22 de Noviembre

Lunes XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 noviembre 2021

a) Dn 1, 1-6.8-20

           Comenzamos hoy a escuchar el libro de Daniel, difícil de entender en lo que concierne a su historia, pero no tanto en su contenido teológico. Ciertamente, dicho libro inicia la teología apocalíptica, que habla por medio de símbolos y visiones espectaculares. Pero si sabemos leerlo bajo su debida perspectiva, se dilucidan muchas cosas más.

           Casi siempre el protagonista es Daniel, y a veces aparecen sus compañeros. Y siempre Daniel tiene razón, por el hecho de ser fiel servidor de Dios. Así, Daniel es el que da nombre a este libro, de los más conocidos del AT gracias a la iconografía y a las gestas heroicas de su protagonista. Su vida es fabulosa y está siempre protegida por Dios, incluso en medio de los grandes imperios paganos.

           El mismo nombre de Daniel (lit. Dios es mi juez) ya es un símbolo que indica que, en cada momento de la historia, en el fondo está Dios, como el gran protagonista que lleva el mundo donde quiere. Y que los hombres únicamente son sus instrumentos, si se mantienen en la fidelidad a sus preceptos.

           Nabucodonosor II de Babilonia hacía años que había muerto cuando fue escrito el libro, pero quedó a modo de un mito para el pueblo judío, ya que él había destruido Jerusalén. El autor tiene la osadía de presentarlo como opresor del pueblo judío, y de demostrar cómo un joven judío (Daniel), si confía en Dios, puede desafiarle con éxito. Se cumple así lo que dice el Salmo 119: "La ley de Dios hace más prudentes que los sabios".

           En el texto de hoy, un grupo de jóvenes judíos son invitados a desobedecer a Dios y a comer carnes impuras. Pero he aquí que 4 muchachos (judíos de Babilonia) se abstienen, y con ello su cuerpo y su espíritu alcanzan mayor hermosura. Si el autor es integrista, posee ciertamente una fe muy luminosa. El problema no tiene una solución única, pero la fidelidad a Dios no es negociable.

Josep Mas

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           En la última semana del año litúrgico, la Iglesia nos propone unos textos escatológicos que evocan el fin de los tiempos. La historia humana avanza hacia un final, y con Jesús ha llegado el gran giro de la historia. Nos encontramos ya en los últimos tiempos anunciados por los profetas, pero esperando la manifestación definitiva del reino de Dios.

           Esta semana leeremos algunas páginas del libro de Daniel. Vivía éste alrededor del 170 a.C, cuando Israel estaba ocupada y administrada por Antíoco IV de Siria, que trataba de imponer las costumbres griegas. Es una época de mártires (recordemos a los macabeos), y el Libro de Daniel se escribió para animar a los resistentes a guardar la integridad de su fe.

           El autor del libro cuenta una historia edificante que se sitúa en el momento heroico de la cautividad en Babilonia, en el período en el cual el pueblo judío se vio afrontado y perseguido por los paganos.

           El relato dice así: "Erase una vez tres jóvenes que habían sido llevados a la fuerza a la corte del rey Nabucodonosor, y que este rey pagano quería convertir a la manera pagana de vivir". Y la historia continúa. Aquellos jóvenes eran Daniel y sus 3 amigos (Ananías, Misael y Azarías).

           Yo también, Señor, he de vivir mi fe en un contexto pagano. Vivo en medio de gentes que no tienen fe, y para las cuales el evangelio no es la regla de vida. La falta de fe y el materialismo me rodean y me influyen, a pesar mío. Acepto, Señor, contemplar ese contexto de vida. No para juzgar y condenar a mis hermanos, sino para preguntarme si soy fiel a mi fe y al tipo de vida que ella exige.

           El paganismo se concreta en una serie de pequeños detalles, que tienen que ver con los modos de vivir. ¿Cuáles son esos detalles que me inclinan hacia la no-fe? Porque pueden ser detalles de vestuario, de compras, de organización de mis fines de semana, de elección de emisiones... En todo esto puede estar en juego mi fidelidad a Dios.

           Aquellos 3 jóvenes eligieron rechazar los alimentos paganos, y al cabo de 10 días tenían mejor aspecto y muy buena salud. La demostración que trata de hacer Daniel a través de este relato gráfico es la siguiente: los que siguen la ley de Dios no perjudican su salud ni su moral. Los 3 jóvenes, viviendo de legumbres, verduras y agua fresca, tienen buen aspecto y muy buena salud, a pesar de las renuncias aceptadas por su fe. Es un símbolo, y muy elocuente.

           A los paganos que nos ven vivir, no ha de parecerles la fe como restrictivo, rebajante, insana o triste. Es esencial que la "manera de vivir según Cristo" aparezca siempre alegre, contagiante, formadora de hombres y mujeres serenos, abiertos y más cabales que los demás.

Noel Quesson

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           El cap. 1 de Daniel expone el marco histórico en que se desarrollará la acción de Daniel (la actividad de los judíos en el ambiente pagano del exilio babilónico) y mantiene una tesis central: que podemos y debemos servir al mundo en que vivimos (vv.4.17-20), pero sin identificarnos con él ni llegar a un compromiso que nos haga perder nuestra peculiaridad (v.8).

           Esta peculiaridad la pone el relato concretamente en la negación de los 3 jóvenes hebreos a tomar de los manjares del palacio, sea porque hubieran sido sacrificados antes a los dioses de la ciudad, sea porque pertenecieran a animales vedados en la ley judía.

