22 de Septiembre

Miércoles XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 septiembre 2021

a) Esd 9, 5-9

           Para poder comprender la página que leemos, debemos situarla en su contexto. Porque cuando toda una corriente bíblica (libros de Rut y de Jonás) parecía favorecer los matrimonios mixtos (con miras universalistas), el sacerdote Esdras, en cambio, prohibió severamente a los judíos que se casasen con extranjeras.

           Ese nacionalismo estrecho, ese racismo, diríamos hoy nosotros, era un reflejo defensivo: la pequeña minoría de judíos que regresan a Israel corría el riesgo de perder su identidad, adoptando las costumbres paganas. Y Esdras se coloca a ese nivel religioso.

           Para sorpresa nuestra, el texto de hoy nos dice que Esdras, a la hora de la oblación de la tarde, "salió de su postración y, con las vestiduras y el manto rasgados, cayó de rodillas, con las manos extendidas hacia el Señor". Lo cual me lleva a exclamar: ¿Y dónde queda la alegría y los festines de ayer y antesdeayer? ¿Qué ha pasado aquí?

           La causa de la postración de Esdras es su profundo dolor ante el abandono que había hecho su pueblo de la ley que él mismo, y ellos mismos, habían profesado ayer y antesdeayer, consintiendo y casándose (incluyendo a las autoridades) con mujeres paganas.

           Debemos ser respetuosos con las religiones de los demás, pero resulta con frecuencia dramático ver como algunos creyentes abandonan su fe. Es un problema de todas las épocas. El texto presente debe movernos a rogar por todas esas familias que se encuentran hoy en situaciones semejantes: "Dios mío, siento harta vergüenza y confusión, para levantar mi rostro hacia ti".

           La conciencia del pecado es una gracia que hoy deberíamos pedir, sobre todo cuando tantos de nuestros contemporáneos parecen haberse borrado, casi completamente, el sentido del mal. La psicología moderna, y esto es un bien, nos ha revelado los resortes escondidos y complejos del alma humana. Es verdad que nuestras culpabilidades son a menudo atenuadas por todo un conjunto de condicionamientos que pesan sobre nosotros.

           Sin embargo, con relación a nosotros mismos, en 1º lugar es indispensable que agudicemos nuestra lucidez para no deslizarnos hacia la irresponsabilidad. Y en 2º lugar, con relación a los demás, es catastrófico dañarlos sin que nos demos cuenta de ello. En fin, con relación a Dios, es capital situarse ante él con la verdad: Dios es perfectamente santo y trascendente, y yo soy pobre y frágil.

           Esdras no se sitúa al nivel de una conciencia individual del pecado, sino que habla de nuestros pecados, sintiéndose solidario de todo el mal que pueda haber cometido el conjunto del pueblo: "Nuestras faltas se han multiplicado, nuestros pecados han crecido hasta el cielo".

           Hoy todavía estamos sumergidos en un mal colectivo, que gangrena nuestros ambientes y la sociedad. Basta con mirar a nuestro alrededor, o escuchar las informaciones de cada día para tener conciencia de esa marea negra, de esa polución moral que destruye a la humanidad.

           La fórmula de Esdras a ese nivel colectivo no es excesiva: "El mal nos sumerge y crece". Hasta el punto que todos nosotros corremos el riesgo de cruzarnos de brazos diciendo: ¿Qué podemos hacer?.

           Sin llegar a establecer una relación absoluta entre la desgracia y el mal, Esdras reconoce que muchos sufrimientos provienen del pecado de los hombres: "A causa de nuestras faltas fuimos entregados a la espada, a la deportación, al saqueo y al oprobio".

           Mas ahora, concluye Esdras, "el Señor nuestro Dios, con su misericordia nos ha permitido escapar dándonos una liberación". El sentimiento de postración da lugar a la acción de gracias.

Noel Quesson

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           No todo fue fácil en la reconstrucción de la sociedad y de la vida religiosa, a la vuelta del destierro. Una generación entera que ha nacido y vivido en tierra pagana no cambia así como así de sensibilidad y costumbres sociales y religiosas. Por ejemplo, había bastantes matrimonios mixtos entre israelitas y paganos, lo que parecía poner en peligro la pureza de la fe yahvista.

