25 de Noviembre

Jueves XXXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 noviembre 2021

a) Dn 6, 12-28

           Daniel está hoy en el foso de los leones, en una escena veterotestamentaria que ha sido muy repetida entre los espirituales negros. Daniel aparece como el símbolo de la "fidelidad a Dios, que triunfa sobre todos aquellos que conspiran contra él".

           Daniel, ese deportado de Judá, no hace caso al rey de Babilonia (pues 3 veces al día hace su oración), y ésta es la denuncia: un hombre que se atreve a hacer su oración. La plegaria que Daniel recitaba 3 veces al día era sin duda el Shema Israel, y era el signo de su fe y pertenencia al pueblo elegido.

           Jesús propondrá también una oración oficial, el Padrenuestro, que los primeros cristianos recitaban también 3 veces al día. ¿Cuál es mi fidelidad a la oración? ¿Oro con regularidad? Se critican a veces los hábitos de plegarias regulares, como los laudes, las vísperas o la bendición de la mesa. Y es verdad que las mejores cosas pueden pasar a ser rutinarias. Pero esto no quita el valor de las cosas, y de lo que se trata es de conservar y dar su valor a todas las cosas.

           Daniel es también el servidor de Dios, que adora a Dios con toda su fidelidad. La fidelidad no es hoy un valor en boga, pues todo cambia y evoluciona. Y sin embargo ¿por qué no ser fieles a la verdad o al amor? ¿Qué pensamos personalmente de aquellos que son infieles a sus compromisos? Haznos fieles, Señor, y concédenos perseverar y crecer en todos nuestros amores.

           El Dios de Daniel es el Dios vivo, que permanece siempre. Y esto se llama fidelidad alegre, que contagia a los demás aparte de revelar a Dios. Por esa actitud, Daniel abrió una brecha en el corazón de los que lo veían vivir y orar.

           La oración es signo existencial y experimental de Dios, y un acto de testimonio que revela la buena nueva. No con palabras o con discusiones, sino con un acto: cuando decimos Dios. Decimos que Dios es importante para nosotros, pero a condición de que la oración sea sincera, y no tan sólo una oleada de palabras o una charla formalista. En todo caso, la oración debe ser encuentro con Dios y diálogo con él.

           Pues bien, Daniel anuncia sin cortapisa al rey que "su reino no será destruido, y su imperio permanecerá hasta el fin". Y eso porque "Dios salva y libera, y obra señales y milagros en los cielos y en la tierra". Toda una lección de teología de la historia, de una historia sagrada que se desarrolla en el seno de la historia profana.

           Dios actúa, salva en el presente, y libera en este mismo momento. Todo el esfuerzo de la revisión de vida radica en tratar de descubrir humildemente "la obra que Dios está realizando" actualmente en cada acontecimiento. Ayúdanos, Señor, a leer e interpretar los acontecimientos.

           La oración así concebida no es una huida de la acción, sino el momento de una acción más concentrada y consciente, que gravita también sobre el mundo y sobre la historia. La oración nos remite a nuestras tareas, para trabajar con el Señor.

Noel Quesson

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           El autor del libro de Daniel conocía, sin duda, el Salmo 22, ya que en el texto que hoy leemos amplía el tema de la salvación en la boca de los leones, apuntado en el v. 22 del salmo (así como en Dn 8,9 desarrolla el tema de la salvación del unicornio, esbozado en el mismo versículo del salmo). Con ello se quiere demostrar que los fieles a Dios serán salvados de todas las calumnias que puedan caer sobre ellos.

           A modo de una larga paráfrasis sobre Job (Job 5, 19-20), el libro de Daniel representa plásticamente el auxilio de Dios en los momentos difíciles: Daniel ha sido salvado del hambre y del fuego, y ahora de la boca de los leones. Más adelante, lo será del unicornio, y ya no les quedará otra prueba.

           El autor del libro de Daniel conoce sobradamente el corazón del hombre, y sabe cómo actúan los llamados pecados capitales. En el caso de hoy se trata de la envidia, y de la manera como se buscan pretextos a fin de perder a quien, por su sola íntegra conducta, molesta a los demás: "No podremos acusar a Daniel de nada de eso. Tenemos que buscar un delito de carácter religioso" (Dn 6, 6). La perfidia, aunque sea astuta, no logra otra cosa que poner de relieve la virtud de Daniel, ya que él no irá contra Dios. Tenemos, pues, ya la falta (se dicen los envidiosos), y hay que acabar con Daniel.

           Reacción rara, si bien humana, de aquellos a quienes molesta la mera existencia del hombre piadoso, cuya sola conducta es una acusación contra ellos. Pero lo que los envidiosos ignoran es que Dios es sobradamente poderoso para salvar de todo. Quizás la doctrina de la resurrección fue un logro motivado por la lucha contra Antíoco IV de Siria, pero ¡bendita tensión que nos proporciona tamaña esperanza! Daniel será salvado de todo, ya que Dios salva a sus fieles y les da la vida eterna.

Josep Mas

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           El libro de Daniel hace de Darío I de Persia un rey meda, pues los medas (de Media) y los persas (de Persia) vienen a ser casi primos hermanos (como los castellanos viejos y castellanos nuevos). No obstante, la historia no conoce más que a Darío I el Persa, sucesor de Ciro II y de Cambises II (ambos de raza meda). Poco importa esta cuestión, ya que lo que trata el libro no es de hacer un relato histórico, sino una historia edificante.

           En todo caso, los cortesanos de Darío I, envidiosos de la ascensión de Daniel, le tienden una trampa. Y obtienen del inconsciente Darío I un decreto por el se que prohíbe a todo el mundo orar (durante un mes) a otro dios que no sea el rey divinizado.

