12 de Octubre

Martes XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 12 octubre 2021

a) Rm 1, 16-25

           Los 2 primeros versículos del pasaje de hoy ofrecen el tema central de la Carta a los Romanos: la justicia que Dios, que él ofrece y a la que se puede llegar mediante la fe (vv.16-17). Una cuestión que Pablo tratará con mayor profundidad más adelante (Rm 3, 21-11, 36), tras un largo preámbulo (Rm 1, 18-3, 20) dedicado a la cólera de Dios ante el pecado del hombre, desde el género literario de la diatriba (que oscurece la situación de la ruina humana, para que resalte más la luz de la justicia divina).

           En el pasaje de hoy, Pablo adelanta ya ese tema a tratar, basado en los cánones del AT respecto a la justicia y salvación de Dios (Is 45, 21; Sal 35,7; 39,11; 70,2-15) y respecto a la fe del hombre (Hab 2, 4).

           La justicia de Dios no es la clásica del juez que recompensa o castiga, sino la de un Dios que trata de salvar al pecador, porque ella posee la fuerza y el poder para ello. No obstante, el hombre no la recibirá si no colabora. Pablo conoce demasiado bien el judaísmo como para ignorar que ser justo significa hallarse delante de Dios en la relación que él ha establecido.

           El término paulino de justicia tiene, efectivamente, muy ricos matices, a nivel religioso (como fidelidad a la Alianza), jurídico (como relación entre el hombre y Dios), moral (como valoración y juicio que Dios forma) y escatológico (como acción de justificar Dios al pecador, ofreciéndole la salvación).

           Pero esta justicia no se alcanza mediante los esfuerzos del hombre, ni por el cumplimiento la ley, ni por pertenecer a la raza de Abraham. Sino que se obtiene mediante la fe, la obediencia al evangelio y la aceptación de su gracia. Según esto, tanto judíos como paganos están en el mismo plano de igualdad: Dios, a quien deben confiar la salvación (como hizo el justo en Hab 2, 4).

           A continuación, aborda Pablo la cuestión del conocimiento natural de Dios, partiendo del libro de la Sabiduría (Sab 13, 1-3) y como un creyente que ha sido instruido por las Escrituras, y no tanto como un sabio o filósofo.

           Para adquirir esta conocimiento, Pablo rechaza el proceso de ascensión del hombre al Creador a través del mundo creado, y propone el proceso del descenso directo de Dios al hombre, a través de la iniciativa de hacerse reconocer (vv.19-21). Pues al crear el mundo, Dios transmitió al hombre algo de su conocimiento (v.20).

           La creación no ha dejado de transmitir este mensaje, pero el hombre no lo percibe (vv.21-23) porque entre él y el universo existe una trágica escisión. Pablo no ataca aquí a sus contemporáneos, sino a toda la humanidad (pues los vv. 21-22 están en aoristo, y designan una especie de pecado colectivo, cometido en el pasado y que se ha ido agravando).

           Para Pablo, la incapacidad en la que el hombre se encuentra de conocer a Dios a través de lo creado no es intelectual, sino moral, porque el hombre se ha replegado sobre sí mismo y ha hecho de sí el centro del mundo, y de esa forma ha ido perdiendo progresivamente la posibilidad de leer la presencia de Dios en las cosas creadas. El pecado ofuscó el conocimiento humano, viene a decir Pablo, como se ve en los primeros capítulos del Génesis.

           El apóstol no se pronuncia, pues, ni a favor ni en contra, sobre el hecho de saber si existe o no un medio de llegar a conocer a Dios en lo creado. Constata únicamente que el pecado, causante de la escisión entre Dios y el hombre, impide esta empresa.

           Las consecuencias de no querer reconocer a Dios se manifiestan, según Pablo, en 3 tipos de aberraciones: en las relaciones entre Dios y el hombre (vv.22-23), en las relaciones sexuales (vv.24-27) y en las relaciones sociales (vv.28-32). El hombre es libre para rechazar a Dios, pero no puede evitar las consecuencias de tal acción.

           Dios no es un ser extraño a esta perversión cometida por el hombre pecador, en cuanto que él ha establecido un orden que no se puede romper sin que se vuelva contra él. En este sentido, la perversión del hombre puede ser considerada como un castigo (v.18).

           Tal vez el problema del conocimiento de Dios no se plantea en nuestros días como se planteaba en la época de Pablo. Pero el drama es el mismo. La sensibilidad del hombre moderno no le permite ya descubrir en la creación una prueba de la existencia de Dios: el más allá de la realidad le parece inaccesible.

           Ya en el mundo de Pablo (y no sólo en el actual), el hombre estaba ofuscado a la hora de descubrir a Dios en las cosas creadas. Y sólo Cristo, el hombre en comunión con los hombres y con Dios, pudo sanar esta fisura. La fe permite al cristiano reconocer que el nivel más profundo de conocimiento es el del Espíritu de Dios, y no el humano.

Maertens Frisque

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           Para comprender lo que el apóstol Pablo nos dice hoy sobre la fe, hay que conocer su experiencia personal y lo que durante toda su vida considerará Pablo como una gracia. Se trata de la amistad con Dios, totalmente inmerecida por su parte, y basada en aquella experiencia vivificadora del Crucificado, que se manifestó a él como el que estaba vivo y verdadero Señor.

