21 de Septiembre

Martes XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 septiembre 2021

a) Esd 6, 7-8.12-20

           Después de recordar y reproducir el decreto de Ciro II de Persia (Esd 6, 1-5), su sucesor Darío I de Persia autoriza a los judíos a continuar las obras de la construcción del templo y ordena a sus gobernadores de la satrapía transeufratina que no entorpezcan los trabajos. Más aún, les manda que ayuden a costear las obras con dinero tomado de los fondos reales (Esd 6, 6-12).

           Aunque pueda llamar la atención, esta liberalidad de Ciro II (primero) y de Darío I (después), se ajusta bien al espíritu religioso y político de la corte persa. Y tuvo lugar el día 23 del mes de Adar del año 6º de rey Darío I, es decir, el 1 abril 515 a.C. Ese fue el año en que se terminaron las obras del templo, y la fecha de su dedicación.

           El texto menciona a los profetas Ageo y Zacarías. En realidad a ellos se debe la construcción del templo postexílico. Fueron ellos los que, venciendo todas las dificultades y exhortando al pueblo, llevaron a feliz término la obra. A continuación tuvo lugar la dedicación y, a pocos días de distancia, la celebración de la Pascua.

           Así se termina la primera parte del libro de Esdras (cc.1-6), que gira toda ella en torno al templo. El templo junto con el personal dedicado a su servicio y la ordenación del culto son temas predilectos de la historia cronística.

           El templo postexílico, inaugurado en el 515, dura hasta Herodes I de Judea (37-4 a.C). En el año 18 de su reinado Herodes I emprendió la construcción de un nuevo templo, que en lo esencial fue concluido en muy poco tiempo. En cuanto a las partes complementarias y a los detalles no fue ultimado hasta unos pocos años antes del 70 d.C, en que fue totalmente destruido por los romanos.

           Aunque en realidad el templo de Herodes I fue un 3º templo, ya que lo construyó desde sus cimientos y fue además el más sólido y suntuoso de todos, sin embargo los judíos lo consideran como una mera reconstrucción del anterior. De ahí que, al dividir su historia con referencia al templo, hablan de 2 grandes períodos:

-el Primer Templo, desde David hasta el destierro de Babilonia;
-el Segundo Templo, desde el destierro de Babilonia hasta el año 70 d.C.

           A partir de esa fecha ha habido intentos, en distintas ocasiones, por ejemplo en tiempo del emperador Juliano, de reconstruir el que los judíos llaman Tercer Templo, pero nunca se han visto coronados por el éxito. Actualmente, una vez que los judíos han regresado a su tierra, se ha vuelto a plantear la cuestión del templo y las opiniones andan divididas. La solución más generalizada es que el 3º templo lo construirá el Mesías, cuando venga.

Maertens Frisque

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           Las dificultades de la oposición samaritana, en cuanto a levantar el templo de Jerusalén en tiempos de Darío I de Persia, son resueltas por la comunidad hebrea alegando el edicto de Ciro II de Persia (Esd 1, 3-5), el fundador del Imperio Persa. Es conocida la actitud respetuosa de los persas por lo que respecta a las religiones de los pueblos que se anexionaban.

           Este hecho, explicable como una simple medida política en orden a la convivencia pacífica, viene considerado como una cooperación de la causalidad divina y humana (v.14), puesto que llevaba a cabo el cumplimiento del designio de Dios (v.12). Sin caer en un providencialismo alienante, hay que aprender de una vez por todas esta lección constantemente repetida: el Dios de la Biblia es el Dios que se revela en la historia.

           La complicada trama de los acontecimientos tiene un sentido querido por Dios, verdadero rector del flujo histórico, a pesar de los zigzags que aparentan como si la historia fuera dirigida fatalmente por el capricho de los prepotentes, o por el juego dialéctico de la materia o incluso por la complicación creciente de las estructuras.

