13 de Octubre

Miércoles XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 octubre 2021

a) Rm 2, 1-11

           Pablo se niega hoy a contemplar el pecado de los paganos como una fatalidad, y alude a que el pecado de los judíos es mucho más inexcusable: "No tienen disculpa" (v.1). Porque el judío no sólo conoce la existencia de Dios, sino también los sentimientos más íntimos de su Señor. Y sólo un mal corazón se puede negar a la llamada de un Dios que no se deja vencer en misericordia y fidelidad.

           El judío ha visto la elección como privilegio y no como vocación para una tarea, como si Dios fuera un padre que ama a unos hijos y repudia a otros. Y eso no es verdad, porque Dios da a cada hombre una función diversa, y éstos no serán recompensados por la función asignada, sino por la fidelidad con que han cumplido su papel.

           Ni siquiera el conocimiento de Dios será decisivo en aquella hora, porque lo decisivo no es el conocimiento sino la búsqueda: "A los que perseveran en hacer el bien y no decaen". El conocimiento puede servir para buscar mejor, pero también puede desembocar en un castigo más severo.

           Tampoco el conocimiento de la ley será decisivo en aquella hora, porque los que no conocen la ley escrita tienen una ley interior ("escrita por Dios en su corazón") que les guía con sus dictámenes.

           De esta forma, Pablo habla de la posibilidad de salvación que tienen unos y otros, así como su posibilidad de condenación. Y esto por una misma causa: la capacidad de fidelidad o infidelidad que todos tenemos. No obstante, el evangelio es la mayor "fuerza de salvación", y si los hombres pueden eludir una ley claramente escrita (el evangelio), mucho más podrán eludir una ley escondida en el fondo del corazón.

Jordi Sánchez

*  *  *

           Después de describir la decadencia pagana, Pablo describe ahora el extravío judío: "No tienes excusa, hombre quienquiera que seas, tú que juzgas. Pues juzgando a otros a ti mismo te condenas, puesto que obras como ellos, tú que juzgas".

           En efecto, el panorama de la degradación a que llegó la existencia atea debió ser tan sombrío ("se degradaron a sí mismos") que muchos hombres, en particular los fieles judíos o cristianos de hoy, estaban tentados de decir: "Yo no soy como éstos".

           Ahora bien, Pablo quiere que todo hombre, aunque sea puritano judío, tome conciencia de su condición radicalmente pecadora. El hombre seguro de sí mismo, el hombre que se cree perfecto tiende a "juzgar a los demás" desde su superioridad. Y al hacer eso se juzga a sí mismo, porque hay en él las raíces mismas del mismo mal. Solidaridad profunda, porque todos somos pecadores. ¿O tú crees que escaparás al juicio de Dios? ¿O desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia, de generosidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión?

           La demora que Dios nos otorga antes del juicio final debe permitir convertirnos, porque "por la dureza y la impenitencia de tu corazón, vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno según sus obras". En efecto, la conversión (metanoia) es la inversión del corazón, es el cambio de vida. Se trata de apartarse del mal para volverse hacia Dios. Gracias, Señor, de darnos esta demora, gracias por tu paciencia para conmigo.

           Estas palabras violentas de Pablo repiten las imágenes mismas de Jesús y de todos los escritos del judaísmo contemporáneo de Cristo: las calamidades reservadas a los impíos en los últimos días. Ahora bien, esas calamidades se prometen aquí también a los mismos judíos, en la medida en que tampoco ellos se conviertan. Es preciso atreverse a meditar estas palabras.

           Dios, pasado su tiempo de paciencia, y después de haberlo hecho todo para salvarnos, no podrá "pactar con el mal". No es Dios el que condena, sino que es el hombre el que "endurece su corazón" y el que cosechará "según sus obras".

           Tenemos aquí un motivo de reflexión sobre nuestra libertad y destino, pues como dice Pablo, hay algo que nos aguarda: "la vida eterna, para a los que buscan la gloria de Dios; la cólera e indignación, para los rebeldes e indóciles a la verdad; tribulación y angustia, para todo el que obre el mal". Y eso "ya sea judío o griego", porque "en Dios no hay acepción de personas".

           En Dios no hay ningún favoritismo. No hay pueblo favorito, no hay hombre favorito, y todo hombre será juzgado por lo que él es y lo que él vive. Cuando un judío pensaba en el juicio, veía a todos los judíos salvados, y todos los paganos condenados. San Pablo se atreve a decir lo contrario. El pagano puede salvarse. Y en el pasaje siguiente (Rm 2, 14-15), Pablo indica el modo de salvarse el pagano: "seguir su conciencia, y la "ley inscrita en su corazón". 