           Sin compromiso alguno, Pablo defenderá en adelante la importancia fundamental de la fe en Cristo recibida por pura gracia. Y la defenderá contra todas las tendencias que pretendan sobreañadirle otros factores: "El justo vivirá por la fe".

           "Por la fe". Nuestro encuentro con Dios está tejido de pura confianza. Tener fe en alguien es entregarse a él, abandonarse a él, poner todo el ser en sus manos. Tener fe en alguien es creer suficientemente en su palabra para que ella se haga nuestra propia palabra: no tengo más que decir que lo que tú dices de la vida, me atengo a lo que tú digas. La fe es abandono y adhesión.

           Tener fe en alguien es un combate y una conversión. Y cuando decimos "yo te doy mi fe" estoy diciendo que uno mi suerte a la tuya, que tu vida pasa a ser mía, que tus normas dirigirán mi vida, que tus obsesiones serán ahora las mías. La fe es comunión, que nos forja y modela.

           El único fundamento para conocer a Dios, por tanto, es la adhesión firme a Dios, y Jesucristo nos ofrece esa posibilidad. Por eso dice Pablo que "por la fe, el justo vivirá". Porque tan sólo la adhesión podrá darnos toda la medida de nuestra libertad, de la sabiduría, del amor y de la esperanza, a través de las vicisitudes de la vida. No podemos olvidar que el evangelio es Buena Nueva.

Marcel Bastin

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           "Hermanos, no me avergüenzo del evangelio, que es una fuerza salvadora de Dios para todo el que cree: para el judío y también para el griego". Son palabras de Pablo a los romanos, de las que yo querría detenerme en la expresión "el evangelio es fuerza de Dios".

           El termino griego utilizado por Pablo es dinamis (lit. dinamismo). Luego el evangelio no es algo estático, sino el "dinamismo de Dios", una "fuerza de acción" que ha de ir progresando como la levadura (por seguir la imagen utilizada por Jesús).

           Y si el evangelio es dinamis de Dios, la evangelización también es obra del dinamismo de Dios, aunque el hombre esté colaborando en ella. Por tanto, es Dios quien trabaja en el corazón de los hombres, y no para de obrar como una fuerza poderosa. ¿Iremos a él para trabajar con él? Con lo mezquinos y pusilánimes que somos, eso sería un atrevimiento, dirá Pablo, a menos que aumentemos nuestra fe.

           Es una buena noticia saber que, por la fe, todo hombre puede salvarse, ya sea judío (miembro del pueblo de Dios) o griego (pagano alejado de Dios). La llamada a la fe es universal, y no tiene ninguna restricción: "Quien quiera, que crea". Porque la justicia de Dios se revela en el evangelio, y "el justo vivirá por la fe". La fe está en el centro de toda la Carta a los Romanos.

           La fórmula "de fe en fe" indica que, para Pablo, la fe es una realidad que ha de ir creciendo, desde una fe naciente hasta las cumbres de una fe dilatada y abierta. La fe es una cualidad vital, y no una cosa adquirida definitivamente, sino un "continuo avance que se realiza todos los días en cada fiel".

           La justicia de Dios es una palabra que hay que entender bien. Porque no se trata de una justicia distributiva que recompensa o castiga las obras. Sino que se trata de una actitud activa de Dios, que justifica o "hace ser justo". Es Dios quien salva por su gracia, y la fe del hombre es mera correspondencia a ese acto divino. Nos salvamos acogiendo, por la fe, la salvación (la justicia) que Dios nos da.

           La 1ª consecuencia de esta justicia divina es la cólera de Dios, pues según Pablo "la cólera de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que aprisionan la verdad en la injusticia". Dios no puede soportar el mal, y el pecado incita su cólera. Imagen antropomórfica, con la que Pablo habla por comparación a los sentimientos humanos.

           Con todo, alude Pablo a que el misterio de Dios es invisible, y está totalmente fuera del alcance humano. Y a que las obras de Dios, o su maravillosa creación en particular, son las que deberían permitir a los hombres conocerle: "Lo que puede conocerse de Dios, les es manifiesto al hombre, y sus perfecciones invisibles se dejan ver a la inteligencia a través de sus obras".

           No obstante, el hombre pagano natural, que ha conocido algo de Dios, evita siempre tener que comprometerse a una actitud consecuente (de adoración y acción de gracias). Y ese es el drama de todos los materialismos, en que el confort y el placer lo ofuscan todo. ¡Líbranos, Señor, de los ídolos!

Noel Quesson

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           El evangelio en tiempos de Pablo no era todavía algo tangible ni poseía la categoría de Escritura, pues cuando se escribió esta carta aún no se había elaborado el cánon del NT en la Iglesia. El evangelio seguía siendo la Buena Noticia que había predicado Jesucristo, y que él había confiado a sus mensajeros. Por tanto, era todavía algo que se escuchaba de forma oral, y que no se leía por escrito.