           Con la presente lectura se acaba la primera parte del libro de Esdras. El objetivo prioritario de la comunidad restaurada ha sido conseguido: la reconstrucción del templo. Ahora se celebra la dedicación y se celebra alegremente la Pascua, memoria de las liberaciones salvadoras de Dios.

           El autor ha narrado el trabajo de la reedificación del santuario utilizando sus fuentes, pero sin preocuparse de ciertos detalles ni de una cronología rigurosa. La casa de Dios era el centro de su pensamiento. Recobrada la mansión de la vida religiosa, los regresados del exilio podrán encaminar sus fuerzas en convertirse en una comunidad cultual y socialmente organizada.

           Por otra parte, la recuperación del Templo de Jerusalén sellará definitivamente el cisma con los samaritanos, los cuales acabarán construyéndose un templo en la montaña Garizim.

           Los cristianos sabemos que el auténtico templo, el auténtico lugar de encuentro con Dios es Jesús (Jn 2, 21) y que desde entonces todo templo de fabricación humana está radicalmente relativizado porque "es llegada la hora (dice Jesús) en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Jn 4, 21.23).

Enric Cortés

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           Darío I de Persia escribió a las autoridades de la provincia situada al oeste del Eufrates y de la que dependía Jerusalén. En efecto, Jerusalén no es más que un pequeño cantón del Imperio Persa. Los judíos han perdido toda esperanza de restablecer un reino terrenal en la dinastía de David.

           Es muy notable que en lugar de crisparse por la pérdida de lo que fue un sueño temporal, los judíos más conscientes llegados de nuevo a Jerusalén, acepten lealmente la autoridad persa y se entreguen totalmente a la edificación de una comunidad fervorosa y únicamente religiosa. Habiendo perdido toda ilusión de independencia política, se dedican a profundizar lo esencial de su razón de vivir: la fe y el culto de Dios.

           Cuando ciertas circunstancias exteriores son desfavorables, ¿tengo yo también el reflejo de concentrarme en lo esencial, sirviéndome de las contrariedades para lograr una purificación y un avance espiritual?

           Realmente, es de admirar la amplitud de miras de este rey pagano, cuyos proyectos humanos se inscriben con tanta exactitud en los proyectos de Dios, sobre todo cuando dijo: "Dejad al gobernador de Judá y a los ancianos de los judíos que reconstruyan ese templo de Dios. Los gastos de esas gentes les serán reembolsados sin demora de los fondos reales, es decir, de los impuestos de la provincia".

           Esos acontecimientos antiguos no se nos relatan para que los recordemos como tales, sino para que nos ilustren sobre el día de hoy de Dios. Cuando escucho la radio o leo el periódico, ¿trato de leer en esas noticias los movimientos de la historia, que me parece que hacen avanzar el proyecto de Dios?

           Los ancianos de Judá continuaron con éxito los trabajos de construcción, animados por la palabra de los profetas Ageo y Zacarías. Y llevaron a término la construcción conforme a la orden del Dios de Israel y según los decretos de los persas Ciro II y de Darío I.

           Los deportados fueron puestos en libertad, los decretos reales ordenaron la descentralización regional, y los impuestos fueron concentrados en ciertos focos de civilización. En efecto, todas ellas son cuestiones típicamente profanas y políticas. Pero, en el interior de todo ello, unos hombres viven el dinamismo de su fe: si el decreto proviene del Rey, ellos obedecen de hecho en profundidad a la "orden de Dios". Y los profetas, de los que leeremos algunas páginas la próxima semana, están allí para dar el sentido de la acción emprendida.

           El templo fue terminado el día 23 del mes de Adar, el año 6º del reinado de Darío I de Persia. Y los israelitas (sacerdotes, levitas y el resto de los repatriados) celebraron con júbilo la Dedicación del Templo, consagrando completamente el nuevo santuario el 515 a.C.

