25 de Septiembre

Sábado XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 25 septiembre 2021

a) Zac 2, 5-9.14-15

           Escuchamos hoy la 3ª visión de Zacarías, que dice que la Jerusalén mesiánica será una ciudad abierta, en la que todos cabrán. Será inútil intentar medirla. Por otra parte, no necesitará murallas, ya que Dios mismo será su defensor. El profeta quiere dar confianza a los repatriados.

           A la ilusión del retorno de Babilonia había sucedido el desaliento ante la dura realidad. Los profetas anteriores al exilio habían anunciado la época mesiánica para después del cautiverio, pero la situación histórica de este tiempo no dejaba prever la realización próxima de esta promesa divina, la perspectiva de una inmediata inauguración de los tiempos mesiánicos se hacía cada día más oscura. ¿Qué debían pensar los contemporáneos del profeta de sus palabras?

           De hecho, poco después Nehemías (Neh 2, 17) emprende la reconstrucción de las murallas de Jerusalén como una de las tareas más importantes y urgentes. Esta aparente contradicción entre la promesa de Dios y la realidad es una consecuencia del carácter escatológico del reino mesiánico: su plena realización no se hará aquí y ahora, pero ya estamos en él (para Israel ya llegaba). Los judíos necesitaron profetas que les recordasen constantemente la proximidad de Dios. No para dejar de ver la realidad presente ni menos aún para no responder a sus exigencias. Pero sí para no perder la esperanza.

           A la 3ª de las visiones le sigue una ampliación (Zac 62, 10-17) constituida por unas reflexiones del profeta, que, situándose en el pasado, hace una llamada a los desterrados para salir de Babilonia. De este modo puede anunciar como próximos los acontecimientos ya pasados. Se trata de un procedimiento literario que llegará a ser común en el género apocalíptico.

           Israel, niña de los ojos de Dios, se convertirá en lugar de encuentro de numerosos pueblos, porque muchos de ellos le seguirán en el culto a Dios. Toda Israel es llamada Tierra Santa por 1ª vez en la historia, ya que participará de la santidad del templo, casa de Dios. Es el anuncio del universalismo del reino mesiánico, frecuente entre los profetas.

Josep Aragonés

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           La liturgia omite hoy la 1ª parte del libro de Zacarías (Zac 1, 7-8,23), que por su relación con el texto de hoy yo me dispongo a comentar. Se trata de una 1ª parte de contenido visionario-apocalíptico, que va precedida de un prólogo (Zac 1, 1-6) o exhortación a la conversión, fechada 2 meses después de la 1ª profecía de Ageo.

           La conversión se presenta como un cambio, un retorno del hombre a Dios, siguiendo la tradición profética. Tiene una doble vertiente: la fe y el amor del hombre (precediendo al perdón de Dios). Pero no es posible si antes el hombre no ha sido movido por él, y de ahí que no se pueda despreciar la gracia que pasa.

           La 1ª visión de Zacarías (Zac 1, 7-17) es un anuncio de que, a pesar de las apariencias, se cumplirán las promesas mesiánicas. Unos caballos, que representan a los mensajeros del ángel tutelar de Israel (el caballero entre los mirtos) comunican que la tierra vuelve a estar en paz.

           Probablemente es una referencia al término de las perturbaciones producidas durante los 2 primeros años del reinado de Darío I de Persia, que debían de ser vistos por los judíos como precursores de la era mesiánica. Por eso el ángel se lamenta de la duración de la cólera divina: los 70 años son una expresión simbólica que manifiesta un período muy largo y hacen alusión a Jeremías (Jer 25,12; 29,10).

           La respuesta es consoladora (pues la ira de Dios es pasajera) y realista (pues las naciones se han excedido en el castigo infligido a Israel). Vendrá un tiempo, pues, en que «"obre Jerusalén se tenderá el cordel" (es decir, será reedificada).

           La 2ª visión de Zacarías (Zac 2, 1-4) manifiesta que nada podrá impedir el reino mesiánico, ya que Dios suscitará unos instrumentos (los 4 herreros) para castigar a todos los pueblos que han oprimido a Israel (los cuernos). Zacarías pone mucho cuidado en resaltar la trascendencia del papel de Dios.

