11 de Octubre

Lunes XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 octubre 2021

a) Rm 1, 1-7

           Durante 4 semanas meditaremos una de las más importantes cartas de San Pablo, la Carta a los Romanos, escrita del 57 al 58. Se trata de un momento decisivo en la Iglesia primitiva, tras 15 años de fundación ininterrumpida de iglesias entre los paganos y en tierra de paganos.

           A los paganos, Pablo les había descubierto ya el misterio de Cristo, consiguiendo que se reunieran para vivir juntos ese misterio en las comunidades locales, alrededor de la palabra de Dios y de la eucaristía. Toda el Asia Menor y las grandes ciudades de Grecia ya tenían su propia comunidad, y cada Iglesia fundada crecía y se desarrollaba por el mismo dinamismo de sus miembros.

           Pablo consideraba, pues, que su tarea en el Oriente estaba terminada, y decide que ha llegado el momento de continuarla hacia los paganos de Occidente. Su proyecto es establecerse en Roma, y desde allí trasladarse a España. Y para preparar su estancia en la capital del Imperio, escribe a la Iglesia de Roma, fundada ya por Pedro (ca. 49).

           Las crisis delicadas que había vivido Pablo en las Iglesias de Galacia y Corinto le habían permitido reflexionar sobre el misterio de "la gracia y la justicia de Dios", y por eso su pensamiento está ahora en plena madurez. Por consiguiente, la Carta a los Romanos, la más serena y la mejor constituida de todas sus epístolas, tomará el aire de una vasta síntesis doctrinal.

           En 1º lugar, Pablo se presenta a unos cristianos que no le conocen: "Yo, Pablo, servidor de Jesucristo, apóstol por vocación, escogido para anunciar la Buena Nueva". Y pone para ello por delante 3 títulos, el de servidor (eludiendo el griego doulos, o esclavo), el de enviado (aludiendo al término apóstol elegido por Jesús para los 12) y el de escogido (lit. puesto aparte), como evocación del camino de Damasco, en que día de hacía 20 años Cristo escogió a Pablo.

           Todas estas palabras indican un objetivo de Dios: Pablo tiene conciencia de haber sido llamado y consagrado, en una obra que sobrepasa totalmente sus fuerzas humanas. De ahí que, con plena conciencia y seguridad, pase a continuación a dirigirse Pablo a una comunidad que no conoce: "Me dirijo a todos los amados de Dios que estáis en Roma".

           Me detengo a repetir esas palabras, porque Pablo va inmediatamente al misterio más profundo: los hermanos cristianos son los "muy amados". Apliquemos esta consideración a nuestra vida, a los familiares que no vemos, a mis compañeros de trabajo, a mis amigos, porque ellos son los "muy amados de Dios".

           Tras los saludos y credenciales iniciales, pasa Pablo a mostrar las cartas sobre la mesa: "Hemos recibido gracia y misión de apóstol, para predicar la obediencia de la fe a todas las naciones paganas".

           Se trata del anuncio y tema principal de su carta: la fe salvadora. Una fe que es presentada por Pablo como una obediencia, que implica que el hombre se someta a Dios y a la revelación y voluntad de Dios. No hay fe sin una sumisión radical a Dios. De entrada, Pablo nos ha situado ya frente a lo esencial: la relación del hombre con Dios.

Noel Quesson

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           Para Pablo, Roma no es tanto la capital del Imperio Romano cuanto un lugar conocido por la fe de sus cristianos, un lugar donde Dios ha mostrado su amor haciendo que llegara el anuncio de su Hijo.

           Más fuerte que los ejércitos que engrandecen y mantienen el Imperio, el evangelio es "fuerza de Dios" para salvación de todo el que cree. Y posee esta fuerza porque Cristo, desde su resurrección, ejerce en toda la tierra su poder de Hijo de Dios y envía el Espíritu Santo.

           Esta fuerza fue necesaria para arrancar a Pablo del sistema cerrado de los fariseos, que lo hacía incapaz de creer en una salvación más alta, y convertido en apóstol consagrado en cuerpo y alma al anuncio del evangelio. Todavía fue más necesaria para conseguir la obediencia de los gentiles, que ni siquiera habían oído hablar del Dios que se les revelaba.