           Esdras, uno de los sacerdotes artífices de esta vuelta, se expresa ante Dios con esta oración tan sentida: reconoce las culpas del pueblo y la contaminación que han sufrido de las costumbres paganas, agradece a Dios el don de la vuelta ("nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud"), y le pide su ayuda en la tarea de reconstrucción también moral de la sociedad.

           En vez de salmo, hace Esdras eco a la lectura de hoy la oración de Tobías, que también sabe lo que es la culpa y el castigo y la ayuda de Dios para la conversión: "Él nos dispersó entre los gentiles. Pero veréis lo que hará con vosotros, pues le daréis gracias a boca llena. Convertíos, pecadores, y obrad rectamente en su presencia".

           Las situaciones de decadencia y desgracia suelen tener muchas veces sus causas en el abandono de los valores humanos y cristianos. Es bueno que, si nos toca experimentar algún período de estos, nos reconozcamos también nosotros culpables.

           Juan Pablo II nos invitaba en su Tertio Millennio Adveniente a hacer examen de conciencia y a reconocer la parte de culpa que todos tenemos "por los pecados que han dañado la unidad querida por Dios para su pueblo", o por haber permitido "métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad", y la responsabilidad que podemos tener en "la indiferencia religiosa que lleva a muchos a vivir como si Dios no existiera" (TMA, 33-36).

           En dicha carta, afirmaba el papa que la Iglesia "no puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes". Y que a las puertas del nuevo milenio "los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos tienen también en relación a los males de nuestro tiempo".

           Son palabras que nos ayudan a aplicar a nuestro tiempo lo que Esdras pedía para el suyo, invitando a sus contemporáneos a levantar paredes materiales (del templo o de sus casas) pero sobre todo, a levantar los valores que habían descuidado.

José Aldazábal

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           Escuchamos hoy la confesión que hace el sacerdote Esdras, por un pecado que él no ha cometido (casarse con una mujer extrajera). Un pecado que sí habían cometido otros (incluidos sacerdotes, levitas y jefes), desobedeciendo la orden de Dios en ese aspecto. De ahí que Esdras confiese ese pecado ante Dios, como si fuera suyo aunque no lo fuera.

           En 1º lugar, reconoce Esdras el gran amor de Dios y su misericordia y se acoge a Aquel que se compadece de todos. Pide su perdón y agradece el permitirles encontrar protección y refugio en su templo, e incluso el que Judá y Jerusalén se conviertan en lugar y ciudad de refugio, donde no les alcance la ira de Dios por su pecado.

           Apreciemos, pues, el choque fortísimo que se da hoy en la mente y corazón de Esdras: soñaba con vida nueva y limpia en tierra de Israel, y se encuentra con la miseria que impregna las conductas humanas. ¿Cómo no acudir a Dios para decírselo con lágrimas? Sería duro salir de una esclavitud para entrar en otra.

           La contaminación de los israelitas, al unirse con mujeres extranjeras en matrimonio, produce vergüenza a Esdras (Esd 9) y Nehemías (Neh 13, 23-27).

           De esa actitud puede colegirse cuán arraigada estaba, en el destierro, y tras el retorno a Jerusalén, la singularidad e identidad del pueblo judío como único pueblo amado y privilegiado por Dios. Debido a su singularidad, solamente entre las familias de las tribus de Israel cabía establecer lazos de fidelidad matrimonial, porque así era como descendía sobre ellos la bendición de Dios.

           Esa exageración, unida a otras relacionadas con la ley y los rituales de purificación, mantendrá al judaísmo en tensión constante para aislarse de otros pueblos. ¡Qué drama supone para un pueblo sentirse tan amado de Dios, en exclusiva, que ni la carne, ni la sangre, ni la cultura, ni la vida, ni la religión puedan acercar a ellos otros pueblos!

Dominicos de Madrid

b) Lc 9, 1-6

           La misión de los Doce va precedida de una convocatoria en la que Jesús les dio "fuerza y potestad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades" (v.1).