           Esta divinización es anacrónica en tiempos de Darío I, pero muy de actualidad en la época de Antíoco IV de Siria. En efecto, éste había obligado a todos sus súbditos, incluidos los judíos, a rendir culto a Baal (identificado con Zeus). El soberano seléucida, se consideraba, por otra parte, como el Epífanes (lit. el Manifestador) del dios griego, y de ahí la expresión "dios manifestado" que acompañaba a su nombre en las monedas.

           Estas pretensiones suscitaron la resistencia de ciertos ambientes judíos que Antíoco IV de Siria se esforzó en eliminar mediante la persecución. El cap. 6 de Daniel constituye a la vez un panfleto político y una exhortación a preferir el martirio a la apostasía.

           Quien confía en el Señor jamás será defraudado por él. Y todo lo que el Señor realice a favor nuestro no es sólo para que nosotros sintamos su cercanía y su amor de Padre, sino que es para que todos conozcan el amor que Dios tiene a quienes han puesto en él toda su confianza, lo reconozcan como su Dios y Padre y experimenten su amor.

           La Iglesia de Cristo no sólo es depositaria del amor y de la salvación de Dios, sino que debe convertirse en el instrumento a través del cual todos lleguen al conocimiento de Dios. Y esto no sólo porque lo anuncia denodadamente a través de la proclamación constante del evangelio, sino porque, a pesar de verse perseguida y condenada a muerte, jamás da marcha atrás en su amor y confianza en Dios.

           Muchos hermanos nuestros, por esa confianza en Dios, fueron perseguidos y entregados a la muerte, y ahora viven para siempre como un ejemplo de santidad para toda la Iglesia. Con la mirada fija en Dios, luchemos constantemente por dar testimonio de nuestra fe sin jamás avergonzarnos del Señor, aun cuando seamos objeto de burla, de persecución y de muerte. Pues desde la resurrección de Cristo sabemos que, no la muerte sino la vida, tiene la última palabra.

José A. Martínez

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           Escuchamos hoy otra famosa página del AT (Daniel en el foso de los leones) con una clara intención edificante: los que permanecen fieles a la ley de Dios, en sus persecuciones y tentaciones del mundo nunca quedarán abandonados. Esta vez, la piedra de toque no es comer o no ciertos alimentos, sino la prohibición de orar al Dios de los judíos: "Daniel no te obedece a ti, majestad, sino que tres veces al día hace oración a su Dios".

           El episodio, escrito para animar a los judíos de la época de Antíoco IV de Siria, se ve en seguida que es una especie de apólogo o parábola. Sobre todo porque es impensable que de boca del rey pagano (en el pasaje de hoy, Darío I de Persia) pueda salir que "en mi Imperio, todos respeten y teman al Dios de Daniel, el Dios vivo que salva y libra, y hace prodigios y signos en cielo y tierra".

           Pero que dichas palabras sean históricas o no, no importa gran cosa. Pues lo que interesa es que los lectores del libro se sientan animados a perseverar en su identidad de creyentes, en medio de las circunstancias más adversas.

           Aunque nosotros no seamos arrojados al foso de unos leones, sí que a veces nos encontramos rodeados de fuerzas opuestas al evangelio de Cristo. Con nuestras propias fuerzas no podríamos vencer, pero la lección del libro de Daniel es que Dios protege a sus fieles, que les da fuerza para resistir, y que vale la pena mantener la fe. Porque es el único camino para la felicidad verdadera.

           Se trata de una lección para los tiempos difíciles. ¿Y cuáles no lo son? Si Antíoco IV de Siria, en tiempos de los macabeos, obligaba a los judíos a sacrificar en honor del dios Zeus, hoy el mundo nos invita a levantar altares y a ofrecer nuestras libaciones a mil dioses falsos, que nos prometen felicidad y salvación (egoísmo, placer, violencia, dinero, éxito social, poder...).

           Ojalá hagamos como Daniel, que "tres veces al día hacía oración a su Dios". Rezar en medio de un mundo pagano es la clave para que podamos mantener nuestra identidad.

José Aldazábal

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           Comenzamos hoy la jornada recitando un fragmento del Cántico de Daniel, que celebra la gloria de Dios y su providencia sobre todos los acontecimientos: "Ensalzad al Señor con himnos por los siglos. Témpanos y hielos, bendecid al Señor; escarchas y nieves, bendecid al Señor; noche y día, bendecid al Señor; luz y tinieblas, bendecid al Señor; rayos y nubes, bendecid al Señor. Bendiga la tierra al Señor" (Dn 3, 68-74).

           Digamos lo mismo con otras palabras y referencias: Aunque el elegido de Dios sea encadenado, triunfará; aunque sea guardado en mazmorras, los hierros no lo destruirán; aunque sienta cómo el hambre lo devora, no renegará del Señor; aunque no entienda el lenguaje divino y sus gestos, y proteste, confiará en quien es Creador y Padre, y celebrará su gloria.

           También nosotros, al final de nuestros días, celebraremos la gloria de Dios cuando lleguemos a entrar en su seno para siempre. Señor, Dios nuestro, duro es el camino de la vida que pasa por agua y fuego, por soledad y noches oscuras, por incomprensiones y ausencia de tus consuelos, por experiencias amargas y sed de justicia. No permitas que caigamos en la tentación de prescindir de ti, a pesar de todos los sinsabores de este mundo cruel e injusto.

           La descripción sorprendente del profeta Daniel tiene varios detalles que debemos ponderar, pues con ellos se intenta marcar la línea de fidelidad a Dios en los momentos más diversos de nuestra vida.

           En 1º lugar, Daniel fue sorprendido orando a su Dios. El buen israelita y buen cristiano pone el encuentro con Dios (por la oración) en uno de los momentos más importantes de su vida diría. Ser fiel y no orar no se compadecen.

           En 2º lugar, Daniel es acusado de no adorar al rey como único dios. El endiosamiento de los hombres poderosos es una de las calamidades a las que estamos sometidos los mortales con frecuencia. Pero ¿cómo puede un verdadero israelita ceder a los halagos humanos olvidando que Dios es Dios único e incompatible con otras divinidades?