           Todo esto será superado en la Nueva Alianza (Hch 10, 9; 1Cor 10; Rm 14,1) pero no deja de ser aquí el modo de manifestar la confianza de que ese orden de la fe es superior al orden del poder y de las manifestaciones seculares (que nos pueden deslumbrar). De hecho, se resalta cómo Dios bendice con el éxito (vv.15.7.19-20), si bien Daniel es el 1º en admitir que no siempre Dios traducirá necesariamente su bendición en éxito mundano ("y si Dios no quisiere"; Dn 3,18).

           Dios es la sabiduría e inteligencia infinita y eterna. Y para nosotros es la fuente de la misma sabiduría e inteligencia. Quien beba de esa fuente estará muy por encima de cualquier persona. Si en verdad lo amamos y vivimos en comunión de vida con él, él velará por nosotros y nos librará de la mano de nuestros enemigos.

           Por eso, a pesar de todos los riesgos, hemos de ser fieles a sus enseñanzas y mandatos, tratando de no contaminar nuestra vida con el pecado. Que sólo el Señor sea el centro de nuestra vida, pues él siempre estará a nuestro lado velando por nosotros. Si le damos cabida a Dios en nuestra existencia, él hará brillar su luz, su verdad, su sabiduría y su inteligencia sobre nosotros (que somos su Iglesia) y sobre quienes ha hecho portadores de su evangelio hacia los demás.

José A. Martínez

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           El libro de Daniel, que leeremos en esta última semana del año litúrgico, sitúa sus relatos edificantes en tiempos del rey Nabucodonosor II de Babilonia, el que llevó al destierro al pueblo de Israel. Pero su intención va para los lectores de la época en que se escribió, cuando el pueblo estaba sufriendo el ataque paganizante del rey Antíoco IV de Siria hacia el 170 a.C. Por tanto, es contemporáneo de los libros de los Macabeos.

           Daniel no es el autor del libro, sino su protagonista. Además del ejemplo de unos jóvenes en la corte real, el libro presenta unas visiones escatológicas referentes al final de los tiempos o a la venida del Mesías. Su estilo es el llamado apocalíptico o "de revelación", con visiones llenas de simbolismo sobre los planes de salvación que Dios quiere llevar a cabo en el futuro mesiánico.

           Tiene mérito la postura de fidelidad a su fe de estos cuatro jóvenes, a pesar de los halagos y del ambiente pagano de la corte real. Pero Dios está con ellos y tanto en salud como en sabiduría son los mejores de entre todos los jóvenes al servicio del rey.

           La lección es clara para los judíos que estaban luchando por resistir a la tentación helenizante de Antíoco IV de Siria. Les anima a que sigan teniendo esperanza, y sean fieles a la Alianza en medio de esa persecución, como lo fueron Daniel y sus compañeros en circunstancias parecidas o peores.

           Pero también es estimulante para nosotros, los que sentimos la fuerza de atracción de los valores de este mundo, a veces muy diferentes de los que nos enseña la fe en Cristo. Lo de comer carne de cerdo (o beber vino) es lo de menos, y lo que importa es saber conservar el estilo de vida que comporta la Alianza con Dios, en contra de las costumbres de la sociedad pagana.

           Los cristianos nos damos cuenta, sobre todo cuando escuchamos la palabra de Dios, que no podemos seguir la mentalidad de la sociedad en que vivimos (aunque sea mayoritariamente aplaudida) si va en desacuerdo con el evangelio de Cristo. Tendremos que aprender la lección de valentía y perseverancia que nos dieron estos 4 jóvenes en la corte de un rey pagano.

           Cada vez que en laudes de los domingos cantamos el Cántico de Daniel y sus Compañeros (cántico que a lo largo de esta semana iremos desgranando como salmo responsorial), podríamos acordarnos de cómo ellos, envueltos en mil tentaciones más inmediatas y atrayentes, entonan una alabanza al Dios creador del universo, y tratar de imitar su fe y su capacidad de admiración de la obra de Dios.

José Aldazábal

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           En la liturgia de la palabra de hoy se da comienzo al libro de Daniel. Este libro, escrito probablemente en el s. II a.C, tiene rasgos de carácter profético, junto a otros de carácter hagiográfico. Pero predominan en él los que son peculiares del género de escritos que se enmarcan dentro de la literatura apocalíptica. Propio de esta literatura es hacer referencia a algunos hechos concretos (históricos, del pasado), tomándolos como anunciadores de un futuro incierto, futuro que después se va clarificando parcialmente.

           En su aspecto histórico, el libro de Daniel se refiere a los imperios que han dominado al pueblo elegido, desde el babilónico hasta el de los seléucidas. Y en su aspecto profético anuncia confusamente la inminencia de "tiempos mesiánicos". Y al hacer lo uno y lo otro, consuela e instruye a su pueblo para que sepa interpretar providencialmente el pasado como lucha entre la virtud y el vicio, la fidelidad y la infidelidad, y para que vislumbre el futuro como triunfo de un "reino de santidad".

           Este párrafo pertenece a la parte histórica que contiene el libro (Dn 1-6). En ella se hace referencia a la época del Imperio Babilónico e Imperio Persa, y se destaca la prestancia de los hijos de Israel (su ingenio, los dones con Dios los ha honrado) y la proximidad de los tiempos mesiánicos.

           Por el comienzo del relato de Daniel que hemos leído se adivina ya que el autor sagrado nos va a presentar las maravillas que Dios hace con sus siervos cuando estos le son fieles y son llamados a dar testimonio de le verdad. La imagen de los 4 jóvenes es perfecta: físicamente robustos, culturalmente selectos, religiosamente amigos de Dios, ascéticamente muy dueños de sí mismos.