           ¿Tengo yo tendencia a considerarme como un privilegiado? ¿A creer que mi salvación está asegurada? ¿A juzgar con demasiada dureza a los demás? ¿A ver el mal que hay en ellos, sin ver el mal que también hay en mí? Señor, haz que vea mi pobreza, que sea más lúcido, que reconozca mis pecados y me remita a tu misericordia.

Noel Quesson

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           Ayer desautorizaba Pablo a los paganos por no haber llegado al conocimiento de Dios, a pesar de que sus huellas están claras en la creación de este mundo. Y hoy se dirige a los judíos, que también están fuera de juego por no haber sabido estar a la altura de su elección y misión en el mundo. De esto parece escandalizarse Pablo más que del pecado de los paganos.

           Los judíos tampoco tienen excusa y no pueden juzgar despectivamente a los paganos: "Al dar sentencia contra el otro, te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual".

           Al igual que el don de Dios es para todos, su juicio también lo será, "pagando a cada uno según sus obras". Será juicio de "gloria, honor y paz", de "vida eterna" para todos, judíos y paganos, si han sabido responder al don de Dios. Pero será "de castigo implacable" también para judíos y paganos, si se han rebelado contra la verdad.

           No hay trato de privilegio ante Dios. A los judíos se les recuerda que no basta pertenecer al pueblo de Abraham, aunque sea el pueblo elegido de Dios, para serle agradable. Hay que responder a ese don con una conducta coherente con la Alianza. Precisamente por ser el pueblo elegido, el juicio será más exigente.

           Lo mismo se puede aplicar a nosotros, los que estamos tan ufanos de pertenecer a la Iglesia de Jesús, el nuevo Israel. Por desgracia también nosotros podemos tener "un corazón impenitente" o "rebelarnos contra la verdad y rendirnos a la injusticia". Existe el pecado en nuestra vida y podemos caer en la mediocridad y en el descuido, no respondiendo con coherencia al don de Dios.

           Las advertencias de Pablo a los judíos siguen la misma línea que las de Jesús a los fariseos de su época, llenos de sus propios méritos: "Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes defensa". Pensemos en nosotros mismos, porque no tenemos muchos motivos para sentirnos orgullosos ni meternos a jueces de los demás. Somos propensos a mirar por encima del hombro a los que consideramos alejados o equivocados, y no nos damos cuenta de que "tú, el juez, te portas igual".

           Al que más se le da, más se le exige. El juicio no será de cuánto hemos recibido, pues puede que el que haya recibido un sólo un talento lo haya administrado mejor que nosotros, que hemos recibido diez. El juicio está en manos de Dios. Como dice el salmo de hoy: "tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras".

           Más vale que, a medida que vamos escuchando día tras día su Palabra, adelantemos nosotros mismos la evaluación final, para ir corrigiendo las desviaciones posibles en nuestro camino. Con la confianza puesta en Dios, en cuyo nombre vamos construyendo nuestro destino final: "Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación, sólo él es mi roca y mi salvación; él es mi esperanza".

José Aldazábal

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           ¿De qué sirve poseer tesoros tan enormes de riqueza como son la ley de Dios para los judíos, y la gracia que Dios nos ha ofrecido en Cristo a quienes creemos en él? Porque no basta con ser herederos de la ley de Dios y condenar a quienes no la cumplen (sino que hay que amoldar, uno mismo, su vida a ella), ni con ser herederos de la gracia de Cristo y proclamar el evangelio con los labios para que muchos crean (pues hay que vivir aquello que se anuncia).

           No sea que estando a la mesa de un banquete substancioso al final quedemos con el estómago vacío por no haber querido hacer nuestros esos alimentos. No vaya a suceder que al final quedemos con el corazón vacío por haber anunciado el evangelio de la gracia, pero no haberlo hecho parte de nuestra propia existencia.

           Hagamos el bien amoldando nuestra vida al evangelio que es Cristo; más aún, revistámonos de Cristo para que perseverando en la práctica del bien busquemos gloria, honor e inmortalidad y recibamos, finalmente, vida eterna de manos de Dios, nuestro Padre.

Dominicos de Madrid

b) Lc 11, 42-46

           La acusación comenzada ayer por Jesús contra los fariseos continúa hoy con 4 lamentaciones más, a forma de acusación contra la manipulación religiosa de la gente.

           La 1ª acusación de Jesús tiene en cuenta el pago riguroso del 10% de las cosechas (el diezmo), como asignación tributaria para el culto y el clero judío. Dicha normativa venía a decir que Dios es el propietario de toda la tierra, y que por ello sus inquilinos han de ofrecerle en acción de gracias las primicias de sus frutos.

           El libro del Deuteronomio (Dt 12,6.11.17; 14,22) exige que se entregue el 10% de la mies y de los frutos de los árboles (grano, mosto y aceite) al santuario central, pero permite también la entrega equivalente en dinero. Más tarde se exige también el diezmo del ganado (Lv 27, 30-33), y los fariseos extendían también ese deber a otras hierbas olorosas (hierbabuena), medicinales (ruda) y comestibles (legumbres).

