15 de Octubre

Viernes XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 15 octubre 2021

a) Rm 4, 1-8

           En el pasaje de hoy, Pablo toma ejemplo de la vida de Abraham, el padre del pueblo judío: "¿Qué diremos de nuestro antepasado Abraham? Si nuestro padre en la fe, obtuvo la justicia en razón de sus obras, tiene de qué gloriarse, pero no delante de Dios".

           Pues bien, tampoco Abraham, dice Pablo, fue justificado "por sus buenas obras", sino "por la fe". Lo cual destruye toda perfección voluntarista, y debería convencer a todos aquellos que continúan pensando la salvación con una concepción demasiado judaica.

           Establece así Pablo la unidad teológica de las 2 alianzas. Ya en la Antigua Alianza era la fe la que salvaba. El tema del orgullo es un tema dominante en el pensamiento de Pablo: el pecado es ante todo esta pretensión, este orgullo del hombre de hacerse valer ante Dios, ya sea por la justicia de las obras (entre los judíos) ya sea por la apariencia (entre los griegos). Entonces el hombre se olvida de que "todo lo que él es, lo debe a la gracia de Dios".

           Creer es, pues, reconocer eso, y recibirlo todo de Dios: "Creyó Abraham en Dios, y le fue reputado como justicia". Aumenta en nosotros la fe, Señor.

           La salvación, pues, no es algo merecido, como lo es un salario. Y no hay que exigir a Dios unos derechos adquiridos. Lo explica el propio Pablo: "Al que trabaja no se le cuenta el salario como favor, sino como retribución justa. En cambio al que, sin trabajar, cree en aquel que justifica al impío, su fe se le reputa como justicia".

           Es decir, que Dios es "aquel que justifica al impío", y "aquel que hace del impío un hombre justo". ¡Qué hermosa definición de Dios! Gracias, Señor, de haberte revelado a nosotros bajo ese aspecto: Aquel que salva.

           Una definición de Dios que también vislumbró David, "al proclamar bienaventurado al hombre a quien Dios declara justo", independientemente de sus obras. Lo cual no significa que tenemos que permanecer pasivos en la fe. No, la fe moviliza al hombre entero y lo induce a la actividad del amor. Pero con la convicción profunda que todo es gracia, pues como dice Blondel, "cuando se ha hecho todo como no esperando nada de Dios, hay que esperarlo todo de Dios como si no se hubiese hecho nada por sí".

           En palabras de Pablo, "bienaventurado es el hombre absuelto de su culpa, y a quien han sido perdonados sus pecados". Como fue el caso de Abraham (pecador-salvado) y de todo hombre que recibe esta llamada, y puede saborear esta dicha.

           No obstante, esto no ha de llevar a complacerse en las propias culpas, sino de atreverse a pensar, con Pablo, que no son forzosamente un obstáculo absoluto, en la medida en que nos hacen experimentar mejor la necesidad de un Salvador.

           En este caso, pueden ser la fuente de una nueva dicha: "bienaventurado el hombre". Señor, ayúdame a convertir en bueno todo cuanto podría se en mí un mal. Que todo obstáculo, tanto en mí como en los demás, sea ocasión de apoyarnos más en ti. En este sentido no hay nada peor que creerse justo o que no tener ninguna dificultad: ¡bastarse uno a sí mismo!

Noel Quesson

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           Un ejemplo que gusta mucho a Pablo, y que constantemente repite en sus cartas, es el de Abraham. En el caso de hoy, para mostrar cómo fue la fe, y no las "obras de la ley", las decisivas a la hora de agradar Abraham a Dios.

           Cuando Dios eligió a Abraham y le dio la misión de ser cabeza de su pueblo, y ser bendición para todas las naciones de la tierra, Abraham era pagano. No podía presentar ante Dios "las obras" que realizaba, perteneciendo a un pueblo idólatra. Pero aceptó el plan que se le proponía. Eso es lo que le hizo agradable a Dios, su fe: "Creyó a Dios y le fue computado como justicia".

           Pero esto no fue la consecuencia de los méritos de Abraham, ni siquiera de los previos. Pues su elección había sido totalmente gratuita por parte del Dios, que le eligió misteriosamente a él.

           Se trata de una lección que Pablo recuerda de modo especial a los judíos de Roma, propensos a sentir un santo orgullo por su pertenencia a la raza de Abraham. Para Pablo, tanto puede ser heredero de Abraham, y por tanto agradar a Dios, un judío convertido como un pagano que acepta la fe. Ambos pueden sentirse dichosos "porque Dios no les cuenta sus pecados", y eso gratuitamente.