           Con esas piezas Dios va a realizar gestos extraordinarios por los que quede claro cómo el Dios de Israel somete a los suyos a pruebas, pero permanece fiel y dispuesto a mostrar con ellos su amor y misericordia.

           Por su parte, y en medio de la compleja política del Imperio de Nabocodonosor II de Babilonia, los 4 jóvenes estarán siempre dispuestos a elevar su voz proclamando al Señor, la gloria y alabanza por los siglos, diciendo: "Bendito tu nombre santo y glorioso. Bendito eres en el templo de su santa gloria. Bendito eres en el trono de tu reino. Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos. A ti, Señor, gloria y alabanza por los siglos" (Dn 3, 52-56).

           En la reflexión de hoy, y unidos al mensaje de Daniel, aprendamos de los 3 jóvenes judíos en Babilonia el Cántico del Cordero, y cantémoslo en cualquier ocasión. Y teniendo como fondo esa divina alabanza, mientras realizamos nuestro trabajo, colmemos nuestras manos con obras de amor y misericordia. Ellas serán nuestra mejor preparación para las bodas eternas.

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 1-4

           Jesús está hoy en el Templo de Jerusalén enseñando al pueblo. Pero no sólo enseña, sino que también observa. Y todo lo mira desde la perspectiva del pobre. Está frente al Arca del Tesoro, donde los judíos echaban sus donativos. Jesús discierne la realidad que está viendo, desde la perspectiva de una viuda pobre.

           El Templo en aquel entonces no era sólo un lugar de culto. Ahí estaba el Arca del Tesoro, que funcionaba como un Banco Central. También en el templo estaba el Sanedrín, que era el poder político; y ahí estaba la guardia. El centro era ciertamente el espacio dedicada al culto. En el templo por lo tanto se concentraba todo el poder económico, político, militar y religioso. Toda esa realidad Jesús la observa y la juzga desde la perspectiva de una viuda pobre.

           El centro de atención de las multitudes que acudían al templo debió ser los donativos de los grandes ricos. Para la fiesta de Pascua acudían a Jerusalén unos 300.000 a 400.000 peregrinos. El templo era para los judíos un motivo de orgullo y la grandeza del templo dependía en gran medida de las donaciones de las familias ricas.

           En esos tiempos de dominación imperial romana, el templo representaba además la identidad y la resistencia del pueblo de Israel. Por eso los que donaban dinero al templo eran muy apreciados, no sólo por razones religiosas, sino también por razones políticas. Los pobres, tipificados en la Biblia por los huérfanos, las viudas y los extranjeros era una multitud despreciada e insignificante.

           Jesús, en medio de esa multitud de peregrinos, no sólo se fija en la viuda pobre, sino que también hace público y visible un juicio y una valoración diferente de todo el sistema económico, político y religioso del Templo. Jesús dice algo extraordinario: la viuda pobre ha echado en el tesoro del templo más que todos los demás.

           Los ricos han donado lo que les sobraba, la viuda ha echado lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir. Desde la viuda pobre Jesús ha cuestionado todo el sistema del templo, ha hecho un análisis radicalmente diferente de esa realidad global y ha hecho un juicio que subvierte los valores que sostenían y legitimaban toda la institución económica, política y religiosa del templo.

           Jesús no desarrolla una alta teología o una larga discusión sobre la ley y los profetas, sino que simplemente se fija en la viuda pobre y desde ella hace un juicio profético que subvierte toda la realidad del templo. Su argumento principal es la viuda pobre. Ya en Lc 18, 1-8, también una viuda pobre e insistente ante el juez había sido su referencia principal, a la hora de valorar el clamor de los pobres ante Dios.

Juan Mateos

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           "Alzando los ojos, vio a los ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo; vio también a una viuda muy pobre que echaba dos reales" (vv.1-2). "Alzar los ojos" o ver son medios estilísticos equivalentes al mirar, es decir, son una forma de llamar la atención al lector. Sin embargo, esta vez son los ojos de Jesús los que contemplan la realidad de distinta manera de como lo hace la sociedad. A través de los ojos de Jesús se nos invita a contemplar la distancia abismal que existe entre estos dos personajes: "Esa viuda, que es pobre, ha echado más que nadie, os lo aseguro" (v.3).

           La fórmula "Os lo aseguro" sirve para recalcar la importancia de ese dicho. En el reino de Dios los valores se invierten: "Porque todos ésos han echado como donativo de lo que les sobra, pero ella ha echado de lo que le hace falta, todo lo que tenía para vivir" (v.4). La viuda representa a Israel, el pueblo falto de todo, dejado en la estacada por sus dirigentes, pero que lo da todo a Dios, mientras que éstos, representados por los ricos, solamente dan de lo que les es superfluo. La lección va dirigida a los discípulos.

           A través de los discípulos se nos invita a dar a Dios, es decir, a poner al servicio de Dios, todas nuestras cualidades y potencialidades. Dios no valora, como hacemos nosotros, lo que aparece (y menos todavía la ostentación de los ricos), sino las disposiciones interiores de la persona. Israel, a pesar de su indigencia, está bien dispuesto. De hecho, es el pueblo el que impide, con su presencia y avidez de escuchar, que los dirigentes lleven a cabo su conspiración contra Jesús.

           Lucas insiste en los rasgos positivos del pueblo sencillo. Su situación es desesperada. La alianza con Dios, 'su marido', se ha ido al traste por culpa de la prevaricación de sus jefes religiosos y políticos. Debe hacer una opción por la causa del reino que Jesús le propone. Es la única vía de salvación que le queda si quiere liberarse de esta penuria e indigencia que ya le es proverbial. ¿Lo hará? De momento escucha atentamente. Veremos más adelante hasta qué punto se dejará influir por sus dirigentes.