           Por tanto, los fariseos cobraban el diezmo hasta de lo no mandado, olvidando así los mandamientos de la justicia y del amor. Justicia para que a todos llegara lo necesario, y amor para suplir con generosidad aquello que la justicia no lograra alcanzar. Jesús no se niega a que se pague el diezmo, pero sí se opone a que el diezmo olvide lo fundamental. Difícilmente podrán relacionarse con Dios el mundo económico, si éste no practica la justicia ni el amor.

           La 2ª acusación de Jesús reprocha a los fariseos su vanidad, al desear ocupar en público los primeros puestos, relegando a los demás a un 2º plano. En la ética de Jesús el prójimo tiene la prioridad, y el otro está siempre por delante.

           La 3ª acusación de Jesús gira en torno a la división dentro-fuera. Los fariseos son "como tumbas sin señal, que la gente pisa sin darse cuenta, contaminando y volviendo impuros". Así pues, declara que los fariseos no alcanzan la pureza con sus purificaciones rituales, y que además contaminan y manchan a los demás. Siendo su misión proteger el bien, provocan el mal. Quienes están destinados a dar vida, transmiten, como tumbas, la muerte. Quienes deben llevar a la santidad, conducen a la impureza.

           La 4ª acusación de Jesús hace que un jurista se sienta aludido, y condena el hacer cargar sobre los hombros de los demás las cargas insoportables, sin estar dispuestos a rozar éstas con el dedo. Por supuesto, esa carga aludía al desarrollo oral de la ley que habían hecho los fariseos, a base de añadir innumerables preceptos mínimos. Había, por ejemplo, una lista de 39 categorías de trabajos que estaban prohibidos en sábado, y 613 mandamientos que había que cumplir.

           Imposible recordar tanto precepto para ponerlo en práctica, y lo que conseguía esa minuciosa legislación era terminar creando una conciencia de pecado en la gente, que se sentía incapaz de conocer las cosas de Dios, y acababa apartándose de Dios.

Juan Mateos

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           El mensaje de Jesús es tan universal, que puede inculturarse en cualquier parte. Es ésta la condena expresa de Jesús contra estos dos grupos dirigentes de Israel. Los fariseos, con su rigor externo exagerado, dirigen la vida religiosa del judaísmo. Los juristas interpretan la antigua ley de Moisés y coleccionan las nuevas tradiciones morales y rituales del pueblo. Pero unos y otros parecen más preocupados en la observancia que en el compromiso. No maravilla, entonces, la continua y violenta confrontación de Jesús y sus discípulos con estos grupos, que se resume en estos 6 "ay de vosotros" (vv.42-53).

           Los fariseos son condenados principalmente por su hipocresía y corrupción interna (v.44). En 1º lugar, porque han transformado la religión en una especie de espectáculo. En 2º lugar, porque se han autoconstituido en los únicos representantes de lo divino (v.43). Y en 3º lugar, porque se preocupan de las minucias y pierden de vista lo más importante, que es el amor y la justicia (v.42). De momento, Jesús y sus discípulos todavía no han roto las relaciones con ese mundo judío, y todavía se sienten sujetos a la estructura legal del judaísmo.

           También de momento, justicia y amor son conceptos utilizados por Jesús en el sentido del AT, aunque ligados en exclusiva al misterio y cualidades de Dios (su autor), y nunca ligado a la vida de su pueblo (su receptor). Dios es justo amando al pueblo, y Dios es amoroso perdonando al pueblo.

           El fariseísmo había llegado a olvidar por completo este misterio de Dios, y Jesús sintió la necesidad de recordárselo. En este sentido, su mensaje no era todavía una ruptura radical, sino una búsqueda más profunda y auténtica de la vida religiosa del AT. La 1ª razón por la cual Jesús condena a los juristas es por la incoherencia entre su enseñanza y su vida (v.46).

           Para Jesús, los intérpretes de la ley han deshumanizado los mandamientos de Dios, transformándolos en un peso insoportable, volviendo odiosa la religión, haciendo de Dios un policía y fiscal, traicionando el primitivo amor israelita a Dios, omitiendo la primigenia Alianza de Dios y olvidando las llamadas de Dios a la fidelidad y al perdón. Por otra parte, la vida personal de aquellos juristas se había vuelto totalmente ajena a esa legalidad que ellos predicaban, de forma sistemática e hipócrita.

Severiano Blanco

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           No es que Jesús rechace las leyes, pues él mismo y sus discípulos se mantienen dentro de la estructura legal del judaísmo, y no descuidan sus ritos. Pero lo que sí Jesús denuncia es la hipocresía en el cumplimiento externo de la ley, o aquel cumplimiento que no nace de una auténtica relación de justicia y amor, ni a Dios ni a los demás.