           Daniel, lanzado al foso de los leones, es custodiado por un ángel de Dios. Y la providencia del Señor se encarga de apaciguar a las fieras, hasta que el rey Darío I de Persia tenga que confesar su error y reconocer la grandeza del Dios de Daniel, del Dios de Israel.

Dominicos de Madrid

b) Lc 21, 20-28

           Seguimos hoy con el Discurso Escatológico de Jesús. La 1ª parte del texto de hoy (vv.20-24) se refiere a la destrucción de Jerusalén. Cuando Lucas escribe este texto, que recoge una tradición que se remonta a Jesús mismo, ya los hechos aquí descritos habían sucedido. De ahí la pulcra exactitud de lo que se dice.

           En efecto, el año 66 estalló la Guerra Judía contra Roma, animada y dirigida por los zelotas y otros grupos nacionalistas. Los zelotas buscaban expulsar a los romanos de la tierra de Israel, y los nacionalistas reconstruir la monarquía davídica. Por su parte, los cristianos no participaron de esta guerra, pues ésta les era ajena y su implicación hubiese sido totalmente contraria a la misión de la Iglesia. 

           La misión de los cristianos era radicalmente diferente, según el testamento de Jesús: "Recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta el fin de la tierra" (Hch 1, 8). De ahí el consejo de hoy de Jesús: "Cuando sucedan estas cosas, los que estén en Judea que huyan a los montes, los que estén en Jerusalén que se alejen de ella, y los que estén en los campos que no entren en Jerusalén".

           Sabemos por la historia que esto sucedió al pie de la letra. Cuando comenzó la guerra (ca. 66), los cristianos huyeron de Jerusalén, y cuando la guerra llegó a su punto culminante (ca. 70), el Templo de Jerusalén fue destruido. Hasta el 74 siguió la resistencia de los judíos en Masada, y todo esto fue visto por los judíos como "días de venganza" por parte del Imperio Romano.

           La 2ª parte del texto de hoy (vv.25-28) se refiere a la manifestación del Hijo del hombre. Aquí se cumple la profecía de Daniel (Dn 7, 13-14), para quien la figura del Hijo de hombre era individual y colectiva, representándose a sí mismo (al Hijo) y al pueblo de los santos (del hombre). Es una figura humana que se contrapone a las 4 bestias de Daniel, que representan a los 4 imperios que han dominado al pueblo de Israel.

           La oposición simbólica bestia-humano representa la oposición histórica Imperio-Iglesia. Jesús se identifica permanentemente con este símbolo humano llamado "hijo del hombre". En la tradición de Daniel tiene esas 2 connotaciones: una figura anti-Imperio (anti-bestia) y una figura colectiva, que representa a todo el pueblo de los santos que resiste a los imperios bestiales.

           Aquí se anuncia la parusía final de Jesús con los términos de Daniel, que "verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria". Pero antes de la venida de Jesús, el discurso nos describe una conmoción cósmica inaudita que precederá dicha venida. Este cataclismo cósmico tiene dimensiones fantásticas y alucinantes. En la tradición apocalíptica de la época, estas catástrofes cósmicas no deben ser interpretadas literalmente, sino como símbolos de una conmoción histórica.

           Se trata de un cataclismo histórico de los poderes dominantes. Por eso el consejo maravilloso de Jesús: "Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación" (v.28). El cataclismo social debe ser motivo de terror para los grupos y clases enemigas, pero no para los aliados de Dios. Y debe ser motivo de esperanza para los santos, que esperan su apolutrosis (lit. liberación) con la venida y el triunfo del Hijo del hombre.

Juan Mateos

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           "Ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días" (Mt 24, 19), clama el Señor al contemplar en espíritu el cuadro del fin del mundo actual. Bien colocada está esta expresión al comienzo del discurso referente al terror de la destrucción de Jerusalén.

           Mas en el Espíritu de Cristo, que es el Espíritu del Verbo eterno, confluye y se identifica con la visión del fin del mundo. Y en esa identificación la exclamación significa mucho más que una simple compasión humana por aquellas desvalidas mujeres menos expeditas que las otras para poder huir o resistir a las más duras penalidades.

           Para el Señor que contempla y advierte, ellas, en la profecía de la destrucción del mundo, se tornan imagen y tipo de aquellos a quienes el fin del mundo va a sorprender en el preciso instante en que (aún demasiado ligados al mundo presente) no se sentirán libres para poder seguir sin trabas la voz de la trompeta y salir al encuentro de la nueva aurora.

           Sus pies no se habrán fortalecido en el camino de la cruz de Cristo, no habrán llegado a ser ágiles en los caminos de sus mandamientos, se hallarán entorpecidos por los lazos del enemigo. Pesa sobre sus hombros la carga del falso reino de este mundo. Sus brazos abrazan las alegrías caducas de una tierra condenada a perecer.

           El "dios de este siglo" (2Cor 4, 4) ha cegado sus ojos. No conocen el lenguaje de los signos celestiales, no pueden contemplar el brillo de la aurora. En balde se publica el mensaje y se encienden las antorchas eternas. Los esclavos "de este siglo" y de su dios no pueden ver, y huyen. A ciegas van dando traspiés hacia la condena del tribunal y el fuego de su castigo, que tendrá la virtud de abrir sus horrorizados ojos.

           Jerusalén sucumbe como consecuencia de su pecado. Esta destrucción, como todas las catástrofes históricas, además de ser un suceso social y político, es un acontecimiento religioso. La ciudad santa sucumbe víctima de su pecado, de haber rechazado la salvación que se le ofrecía en Jesús.

           Jesús expresa su compasión por las víctimas. Y pone en guardia a los discípulos para que no perezcan. Ellos no han comulgado con este pecado de Jerusalén. No deben perecer en ella. Pero la ciudad y el pueblo judío no son rechazados definitivamente. Su rechazo es una especie de tregua para dar paso a los gentiles (Rm 11).