           ¿Tenemos como un prurito de llevar contabilidad de las cosas que hacemos en honor de Dios, casi dispuestos (delicadamente) a presentar la factura y recibir el premio debido? Algo parecido preguntó Pedro a Jesús: "Nosotros lo hemos dejado todo por ti. ¿Qué nos tocará?". Nos va bien recordar que también con nosotros Dios ha tenido que usar misericordia.

           De nuevo el salmo responsorial de hoy, citado por Pablo en su carta, nos hace reconocer que también a nosotros nos perdona Dios: "Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Alegraos, justos y gozad con el Señor, aclamadlo, los de corazón sincero".

José Aldazábal

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           La salvación es un don gratuito de Dios. Aquel que la recibe creyéndole a Dios y confiando en él para seguir su planes de salvación, es justificado, no por las obras personales, no por el cumplimiento de la ley, sino por pura gracia de Dios al igual que Abraham fue hecho justo por Dios sólo por su fe en él antes de la circuncisión y antes de ley promulgada en el Sinaí.

           Esta perspectiva expresada por Pablo abre los ojos de toda la humanidad para que entienda que Dios quiere salvar a todos, sin excepción; y que, por tanto, hemos de procurar creer que Dios no se ha equivocado al darnos como único camino de salvación, que nos conduce a él, a Cristo Jesús.

           Cuando el apóstol Santiago nos dice que "una fe sin obras es una fe muerta", nos está expresando las consecuencias de la misma fe donde, ante la donación de Dios mismo al hombre y la apertura del hombre al don de Dios, se actúa en consecuencia al don recibido, pues la persona ha sido capacitada, hecha para realizar el bien, para amar, para perdonar o para trabajar por la paz.

           Que Dios nos haga sus hijos por aceptar la vocación que nos hace de unirnos en la fe a su único Hijo es un don de él; que nosotros actuemos conforme a la gracia recibida es una responsabilidad nuestra, donde, incluso no actuaremos solos, sino la gracia de Dios con nosotros.

Dominicos de Madrid

b) Lc 12, 1-7

           La hipocresía es el pecado típico del fariseo (Lc 11, 42-44). El discípulo de Jesús debe proceder sin disimulo, sin doblez ni mentira. Su conducta debe ser siempre franca, como quien obra a la luz del día, en plena plaza. Toda su acción y toda palabra suya será un día testimonio público.

           El discípulo es el amigo de Jesús, el que recibe sus confidencia, el hombre de la intimidad. Con ellos Jesús no tiene secretos (Jn 15, 14-15). Como amigo de Jesús compartirá con él hasta su misma suerte de persecución y de muerte (Jn 15,18-21; 16,1-4; 1Jn 3,13). El discípulo debe mantenerse entonces fiel al amigo, sin temor. Sólo se justifica el temor amoroso al Padre, que dispone de los destinos definitivos.

           Junto al discípulo, a su vera, fija su amorosa mirada sobre él, está siempre el Padre. La historia personal, íntima, y la historia comunitaria, está en sus manos. Aun cuando sus caminos resulten incomprensibles para la sabiduría humana (Is 55, 8-9).

Juan Mateos

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           Sorprende que Jesús comience la instrucción dirigida a los discípulos previniéndolos contra los postulados de la ideología farisaica: "Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía" (v.1).

           A Lucas le preocupa sobremanera este problema, porque su peligro era real en los discípulos judíos (primero) y en la Iglesia de Jerusalén (después). ¿Y no sigue siéndolo hoy todavía? Es difícil describirlo sin incurrir en una caricatura. La mejor descripción es la que ha hecho de él Jesús al denunciar a los fariseos: de la observancia de la ley han hecho el trampolín para alcanzar una situación de privilegio.

           Los fariseos se llamaban así mismos los puros del pueblo, pero en lugar de ponerse al servicio del pueblo, se servían de él para conservar su posición social. El aviso de Jesús todavía tiene vigencia, y más hoy día, en que todo se sabe y todo se divulga (vv.2-3). La única forma de no caer en él es renunciando a toda clase de privilegios dentro de la sociedad, civil o religiosa. En la comunidad cristiana únicamente puede haber servicios. Cuando uno pretende sacarles provecho, pierden toda su eficacia.