           Los fariseos pretendían mostrarse como perfectos cumplidores de las prescripciones legales, y por eso buscaban los primeros puestos y el aplauso de los otros. Así, su religión no era sincera, y su motivación interior era la búsqueda de sí mismos, con la autosuficiencia del que se cree perfecto y superior a los demás.

           El fariseo había olvidado que no se trata del frío cumplimiento de leyes lo que identifica con la santidad de Dios, sino que la verdadera alianza divina consiste en recibir ese don de Dios para traducirlo en la autenticidad de la justicia, de la solidaridad y del reconocimiento igualitario de los otros.

           La imagen del Dios legalista, rigorista, inhumano, vigilante y retributivo, que los maestros de la ley habían creado en Israel con su conducta y enseñanza, estaba lejos del reino de Dios, del Dios revelado, del Dios de la alianza, y de un Dios que es amor, perdón misericordioso y ternura infinitas para con hombres y mujeres.

Fernando Camacho

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           Las maldiciones de Jesús contra los fariseos, que meditaremos hoy y mañana de la mano de Lucas, ya habían sido relatadas por Mateo (Mt 23, 23). La Iglesia las pone una 2ª vez a nuestra vista para que las interioricemos más, aplicándolas a nosotros mismos y no aplicándolas a los demás: "Ay de vosotros, fariseos".

           Pero ¿en qué lugar dijo esto Jesús? ¿Y lo dijo una sola vez, o varias veces? Mateo dice explícitamente que Jesús pronunció estas invectivas en público y delante de las multitudes (Mt 23, 1). Lucas, por el contrario, parece sugerir que Jesús dijo esto en casa de un fariseo que lo había invitado a comer a su mesa.

           Sabemos que los autores antiguos reagrupaban a su manera los datos y materiales históricos, y que los evangelistas también recurrieron a ese procedimiento de "reagrupación". En el caso presente, Lucas pudo agrupar aquí, durante la comida en casa de un fariseo, palabras que fueron dichas por Jesús en otra parte. Sin embargo, nos será conveniente captar la sugerencia que Lucas intenta transmitirnos: la individualización de la enseñanza de Jesús, como en el caso de los ayes farisaicos.

           Jesús amaba a los fariseos, y quizás llegó a pensar que un día se curarían de su hipocresía. En el pasaje de hoy, Jesús es invitado por uno de ellos, se mantiene en su actitud y repite a "este hombre", en su propia mesa, lo que sin duda había proclamado otras veces en público: "Vosotros pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios".

           Señor, es cierto que a menudo doy demasiada importancia a algunos detalles, y soy negligente en deberes mucho más importantes, como:

-la justicia, o derechos que mis hermanos tienen sobre mí,
-el amor de Dios, o lo que da valor a los gestos exteriores.

           Ciertamente, en lugar de prestar tanta atención a pequeñeces, se tendría que ser más exigente respecto a esos dos puntos esenciales. Porque "esto había que practicar, sin olvidar aquello". Señor, ayúdame a cumplir mis pequeños y mis grandes deberes.

           Pero hay todavía más, porque tras esos primeros ayes, Jesús vuelve a la carga: "Ay de vosotros, los fariseos, que os gusta estar en el primer banco en la sinagogas y que se os salude en las plazas". ¿Apetezco yo también los honores, la consideración? ¿Qué forma tiene en mí ese orgullo universal? ¿La seguridad de tener la razón? ¿O querer llevar a los otros a pensar como yo? Hay mil maneras sutiles de querer el "primer puesto".

           Entonces, un doctor de la ley intervino y le dijo: "Maestro, diciendo eso, nos ofendes también a nosotros". Pero Jesús replicó: "Ay de vosotros también, doctores de la ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros ni las rozáis con el dedo".

           ¿Hay quizás ciertas cargas que yo coloco sobre los hombros de los demás? Una vez más Jesús defiende a los pequeños (a los que no pueden cumplir toda la ley) frente a los grandes (los doctores de la ley), a los ignorantes frente a los expertos en la materia. ¿Soy misericordioso con los pecadores? ¿Y con tantos hombres que no saben bien las exigencias de Dios?

Noel Quesson

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           Hoy escuchamos 3 acusaciones muy duras de Jesús contra los fariseos, y otra más contra los juristas o doctores de la ley (que se lo buscaron, metiéndose en la conversación):

-"cobráis los diezmos hasta de las verduras más baratas" (la hierba buena), pues lo de pagar la décima parte de las ganancias era muy común en las varias culturas;
-"os encantan los asientos de honor";
-"sois como tumbas sin señal", en que por fuera todo parece limpio, pero por dentro sólo contiene corrupción y muerte;
-"abrumáis a la gente con cargas insoportables, y vosotros no las tocáis ni con un dedo".