           Pues bien, nos viene a decir hoy Pablo que "nos avergoncemos de ese evangelio, porque es fuerza salvadora de Dios". Y también que creamos en él, porque no hay otro camino, ni otro nombre en el cual podamos salvarnos. Cuando uno rechaza a Cristo, fácilmente se creará sus propios dioses, conforme a sus actitudes pecaminosas. Y así llegará incluso a querer justificar como buenas sus desordenadas acciones, inventándose dioses (a quienes consagrar dichos actos) y tratando de eludir la responsabilidad (de los pecados personales).

           Dios nos habla de muchas maneras, y siempre nos ha manifestado que está junto a nosotros, de tal forma que caminemos día a día en una fe en continuo crecimiento, hasta lograr la perfección en Cristo. Pero en ese camino hay que saber que la sabiduría de Dios es distinta de la de los hombres, y que al que vive entregado a los caprichos (de su yo y del mundo), esto le parecerá mera locura. La sabiduría de Dios se manifiesta en la cruz de Cristo, de un modo al mismo tiempo claro e incomprensible.

           La sabiduría de Dios no ha sido conocida por el mundo, ni por los griegos (que buscan sabiduría humana) ni por los judíos (que piden signos; Rm 1, 21). Y por ello ha querido Dios que esa sabiduría fuese juzgada en la cruz, para que sólo los creyentes la conocieran, y a través de ella pudiesen salvarse (1Cor 1,2; 3,19; 2Cor 1,12).

José A. Martínez

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           El tema central de toda la carta de Pablo a los romanos va a ser que la salvación de Dios nos alcanza con plena energía en Cristo Jesús. Y que va destinada no sólo a los judíos, sino también a los griegos (es decir, a los paganos).

           Por una parte está el evangelio, que "es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree" y es Buena Noticia "para los que creen en virtud de su fe, porque el justo vivirá por su fe". Pero por otra está la debilidad humana, el desfase entre el amor de Dios y nuestro pecado.

           Hoy Pablo describe el fallo de los paganos, que deberían haber llegado a conocer a Dios y a aceptarle, porque en la misma creación del mundo hay más que suficientes signos de su poder y su divinidad. Y sin embargo, "no tienen defensa, porque conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que se merecía".

           En efecto, los paganos, "alardeando de sabios, resultaron unos necios", al no saber dar el salto desde la hermosura de la naturaleza ("Dios mismo se la ha puesto delante") a la adoración del Dios creador, sino que se han hecho ídolos falsos y han caído en una vergonzosa decadencia de costumbres. La creación es ya el 1º evangelio, que los paganos no supieron oír.

           Pablo define el evangelio de Jesús, no tanto como una serie de verdades o de normas morales o de memorias históricas, sino como "fuerza de salvación de Dios". Es fuerza, hoy y aquí, no un recuerdo del pasado. Una fuerza que ha sido capaz de sacar a Pablo de su convicción judía y farisaica de antes y le ha convertido en apóstol incansable del Señor. Pero no sólo a él, sino que Dios quiere transformar a todos, judíos o paganos, por la fe en Cristo Jesús.

           Pero la Buena Noticia es a la vez juicio y contraste, signo de contradicción. También hoy muchos se quedan en los medios y no llegan al fin, admiran la hermosura y la grandeza del cosmos o los enormes progresos de la ciencia. En vez de llegar a Dios, se llenan de satisfacción con eso y se construyen ídolos a los que adoran.

           Con las mismas consecuencias morales de corrupción que criticaba Pablo en la sociedad pagana de su tiempo, porque si prescindimos de Dios, estamos prescindiendo también de la ética en sus motivaciones últimas, y entonces no hay control posible que detenga la degradación del obrar humano.

           Si a los paganos los llamaba Pablo necios por no llegar a conocer a Dios (a pesar de que tenían suficiente luz), cuánto más lo diría de los judíos (que tuvieron la revelación del AT) y a los cristianos (que tenemos la gran suerte de Jesús).

           Todo nos tendría que ayudar a reconocer la cercanía de Dios, y lo afortunados que somos por ser sus hijos: la hermosura sorprendente de la creación, la historia de salvación que Dios lleva desde el comienzo de la humanidad y, sobre todo, el don que nos ha hecho en Cristo su Hijo y también en la Iglesia, que, animada por el Espíritu de Jesús, prolonga en el tiempo su plan salvador. No tenemos excusa si no vivimos totalmente impregnados por la Buena Noticia y movidos por su fuerza transformadora.

José Aldazábal

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           Escuchamos hoy en la 1ª lectura un caudal de doctrina, por parte de Pablo: "El evangelio es salvación para cuantos lo reciben y lo cumplen, y asumirlo es grandeza". En efecto, el evangelio es revelación de la justicia salvadora, la justicia que Dios ama, mientras condena la injusticia. En las criaturas y obras de la creación Dios se nos está revelando a las mentes.

           Iniciemos esta reflexión reconociendo la oportunidad de las palabras de Pablo a los romanos: "No me avergüenzo del evangelio, no me avergüenzo de la fe en Cristo".

           ¿Por qué lo diría? ¿Sucedería a Pablo como nos puede suceder a muchos en el s. XXI, que hemos de armarnos de valor para defender ideales nobles de fe, esperanza, amor, justicia, ante contextos desacralizados que adoran ídolos y falsos metales? Esa frase paulina, dicha humildemente, pero con entereza, es hoy laudable y hasta necesaria. Todos debemos mostrar que estamos contentos de haber recibido el don de creer, porque pensamos que nos engrandece en la condición de hijos de Dios.