           Esta puntualización es muy importante, de otra manera no se comprenderá, al final de la estructura, que Jesús vitupere a todos en general, incluidos los discípulos, de "generación incrédula y pervertida", después que éstos no han sido capaces de expulsar el demonio del niño epiléptico (Lc 9, 39-41).

           La fuerza les ha sido concedida para que curen los enfermos (Lc 5,17; 6,19; 8,46), y el poder para que expulsen toda clase de demonios (Lc 4,36; 10,19).

           La misión ha de consistir en la proclamación del reino de Dios avalada por las curaciones para las que les ha conferido fuerza y potestad: "Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos" (v.2). En las recomendaciones se les indica con toda claridad que el campo de misión son "las casas" (v.4) y "los pueblos" (v.5).

           La realización de la misión no alcanza ni de lejos los hitos que Jesús les había señalado. Lucas puntualiza que "fueron de aldea en aldea" (v.6). La aldea, a diferencia del pueblo o ciudad, connota un ambiente popular en el que predomina una determinada mentalidad (judía, samaritana), especialmente cuando va articulada (Lc 9,6.12; 19,30; 24,28) o acompañada del adjetivo indefinido (Lc 10,38; 17,12), y evidentemente cuando va expresamente calificada (Lc 5,17; 9,52.56; 19,30; 24,13).

           No así en las enumeraciones distributivas (Lc 8,1; 13,22). Los Doce, según esto, van a los reductos donde domina la mentalidad pueblerina de Israel. Por eso, a su regreso, Jesús se retirará con ellos "a una ciudad llamada Betsaida" (v.10), alejada de esa mentalidad y con el fin de hacerlos reflexionar, como veremos en seguida.

           Por lo que hace a las curaciones, se dice que iban "curando en todas partes", pero no que hayan expulsado ninguna clase de demonios. Más adelante veremos que son incapaces de liberar a nadie.

           En lo que respecta, finalmente, a la proclamación del reino de Dios, se comprueba que "anunciaban la buena noticia", sin otra precisión. Para hacer un balance fundado de la misión de los Doce, sería necesario contrastarla con la misión de los Setenta, donde se afirma expresamente que los demonios se les sometieron y se nos informa a posteriori que Jesús les había dado "potestad sobre todo el ejército del enemigo" (Lc 10, 17-20).

Josep Rius

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           Después de una larga temporada de formación e instrucción, Jesús convoca a sus discípulos y los envía de dos en dos en misión por toda Galilea. Les encomienda que proclamen la buena noticia del Reino y curen a los enfermos como testimonio de la realidad de su mensaje. La curación y la predicación no son dos tareas distintas. Las 2 van íntimamente unidas, porque el Reino proclama la derrota del mal y la llegada de la salvación que busca erradicar todas las esclavitudes humanas.

           Antes de partir, Jesús da a sus discípulos el poder que iban a necesitar para vencer las fuerzas del mal y también les da algunas recomendaciones prácticas para realizar la misión. Les dice que no lleven provisiones para el camino, que se pongan en marcha "ligeros de equipaje".

           Lucas al narrar este relato tiene en cuenta la experiencia misionera de su comunidad, y a la vez hace una propuesta misionera para la Iglesia de todos los tiempos. Por eso los 12 realizarán su tarea en la mayor pobreza, poniendo toda la confianza sólo en Dios.

           Uno de los rasgos que debe identificar al misionero, según Lucas, es la pobreza. Los misioneros del Reino deben viajar en condiciones de extrema sencillez, contando con la generosidad y hospitalidad de la gente. Por eso ni siquiera llevan bastón, ni alforjas, ni alimentos, ni dinero, cosas imprescindibles para cualquier caminante.

           El gesto de sacudir el polvo de las sandalias, por no ser acogidos, significa el no querer llevarse ni siquiera el polvo en los pies de un pueblo o una ciudad que se ha negado a recibir el anuncio del Reino. Es una manera de expresar, con un gesto, las consecuencias que genera el rechazo que le hicieron a la Palabra.

           Los misioneros de hoy (jóvenes, consagrados, abuelas...), lo que deben tener siempre delante de los ojos, como lo fundamental, es que están trabajando por el reino de Dios, no por su propio Reino, y que este Reino se construye con el testimonio de la pobreza radical.