           El profeta no se comunica directamente con Dios (como Amós, Isaías o Jeremías), sino que recibe las revelaciones por medio de un ángel. Es evidente que el concepto de trascendencia divina ha llevado al desarrollo de la angelología. De este modo, ni la trascendencia hace a Dios un Dios lejano e indiferente al hombre, ni la providencia divina le hace a imagen y semejanza nuestra. Dos peligros que en todas las épocas acechan al creyente.

Josep Aragonés

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           Escuchamos hoy cómo Zacarías alzó los ojos y tuvo una visión: "Un hombre con una cuerda de medir en la mano". Zacarías le preguntó: "¿Dónde vas?". Y él le respondió: "Voy a medir Jerusalén, a ver cuánta es su anchura y cuánta su longitud".

           Se trata de una imagen admirable, en una época en que los judíos desanimados sentían la tentación de encerrarse en sí mismos. Una imagen en la que el profeta, en nombre de Dios, invita a los arquitectos de Jerusalén a "ampliar su mirada". Se precisa que los agrimensores midan sobradamente el trazado de la ciudad santa.

           A un pueblo de Dios siempre tentado de encerrarse en sí mismo, Dios le repite: "Mirad más allá, y proveed holgadamente". A mí, siempre tentado de concentrarme en mis preocupaciones personales Dios me repite: "Sal de ti mismo, ensancha tu corazón, adopta las preocupaciones de los demás".

           Un ángel le dijo: "Corre, habla a ese joven y dile: Jerusalén tiene que ser una ciudad abierta, debido a la cantidad de hombres y ganados que la poblarán", Se trata de la ciudad futura de Jerusalén, una ciudad abierta a todos los caminos, en la que todos puedan entrar. ¿Una imagen de la humanidad de mañana? ¿O imagen ya de la Iglesia de hoy? Es un interrogante.

           Señor, cuán lejos estamos de esta apertura universal. Hay mucho trabajo por delante para que la humanidad sea unánime, para que la Iglesia sea, de hecho, realmente universal. Allá donde me encuentre, en los grupos de los que formo parte, trabajaré para que progresen las aperturas, la "amplitud de miras". Fuera las pusilaminidades, los sectarismos, los proyectos raquíticos, los sistemas cerrados y estrechos.

           En cuanto al pueblo judío, sigue diciéndole Dios: "Yo seré para ella muralla de fuego al derredor y dentro de ella seré gloria". Más que todas las más sólidas murallas, la verdadera protección, la única seguridad definitiva, es el Señor mismo. Aplico esta profecía a mi vida actual, a la vida de la Iglesia. A pesar de todas las apariencias contrarias, Dios es la única muralla.

           Así, pues, "canta y regocíjate, hija de Sión, porque yo vengo a morar dentro de ti", declara el Señor. Dios da este consejo a los desanimados, y les anima a "¡cantad!". No hay que dejarse llevar por el pesimismo, sino por la alegría. Cuando nuestros labios cantan, el corazón también canta progresivamente. Y este optimismo no es un optimismo artificial, una felicidad fingida, sino una esperanza apoyada sobre un dato objetivo: ¡Dios viene! Y se espera su llegada.

           En aquel día, sigue profetizando Zacarías, "muchas naciones se unirán al Señor, serán para mí un pueblo y yo habitaré en medio de ti". No hay que cansarse de esas repeticiones, y es preciso dejarse sacudir por ese gran soplo universal. El único futuro de la humanidad va por aquí.

           A través de los crujidos de hoy, en medio de las fisuras y de los conflictos, la aspiración a lo universal sigue abriéndose camino. Llegará un día en que los hombres, tan diversos, se reconocerán, en el fondo, hermanos. Las xenofobias, los racismos, los ghettos o los clubs cerrados, van siendo cada vez más, unos testigos de antaño. Es evidente que un Dios único nos ha creado a todos y que nuestro destino es también uno. ¿Extiendo mi oración a la humanidad entera?

Noel Quesson

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           Nos habla hoy en la 1ª lectura el profeta Zacarías, contemporáneo de Ageo y de los acontecimientos de la vuelta del destierro y la restauración de Jerusalén. Y nos presenta un gesto simbólico: una persona que quiere tomar, con un cordel, las medidas de Jerusalén.