           Ante la venida del Hijo del hombre, que se hará patente, clara como la luz del mediodía, el pánico será la actitud del incrédulo, el gozo será la herencia del creyente. Para éste se acerca la salvación. Se toca ya la esperanza. El creyente irá con la cabeza erguida, rebosante de gozo el corazón, al encuentro de su Señor, a quien ha amado, por quien ha vivido, en quien ha creído y al que anhelante ha estado toda la vida esperando.

Emiliana Lohr

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           Los discípulos habían preguntado por la señal que daría paso a la restauración de Israel (Lc 21, 7). Jesús les responde ahora hablándoles de 'señales cósmicas' -que nosotros hemos inter­pretado al pie de la letra como si se tratara de la descripción del fin del mundo en sentido figurado, como había hecho hasta ahora (Lc 21, 11). La catástrofe cósmica era símbolo de la caída de un orden social injusto (Is 13,10; 34,4; Ez 32,7-8; Jl 2,10.31; 3,15), que aparece como la inauguración de un mundo distinto.

           La caída del régimen judío, consecuencia histórica del rechazo del Mesías, vendrá seguida de la caída sucesiva de los opresores paganos. «Las potencias del cielo que vacilarán» (v.26) son los poderes divinizados cuyo prestigio se tambalea.

           Se trata del triunfo del Hijo del hombre: «Entonces verán llegar al Hombre en una nube, con gran potencia y gloria» (v.27). Su gran 'potencia' de vida se opone a las 'potencias' de muerte que vacilan; su 'gloria' o realeza, a la realeza de los opresores que declina. Ante ese giro total de la situación, los discípulos, lejos de temer, tienen que ponerse de pie y alzar la cabeza, «porque se acerca -les dice- vuestra liberación» (v.28).

           Jesús compone los primeros compases de la teología de la progresiva liberación del hombre de los poderes injustos. Es una historia lenta, llena de dolor y de malas noticias -las que nos ofrecen cada día por la radio, la televisión y en los periódicos-, pero irreversible. Es la última etapa de la evolución del hombre, el Hombre, sin más adjetivos, que ha empezado en el momento de la muerte de Jesús.

           La gloria de este Hombre se irradia a través de todos los portadores de paz y de buenas noticias, de todos los hombres y mujeres que trabajan para construir una sociedad más justa, que ponen sus talentos al servicio de los marginados y desamparados. Es la otra Historia, la que no consta en los libros de historia ni en los archivos de las coronas o repúblicas. Una historia que se escribe día tras día, no con letras de molde ni con eslóganes televisivos, sino con actos de servicio.

Josep Rius

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           La mayoría de los exégetas piensan que Lucas escribió su evangelio en los años después del 70. Los acontecimientos históricos acaban pues de demostrar que Jesús había dicho verdad al anunciar la destrucción de Jerusalén: "Cuando veréis Jerusalén sitiada por los ejércitos". Aquí, Marcos y Mateo decían: «Cuando veréis la abominación de la desolación» (Mc 13,14; Mt 24,25). Era sin duda lo que, de hecho, había dicho Jesús, repitiendo una profecía de Daniel (Dn 11, 31).

           Lucas «traduce» con mayor concreción: "Sabed que está cerca su devastación. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad".

           Después de un siglo de ocupación romana la revuelta que se estaba incubando terminó por explosionar, en los alrededores del año 60. Los Zelotes, que habían tratado de arrastrar a Jesús a la insurrección, multiplicaron los atentados contra el ejército de ocupación. El día de Pascua del 66, los Zelotes ocupan el palacio de Agripa y atacan al Legado de Siria.

           Todo el país se subleva. Vespasiano es el encargado de sofocar la revolución. Durante tres años va recuperando metódicamente el país, y aísla Jerusalén. Reúne fuerzas enormes: la V, la X y la XV legión. Luego el emperador deja a su hijo, el joven Tito, el cuidado de terminar la guerra.

           El sitio de Jerusalén, fortaleza considerada inexpugnable, dura un año, con setenta mil soldados de infantería y diez mil a caballo. El 17 de julio del 70, por primera vez después del exilio, cesa el sacrificio en el Templo. Desde entonces no lo ha habido nunca más. El historiador judío, Flavio José, habla de un millón cien mil muertos durante esta guerra, y noventa y siete mil prisioneros cautivos.

           Ante lo cual, Jesús exclama: "Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días. Porque habrá una gran calamidad en el país y un castigo para ese pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos".

           Al predecir la espantosa desgracia nacional de su pueblo, Jesús no tiene nada de un fanático que clama venganza. Sus palabras son de dolor. Es emocionante verle llorar por las pobres madres de ese pueblo que es el suyo, porque "Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que la época de los paganos llegue a su término".

           Jesús parece anunciar un tiempo para la evangelización de los paganos. A su término, Israel podrá volver a Cristo a quien rechazó entonces. Esta es la plegaria y la esperanza de san Pablo (Rm 11, 25-27) compartida con san Lucas (Lc 13, 35) ¿Comparto yo esa esperanza?

           Entre esa esperanza, está que "aparecerán señales en el sol, la luna y las estrellas". Aunque es verdad que en la tierra "se angustiarán las naciones por el estruendo del mar y de la tempestad", y los hombres "quedarán sin aliento por el miedo, pensando en lo que se le viene encima al mundo". Porque hasta los astros "se tambalearán".

           Es el lenguaje corriente del género apocalíptico. Según la concepción de la época, los tres grandes espacios: cielo, tierra y mar... serán trastornados. El caos se abate sobre el universo (Is 13,9-10; 34,3-4), y esas mismas expresiones en imágenes son empleadas en la caída de Babilonia.

           Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y majestad. ¿Sin que nos demos cuenta, se ha pasado a otra profecía, esta vez la del "fin del mundo"? Algunos exégetas así lo creen.

