16 de Octubre

Sábado XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 16 octubre 2021

a) Rm 4, 13.16-18

           Pablo continúa hoy estableciendo los lazos que existen entre la fe y la justificación a partir del ejemplo de Abraham. En el argumento de ayer el apóstol demostraba que el patriarca era impío y pecador cuando Dios lo justificó, y hoy desarrolla otros 2 argumentos.

           La cuestión está en saber por qué la fe justifica y no las obras. Pablo responde que la fe justifica mejor que las obras (de la ley) porque la fe arranca de ese proceso en el cual Dios sale al encuentro del hombre. Por tanto, no se trata de elegir entre una u otra, pues el secreto de la justificación se encuentra en Dios.

           Si Dios se acercara al hombre con un contrato, entonces serían las obras la respuesta humana más adecuada. Pero él viene al hombre con una promesa, es decir, con un don gratuito, cuya iniciativa quiere conservar; por esa razón las obras de la ley son inútiles, al menos en el proceso de realización de esta promesa.

           El hombre cree que puede conseguir mediante las obras lo que es objeto de la promesa (v.14), pero intenta conseguir por sus propios medios lo que es un don. De esta manera, desvirtúa la marcha de Dios y provoca automáticamente la ruptura (v.15), como el heredero que quisiera apropiarse de su herencia antes de tiempo.

           El 3º argumento está apenas esbozado en el pasaje de hoy (vv.16-17). Abraham recibió la promesa en una época en que todavía no estaba circuncidado y en que Dios preveía para él una paternidad universal (Gn 17, 5). Por tanto, es contrario a la voluntad de Dios el limitar la posteridad de Abraham a aquellos que se circuncidan. Todo creyente es descendiente de Abraham, y Dios es bastante poderoso como para hacer beneficiarios de la promesa hasta a los mismos muertos, o a aquellos que todavía no han nacido (v.17).

           Una religión de la promesa está bastante lejos de la manera espontánea de proceder del hombre, que, al ir detrás de su salvación, busca seguridad. Es necesario haber encontrado al Dios vivo y haberse apoyado en su fidelidad para presentir que la salvación esperada pertenece al orden de la promesa, es decir, al orden del amor. Pero ¿cómo encontrar a Dios y su promesa?

           Se necesita tiempo para profundizar en las relaciones recíprocas del amor y de la fidelidad. Sin embargo, el camino está marcado. El hombre que reflexiona sobre sí mismo y sobre su existencia llega a veces a distinguir en él dos niveles de su personalidad: el yo solo puede experimentar sus limitaciones porque existe otro yo más profundo que participa del absoluto y de lo trascendente.

           El camino hacia Dios pasa por esta conciencia de los 2 yo. Es verdad que el hombre solo llega rara vez a vivir el nivel de su yo profundo y vivir su vida en función de él. Una especie de fisura separa esos 2 niveles de manera casi original.

           Aun cuando el hombre llega a alcanzar su yo profundo, aun llegando a participar del absoluto o al menos con sed de trascendencia, puede, sin embargo, fracasar al volverse sobre sí mismo. Se hace a sí mismo absoluto y no alcanza a ver más allá de sí mismo.

           Por el contrario, si él experimenta este yo trascendente como algo inesperado dentro de su ser, verá que se trata de un don gratuito de alguien. No lo considerará como un poseedor, sino como el que encuentra una dádiva y una promesa, una persona divina y una gracia. Jesucristo es el 1º hombre en quien Dios ha podido revelarse totalmente en el yo profundo y el primero que ha podido responder perfectamente a esta iniciativa de Dios.

Maertens Frisque

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           Nos dice hoy Pablo que "Dios prometió a Abraham y a su descendencia ser herederos del mundo". En efecto, la historia de Abraham está llena de promesas de Dios cuyo cumplimiento no depende del hombre, sino de la fidelidad de Dios a sus promesas.

           También Abraham era un pecador, pero creyó en esas promesa. Creyó en lo imposible, pues él era anciano sin hijos, y Dios le había prometido ¡el mundo en herencia! Él creyó esto, y esto se realizó, con multitudes inmensas que hoy día se llaman "hijos de Abraham" (judíos, árabes, cristianos...).