           Nadie debería hacerse a la idea de que "no creer en Dios" es de espíritus fuertes, sabios, actuales,  mientras que "creer en Dios" es actitud mental trasnochada, propia de personas débiles. Porque esa misma frase, dicha en una celebración de la fe, es revelación de una experiencia de vida en Dios, que nos colma de felicidad aun en medio de las adversidades y titubeos. Cultivémosla en una ocasión y en otra; nos irá bien y haremos bien.

           Pablo decía ayer a los romanos que él había sido llamado por Dios para anunciar a todas las gentes la salvación en Cristo. Y hoy les dedica un elogio del evangelio, como revelación del misterio recóndito de Dios a los hombres. Dios es inasequible a nuestra mirada humana, y sólo la fe nos acerca a su corazón de Padre.

           Pero, siendo eso verdad, hay un modo de hacer camino para acercarse a esa fe; consiste en tener una buena disposición de espíritu que ayude a captar cómo las obras salidas de sus manos creadoras hablan tenuemente de él. Si algunos todavía no tienen esa noble disposición, atrévanse a pedir a las cosas que les hablen más alto de su Señor, como hablaron a los sabios santos. No querer ver en las cosas creadas la luz que en ellas se refleja es un error; y no vivir dispuestos a escuchar su mensaje, es cerrar el camino hacia el más allá del mundo, a Dios.

           Señor Jesús, tú enseñaste a Pablo que la teología de la fe, del amor y de la cruz es horizonte nuevo para el vivir humano. Danos la gracia de poseerte firmemente, de agradecer la vida en ti, y de ayudar a los demás a que sientan tu cercanía en su existencia.

Dominicos de Madrid

b) Lc 11, 37-41

           Apenas terminó Jesús de hablar, "un fariseo lo invitó a comer a su casa" (v.37). Por lo que se ve, un fariseo se ha sentido aludido por las respuestas de Jesús, y lo ha invitado a su casa para aclarar las cosas. O sea, que no sólo los fariseos estaban presentes, sino que eran los objetores que trataban de descalificarlo.

           No se precisa ser demasiado listo para colegir que la invitación del fariseo encerraba segundas intenciones, pues le faltaban pruebas irrefutables sobre su manera libre de proceder al margen de la ley. Y por eso no puede sufrir que Jesús, en su casa y en el solar patrio de la ortodoxia, se salte el precepto de purificarse antes de comer (v.38). Definitivamente, los fariseos han montado una sociedad dividida entre puros e impuros, entre buenos y malos, y de ahí que "se extrañaran", como se extrañaron las multitudes (v.14), al ver que Jesús no observa el ritual de lavarse las manos.

           A la actitud de los fariseos, que ponen su empeño y religiosidad en el cumplimiento de ritos exteriores, opone Jesús la actitud del discípulo, que se esfuerza por la pureza interior, que pone lo esencial en el corazón. El corazón, lo profundo del hombre, su interior, es lo que importa mantener limpio. Porque aquello que brota del corazón (la injusticia, la rapacidad, la avaricia) es lo que mancha al hombre (vv.10-18). La actitud farisea, en realidad, no conoce a Dios aun cuando le tenga constantemente en los labios (Is 29, 13).

Josep Rius

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           El rito convertido en absoluto pierde el contenido de encuentro con Dios y la capacidad de experimentar su gratuidad y misericordia. Porque el rito es utilizado de manera interesada, pensando en el mérito con el que se pretende manipular a Dios. Su amor gratuito queda confundido con la retribución que ata en la recompensa.

           La antítesis "por dentro" y "por fuera", establecida en el v. 39, apunta a la coherencia moral nacida de la autenticidad de vida, que es el origen y el marco de toda ley (en contraposición al cumplimiento externo de leyes y legalismos vacíos) y de la verdadera apertura a Dios y a los hermanos.

           De ahí la sentencia de Jesús: "Dad limosna de lo de dentro" (v.41). Pero no sólo por la limosna (considerada por los judíos como una de las obras más excelentes), sino por la expresión "de dentro", que alude a la profunda experiencia interior, del que da cabida en su corazón al amor solidario y operativo (ante el carente y expoliado).

           Supera así Jesús el cumplimiento legalista de aquel fariseo que le invitó, el de dar dinero en atención a la prescripción legal, porque esa legalidad descuidaba la práctica de la misericordia. El legalismo medía el valor de una persona por su fidelidad a las prácticas legales (lavarse las manos, dar limosna...), y eso es lo que corrige Jesús al fariseo.

           El relato de hoy destaca que lo que mancha al ser humano no es la falta de un cumplimiento ritual, sino la maldad interior, que convierte al hombre en injusto respecto a los otros, cerrado a la gratuidad y opuesto a la misericordia, como don primordial del reino de Dios.

Juan Mateos

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           Llama la atención la valentía de Jesús para denunciar la hipocresía humana. Invitado por un fariseo a comer, no duda en aceptar y en recostarse a la mesa con él. Los fariseos eran los representantes de la ley y de la ortodoxia y proclamaban que el reinado de Dios se instauraría el día en que nadie dejase de observar los preceptos más insignificantes de la ley.