           Este edificio fue llamado el 2º Templo de Jerusalén, pues el 1º (construido por Salomón) había sido destruido por Nabucodonosor II de Babilonia (ca. 587 a.C). Se trata de un 2º templo que durará hasta el tiempo de Herodes I de Judea, que lo embellecerá unos años antes de Jesús. Es el edificio que frecuentará Jesús.

           Los deportados "celebraron la Pascua e inmolaron la pascua para todos", para sus hermanos, los sacerdotes y para sí mismos. Se trata en efecto, de una renovación religiosa. Aquel día recomenzó un culto interrumpido durante 72 años. Podría creerse que la fe de Israel había zozobrado en la persecución y deportación. Pero no fue así, sino que sin estructura alguna, o sin ceremonia alguna, supo mantuvo fiel, como pequeño resto de Israel.

Noel Quesson

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           Darío I de Persia, sucesor de Ciro II de Persia, sigue hoy con la misma política de su predecesor, a la hora de dejar bastante autonomía a los pueblos que pertenecen a su Imperio. Y según el relato de hoy, favorece claramente a los judíos, para que puedan reconstruir su Templo de Jerusalén.

           Los persas pensaban, como estrategia política, que se consigue mucho más teniendo contentos a los pueblos que oprimiéndolos innecesariamente. El relato deja entrever que los judíos habían encontrado dificultades por parte de los pueblos vecinos.

           La fiesta de la Dedicación del Templo (ca. 515 a.C) fue solemne y colmó de alegría el corazón de los israelitas. Este templo era el segundo, después del de Salomón, y duraría hasta Herodes I de Judea, que un poco antes de nacer Jesús lo reedificó completamente, y que a su vez duraría hasta que los romanos lo asolaron el año 70 d.C.

           A pesar de que esta reconstrucción no llegó a tener al esplendor del templo anterior, ¡qué emoción sentirían los israelitas, sobre todo los mayores, al volver a oír los cantos y al ver el esplendor de las ceremonias y las volutas de incienso subiendo hacia Dios!

           No es extraño que el salmo responsorial de hoy, uno de los más conocidos también por nosotros, exprese estos sentimientos: "¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta". Después de la tempestad viene la calma. Ojalá también en nuestra propia vida, y en la de cada comunidad, tuviéramos, si hiciera falta, ánimos para una reconstrucción ilusionada.

           Si nuestra historia personal ha dejado que desear, o se ha empobrecido una comunidad cristiana, o fallan las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, o la Iglesia atraviesa (como ha sucedido no pocas veces en la historia) por momentos de decadencia, siempre deseamos que Dios nos dé la fuerza suficiente para rehacernos. Nos costará, como les costó a aquella generación de los que volvieron del destierro. Nada se reconstruye sin esfuerzo y sacrificio.

           El templo no era lo único que se reconstruía en aquel tiempo, pero era el mejor símbolo de la identidad histórica de Israel. Por eso el relato nos habla de cómo se reorganizó el culto y la celebración de la Pascua: era la gozosa vuelta a los buenos tiempos de la Alianza con Dios.

           También ahora, cuando hay que reconstruir muchas cosas humanas, sociales, de justicia y distribución de bienes, no olvidamos los valores religiosos y éticos, que pueden considerarse como el termómetro de la recta dirección de la tarea.

           Ojalá también hoy se eleven voces proféticas, como las de Ageo y Zacarías, que se nombran en la lectura de hoy y que leeremos en días sucesivos, que inviten a nuestra sociedad a recapacitar y a no dejar perder los valores que constituyen nuestra mejor identidad humana y cristiana, y no sólo los materiales.

           Cuando celebramos, en el año litúrgico, las fiestas de la dedicación de San Juan de Letrán, o de la catedral de la diócesis, los textos nos invitan a renovar cada año nuestra identidad eclesial: esas paredes son el símbolo exterior del edificio vivo que es la comunidad misma, destinada a alabar a Dios y a difundir su Palabra y celebrar sus sacramentos.