Josep Rius

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           El episodio narrado en este pasaje acaba la serie de discusiones que Jesús mantiene con las sectas judías. Está directamente unido a la maldición de los escribas que roban a las viudas (Lc 20, 45-47). Estos dos textos del Evangelio ilustran la doctrina escatológica de los versículos siguientes (Lc 21, 2-36): los jefes del pueblo van a ser desposeídos de sus privilegios y se va a entregar en manos de los pobres la dirección del pueblo.

           La antítesis ricos-pobres aparece frecuentemente en los discursos escatológicos de Cristo. Sigue el mismo procedimiento de las bienaventuranzas en donde la oposición entre ricos y pobres (Lc 6, 20-24) sirve para anunciar la inminencia del Reino y el cambio de las situaciones abusivas.

           No se trata tanto de hacer la apología o la crítica de una situación social existente cuanto de subrayar la transformación que la llegada de los últimos tiempos -aquellos que participan del modo de ser de Dios- llevará consigo en las estructuras humanas. Los primeros cristianos van a utilizar con frecuencia este procedimiento para explicar el hecho de que la Iglesia de los pobres ha ocupado el puesto de los jefes de Israel en la realización de los designios de Dios.

           La viuda entrega su indigencia, en oposición a los ricos que entregan su poder y sus privilegios. Es decir, que ella contradice al proverbio según el cual sólo se da aquello que se tiene: ella, por el contrario, solo posee lo que ha dado.

           ¿Podemos ver ahí una imagen de Dios? Si El solo nos ha dado de su abundancia, está mejor representado por la imagen de los ricos que por la de la viuda y no se comprendería la importancia que Cristo da al gesto de esta última. ¿Y si Dios, El también, diera de su indigencia? ¿Si renunciáramos a lo que dice de Dios un determinado teísmo para fijarnos en lo que Cristo manifiesta con sus acciones? ¿No comprenderíamos entonces que ser Dios es servir y dar no de aquello que se tiene, sino de aquello que se es?

           Jesús, pobre y esclavo, no es un paréntesis en la vida de Dios, sino la condición misma de Dios; El no es un rico que ha venido a visitar las tierras subdesarrolladas de la humanidad, es esclavo porque su manera de ser Dios es la pobreza.

Maertens Frisque

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           Hemos llegado a la «última» semana del año litúrgico. Las últimas páginas que leeremos, del evangelio según san Lucas, se refieren a los últimos días de la vida terrestre de Jesús, justo antes de la Pasión. Jesús, cercana su muerte, tenía plena conciencia de su «fin» humano. Jesús enseñaba en el Templo, y antes de que hayan acallado su potente voz, esa voz que dice «las cosas de Dios», Jesús habla y enseña.

           Después de haber hablado tanto, en los caminos, en los pueblos, a la orilla del mar, en las sinagogas provincianas, mirad, está enseñando «en el Templo». No desempeña ningún papel oficial, no es ni un «sacerdote del servicio» -sacerdocio levítico-, ni un «doctor de la Ley». No tiene derecho a entrar en el santuario, lo que es exclusivo del sumo sacerdote. No toma la palabra desde un lugar ritual, en el curso de un acto litúrgico. El, el Hijo de Dios, el Portavoz de Dios, se contenta con reunir a su alrededor, como lo hace un simple orador de paso, a los pocos oyentes que tengan a bien escucharle.

           Es precisamente en el interior del recinto del Templo donde, "alzando los ojos vio a los que depositaban sus ofrendas en el arca del Tesoro". Los «ojos» de Jesús. Los contemplo. Observo lo que hacen sus ojos.

           Bajo el peristilo del templo, galería de columnas de mármol que adornaban la fachada, había, ante el vestíbulo de la «Tesorería», trece grandes arcas, cuya cubierta formaba un embudo o buzón de amplia ranura. Un sacerdote de servicio se ocupaba de anotar el valor total de la ofrenda y la «intención» que le comunicaba el donante. Jesús lo está observando.

           En aquel preciso lugar, vio Jesús a los ricos, que "depositaban sus donativos". Y vio también a una viuda necesitada, que "echaba unos cuartos" (2 lepta, o monedas más pequeñas de entonces). Escucho el ruidito, modesto y humilde, de las dos moneditas al caer en el arcón, en medio de las voluminosas ofrendas ya depositadas. Entonces, Jesús dijo: «En verdad os digo: Esa pobre viuda ha echado más que nadie. Porque todos esos han echado de lo que les sobra, mientras que ella, de lo que le hace falta. Ha dado todo lo que tenía".

           La mirada de Dios, la apreciación de Dios, ¡cuán diferente es de la mirada habitual de los hombres! Dios ve de un modo distinto. Los ricos parecen poderosos, y hacen ofrendas aparentemente mayores. Pero, para Jesús, la pobre mujer ha dado «más». ¡Cuánta necesidad tenemos de cambiar nuestro modo de «ver», para ir adoptando, cada vez más, la manera de ver de Dios!

           Aquella viuda "dio todo lo que tenía para vivir", dio de su indigencia. ¡Que la admiración de los que son discípulos de Jesús no se dirija nunca hacia los gestos aparentes, ostentosos sino hacia los pobres, los humildes, los pequeños! ¡Cuánta necesidad tenemos de un cambio en nuestros corazones!

Noel Quesson

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           La pobre viuda del evangelio de hoy creyó que nadie la veía, pero Jesús sí se dio cuenta y llamó la atención de todos. Otros, más ricos, echaban donativos mayores en el cepillo del templo. Ella, que era una viuda pobre, echó los dos reales que tenía.