Fernando Camacho

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           Ser elegidos por Cristo, ser instruidos por él, ser revestidos de su poder, ser enviados y ponerse en camino para cumplir con la misión encomendada; todo esto es lo que caracteriza al auténtico enviado de Dios. No son nuestras iniciativas personales, ni únicamente nuestro estudio sobre la palabra de Dios, ni sólo nuestros planes temporales, sino Dios el que realiza su obra de salvación por medio de Cristo y por medio de la Iglesia de su Hijo.

           Esto nos debe llevar a ser nosotros los primeros comprometidos con Cristo y con su Reino, pues nosotros mismos debemos ser los primeros en vivir aquello que anunciamos. ¿Cómo podrían ser creíbles nuestras palabras de liberación de la esclavitud al mal y a lo pasajero si nosotros mismos permanecemos esclavos de ello? ¿No seríamos así, acaso, motivo de burla y no de salvación para los que nos escuchen y contemplan nuestra vida?

           No podemos conformarnos con el culto que le tributamos a Dios ni con nuestra santificación persona. El Señor, habiendo nos transformando conforme a la imagen de su Hijo, nos quiere enviar para que proclamemos a todos la Buena Nueva del amor de Dios, que los libra de sus diversas esclavitudes al pecado y a la muerte.

           Esto, por tanto, no puede transformarnos en simples predicadores del evangelio, sino que nos debe hacer cercanos a todo hombre que sufre para ayudarle a salir de todo aquello que le comprime, que le esclaviza y que le rebaja su dignidad personal como humano y como hijo de Dios. El Señor nos quiere eternamente con él, libres de toda maldad; santos como él, que es santo.

           La Iglesia de Cristo lucha constantemente por hacer realidad este deseo del Señor ya desde ahora; y lo hace no sólo con sus palabras, sino con la vida, convertida en un testimonio verdadero de la vida nueva que Dios quiere para todos, y en la que nosotros ya vamos en camino.

Emiliana Lohr

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           Es curioso notar que Lucas relata, por 2 veces, unas consignas de misión casi equivalentes:

-hoy dirigidas a los "doce" (Lc 9, 1-6),
-mañana dirigidas a los "setenta y dos" (Lc 10, 1-12).

           Papa, jóvenes, sacerdotes, matrimonios... todos son enviados por Jesús a la misión. Y todos reciben las mismas consignas de pobreza evangélica:

-a los Doce, a los que se les dice: "No toméis bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de repuesto";
-a los Setenta, a los que se les dice: "No llevéis dinero, ni alforja, ni sandalias".

           Habiendo convocado Jesús a los Doce, "les dio poder y autoridad para expulsar todos los demonios, curar las enfermedades y proclamar el reino de Dios".

           Se pusieron, pues, en camino y "fueron de aldea en aldea, anunciando la buena noticia y curando en todas partes". La misión se resume pues en 2 puntos precisos: 1º en la palabra, 2º en la curación. Esos 2 aspectos de la evangelización se hacen a la vez. No hay anterioridad del uno respecto al otro. En la misma página Lucas los cita en un orden distinto.

           El misionero no puede contentarse con sólo palabras, sino que son necesarios actos concretos que muestren a los hombres que éstos contribuyen a liberarlos de la impronta del mal: expulsar los demonios, curar al hombre y liberar. Pero el misionero no puede tampoco contentarse con sólo actos, sino que es preciso que sus palabras expliciten lo que hace: decir que el reino de Dios está actuando allí, y proclamar el evangelio.

           En una época reciente se ha desconfiado de un apostolado que parecía publicitario y se ha insistido en que el discurso, la predicación, eran menos importantes, para revelar a Jesucristo, que un cierto estilo de vida. En este sentido, toda la vida del cristiano ha de ser evangelizadora. Pero de ningún modo se debería llegar a que unos cristianos no afirmasen jamás explícitamente su fe en Jesucristo. ¿Soy misionero? ¿Lucho contra el mal? ¿Anuncio a Jesucristo salvador, con mis obras y con mi palabra?