José Aldazábal

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           La 1ª lectura de hoy viene dada por la alegría de un pueblo, el de Israel, que, situado en casa, templo y tierra, comienza a organizarse en torno a un proyecto de fe, vida, trabajo y costumbres, que le hagan sentirse pueblo de Dios.

           Decíamos ayer que el Edicto del rey Ciro II de Persia abrió a los israelitas los caminos de retorno hacia Jerusalén, con el proyecto de restablecer templo y culto.

           Hoy entra en escena  un nuevo rey, Darío I de Persia. Y éste, tras rechazar a la oposición que surgió contra la reedificación del templo, o al menos tras aclarar la legitimidad de hacerlo, se dirige a los sátrapas o gobernadores de la región de más allá del Éufrates (incluida Israel), y les ordena tres cosas: que permitan reconstruir el templo de Dios en el viejo solar de Jerusalén, que se reorganice la vida religiosa y social en el mismo, y que se provea a su financiación.

           Fue éste un gran motivo de alegría para el pueblo de Dios, que se disponía así a vivir una nueva etapa de gloria, con su dosis de esperanza y sacrificio. Por eso canta, en actitud de peregrino, el Salmo 121:

"Llenos de alegría, vamos a la casa del Señor, ya están pisando nuestros pies, tus umbrales, Jerusalén. Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, a celebrar el nombre del Señor. En ella están los tribunales de justicia en el palacio de David" (Sal 121).

           En el texto de hoy aparecen también, junto a las dificultades de la construcción, los nombres de varios reyes bajo cuyo impero se fueron realizando las obras, hasta su inauguración. El trabajo fue ímprobo, pero esto significaba que en el  ‘templo’ se encontraban todos como miembros de un pueblo, presidido por Dios.

           Los textos del sacerdote y cronista Esdras sintetizan muchas cosas que afectaban a la vida, trabajo, restauración y organización del templo, y a actitudes socio-religiosas que, una vez establecidas, tendrán sus derivaciones sociales, morales y religiosas.

           Tomemos las siguientes notas:

-económicamente, el edificio se levanta con una parte de los impuestos reales que cargan sobre la región;
-laboralmente, esa obra resulta muy beneficiosa a los ancianos y obreros que, procedentes del destierro, comienzan a cobrar periódicamente sus jornales;
-legal y litúrgicamente, esa restauración da lugar al restablecimiento de las jerarquías de servidores del templo y del altar, y de los servidores de la ley, justicia y enseñanza;
-comunitariamente, el retorno y la restauración  crean o refuerzan el sentimiento del judaísmo como unidad nacional, religiosa, social;
-moralmente, la reforma del pueblo judío que implanta Esdras y sus colaboradores trata de contrarrestar las influencias de otras religiones en el pueblo elegido.

           ¡Lástima que esa reforma la emprendan de tal forma que acaben concediendo valor desmesurado al cumplimiento de la ley, de las tradiciones, de las purificaciones rituales, de la pureza de raza y de la vocación de pueblo elegido. Tengamos en cuenta ese rigorismo cuando, en los evangelios, descubramos la oposición que hacen a Jesús muchos letrados, maestros y sacerdotes, porque estiman que rebaja el nivel o prestigio de ese culto, tradiciones y ritos. Aquí está su precedente.

Dominicos de Madrid

b) Lc 8, 19-21

           Los parientes, madre y hermanos, quieren ver a Jesús. Es muy difícil precisar lo que esa palabra significa. En el texto correspondiente de Marcos, que Lucas tuvo presente al redactar su evangelio, la intención de la familia se precisa de un modo diáfano: buscan a Jesús para llevarle, porque piensan que está loco (Mc 3, 20-21). Juzgan que está loco porque anuncia entre las gentes cosas que se oponen a las viejas tradiciones de su pueblo.

           Formulada con otras palabras, su acusación se identifica con aquélla que dirigen los fariseos: "Está poseído por Beelzebul o Satán", de tal manera que "su vida y su mensaje están al servicio de las fuerzas de lo malo" (Mc 3, 22).

