23 de Septiembre

Jueves XXV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 23 septiembre 2021

a) Ag 1, 1-8

           Durante el cautiverio en Babilonia, Ezequiel había exhortado a los judíos a rendir a Dios un culto purificado en un nuevo templo. Era natural, pues, que una vez llegados a Jerusalén se pusiesen pronto manos a la obra y edificasen un altar (Esd 3, 1).

           Pero no era suficiente la mera ilusión y buena voluntad. Los problemas a resolver eran muchos y graves: la animosidad de los samaritanos, las malas cosechas, las rivalidades interiores... Y las obras de reconstrucción del templo fueron abandonadas apenas se iniciaron. Esperando tiempos mejores el pueblo pensaba: "Todavía no ha llegado el momento de reedificar el templo de Dios" (v.2).

           En el año 522 a.C. Cambises I de Persia se suicidaba al tener conocimiento de una sublevación contra él. Y Darío I de Persia, su sucesor, tardó 2 años en reprimir las revueltas que surgen en todo el Imperio Persa. Se trata de un período de recelos y de represalias que dio ocasión al surgimiento de Ageo, profeta judío que invita a su pueblo a poner la confianza en Dios, señor de la historia.

           El libro de Ageo consta de 4 discursos, de los que hoy leemos 2. El 1º discurso (Ag 1, 1-15) está fechado en la 2ª mitad de agosto del 520 a.C, y es una descripción de los esfuerzos del profeta para conseguir la reconstrucción del templo: no es que no haya recursos, ya que existen para construir casas bastante lujosas. Lo que hay es pereza y poca voluntad. Los hombres de todos los tiempos somos los mismos: y cuando aducimos muchas razones para justificar algo quiere decir, normalmente, que no tenemos ninguna y sí, en cambio, muchas excusas.

           El discurso apela luego a la experiencia: una tarea no bendecida por Dios no puede ser fructífera. Una afirmación con valor especial para nuestros tiempos en que la eficacia y la productividad tienen tan gran aprecio. El éxito de su misión fue inmediato: veintitrés días después empiezan las obras. Es un caso único en la historia del profetismo. Tengamos en cuenta, sin embargo, que Ageo no pedía una gran reforma interior, sino tan sólo la reconstrucción de un edificio.

           En el 2º discurso (Ag 2, 1-9) el profeta anuncia que, a pesar de las apariencias, el nuevo templo será superior al antiguo. En el reino mesiánico cabrán las riquezas, es decir, los valores de todos los pueblos. También los gentiles contribuirán a la salvación del mundo. Esto es válido para todos los pueblos y para todos los tiempos.

Josep Aragonés

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           El año 2º del reinado de Darío I de Persia, el 1º día del 6º mes fue dirigida la palabra del Señor por medio del profeta Ageo. La palabra del Señor no es intemporal, sino que se inscribe en una fecha determinada, en una realidad concreta. Ageo comienza su ministerio el 1 agosto 520 a.C.

           Durante 5 meses, y hasta el fin de diciembre, hablará en una plaza de Jerusalén, pues Dios tenía algo que decir: "La palabra de Dios va dirigida a Zorababel, gobernador de Judá y a Josué, sumo sacerdote".

           Zorobabel no era más que un sencillo funcionario, uno sobre 250 en el conjunto de la inmensa administración persa. Josué es un humilde servidor de un templo ruinoso. Desde el retorno del cautiverio han pasado dieciocho años que se han empleado en instalarse materialmente: Dios es el gran olvidado, y si Dios toma la palabra, lo hace a través de las situaciones o de los acontecimientos.

           Y así habló el Señor del universo, por medio del profeta Ageo: "Todavía no ha llegado el momento de reedificar la Casa del Señor". ¿No es esta también la actitud del mundo moderno y la mía? ¡Vivir, trabajar, ganar dinero... y luego orar! No se tiene tiempo de ir a misa, usted lo comprende. ¡Hay tantas cosas que preparar los fines de semana! ¿Cómo puedo rezar todos los días si no tengo un minuto?

           Mirad lo que contestó el Señor, continuó diciendo Ageo: "¿Es acaso para vosotros el momento de instalaros en vuestras casas lujosas, mientras mi casa está en ruinas?". Pues sí, los judíos que regresaron del exilio comenzaron por construirse hermosas casas confortables. Y durante esos años el Templo de Jerusalén es un montón de piedras calcinadas. ¡Dios es el último en ser servido!

           "Reflexionad sobre vuestra situación", continúa diciendo el profeta, pues "habéis sembrado mucho, pero la cosecha es poca; habéis comido, pero sin quitaros el hambre; habéis bebido, pero sin quitaros la sed; os habéis vestido, mas sin calentaros. Y el obrero que ha ganado su salario, lo mete en bolsa rota".

           Realmente, se trata de imágenes que interrogan, pues vienen a decir algo así como: Trabajáis y os matáis trabajando, pero ¿para qué? Porque ese estilo de vida no tiene sentido. Trabajar, consumir, ¿para qué? ¡si no hay una finalidad más esencial en todo ello! Comer, beber, ganar dinero. Esto no basta al hombre. Le deja con su hambre y su sed.

           Y por 2ª vez, proclama el profeta la palabra reflexionad. Sí, se trata de superar lo inmediato, hay que ir más lejos. Hay que pensar, reflexionar. Tras lo cual, ya puede decir el profeta: "Subid a la montaña, traed madera para reedificar la Casa de Dios; y Yo la aceptaré gustoso y me sentiré honrado".