           No importa la cantidad de lo que damos, sino el amor con que lo damos. A veces apreciamos más un regalo pequeño que nos hace una persona que uno más costoso que nos hacen otras, porque reconocemos la actitud con que se nos ha hecho.

           La buena mujer dio poco, pero lo dio con humildad y amor. Y, además, dio todo lo que tenía, no lo que le sobraba. Mereció la alabanza de Jesús. Aunque no sepamos su nombre, su gesto está en el evangelio y ha sido conocido por todas las generaciones. Y si no estuviera en el evangelio, Dios sí la conoce y aplaude su amor.

           ¿Qué damos nosotros: lo que nos sobra o lo que necesitamos? ¿lo damos con sencillez o con ostentación, gratuitamente o pasando factura? ¿ponemos, por ejemplo, nuestras cualidades y talentos a disposición de la comunidad, de la familia, de la sociedad, o nos reservamos por pereza o interés? No todos tienen grandes dones: pero es generoso el que da lo poco que tiene, no el que tiene mucho y da lo que le sobra.

           Dios se nos ha dado totalmente: nos ha enviado a su Hijo, que se ha entregado por todos, y que se nos sigue ofreciendo como alimento en la Eucaristía. ¿Podremos reservarnos nosotros en la entrega a lo largo del día de hoy?

           Al final de una jornada, al hacer durante unos momentos ese sabio examen de conciencia con que vamos ritmando nuestra vida, ¿podemos decir que hemos sido generosos, que hemos echado nuestros dos reales para el bien común? Más aún, ¿se puede decir que nos hemos dado a nosotros mismos?

           Teníamos dolor de cabeza, estábamos cansados, pero hemos seguido trabajando igual, y hasta hemos echado una mano para ayudar a otros. Nadie se ha dado cuenta ni nos han aplaudido. Pero Dios sí lo ha visto, y ha sonreído, y lo ha escrito en su evangelio.

José Aldazábal

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           Hoy, como casi siempre, las cosas pequeñas pasan desapercibidas: limosnas pequeñas, sacrificios pequeños, oraciones pequeñas (jaculatorias); pero lo que aparece como pequeño y sin importancia muchas veces constituye la urdimbre y también el acabado de las obras maestras: tanto de las grandes obras de arte como de la obra máxima de la santidad personal.

           Por el hecho de pasar desapercibidas esas cosas pequeñas, su rectitud de intención está garantizada: no buscamos con ellas el reconocimiento de los demás ni la gloria humana. Sólo Dios las descubrirá en nuestro corazón, como sólo Jesús se percató de la generosidad de la viuda.

           Es más que seguro que la pobre mujer no hizo anunciar su gesto con un toque de trompetas, y hasta es posible que pasara bastante vergüenza y se sintiera ridícula ante la mirada de los ricos, que echaban grandes donativos en el cepillo del templo y hacían alarde de ello.

           Sin embargo, su generosidad, que le llevó a sacar fuerzas de flaqueza en medio de su indigencia, mereció el elogio del Señor, que ve el corazón de las personas: «De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir» (vv.3-4).

           La generosidad de la viuda pobre es una buena lección para nosotros, los discípulos de Cristo. Podemos dar muchas cosas, como los ricos «que echaban sus donativos en el arca del Tesoro» (v.1), pero nada de eso tendrá valor si solamente damos “de lo que nos sobra”, sin amor y sin espíritu de generosidad, sin ofrecernos a nosotros mismos.

           Dice San Agustín que «ellos ponían sus miradas en las grandes ofrendas de los ricos, alabándolos por ello. Aunque luego vieron a la viuda, ¿cuántos vieron aquellas dos monedas? Ella echó todo lo que poseía. Mucho tenía, pues tenía a Dios en su corazón. Es más tener a Dios en el alma que oro en el arca». Bien cierto: si somos generosos con Dios, Él lo será más con nosotros.

Angel Pérez

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           Hoy consideramos en el evangelio cómo se conmovió el Señor cuando vio a la viuda pobre depositar dos monedas insignificantes para el sostenimiento del Templo: mientras los demás daban de lo que les sobraba, esta mujer dio todo lo que tenía para vivir. Haría la ofrenda con mucho amor, con una gran confianza en la Providencia divina, y Dios la recompensaría incluso en sus días aquí en la tierra.

           A nosotros nos enseña este pasaje a no tener miedo a ser generosos con Dios y con las buenas obras en servicio del Señor y de los demás, incluso sacrificar aquello que nos parece necesario para la vida. ¡Qué poco nos es realmente necesario! A Dios hemos de ofrecerle lo que somos y lo que tenemos, sin reservarnos ni siquiera una parte pequeña para nosotros. A Dios se le conquista con la última moneda. ¿Hay algo en nuestro corazón que no sea del Señor? ¿Qué nos pide Jesús ahora?

           El Señor, a lo largo de su predicación, llama a quienes le siguen a ofrecerse a Dios Padre. Especialmente en la Santa Misa, el cristiano puede y debe ofrecerse juntamente con Cristo. Esta entrega se realiza cada día, ordinariamente en pequeños actos que van desde el esmero en ofrecer el día al comenzar la jornada, hasta las atenciones que requiere la convivencia con los demás; con el corazón siempre dispuesto a lo que el Señor quiera pedirnos, con una disposición de no negarle nada.

           Nuestra entrega ha de ser plena, sin condiciones, porque la media entrega acaba rompiendo la amistad con el Maestro. Sólo una generosidad plena nos permite seguir el ritmo de sus pasos. No temamos poner a disposición de Jesús todo lo que tenemos, no dudemos de darnos por entero. Le confesaremos rendidamente ¡Tú eres mi Dios y mi todo!