           Lucas, mucho más reverente en lo que respecta a la familia de Jesús (especialmente a María), ha suprimido ese motivo (la intención de la familia). Sin embargo, todo nos permite suponer que la llamada familiar reviste para el mismo evangelio de Lucas un rasgo negativo: los parientes quieren monopolizar a Jesús, utilizando los privilegios que les ofrece su parentesco.

           En este contexto se comprende la respuesta: "Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra" (v.21). Frente al viejo parentesco de la sangre, Jesús funda las bases de la nueva familia de su Reino, en la que toman parte aquéllos que reciben y cumplen su palabra. Ténganse en cuenta los 2 rasgos:

1º es preciso "escuchar la palabra". Es decir, hallarse abiertos a la gracia, recibiendo el don de amor que Dios nos ha ofrecido por el Cristo;
2º hay que "cumplir la palabra". Pues solamente aquél que la traduce con su vida, la ha escuchado plenamente.

           El mensaje de Jesús se centra en estos rasgos de gracia y exigencia. Ser cristiano significa vivir en el misterio del amor que Dios nos comunica como nueva posibilidad de existencia; pero, a la vez, supone lograr que el don se expanda de tal forma que se convierta para nosotros en un principio de existencia: desde el amor de Dios debemos llegar a ser puente de amor para los otros.

           Los que escuchan y cumplen la palabra de Jesús se han convertido en su familia. No son siervos que están fuera y que reciben por simple compasión un don de amor. Son la madre y los hermanos; es decir, forman con Jesús un mismo hogar de comunión y de confianza. Las barreras de este mundo (divisiones sociales, políticas, religiosas) pierden así su sentido. En Jesús y por Jesús todos los hombres constituyen una misma familia, siendo miembros los unos de los otros.

Maertens Frisque

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           Jesús está asediado por el pueblo. Su madre y sus hermanos quieren ver sus obras maravillosas, quieren verle a él. Pero esto no es precisamente lo que importa. Desde que Jesucristo está sentado a la diestra del Padre, no podemos ya entrar personalmente en contacto con él, no podemos ya verlo con los ojos, no podemos ya presenciar su acción. Jesús mismo dice qué es lo que importa: oír y poner en práctica la palabra de Dios.

           Nosotros tenemos la palabra de Dios. Los discípulos la siembran todavía en el mundo. Por Jesús fue traída la palabra de Dios al mundo, hizo una carrera triunfal por el mundo, nos llegó también a nosotros. En la palabra está la acción salvífica de Jesús, él está presente como portador de salud: "Bienaventurados los que no vieron y creyeron" (Jn 20, 29).

           El que escucha y pone en práctica la palabra de Dios, es madre y hermano de Jesús. No son los lazos de la sangre los que proporcionan la comunión con Jesús, sino el oír y poner en práctica la palabra de Dios. La Iglesia es edificada por la palabra de Dios. Ésta es el alma de la Iglesia, y la Iglesia es su fruto. De la palabra de Dios brota siempre Iglesia viva. Ésta viene a ser familia de Cristo oyendo y guardando la palabra de Dios.

           En la infancia de Jesús se presentaba ya a aquella madre como la "tierra buena que oye y hace, y pone en práctica la palabra de Dios". Ella era la "esclava del Señor", que oía la palabra de Dios y se ponía a su disposición (Lc 1, 38). Ella guardaba cada palabra y "la meditaba en su corazón" (Lc 2, 19). Llevó la palabra a Isabel, y su anuncio le hizo desbordar en un cántico de alabanza (Lc 1, 46-55).

           María fue la 1ª que retuvo la Palabra, y dio fruto con su constancia. María fue la madre de Jesús, no sólo porque le dio la vida humana, sino también porque oyó y puso en práctica la palabra de Dios.