           Es decir, tras la reflexión, viene la puesta por obra. ¡Despertaos! Manos a la obra. Disponed un lugar para Dios en vuestra vida, y que sea el centro. Reconstruid una presencia de Dios en el corazón de vuestra ciudad, en el corazón de vuestra vida. Se trata, en efecto, de rehacer, sin cesar, la unidad entre vida y ritos.

Noel Quesson

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           Ageo fue profeta de la vuelta del destierro, junto con otros personajes clave como Zorobabel o Josué. Un profeta que levantó su voz porque los recién vueltos no parecían tener mucha prisa en reconstruir el templo. El profeta les anima a que todos colaboren en la tarea, que es urgente, para que sirva como punto de referencia para todas las demás dimensiones de la reconstrucción nacional.

           Estamos en el año 520 a.C. Ya habían transcurrido dieciocho años de la vuelta del destierro. Se ve que las casas propias sí las habían reconstruido, y bien. Pero el templo, no. Pasaba lo contrario que con David, que tomó la decisión de construir el templo porque le sabía mal vivir en una casa lujosa, sin haber edificado antes un templo en honor de Dios.

           Aunque el profeta le disuadió de la idea, que llevaría a cabo su hijo Salomón. Ageo dice a sus contemporáneos que el templo (símbolo de los valores religiosos) debe tener prioridad en esta tarea de la nueva instalación en Judá. Lo que le sucedió a Israel se debió, en gran parte, a su infidelidad a la Alianza. Ageo quiere que no se repita la historia, descuidando la vida de fe. ¡Manos a la obra!

           Los valores éticos y religiosos son, también hoy, sintomáticos para saber cómo entendemos la historia y el futuro de la sociedad. Aunque lo cierto es que nos atrae más lo aparente y lo material, y sentimos pereza por lo espiritual.

           No se trata sólo (como tampoco era el caso en tiempos de Ageo) de levantar materialmente las paredes de un edificio. Sino de renovar la actitud de Alianza con Dios y las costumbres coherentes con ella. De no dejarse llevar sólo por intereses materialistas, sino de cuidar también los valores humanos y religiosos, según el proyecto de Dios. La prosperidad económica es importante, pero no es lo principal en la vida de una persona o de una comunidad.

           Todos estamos empeñados en alguna clase de construcción o reconstrucción, en el nivel personal o el comunitario: no descuidemos los aspectos religiosos, porque son básicos. Jesús nos dijo que el que construye sobre su Palabra es el que construye sobre roca. Si no, estamos edificando sobre arena. Y entonces nuestra casa está destinada a la ruina.

José Aldazábal

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           El sentido del texto presente lo captamos a partir de las lecturas de Esdras de los días anteriores. El Templo de Jerusalén ha de edificarse como centro espiritual, cultural, religioso, del pueblo. Eso es grato a Dios, y simboliza su "tienda entre nosotros". Con Dios entre nosotros, en su templo, cambia el horizonte de nuestra existencia.

           El profeta Ageo aparece y desaparece en la historia por el año 520 a.C, cuando el Templo de Jerusalén estaba todavía en ruinas, y las gentes se disponían  a reconstruirlo en medio de notable oposición.

           Este profeta estaba muy impregnado por el aroma espiritual de la más tradicional visión de Jerusalén,  muy dispuesto a avivar la necesidad de restaurar el templo, y muy interesado en reimplantar el más riguroso culto en él. La gloria y popularidad de Dios tenían que llenar de felicidad a su pueblo.

           En su defensa del templo puede olvidarse de otras consideraciones. No importa. Para él la salvación de Israel  se simboliza en la vuelta del Señor a su templo.

           Entendamos al profeta. El Dios de Israel está en medio de su pueblo por la fe, pero es muy conveniente que haya un signo externo (el templo) que sea como morada o tienda en la que a todos nos acoge y espera.

           Volviendo a nuestra época, a nosotros no sólo nos toca preocuparnos de que el lugar de culto sea digno, sino que nos hemos de preocupar de ser nosotros mismos una digna morada del Señor, ya que él habita en nosotros como en un templo. Cuando uno mismo busca sólo sus propios intereses, está provocando la pobreza y miseria de los demás.

           Si en verdad dejamos que el Señor tome posesión de nuestra vida, él se convertirá en luz que ilumine, desde nosotros, el caminar de quienes nos rodean. Tratemos, por eso, de darle cabida a Dios en nosotros, pues él mismo, nos envió a su propio Hijo para que nuestras viejas ruinas de maldad y de muerte desaparecieran y surgiera una humanidad nueva, capaz de vivir y caminar en el amor.

           Ojalá y no nos aferremos a todo aquello que en lugar de renovarnos nos destruye y nos hace vivir encerrados en nuestro egoísmo, incapaces de contemplar a nuestro prójimo en su dolor para tenderle la mano y generar, así, una vida más justa y más digna. Que la Iglesia sea signo de unidad, de paz y de amor fraterno. Esa es nuestra misión; vivámosla con gran responsabilidad.

Dominicos de Madrid

b) Lc 9, 7-9

           El desconcierto de Herodes II de Judea de hoy se debe a las noticias que llegan a sus oídos sobre «todo lo que estaba pasando» (v.7a). Estas, aunque contradictorias, se refieren todas a la persona de Jesús, "y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que un profeta de los antiguos había vuelto a la vida" (vv.7b-8). Estas 3 opiniones reflejan el sentir global de la multitud sobre Jesús.