           Pero un ángel le dice que no hace falta medir nada, porque Jerusalén va a ser una ciudad abierta y llena de riqueza, y que Dios será su única muralla y defensa: "Alégrate, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti". Es la vuelta a los tiempos de las buenas relaciones entre Dios y su pueblo.

           Los que leemos esto después de la venida de Cristo, hace 2.000 años, entendemos mejor lo que significa la palabra del profeta: "Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío y Yo habitaré en medio de ti".

           La salvación de Dios no sólo alcanza al pueblo judío, sino que va a ser universal. Se cumple lo que dice el salmo responsorial de hoy: "El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como pastor a su rebaño. Y vendrán con aclamaciones, y afluirán hacia los bienes del Señor".

           Esta página de Zacarías nos invita al optimismo. Pero a la vez nos recuerda que la Iglesia (la nueva comunidad de la Alianza) no puede ser medida con cordeles y cerrada en particularismos, sino que ha de ser abierta y universal, orgullosa de la variedad de sus culturas y procedencias.

           Una ciudad que sabe que su mejor riqueza es Dios mismo. Es la Jerusalén Celestial, de la que nos hablará el Apocalipsis, cumplimiento perfecto de la Jerusalén Terrena, y que nosotros sabemos que es la Iglesia (débil y pecadora, pero llena del Espíritu de Dios), camino de su realización última.

           El documento del Vaticano II sobre la relación de la Iglesia con el mundo, la Gaudium et Spes, nos invitó a abrir las ventanas y las puertas, a no usar esos cordeles de los que habla Zacarías, porque la Iglesia es espacio de esperanza para todos. Como pide la Plegaria Eucarística Vb: "Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando".

José Aldazábal

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           Zacarías, contemporáneo del profeta Ageo, viene hoy a comunicarnos las mismas impresiones que ya conocemos, acentuando el gozo de que Jerusalén será definitivamente la morada del Dios de Israel, acogedora de innumerables pueblos en la unidad de fe. ¡Qué hermoso sería ver a todos los pueblos unidos en Dios!

           La Nueva Jerusalén, Ciudad Santa, Esposa del Cordero e Iglesia Santa, ya no tiene murallas, sino sólo al Señor que la custodia como muralla de fuego para que los poderes del infierno no prevalezcan sobre ella. A pertenecer a ella están convocadas todas las naciones.

           Quien se haga parte de esta comunidad de creyentes se hará huésped del mismo Dios. Más aún, Dios vendrá como huésped al corazón del creyente, habitando en él como en un templo. Por eso hemos de poner nuestro empeño en no destruir el templo santo de Dios que somos nosotros, sino en conservarlo santo e irreprochable hasta la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

Dominicos de Madrid

b) Lc 9, 43-45

           Lucas nos dice hoy que, estando todos maravillados por lo que Jesús estaba haciendo, éste les hizo un 2º anuncio de la pasión: "El Hijo del Hombre va ser entregado en manos de los hombres". Un anuncio que los discípulos no entendieron lo que quería decir.

           El acento de estas palabras está puesto sobre la inminencia de la pasión de Jesús. Los discípulos se juntan inquietos en torno a él. O más bien, todos los discípulos vuelven a encontrarse alrededor de Jesús después de la separación de la transfiguración. Desde ahora, la pasión y los sufrimientos de Jesús son inminentes, pues él ve con claridad el fin que le espera y por lo tanto les habla a sus discípulos sobre esto.

           El texto dice que Jesús va ser entregado. Es decir, él va a ofrecer la vida, va a padecer en manos de la gente y va a ser ejecutado.

           Jesús no estaba adivinando el futuro o anunciando algo, sino compartiendo lo que él mismo había ido descubriendo en el diálogo con el Padre, en esa oración en la que hablaba con él sobre la oposición creciente que había a su proyecto, y la decisión de llegar hasta las últimas consecuencias en el anuncio del Reino. Lo que en un 1º momento fuera un mero presagio de conflicto (cuando la prisión de Juan), se iba convirtiendo en certeza de muerte.