Emiliana Lohr

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           Estando Jesús hablando con la gente, su Madre y sus hermanos fueron donde estaba Jesús. Marcos había dicho, sin ambages, que esa visita familiar pretendía frenar y recuperar a Jesús: "su familia fue allá para llevarse a Jesús con ellos pues afirmaban: "Se ha vuelto loco" (Mc 3, 21). Lucas interpreta ese mismo episodio, pero de modo distinto. Lucas conocía a María personalmente, y de ella recogió directamente los recuerdos de la infancia de Jesús.

           Fueron a verlo su Madre y sus hermanos, "pero con el gentío no lograron llegar hasta él". Se trata de una escena muy natural y humanamente emotiva: una madre que quiere ver a su hijo, y unos primos que la acompañan; pero ese miembro de la familia tiene tanto éxito, que resulta difícil acercarse a él.

           Entonces le avisaron: "Tu Madre y tus hermanos están ahí fuera, y quieren verte". ¿Estoy yo también deseoso de ver a Jesús? Santa Teresa de Jesús, siendo niña, se escapó un día de su casa, en su deseo de buscar a Dios. Y con la ingenuidad de su corazón de niña, se había imaginado que, al llegar hasta el sur de España, recibiría el martirio y vería a Dios. Naturalmente fue reconducida por su tío a la casa paterna, pero toda su vida de adulta fue como la realización de ese deseo: quiero ver a Dios. ¿Participa mi oración de ese deseo? Vivir con Dios, acercarme a él.

           Cuando le dijeron que querían verle, Jesús les contesto: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios". Esa es la explicación muy positiva que Lucas nos propone.

           Para hablarnos de este episodio, Lucas escogió colocarlo exactamente después de las parábolas de la semilla y de la lámpara. De ese modo, elaboró como una pequeña teología de la Palabra: los que escuchan a Dios, son tierra buena que produce mucho, son como lámpara sobre un pedestal que alumbra lejos en derredor, y sobre todo son la familia de Jesús.

           No se trata, para Jesús, de rehusar a su familia, sino de ampliarla, como si dijera: "Oh sí, amo a mi familia; pero esa familia es mucho más extensa de lo que imagináis, pues comporta innumerables lazos con innumerables hermanos".

           Si escuchamos la palabra de Jesús, nos hacemos semejantes a él, poco a poco vamos pensando y reaccionando como él, como si viviéramos familiarmente con él, como hermanos. ¡Señor, si eso resultara ser verdad! ¡Si escuchara tu voz de tal manera, que llegara yo, efectivamente, a percibirla como una voz familiar, y que, a su vez, mi propia voz acabara por tener la misma entonación que la tuya! Encontramos aquí la misma insistencia que en las dos parábolas precedentes: vivir la fe y poner por obra la palabra de Dios.

Noel Quesson

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           El pasaje de hoy sirve para establecer un neto contraste entre el Israel histórico, representado ahora por "la madre y los hermanos" de Jesús (vv.19-20) y el nuevo Israel: "Madre y hermanos míos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra" (v.21).

           Los lazos que vinculan a los miembros del nuevo Israel no son los de la sangre, sino la adhesión al mensaje de Jesús y el hecho de ponerlo en práctica. La tierra prometida ya no es Israel, sino toda la tierra, la que Jesús continúa atravesando gracias a los sembradores de buenas noticias.

           Todos los que reciben el mensaje en tierra buena y lo hacen fructificar son miembros de pleno derecho de la familia de Jesús. La multitud que impide al Israel histórico llegar hasta Jesús, y lo retiene fuera, son los oyentes que todavía no han hecho ninguna clase de opción, pero que se interesan por su enseñanza.

           Se distinguen con claridad, pues, 3 grupos bien diferenciados: 1º "los que (sólo) quieren verlo": el antiguo Israel (v.20); 2º "los que (sólo) escuchan": la multitud de los oyentes (v.10); 3º "los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica": los discípulos (v.21).