           El Señor nos ha prometido el ciento por uno en esta vida, y luego la vida eterna (Lc 18, 28-30). Él nos quiere felices también en esta vida: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya aquí en la tierra, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos. Esta alegría es un anticipo del Cielo. El tenerle cerca es ya la mejor retribución.

           Nuestras ofrendas a Dios, muchas veces de tan poca importancia aparente, llegarán mejor hasta el Señor si lo hacemos a través de Nuestra Madre. Recomienda San Bernardo que “aquello poco que desees ofrecer, procura depositarlo en las manos graciosísimas de María, a fin de que sea ofrecido al Señor sin sufrir de Él repulsa” (Homilía de Natividad de María).

Francisco Fernández

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           Hay en la escena de hoy algunos ricos echando grandes cantidades de dinero para Dios. Es lo que significa su ofrenda al Templo. Está lejos de Él una condena a los ricos, como alguna literatura ha querido ver en este y otros pasajes.

           Al contrario, seguramente se sintió a gusto al ver cómo los que cuentan con los medios necesarios, ponen en práctica la hermosa virtud de la magnificencia. ¡Qué sería del Templo, de las grandes obras de la Iglesia si no hubiera gente generosa a lo grande! Además, está muy lejos de Cristo esa clase de favoritismos por unos o por otros, y él no se fija en las apariencias.

           Precisamente porque no mira las apariencias se impresionó por el gesto de esa mujer pobre. Lo ha dado todo para Dios, ¡todo lo que tenía para su existencia! Y Cristo no se ha quedado indiferente ante tan grandioso gesto. Si hasta lo ha comunicado a sus apóstoles como diciendo: “aprended de esa mujer lo que es creer de veras en Dios”.

           Darlo todo. Y hay tanta gente que lo da todo en nuestro mundo del s. XXI y, quizás sería importante abrir más los ojos y no dejarnos impresionar por las apariencias sino mirar con la mirada de Cristo y obrar con la generosidad de esa viuda.

           Porque para Dios ella no ha quedado desamparada. Porque a los que así obran Dios no los abandona sino que se conmueve de amor ante sus pequeños actos de generosidad. Pensemos sólo que gracias a ese pequeño acto de la viuda ella sigue siendo hasta ahora modelo para nosotros.

           ¡Qué hermosos ojos tiene nuestro Redentor que tan bellamente posa su mirada en cada uno de nuestros actos! A Cristo no le es indiferente cuanto podamos hacer, sobre todo, cuando son pequeñas menudencias que sólo Él ha visto y que sabrá premiar en su debido tiempo.

Clemente González

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           Cristo Jesús, el Hijo de Dios encarnado, se hizo pobre por nosotros, no aferrándose a su dignidad de Hijo; despojándose de todo se humilló y se hizo Dios-con-nosotros; bajó hasta nuestra miseria para enriquecernos con su pobreza, con aquello de lo que se había despojado; elevándonos así, a la dignidad de hijos en el Hijo de Dios.

            Él nos manifiesta que su amor no se nos ha dado con tacañería, pues Él lo ha dado todo por nosotros. No recibimos de Dios como don una limosna, sino la entrega total de su vida para que nosotros tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

           Y ese amor es el que nos pide que tengamos hacia los demás cuando nos dice: "Como yo os he amado a vosotros, así amaos los unos a los otros".

José A. Martínez

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           Jesús, era tu última semana en la tierra. Tenías aún bastantes cosas que decirnos antes de que te entregaran a los romanos para ser crucificado. Muchos discípulos te acompañaban en el Templo, esperando ver grandes signos. Pero Tú te fijas en una pobre viuda, que entrega a Dios todo lo que tiene: dos pequeñas monedas. Te conmueves al ver la generosidad de ese corazón sencillo, que gana en valor a la de todos los ricos allí presentes. Porque el amor no se mide por unidades, sino en tantos por ciento: no importa la cantidad, sino la totalidad de la entrega.

           Jesús, mirando mi vida, ¿puedes también decir: éste ha dado todo lo que tenía para vivir; o más bien: ha entregado como ofrenda parte de lo que le sobra? No cuentan los títulos, ni los honores, ni la espectacularidad de los éxitos humanos. Tú miras el corazón. Y esperas de cada uno esas dos monedas diarias: el servicio a Dios y el servicio a los demás.

           Jesús, la escena de hoy me recuerda de una manera gráfica que no hay cosas pequeñas en la vida espiritual, si se hacen con amor y por amor. Levantarse con puntualidad por la mañana, ordenar la habitación, arreglar un desperfecto, acabar la tarea con la mayor perfección posible, escuchar con paciencia a un familiar o a un amigo, ayudar al hermano pequeño, y muchas otras pequeñas exigencias de la vida cristiana: son esas dos pequeñas monedas que, por el amor a Ti que demuestran, tiene un gran valor a tus ojos. Como decía León XIII:

"Haz todas las cosas, por pequeñas que sean, con mucha atención y con el máximo esmero y diligencia; porque el hacer las cosas con ligereza y precipitación es señal de presunción; el verdadero humilde está siempre en guardia para no fallar aun en las cosas más insignificantes. Por la misma razón, practica siempre los ejercicios de piedad más corrientes y huye de las cosas extraordinarias que te sugiere tu naturaleza; porque así como el orgulloso quiere singularizarse siempre, el humilde se complace en las cosas corrientes y ordinarias" (Práctica de la Humildad, 27).

           Jesús, Tú llamas a todos a la santidad; es decir, a la práctica heroica de las virtudes cristianas por Amor a Dios. Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro padre celestial es perfecto (Mt 5, 48). A veces, al mirar mi vida llena de defectos, me puedo desanimar y pensar que el ideal de la santidad no es para mí, sino sólo para algunos escogidos a quienes no les cuesta luchar contra sus flaquezas. O pienso que, para llegar a ser santo, necesito hacer cosas grandes y espectaculares.