           La experiencia de esta fuerza, que Pablo sintió en su propia carne, lo llevó a no considerar indigna ni imposible ninguna empresa de evangelización: "Estoy en deuda con griegos y extranjeros, con instruidos e ignorantes". Porque, en realidad, todos somos indignos e incapaces de salvarnos. Pero Dios nos ha amado, nos ha escogido, nos ha santificado, transformándonos mediante esa fuerza de salvación que es el evangelio de su Hijo.

           Y por más que puedan sorprenderse los intérpretes oficiales, toda esta revolución no hará más que cumplir lo que profetizaban los libros del AT; no hará más que revelar el verdadero contenido de la injusticia salvadora de Dios: la justicia que los judíos reivindicaban en favor propio y en contra de los gentiles.

Jordi Sánchez

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           Roma era para Pablo un punto de referencia importante. Había predicado ya el evangelio en el Oriente, y ahora quería hacerlo en el Occidente, hasta llegar a España ( Rm 15, 28). Pero sobre todo, estaba fascinado por la idea de ir a Roma, la capital del Imperio, metrópoli mucho más importante que Corinto, Antioquía y Efeso, todas ellas juntas ( Rm 1, 9).

           Pablo no había fundado ni conocía la Iglesia de Roma, que seguramente estaba formada por unos cristianos procedentes del judaísmo y otros del paganismo. Por otra parte, sabía que, como capital, Roma debía ser un lugar cosmopolita de diversas mezclas de razas.

           Pablo escribe esta Carta a los Romanos el año 58. Se trata de una carta importante, por su doctrina y por sus orientaciones espirituales. Y con toda duda, es la carta de su madurez, tras más de 20 años partiéndose la cara y reflexionando sobre el misterio de Cristo. Lo que ya había esbozado en otras cartas (sobre todo Gálatas, borrador de ésta), ahora lo presenta Pablo de forma completa y expositiva, en torno al plan salvador de Dios.

           Tal vez había una tendencia en Roma, por parte de los cristianos convertidos del judaísmo, a querer tomar las riendas de la Iglesia e imponer sus criterios, porque Pablo en esta carta defiende la igualdad de oportunidades de los judíos y los griegos.

José A. Martínez

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           Durante 4 semanas, leeremos como 1ª lectura esta carta de Pablo, que nos puede ayudar a madurar en nuestra fe y a responder con más ánimos a la gracia que Dios nos ha hecho a través de su Hijo Jesús. Por lo que respecta a hoy, leemos el saludo a "todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su pueblo santo", deseándoles "la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo".

           Pablo se tiene que presentar de alguna manera, porque no le conocen. Y lo hace con unos rasgos llenos de intención: es "siervo de Cristo Jesús", pero también "apóstol y escogido para anunciar el evangelio de Dios". Su misión, en el conjunto de la Iglesia, es "hacer que todos los gentiles respondan a la fe". Ya desde el principio se ve su intención teológica universal.

           Pero lo más importante no es Pablo ni los romanos, sino Jesús. Y por eso habla ya de él desde el mismo saludo: "Nacido de la estirpe de David, Jesucristo es el Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección".

           Este arranque de la carta nos sitúa, ya de entrada, en lo esencial del evangelio, y nos enseña cuál es nuestro lugar preciso en el plan de Dios:

1º somos siervos de Jesús, llamados a ser sus apóstoles y testigos en este mundo. Pero no sólo Pablo o los apóstoles y sus sucesores, sino todo cristiano (como testigo de la salvación de Dios);

2º estamos orientados hacia la Iglesia, y hacia todos los que Dios quiere salvar. Es decir, estamos llamados a evangelizar a todos los que podamos en este mundo, con el mismo afán que tenía Pablo: que "todos respondan a la fe";

3º lo que anunciamos es el evangelio de Dios, que ya se prometía en el AT, pero que ahora se ha manifestado plenamente: la Buena Noticia de Jesús, el que ha sido constituido Señor (Kyrios) por su resurrección.

           ¿Estamos orientados así en nuestra vida? ¿Nos sentimos orgullosos de nuestra fe en Jesús y de la misión evangelizadora que hemos recibido como cristianos? ¿Deseamos tan ardientemente como Pablo influir a nuestro alrededor de modo que todos conozcan quién es Jesús, el Hijo de Dios, y se alegren de la salvación que les ofrece? ¿O estamos encerrados en nosotros mismos, conformistas y perezosos, deseosos, a lo más, de salvarnos nosotros?