           "Recibir el mundo en herencia" significa que la fe da la posesión del mundo, y que "por la fe se pasa a ser heredero". De ahí que la fe sea un don gratuito, y otorgue una fecundidad extraordinaria. La promesa, pues, permanece válida a través de la fe.

           Porque creyó en Dios, Abraham es el padre de todos los hombres, porque por su fe, "dio vida" a los demás. No pueden saberse todas las ramificaciones vitales de un acto de fe. Un hombre que cree en Dios desencadena en la humanidad una onda de vida. Todo hombre que se eleva, eleva el mundo.

           En 2º lugar, dice Pablo que "Dios da la vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no existía", refiriéndose a Abraham y Sara, cuyo seno estaba muerto. En efecto, Dios es aquel que llama "de la nada al ser", y Aquel que "da vida". La fuerza de Dios que devuelve la vida a los muertos. Esta fuerza actúa todavía en el mundo. Es ella la que nos eleva en todos nuestros desalientos, es ella la que nos saca del pecado, es ella la que nos resucitará un día.

           Tal fue la experiencia de Abraham, cuya fe no fue algo fácil de seguir, y al cual le costó creer "esperando contra toda esperanza". Todo parecía contrario a las promesas de Dios. Todo parecía ir en el sentido opuesto, pero Abraham creyó, a pesar de todo, contra toda esperanza.

           La fe sería capaz de "transportar las montañas", decía Jesús. Luego la fe es la fuerza de lo imposible. Se comprende que Pablo diga que esa fe "da la posesión del mundo". En efecto, nada puede ir en contra de la de, porque ella no se apoya en nada humano y porque pone toda su fuerza en Dios. Danos, Señor, esta fe.

Noel Quesson

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           Cuando Pablo, siguiendo el ejemplo de Abraham, contrapone fe y obras, no está queriendo decir que no tenemos que actuar y obrar el bien, pues ya el propio Jesús dijo que "no se salvará el que diga Señor, Señor, sino el que haga la voluntad de mi Padre".

           Lo que contrapone Pablo, pues, no es la fe a las obras, sino la fe (en Cristo) al aferramiento observante a la ley (de Moisés), como causa de la salvación. Pues "no fue la observancia de la ley, sino la fe, la que obtuvo para Abraham y su descendencia la promesa de heredar el mundo". Eso fue lo decisivo, que "al encontrarse con el Dios que da vida, Abraham creyó".

           Nosotros nos esforzamos por vivir según el evangelio de Jesús, y por eso imitamos a Abraham, que creyó en Dios y actuó en consecuencia. Y por eso también evitamos la tentación judía de dar a la observancia demasiado valor, o de creer que "somos buenos" y nosotros "nos ganamos" la salvación.

           La ley es buena, pero no es la ley la que salva, sino que "todo es gracia" y don de Dios, para Abraham y para nosotros. Haremos bien en imitar a este gran hombre que se abrió totalmente a Dios, que nos dio un ejemplo admirable de fe, contra toda esperanza y contra toda apariencia. Por ejemplo, en las 2 promesas que Dios le hizo (que tendría un hijo y que le pertenecería toda la tierra de Canaán), aparentemente imposibles de conseguir. Abraham creyó, y esas promesas fueron posibles.

           Tanto en nuestra vida espiritual como en nuestro trabajo apostólico, no tendríamos que apoyarnos tanto en nuestros propios talentos y recursos, sino en la gracia y la fuerza salvadora de Dios. Nosotros tenemos un doble motivo para fiarnos de Dios: la promesa hecha a Abraham y la Alianza Nueva que ha concedido a la humanidad en la Pascua de su Hijo.

           Lo que dice el salmo responsorial de hoy podemos repetirlo con mayor alegría: "Se acuerda de la palabra que había dado a su siervo Abraham, sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo". Si creemos en Dios y no nos basamos en cálculos comerciales humanos, también nosotros seremos padres de numerosa descendencia. Y lo imposible será posible.