           Jesús, la viuda del Evangelio me muestra el valor de las cosas aparentemente pequeñas, cuando se hacen por amor. La santidad está al alcance de la mano, porque cuando trato de hacerlo todo por Ti no hay cosas pequeñas: todo es grande. Por eso, es importante que cada mañana te ofrezca todo lo que voy a hacer ese día: Mis pensamientos, palabras y obras, y mi vida entera, te ofrezco a Ti con amor.

           La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor es heroísmo. Jesús, me pides que sea santo, que viva heroicamente las virtudes cristianas. En definitiva, me pides que persevere en esos pequeños vencimientos diarios hechos por Amor: puntualidad, orden, servicio. Ayúdame a vivir así, con la generosidad de la pobre viuda que supo dar lo poco que tenía para vivir. Y al final de mi vida me podrás decir: Siervo bueno y fiel; porque has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor (Mt 25, 20).

Pablo Cardona

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           Vivir con la gracia de la redención fresca en nuestras almas supone una especie de radical apuesta por Dios. El mundo tiene sus propias propuestas y reclama sus propios tributos. Tarde o temprano el cristiano descubre que, aunque su vida sea "normal" entra en conflicto con esos intereses e ídolos. Por eso hablamos de una "apuesta".

           Desde este contexto podemos entender en toda su fuerza al escena de la viuda. Jesús está en Jerusalén. Mas no anda de turista; ni tampoco se trata de una peregrinación más. Son sus días finales; Él está dando el todo por el todo y por eso tiene ojos para descubrir qué implica eso de " ha echado desde su pobreza todo lo que tenía para vivir".

           Si lo pensamos, es también el lenguaje de la Eucaristía. En la Cena de su amor el Señor se ofrece totalmente. No hay partes en este Pan que, al partirse sigue siendo uno y creando unidad. La Cena del Altar es la cena del final, ya hecha presente entre nosotros.

Nelson Medina

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           El evangelio de hoy nos presenta una escena conocida: la ofrenda de la viuda. Jesús introduce esa perspicaz distinción: los demás dieron de "lo superfluo"; ella dio de "lo necesario". Magistral.

           Tras haber censurado el comportamiento de los fariseos "que devoran los bienes de las viudas con el pretexto de largas oraciones" (Lc 20, 47), Jesús, en el evangelio de hoy, elogia la actitud de la viuda pobre que "ha echado todo lo que tenía para vivir".

           Esta historia forma parte de sus enseñanzas en el templo de Jerusalén. Lucas deriva el relato del que aparece en Marcos (Mc 12,41-44). El episodio no figura en Mateo. Se trata técnicamente de un "apotegma biográfico" del que pueden extraerse varias enseñanzas:

-lo que mide verdaderamente un don no es la cantidad que se da sino la que uno se reserva para sí;
-lo que importa no es tanto la cantidad cuanto el espíritu con el que se da;
-el verdadero don es dar todo lo que uno tiene;
-las ofrendas tienen que corresponderse con las posesiones. Parece que el acento de Jesús se centra en la primera.

           Al elogiar el comportamiento de la viuda Jesús pretende, en el fondo, criticar la conducta de los líderes religiosos que utilizan la religión para lucrarse.

Severiano Blanco

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           Tendría entonces unos 67 o 68 años. Era religiosa. Seguía atendiendo a los ancianos de una residencia. Pero notaba señales de deterioro: le faltaban las fuerzas, quizá la columna protestaba contra los esfuerzos, se sentía desmañada. Tampoco la ayudaban gran cosa las palabras de la responsable de la planta, que la punzaba con sus observaciones. Era así fácil presa del abatimiento.

           La volví a ver varios años después. Seguía con las mismas limitaciones y torpezas, algo más agudizadas; quizá estuviera más pacificada en su espíritu, tras aceptar poco a poco su situación. Le recordé la historia de la viuda: esta mujer echó más que nadie, porque dio los dos reales que le quedaban para vivir, un pobre céntimo de euro.

           En cierto modo, ese era su retrato. En el relato de la viuda tenía la religiosa un estímulo singular para aceptar más a fondo aún su estado y desde él seguir ejerciendo una labor en que todavía estaba empeñada, dentro de las propias limitaciones.

           Sin duda eran verdad las consideraciones que formulaba la responsable de la planta; pero más verdadera es la inesperada observación de Jesús. También la religiosa estaba entregando todas las energías disponibles. La valoración de los hombres dista, una vez más, de la que hace el Maestro.

           Y la apreciación de Jesús es un motivo de paz y un estímulo; otras, en cambio, producen inseguridad y aumentan la torpeza. Quien hace todo lo que puede hacer, hace todo lo que debe hacer, ha recordado el Papa, si no recuerdo mal yo.

Pablo Largo

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           En nuestro país hay una canción que dice: "El tiempo que te quede libre, dedícalo a mí". Esta canción ejemplifica lo que significa “no me amas”. El dar sólo lo que sobra, es una verdadera muestra de “no-amor” hacia cualquiera.

           Creo que la persona que ama no sólo da de lo que tiene, sino que busca que eso que dará sea lo mejor, pues a quien lo dará es a la persona amada. Pensemos y apliquemos este pensamiento a las personas que tenemos cerca, y sobre todo a Dios. ¿Le damos lo mejor de nosotros, como la pobre viuda del evangelio de hoy? ¿O sólo “lo que nos sobra”?