           Jesús tiene mucho aguante con los discípulos. Por eso aprovecha cualquier ocasión propicia para instruirlos y hacerlos reflexionar. Los valores a los que uno piensa haber renunciado se disfrazan bajo capa de observancia, pero continúan actuando como fermento contrario a la levadura del reino. Los más importantes son el dinero y el poder (la otra cara de la moneda): la eficacia justifica el 1º, y la estabilidad el 2º. De esta manera todo funciona, pero ¡a qué precio!

           Para que sean libres, Jesús insiste en que no deben tener miedo de nadie ni de nada (vv.4-7). Si tenemos miedo, ya estamos atrapados. Lo dice ahora, cuando todos saben que está materialmente cercado por sus adversarios. Pero no lo pueden atrapar por dentro. A quien tiene poder para destruiros por dentro, dice, es a quien "tenéis que temer" (v.5).

           Dichas personas, a las que hay que temer, no son los demonios ni los extraterrestres, sino personas de carne y hueso que personifican los valores mundanos, y que no paran hasta que atrapan a todo el mundo y logran convencerlo de que no hay otra alternativa posible a su modelo de sociedad. Por eso Jesús propone no un modelo social, sino otro superior: el de la creación (vv.6-7).

Josep Rius

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           Siempre ha habido fariseos en la vida, y los seguirá habiendo en tanto que nazcan hombres de la simiente pecadora de Adán. No precisa ser judío para pensar, obrar y hablar igual que los fariseos; hay muchos cristianos que son fariseos; como también, muchos más aún, los hay que se glorían de no ser ni judíos ni cristianos, y que son fariseos. Latente llevamos todos en nosotros a un fariseo, y sólo en los escogidos y a trueque de sufrimientos nacerá el publicano.

           Farisaica es la propia justicia, la satisfacción humana de elevarse por encima de la conciencia, de presumir de no necesitar al Redentor. Farisaico es el permanecer en tinieblas, la altanería de lo humano, la resistencia al testimonio, el hacer oídos sordos a la voz de los demás.

           Cristo da su testimonio y lo da de amor. Y es fariseo todo aquel que no cree en el amor que, aquí y ante nuestros ojos, sobre el altar del sacrificio, se dispone a sufrir, a morir, para escribir así con su propia sangre humana en nuestros corazones el testimonio divino de sí mismo.

           Es fariseo el que no cree en esta caridad, el que no bebe el cáliz del testimonio de Cristo, este cáliz que está junto a nuestros labios, igual que el beso del esposo en los de la esposa. Es fariseo el que no cree en el amor, el que no bebe el amor, el que no retorna amor por amor. Y no puede pasar al más allá con Cristo quien muere en su pecado.

           Repitámonos una vez más: ¿somos acaso nosotros los fariseos? No vayamos a pensar que para serlo se precisa una densa tiniebla de pecado, o una franca resistencia. No siempre el fariseísmo se presenta en lucha tan abierta, como podemos ver en el evangelio.

           "Guardaos del fermento de los fariseos, que es la hipocresía", advierte Jesús a sus discípulos. Guardémonos bien del judío que vive oculto en nosotros. Pensemos que no se consigue echarle con facilidad. Y acordémonos que este momento, la hora de la celebración del misterio, del testimonio de Jesús hecho presente, es hora de juicio y de sentencia.

Emiliana Lohr

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           Miles y miles del pueblo siguen a Jesús, que aprovecha esa enorme concurrencia para aleccionar públicamente a sus discípulos contra la hipocresía de los fariseos, a los que acaba de enrostrar en pleno almuerzo en casa de un fariseo.

           Pero aquí hay un sentido especial. Ya no se trata sólo de guardarse contra la doctrina de los fariseos y del daño que ellos les harán, sino de guardarse de no caer ellos mismos en la hipocresía, contaminados por la contagiosa levadura de los fariseos. Pues como decía San Pablo, "los judíos incurrieron con él en la misma hipocresía, tanto que hasta Bernabé se dejó arrastrar por la simulación de ellos" (Gal 2, 13).

           Es decir, pues, que no sólo hemos de predicar y confesar la verdad en plena luz, sino también saber que, aunque pretendiésemos usar de hipocresía, todo será descubierto finalmente (v.3). No hemos pues de temer el decir la verdad (v.4) y el confesar a Cristo con todas sus paradojas y humillaciones, pero sí temblar antes de deformar la doctrina por conveniencias mundanas, porque esa es la blasfemia contra el Santo Espíritu (que no será perdonada).

           En este sentido, es asombrosa la blandura de Jesús para las ofensas cometidas contra él mismo: "A cualquiera que hable mal contra el Hijo del hombre, le será perdonado, pero a quien blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado" (v.10).