José Aldazábal

b) Lc 12, 8-12

           No hay disociación entre cielo y tierra, y el plan de Dios es el plan del hombre, que él encarna. De ahí que diga Jesús hoy que "si uno se pronuncia por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se pronunciará por él ante los ángeles de Dios" (v.8). Dios no pone sus anuncios en los periódicos o por la televisión, sino que tiene otro canal de difusión: el hombre.

           Y a todos aquellos hombres que se pongan de parte de Cristo, Cristo les hace una promesa: "No os preocupéis de cómo o de qué os vais a defender, o de lo que vais a decir" (v.11). Es decir, viene a decir Jesús que no hagamos apologías personales, porque quien se defiende es porque tiene miedo de perder las propias seguridades, o porque se siente identificado con una determinada estructura. Y ése sería el punto flaco por donde n os podrían atrapar, y reconducir al redil de las falsas seguridades. 

           En vez de defendernos, viene a decirnos Jesús que tengamos fe, porque "el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tengáis que decir" (v.12). La profecía es diametralmente opuesta a la apología, y mientras la apología se basa en medios humanos (contradecibles), la profecía es irrebatible, y la única solución contra ella es eliminar al profeta.

           Jesús es el profeta por excelencia, y por eso también a él lo eliminaron. Pero él resucitó y sigue presente en la Iglesia y en el memorial eucarístico, y continúa moviendo a los hombres y hablando a través de ellos. Son los profetas modernos, los que en vez de preocuparse por defender su posición, se ponen al servicio de Dios y sus proyectos sobre la humanidad.

Josep Rius

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           A la instrucción e invitación a no tener miedo de los que sólo pueden matar el cuerpo, siguen 2 afirmaciones de Jesús en las que se muestra la identificación entre él y los suyos. Cualquiera que se pronuncie a su favor ante los hombres, Jesús hará otro tanto ante Dios ("los ángeles de Dios").

           Si alguien no ha comprendido la realidad humana de Jesús, se le puede perdonar, porque siempre puede cambiar; pero quien insulta al Espíritu Santo no tiene perdón, porque esto equivale a atribuir a Belcebú el poder liberador de Jesús, afirmación que solo se puede hacer con mala fe; quien adopta esa actitud ante Jesús se está cerrando a la posibilidad de cambio, al no reconocer a Jesús como Mesías liberador.

           En todo caso, Jesús avisa, como ya lo hizo con los 72 discípulos, que el seguimiento en la misión no estará exento de persecución. La posibilidad de la persecución, sin embargo, no deberá amedrentar a los discípulos. El libro de los Hechos recuerda los casos más notables de discípulos perseguidos (Pedro, Esteban, Santiago, Pablo) y no fueron los únicos en la Iglesia primitiva.

           Pero el discípulo no debe amedrentarse, porque lleva adelante una causa que no es suya, y tiene la promesa de que quien lo envía lo ayudará, llegado el momento. Y aunque es verdad que la ayuda de Dios a veces no se ve con claridad, el cristiano debe tener conciencia de la presencia constante de Dios en su vida; y, cuando sienta su ausencia, ésta, sentida y sufrida, será como un modo intenso de presencia.

           Como el que tuvo Jesús en la cruz cuando gritó: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado", frase con la que se abre el Salmo 21 y en el que el salmista termina afirmando: "Porque el Señor es rey, él gobierna a los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, ante él se inclinarán los que bajan al polvo; a mí me dará la vida".

           No se desesperó Jesús en la cruz, sino todo lo contrario. Y cuando rezó este salmo, en el que un justo perseguido y vejado por sus enemigos pone toda su esperanza en el Dios de la vida, se abrió al abrazo de Dios que le daría la vida. Magnífico ejemplo, del que podemos tomar nota.

Juan Mateos

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           Cristo es de todos, y "la fe en él sobrepasa completamente las fronteras aún de la misma Iglesia". Así lo entiende el Vaticano II (NA, 2), que añade que Cristo no se hizo hombre por un simple gesto romántico, sino para que en él se iniciase solidariamente una acción salvífica: "Vivir por la fuerza de Dios"(v.21). Por tanto la muerte de Cristo está en relación con "nuestros pecados", y su resurrección es "nuestra rehabilitación" (dikaiosis, o proclamación del juicio favorable de Dios, que orienta eficazmente la existencia humana hacia la vida, más allá de la muerte).