           Si quieres saber a quién verdaderamente amas, sólo piensa para quién siempre tienes tiempo, a quién le das lo mejor de ti… ahí habrás encontrado la respuesta. Es triste que muchos de nosotros, para Dios sólo tengamos las sobras.

Ernesto Caro

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           Llegan los últimos días del año litúrgico. Últimos días en los que podemos renovar nuestro compromiso con la gratuidad para no echar en saco roto lo que nos sobra, sino para añadir en el saco de la virtud todo lo que tenemos para vivir. Todo. Todo lo que tenemos porque todo lo hemos recibido. Todo lo que se nos ha dado para vivir.

           Que la sensibilidad de Jesús en el evangelio de hoy te contagie de mirada penetrante para que valores esas minucias a las que no das importancia y de las que depende en tantas ocasiones tu propia calidez. Minucias en las que das lo mejor de ti mismo y a las que nos tienes ¡tan acostumbrados!

Miguel de la Fuente

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           Un ejemplo de persona que no confía en los ídolos y mantiene un corazón limpio y generoso nos lo presenta Jesús en la persona de la viuda, que da como ofrenda lo único que tiene para vivir: dos moneditas de cobre. Esta mujer sirve a Jesús de señal de que hay llegado su hora, la hora de entregarse totalmente en manos de Dios, la hora de ir a la pasión y a la cruz: ella, que entrega todo lo que tiene, indica a Jesús que ha llegado para él el momento de hacer otro tanto: entregar lo único que tiene: su vida.

           Esta clase de gente, que ha existido y existirá a lo largo de la historia, forman el grupo más selecto y auténtico de la Iglesia. Pero en este relato conviene destacar un rasgo intencionado: cuando se vive en la edad mesiánica, en el reino de santidad, lo más importante es el corazón del hombre que vive fielmente ante Dios y abierto y preocupado por los demás. La viuda humilde es su modelo.

           Apropiémonos el espíritu y actitud de la ‘viuda generosa’ que, ‘pasando necesidad, da hasta lo que le queda para sobrevivir’. Quien practica la caridad, prudencia, vigilancia, solidaridad, justicia, paz, misericordia..., todo lo tiene seguro, en el tiempo y en la eternidad.

Dominicos de Madrid

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           Cada uno de nosotros debe medir su propia relación religiosa a partir de las dos formas de la donación que aparecen en este pasaje evangélico. Dichas formas se distinguen entre sí en cuanto son capaces de colocar a la propia persona implicada de forma integral o sólo de manera parcial.

           Podemos multiplicar las ofrendas a Dios y, sin embargo, estas pueden continuar situándose en la periferia de la vida. Tales ofrendas no tienen valor a los ojos de Dios ya que esconden una voluntad dirigida a retener para nosotros mismos lo que consideramos de verdadero valor.

           Frente a esta actitud se nos propone hacer propio el gesto de la viuda. En ella, el don brota de su voluntad decidida de ofrecimiento total a Dios. Es este ofrecimiento la verdadera medida del valor de nuestras acciones religiosas. En ellas no cuenta el valor que las cosas tienen o pueden tener en la economía de mercado.

           Los bienes manifiestan así su valor relativo. Este término no indica ningún juicio de valor sobre la mayor o menor importancia de ellos. Con él expresamos que todo su valor está dado a partir de la relación con las personas que participan de la comunicación religiosa.

           En primer lugar, por tanto, el valor auténtico de los bienes nace de la referencia que ellos tienen con la vida del hombre y con el compromiso de éste con Dios. En segundo lugar, es desde éste, Valor Absoluto, desde donde nace la verdadera medida de valoración de todo lo creado.

Confederación Internacional Claretiana

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           El evangelio nos presenta a través de los ojos de Jesús una escena muy significativa. Una viuda se acerca y deposita dos monedas de escaso valor, mientras los ricos depositaban en el cofre cuantiosas sumas. A los ojos de los humanos, los ricos eran generosos, a los ojos de Dios la única generosa era la viuda.

           La viuda en su condición de mujer, pobre y marginada hacía un inmenso esfuerzo al depositar la ofrenda. Daba todo lo que tenía, el fruto de su trabajo que le era necesario para vivir. De este modo entregaba totalmente su vida al servicio de Dios, con modestia y humildad. Los ricos sólo daban algunos excedentes de sus lucrativos negocios; su ofrenda era el fruto de la explotación de los peones y esclavos.

           Jesús aprovecha la situación para instruir a sus discípulos y discípulas acerca del valor de las ofrendas. La ofrenda de los ricos y poderosos viene manchada por el hambre y la indigencia de aquellos que han sido sometidos para que alguno alcance la riqueza.

           El "maldito dinero" sólo les ha servido a quienes lo poseen en abundancia para aumentar la riqueza pero no para incrementar la solidaridad (Lc 16, 9). Jesús pensaba que la nueva comunidad no se debía meter en este plan. Los discípulos de Jesús precisamente se debían distinguir por tener conciencia crítica ante esta situación y por plantear alternativas.

           La actitud de la viuda, en cambio da pie para una enseñanza enteramente positiva. A Dios no le podemos ofrecer lo que nos sobra, aquello de lo que podemos prescindir. A Dios se le hace una verdadera ofrenda cuando damos, desde nuestra pobreza, lo que somos y tenemos.

           A Dios no le entregamos cosas, sino ante todo, nuestras vidas. Y se las entregamos no porque la consideremos de poco valor. Las donamos generosamente porque sabemos que el hará con ellas lo mejor para nosotros y para nuestra comunidad. Dios recibe nuestras vidas y las transforma en una ofrenda generosa y solidaria que alegra a toda la comunidad.

Servicio Bíblico Latinoamericano