           Jesús les dijo: "No toméis nada para el camino: Ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde os alojéis, hasta que os vayáis de aquel lugar". La Iglesia primitiva cuidaba mucho de mantener ese ideal de pobreza real, y la pobreza era para ella un signo del Reino (Lc 6,20; 14,25-33; 16,19-31; 18,18-30).

           Cada vez que, de alguna manera, nos encontramos con esa exigencia evangélica, ésta debe interrogarnos. Pues somos muy propensos a olvidarla y a instalarnos en el confort y el bienestar, con el riesgo tremendo de contentarnos con esos bienes materiales y nos falte la disponibilidad.

Noel Quesson

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           Jesús ya había elegido a los 12 apóstoles. Ahora les envía con poder y autoridad a una 1ª misión evangelizadora. Lo que les encarga en concreto es que liberen a los poseídos por los demonios, que curen a los enfermos y que proclamen el reino de Dios.

           Para este viaje misionero, les encomienda un estilo de actuación que se ha llamado pobreza evangélica, sin demasiadas provisiones para el camino. Les avisa, además, que en algunos lugares los acogerán bien y en otros, no. Sacudirse el polvo de los pies era una expresión que quería significar la ruptura con los que no querían oír la Buena Noticia: de modo que no se llevaran de allá ni siquiera un poco de tierra en sus sandalias.

           Ésta es la doble misión que Jesús encomendó a la Iglesia: por una parte anunciar el evangelio, y por otra curar a los enfermos, y liberarlos de sus males también físicos y psíquicos.

           Exactamente lo que hacía Jesús: que iluminaba con su palabra a sus oyentes, y a la vez les multiplicaba el pan o les curaba de sus parálisis o les libraba de los demonios o incluso les resucitaba de la muerte. El binomio predicar-curar se repite continuamente en el evangelio y ahora en la vida de la Iglesia.

           Se puede decir que durante dos mil años se está cumpliendo la última afirmación del evangelio de hoy: "Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes". ¡Cuánto bien corporal y social ha hecho la comunidad cristiana, además del espiritual, sacramental y evangelizador!

           También deberíamos revisar como comunidad y cada uno personalmente el desprendimiento que Jesús exige de los suyos. Los misioneros deben ser libres interiormente, sin demasiado bagaje. No deben buscarse a sí mismos, sino dar ejemplo de desapego económico, no fiarse tanto de las provisiones o de los medios técnicos, sino de la fuerza intrínseca de la Palabra que proclaman, y del poder y autoridad que Jesús les sigue comunicando, para liberar a este mundo de todos sus males.

           No trabajamos a nuestro estilo, sino según las consignas de Jesús. Porque no somos nosotros los que salvamos al mundo: sólo somos conductores (esperemos que buenos conductores) de la fuerza salvadora del Resucitado y de su Espíritu Santo.

José Aldazábal

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           Escuchamos hoy cómo Jesús, convocando a los Doce, les dio autoridad y poder "sobre todos los demonios, y para curar enfermedades" (v.1). Males, éstos, que podemos identificar en el mismo evangelio como enfermedades mentales.

           El encuentro con Cristo, persona completa y realizada, aporta un equilibrio y una paz que son capaces de serenar los ánimos y de hacer reencontrar a la persona con ella misma, aportándole claridad y luz en su vida, bueno para instruir y enseñar, educar a los jóvenes y a los mayores, y encaminar a las personas por el camino de la vida, aquélla que nunca se ha de marchitar.

           Los apóstoles "recorrían los pueblos, anunciando la buena nueva" (v.6). Es ésta también nuestra misión: vivir y meditar el evangelio, la misma palabra de Jesús, a fin de dejarla penetrar en nuestro interior. Así, poco a poco, podremos encontrar el camino a seguir y la libertad a realizar. Como ya dijo Juan Pablo II, "la paz ha de realizarse en la verdad, ha de hacerse en la libertad".

           Hoy vivimos unos tiempos en que nuevas enfermedades mentales alcanzan difusiones insospechadas, como nunca había habido en el curso de la historia. El ritmo de vida actual impone estrés a las personas, carrera para consumir y aparentar más que el vecino, todo ello aliñado con unas fuertes dosis de individualismo, que construyen una persona aislada del resto de los mortales.