           Por eso este fariseo no puede soportar que, en su misma casa, Jesús no haga la ablución o lavado de manos ritual (los esenios se lavaban todo el cuerpo) antes de comer para eliminar cualquier contaminación o mancha adquirida en el contacto con los hombres y el mundo.

           Aunque ésta era una práctica exigida solamente a los sacerdotes en el AT, sin embargo se había extendido a todo el pueblo. Jesús no cree que el contacto con la realidad humana o mundana separe al hombre de Dios, de modo que haya que estar purificándose constantemente. Más bien lo contrario, y quizás por eso no se lave las manos. El fariseo, sin embargo, se extraña haciendo un gesto de estupor y desaprobación.

           Aunque el fariseo no expresa a Jesús con palabras su extrañeza, éste se apresura a recriminarlo no solo a él, sino a los fariseos en general por la observancia de tantas minucias y ritos exteriores, detectando que por dentro su corazón está lleno de robos y maldades, denunciando de este modo también su desmesurado apego al dinero, dato indicado también por el evangelista antes de la Parábola de Epulón y Lázaro (Lc 16, 14).

           Con cuánta frecuencia por desgracia van unidas codicia y religión, dinero y piedad. Los fariseos, los puros, son realmente insensatos. Por eso Jesús les recomienda la conversión que se mostrará cuando den lo que tienen en limosnas, y de este modo queden totalmente limpios por fuera y por dentro.

           La actitud de cara al dinero es en el evangelio de Lucas el verdadero test que prueba la actitud para con Dios. La generosidad en el compartir es la expresión de fe y de ética que Dios prefiere. También hoy en un mundo en el que hay tanta necesidad, carencia y hambre.

Fernando Camacho

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           Un fariseo invita hoy a Jesús a comer a su casa, y Jesús entró y se puso a la mesa. Jesús era invitado a menudo y él aceptaba. No obstante, veremos que no por eso Jesús se sometía a las costumbres sociales o religiosas de la época.

           En 1º lugar, nos dice Lucas que "el fariseo se extrañó al ver que Jesús no se lavaba antes de comer", pues "había que lavarse las manos antes de ponerse a la mesa" (Mc 7, 2). Esa ablución ritual tenía mucha importancia para los doctores de la ley. Era necesario hacer ese gesto para ser considerado como persona verdaderamente piadosa. Ahora bien, Jesús la omite (Mt 15, 20), y sus discípulos le siguen (Mt 15, 2). Y he ahí que la comida fraternal comienza a volverse tensa, por el conflicto de la legalidad.

           Jesús no está de acuerdo con la postura tomada por su anfitrión, y a éste le choca la actitud desenvuelta de Jesús. Evidentemente, Jesús lo ha hecho ex profeso, e incluso explicará por qué rehusó hacer ese gesto: porque "vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis repletos de robos y maldades".

           Pero ¿quién es puro delante de Dios? Para los fariseos, era puro el que practicaba minuciosamente las prescripciones rituales. Para Jesús, es puro aquel cuya conciencia es pura, pues lo que ensucia al hombre no es el polvo, sino el "robo y la maldad". Jesús va directamente a lo esencial.

           Jesús opone la religión exterior de los fariseos a la religión del corazón, la única que agrada a Dios (Lc 6,45; 10,27; 12,34; 21,34; 24,25; 16,15). En todo el AT, el corazón era el "centro profundo del hombre", más allá de los impulsos superficiales y ocasionales. Y de ahí la expresión corriente judía: "Lo que me embarga el corazón". Esto es lo que contaba para Dios, aunque los fariseos lo hubiesen sepultado. 

           Pero dejemos a los fariseos, porque ¿cuál es mi opción preferencial? ¿Qué es lo que quiero más hondamente? Porque ahí está esperándome Jesús, para decirme: "Insensato, el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior?". Efectivamente, Dios no es sólo el creador de las cosas visibles exteriores, sino ante todo el que ha hecho el corazón humano, y ha creado la conciencia.

           Al rehusar lavarse las manos en la casa de ese fariseo, Jesús quería acentuar esto: la pureza exterior supone desconocer a Dios, porque lo que Dios creó por encima de todo fue la pureza exterior. Y esto es lo que cuenta, mucho más que aquello.

           En 1º lugar, nos dice Jesús que la pureza es "dar en limosna lo que tenéis". Es decir, que la pureza interior es el resultado del amor a los demás, y el amor fraterno y la limosna hacen puro nuestro corazón. Confesemos que no esperábamos esta definición de la pureza.

           El proyecto fundamental del hombre es amar. El término limosna no debe engañarnos, porque al igual que ha sucedido con el término caridad, hoy se ha desvalorizado. Por ello, no nos detengamos en las palabrerías, sino que pongamos encima de la mesa la realidad, que es lo que cuenta y tiene importancia (Lc 12,33; 16,9; 19,8; Hch 9,36; 10,2-4; 11,29; 24,17). Escuchemos de nuevo esa frase sorprendente de Jesús, y tomémosla muy en serio: "Daos vosotros mismos como limosna", y todo será puro para vosotros.