           Por lo cual la fe, que es un reconocimiento de la propia indigencia y una aceptación libre de la salvación (ofrecida por la fuerza de Dios), se refiere esencialmente al gran acontecimiento de dicha fuerza: la resurrección de Cristo.

           Así asegura Jesús la salida final al testimonio de los discípulos, llamados a reconocer públicamente a Jesús como Señor y Mesías, y único abogado defensor. En la imagen del proceso, retomada del mundo bíblico (Is 50,8-9; Rm 8,33) el pensamiento recurre al Señor resucitado que vive junto a Dios (Jn 1,2; Flp 2,10), pero está presente de modo eficaz, mediante su Espíritu, en la confrontación pública de los discípulos con los poderosos de este mundo.

           Lucas piensa en las experiencias de la Iglesia primitiva, en el coraje de los testimonios apostólicos (Hch 4,8; 5,32) y en tantas comunidades cristianas expuestas a las amenazas y represiones del ambiente circundante. Y a este propósito cita un dicho de Jesús: "Toda persona que critique al Hijo del hombre podrá ser perdonada, pero el que calumnie al Espíritu Santo no tendrá perdón" (v.10).

           El rechazo del Jesús histórico, en su estado kenótico (de humillación y sufrimiento), tiene aún posibilidad de conversión y perdón (como pasó con Pablo y sus conversos judíos). Pero el rechazo consciente (después del don y del testimonio) del Espíritu Santo (o fuerza de Dios) es una blasfemia que cierra toda posibilidad de conversión y perdón. Y también en esto verá más tarde Lucas la ceguera y dureza de aquellos judíos que rechazarán el testimonio de los apóstoles (Hch 28, 25-28).

           Para fortuna de todos, es Dios quien concede o niega el perdón, y ningún ser humano puede establecer arbitraje alguno sobre dónde comienza y dónde termina el perdón de Dios. Antes bien, los seres humanos deberían interrogarse sobre si son fieles al testimonio del Espíritu Santo, que hace siempre disponible el perdón de Dios (Gal 6, 1-5).

Severiano Blanco

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           La opción del hombre en favor o en contra de Jesús decide su auténtica existencia y su suerte definitiva, escatológica. En el juicio, constante, implacable, del mundo contra Jesús, quien tenga el valor de declarar en su favor, tendrá a su favor el testimonio de Jesús en el juicio de Dios contra el mundo (Lc 9,26; Mc 8,38; Jn 16,6-11).

           Hay un pecado contra el Espíritu Santo, que es el pecado de la apostasía, o el pecado de renegar de Cristo después de haberle prestado fe. Sólo en el Espíritu Santo se puede confesar que Jesús es el Señor. Quien reniega de esta fe, peca contra el Espíritu, ya no tiene salvación, porque la fe salva al hombre.

           El discípulo de Jesús vive constantemente al abrigo del Dios vivo, bajo su cuidado. Cuando suene la hora de la persecución, el Espíritu se encargará de la defensa. El juicio llevado por el mundo en contra de Cristo, se convertirá, por la acción del Espíritu, en testimonio dado en su favor.

Emiliana Lohr

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           Hoy resuenan otra vez las palabras de Jesús invitándonos a reconocerlo ante los hombres: "Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios" (v.8). Estamos en un tiempo en que en la vida pública se reivindica la laicidad, obligando a los creyentes a manifestar su fe únicamente en el ámbito privado.

           Cuando un cristiano dice algo en público, aunque sea algo lleno de sentido común, esta verdad molesta, únicamente por el hecho de venir de quien viene, como si nosotros no tuviésemos derecho (como todo el mundo) a decir lo que pensamos. Pero por más que les incomode, nosotros no podemos dejar de anunciar el evangelio.

           En todo caso, nos dice Jesús que "el Espíritu Santo os enseñará lo que conviene decir" (v.12). O como remataba San Cirilo de Jerusalén, "el Espíritu Santo, que habita en los que están bien dispuestos, nos inspirará como doctor aquello que hemos de decir".