           Esta soledad a la que muchos se ven obligados por conveniencias sociales, por la presión laboral, por convenciones esclavizantes, hace que muchos sucumban a la depresión, las neurosis, las histerias, las esquizofrenias u otros desequilibrios que marcan profundamente el futuro de aquella persona. Que sea el mismo Jesucristo, que nos ha llamado a la fe y a la felicidad eterna, quien nos llene de su esperanza y amor, él que nos ha dado una nueva vida y un futuro inagotable.

Jordi Castellet

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           Jesús vino del cielo a la tierra para predicar y proclamar el reino de Dios. Pero vino a proclamarlo no sólo a un grupo reducido de hombre, sino a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. De ahí la necesidad que tuvo Jesús de prolongarse en el tiempo y en el espacio y eso fueron y son sus discípulos de ante y de ahora: prolongaciones de Jesús, en el espacio y en el tiempo.

           Los discípulos del Señor imitaron al Maestro, predicando lo que predicaba el Maestro y aun haciendo los mismos milagros que vieron hacer a Jesús, pues Jesús "instituyó doce con poder como para expulsar a los demonios" (Mc 3, 14). En la misión de los Doce se intuye ya la misión de todos los demás discípulos del Señor, que a lo largo del tiempo y del espacio serán envidiados, como misioneros del reino de Dios.

           El hecho de sentirse enviado por el Señor, de ser misionero del Señor, debe acuciar tu responsabilidad: tú eres enviado al mundo para algo, pero ¿cumples la finalidad de tu misión? ¿Te falta mucho aún para cumplirla? Porque solamente entonces, cuando la cumplas, podrás gozar de paz en tu conciencia.

           El apóstol evangeliza y cura, predica y obra. El bien que anuncia es también por él realizado; los apóstoles no son hombres que se detengan en la Palabra, pasan a realizar la fuerza que mana de la Palabra que predican. Curar al mismo tiempo que se predica supone que el Reino no es simplemente una empresa espiritual, sino que apunta a la plena renovación del hombre en cuerpo y alma.

           Jesús confiere a los 12 apóstoles 2 cosas: poder y autoridad. Un poder divino semejante al que ha salido de él, para que la autoridad de su misión logre su finalidad.

           El objeto y finalidad de la predicación de los discípulos enviados fue el reino de Dios, y de ahí que los misioneros de hoy deban también limitarse a anunciar el Reino, sin predicarse a sí mismos y sin transmitir sus propias ideas o teorías. Pues el evangelio no consiste en una doctrina humana, sino únicamente en el reino de Dios.

Alfonso Milagro

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           Una vez elegido el nuevo Israel (el grupo de los Doce), Jesús hace capaz a éste de llevar adelante su misión evangelizadora. Su tarea consistirá en curar las enfermedades del pecado, y la raíz de este pecado que es el demonio y sus malos espíritus. Sin embargo, para esta misión que tienen que llevar adelante, los discípulos tienen que haber abandonado sus propias seguridades.

           Durante el camino deben ir confiados los discípulos en Dios, y no en las seguridades humanas. En 1º lugar, no deben llevar bastón, que se usaba como arma defensiva, y que ahora es innecesaria en la vida cristiana (pues "al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra"). Y la forma de caminar debe ser:

-sin alforja, ni provisiones, ni dinero, pues Jesús los quiere pobres, como prueba de que tienen su confianza sólo en Dios, y no en los bienes de la tierra ("dichosos los pobres, porque tenéis a Dios por rey"; Lc 6,20);
-sin 2 túnicas, para compartir las estrecheces de ese mundo lleno de necesidades y carencias (además de que llevar 2 túnicas es propio de gente acomodada);
-sin ir cambiando de casa, pues no deben buscar medrar, sino aceptar la hospitalidad que les ofrezcan.

           Lo importante es disfrutar de la acogida allí donde se alojen, sin cambiar de casa valorando más la mejora personal que la hospitalidad ofrecida. Y a quienes no practiquen con ellos la acogida, los discípulos deben considerarlos como paganos, pues no es práctica cristiana cerrar la puerta a quien llama a tu puerta.