Noel Quesson

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           Continúa el viaje de Jesús hacia Jerusalén, y en este contexto sitúa Lucas una serie de recomendaciones y episodios. Durante tres días escucharemos las duras invectivas de Jesús contra los fariseos.

           Los fariseos eran ciertamente cumplidores de la ley, y estaban deseosos de agradar a Dios en todo. Pero tenían el peligro de poner todo su empeño sólo en lo exterior, de cuidar las apariencias, de sentirse demasiado satisfechos de su propia santidad. Por eso les ataca Jesús, con el deseo de que reflexionen y cambien.

           Tal vez no haya que pensar que Jesús dijo todo eso en casa del fariseo que le había invitado a comer, pues a Lucas le gusta agrupar las enseñanzas de Jesús contra los fariseos. De hecho, Mateo y Marcos las sitúan en otro contexto. Lo importante es la acusación que hace Jesús a los fariseos, que cuidan lo exterior ("limpiarse las manos", "purificar los vasos por fuera") y descuidan lo interior ("por dentro rebosáis de robos y maldades").

           Respecto a lo de "dar limosna", se trata de uno de los temas preferidos de Lucas, que añade "dar limosna de lo de dentro", aludiendo a darse a sí mismo (tiempo, intereses, con el corazón) y no sólo con apariencia exterior.

           Para Jesús, los detalles exteriores, que pueden ser legítimos, no son tan importantes como las actitudes interiores. Por supuesto que hay gestos externos y ritos celebrativos en nuestra vida de fe. Y el mismo Jesús nos encargó que hiciéramos el doble gesto del pan y del vino en memoria suya. Pero lo que desautoriza aquí Jesús es que nos quedemos en mero formalismo y nos contentemos con lo exterior, porque esos gestos deberían ser la consecuencia de lo interior.

           Nosotros ya no nos escandalizamos cuando alguien no se lava las manos. Pero puede haber otros escándalos farisaicos equivalentes, si nos contentamos con limpiar lo de fuera, mientras que lo de dentro lo tenemos impresentable. O si ponemos demasiado énfasis en los detalles, y casi hacemos depender de ellos la justicia o la salvación de alguien.

José Aldazábal

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           Por el evangelio de hoy, se diría que Jesús es un inoportuno, o políticamente incorrecto. Porque es invitado a una casa, se sienta a la mesa y le suelta un rapapolvos a su anfitrión: "Estáis llenos de rapiña".

           Más allá del gesto improcedente del invitado, desciende sobre nosotros el mensaje directo de lo que el Maestro apunta: que Dios mira el corazón, y lo que importa es el interior. En efecto, lo que más importa son los sentimientos generosos, el corazón no endurecido, los ojos limpios del alma, la libertad de los hijos de Dios, la bondad que sale de dentro y estalla por todas partes.

           Los ritos, fórmulas o costumbres sociales, realmente son interesantes. Pero han de quedar en un nivel mucho más bajito que la vivencia interior. Mejor aún, todo el ropaje externo será bueno, y tendrá elegancia y olerá a auténtico, si realmente trasparenta la riqueza atesorada en el corazón.

Conrado Bueno

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           Jesús sigue hoy en altercado con el fariseísmo, al descubrir que los fariseos han hecho de su religiosidad una simple fachada de santidad, reduciéndose a las normas exteriores de conducta y rechazando todo cambio profundo que lleve al amor hacia los demás.

           El mensaje de Jesús insiste, por el contrario, en la necesidad de un cambio interior y sincero. Un cambio que, sin descuidar las normas de vida comunitaria o cultural, provoque el advenimiento de una sociedad más normal y equilibrada. Por ello, poca alabanza damos a Dios entregando diezmos en el templo, o haciendo alguna limosnita, si no sentimos el dolor del que sufre en carne propia la miseria, y pasamos de largo frente a los hermanos necesitados.

           Los fariseos pasaron a la historia, y dejaron de existir. Sin embargo, el fariseísmo sigue siendo el pecado típico que siempre acecha al hombre y a la mujer religiosos. Por ello, tenemos que cambiar de actitud, no atendiendo tanto a las rúbricas cuanto a aprender a amar como hijos de Dios. Jesús no nos enseñó a seguir un conglomerado de ritos (salvo los esenciales), sino a atender la vida del ser humano, realidad fundamental y verdad única del reino de Dios.

Severiano Blanco

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           Para ser realmente discípulos Cristo no basta con cumplir unos ritos puntual y exactamente cumplidos, porque esos ritos no nos justificarán y porque podrían salir de Jesús aquellas palabras con que él recriminaba a los hipócritas: "Este pueblo me honra con los labios, mientras su corazón está lejos de mí".

           Dios no quiere ser el dueño de las exterioridades, sino de todo nuestro ser. Y por eso hemos de vivir con un corazón puro y misericordioso. Esto no sólo nos llevará a darle culto, sino a amarlo sirviendo a nuestro prójimo, socorriéndolo en sus necesidades. Entonces quedaremos realmente limpios, viviremos con el corazón sólo centrado en Dios (libre de las esclavitudes pasajeras), y el día de nuestra muerte seremos justificados.