           Otros piensan que Jesús continuaba hablando de la destrucción de Jerusalén: el Hijo del hombre "viene", a través de muchos sucesos históricos, en particular de éste que vio el aniquilamiento del culto del Templo... el culto verdadero proseguía en torno al Cuerpo de Cristo, en la Iglesia, nuevo Templo de Dios.

Noel Quesson

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           Jerusalén, ciudad de paz; ese es su nombre; esa es su vocación. De ahí brotará la salvación como un río en crecida que fecundará toda la tierra y le hará producir frutos agradables a Dios; y llegará incluso hasta el mar de aguas saladas y lo saneará, pues nada hay imposible para Dios.

           Pero Jerusalén se ha corrompido y, llegado Aquel que ha cumplido las promesas y el anuncio de la Ley y los Profetas, ha sido rechazado. Por eso Jerusalén ha sido destruida y no ha quedado en ella piedra sobre piedra, y sus hijos han sido dispersados por todas las naciones.

           Quienes formamos la Iglesia del Cordero, ¿realmente creemos en Él? No podemos responder con sólo nuestras palabras; nuestra respuesta ha de darse de un modo vital, pues son nuestras obras, son nuestras actitudes hacia nuestro prójimo, es nuestra vida misma la que manifiesta hasta qué punto vivimos fieles al Señor.

           El momento en que se acabe este mundo no debe confundirnos ni angustiarnos. El Señor nos pide una vigilancia activamente amorosa para que cuando Él venga levantemos la cabeza, sabiéndonos hijos amados de Dios. No descuidemos nuestra fe constante en el Señor a pesar de lo que tengamos que padecer, pues si nos alejamos del Señor y comenzamos a destruirnos unos y otros, por más que proclamemos el Nombre del Señor, nuestro mal comportamiento echaría por tierra toda la obra de salvación.

           Entonces, en lugar de ser parte de la construcción del Reino de Dios seríamos destruidos irremediablemente. Trabajemos por el Señor; y no lo hagamos por temor, ni por interés, sino por amor, un amor que nos lleve a permitirle al Señor hacer su obra de salvación en nosotros, y en el mundo por medio nuestro, aun cuando para ello tengamos también que entregar nuestra vida, pues nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

           Dios, nuestro Dios misericordioso y Padre, nos ha convocado en este día en torno a Jesús, su Hijo, Señor nuestro. No se dirige a nosotros por medio de señales que nos llenen de terror y angustia, sino en la sencillez de los signos frágiles mediante los cuales se manifiesta a nosotros.

           Ahí esta su Palabra, dirigida a nosotros con toda sencillez, pero con toda su fuerza salvadora. Ahí está su Iglesia, representada mediante los miembros de la misma que nos hemos reunido para celebrar al Señor; somos frágiles e inclinados a la maldad, pero el Señor nos llena de su Espíritu para que seamos un signo de alegría, de paz, de misericordia y de luz para los demás.

           Sólo al final, confrontada nuestra vida con la Palabra, se hará el juicio de nuestras obras para que reconozcamos si somos o no dignos de estar para siempre con el Señor. Por eso debemos vivir con la cabeza levantada, no por orgullo, sino para contemplar a Aquel que nos ha precedido con su cruz, y poder seguir sus huellas amando y sirviendo a nuestro prójimo, pues no hay otro camino, sino el mismo Cristo, que nos lleve al Padre.

           No vivamos en el temor, pensando que el mundo se nos acabará de un momento a otro, vivamos más bien amando al Señor y a nuestro prójimo para que, cuando Él vuelva, nos encuentre dispuestos a ir con Él a gozar de la Gloria del Padre.

Bruno Segni

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           Días de angustiosa espera. Permanezcamos firmes hasta el final, para que, cuando el Señor vuelva, seamos de los que levanten la cabeza, pues se acerca la hora de nuestra liberación final. No vivamos odiándonos y mordiéndonos unos a otros. No seamos injustos con nuestro prójimo.

           No nos encerremos en nuestros egoísmos que nos lleven a pisotear los derechos, incluso fundamentales, de nuestro prójimo. No induzcamos a otros al mal o al error. No provoquemos divisiones ni guerras entre nosotros. No vaya a ser que nos expongamos a nuestra destrucción total. Mientras aún es tiempo el Señor nos invita a iniciar el camino de una auténtica conversión. Él no quiere que nos perdamos, por muy pecadores que hayamos sido, pues no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

           Somos demasiado frágiles; por eso no confiemos en nuestras propias fuerzas. Acudamos al Señor con una oración humilde y sincera; y pidámosle confiadamente que nos ayude en todo a hacer, con gran amor, su voluntad, para que nos convirtamos en testigos fieles de su amor para toda la humanidad.

           Anunciamos la muerte y la resurrección del Señor; anunciamos su Victoria sobre el pecado y la muerte; somos testigos del mundo nuevo, inaugurado por Cristo, hasta que Él vuelva glorioso para llevarnos, junto con Él, a la Gloria del Padre. Mientras, nos reunimos para anticipar ese momento mediante la Celebración festiva del Memorial de su Misterio Pascual.

           Aquí ya no hay odios ni divisiones; aquí vivimos el amor fraterno; aquí nos hacemos uno en Cristo Jesús y el Padre Dios no contempla como a sus hijos amados, en quienes Él se complace por nuestra fidelidad amorosa a su santísima Voluntad. Pero, ¿será esto realidad? ¿A qué hemos venido hoy ante el Señor? Ojalá tengamos la firme determinación de convertirnos en verdaderos hijos de Dios, y en verdaderos hermanos de nuestro prójimo. Entonces no seremos destruidos, sino que viviremos para siempre.