           La costumbre que tenían los judíos al volver a Israel de sacudirse hasta el polvo de los pies que se les había adherido al visitar un país pagano, es la que deben ellos practicar ahora en territorio judío para con los que no los reciban; éstos deben ser considerados paganos.

           Con este comportamiento la misión tendrá éxito sin duda. Si nuestra misión en el mundo no tiene éxito, tal vez haya que revisar a fondo nuestro comportamiento no sea que estemos demasiado apegados al dinero, a los bienes o a las seguridades que evidencian nuestra falta de confianza en un Dios tan generoso que "hacer salir el sol sobre buenos y malos".

Gaspar Mora

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           No podemos considerar este envío como un simple entrenamiento, sino como el inicio de la misión que los apóstoles llevarán adelante de proclamar el evangelio con poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar enfermedades. El Señor quiere a los suyos como sus colaboradores en el anuncio del reino de Dios. Los apóstoles harán presente al Señor hasta los últimos rincones de la tierra.

           Es bueno proclamar el nombre de Dios, y su buena noticia de amor. Pero el evangelio no puede ceñirse sólo a discursos magistralmente preparados y bellamente pronunciados. Hay que propiciar que Jesús se haga cercano al hombre que sufre por la pobreza o enfermedad, al que vive esclavo de sus pasiones, para que la curación de todos estos males le haga saber que el pertenecer al reino de Dios por creer en Cristo Jesús, hace de los creyentes personas libres de toda influencia del mal.

           El Señor nos quiere no sólo como promotores sociales sin trascender hacia él; pero tampoco nos quiere sólo como predicadores angelistas, desencarnados de la realidad. El anuncio del evangelio debe integrar al hombre completo, con sus aspiraciones y con sus debilidades, para ayudarle a vivir con mayor dignidad su ser imagen y semejanza de Dios, más aún, su ser de hijo de Dios por su fe y por su unión, mediante el bautismo, a Cristo Jesús.

           Unidos al Señor, él nos envía para que proclamemos ante los demás lo misericordioso que él ha sido para con nosotros. Les hemos de anunciar el nombre del Señor; y lo hemos de hacer desde nuestra experiencia personal con el Señor y la vivencia fiel de sus enseñanzas.

           Pero no podemos quedarnos sólo en el anuncio con los labios, sino que también nuestras obras deben convertirse en la proclamación de la buena nueva de salvación. Sólo así podremos ser testigos del Señor que se preocupan de remediar los males tanto personales, como los que hay en el mundo.

           Hay muchas enfermedades interiores que hemos de curar en aquellos que nos rodean, como la soledad, la tristeza, la angustia, la inseguridad, el desbordamiento de las pasiones, la codicia, la preocupación compulsiva por los bienes temporales y por el poder. En fin, hay tantas esclavitudes que han atado a las personas y que requieren de nuestra atención de hermanos para ayudarles a darle un nuevo rumbo a su vida, y, desde su vida, a toda la historia. Dios quiere que no hundamos a los demás en el abismo, sino que les ayudemos a salir de él.

José A. Martínez

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           Jesús se busca colaboradores para llevar a término la obra que su Padre le había encomendado. ¿Es que no podía realizarla solo? ¿Será que Dios quiere contar con la ayuda del hombre? Dios, que en su poder tiene todo en sus manos, quiere sin embargo hacerse débil, y necesitar de la colaboración de los hombres.

           Pero notemos que a los discípulos los envía Jesús con toda clase de poderes (curar enfermos, echar demonios) y sin ninguna cosa propia en la que pudieran apoyarse (ni comida, ni bastón, ni dinero). Y es que el anuncio del Reino hay que hacerlo desde la autoridad y seguridad, desde la gratuidad y libertad.

           Lo que gratis se nos ha dado, gratuitamente hemos de entregarlo, sin quedarnos con nada que pueda hacer crecer nuestro orgullo. Es la pobreza del que se siente dependiendo de otro, sabiendo que la riqueza que posee no es suya y la gloria que recibe no es a su persona, sino para Aquel que lo envía.