           Quienes participamos de la eucaristía no podemos vivir con hipocresía, y mucho menos a la hora de manifestar nuestra fe en la vida ordinaria. No podemos venir al templo a poner una cara de bondad y de piedad, para después volver a nuestra casa y tratar mal a los nuestros, o ir a nuestro trabajo y comportarnos de un modo deshonesto.

           El mundo está requiriendo personas que vivan comprometidas con la paz, con la fraternidad humana y con las preocupaciones interiores de las personas (ecología, trabajo, vivienda...). La vida de fe no puede quedarse únicamente en oraciones, sino que ha de trascender a la vida ordinaria por darle un nuevo rumbo a nuestro mundo y su historia.

           Roguemos al Señor que nos conceda la gracia de saber vivir con lealtad nuestra fe, sabiendo que hemos sido llamados como discípulos a vivir como Jesús, como constructores de un mundo que día a día se vaya renovando en Cristo, para gloria del Padre y bien de todos nosotros.

José A. Martínez

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           Jesús, tú te quejas hoy de que algunos fariseos cuiden tanto el cumplimiento externo de la ley, a la vez que por dentro no luchan por erradicar sus defectos e impurezas. Este cumplimiento se convierte en un "cumplo y miento", en una hipocresía que, por estar revestida de bien, hace un gran daño al prójimo. La hipocresía es el peor ejemplo: escandaliza a los que tratan de vivir la ley de Dios y aparta a los que podrían llegar a conocerla.

           Jesús, yo también tengo el peligro de vivir hipócritamente mi vida cristiana, especialmente cuando asisto a la misa. Cuando voy a misa y comulgo, de alguna manera te estoy invitando a entrar en mi casa, en mi vida. La misma participación en la misa, tiene un elemento de cena: "Dichosos los invitados a la cena del Señor". Como dice el Catecismo de la Iglesia:

"La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el cuerpo y la sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros" (CIC, 1382).

           Jesús, al recordarme que lo importante es la actitud interior, no niegas la importancia de los actos externos, sino que me previenes ante el peligro de quedarme en lo superficial, sin entender el sentido profundo de esas devociones. La misa, por ejemplo, está llena de gestos externos: hacer la señal de la cruz, ponerse de pie en la lectura del evangelio, arrodillarse ante el misterio de la consagración, darse la paz antes de la comunión... Pero ¿me quedo en los actos externos, o les doy el significado profundo que tienen?

           Jesús, ¿cómo cuido la urbanidad de la piedad? La urbanidad de la piedad consiste en cuidar lo mejor posible estos detalles externos, no por rigidez mental sino por amor, por el significado que tienen.

           Uno de estos detalles es la genuflexión ante el sagrario: doblar la rodilla al pasar por el lugar donde se reserva la eucaristía, a la vez que, por dentro, hago un acto de adoración, como por ejemplo: decir interiormente "te adoro con devoción, Dios escondido".

           Otro detalle de urbanidad en la piedad es cuidar el vestido cuando voy a misa. Si la misa es un encuentro tan íntimo contigo, no puedo ir como si fuera a la playa. Otro detalle: rezar las oraciones de la misa con pausa y atención, poniendo la cabeza en lo que digo, en vez de contestar como si fuera un disco rayado. Jesús, ayúdame a cuidar estos detalles externos poniendo la cabeza y el corazón. De este modo no caeré en la hipocresía, sino que crecerá cada vez más mi amor a ti.

Pablo Cardona

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           En el evangelio de hoy, un fariseo invitó a Jesús a comer, y Jesús fue a su casa y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que Jesús no hubiera cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer. Pero el Señor le dijo: "Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera el vaso y el plato, mientras por dentro estáis llenos de robos y maldades. ¡Insensatos! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y entonces quedaréis limpios".

           "Dar desde dentro" el algo que, realmente nos purifica. Sin embargo, algunos creen que si dan de lo que tienen se quedarán vacíos. Otras personas simplemente no están preparadas para dar lo que tienen desde dentro, o simplemente están un tanto mutiladas para dar lo que tienen.

           Jesús nos invita a confiar en Dios, quién nos ha hecho tanto por dentro como por fuera. Él será quién de por nosotros. Por eso es que cuando damos lo que tenemos dentro nos purificamos, pues estamos dando no lo que hemos construido nosotros sino lo que Dios ha puesto para que podamos compartirlo. Muchas veces creemos que tenemos primero que purificarnos y luego dar, pero es a través de dar que nos iremos purificando. Será todo un proceso en el cual no debemos dudar que contamos con la ayuda del Espíritu Santo.

Miosotis Nolasco

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           Una cosa que no nos ayuda a crecer en santidad es el maximizar lo que quizás no es importante y minimizar lo que si lo es. Hoy en día, como en el tiempo de Jesús, se le da mucha importancia a la exterioridad. Incluso en el Sacramento de la Reconciliación se amplifican algunas de las faltas y se pasa por alto la caridad.

           Existen personas que, cegadas por algunas faltas, muchas veces de carácter totalmente exterior o por defectos del carácter, no son capaces de ver sus faltas a la caridad hacia Dios y hacia los hombres. Quizás valdría hoy la penas que revisaran esas personas cuáles son sus criterios y sus prioridades. Y cuáles son las cosas verdaderamente importantes para ellos, pues de esto dependerá fundamentalmente su vida moral.