           Algunos ejemplos pertenecen a la cultura de entonces, pero a través de ellos Jesús sigue interpelándonos: ¿Merecemos algunos de estos ataques? ¿En qué medida somos fariseos? Porque los fariseos, nos dice Jesús, "descuidan lo principal: el derecho y el amor de Dios".

           Ahora ya no pagamos los diezmos de cosas tan menudas. Pero igualmente podemos caer en el escrúpulo de cuidar hasta los más mínimos detalles exteriores mientras descuidamos los valores fundamentales, como el amor a Dios y al prójimo. Por cierto, recojamos la consigna de Jesús: no se trata de no prestar atención a las cosas pequeñas, con la excusa de que son pequeñas. Lo que nos dice él es: "esto habría que practicar (lo importante, lo fundamental), sin descuidar aquello (las normas pequeñas)".

           Tampoco invita Jesús a desatender los detalles, y sí a asegurar con mayor interés las cosas que merecen más la pena. ¿Se puede decir que no andamos nosotros buscando los puestos de honor, pero sí estamos ansiosos de la buena fama y del aplauso de todos?

           Podemos ser tan jactanciosos y presumidos como los fariseos. En ese caso, ¿somos sepulcros blanqueados? Cada uno sabrá cómo está por dentro, a pesar de la apariencia que quiere presentar hacia fuera. Los demás no nos ven la corrupción interior que podamos tener, pero Dios sí, y nosotros mismos también, si somos sinceros.

           Y podemos querer parecernos a los doctores de la ley, sobre todo cuando enseñamos en nombre de Jesús. En ese caso, ¿imponemos interpretaciones del evangelio que son demasiado exigentes, con cargas insoportables?

           Ya es exigente de por sí la fe cristiana, como para hacerla más pesada todavía. Y tampoco tenemos derecho a añadir a los demás nuestras propias cargas. Jesús se puso como modelo de lo contrario: "Venid a mí todos los que estáis fatigados o sobrecargados, porque mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 29-30). Además, podemos caer en el fallo de ser exigentes con los demás, y ser permisivos e hipócritas con nosotros mismos.

José Aldazábal

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           Hoy vemos cómo el Maestro nos da hoy algunas lecciones, entre ellas la de la coherencia que han de tener los educadores. Parece ser que Lucas ha querido hacer más sintética la enseñanza de hoy, pero en los pasajes paralelos de Mateo (Mt 23, 1) ésta es bastante más extensa y concreta. De todas formas, el pensamiento del Señor concluye en cuál debe ser el alma de toda actividad y enseñanza: la justicia, la caridad, la misericordia y la fidelidad (v.42).

           Respecto a los diezmos del AT hacia la entidad judía, éstos debían ir según Jesús en la misma línea ("ahí de vosotros, que cobráis el diezmo de la hierbabuena"), y por eso hoy la Iglesia ya está sensibilizada al respecto, exigiendo una colaboración con la Iglesia de forma totalmente libre y flexible.

           También es verdad que hay personas delicadamente generosas, que traen un 10% de sus ganancias para el culto y para los pobres. Hay otros que han traído a la Iglesia el mismo importe que lo que se han gastado en su viaje de vacaciones. Otros están dedicando horas gratis a la hora de colaborar en Cáritas u otras tareas eclesiales. Y en todo ello se adivina el espíritu del evangelio. El amor es ingenioso, y de las cosas pequeñas obtiene alegrías y méritos ante Dios.

           Respecto al otorgar valor de ley obligatoria a las cosas pequeñas (como lo hacían los maestros de la ley), esto sí que parece bastante exagerado y fatigoso. Y de ahí que Jesús les diga: "Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos" (v.46).

           El buen pastor es el que camina al frente del rebaño, arrastrando con su ejemplo. Los buenos educadores son los que se esfuerzan en vivir las virtudes que enseñan. Esto es la coherencia cristiana, no solamente empujando con un dedo, sino con todos los dedos (vida de sagrario, devoción a la Virgen, tareas caseras, buen humor...). Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas, decía San José Mª Escrivá.

Joaquín Font

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           Las expresiones de hoy de Jesús hacia los fariseos son de dolor y de advertencia, y tienen que ver con la superficialidad y la apariencia con que éstos estaban llevando a cabo sus creencias y vivencias religiosas.

           En toda vida humana hay un momento en el que pareciera que le estamos dando una vuelta a un largavistas y todo aquello que veíamos con aumento, que nos parecía enorme y cercano, dándolo vuelta nos parece lejano, diminuto y distante.

           Así nos pasa en la vida cuando nos movemos en la superficialidad y no la hondura de las cosas importantes. Entonces todo lo que importa nos parece muy lejano. La realidad se va como alejando de nosotros porque pueden más las urgencias, el ritmo ajetreado de la vida, los horarios y las responsabilidades que tenemos asumidas y a las que debemos responder.