           La ley de Cristo es la ley del amor, de la benevolencia, del mutuo respeto entre quienes somos hijos de Dios. E introducir a los Doce en ese espíritu debió ser muy difícil, pero se fue logrando. Lo que hoy nos muestra Lucas es como un ensayo de nueva evangelización, a cargo de los seguidores de Cristo: anunciar la Buena Noticia de Cristo, vivir para el Señor y con el Señor.

           Gracias, Señor, que con paciencia nos adoctrinas en tu escuela y quieres servirte de nuestras manos para la construcción del Reino, te pedimos ahondes en nosotros capacidades de infinito para recibir en abundancia tus dones.

Carmelitas Descalzas de Toro

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           La realización de nuestra misión como cristianos no puede prescindir de las mediaciones, gracias a las cuales tuvimos un acceso al conocimiento de Jesús. Ella está ligada en nuestra historia personal a la transmisión que se realiza en el seno de nuestra familia, y a la existencia de una Iglesia creyente en que hemos experimentado el significado del mensaje de Jesús.

           De ahí la importancia que la actividad misionera de cada persona supone para el resto, no como un hecho aislado, sino en conexión con los demás y en continuación con la acción que comenzó hace ya tiempo Jesús.

           De esta forma la misión sólo puede ser entendida como sucesión de la misión de Jesús a través de los testigos calificados surgidos a lo largo del tiempo. De allí surge una 2ª exigencia: ella no puede encontrar su realización en formas y metodologías distintas de las propuestas por Jesús a sus primeros acompañantes. Debe asumir, por tanto, las características del desprendimiento e itinerancia necesarios para lograr su objetivo.

           La radicalidad del desprendimiento que Lucas tan fuertemente señala nos debe llevar a una revisión de nuestras prácticas, muchas veces ligadas a apoyos procedentes de poderes económicos o políticos. La Buena Noticia puede desencadenar toda su fuerza solamente si está sostenida en el cumplimiento del mandato de Jesús y en los poderes que éste transmite para poder vencer la presencia del mal en la existencia de los hombres.

Confederación Internacional Claretiana

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           La misión de los Doce reproduce algunos de los rasgos de la misión de Jesús. El 1º de ellos es hablar con autoridad, y no como lo hacían los escribas. Esto quería decir que el anuncio de los apóstoles estaba respaldado por el testimonio. Muchas veces, una acción significativa en favor de los marginados era la 1ª palabra para el anuncio del evangelio.

           El 2º rasgo consiste una lucha radical contra el demonio. No se trataba únicamente de expulsar el pecado que se había apoderado de las personas, sino que esta lucha incluía un compromiso del grupo apostólico, para que el pecado no se convirtiera en un arma destructora (imposible de dominar) y para que ese proceso tuviese una función terapéutica y reconstructiva.

           Los enviados por Jesús debían restablecer los verdaderos fundamentos de una relación sana con el prójimo y con Dios. Debían animar a las personas para que rompieran con la cadena del pecado y para que vieran a Dios como un Padre amoroso, y no como un eterno castigador.

           El anuncio del reino de Dios, con estas exigencias, era reforzado por algunos gestos que demostraban la autenticidad de la opción. Por una parte, no era un viaje de negocios, y por ello se podía prescindir de las excesivas seguridades. Por otra parte, no se trataba de hacer una campaña publicitaria, luego los medios podían ser modestos. Todo ello, para que cualquiera estuviese en disposición de ser llamado a la misión, a nivel material y espiritual.

           Hoy Jesús continúa enviando a la Iglesia a anunciar el reino de Dios. La Iglesia debe tomar este anuncio como algo de lo cual depende su vida, pero debe, a la vez, recurrir a los medios adecuados. La evangelización no se puede realizar con perfiles de campaña publicitaria.

           Si el evangelio se anuncia a todo tipo de personas, se deben buscar los medios adecuados, de modo que los evangelizados se sientan parte de una Iglesia viva que practica las exigencias de Jesús y no de una multinacional que los apabulla con cantos extranjeros, arengas y mucho despliegue publicitario.

Servicio Bíblico Latinoamericano