           Los ataques que nos hacen tienen una gravedad distinta, porque no es lo mismo criticar a la Iglesia (a veces con razón, por nuestras deficiencias) que atacar a Jesucristo (eliminando su veracidad divina) o injuriar al Espíritu Santo (negando la existencia o atributos de Dios).

           Por lo que se refiere al perdón de la injuria, incluso cuando el pecado sea leve, es necesaria una actitud de arrepentimiento, como paso previo al perdón. Si no hay arrepentimiento, el perdón a esa injuria es inviable, pues el puente está roto por un lado. Por eso dice Jesús que hay pecados que Dios no perdonará, porque no hay reconocimiento del pecado (v.10).

Albert Taulé

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           La blasfemia imperdonable al Espíritu Santo consiste en cerrarse a la gracia y las intervenciones de Dios, como hicieron los fariseos al atribuir la acción divina de Jesús al demonio, o como hacen los fariseos del evangelio de hoy (v.10). Se trata de un pecado grave y malicioso, que posee una disposición interna a anular todo posible gobierno de Dios sobre el mundo.

           Todo pecado, por grande que sea, puede ser perdonado, porque la misericordia de Dios es infinita. Pero para que se otorgue ese perdón divino es necesario reconocer a Dios y su poder, sin tergiversar sus intervenciones. El propio Francisco I nos advierte de esta deformación de la conciencia.

           Nosotros le pedimos al Señor una verdadera humildad para reconocer nuestros pecados, y que nunca nos acostumbremos a ellos, incluyendo los veniales. Y a nuestra Señora le pedimos el santo temor de Dios, para no perder nunca el sentido del pecado y la conciencia de nuestros errores.

           Jesucristo nos dio a conocer plenamente al Espíritu Santo como la 3ª persona de la Santísima Trinidad y como fuente y modelo de todo amor creado. Jesús se refiere a él como un paráclito (lit. consejero, o abogado defensor) que tiene como particular misión el juicio de la propia conciencia.

           De ahí que el pecado contra el Espíritu Santo tenga su raíz en la propia conciencia del que lo rechaza, posiblemente por estar endurecida, oscurecida o vendida al enemigo de Dios. La delicadeza de conciencia es aquella que tiene el alma cuando aborrece el mal y procura seguir las inspiraciones del bien. De no ser así, no tiene más remedio de sanación que la confesión. Y si ésta también se rechaza, no hay perdón posible. 

           Lo contrario a la conciencia delicada es la dureza de corazón, que corresponde a la pérdida del sentido del pecado (de la que hablaba Juan Pablo II), contra la cuál siempre debemos estar alerta.

           Vivimos en un ambiente pagano generalizado, parecido al que encontraron los primeros cristianos, y que hemos de cambiar como ellos lo hicieron. En innumerables ocasiones se enjuician ideas y hechos contrarios a la ley de Dios como asuntos normales, que a veces se deploran por sus consecuencias dañinas para la sociedad y para el individuo, pero sin referencia alguna al Creador.

           La suciedad de los pecados necesita un término de referencia, y éste es la santidad de Dios. El cristiano sólo percibe el desamor cuando considera el amor a Cristo. Digámosle como Pedro: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo" (Jn 21, 17).

Francisco Fernández

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           No es lo mismo seguir a Jesús en espacios y tiempos tranquilos que seguirlo en condiciones de amenaza y persecución. Algunas palabras de Jesús sólo comienzan a ser inteligibles cuando experimentamos dificultades a causa de su nombre. Por ejemplo, las que leemos en el evangelio de hoy. Porque ¿qué significa ponerse de parte de Cristo delante de los hombres? ¿Cómo dar testimonio de él sin arrogancia pero también sin temor al ridículo, sin falsos pudores, sin vergüenza?

           A veces los creyentes podemos dar la sensación de que, en el fondo, no creemos lo que decimos creer. Cuando se presentan las ocasiones de decir una palabra clara, o de realizar un gesto oportuno, nos retiramos por temor a ser tildados de... ¿de qué?