           La miopía cotidiana nos hace equivocar, convertimos en una montaña a un pequeño granito de arena y ponemos murallas delante nuestro, cuando en realidad tenemos un cerco que lo podemos sortear con facilidad. La verdadera dimensión de las cosas las aprendemos a descubrir cuando nos animamos a ver las cosas con la dimensión que realmente tienen.

           Lo que Jesús está haciendo, en el evangelio de hoy, es sacar a los fariseos y escribas de la exageración; por amor a la ley y a la de la religiosidad, los pone de cara a lo que verdaderamente importa y vale la pena.

           Cuántas veces nosotros estamos como aquellos fariseos o escribas, preocupados y viviendo por arriba la vida, olvidándonos de vivir de cerca lo que verdaderamente importa. ¿Cuánto tiempo hace que no compartís un domingo junto a tu familia? ¿Cuánto tiempo hace que no conversas con tus hijos? ¿Cuánto hace que no te das un tiempo para la oración? ¿Cuánto hace que con tu esposa o esposo no se dan un tiempo para estar juntos durante un día o dos?

           Nos apartamos de lo que importa, tomamos distancia de lo que vale la pena, creemos que vivir por arriba y que vivir acelerados con los compromisos que ya tenemos es lo que va a terminar por darle éxito a nuestra vida.

           Es tan simple y tan sencillo desenmascarar la superficie en la que vivimos, es tan simple como dedicarle el tiempo a lo que nos parece que es pérdida de tiempo. La oración suele aparecer así, como una pérdida de tiempo. Hay veces que parece que es una pérdida de tiempo dedicarle unas horas a escuchar a los que a veces se vinculan con nosotros con la agresividad, porque no saben como comunicarse. Nos parece que es perder el tiempo abrir el oído y el corazón a estas personas.

           Lo difícil es aceptar que son los grandes golpes de la vida los que nos hacen ver cosas elementales. La cultura en la que vivimos tiene el grave riesgo de perder el valor de lo cotidiano porque lo importante pasa por el éxito. El pulso de lo cotidiano, la conversación con el amigo, la posibilidad de mirar a fondo, todo esto está en las cosas cotidianas.

           Hay una expresión bíblica que puede ayudarnos en este sentido, cuando se nos dice que hoy es el día que hizo el Señor, que no hay otra jornada más que esta. Diría Ignacio de Loyola: "Lo de ayer ya pasó y mañana todavía no llegó, hoy es la oportunidad". Vivir el presente con intensidad y no frenéticamente, vivirlo con hondura, con intensidad, valorizando las cosas sencillas, es lo que debemos hacer. Hoy es el día para que puedas recuperar tu mirada de fondo, para que puedas valorizar lo que verdaderamente importa en tu vida.

Javier Soteras

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           Jesús, los fariseos cumplen escrupulosamente la ley de Moisés. Por eso aplican el mandamiento de dar al templo el 10% de las cosechas, incluso de productos de poca importancia como es la menta, la ruda y las legumbres. Y tú no les criticas por ello. Lo que te duele es que le den más importancia a estas observaciones que a la justicia y el amor de Dios. ¿Para qué sirve toda la ley, sino es para amar más a Dios y a los demás?

           La Iglesia también tiene unos mandamientos (ir a misa todos los domingos, confesarse al menos una vez al año, no comer carne en determinados días...). Pero estos mandamientos tienen el objetivo de acercarme más a Dios, y de hacerme mejor persona. ¿Cómo los cumplo? Sin embargo, mi vida cristiana sería una gran mentira si observara todas estas prácticas, pero luego no intentara amar de verdad a Dios y a los demás.

           Jesús, tú no quieres que deje de practicar tus mandamientos. Esto es lo que hay que hacer sin omitir aquello. Lo que quieres es que los cumpla dándoles todo el sentido que tienen, de modo que me sirvan para unirme más a ti y a los demás. Hasta la menor práctica de piedad (una jaculatoria, una pequeña mortificación) se convierten entonces en una fuente de crecimiento espiritual, que me hace mejor persona porque me hace mejor cristiano, hijo de Dios.

           Jesús, hay una práctica de piedad que es fundamental en mi vida cristiana: la oración. En la oración, te comento mis problemas y mis deseos de mejorar; te pido por las personas que me rodean, especialmente por las que más quiero o por las que más lo necesitan; te doy gracias por todo lo que me das; te pido perdón por mis pecados y mis faltas de amor a ti.

           Jesús, este rato diario de oración contigo llena de contenido todas las otras prácticas de piedad y mi día entero. Si abandonara la oración, mi vida cristiana empezaría a perder sentido. Porque viviría de mis reservas espirituales (acumulada en el pasado), estaría viviendo de la trampa y acabaría por cumplir hipócritamente las prácticas de piedad, sin tener el corazón en ti.