           Muchas cosas han de desaparecer de nuestra vida, y a muchas cosas hemos de renunciar, por ser pecaminosas y generadoras de maldad, de injusticia, de muerte. De todo ello no ha de quedar piedra sobre piedra. Hemos de ser constructores de una nueva humanidad referida a su Centro: Cristo Jesús. Ya desde ahora hemos de esforzarnos por ello como colaboradores de la Gracia, que se nos ha concedido en Cristo Jesús, siendo guiados por su Espíritu Santo.

           Por eso no hemos de perder de vista que nuestro compromiso es con Cristo, Evangelio viviente del Padre. Trabajemos por la paz; esa paz que nos viene por creer en Cristo Jesús, que nos une a todos como hermanos, que nos hace participar de un mismo amor y de un mismo Espíritu, y que nos hace tener a Dios por Padre.

           No seamos ocasión de escándalo para los demás. Antes al contrario pasemos haciendo el bien a todos. Sólo así llegaremos sanos y salvos al Reino celestial, pues Dios llevará consigo a los que le aman. Entonces será realmente la hora de nuestra liberación.

Bruno Maggioni

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           Es la tercera vez que Jesús anuncia, con pena, la destrucción de Jerusalén: "serán días de venganza... habrá angustia tremenda, caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones: Jerusalén será pisoteada por los gentiles".

           También aquí Lucas mezcla dos planos: éste de la caída de Jerusalén -que probablemente ya había sucedido cuando él escribe- y la del final del mundo, la segunda venida de Cristo, precedida de signos en el sol y las estrellas y el estruendo del mar y el miedo y la ansiedad "ante lo que se le viene encima al mundo". Pero la perspectiva es optimista: "entonces verán al Hijo del Hombre venir con gran poder y gloria". El anuncio no quiere entristecer, sino animar: "cuando suceda todo esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación".

           Las imágenes se suceden una tras otra para describirnos la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada. Esta clase de lenguaje apocalíptico no nos da muchas claves para saber adivinar la correspondencia de cada detalle.

           Pero por encima de todo, está claro que también nosotros somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos "alzar la cabeza y levantarnos", porque "se acerca nuestra liberación".

           Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena. Sea en el momento del final de la historia, venga cuando venga (mil años son como un día a los ojos de Dios). Entonces la venida de Cristo no será en humildad y pobreza, como en Belén, sino en gloria y majestad.

           Levantaos, alzad la cabeza. Nuestra espera es dinámica, activa, comprometida. Tenemos mucho que trabajar para bien de la humanidad, llevando a cabo la misión que iniciara Cristo y que luego nos encomendó a nosotros. Pero nos viene bien pensar que la meta es la vida, la victoria final, junto al Hijo del Hombre: él ya atravesó en su Pascua la frontera de la muerte e inauguró para sí y para nosotros la nueva existencia, los cielos nuevos y la tierra nueva.

José Aldazábal

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           Hoy al leer este santo Evangelio, ¿cómo no ver reflejado el momento presente, cada vez más lleno de amenazas y más teñido de sangre? «En la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo» (vv.25-26).

           Muchas veces, se ha representado la segunda venida del Señor con las imágenes más terroríficas posibles, como parece ser en este Evangelio, siempre bajo el signo del miedo. Sin embargo, ¿es éste el mensaje que hoy nos dirige el Evangelio? Fijémonos en las últimas palabras: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación» (v.28).

           El núcleo del mensaje de estos últimos días del año litúrgico no es el miedo, sino la esperanza de la futura liberación, es decir, la esperanza completamente cristiana de alcanzar la plenitud de vida con el Señor, en la que participarán también nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea.

           Los acontecimientos que se nos narran tan dramáticamente quieren indicar de modo simbólico la participación de toda la creación en la segunda venida del Señor, como ya participaron en la primera venida, especialmente en el momento de su pasión, cuando se oscureció el cielo y tembló la tierra. La dimensión cósmica no quedará abandonada al final de los tiempos, ya que es una dimensión que acompaña al hombre desde que entró en el Paraíso.

           La esperanza del cristiano no es engañosa, porque cuando empiecen a suceder estas cosas —nos dice el Señor mismo— «entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (v.27). No vivamos angustiados ante la segunda venida del Señor, su Parusía: meditemos, mejor, las profundas palabras de san Agustín que, ya en su época, al ver a los cristianos atemorizados ante el retorno del Señor, se pregunta: «¿Cómo puede la Esposa tener miedo de su Esposo?».

Lluc Torcal

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           El lenguaje escatológico empleado por Cristo en este pasaje nos muestra dos cosas: que Él es el Señor y dueño de la historia y de los acontecimientos, y que todo cristiano tiene como consigna la vigilancia, pues desconocemos el día y la hora en que todo esto sucederá.

           El Señor nos dice: "quien está en el campo que no entre en la ciudad y quien esté en la ciudad que se aleje". Cristo no nos pide lo que no le podemos dar pero sí reclama un seguimiento convencido por parte de cada uno: que le amemos por encima de nuestras tribulaciones o en medio de la perplejidad; que aguardemos con esperanza su segunda venida.

           También nos advierte que el camino de la cruz no es fácil y que a veces cuesta, sin embargo sabemos que cuando Dios pide algo, no hace más que requerir lo que precisamente ha dado. Por lo tanto tenemos un modelo donde reflejarnos. Él nunca nos deja solos.

           Repitamos las palabras de Santa Teresa "Solo Dios basta" y seamos capaces de cobrar el animo y levantar nuestra cabeza porque se acerca nuestra liberación. Liberación ante todo del pecado, de nuestra miseria, de nuestros rencores e insatisfacciones.

Clemente González

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           El Evangelio que leemos hoy es también un llamado a la esperanza, a redoblar la fe. Aquí la venganza de Dios se dirige contra Jerusalén, que se convirtió a lo largo de la historia en sede del poder y de la manipulación religiosa. Jesús anuncia la caída de Jerusalén, los tiempos difíciles, y llama también a la esperanza.