           Esto les sucede a menudo a muchos cristianos famosos que se mueven en el terreno de la política, de la economía, de la ciencia, de las artes, del deporte. No es que vivan su fe con discreción: es que la viven de manera vergonzante, a escondidas, como si temieran perder relieve social por manifestarse humildemente seguidores de Cristo.

           Pero no sólo los famosos. Este temor puede asaltarnos a todos nosotros. Si así fuera, significaría que estimamos en muy poco nuestra fe. O que preferimos la aceptación social a la autenticidad de manifestar lo que somos.

           Cuando nos dejamos llevar por el temor no dejamos espacio al Espíritu Santo. Cuando hablamos nosotros, no permitimos que el Espíritu nos enseñe "lo que tenemos que decir". El resultado es una tranquilidad personal aparente y una ocasión perdida para el evangelio.

Gonzalo Fernández

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           En el evangelio de hoy el Señor quiere prevenirnos contra la apostasía, pues la voluntad del Padre Dios es que creamos en Aquel que él nos ha enviado. Fuera de Cristo no hay otro nombre en el que podamos salvarnos. Quien niegue a Cristo está poniéndose en un grave riesgo de no alcanzar la salvación eterna. Ante nuestras propias faltas hemos de saber arrepentirnos sabiendo que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos si volvemos a él con un corazón sincero y arrepentido.

           El Espíritu Santo, que Dios ha derramado en nuestros corazones, tiene la misión de ofrecernos el perdón, el arrepentimiento y la renovación que Cristo logró para nosotros mediante su entrega en la cruz y mediante su resurrección. Si alguien rechaza al Espíritu Santo, ¿cómo podrá ser perdonado?

           Si en verdad queremos dar un auténtico testimonio de nuestra fe dejémonos poseer y guiar por el Espíritu Santo, para que él sea quien dé testimonio de Jesucristo desde nosotros ante cualquier persona que nos pida razón de nuestra esperanza.

           El camino de la Iglesia es el mismo camino de su Señor: llegar a la gloria del Padre, pasando necesariamente por el calvario. Por eso debemos armarnos de valor en el Espíritu que hemos recibido, y no claudicar en el testimonio que hemos de dar de nuestra fe. Ante gobernadores y reyes, ante los poderosos muchas veces llenos de corrupción y de maldad, no podemos hacer componendas en el evangelio para evitarnos su rechazo, o sus amenazas de muerte.

           El Espíritu de Dios siempre estará con nosotros para transformar nuestra vida en un auténtico testimonio del amor salvador de Dios en el mundo. No apaguemos al Espíritu de Dios que habita en nosotros como en un templo; dejémonos más bien guiar por él para que, desde la Iglesia, el mundo llegue a conocer el amor que Dios nos tiene a todos y el llamado que nos hace para que lleguemos a poseer los bienes definitivos.

José A. Martínez

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           Jesús, por ser cristiano estoy llamado a dar testimonio de ti. Quiera o no, mi ejemplo (bueno o malo) es visto por todos los que me rodean y me tratan. Si me comporto con visión sobrenatural, si trato de identificarme contigo y hacer siempre tu voluntad, estaré dando un testimonio fiel de ti, te estaré confesando ante los hombres.

           Jesús, hay momentos en los que cuesta especialmente dar testimonio cristiano. Por ejemplo, cuando mi grupo de amigos se divierte ridiculizando a la Iglesia o a personas consagradas; o cuando algunos planes a los que me invitan no son dignos de un cristiano; o cuando es difícil ser honrado en los negocios. En esos momentos, lo natural para un cristiano es ser antinatural, es decir, dar la cara e ir contra corriente.

           Jesús, también me pides que dé testimonio cristiano cuando sufro algún revés físico, económico o moral. La serenidad, la fortaleza, la esperanza y la paz con que un cristiano afronta el dolor son muchas veces el mayor testimonio de fe, la mejor enseñanza, el ejemplo que la gente más necesita y que más hondo cala en el alma. Como ya decía Juan Pablo II:

"Vosotros tenéis que desarrollar una tarea altísima, estáis llamados a completar en vuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia. Con vuestro dolor podéis afianzar a las almas vacilantes, volver a llamar al camino recto a las descarriadas, devolver serenidad y confianza a las dudosas y angustiadas".