           Y léase a este respecto lo que ya dijo Jesús un poco antes: "Nada hay oculto que no haya de manifestarse, ni ha sido escondido sino para que sea sacado a luz" (Mc 4, 22). Jesús insiste en que su predicación no tiene nada de secreto ni de esotérico. El grado de penetración de su luminosa doctrina depende del grado de atención que prestamos a sus palabras, en el cual promete a los que las oyen bien, una recompensa sobreabundante.

           "Contar todos los cabellos de nuestra cabeza" es un extremo de amoroso interés al que llegaría la más cariñosa madre. Pues bien, ése es el amor de Dios. ¿Dudaremos de estas palabras de Jesús porque son demasiado hermosas? ¿Qué dogma puede haber más digno de fe y más obligatorio que las propias palabras de Jesucristo?

Gaspar Mora

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           Escuchamos hoy cómo se reunieron alrededor de Jesús miles de personas, "hasta pisarse uno a otros". Un baño de multitud, como suele decirse hoy. El texto griego habla de miríadas, debido a la dificultad a la hora de cuantificar el número exacto número en este tipo de concentraciones. Lucas parece que habla de "decenas de millares" de personas.

           Jesús empezó a hablar, dirigiéndose en primer lugar a sus discípulos: "Guardaos de la levadura de los fariseos que es la hipocresía". ¡Qué valentía! Para atreverse a tomar posición también públicamente. No olvidemos que algunos fariseos eran ciertamente los notables de entonces, y a menudo eran hombres relevantes y sabios expertos en las cuestiones religiosas.

           Jesús no les reprocha sus cualidades, pero no soporta su orgullo ni su desprecio de los pequeños, de esa multitud de pobres que no saben bien su catecismo ni han acabado de comprender las teorías complicadas ni las numerosas y complejas obligaciones de los muy comprometidos (aquellos que se consideraban los dirigentes espirituales del pueblo).

           El gran peligro, pues, o la "mala levadura" de todos aquellos que pretenden dirigir y aconsejar a los demás, es la hipocresía: exigirles cosas, pedirles cosas difíciles, influir sobre ellos y darles lecciones. Realmente, es tentador querer aparecer como exteriormente irreprochable, sin cumplir interiormente la exigencia propuesta.

           De ahí que diga Jesús: "Guardaos de la palabrería excesiva y de la suficiencia orgullosa". Es decir, desconfía de ti mismo si te crees perfecto, o si para ti la verdad eres tú. Es decir, que "nada hay encubierto que no deba descubrirse, ni nada escondido que no deba saberse. Porque lo que dijisteis de noche se escuchará en pleno día, y lo que dijisteis al oído en un rincón de la casa, se pregonará desde las azoteas".

           Se trata de una clara invitación a la sinceridad, que es lo contrario a la hipocresía, o a esa diplomacia sigilosa y hábilmente secreta, que es contraria a la simplicidad del evangelio. Hoy se habla mucho de la "opinión publica". Aquí Jesús habla en favor de una Iglesia a "pleno día", de una casa de cristal donde todo pueda ser visto y oído. ¿No existe a veces la tendencia a instaurar capillitas, clubs cerrados o grupos subterráneos, en los que hay que tener carta blanca para ser admitido?

           Tras lo cual, lanza Jesús un alegato a la confianza, a la hora de enfrentarse a esos hipócritas sigilosos: "Escuchadme ahora vosotros, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más".

           Vivir a pleno día, someterse a la opinión pública no quiere decir "halagar la opinión corriente". Al contrario, Jesús tiene una visión clara, está pensando el caso cuando sus discípulos van contra-corriente, y se atreven a decir cosas que no agradan. Hablar francamente, sin tener en cuenta las opiniones demasiado humanas. Jesús también a menudo ha pensado en la persecución, y ha pedido que no se la temiera: "No temáis a los que matan el cuerpo".

           Dios se ocupa hasta de las más pequeñas de sus criaturas (los pajarillos), y se interesa por todo lo que no tiene la menor apariencia de grandeza. Todo lo lleva en su corazón, y mayormente a los hombres. Señor, yo creo que estoy ante tu mirada. Con este convencimiento, ¿cómo puedo tener miedo?