           Por el contrario, con la oración puedo superar cualquier obstáculo y cualquier desánimo. Porque como ya decía San Pedro de Alcántara:

"Cuando una persona sale de alguna profunda y devota oración, allí se le renuevan todos los buenos propósitos; allí son los favores y determinaciones de bien obrar; allí el deseo de agradar y amar a un Señor tan bueno y dulce como allí se le ha mostrado, y de padecer nuevos trabajos y asperezas, y aún derramar sangre por él; y finalmente, reverdece y se renueva toda la frescura de nuestra alma" (Tratado de Oración, I, 1).

           Jesús, hoy vuelvo a hacer el propósito de no abandonar nunca la oración. Ayúdame a no dejarla ningún día. De este modo, todas mis prácticas de piedad cristiana estarán llenas de contenido, porque estaré buscando siempre hacer tu voluntad.

Pablo Cardona

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           Jesús echa en cara a fariseos y escribas su pecado, para moverlos a conversión. El pecado de los fariseos está en poner empeño escrupuloso en las normas insignificantes mientras desprecian lo esencial; en querer aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados como piadosos (Mt 23,6-7; Mc 12,38-39).

           El discípulo de Jesús, en cambio, debe valorar las cosas según su importancia. No debe despreciar lo pequeño por ser pequeño, pero debe centrar su esfuerzo en lo fundamental: la justicia, el amor a Dios, el amor al hermano.

           El pecado del escriba, del especialista en la ley, está en escrutar la ley día y noche para descubrir a los hombres lo que deben hacer, pero no cumplirlo él ni ayudar a cumplirlo a los débiles. La salvación no está en saber mucho, sino en cumplir lo que se sabe. Y en no en echar cargas sobre los hombros de los demás, sino en ayudar a los demás a llevar su propia carga.

Nelson Medina

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           No tiene ningún sentido dividir a la gente en buenos y malos, como suelen hacer las películas mediocres. Porque ningún ser humano puede juzgar a su hermano, y porque el bien y el mal nos atraviesan a todos por dentro. Jesús es implacable en ese aspecto, contra todos esos fariseos permanentes que se preocupan por dar una "buena imagen electoral" y pasan por alto el derecho y el amor de Dios, o que abruman a la gente con cargas insoportables mientras ellos (¿o nosotros?) no mueven ni un dedo.

           Son palabras enérgicas, de las más contundentes transmitidas por los evangelios, y, sin embargo, no parece que tengan demasiado efecto en nosotros. A veces, en nuestra iglesia, hay personas que se sienten con la obligación moral de señalar lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, de marcar una línea nítida entre lo permitido y lo prohibido, de censurar conductas escandalosas, de llamar a cada cosa por su nombre. ¿Cómo podemos saber si estas actitudes proféticas son genuinamente evangélicas o no?

           Donde hay autenticidad surge un tipo de frutos: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, amabilidad, autocontrol... Y donde hay falsedad (o el "ser humano va a lo suyo") surge otro tipo de frutos: fornicación, impureza, contiendas, celos, rencores, sectarismo... Son palabras de Pablo a los gálatas, aludiendo al espíritu cristiano y al espíritu mundano.

           Esto puede parecer demasiado simple. Y, sin embargo, a esta simplicidad suelen llegar después de muchas vueltas, los hombres y mujeres espirituales. Hace tiempo que me he desenganchado de los maestros que presumen de decir las cosas claras y que van dejando un rastro de rencor, enemistades, sectarismo.

Gonzalo Fernández

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           La ley tiene como único fin ayudarnos a vivir de acuerdo al amor. Cada uno de los mandamiento expresan el deseo de Dios de que el hombre crezca y madure en el amor. Sin embargo cuando la ley se convierte en fin en sí misma deja de expresar el deseo del legislador y se convierte en un yugo difícil de llevar.

           Peor aun cuando nosotros mismos nos convertimos en los legisladores para hacer una ley a nuestra medida y necesidades, pues esto lejos de conducirnos a la meta que es Dios, nos aleja de él y nos confina a la oscuridad, a la ignorancia, a la angustia.

           Si tú cumples la ley solo porque es la ley (por miedo al castigo) eres todavía un esclavo de la ley... pero si tú la cumples porque en ella descubres un camino para crecer en el amor, tu vida se abre hacia la felicidad perfecta. Como ejemplo sencillo podrías pensar hoy ¿qué te mueve el domingo para ir a misa?