Josep Rius

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           Estaba Jesús hablando, cuando se presentó alguien con la noticia de que su familia estaba afuera esperando que saliera, porque el gentío era tan grande que no podían llegar hasta él. Jesús no sale, y al aviso de que la familia está afuera y quieren verlo, responde: “"Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen".

           La frase de Jesús reitera su pensamiento sobre la Palabra: que hay que escucharla, asumirla e irradiarla, y desde ahora hacerla práctica (es decir, testificarla con las obras). De esta manera, "hacemos la voluntad del Padre". Para Lucas, "hacer la voluntad del Padre" significa, ante todo, "escuchar y poner en práctica la Palabra".

           Para muchos, la frase de Jesús está cargada de dureza y desprecio por su familia, pero por duro que parezca ese comportamiento, para él, ante el Reino, todo pasaba a 2º plano: no estaba dispuesto a que nadie malinterpretara el contenido del Reino, ni siquiera su familia o las obligaciones familiares. El futuro, ya presente, es algo inédito y está por construir; no se le puede definir de acuerdo al pasado, y los marcos estrechos son rotos por Jesús.

           La verdadera familia de Jesús no está constituida pues por los lazos de la carne o de la sangre, sino por la obediencia a la palabra de Dios. Nos hacemos hermanos de Jesús y miembros de su nueva familia por el compromiso que asumamos con su proyecto.

           Es decir, si nos comprometemos en la construcción del reino de Dios con una actitud profética que esté siempre a la escucha de la Palabra. Ser parte de la familia de Jesús es, en definitiva, compartir su vida y su proyecto: liberar de todas la esclavitudes a los pecadores de la tierra.

Severiano Blanco

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           Entre los muchos que seguían a Jesús, hoy aparecen también "su madre y sus hermanos", es decir, su madre María y sus parientes de Nazaret, que en lengua hebrea se designan indistintamente con el nombre de hermanos.

           ¿A qué vinieron? Lucas no nos lo dice. Marcos, en una situación paralela, interpreta la escena como que los familiares, asustados por lo que se decía de Jesús y las reacciones contrarias que hacían peligrar su vida, venían poco menos que a llevárselo, porque decían que "estaba fuera de sí" (Mc 3, 20-21).

           Lucas, que parece conocer noticias más directas (de parte de la misma Virgen, quizás) no le da esa lectura. Podían venir sencillamente a saludarle, a hacer acto de presencia junto a su pariente tan famoso, a alegrarse con él y a preocuparse de si necesitaba algo.

           Jesús aprovecha la ocasión para decir cuál es su nuevo concepto de familia o de comunidad: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra". No niega el concepto de familia, pero sí lo amplía, dando prioridad a los lazos de fe por encima de la sangre.

           Continúa, por tanto, el eco de la parábola que leíamos el sábado: la de la semilla que es la palabra de Dios. Da fruto cuando se acoge bien y se pone en práctica. La Iglesia de Jesús no va a tener como criterio básico la pertenencia a la misma raza o familia de sangre, sino la fe.

           En el pasaje de Lucas, esto no puede entenderse como una desautorización a su madre, porque el mismo evangelista la ha puesto ya antes como modelo de creyente: "Hágase en mí según tu palabra". Al contrario: es una alabanza a su madre, en la que Jesús destaca, no tanto su maternidad biológica, sino su cercanía de fe. Su prima Isabel la retrató bien: "Dichosa tú, la que has creído".

           Nosotros pertenecemos a la familia de Jesús según este nueva clave: escuchamos la Palabra y hacemos lo posible por ponerla en práctica. Muchos, además, que hemos hecho profesión religiosa o hemos sido ordenados como ministros, hemos renunciado de alguna manera a nuestra familia o a formar una propia, para estar más disponibles en favor de esa otra gran comunidad de fe que se congrega en torno a Cristo.

           Pero todos, consagrados, jóvenes o casados, debemos servir a esa super-familia de los creyentes en Jesús, trabajando también para que sea cada vez más amplio el número de los que le conocen y le siguen.