Noel Quesson

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           Ante la gente que se agolpa a su alrededor, Jesús les hace una serie de recomendaciones:

1º que tengan "cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía". Pues la levadura hace fermentar a toda la masa, y si ésta es buena (como el pan y la repostería) entonces todo quedará beneficiado, pero si es mala, todo quedará corrompido;

2º que sepan que la verdad siempre acabará por saberse, pues "lo que digáis al oído en el sótano, se pregonará desde la azotea". Al menos, Dios siempre la conoce;

3º que no tengan miedo de dar testimonio de Cristo ante el mundo, pues lo peor que les puede pasar no es la muerte corporal exterior (porque en ese caso el premio de Dios será grande), sino la muerte espiritual interior (porque entonces sí que la ruina será definitiva).

           El motivo de tener confianza, y no dejarse dominar por el miedo, es que Dios se preocupa de cada uno de nosotros, mucho más que de los pajarillas y hasta de los cabellos de nuestra cabeza: "Ni de uno solo se olvida Dios". Tenemos que ir madurando en nuestra fe y creciendo en nuestra imitación de Cristo.

           A medida que vamos leyendo, día tras día, la palabra de Dios, nos damos cuenta de lo mucho que hay que transformar todavía en nuestra vida. Porque podría ser que en nuestro caso también pudiera existir esa "levadura de la hipocresía", que inficiona todo lo que decimos y hacemos.

           Para otros, el fermento maligno puede ser la vanidad o la sensualidad o el materialismo o el odio. Estas actitudes interiores pueden estropear nuestra relación con los demás, nuestra paz interior y nuestra oración. Lo que tenemos que atacar es la raíz de todo, la levadura interior. Si en nuestro ordenador hay un virus, ya podemos hacer lo posible por extirparlo, porque de lo contrario destruirá todos nuestros archivos.

           Por el contrario, nosotros mismos deberíamos ser buen fermento e ir contagiando a otros la mentalidad cristiana, la esperanza y la paz, la amabilidad, el humor. Todos somos levadura: buena o mala. Nuestra vida no deja indiferentes a los que nos rodean. Influye en bien o en mal.

           En vez de dejarnos inficionar por la levadura sensual y materialista de este mundo, los cristianos debemos mantener nuestra identidad con valentía y además influir en los demás. En vez de acomodarnos a lo que piensa la mayoría, si es que no va de acuerdo con el evangelio de Jesús, debemos ser minoría decidida y eficaz, que da testimonio profético de los valores en que creemos.

           ¿Que habrá dificultades? Jesús ya nos lo avisa, y nos da también la motivación para no perder los ánimos: Dios no se olvida de nosotros. Y si Dios cuida de las aves y las flores, y "tiene contados los cabellos de nuestra cabeza", ¿cómo va a dejar que queden sin recompensa nuestros esfuerzos por vivir como él quiere? Jesús nos muestra su propia cercanía y nos asegura la ayuda de Dios: "A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pues ni de uno solo se olvida Dios".

José Aldazábal

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           A pesar de que una inmensa multitud sigue a Jesús, de tal forma que se atropellan unos con otros, las enseñanzas que dará en seguida van dirigidas a sus discípulos. Jesús parece identificar fariseo con hipocresía. Hay que cuidarse de la hipocresía, que es la levadura que ha dominado a los fariseos.

           Hay que llenarse de auténtica virtud y justicia, pues mientras esto no esté en el interior del discípulo de Cristo, podrá tal vez dar la impresión de hombre bueno y justo, pero su interior, tarde que temprano, aflorará hacia lo exterior y dejará al descubierto lo que realmente era aquella persona que sólo parecía como una persona santa, sin serlo en realidad.

           Dios conoce hasta lo más profundo de nuestro ser, trabajemos por su Reino afrontando todos los riesgos y consecuencias que nos trae dicho anuncio. No temamos a quienes, al rechazarnos como enviados de Dios y trabajadores de su Reino, quieran acabar con nosotros, pues, finalmente, nuestra vida pertenece a Dios.

           Temamos más bien al mismo Dios, ante quien no podemos proceder con hipocresías, pues si externamente aparentamos una vida recta pero internamente vivimos en contra del Señor, al final, aquel que es el dueño de nuestra existencia, en lugar de hacernos partícipes de su gloria nos apartaría de él para siempre.

           Sin embargo, no hemos de actuar por temor, tratando de evitar la condenación, sino amando con la sinceridad de quien, sabiéndose amado por Dios le corresponde amorosamente escuchando su Palabra y poniéndola en práctica, participando así, ya desde ahora, de los bienes que Dios hará definitivos para nosotros al final de nuestro paso por este mundo.