           Con este 2º anuncio de la pasión, Jesús revela a sus amigos lo que iba a suceder, para prevenirlos contra el desaliento y la duda. Pero no lo tomaba como un destino fatal, sino como lo normal en la historia de los profetas. Y también el libro de la Sabiduría hablaba del justo perseguido, que pone en Dios su seguridad de ser salvado.

           Desde la certeza irrenunciable en la fidelidad al Padre, expresaba Jesús su profunda confianza en que lo rescataría de la muerte. La fe de Jesús se enraizaba en la creencia, común entre los fariseos, de que Dios era el garante de la vida, resucitando a los justos el día final.

           Ante esta realidad, los discípulos no se atreven a preguntar por las duras conclusiones que para sus vidas se seguirían, desde el 1º anuncio de la pasión (Lc 9, 23-26).

Fernando Camacho

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           La actividad de Jesús empezaba a despertar una admiración general en Israel, que podía llevar a los discípulos a confundir la finalidad de la misión que estaba llevando a cabo, trastornándola en vanas expectativas de gloria, fama o triunfo.

           Por eso quiere hoy Jesús aclarar el tema a sus discípulos, y se vuelve a ellos para hablarles con absoluta claridad, de modo que no haya lugar a dudas: el futuro inmediato es la muerte, y con ella el aparente fracaso de la misión, pues los enemigos se unirán para acabar con su vida.

           Los discípulos, sin embargo, no entienden esta forma de hablar, y el lenguaje del maestro les parece oscuro y sin sentido. Y lo que es peor: sospechan que han entendido bien, cuando ni siquiera se atreven a preguntarle por el asunto. Mejor es no tocarlo, se dirían, no sea que fuese verdad lo que estaba diciendo, o aquello de que el maestro "no había venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos".

           Duro lenguaje y no menos dura realidad, que los discípulos no están dispuestos a aceptar. Por eso les posee el miedo que les impide hablar y preguntar. Al igual que más adelante en la transfiguración, también se llenarían de miedo al contemplar a Jesús hablando con Moisés y Elías de su éxodo o muerte. Como el avestruz, meten la cabeza debajo de las alas; prefieren no saber para no tener quebraderos de cabeza.

           Tal vez nos pase a veces a nosotros lo mismo. Por eso Jesús invita a sus discípulos más adelante a no tener "miedo de los que matan el cuerpo y después no pueden hacer más" (Lc 12, 4). Difícil de entender también este lenguaje para quien, como los discípulos, tienen como horizonte único la muerte y creen que todo termina con ella.

           Con este horizonte, el miedo es la única defensa, que nos libera en cierto modo de esa pesadilla. Pero el miedo no es cristiano, pues la muerte (eso que tanto nos aterroriza), gracias a Jesús, se ha convertido en un paso doloroso pero necesario (para la vida verdadera). Difícil de creer, pero a quien se le ha dado este don, nadie ni nada podrá nunca jamás amordazarlo con el miedo.

Emiliana Lohr

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           Entre la admiración general por todo lo que hacía, Jesús habló a sus discípulos. Y en este punto, según Lucas, se da por concluida su actividad en Galilea, para emprender resueltamente "el camino hacia Jerusalén".

           Las primeras actuaciones de Jesús habían significado un cierto éxito. De ahí que Jesús temiera que sus discípulos se dejaran arrastrar por ese entusiasmo ficticio de la gente. Jesús no se deja aturdir por la admiración general de la que es objeto; considera humildemente el sencillo papel que su Padre le ha encomendado representar.

           Se trata del Mesías rechazado y humillado, con que hoy Jesús prepara a sus discípulos a no desconcertarse por lo que va a suceder: su sacerdocio sacrificial, en que él ("el Hijo del hombre") será la victima. Al utilizar ese título, Jesús no abdica en absoluto de su grandeza, e incluso alude directamente a un célebre pasaje del profeta Daniel:

"Yo contemplaba en las visiones de la noche. Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un hijo de hombre. Se dirigió hacia el anciano (Dios) y fue llevado a su presencia. A el se le confirió el imperio, el honor y la realeza, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán. Su imperio es un imperio eterno que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7, 13-14).