José Aldazábal

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           El contexto espiritual y literario del párrafo evangélico de hoy es muy distinto del correspondiente a la primera lectura. Aquí no estamos en la "inauguración del viejo templo", sino en el enaltecimiento del "nuevo templo de la fe" que nos hace a todos hermanos y madres, según el pensamiento religioso de Jesús.

           De nuevo nos encontramos con el mismo mensaje de Jesús a las gentes, hablando de la importancia y consecuencias de la adhesión incondicional a su persona.

           Ante nuestros ojos de creyentes, ser madre de Cristo es un don extraordinario, porque tenemos en perspectiva al hijo que es Mesías, Maestro e Hijo de Dios.

           Esta visión  no era todavía la visión de un público que aún no creía de verdad en él. Por eso, el Señor aprovecha la oportunidad del anuncio que le hacen, tu madre y hermanos están ahí, para lanzarles un gran mensaje: Os amo y os quiero tanto que si creéis en mí y os adherís a mi doctrina y vida, os tendré en mi corazón como a hermanos y madre.

Dominicos de Madrid

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           Muchas veces la conciencia de la cercanía de Jesús en nuestra vida nos lleva a acercarnos a él para que atienda, aun de forma extraordinaria, a nuestras carencias y necesidades. La seguridad de ser escuchados se convierte muchas veces en invocación de pretendidos derechos, en la que la voluntad de Dios es colocada al servicio de nuestra voluntad.

           Este camino, en lugar de acercarnos a Jesús nos aleja de él. Pertenecer a la familia de Jesús no nos coloca en el ámbito del privilegio sino en el de la obediencia, en el que nuestra voluntad se adecúa a la voluntad de Dios. Y de este modo, las palabras de Jesús sobre su verdadera familia nos indican el único camino posible para llegar a él. Desde ellas podemos comprender en dónde debemos colocar la única posibilidad auténtica de acercamiento.

           Los intereses de Jesús son los intereses de la palabra de Dios, interpretada como realización de su misericordia. Por consiguiente, esos intereses nos llevan a situarnos en su círculo familiar, cuando configuramos nuestra vida en solidaridad y entrega a él y a los suyos.

           La comunión con Jesús sólo se logra en la aceptación de su proyecto, de su vida y sus palabras en la propia vida y sólo desde ellos se puede construir un auténtico vínculo familiar que haga indisoluble nuestra unión con él. Este es el único fundamento sólido sobre el que puede construirse la verdadera familia de los hijos de Dios, capaces de expresar el proyecto y el querer de Dios.

Confederación Internacional Claretiana

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           Los parientes de Jesús lo buscan pero no se atreven a entrar en el grupo de discípulos. Cuando Jesús se entera de que su familia lo requiere, no acude como hubiese sido lo normal, sino que responde con una frase que debió dejar perplejos a parientes y asistentes: "Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y lo ponen en práctica".

           Esta frase bien se puede tomar como un rechazo radical a la parentela, o bien como un cuestionamiento a los parientes. El rechazo consiste en ponerle en claro a la familia que los vínculos de sangre no son más importantes que el llamado de Dios. Los parientes deben abandonar toda pretensión de dominio y comprender que la comunidad de discípulos inaugura una nueva familia basada en la fraternidad, en la solidaridad y en la libertad.

           El cuestionamiento se puede entender como un llamado a los parientes para que tomen el camino del discipulado. Jesús los exhorta a escuchar el mensaje de Dios y a ponerlo en practica. Los parientes, aunque fueran unos israelitas piadosos, seguramente no estaban a la altura de las exigencias de la nueva familia de Dios.

           Hoy no tenemos unos grupos familiares tan dominantes como en la antigüedad. Sin embargo, la familia aún sigue siendo un lugar de dominación y manipulación. La comunidad cristiana crea un espacio de vida donde las familias pueden alcanzar su verdadera dimensión y llegar a ser las forjadoras de los hombres y mujeres nuevos.

Servicio Bíblico Latinoamericano