           El hecho, sin embargo, de que la escena del tetrarca Herodes II venga adosada a la misión de los 12 apóstoles nos autoriza a sacar algunas conclusiones.

           En 1º lugar, en su forma de evangelizar, los discípulos han sembrado el desconcierto (el participio presente sustantivado, "las cosas que estaban pasando", hace referencia inmediata a los acontecimientos de la misión).

           En 2º lugar, según se desprende de las diversas opiniones que se han ido formulando, han insistido en rasgos que eran característicos de Juan o de Elías, tales como el juicio escatológico inminente, la venganza a sangre y fuego (pues de otra manera, la gente no se habría confundido).

           Y en 3º lugar, lo máximo a que han llegado es a presentarlo como uno de los profetas antiguos, lo que equivale a decir que no se han movido del ámbito del AT.

           Ante tal variedad de opiniones, Herodes II no se resigna a aceptar la creencia de que "aquel Juan a quien yo le corté la cabeza, ése ha resucitado" (Mc 6,16; Mt 14,2). Sino que (según Lucas), lo niega rotundamente: "A Juan le corté yo la cabeza" (v.9a), y se pregunta por la identidad de Jesús: "¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?" (v.9b).

           Es la última vez que se formula esta pregunta. La respuesta se dará al término de la presente estructura. Herodes II de Judea, el tetrarca de Galilea (Lc 3, 1) y del mismo modo que la parentela de Jesús (Lc 8, 20), "tenía ganas de verlo" (9,9c: cf. 23,8), porque lo "quería matar" (Lc 13, 31).

Josep Rius

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           Ante el comportamiento liberador de Jesús, Herodes II de Judea (Herodes Antipas, hijo de Herodes I el Grande y padre de Herodes III Agripa) se desconcierta y la gente tiene conciencia de que algo grande ha sucedido: Dios ha intervenido en la historia humana.

           Para unos, Juan, el profeta, injustamente asesinado, había vuelto a la vida, quedando patente la sinrazón e injusticia de su asesinato. Para otros, Elías, el profeta que habría de venir, según la tradición judía, antes del día de la manifestación definitiva de Dios, ya estaba presente entre ellos; otros pensaban que estaban ante un profeta antiguo que había vuelto a la vida.

           Todos se preguntan por Jesús, mirando al pasado, por Jesús. Y hasta Herodes tiene ganas de verlo. Pero Jesús no pertenece al pasado, sino que adelanta el futuro. Él es el que tenía que venir, además de:

-el que bautiza no con agua, sino con el fuego del Espíritu-Amor (Lc 3, 16);
-el hijo amado de Dios, sobre el que desciende en el bautismo el Espíritu, como paloma que se refugia en su nido (Lc 3, 21-22);
-el que, lleno de Espíritu santo, es tentado por el diablo en el desierto, como lo fue en su día el pueblo en el éxodo hacia la tierra prometida, pero superando las tres tentaciones que asaltan a cada mortal por el desierto de la vida (Lc 4, 1-3);
-el que anuncia una amnistía de perdón universal para todos sin excepción y, a cambio, recibe amenazas de muerte por parte de sus paisanos en Nazaret (Lc 4, 14-29);
-el que habla con autoridad, y no como los escribas, dando órdenes a los espíritus inmundos que salen (Lc 4, 31-40); el que invita a Pedro y a los suyos a pescar obteniendo resultados sorprendentes (Lc 5, 1-11);
-el que cura al leproso y no queda impuro; el que hace levantarse del lecho al paralítico (Lc 2, 1-12), imagen de la humanidad postrada por el pecado; el que llama a Leví, escandalizando a la clase farisea (Lc 5, 27-32);
-el que se autoproclama el esposo e invita a sus seguidores a entender la vida como una fiesta de bodas, de amor fecundo alegría (Lc 5, 33); el vino nuevo que requiere odres nuevos (Lc 5, 36-40);
-el señor del sábado que pone en el centro de atención de su vida el bien del hombre por encima de la observancia del precepto de descanso (Lc 6, 6-11);
-el que proclama un orden nuevo basado en la pobreza o austeridad solidaria para poder ejercer con libertad el amor sin límites, el perdón, la generosidad (Lc 6, 20-46) e invitar a todos a construir la casa sobre roca.

           No es de extrañar, ante tanta novedad y capacidad de subversión, que todos, hasta Herodes II, se pregunten quién es ése que rompe los moldes del pasado y coloca a sus seguidores en la puerta del futuro, que no es otra sino la del amor sin medida.

Juan Mateos

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           Mientras los doce siguen sus correrías misioneras por la región de Galilea, el evangelista nos dice que Herodes II de Judea, el que recibió de los romanos el gobierno sobre la región de Galilea cuando su padre (Herodes I el Grande) murió en el 4 a.C, se alarmó por las noticias que contaban sobre los acontecimientos sorprendentes realizados por Jesús que tenían lugar en Cafarnaum y sus alrededores.

           Herodes se quedó perplejo porque unos decían que Juan Bautista, a quien había mandado decapitar porque denunció las relaciones fraudulentas que él tenía con Herodías, la mujer de su hermano Filipo, había resucitado de entre los muertos, aunque otros informes decían que Jesús no era Juan Bautista sino que era Elías, el profeta que anunciaba el comienzo de los últimos tiempos, después del cual vendría el Mesías y el reinado de Israel sobre las naciones. Para otros, era simplemente un profeta como los grandes profetas antiguos.

           Herodes, también desconcertado por todas esas noticias, y lleno de temores supersticiosos, se decía: ¿quién es entonces éste, del cual me cuentan cosas tan raras? Y tenía ganas de verlo.