Ernesto Caro

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           En el libro del Talmud se dice que algunos fariseos viven sólo para cumplir la ley, buscando nuevos preceptos que cumplir y que hacer cumplir a los demás. Cristo no critica ese Talmud, ni tampoco a ellos por imponerse a sí mismos esa ley (libremente), pero sí por imponérsela a los demás (obligatoriamente). Pues eso supondría perder de vista el sentido de las leyes, así como la perspectiva de Dios (del amor y de ayuda a los demás).

           Cuando amamos a Dios cumplimos sus leyes con gusto y sentimos que nos liberan de la opresión de las tendencias bajas y de la esclavitud de las pasiones; vivimos con la felicidad de quien ama y se siente amado. Cuando dejamos de amar a Dios nos complicamos la vida y vemos como un peso horrible lo que es un don de Dios. Nunca se ha oído que una verdadera madre se queje de las incomodidades que conlleva el cuidado de sus hijos, ni a un enamorado agobiarse por tener que cumplir con los detalles que le pide su amor.

           El cristiano que hace la experiencia de amar, se aleja del legalismo y experimenta la libertad verdadera que sólo Cristo sabe dar. La moral cristiana es la conformidad del ser no el cumplimiento estricto de las normas. Por eso San Agustín dice "ama y haz lo que quieras".

           Es verdad que el amor no es sólo un sentimiento, o una verdad teórica, ha de ser mostrado con obras, y en ellas es dónde se ve su existencia. Pero no podemos olvidar de qué pasta estamos hechos, somos frágiles, de barro, patosos. Cuando queremos amar muchas veces no podemos, porque notamos nuestras debilidades que son auténtico obstáculo para nuestras buenas obras.

           Es la hora de acudir al Señor y pedirle que nos ayude, que nos cure de nuestros pecados, que sane nuestra alma débil, decirle que queremos amarle a él y a nuestros hermanos pero que no sabemos, y aún sabiendo no podemos.

Bruno Maggioni

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           Los ayes de hoy de Jesús describen las formas de la ausencia del Dios de la vida en el ámbito de los dirigentes religiosos. Y esos ayes se prolongan a lo largo del tiempo como una seria advertencia a todo hombre que se precie de religioso.

           Desde ellos se exige, en 1º lugar, una jerarquización de los preceptos que rigen la relación con Dios. Ésta se concibe esencialmente como una práctica de amor y justicia sin cuya existencia el cumplimiento de las demás obligaciones son prácticas vacías de sentido. Lo que acontece con el diezmo de los escribas, en el 1º ay pronunciado por Jesús, puede acontecer con toda práctica de piedad al margen de aquellos pilares fundamentales del amor y la justicia.

           Dichas exigencias principales de toda religiosidad auténtica son incompatibles con una práctica religiosa centrada en la búsqueda de los aplausos y de la aprobación de los semejantes. Por lo mismo, se exige del hombre religioso una constante purificación de sus motivaciones para mantener la posibilidad del encuentro con Dios en una vida realizada en la autenticidad de una existencia vivida conforme al querer de Dios.

           Toda actitud que enmascara intereses y egoísmos personales bajo el manto de la religiosidad vicia la raíz de la propia vida y coloca en una senda que, en lugar de acercar a Dios, aleja de él. Por consiguiente, las acciones que se esperan de los demás deben ser asumidas previamente como compromiso y exigencia en la propia vida como el fundamento necesario para el encuentro con el Señor de todos.

Confederación Internacional Claretiana

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           Tomar la ley, el canon o la norma, como excusa para encubrir las propias deficiencias, fue lo que llevó a los fariseos a convertirse en verdugos del pueblo. Ellos tenían que hacer esto para acomodar la Escritura a sus intereses, y esta manera de proceder fue la que condujo al pueblo a la ruina religiosa. La ley estaba hecha para permitir la convivencia social. Pero en malas manos, la ley se convirtió en un yugo inútil y pesado. Yugo utilizado para oprimir al pueblo en nombre de Dios.

           Jesús se alzó contra este procedimiento, y llamó al orden desde lo central de la palabra de Dios: la justicia y la misericordia. Pues no se puede pretender ser un cumplidor de la ley siendo injusto. Y no se puede pretender ser una persona perfecta siendo inmisericorde con el humilde.

           Jesús denunció las contradicciones que anidaban en el seno de las prácticas opresoras de fariseos y escribas. Unas contradicciones que provocaban que el pueblo sufriera un doble yugo (el de las autoridades religiosas judías y el de las autoridades romanas), unas contradicciones que se mantenían vigentes gracias a los partidarios del poder (que albergaban el mando y contenido de la ley, y la manipulaban a su favor).

           Hoy en día todavía se mantienen en pie estas contradicciones, y con mayor fuerza todavía. Como Jesús, los cristianos estamos llamados a denunciarlas, para recuperar lo que Jesús quería que se recuperara: la justicia y la misericordia, como fundamentos del proyecto de humanización.

Servicio Bíblico Latinoamericano