           No obstante, para bajar de las nubes a sus discípulos, también les alude en esta explicación a otro pasaje famoso de la Escritura, para que no se alejasen mucho de la cruda realidad: a ese Hijo del hombre "lo van a entregar en manos de los hombres". Una expresión que ya recogía siglos atrás el profeta Isaías:

"No tenía belleza ni esplendor, despreciable y desecho de la humanidad. Era despreciado y no se le tenía en cuenta. Fue oprimido, y él se humilló y no abría la boca, como un cordero conducido al degüello. Fue herido de muerte" (Is 53, 2-12).

           Los discípulos no entendían todo este lenguaje, y de ahí que "les resultase tan oscuro que no captasen el sentido". Los 12 no entendían nada de esto, y por eso Jesús superpuso 2 concepciones del Mesías, aparentemente opuestas:

-la del Hijo del hombre, que evoca una imagen de trascendencia, y un Mesías que participa de la grandeza de Dios;
-la del Servidor de Dios, que evoca una imagen de inmanencia, y un Mesías entregado en manos de los hombres.

           En Lucas, éste es el 2º anuncio de la pasión, situado justamente en el momento en que "la gente estaba admirada". Ocasión ésta de profundizar en la conciencia íntima de Jesús: el sacrificio de su vida, que termina su "viaje aquí abajo". Algo que relatan los 4 evangelistas, y no como un simple episodio, sino como elemento central del evangelio. Jesús pensaba en ello desde mucho tiempo, y para ello se estuvo preparando, así como inculcando a sus apóstoles.

           Efectivamente, los apóstoles no querían abordar ese asunto con él, porque interiormente rehusaban la muerte de Jesús. No comprendieron que era su mayor acto de amor. Pero, ¿y nosotros? ¿Hemos comprendido todo lo que la misa representa?

Noel Quesson

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           Jesús repite hoy el anuncio sobre su muerte (esta vez, sin añadir su resurrección), y se vuelve a llamar "Hijo del Hombre", apuntando a su mesianismo final, como Señor y Juez del universo. Los discípulos no entendían este lenguaje, y "les resultaba tan oscuro que no captaban el sentido". Además, "les daba miedo preguntar sobre el asunto".

           En otras ocasiones, los evangelistas nos describen los motivos de esta dificultad: los seguidores de Jesús tenían en su cabeza un mesianismo terrenal (con ventajas materiales para ellos mismos), y discutían sobre quién iba a ocupar los puestos de honor a la derecha y la izquierda de Jesús. La cruz no entraba en sus planes. Sí, Jesús despierta admiración, por sus gestos milagrosos y por la profundidad de sus palabras, y también a nosotros nos gusta fácilmente ese Jesús.

           Pero el Jesús servidor, el Jesús que se ciñe la toalla y lava los pies a los demás, o el Jesús entregado a la muerte para salvar a la humanidad, eso no lo queremos entender. Quisiéramos sólo el consuelo y el premio, no el sacrificio y la renuncia. Preferiríamos que no hubiera dicho aquello de que "el que me quiera seguir, tome su cruz cada día".

           Pero ser seguidores de Jesús pide radicalidad, no creer en un Jesús que nos hemos hecho nosotros a nuestra medida. Ser colaboradores suyos en la salvación de este mundo también exige su mismo camino, que pasa a través de la cruz y la entrega.

           Como tuvieron ocasión de experimentar aquellos mismos apóstoles que ahora no le entienden, pero que luego, después de la Pascua y de Pentecostés, estarán dispuestos a sufrir lo que sea, hasta la muerte, para dar testimonio de Jesús.

José Aldazábal

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           Hoy, más de 2.000 años después, el anuncio de la pasión de Jesús continúa provocándonos. Y que el Autor de la Vida anuncie su entrega a manos de aquellos por quienes ha venido a darlo todo, es una clara provocación. Y hasta se podría decir que una exageración. Olvidamos, una y otra vez, el peso que abruma el corazón de Cristo, nuestro pecado, el más radical de los males, la causa y el efecto de ponernos en el lugar de Dios.

           Más aún, olvidamos dejarnos amar por Dios, y nos empeñamos en permanecer dentro de nuestras cortas categorías, y en la inmediatez de la vida presente. Se nos hace tan necesario reconocer que somos pecadores como necesario es admitir que Dios nos ama en su Hijo Jesucristo. Al fin y al cabo, somos como los discípulos, "ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto" (Lc 9, 45).