           Los temores de Herodes II no lo llevaron a arrepentirse de sus muchos pecados, sobre todo, de haber mandado encarcelar y matar a Juan Bautista. Por el contrario, seguía preocupado por su seguridad y su poder. Herodes II Antipas es el prototipo de muchos tiranos sanguinarios cuya conciencia está muerta y no dejan de aniquilar y pisotear la vida hasta que un poder más fuerte los detenga.

           Muchos Juan Bautista han sido asesinados por los Herodes Antipas que han tiranizado a muchos países de nuestro mundo, pero su sangre derramada hará florecer en el mañana un mundo nuevo donde reine la justicia, el amor y la libertad.

Fernando Camacho

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           Curiosamente, la pregunta de hoy de Herodes II de Judea se inscribe entre el relato de la misión de los Doce y el de la multiplicación de los panes: "¿Quién es éste, de quien oigo tales cosas?". Herodes se hace esa pregunta, pues ¡han nacido tantos movimiento sediciosos en esa Galilea que le ha tocado gobernar!

           Sin embargo, la pregunta de Herodes II tiene otra profundidad, y coincide con la de todos los que se sienten interpelados por la persona de Jesús y por el testimonio de los discípulos. ¿Quién es ese hombre que envía emisarios y que conmociona los espíritus?

           Se hablaba de él, se contaban mil cosas sobre él, se ponían en sus labios palabras que sin duda eran inverosímiles, se le atribuían hechos que eran exagerados por el entusiasmo popular y el fervor de las pasiones... A Herodes le picaba la curiosidad. Y aquel poderoso, que debía el trono al favor de los ocupantes, quería ver a aquel individuo un tanto exótico en una Galilea demasiado provinciana.

           La sabiduría popular dice que hay curiosidades malsanas, sobre todo cuando permiten abusar de un poder que ellas mismas han atribuido injustamente. Cuando alimentan el escándalo que ellas mismas explotan. Cuando se detienen en lo accesorio, erigiéndolo en lo esencial.

           Herodes quería ver a Jesús para exhibirlo en su corte como se exhibe un bufón (¡ah, si pudiera ver un milagro suyo!; Lc 23, 9). Sin embargo, la curiosidad es también, quizás, un 1º paso para el encuentro y para la fe. El asombro, la sorpresa, la provocación son el pórtico que nos introduce en el descubrimiento de los laberintos de la casa y que nos inicia en el misterio de una morada.

           Curiosidad es sinónimo de descubrimiento; es tensión hacia un objeto entrevisto, deseado. ¡Ay del amor si no es curioso! el fuego que no se aviva, está ya muerto. ¿Sentís curiosidad por Jesús? De la fe se ha dicho que es fuerte si es certeza y seguridad. Se la ha reducido a confesar unas definiciones sin alma y a reconocerse en unos dogmas fríos y secos.

           La fe es curiosidad, es decir, asombro que compromete a arriesgarse en la aventura, en un encuentro entrevisto y, en consecuencia, deseado. La fe es curiosidad, de forma que la duda le es indispensable. La incertidumbre y la incomprensión no son la cara contradictoria de la fe, el otro aspecto que se opondría a ella como se opone el negro al blanco. La incertidumbre y la incomprensión pertenecen al terreno de la fe como el hueco que espera ser llenado, como la espera que aguarda el encuentro, como el hambre que se alimenta con lo que pueda satisfacerla.

Emiliana Lohr

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           Herodes II de Judea se entera hoy de lo que pasaba acerca de Jesús. La fama de Jesús crece y se extiende. Los fenómenos de opinión pública han adquirido hoy mucha importancia con la radio, la televisión, la prensa. Esto es un hecho. ¿Les presto atención?

           Y Herodes II, ante el barullo de voces que circulaban acerca de Jesús, "estaba perplejo". Ante todas las informaciones que llegan a nosotros, también nos encontramos a menudo perplejos. La opinión pública aporta lo mejor y lo peor, como un río que trae a la vez el agua vivificante y los venenos de la polución. Para todo lo referente a la vida de la Iglesia, en particular, las informaciones sólo pueden darnos lo exterior de las circunstancias; por lo tanto, cada vez más, los cristianos deben habituarse a saber elegir y a interpretar con prudencia los acontecimientos.

           Herodes estaba perplejo, sobre todo ante la división de opiniones sobre Jesús. Porque unos decían que Jesús era "Juan Bautista, que ha resucitado de entre los muertos". Mientras oros decían que era "Elías, que ha aparecido de nuevo". E incluso había quienes decían que era "uno de los antiguos profetas, que ha vuelto a la vida".

           El pueblo es fácilmente crédulo, y acepta sin dificultad lo maravilloso. Además, entre los judíos de entonces, la espera del tiempo escatológico era intensamente vivida, de modo que interpretaban fácilmente los hechos como signos precursores del Mesías. Ese pueblo, sorprendente en tantos aspectos, no podía prescindir de los profetas, esos hombres "que hablan en nombre de Dios".

           Y como no había profetas desde hacía mucho tiempo, el pueblo judío esperaba con avidez que Dios rompiera su mutismo y se pudiera oír su potente voz de la boca de algún hombre inspirado. De ahí el clamor de: ¡Que se levante un nuevo Moisés, un nuevo Elías! Esto nos muestra, al menos que para sus contemporáneos, que Jesús apareció ante los ojos de la gente como un profeta.