           La caída de los imperios nunca es fácil ni sencilla, acarrea muchos dolores y sufrimientos también para los oprimidos. Jesús nos llama a levantar la cabeza, sabiendo que se acerca nuestra liberación (v.28).

           Teniendo presente esta profecía, los cristianos de Jerusalén dejaron la ciudad Santa antes de su ruina, retirándose a Pella al otro lado del Jordán. El tiempo de los gentiles (v.24) va a cumplirse, esto es, va a terminar con la conversión de Israel: "Porque si tú fuiste cortado de lo que por naturaleza era acebuche, y contra naturaleza injertado en el olivo bueno, ¿cuánto más ellos, que son las ramas naturales, serán injertados en el propio olivo?" (Rm 11, 24), y el advenimiento del supremo Juez.

           Esta recomendación del divino Salvador, añadida a sus insistentes exhortaciones a la vigilancia ("lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad"; Mc 13,37) muestra que la prudencia cristiana no está en desentenderse de estos grandes misterios sino en prestar la debida atención a las señales que Él bondadosamente nos anticipa, tanto más cuanto que el supremo acontecimiento puede sorprendernos en un instante, menos previsible que el momento de la muerte (v.34).

           "Vuestra redención": así llama Jesús al ansiado día de la resurrección corporal, en que se consumará la plenitud de nuestro destino.

José A. Martínez

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           Fijémonos en las últimas palabras: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación» (v.28).

           El núcleo del mensaje de estos últimos días del año litúrgico no es el miedo, sino la esperanza de la futura liberación, es decir, la esperanza completamente cristiana de alcanzar la plenitud de vida con el Señor, en la que participarán también nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea.

           Los acontecimientos que se nos narran tan dramáticamente quieren indicar de modo simbólico la participación de toda la creación en la segunda venida del Señor, como ya participaron en la primera venida, especialmente en el momento de su pasión, cuando se oscureció el cielo y tembló la tierra. La dimensión cósmica no quedará abandonada al final de los tiempos, ya que es una dimensión que acompaña al hombre desde que entró en el Paraíso.

           La esperanza del cristiano no es engañosa, porque cuando empiecen a suceder estas cosas (nos dice el Señor mismo) «entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (v.27). No vivamos angustiados ante la segunda venida del Señor, su Parusía: meditemos, mejor, las profundas palabras de San Agustín que, ya en su época, al ver a los cristianos atemorizados ante el retorno del Señor, se pregunta: «¿Cómo puede la Esposa tener miedo de su Esposo?».

Juan Gralla

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           Tu vida, tu casa, los que más quieres, tu Jerusalén, puede estar cercada por ejércitos y amenazada por la desolación. Puede que te sorprendan señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; puede que las fuerzas de los cielos sean sacudidas.

           A lo que hemos de temer es a no vernos sorprendidos por la sacudida del corazón que ha perdido sensibilidad para descubrir la bondad y la fidelidad del Señor. Lucas nos pide cobrar ánimo y levantar la cabeza ante aquello que nos trae liberación.

           Es posible el adormecimiento del corazón deslumbrado con tanta luz que nos obliga a consumir, y puede ser que la verdadera estrella -no de neón- pase por nuestro cielo y pase desapercibida. No vendría nada mal en esos momentos una sacudida de nuestro cielo. Como dice Séneca: "Dichoso quien entiende que la posesión de un bien no es grata si no se comparte (Epístolas, VI, 4). O "si quieres vivir para ti, debes vivir para otro" (Epístolas, XLVIII, 2).

Miguel Niño

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           Los escritos apocalípticos tienen mala fama: nos hemos quedado con sus descripciones terroríficas y hemos olvidado su verdadera razón de ser. Son tónicos y reconstituyentes para una esperanza debilitada. Nacieron para reforzarla y tienen por objeto recordarnos lo esencial precisamente en tiempos duros.

           Su mensaje es en último término una palabra sobre Dios mismo y sobre su Cristo: a Dios no le asusta ninguno de esos grandes imperios que antes o ahora mandan. Ante él se doblará toda rodilla y por él jurará toda lengua. Cristo es el Señor de la historia, él nos acompaña en nuestras pruebas, y éstas han de ser el cebadero de una esperanza confiada y a la vez esforzada. Nos señalan que la vida presente es dramática, pero que el Cordero ha vencido y nos hace participar en su triunfo.

           Todo tiempo, no sólo el último de los últimos, tiene su dureza. Cuando estamos tentados de encogernos y agachar la cabeza, dejemos que resuene en nosotros el don y el imperativo de Jesús que se lee al término de la proclamación evangélica de hoy: “Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación!”.

           Recojamos todas las llamadas a la confianza y a la esperanza que se nos ofrecen. Aprendamos a mirar de frente las cosas, comprobando el poder devastador del mal; pero sepamos relativizar y desinflar, desde la confesión del Señorío de Cristo, las apariencias omnipotentes del mal.

Pablo Largo

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           El texto que hoy leemos en el evangelio tiene dos partes. Una primera habla de la destrucción del templo. Ese acontecimiento marca el final de la historia del pueblo de la antigua Alianza. De ahí en adelante ya no tiene sentido aquella distinción fundamental israelita entre los judíos y los paganos.

           En adelante, el nuevo pueblo de Dios, o el pueblo de Dios de la nueva alianza estará formado por personas venidas de todos los pueblos de la tierra; ya no serán "judíos o gentiles", sino que se hablará de un tertium genus, un tercer grupo o pueblo que ya superó el "muro de la separación".

           En la segunda parte del Evangelio, y con un lenguaje tomado del libro de Daniel, se nos habla de ese personaje misterioso que aparece por el horizonte apocalíptico: el "Hijo del Hombre".

           La caída de Jerusalén manifiesta y anticipa el juicio con que Dios acompaña toda la historia y que se consumará al final de los tiempos. El Hijo del Hombre es Jesús, que, por su muerte y resurrección, testimoniadas por los discípulos, reunirá a todo el pueblo de Dios.

