. Los más simplistas atribuyen este sentimiento al vertiginoso avance de la tecnología o a la mentalidad milenarista...

           Pero esta situación no es exclusiva de nuestra época. Una situación similar vivieron los contemporáneos de Jesús. La mayoría de los movimientos judíos populares creían que el mundo se acercaba a su final; para ellos era inminente una inevitable catástrofe universal. Muchos se hallaban agitados y presos de terrores soterrados. El clima de zozobra se fue incrementando hasta llegar al paroxismo.

           Jesús se dio cuenta de esa situación de inquietud en que se hallaba el pueblo y la aprovechó para hacer un llamado muy especial. Para él, lo importante no era la fecha en que el mundo habría de sucumbir. Para él lo importante era la finalidad de este mundo: ¿para qué estamos aquí? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué quiere Dios de nosotros? ¿Cuál es el destino de la humanidad?

           Para Jesús el tiempo presente y el futuro se abrían como esperanza: era el tiempo definitivo de la salvación. Por esto, había que tomarse en serio el momento presente e interpretarlo como una señal de Dios que nos llamaba a hacer de este mundo de muerte un mundo de vida. Para Jesús, el cambio era posible aquí y ahora.

           Hoy vivimos una agitación parecida. Estamos inundados de visiones catastróficas que nos anuncian un futuro oscuro y terrible para todos los seres vivientes. Pero lo importante no es la fecha en que el mundo sucumbirá; lo importante es preguntarnos cuál es la finalidad del mundo y de la humanidad, ¿cuál es la utopía?, ¿qué futuro podemos/debemos construir?, ¿qué quiere Dios de nosotros aquí y ahora?

           Las visiones apocalípticas no se nos pueden convertir en la pesadilla suicida del fin del milenio. El nuevo milenio para los cristianos debe significar una renovada oportunidad de suscitar el Reino en medio de la humanidad. Una ocasión especial para plantear una visión del futuro que supere el modelo tecnológico y plantee el valor del ser humano como valor supremo.

           El nuevo milenio puede ser una catástrofe inevitable si no nos comprometemos a tomarnos el presente en serio; si no nos decidimos a hacer de este mundo una casa donde quepan todos y todo, es decir, también la naturaleza a la que tanto hemos hecho sufrir.

Servicio Bíblico Latinoamericano