Ernesto Caro

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           El fariseo del evangelio de hoy invita a Jesús con delicadeza y cortesía. Y Jesús le acepta la invitación con la misma delicadeza. Pero luego viene la sorpresa: Jesús no se lava las manos, y además amonesta al fariseo por sus criterios de actuación. Amar y decir la verdad es propio de Jesús.

           Leídas las palabras del evangelio, es bueno que nos preguntemos: ¿Sería tan duro el lenguaje de Jesús con el fariseo que le invitó a comer? ¿No habría en sus labios una insinuación a salvarle a él, desaprobando criterios viejos?

           Los datos son claros: invitación, no purificación ritual externa (por parte de Jesús) y encarecimiento de la pureza interior (con que hemos de obrar). Seguramente las palabras de Jesús fueron más delicadas, penetrantes e insinuosas, que lo que un texto frío pueda insinuar.

           Tal vez nosotros, en nuestras catequesis, hemos utilizado o utilizamos términos que endurecen el rostro de Jesús. Digamos las cosas con verdad y en caridad. Ganaremos más con ello. Muchas veces pensamos que tenemos que estar bien presentados para las fiestas, y si no significa que eres una persona maleducada. Pero ¿por qué nos fijamos en la presentación exterior cuando lo más importante es la interior?

           Cristo se enoja con los fariseos porque no han sabido apreciar la belleza interior sin mirar la exterior, por eso purifican los vasos por fuera olvidándose de que lo importante está dentro no fuera. Pidamos la gracia de purificar nuestros corazones con los sacramentos y las oraciones que pueden limpiar el interior del hombre. Aprendamos a apreciar en las demás personas lo bello de sus almas y no tanto la fealdad o suciedad de la persona que está frente a nosotros.

Dominicos de Madrid

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           Ante nosotros se nos abren diversos caminos para el encuentro con Dios. Algunos de ellos son puertas que nos liberan de nuestros egoísmos, otros representan ilusiones que nos cierran aún más toda posibilidad de salida.

           Se hace por tanto necesario discernir para poder escoger la forma adecuada que nos conduzca al encuentro con Dios. Porque en la búsqueda de pureza en la relación religiosa puede también esconderse una forma de evitar las sendas de la purificación.

           De esa forma colocamos las acciones impulsadas por los egoísmos propios bajo la máscara o etiqueta del querer divino. Nuestra atención se dirige, entonces, a ámbitos que no tocan la raíz de donde surge nuestro aislamiento respecto a Dios y a nuestros hermanos.

           Los remedios aplicados para sanear nuestra relación con Dios no alcanzan su objetivo ya que sólo sirven para reafirmarnos en nuestra codicia que sigue siendo la fuente que nos esclaviza y que nos impide la pureza que Dios nos exige.

           El único camino posible debe, por el contrario, comenzar desde lo más íntimo de nuestro ser, y desde allí difundirse hacia el exterior. Si no parte de lo más recóndito de nuestro corazón donde la codicia impide el compartir, nuestra vida y nuestra relación con Dios no podrá nunca realizarse en la profundidad que nos exige el encuentro con todos nuestros hermanos, hijos del mismo Padre del cielo.

           Por ello la limosna, si de verdad es auténtica, aparece en el pasaje que leemos como la única forma de compartir nuestra vida con nuestros semejantes y con Dios y por consiguiente como la forma de realizar la limpieza de nuestro interior.

Confederación Internacional Claretiana

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           Algunos grupos religiosos, como los fariseos, dieron a las normas más triviales una relevancia que no merecían. La intención que los guiaba era "ser perfectos" mediante el cumplimiento de un montón de normas. Sin embargo, olvidaron el espíritu de la ley. Y dentro de esas leyes estaban unas destinadas a diferenciar entre lo puro y lo impuro.

           Su referencia era puramente la apariencia exterior, y lo esencial para ellos era estar limpio de faltas. E incluso la intención con la que promulgaron sus leyes eran muy buena: propiciar en el pueblo un ambiente apto para la relación con Dios.

           Pero con el tiempo, esta intencionalidad se olvidó, y las leyes que estaban hechas para crear un buen ambiente se convirtieron en un arma de discriminación. Los enfermos eran expulsados de las familias, se creó un temor casi mágico frente a los cadáveres, y la limpieza se convirtió en un asunto ligado exclusivamente a los baños rituales.

           Respecto a esto último, por ejemplo, la función de los baños rituales era purificar periódicamente al individuo para que permaneciera dentro del ámbito de lo sagrado. Pero acabó dándosele más importancia al baño que a las personas, o al propósito que se perseguía.

           Por eso, Jesús confronta al fariseo, y lo llama a revisar sus actitudes de vida. Pues la pureza ritual acabó siendo excusa farisea para encubrir robos, rapiñas y malas intenciones. El pueblo acudía a ellos buscando un juicio justo, un consejo saludable, una defensa de los legítimos derechos. Y a los fariseos acabó por interesarle, únicamente, el rédito y beneficio económico de su servicio.

           Jesús cuestiona estas prácticas, y muestra cómo fariseos y escribas son continuadores de una mala tradición que acabó por anular el valor del ser humano.

Servicio Bíblico Latinoamericano