"Vuestros sufrimientos, si son aceptados y ofrecidos generosamente en unión de los del crucificado, pueden dar una aportación de primer orden en la lucha por la victoria del bien sobre las fuerzas del mal, que de tantos modos insidian a la humanidad contemporánea. En vosotros, Cristo prolonga su pasión redentora" (Alocución, 13-IV-1980).

           Aunque en las obras que Dios hace en el mundo están siempre presentes las 3 personas divinas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), ciertas obras se atribuyen especialmente a cada una: al Padre, la creación; a Jesús, la redención; y al Espíritu Santo, la santificación de las almas y de la Iglesia. Tú, Señor, quieres que te siga de cerca, que sea santo, y para eso me has redimido muriendo en la cruz. Pero la redención se aplica en mi vida a través de la gracia del Espíritu Santo. La santificación es obra del Espíritu Santo en cada alma.

           Jesús, hoy me dices que no me preocupe ante las acusaciones y las insidias de los incrédulos. El Espíritu Santo os enseñará en aquella hora qué es lo que hay que decir. Fortalecido e iluminado por la gracia del Espíritu Santo sabré responder bien por mal, verdad por mentira, honestidad por hipocresía. Pero he de saber que mi fortaleza es prestada, que yo (por mí mismo) no valgo nada, ni puedo nada. Por eso he de acudir a esos medios santos (los sacramentos) para llenarme de gracia divina.

           Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, será perdonado. Jesús, tú perdonas a todo el que se arrepiente de su pecado. Sin embargo, a quien no confíe en el poder salvador del Espíritu Santo, no podrás perdonarle, porque le falta una condición necesaria: la contrición.

           Por eso, la desesperación y el endurecimiento del corazón son pecados muy graves: El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no será perdonado. María, tú eres la esposa del Espíritu Santo, y tú confiaste siempre en él obedeciendo sus inspiraciones. Ayúdame a buscar, encontrar y amar a Dios Espíritu Santo, porque es él quien me ha de santificar.

Pablo Cardona

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           Jesús nos invita, en el texto de Lucas que se lee hoy, a perseverar en la fe cuando nos hostigan por su causa. Y el Espíritu es el garante de la fuerza que necesitamos para dar testimonio contra viento y marea. A veces los cristianos nos sorprendemos a nosotros mismos deseando que cese toda persecución y todo ataque.

           Ciertamente, debemos hablar con libertad y denunciar y reivindicar, sobre todo, los derechos de quienes no tienen voz. Pero también tenemos que recordar, de puertas adentro, que Jesús habla de persecución, que el evangelio no es bien aceptado por nuestra sociedad, que los criterios de este mundo no son los criterios del reino, que nuestra fe será desafiada. Y todo esto no puede hacernos sentir víctimas.

           Porque si nos consideramos víctimas, podemos estar negando al Hijo del hombre y desoyendo al Espíritu Santo, que es quien tiene palabra acertada en estas situaciones. Cuando llegue la ocasión, lo 1º será orar. Con un salmo o con una plegaria nuestra de labios y corazón. O con otras, como la oración de dom Helder Cámara titulada Guía mi mirada, Señor.

Luis de las Heras

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           Ayer nos animaba Jesús a ser valientes a la hora de dar testimonio de él, porque Dios nunca se olvida de nosotros (pues "si lo hace con los pajarillos y los cabellos de nuestra cabeza, cuánto más con cada uno de nosotros", que somos sus hijos). Y hoy nos da otro motivo para ser intrépidos en la vida cristiana: él mismo dará testimonio a favor nuestro ante la presencia de Dios, el día del juicio.

           No obstante, todavía hay otro protagonista más en estos nuestros ánimos: el Espíritu de Dios. Así se completa la cercanía del Dios Trino. El Padre que no nos olvida, Jesús que "se pondrá de nuestra parte" el día del juicio, y el Espíritu que nos inspirará cuando nos presentemos ante los magistrados y autoridades para dar razón de nuestra fe.

           Sólo hay una clase de personas sin remedio, los que "blasfeman contra el Espíritu Santo". Es decir, los que viendo la luz, la niegan, y rechazan ser salvados. Son ellos mismos, pues, los que se excluyen del perdón y de la salvación.