           La Iglesia primitiva conoció ese "don de profecía" (Mt 7,22; 10,41; Hch 11,27-28; 13,1; 15,32; 21,9; 1Cor, 12,29; 14,1), y San Pablo llegará incluso a recomendar a sus fieles "que aspiren al don de profecía" (1Cor, 14, 39). La Iglesia, en efecto, prolonga la actividad profética de Jesús en cuanto que, como él, habla verdaderamente en nombre de Dios e interpreta los "signos de los tiempos".

           No obstante, Herodes II reflexionaba: "A Juan yo le hice decapitar, luego ¿quién es éste de quien oigo semejantes cosas?". Una de las maneras de hablar de Dios, es la "voz de nuestra conciencia". Herodes no tenía la conciencia tranquila: una voz del fondo de sí mismo le recordaba su pecado. Señor, ayuda a todos los hombres a escuchar su conciencia; es el verdadero camino de salvación para muchos paganos y descreídos.

           Hasta que, finalmente, Herodes "ardió en ganas de ver a Jesús". Un sincero remordimiento, o un instinto natural de seguir la propia conciencia (aunque ésta esté torcida), puede conducir a Jesús. Un día la ocasión se presentará (Lc 23, 7), y Herodes verá a Jesús: será durante la Pasión, cuando Pilato le envía a Jesús en posición de condenado. Pero Herodes no lo reconocerá, dejará pasar la ocasión que se le ofrecía. ¿Cuántas veces faltamos al encuentro con Dios?

Noel Quesson

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           La fama de Jesús se extiende y llega a oídos de Herodes II de Judea, tetrarca de Galilea y Perea, el asesino de Juan el Bautista. Herodes II (Antipas) era hijo de Herodes I (el Grande), el de los inocentes de Belén. Su actitud parece muy superficial, de mera curiosidad. Está perplejo, porque ha oído que algunos consideran que Jesús es Juan resucitado, al que él había mandado decapitar.

           Este Herodes II es el que más tarde dice Lucas que amenaza con deshacerse de Jesús y recibe de éste una dura respuesta: "Id y decid a ese zorro" (Lc l 3, 31-32). En la pasión, Jesús, que había contestado a Pilato, no quiso, por el contrario, decir ni una palabra en presencia de Herodes II, que seguía deseando verle, por las cosas que oía de él "y esperaba presenciar alguna señal o milagro" (Lc 23, 8-12).

           Ante Jesús siempre ha habido reacciones diversas, más o menos superficiales.

           Unos creían que era Elías, porque éste ya había anunciado que volvería, y porque Jesús mismo había afirmado que "Elías ya ha venido" (en referencia al anuncio de Mal 3,23). Otros creían que había resucitado Juan o alguno de los antiguos profetas. Por parte de Herodes II, el interés se debe a su deseo por presenciar algo espectacular. Otros reaccionaron totalmente en contra, con decidida voluntad de eliminarlo.

           En el mundo de hoy, por parte de algunos, también hay curiosidad y poco más. Si lo vieran por la calle, le pedirían un autógrafo, pero no se interesarían por su mensaje. Otros buscan lo maravilloso y milagrero, cosa que no gustaba nada a Jesús (pues "esta generación malvada pide señales"). Para otros, Jesús ni existe. Otros le consideran un superstar, y otros se oponen radicalmente a su mensaje, como pasó entonces y ha seguido sucediendo durante 2.000 años.

           Abunda la literatura sobre Jesús, que siempre ha sido una figura apasionante. Una literatura que en muchos casos es morbosa y comercial. Sólo los que se acercan a él con fe y sencillez de corazón logran entender poco a poco su identidad como enviado de Dios y su misión salvadora.

           Nosotros somos de éstos. Pero ¿ayudamos también a otros a enterarse de toda la riqueza de Jesús? Son muchas las personas que también en nuestra generación "desean ver a Jesús", aunque a veces no se den cuenta a quién están buscando en verdad. Nosotros deberíamos dar testimonio, con nuestra vida y nuestra palabra oportuna, de que Jesús es la respuesta plena de Dios a todas nuestras búsquedas.

José Aldazábal

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           El tetrarca Herodes II de Judea se enteró de todo lo que Jesús hacía y enseñaba, y estaba muy desconcertado. Herodes II (llamado Antipas) era hijo de Herodes I (llamado el Grande) y de la samaritana Maltace, y por ello era medio samaritano. Con toda probabilidad no corría ni una gota de sangre judía por sus venas, y para distinguirse todavía más de los judíos se había unido apasionadamente a su cuñada (Herodías), repudiando a su legítima esposa (la nabatea Phasaelis).

           Herodías vino a ser su genio maligno, como principal instigadora del asesinato de Juan el Bautista (Mt 14, 1-12). De ahí que Jesús, hablando de este marrullero tetrarca, lo llamara "ese zorro" (Lc 13, 31-32). Es evidente que Herodes II Antipas debía tener una cierta influencia sobre sus seguidores, porque Jesús habla de "la levadura de Herodes" (Mc 8, 15).

           Cuando empezó a extenderse la fama de Jesús, Herodes II, con la conciencia agitada, temía que Juan hubiese resucitado (Mt 14, 1-2). Estando Herodes en Jerusalén en los días de la crucifixión del Señor, Pilato le envió a Jesús. Herodes pensó que vería hacer algún milagro, y quedó frustrado. Aquel mismo día, Herodes y Pilato se reconciliaron, pues habían estado enemistados (Lc 23, 7-12, 15).