           Por decirlo con una imagen: podremos encontrar en el cielo todos los vicios menos la soberbia, puesto que el soberbio no reconoce nunca su pecado, y no se deja perdonar por un Dios que ama hasta el punto de morir para salvarlo. Y en el infierno podremos encontrar todas las virtudes menos la humildad, pues el humilde se conoce tal como es, y sabe muy bien que sin la gracia de Dios no puede dejar de ofenderlo, así como tampoco puede corresponder a su bondad.

           Una de las claves de la sabiduría cristiana es el reconocimiento de la grandeza y de la inmensidad del amor de Dios, al mismo tiempo que admitimos nuestra pequeñez y la vileza de nuestro pecado. ¡Somos tan tardos en entenderlo! El día que descubramos que tenemos el amor de Dios tan al alcance, aquel día diremos como San Agustín, con lágrimas de amor: "Tarde te amé, Dios mío". Aquel día puede ser hoy.

Homer Val

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           Jesús quiere dejar en claro su futuro inmediato, esto es la muerte y anuncia que los poderosos se unirán para acabar con su vida. Pero no es fácil para los discípulos comprender esto que les dice Jesús, ya que ellos ven en esto un fracaso de la misión de su maestro. En efecto, el Mesías debía mostrarse siempre y en toda ocasión glorioso y conforme a la razón, victorioso.

           Es por eso que ellos no alcanzan a comprender el significado de esa expresión: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres". Especialmente porque ser entregado a los hombres era sinónimo de ser entregado a la muerte. Pero la muerte no es el final, sino la pascua o paso hacia la vida definitiva.

           Los discípulos, sin embargo, no entienden esta forma de hablar de Jesús. En efecto, ellos no entendían estas palabras, y su sentido "les resultaba oscuro", de manera que no podían comprenderlas, y "temían interrogar a Jesús acerca de esto". Duro lenguaje y no menos dura realidad, que ellos no están dispuestos a aceptar. Por eso les posee el miedo que les impide hablar y preguntar.

           La pasión en el Mesías es un hecho extraño, absurdo u opuesto a la opinión o al sentir general de los discípulos, esto es el Mesías sufriente era contradictorio.

           Hoy nos preguntamos muchas veces, porque nos parece extraño que así sea, de que Dios permita que sus hijos sufran, si es Dios, si es el Padre, ¿Cómo puede permitir el sufrimiento? El que está dispuesto a sufrir por vivir según las enseñanzas de Jesús, tiene garantizado el consuelo para su dolor, pero el que no está dispuesto a sufrir ni a llorar, algo natural en nuestra vida, se quedará sin el consuelo divino.

           No ha de verse la tristeza y el sufrimiento, pues, como una gran desgracia, sobre todo si somos cristianos y confiamos en Cristo, ya que el nos ha animado que nuestra recompensa será mayor. La pobreza, al trabajo esforzado, al desprendimiento de los bienes materiales, a la generosidad, el asumir la cruz, el dolor por Jesús, el transformarse en Cristo, amar la cruz, el aceptar la voluntad del Padre, es camino al encuentro con el Señor.

           El momento sublime del dolor es para el cristiano aquel en el que, apoyado sólo en la fe, se siente abandonado del mundo y solo con su dolor. Y aunque también se queja diciendo "¿por qué me has abandonado?", confía a la vez y exclama seguro: "En tus manos encomiendo mi espíritu".

           No tengamos miedo de los planes de Dios, no tengamos miedo de aceptarlos, tengamos fe en él, tengamos esperanza en su divina Providencia, nadie como él vela por nosotros, en nadie encontraremos una acogida tan paternal como la de él, que ese sea el fundamento de nuestra fe y esperanza.

Bruno Maggioni

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           Jesús, hoy nos recuerdas que vas a ser entregado en manos de los hombres, como si repentinamente perdieras tu poder de Dios y no pudieras defenderte ante tus acusadores. Los pobres apóstoles no entienden (lo cual es lógico) y temen preguntarte sobre este asunto, lo cual es menos comprensible, y demuestra que aún les falta confiar más en ti.