           El salmo responsorial de hoy nos invita a alegrarnos de que la salvación de Dios alcance a todos: "Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios". Eso es lo que tenemos que hacer posible a nuestro alrededor, aportando nuestro grano de arena a la evangelización de la sociedad.

José Aldazábal

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           Las primeras palabras de la carta de Pablo a los romanos pueden servirnos de introducción a la liturgia en este día. Son unas palabras que yo reduciré a 3 (siervo, apóstol, escogido), cada una de las cuales fue hecha vida por Pablo y debería ser hecha vida por cada uno de nosotros.

           1º Siervo. Pablo se siente "felizmente siervo", porque ante la grandeza, generosidad, llamamiento, donación que Dios le hace de su gracia y predilección, se queda como anonadado, y en ese anonadamiento toma conciencia de su responsabilidad en el cumplimiento de su deber. Pablo, como cualquiera de nosotros, no es nada o casi nada ante Dios, pero en él brilla la conciencia de tal y esto le ennoblece. Cuando más pequeño, más verdadero y leal.

           2º Apóstol. La servidumbre de Pablo está colmada de nobleza. Precisamente por la vía de la humildad, del reconocimiento de las propias miserias, y de la iluminación que le ofrece la verdad de Jesús, se siente llamado a cumplir un altísimo papel: ser apóstol del Señor Jesús. Nadie le consagra o designa oficialmente, pero en lo más hondo de su conciencia de convertido está la fuerza del Espíritu que le pone totalmente a disposición del Señor y de su misión. ¿No deberíamos experimentar cada uno de los creyentes ese mismo impulso del Espíritu para ser testigos y mensajeros de Cristo?

           3º Escogido. Pablo, un judío entre miles de judíos, descendientes de David y los patriarcas, vive la experiencia de sentirse amado, acogido, tomado de la mano, para que aprenda a andar por nuevos caminos con la alforja llena de mensajes que antes hubiera sido incapaz de asumir y de comunicar.

           El párrafo de Pablo, que hemos dividido en 3 partes, es un compendio maravilloso de lo que es Pablo, de cuál es su misión, y de la grandeza de las revelaciones hechas en y por Cristo. Esa elección de Pablo (como la nuestra), aun siendo privilegio de amor, no es motivo de gloria vana sino 1º impulso de gracia (obra de Dios), a la que nosotros hemos de responder con entrega incondicional. La fidelidad lo presupone.

           Seleccionemos algunas de las otras grandes verdades y criterios de vida expuestas por Pablo a los fieles de Roma:

1º él y nosotros estamos llamados  a "anunciar el evangelio de Dios". Acto de fe;
2º ese evangelio no es una creación nueva, sino el ya "prometido por sus profetas";
3º el contenido de ese evangelio, ya vaticinado, "se refiere a su Hijo Jesús" bajo 2 aspectos: en cuanto "nacido según la carne, de la estirpe de David" (es decir, hombre entre los hombres) y en cuanto "constituido Hijo de Dios, por el Espíritu Santo" (es decir, poseedor de una naturaleza divina, antes de hacerse hombre);
4º el aval por excelencia, y la confirmación de la verdad de todo ello, es la "resurrección de Jesucristo de la muerte";
5º ese Cristo triunfante y victorioso, es el que pide a Pablo y a nosotros que cumplamos la misión de anunciar su Reino.

           Gracias, Señor, por iluminarnos en esta celebración con el pensamiento de tu siervo Pablo, y por invitarnos a ser con él mensajeros de la luz, del amor y de la paz, entre tantos hombres que parecen ignoran la felicidad que estos dones comportan.

Dominicos de Madrid

b) Lc 11, 29-32

           En el pasaje de hoy Jesús pasa a responder a la cuestión de ayer, cuando "otros, para tentarlo, le exigían una señal que viniera del cielo" (Lc 11,16). Y al ver que la gente iba tomando partido a su favor (v.29), se pone a denunciar la perversidad de aquellos que ayer querían dejarlo en evidencia, intentando que el pueblo no siguiese sus pasos.