           Este es el perfil del político desconcertado, porque algo grande ha sucedido: Dios ha intervenido en la historia humana. Para unos, Juan el Profeta había sido injustamente asesinado, y por eso había vuelto a la vida (dejando patente la sinrazón e injusticia de su asesinato). Para otros, Elías, el profeta que habría de venir (según la tradición judía, antes del día de la manifestación definitiva de Dios), ya estaba presente entre ellos. Otros pensaban que estaban ante un profeta antiguo que había vuelto a la vida.

           Y todo esto porque algunos decían: "Es Juan, que ha resucitado". Otros decían: "Es Elías, que se ha aparecido". Y otros decían: "Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado". Pero Herodes decía: "A Juan lo hice decapitar, luego, ¿quién es éste del que oigo decir semejantes cosas?". Y trataba de verlo.

           Herodes II de Judea, como representante del poder, es soberbio, altivo y exigente, y quiere que todos se postren ante él y cedan a sus caprichos, incluido el profeta de Israel (aquel que aún no sabía quien era, pero que por eso mismo había excitado en el una gran curiosidad de verlo actuar, aun quizás poder presenciar algún milagro).

           Como cristianos, siempre estaremos expuestos a ciertos Herodes por ser profetas, pero proyectaremos la Palabra de Dios, que es profética, porque impulsa el bien, a la justicia y al amor.

           Todo cristiano seguidor de Cristo debe asumir como profeta y hablar en nombre de Jesús, transmitir su mensaje, que por ser de justicia, amor, paz, libertad, se oponen al poder de los Herodes de hoy, de los poderes de hoy, de las ambiciones, por ello, nos criticarán, nos juzgarán, nos condenarán, y dirán muchas cosas de nosotros, y se preguntaran como Herodes, "¿quién es éste del que oigo decir semejantes cosas?".

Bruno Maggioni

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           Hoy vemos cómo Jesús, mediante la predicación y los milagros que obran tanto él como sus discípulos, se había hecho famoso. Sus contemporáneos le conocen y comentan entre sí las impresiones que les producía su persona. Herodes II de Judea, el asesino de Juan el Bautista, también opina sobre Jesús, pero no le mueve la búsqueda de la verdad o la satisfacción de su curiosidad, sino el temor a que pudiesen salir a la luz pública las maldades que había obrado en el pasado.

           Nuestra sociedad, en distintos foros y medios audiovisuales, sigue opinando y hablando de Jesús desde perspectivas muy diversas. También hoy oímos decir en relación a Jesús todo tipo de dimes y diretes: "Que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, que Elías se había aparecido; y otros, que uno de los antiguos profetas había resucitado" (Lc 9, 7-8). Y Jesús (aunque ya lo sabe todo) "quiere saber" quién dice la gente que es él (Mt 16, 13), pero junto a esas opiniones nosotros debemos preguntar a Jesús mismo quién es él.

           Cuando contemplamos tantos ídolos y líderes mediáticos ensalzados a una fama pasajera e inconsistente, queremos hoy, Jesús, renovar con firmeza nuestra fe en tus palabras de vida eterna que nos recuerdan que tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo, el Salvador del mundo.

           Tengamos el sentido común y el sentido sobrenatural de Simón Pedro, quien en medio de la espantada general que siguió al discurso eucarístico (Jn 6), exclamó: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68-69). Si Herodes "buscaba verle" (Lc 9, 9), ¿cuánto más nosotros? Como decía hace ya tiempo Juan Pablo II:

"Buscad a Jesús esforzándoos en conseguir una fe personal profunda que informe y oriente toda vuestra vida. Él debe ser vuestro amigo y vuestro apoyo en el camino de la vida. Sólo él tiene palabras de vida eterna".

José Luis Llaquet

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           Jesús, Herodes Antipas desea verte. Pero ¿para qué? También escuchaba de buen gusto (Mc 6, 20) a Juan el Bautista, pero de nada le sirvieron sus enseñanzas y acabó por decapitarlo. El problema de Herodes es que no estaba dispuesto a cambiar de vida, a tomarse en serio tus enseñanzas. Por eso le llamas zorro (Lc 13, 32), y cuando te llevan ante él, antes de la crucifixión, respondes con el silencio a sus preguntas y torcidos intereses (Lc 23, 9).

           Jesús, también hoy hay muchos como Herodes, tal vez a mi alrededor, que por más que escuchen tu doctrina no están dispuestos a cambiar de vida para ponerla en práctica.

           Tal vez yo también tengo un poco de Herodes, porque soy calculador, y sólo te dejo que intervengas en parte de mi vida, de mis planes o de mi tiempo. Por eso, no me puedo extrañar que luego, cuando te necesito, me encuentre con tu silencio, o mejor, con mi sordera, que no me deja oír tus silbidos de buen pastor.

           Jesús, yo deseo verte, visitarte, hablar contigo y escucharte. Por eso, precisamente, trato de hacer este rato de oración cada día y recibirte siempre que puedo en la comunión. Pero ¿estoy dispuesto a convertirme: a cambiar lo que no va en mi vida interior, en mi estado o trabajo profesional, en mi actitud de servicio, en mi sinceridad en la dirección espiritual, en mi espíritu de mortificación, en mi lucha por vivir la pureza, en mi humildad? Porque como decía Juan Pablo II:

"El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo ven así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a él" (Dives in Misericordia, 13).

           A este respecto, también decía San José Mª Escrivá:

"Dichosas aquellas almas bienaventuradas que, cuando oyen hablar de Jesús (porque él nos habla constantemente), le reconocen al punto como el camino, la verdad y la vida. Bien te consta que, cuando no participamos de esa dicha, es porque nos ha faltado la determinación de seguirle" (Surco, 678).