Severiano Blanco

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           El evangelio de hoy, en sus últimos versículos, nos presenta la actitud que el cristiano debe tener ante el fin del mundo. Para el cristiano, como diría san Pablo: “la vida es Cristo y la muerte una ganancia”.

           El cristiano vive gozosamente la llegada del Reino (cuando ésta sea), pues para él la llegada de Cristo es el momento más gozoso y esperado. Este encuentro con Aquél a quien tanto se ha amado y por quien tanto se puede haber sufrido, es el momento más precioso del cristiano.

           Este momento puede ocurrir de manera particular, es decir cuando una persona muere, o de manera colectiva, que será la llegada definitiva de Cristo. No sabemos qué ocurrirá primero. Los cristianos del tiempo de Lucas pensaban que era inminente, pero Jerusalén fue totalmente destruida (la profecía cumplida) y todavía estamos esperando.

           Vivamos pues alegremente, y con una esperanza llena de optimismo en el amor de Aquél que nos espera en la casa del Padre.

Ernesto Caro

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           Apocalipsis, gritos finales, amaneceres y noches alocadas, confusión de todos y entre todos los elementos que antes parecían ordenados, ajustados, ensamblados. Eso será el desconcierto final en la psicología del alma que se alejó a Dios de su vida. Podemos reírnos de ello; pero ¿quién nos iluminará sobre la eternidad? Misterioso final y última venida del Hijo del hombre.

           Jesús nos anuncia en forma muy vaga el cataclismo final del mundo. Y la forma literaria en que lo hace conlleva muchas referencias a lo que nos sucede habitualmente cuando las tormentas, huracanes, temblores de tierra, nos hacen palidecer de miedo y salir a los descampados para liberarnos de obstáculos urbanos. Todo eso son imágenes, modos de hablar. En realidad, nada sabemos sobre el fin del mundo.

           Jesucristo no nos reveló nada concreto al respecto. Por tanto, lo que ha querido es sugerirnos que, ante la obligada ignorancia que no permite hacer componendas, vivamos honradamente como hijos fieles a Dios, a la verdad, a la caridad, a la conciencia.

Dominicos de Madrid

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           Rasgo característico de una visión profética sobre la historia es saber descubrir el sentido de los acontecimientos. La caída de Jerusalén encuentra en la reflexión de Lucas el marco para proponer la aceptación del mensaje de Jesús. Jerusalén, ciudad infiel que ha rechazado la propuesta de la paz, deberá sufrir las consecuencias de ese rechazo. Lo visto y experimentado en la caída de la ciudad se convierte en urgente invitación a aceptar aquella propuesta.

           Por otro lado, el tiempo que se inaugura a partir de ese acontecimiento, deberá también ser leído en clave positiva. La visión profética trata de descubrir también en el desarrollo de la historia las oportunidades de salvación que se presentan a lo largo del tiempo. La caída de Jerusalén y el dominio opresor de los paganos es también ocasión de la proclamación a éstos del anuncio de salvación.

           Este largo tiempo de anuncio salvífico tendrá también un límite. Este será marcado por señales que afectan a toda la realidad cósmica y que resonarán en el interior de cada hombre y de cada sociedad humana. Pero más que las señales, la importancia de este momento final de la historia está dado por el regreso de Jesús con la plenitud de su poder y de su gloria.

           Más allá de los alarmismos que acompañan generalmente a las representaciones sobre el fin del mundo, se nos invita a anhelarlo y a descubrir en él las consecuencias positivas que producirá en nosotros. Debemos ver en todos esos acontecimientos que nuestra liberación está próxima.

Confederación Internacional Claretiana

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           Jesús profetizó la caída de Jerusalén. La capital se había convertido en el centro del emporio económico, religioso y social de Israel. Todo el gobierno y toda la actividad dependían de lo que allí se decidiera. La capital era también, el principal centro de interés de los romanos. Ellos sabían que mientras mantuvieran el control de la ciudad santa, conservarían el control de la nación.

           Para Jesús lo que se estaba haciendo en Jerusalén no era lo correcto. El sabía que tan grande concentración de poder religioso y económico sólo se lograba a costa de la opresión y marginación de todas las poblaciones periféricas. Jesús sabía perfectamente que esa manera de organizar la nación incrementaba el efecto que el imperio ejercía sobre la población. Por eso, para él, lo más importante no era luchar contra los romanos, sino reducir la presión interna del sistema judío.

           Jesús entendía que "no hay cuña que más apriete que la del mismo palo". Por esto, trataba de cambiar la mentalidad del pueblo, para evitar que las propias instituciones de Israel agobiaran a la gente sencilla. En efecto, la sinagoga, el templo, la Ley y el sistema tributario judío se habían convertido para la población en una carga más gravosa que la impuesta por el imperio.

           La solución, pues, no era derrocar al imperio para remozar las viejas instituciones. La alternativa estaba precisamente en el cambio interno de Israel. El cambio de mentalidad, la conversión, permitiría no seguirle el juego al imperio, sino establecer un sistema más autónomo y equitativo, conforme lo pedía la antigua y olvidada legislación israelita (Dt 24, 5-22).

           "El verdadero problema era la opresión en sí, no el hecho de que un 'romano pagano' se atreviera a oprimir al pueblo escogido de Dios". Poco se podía hacer frente al imperio, si eran los propios y virtuosos compatriotas los que sometían a su propio pueblo a una servidumbre más cruel que la del imperio.

           Toda esta situación fue la que hizo imposible una defensa unánime de Jerusalén. En el año 70 cada secta judía reclamaba la ciudad para sus intereses, y sucumbieron ante los romanos por división interna. Por eso, la profecía de Jesús podría interpretarse como una advertencia: "¿para qué quieren derrocar a los romanos si ustedes tienen el imperio dentro de sí?".

Servicio Bíblico Latinoamericano