           Si alguna persona parece recta por sus oraciones, por su porte piadoso, pero induce a otros a la maldad; si su misma vida personal es un desorden; si en lugar de propiciar la unidad en la Iglesia la divide, si en lugar de llamar a la conversión a los pecadores, los rechaza y condena, no puede, en verdad, decirse que esa persona posee el Espíritu de Dios, que ha venido a buscar y a salvar todo lo que se había perdido y no a condenar, ni siquiera al más grande pecador. El Señor nos pide lealtad a nuestra fe en él.

           Y esa lealtad se manifiesta amando como él nos ha amado; perdonando como él nos ha perdonado; trabajando por su Reino dando, incluso nuestra vida, con tal de que el amor, el perdón, la salvación llegue a todos, así como el Señor lo ha hecho con nosotros.

           Esforcémonos constantemente para que Dios sea conocido y amado por más y más personas. Que no nos detengan las críticas, las persecuciones y amenazas de quienes quisieran que su conciencia no fuese removida para evitar confrontarla con los criterios del evangelio. Sepamos que nuestra vida está en manos del Señor, y no nos alcanzará tormento alguno, sino que, finalmente viviremos para siempre ahí donde no hay ni luto, ni llanto ni dolor, sino sólo gozo y paz en el Señor.

José A. Martínez

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           La palabra hipócrita designaba en el mundo griego antiguo al actor que, con una máscara y un disfraz, asumía una personalidad ajena. Fingía ante el público ser otro, frecuentemente muy lejano a su propia realidad, y su papel se desarrollaba de cara ante el público, teniendo como regla suprema de su actuación, la aprobación y el aplauso de la galería.

           Muchos fariseos convertían este modo de actuar en su ser íntimo, es decir, en hipocresía, y actuaban de cara a los demás y no de cara a Dios. Su vida era tan falsa como la de los actores durante su representación. Cayeron en la tentación de darle gran importancia al juicio de los hombres (tan endeble y pasajero) y descuidar el de Dios.

           El Señor nos lo advierte en el evangelio de hoy (vv.1-3): "Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía". El Señor quiere para los suyos una levadura (modo de ser) bien distinto: que tengamos ante él y ante los demás una única vida, sin máscaras, sin disfraces ni mentiras. Hombres y mujeres de una pieza, que van con la verdad por delante.

           Jesús mismo nos enseñó el modo de comportarnos: "Sea vuestro modo de hablar sí sí, o no no, pues lo que pasa de esto, de mal principio procede" (Mt 5, 37). En el trato con los demás la palabra del hombre debe bastar. El Señor quiso realzar el valor y la fuerza de la palabra de un hombre de bien que se siente comprometido por lo que dice. La verdad es siempre un reflejo de Dios y debe ser tratada con respeto.

           Muy lejos de lo que ha de ser un cristiano está el hombre que presenta una personalidad o unas ideas, como los actores, según el público que tengan delante. Con todo, se darán casos en los que no estemos obligados a manifestar la verdad por motivos profesionales o por el sigilo sacramental de la confesión, pero nunca deberemos decir mentiras. Imitemos al Señor en su amor a la verdad.

           Dice Jesús: "Yo soy la Verdad" (Jn 14, 6). La verdad tuvo su origen en Dios y la mentira es la oposición consciente a él. Por eso llama Jesús al diablo padre de la mentira, porque la mentira comenzó con él. Y el que miente tiene al diablo como padre (Jn 8, 42).

           Los medios de comunicación que por su naturaleza deberían ser transmisores de la verdad, pueden en muchas ocasiones ser unos impostores y confundir a sus lectores, a fuerza de repetir mentiras sobre los criterios morales de una sociedad. No dejemos de actuar pensando que es poco lo que podemos hacer para defender la verdad. Nuestra Señora nos prestará su fortaleza.

Francisco Fernández

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           Jesús, hoy me hablas del temor. Hay muchas clases de temor, y los hombres las experimentamos en diversos grados y con distinta frecuencia. Un temor muy frecuente es el temor a quedar mal. Otros temores cotidianos son el temor al fracaso, el temor al sufrimiento, o el temor ante la incertidumbre. Un caso muy generalizado es el temor a la muerte. Todos estos temores, que son humanos, producen inquietud y malestar, y por ello suelen provocar cierta actitud defensiva o de rechazo.