           Jesús, quieres que tus discípulos de todos los tiempos no pierdan de vista que lo importante es la cruz, no los milagros: el Calvario (el monte de la crucifixión) no el Tabor (el monte de la transfiguración). Por eso les dices grabad en vuestros oídos estas palabras; no os quedéis con el espectáculo, sino profundizad en el sentido sobrenatural de las obras que hago, y que culminarán con el sacrificio de la cruz. Jesús, ¿por qué tú, omnipotente, te entregas a una muerte así?

           Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo", porque "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos". Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres.

           En efecto, él aceptó libremente su pasión y muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quería salvar: y de ahí que diga: "Nadie me quita la vida, sino que Yo la doy voluntariamente". De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios, cuando "él mismo se encaminaba hacia la muerte" (CIC, 609).

           Jesús, tú mueres en la cruz no por la fuerza de las autoridades judías o romanas, sino por la fuerza de tu amor hacia mí, y por la fuerza de tu voluntad, que te llevan a obedecer la voluntad de Dios Padre aun a costa de dar la vida. Es tan potente esta muestra de amor y este ejemplo de obediencia que no se necesitan más recordatorios.

           A pesar de todo, para que no se desvanezca con el pasar del tiempo, quieres que grabe en mis oídos y en mi corazón, de manera especial, el pasaje de la cruz.

           De este modo, cuando me cueste obedecer tu voluntad, cuando la lucha por vivir cristianamente me parezca demasiado difícil o costosa, podré acudir a ti ("obediente hasta la muerte, y muerte de cruz") para pedirte la fortaleza y el amor fiel que necesito.

           También puedo acudir a mi madre, la Virgen María. Madre, tú fuiste siempre obediente a la voluntad de Dios, desde la anunciación ("hágase en mí según tu palabra"; Lc 1, 38) hasta la cruz. Tú no apareces en los grandes milagros, o en los momentos de espectáculo. Pero sabes estar donde te necesita Dios (en Belén, en Nazaret, en el Calvario) y donde te necesitan los demás (como en las bodas de Caná). Ayúdame a ser fuerte, a obedecer siempre la voluntad de Dios, a amar con obras y de verdad.

Pablo Cardona

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           El evangelista Lucas nos lleva hoy otra vez al contraste entre el éxito actual de Jesús y el futuro sombrío que le espera. Es la 2ª predicción explícita de la pasión, lección repetida, por ser difícil de retener: "Metéoslo bien en la cabeza".

           Mucho más que de Jesús, Lucas nos habla de los discípulos, y lo hace con reiteraciones: "No entienden, no captan el sentido, les resulta oscuro". Es extraño que Dios (sujeto indiscutible de la frase, en la forma del llamado pasivo divino) entregue a su Hijo, y es aún más extraño que esa entrega sea la culminación de una vida mesiánica y la fuente de vida para cuantos crean en él.

           Pero hay aquí un halo de misterio que embarga a los seguidores, pues "les daba miedo preguntarle". Esta última frase, tomada literalmente del evangelio de Marcos, tiene allí más sentido, pues, con motivo de la anterior predicción del sufrimiento, Pedro se atrevió a intervenir y salió muy malparado.

           Para nosotros, como para ellos, mejor dejarnos envolver por el misterio, pasmarnos ante la paradoja, y aceptar que (naturalmente hablando) los caminos de Dios y los nuestros van en dirección deferente.

Severiano Blanco

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           Jesús quiere dejar claramente hoy asentado entre sus discípulos que él no vino a realizar algunas obras, incluso milagrosas, sólo para causar admiración. Él vino como Salvador del mundo y su historia. No puede, por tanto, ser considerado como un simple taumaturgo, sino como el camino, la verdad y la vida, que él ofrece a todo hombre, de cualquier tiempo y lugar.

           Si sólo se le busca a Jesús para recibir favores pasajeros, y no para aceptar su salvación y vivir comprometidos con su evangelio, no como predicadores sino como testigos desde nuestra experiencia personal, desde nuestro encarnar en la propia vida la Buena Noticia de salvación, no podemos decir que nuestra fe está firmemente afianzada en él.