           Jesús, el 1º paso para enamorarme de ti es desear conocerte. Si no te conozco, si no me meto en el evangelio para encontrarme contigo como te encontraron Pedro y Juan, Lázaro y María, ¿cómo te voy a amar? Pero este deseo, solo, no es suficiente. También Herodes "deseaba verte".

           El 2º paso es reconocerte como el camino, la verdad y la vida. Pues mucha gente, hoy como ayer, oye hablar de ti, Jesús. Pero incluso entre aquellos que te seguían más de cerca, no todos acabaron por reconocerte como el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús, aumenta mi fe en ti para que nunca dude de tu divinidad y tampoco de tu humanidad.

           Sin embargo, el paso decisivo que me conduce al verdadero amor a ti, Jesús, es el amarte con obras, la "determinación de seguirte", de cambiar de vida si hace falta, de mejorar con esfuerzo y sacrificio, porque tú has muerto por mí y mereces que yo luche por ser santo, por corresponder a tu amor. No puedo esperar a amarte más para entregarme más, puesto que sólo cuando me entregue de verdad, crecerá un auténtico amor a ti; un amor que vale más que todos los esfuerzos y sacrificios.

Pablo Cardona

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           El texto de hoy de Lucas, sobre los cuestionamientos de Herodes II de Judea acerca de Jesús, nos pone en el ambiente de su predicación y actuación profética. Los rumores que sobre él se van extendiendo, que volvemos a encontrar con motivo de la confesión de Pedro (¿"quién dice la gente que soy yo?") nos hablan de la gran resonancia y las expectativas que el carpintero de Galilea suscitó con su extraño género de vida y su profetismo radical.

           Compararle con Elías supone verle introduciendo el final de los tiempos. Parangonarle con el Bautista es subrayar la radicalidad de su mensaje y la libertad de pronunciarlo ante los poderosos. Pero, como nos mostrará el mismo Lucas en la historia de la pasión, Herodes es simplemente un frívolo que sólo busca espectáculo; y Jesús no está dispuesto a transigir, no le dirige ni una palabra. Sólo la tiene para quien está dispuesto a dejarse interpelar, a cambiar el corazón, a entrar en una época nueva, en un "fin del mundo".

           El evangelista Lucas, ciertamente interesado por la historia, no quiere hacer de Jesús un objeto de curiosidad histórica para su comunidad, sino el Mesías permanentemente presente en ella, orientador y vitalizador de los suyos.

Severiano Blanco

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           Herodes II de Judea no sabía a que atenerse ante las cosas que oía que hacia Jesús y quería verle. Nosotros también podríamos no saber a qué atenernos ante todas las cosas que están pasando en estos momentos en nuestro país. Violaciones de niñas en frente de su madre, muertes de periodistas porque denuncian la delincuencia, funcionarios corruptos que acaban con el patrimonio del pueblo.

           Sin embargo, ante tantas injusticias nosotros también podemos desear lo de Herodes, ver a Jesús. Debemos buscar ver a Jesús en todas las cosas que están sucediendo, debemos buscar ver que nos está diciendo y cómo quiere que actuemos.

           Todas estas cosas que suceden son producto de un deterioro de nuestra sociedad, de múltiples crisis que se manifiestan en todas estas formas de violencia. Nuestra actitud ante ellas no puede ser de portadores de desesperanzas, sino todo lo contrario. Ver a Jesús en cada una de ellas significará decirle al mundo, no sólo que Dios existe en nuestras vidas, sino que actúa en ellas.

           Pidamos al Señor que por medio de su espíritu santo nos permita verle ante todas las situaciones que ocurren y podamos ser canalizadores de la esperanza que lleva a la vida eterna.

Miosotis Nolasco

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           Herodes II de Judea se había enterado de que en torno a Jesús había un movimiento de gente que le seguía; que ese tal Jesús hacia milagros y prodigios, que en el asombro, incluso se pensaba si habría vuelto Elías. Y todo ello despertó recelos y una inquietud curiosa que no dejaba tranquilo el corazón de Herodes.

           Pero ¿por qué quería ver a Jesús? No ciertamente para seguirlo, más bien temeroso de que alguien le quitara en poder. ¿No había mandado matar a los niños cuando se enteró de que había nacido "el rey de los judíos"? El miedo es mal consejero y peor compañero aunque aparente los modales más finos y corteses. La pureza de corazón y la rectitud de intención deben ser valores a potenciar por cada uno de nosotros para que así la paz sea nuestra dicha.

           Señor Jesús, libra nuestro corazón de todo mal deseo, purifica nuestra inteligencia de todo pensamiento malo, fortalece nuestra voluntad para amarte a ti sobre todas las cosas y servir a los hombres en sus necesidades para que así el mundo sea un hogar de paz para todos.

           Pero el pasaje evangélico no se queda ahí, pues ¿cuál es la imagen que yo tengo de Jesús? En la Escritura nos encontramos con diferentes respuestas a esta interrogante. Y es muy importante el llegar a una definición personal sobre quién es y qué representa Jesús en mi vida.

           La respuesta de esta cuestión es la que define nuestro compromiso y adhesión a la fe. El evangelio nos dice que Herodes estaba desconcertado y se preguntaba quien era aquel hombre. Te invito a que con toda honestidad te preguntes, ¿quién es y qué representa Jesús en tu vida?