           Sin embargo, Jesús, no me hablas de ninguno de estos temores. Os enseñaré a quién habéis de temer. Lo que he de temer es todo lo que me aparte del amor a Dios y a los demás: es decir, el pecado. El demonio, junto con las tentaciones del mundo y de la carne, son aliados del pecado lo suficientemente poderosos como para desconfiar de mi capacidad personal para combatirlo. Y esta desconfianza en mis fuerzas me produce temor.

           Pero este temor es muy saludable: es el temor de Dios, el temor de ofender a Dios. Ayúdame, Jesús, a tener verdadero temor a pecar; un temor que nazca del amor que te tengo y del darme cuenta de que soy débil. Por eso es un temor santo, que me impulsa a rezar más, a pedir más ayuda, a evitar las tentaciones. El temor de Dios es uno de los 7 dones del Espíritu Santo. Señor Espíritu Santo, aumenta en mí este don, de modo que esté más alerta ante las tentaciones del demonio. Como dice San Agustín:

"Bienaventurada el alma de quien teme a Dios: está fuerte contra las tentaciones del diablo; bienaventurado el hombre que persevera en el temor y a quien le ha sido dado tener siempre ante los ojos el temor de Dios. Quien teme al Señor se aparta del mal camino y dirige sus pasos por la senda de la virtud; el temor de Dios hace al hombre precavido y vigilante para no pecar. Donde no hay temor de Dios reina la vida disoluta" (Sermón sobre el Temor de Dios).

           Hay 2 tipos de temor de Dios, el temor servil (al castigo merecido por el pecado) y el temor filial (a disgustar a un padre que tanto me ama). Jesús, te pido ese temor filial, que me haga reaccionar cuando no hago lo que tú esperas de mí. No por temor al infierno, sino porque quiero corresponder a tu amor, porque no quiero hacerte sufrir más. Ya hay otros que te hacen sufrir. Yo quiero ser tu amigo, uno de aquellos a quienes hoy llamas amigos míos.

           Si vivo así, no tendré ningún otro temor. Ni siquiera temor a la muerte, porque me doy cuenta de que estoy en manos de Dios. Y Dios, además de ser todopoderoso, es mi padre. Yo le importo: vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por eso, todo lo que me ocurra es para mi bien. De ahí que, hablando de estos temores humanos, me puedas decir: "No temáis, yo estoy con vosotros" (Mt 28, 20). Jesús, aumenta mi temor filial para que me decida a buscar seriamente la perfección, esto es, la santidad.

Pablo Cardona

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           ¿Cuántos miles de veces hemos oído en los últimos tiempos este grito evangélico? Casi con tono mitinero, sonó en la Iglesia, por ejemplo, al encarar el III milenio cristiano. Hoy lo dice Jesús precisamente cuando se encuentra cercado, acosado por sus enemigos, que tienen designios de muerte sobre él. Su libertad personal y su relación libre y amorosa con Dios choca con los intereses y la religión chata de los fariseos y maestros de la ley.

           Y estamos liberados del miedo y el temor, sencillamente, porque Dios nos quiere y cuida de nosotros. Para el que no tiene fe esto es una pamplina alienante, pero para los que (aun pecadores) nos sentimos agraciados de Dios, esto es fuerza y ánimo irrefrenable.

           Dios nos asiste y nunca nos abandona, y por eso nuestra seguridad no la buscamos en nosotros mismos, sino en él. Dios es el único Absoluto, y por eso nuestro pecado o limitaciones no nos derriban. Podrán matarnos el cuerpo, pero hay valores más altos por los que hasta vale la pena entregar la vida.

           Incluso creemos en un final feliz que ni siquiera la muerte lo arrebata, porque está más allá de la muerte. Todo esto, tan sublime y tan sencillo, es lo que hoy Jesús dibuja en la imagen de "los pájaros y los lirios que ni siembran ni cosen, y Alguien cuida de su vida y su hermosura".

           Si la cosa es así, ¿por qué temer? Hay un temor de Dios y un temor de los hombres. El temor de Dios es un don del Espíritu Santo. El temor cristiano no es miedo, sino estar pendientes del amor de Dios y de su providencia, mediante la confianza, paz y esperanza. El temor de los hombres, en cambio, sí que es miedo, a la persecución, a perder el prestigio social, al quebranto económico, a la enfermedad, a la traición o a la muerte.

           Que no suene a moraleja sino a realismo. No basta con que se nos llene la boca con la consigna "no tengáis miedo". Es preciso vivir desde esta ausencia de miedo. Y el que nada teme y se siente seguro en Dios, está lleno de confianza y audacia, mira el futuro con esperanza, y está lleno de creatividad.