           Entonces honraremos al Señor sólo con los labios, mientras nuestro corazón permanecerá lejos de él. Contemplemos a Cristo clavado en la cruz para el perdón de nuestros pecados; y resucitado para que tengamos nueva vida en él y participemos de su mismo Espíritu Santo. ¿Será esto aquello por lo que buscamos y seguimos a Cristo?

José A. Martínez

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           En Jesús está cierta necesidad de exteriorizar y comunicar a los íntimos sus sentimientos, pues la última hora, la de la verdad y cruz, la presiente muy cercana. Pero los apóstoles y discípulos no sintonizan con esas ideas y sentimientos del Maestro, viven en otra galaxia. Preguntémonos: ¿Será ése también nuestro problema? ¿no actuamos muchas veces con olvido de las realidades que nos envuelven?

           ¡Qué difícil entender que el camino que lleva a Jesús a la gloria ha de pasar por la muerte! Él mismo indicará a los discípulos que se encaminaban hacia Emaús: "Era necesario que el Hijo del hombre padeciera todo esto para entrar así en su gloria". Ojalá y no seamos tardos ni duros de corazón para entender y vivir aquella invitación que el Señor nos hace: "Toma tu cruz y sígueme".

           No podemos amar nuestra vida de tal forma que nos apeguemos a ella y tratemos de evitarle todo el sacrificio y esfuerzo que se exige a quien quiera no sólo anunciar, sino ser testigo de la Buena Nueva del amor de Dios para todos. No nos quedemos con una imagen falsa de hedonismo cristiano.

           Quien quiera colaborar para que el reino de Dios se haga realidad entre nosotros, debe aprender a renunciar a sí mismo, a no querer conservar su vida sin sembrarla en tierra para que muera y surja una humanidad nueva en Cristo. La fecundidad que viene del Espíritu de Dios en nosotros requiere que muramos a nuestros egoísmos y a nuestras visiones cortas de la vida, y que comencemos a dar nuestra vida para que otros tengan vida, y la tengan en abundancia.

           Y esto no porque no haya bastado la redención efectuada por Cristo, sino porque, ya desde la cruz, él asoció a su redención nuestras penas, dolores, sacrificios y entrega, e incluso nuestra muerte aceptada por él y por su evangelio.

Dominicos de Madrid

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           Las palabras de hoy de Jesús cuestionan hondamente a los discípulos. Sin embargo, ellos guardan silencio porque "no comprendían" o porque no se arriesgaban a confrontar al maestro. A los discípulos no les entraba en la cabeza que el camino del enviado de Dios tuviera que pasar necesariamente por la cruz. Ellos esperaban un Cristo arrollador que mediante un éxito deslumbrante eliminara todas las dudas respecto a su persona y a su misión. Sin embargo, el proceder y el camino de Jesús los controvertía abiertamente.

           Los discípulos "no comprendían" las palabras de Jesús, pero no porque éstas fueran oscuras o ininteligibles, sino porque su proceder no iba conforme a las ideas vigentes, y sí nacían de una originalidad realmente desconcertante. La originalidad de Jesús respecto a sus contemporáneos lo había conducido a una radical incomprensión, tanto de seguidores como de enemigos.

           A los discípulos, algo les impedía comprender, un algo que se refería a las rimbombantes expectativas mesiánicas con las que no coincidía la obra ni la acción de Jesús. Por eso, no fueron los opositores del Imperio Romano quienes salieron a defenderlo, ni sus incondicionales discípulos.

           Por su compromiso radical con los hombres, con Dios Padre y consigo mismo, Jesús tuvo que enfrentar su destino en absoluta soledad. Ese algo que estaba en la mente de sus contemporáneos los volvía ciegos ante la novedad definitiva que Dios suscitaba en Jesús y les impedía ponerse del lado del hombre que realmente los podía salvar.

           Hoy nosotros, al igual que los discípulos, tenemos muchas preocupaciones que embotan nuestro entendimiento y nos impiden ponernos del lado de Jesús. Nuestra vida ya esta tan cargada de actividades que difícilmente estamos en condiciones de prestar atención a la propuesta de Jesús y, mucho menos, de aceptar su proyecto del Reino como nuestro programa de vida.

Servicio Bíblico Latinoamericano