Ernesto Caro

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           Parece obvio que a un rey como Herodes II de Judea, arteramente dispuesto a mantener su puesto dentro del dominio romano, le habrían de afectar los acontecimiento de la predicación y del movimiento religioso-social en torno a Jesús, y que las dudas hicieran presa en él.  La popularidad de Jesús era enorme, y su gloria también; y la imagen de su Dios resultaba fascinante. ¿Cómo asumirlo todo?

           Jesús estuvo siempre preocupado por anunciar la llegada del Reino y por encarecer la vida según el espíritu. Eso se debe a que él daba más importancia a la interioridad del hombre (donde Dios mora, por la fe) y a la gracia (que nos hace hijos de Dios) que al culto externo en Jerusalén o en el templo o en la montaña.

           Y en ese contexto de renovación espiritual que conmovía al pueblo más sensible y abierto a la fe, no es extraño que Herodes, admirado de cuanto se decía, y cauteloso de que con sus denuncias pudieran ser afectados sus intereses políticos, se interrogara: ¿vendrá otro Juan a complicarnos la vida y a denunciar nuestras infidelidades?

           Volviendo a nuestra época actual, ¿buscamos nosotros a Jesús, y queremos verlo para comprometernos con él? ¿O sólo le buscamos por curiosidad? Sobre su identidad podemos dar una y mil respuestas y verter miles de conceptos conforme a lo que de él hemos oído o leído.

           Muchos hablan bien o mal de Jesús. Sin embargo esto no es lo más importante, sino la actitud que nos lleva a él. Todos sus beneficios, su amor por nosotros deben cuestionarnos acerca de si en verdad creemos en él y le seguimos como discípulos, o simple y sencillamente queremos sentirnos a gusto por haber realizado en su presencia algunos actos de piedad y sentir que hemos recibido su consuelo, pero no se ha hecho huésped de nuestra vida.

           Herodes, antes de la pasión, finalmente se encontrará con Jesús y lo tomará como un loco y se burlará de él. Ojalá y no busquemos al Señor para hacer de él sólo un juguete en nuestra vida. Busquémoslo para encontrarnos con Aquel que le ha de dar un nuevo rumbo a nuestra historia, si es que en verdad somos capaces de escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

Dominicos de Madrid

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           Con frecuencia, en el momento actual, la posesión de fenómenos extraordinarios y de revelaciones se convierte en objetivo fundamental de la existencia, asediada por inseguridades y miedos que brotan ante la incertidumbre de un futuro amenazante.

           Ellas son, en la conciencia de muchos hombres, el termómetro que mide el mayor o menor acercamiento de lo divino en su ámbito personal.

           La cercanía a Jesús se liga así en la mente de muchos a la existencia de estas revelaciones y señales que coloca a sus depositarios en una posición privilegiada. También el poder del rey quiere colocar los intereses de Dios al servicio de los propios intereses.

           El evangelio de hoy, por el contrario, muestra los engaños en que nos puede colocar esa actitud. En él la curiosidad del ver puede asumir características malsanas y, como lo revela su presencia en Herodes (v.9), puede reflejar una lejanía del Maestro, una distancia infranqueable que puede coexistir con una actitud homicida frente a él.

           La lectura de hoy nos instruye sobre la distancia infranqueable entre la curiosidad malsana de ver "cosas raras" y la auténtica presencia de la fe. Esta sólo puede tener lugar cuando somos capaces de colocarnos, simultáneamente, en continuidad con la aceptación del mensaje de los profetas del pasado y en su superación en cada nueva intervención divina.

           Dicha actitud es maduración de una historia de salvación atestiguada por hechos salvíficos del pasado que son revividos de forma nueva por la presencia de Jesús en nuestra vida de todos los días.

Confederación Internacional Claretiana

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           A nosotros nos ocurre muchas veces igual que Herodes II de Judea. Nos vienen todos los días con noticias sobre la persona de Jesús. Algunos lo exaltan tanto que tememos perderlo de vista en las órbitas siderales. Otros, lo presentan como un personaje pintoresco, uno de tantos que han existido en la historia de la humanidad.

           En su época, Jesús causó la misma impresión. Algunos lo asimilaban a la figura de su predecesor Juan. Incluso varios de los seguidores de Juan fueron más tarde sus discípulos. Muchos de entre el pueblo lo veían como un nuevo Elías, profeta del final de los tiempos que vendría a dar el dictamen decisivo de Dios sobre Israel. Otros en cambio lo asimilaban a la fuerte tradición profética. Lo veían como un profeta más en la línea de los grandes y antiguos orientadores del pueblo elegido.

           Estando así de divididas las nociones acerca de Jesús, de estas preocupaciones no escapaban ni los grandes gobernantes. A todos les inquietaba este hombre que andaba por todos los caminos haciendo prodigios y anunciando una buena noticia a los pobres.

           Nosotros hoy continuamos ansiosos por descubrir la identidad de este hombre. Pues, como cristianos aún desconocemos mucho de la vida y obra de quien consideramos el fundamento de nuestra Iglesia. Esta gran ignorancia respecto a él nos mueve a acercarnos a su figura con gran sencillez y confianza.

           La sencillez se funda en la imposibilidad de agotar con nuestra mirada toda la profundidad de su misterio. Porque aunque es un ser humano como nosotros, su hondura existencial nos sobrepasa. Con confianza, puesto que nos sentimos como comunidad llamados por él para emprender la transformación de este mundo por medio de la misericordia y el amor fraterno.

Servicio Bíblico Latinoamericano