           Si estamos tan convencidos de no tener miedo, hemos de desterrar de nosotros el temor, la alarma y la cobardía. ¿Qué pinta, entonces, una Iglesia a la defensiva? ¿Y el quejarse a todas horas? ¿Y el mirar con gafas oscuras, temiendo a los sistemas, las ideas o las personas? El Maestro ha dicho "no tengáis miedo". ¿Le creemos? ¿O no del todo?

Conrado Bueno

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           Ser testigo auténtico de Cristo no es fácil, y nunca lo ha sido. La oscuridad continúa rechazando a la luz. Sin embargo hoy Jesús nos dice: "No temáis". Que palabras tan consoladoras para nosotros, ya que es el mismo Dios que nos dice: no temas.

           ¿Estás siendo perseguido, rechazado, juzgado, calumniado? Pues no temas, ya que vales mucho a los ojos de Dios. Él te sostendrá, te cuidará, y te dará la fuerza para serle fiel. Su amor y su Espíritu te acompañarán hasta el final del camino, pues eso mismo hace hasta con los pájaros del aire. No temas.

Ernesto Caro

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           A los discípulos de Jesús ha sido encomendada la tarea de proclamar la Buena Noticia a todo el mundo. Las palabras de Jesús que indican la forma de realizarla concierne no solamente a sus inmediatos seguidores, sino a todos los que quieren serlo a lo largo del tiempo.

           Dichas palabras del Maestro exigen una profunda confianza en la acción de Dios, que brota de un profundo convencimiento de la eficacia del mensaje que se debe transmitir y que, por su naturaleza, debe adquirir una dimensión universal y sin límites. Por su misma naturaleza, el evangelio se difunde, toca y pone en cuestión toda la vida personal y pública de las personas.

           Pero al poner en cuestión estructuras y personas suscita, junto a la adhesión de quienes lo aceptan, la agresividad de parte de quienes consideran que pueden perder privilegios adquiridos a lo largo del tiempo. Por ello se exige al mensajero una franqueza a toda prueba. No puede ocultar ninguna de las exigencias propias del mensaje, aún cuando la dureza de ellas pueda suscitar dificultad en su aceptación o poner en peligro la propia vida.

           Para poder realizar una tarea que implica tales peligros, el enviado debe estar marcado por el "temor de Dios", capaz de hacerlo superar el temor a los hombres. Dicho temor brota de una profunda confianza en la acción de Dios por cada uno de los seres de su creación, por mínimos que parezcan y por la totalidad de su existencia.

           La convicción de la presencia de un Dios, íntimamente preocupado por cada una de sus criaturas hasta en el más mínimo detalle, reviste de un coraje al que ninguna criatura puede resistir.

Confederación Internacional Claretiana

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           El evangelio de Lucas dedica en los capítulos siguientes 2 extensas secciones a la instrucción. Jesús le dirige al pueblo de Israel una nueva enseñanza, un nuevo testamento que le ayude a comprender la nueva situación en que vive, ante Dios y ante la humanidad: la nueva realidad histórica y salvífica.

           Sin embargo, muchos sectores de entre el populacho y líderes del pueblo se muestran reacios y obstinados. Jesús comprende entonces, que la multitud no es el lugar ideal para fundar ese Reino, y decide hacerlo efectivo en una pequeña comunidad, que fuese fermento de cambio y esperanza.

           La multitud congregada alrededor de Jesús acude gustosamente a escucharlo, y las masas siempre están atentas a las novedades y corren tras el nuevo maestro. Pero Jesús es muy crítico ante ese seguimiento de la gente, y desconfía de ese tipo de espectáculos multitudinarios. E incluso advierte Jesús a sus discípulos que no se entusiasmen al ver tanta gente reunida. 

           Para Jesús, lo principal no es la popularidad o el brillo personal, sino la coherencia. Por esta razón, y antes de lanzarse a una gran predicación, Jesús prepara a sus discípulos, haciéndoles tomar conciencia de las exigencias que tiene el anuncio de la Buena Nueva.

           Las recomendaciones que dirige hoy Jesús a sus discípulos es una toma de conciencia sobre los procedimientos populistas y demagógicos de los fariseos. Por eso, les exhorta a que sean veraces (en lo público y en lo privado), valientes (ante quienes amenazan la vida humana) y confiados en Dios (que nunca los desasistirá, como hijos de Dios que son, y algo muy superior a los pájaros y lirios).

Servicio Bíblico Latinoamericano