           Nosotros ya estamos empeñados, hace tiempo, en este camino de vida cristiana que no sólo sucede en nuestro ámbito interior, sino que tiene una influencia testimonial en el contexto en que vivimos. Para este camino necesitamos ánimos, porque no es fácil.

           Jesús nos asegura el amor de Dios y la ayuda eficaz de su Espíritu. Y además, nos promete que él mismo saldrá fiador a nuestro favor en el momento decisivo. No se dejará ganar en generosidad, si nosotros hemos sido valientes en nuestro testimonio, si no hemos sentido vergüenza en mostrarnos cristianos en nuestro ambiente.

           En los momentos en que sentimos miedo por algo (y a todos nos pasa, porque la vida es dura) será bueno que recordemos estas palabras de Jesús, afirmando el amor concreto que nos tiene el Dios Trino para ayudarnos en todo momento. Jesús calmó tempestades y curó enfermedades y resucitó muertos. Era el signo de ese amor de Dios que ya está actuando en nuestro mundo. También nos alcanza a nosotros. No tenemos motivos para dejarnos llevar del miedo o de la angustia.

José Aldazábal

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           La realización de la tarea misionera presenta inmensas dificultades que pueden hacer germinar en nosotros actitudes de desconfianza y desaliento. Por ello se hace necesario renovar continuamente los sentimientos de confianza volviendo constantemente a las palabras de promesa ofrecidas por Jesús a sus seguidores.

           En 1º lugar, es necesario tener presente el compromiso asumido por Jesús de ser nuestro testigo en el Juicio de Dios si perseveramos con coraje en la tarea emprendida. La consideración de su actuación en el futuro Juicio de Dios que espera a todos los hombres es la 1ª fuente en que podemos encontrar el ánimo necesario para seguir adelante sin desfallecer.

           En 2º lugar, tenemos a disposición una segunda fuente para renovar la confianza. La certeza de la presencia del Espíritu Santo nos da la seguridad necesaria para enfrentar los desafíos y dificultades que encontramos en nuestra evangelización. Dicha presencia llega hasta su identificación con los portadores del mensaje, y con cada una de sus acciones encaminadas a concretarlo.

           Sobre todo, en las dificultades que pueden llegar a poner en peligro la propia vida, esa presencia confortante encontrará el modo de manifestarse claramente. Aún cuando seamos acusados y estemos en peligro de muerte a causa de los poderosos que se oponen al mensaje de Jesús, sabemos que el Espíritu actuará en nuestro favor, inspirando la forma de defensa.

           Esa actuación, hecha ya realidad durante el tiempo apostólico de Pedro (Hch 4,8; 5,32) y Esteban (Hch 7, 55), sigue activa a lo largo del tiempo suscitando el testimonio eclesial.

Confederación Internacional Claretiana

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           Jesús ha llamado a la comunidad de discípulos para que sean sus testigos y no sus abogados. Jesús no necesita que lo defiendan. Por eso, la labor de los discípulos no es luchar contra los que no creen en él, sino dar un testimonio creíble de su presencia entre hombres y mujeres.

           Para creer en Jesús de Nazaret, no basta con pensar que él es el Hijo del Padre, que él es presencia de Dios entre los humanos. Es necesario además, creer en lo que él creyó y amar como él amó. Jesús creía profundamente en el valor y la dignidad de la persona humana. En la posibilidad de que el reinado de Dios se manifestara entre los seres humanos por medio de la justicia y la igualdad.

           Jesús creía en que todos debíamos participar de la misma mesa, por lo que no debería haber excluidos ni marginados. Esta fe de Jesús en una nueva humanidad era la expresión de su fe en Dios Padre. Fe que se manifestó en un inmenso amor por los necesitados, oprimidos y marginados.

           Amor sin medida por sus amigos y discípulos. Amor por todos aquellos que carecían de afecto y comprensión. Por eso, creer hoy en Jesús no puede ser sólo un acto de aceptación verbal, sino de adhesión a su propuesta (creyendo en lo que él creyó, y amando lo que él amó).

Servicio Bíblico Latinoamericano