           De falsos mesías ha habido ya una colección. Son los que reclaman una señal espectacular, o una intervención contundente de Dios en la historia. Y a todos esos Jesús les sale con algo imprevisto, pues en lugar de una señal irrebatible y prodigiosa (provocada por un deus ex machina imponente), les anticipa que su señal será su muerte y resurrección, con mezcla de fracaso y gloria.

           Con una analogía (la señal de Jonás) y 2 ejemplos (la reina del Sur y los ninivitas), Jesús responde de manera categórica a los que, en lugar de escuchar el mensaje, se dedican a comprometer la empresa de Dios: "De la misma manera que Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive" (invitándolos a la conversión), "así va a serlo también el Hijo del hombre para esta generación". Así mismo, "la reina del Sur se pondrá en pie en el juicio para carearse con esta generación, y hará que la condenen", porque "ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón".

           "Escuchar la sabiduría" de un mensaje es la invitación que hoy dirige Jesús, el hombre por antonomasia, a todo hombre de buena voluntad. Pero notemos que los 2 ejemplos han sido tomados, intencionadamente, a partir de personajes ajenos a la promesa hecha a Israel: unos asirios y una yemení. Se han invertido los términos, y por ello los propios judíos están más alejados que otros extranjeros, en el camino de la escucha de la sabiduría de Jesús.

Josep Rius

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           El tema central de todo el episodio de hoy es la autorrevelación velada pero vigorosa de Jesús como el Mesías. Con un trasfondo típico del AT (Jonás, Nínive, reina del Sur, Salomón) y con un encuadre literario de género apocalíptico (juicio, signo, hijo del hombre), Lucas resalta la figura de Jesús como Mesías anunciado, como signo pleno, como señal escatológica de la irrupción salvífica de Dios en la historia, y como señor resucitado (aludido implícitamente también en "se levantará"), al equiparar los 3 días de Jonás en el vientre de la ballena con la resurrección de Jesús (Mt 12, 40).

           En contraposición, se destaca en el texto la dureza y cerrazón de sus oyentes ("generación malvada", v.29) quienes ante la plenitud de la oferta de Dios en Jesucristo, han cerrado sus ojos a la luz (texto subsiguiente sobre la lámpara; Lc 11,33-36), prefiriendo la tiniebla del pecado y la oscuridad de su autosuficiencia (lo contrario a la sabiduría). Definitivamente, el reino de Dios se acoge desde el reconocimiento de la propia incapacidad (de los ninivitas) y desde la necesidad de escuchar la sabiduría (de la reina del Sur).

Juan Mateos

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           Alude hoy Jesús a la reina de Sabá (reino de Arabia, actual Yemén) que visitó a Salomón, para ver su sabiduría (1Re 10; 2Cro 9). Estas referencias que hace Jesús a los que vanamente le piden milagros (Jn 6,30; 12,37), tienen por objeto mostrarles que su divina sabiduría basta y sobra para conquistarles, sin necesidad de milagros. E intentan evitar la adhesión de cuantos no son de corazón doble: "Si alguno quiere cumplir su voluntad, conocerá si esta doctrina viene de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta" (Jn 7, 17).

           Procedimiento infalible para llegar a tener fe: Jesús promete la luz a todo aquel que busca la verdad, para conformar a ella su vida (1Jn 1, 5-7). Está aquí, pues, toda la apologética de Jesús. El que con rectitud escuche la Palabra divina, no podrá resistirle, porque "jamás hombre alguno habló como éste" (Lc 11, 46). El ánimo doble, en cambio, en vano intentará buscar la verdad divina en otras fuentes, pues su falta de rectitud cierra la entrada al Espíritu Santo, único que puede hacernos penetrar en el misterio de Dios (1Cor 2, 10).

           De ahí que baste la observación de la naturaleza para captar la existencia del Creador eterno, así como su omnipotencia y divinidad (Rm 1, 20). No obstante, la fe no es ese conocimiento natural de Dios, sino que alude a un conocimiento sobrenatural, que sólo viene de la adhesión prestada a la Palabra revelada ("a causa de la autoridad de Dios, sumamente veraz").

           Esa es la sabiduría de la que habla Jesús, de la teologal y no de la natural. Y por eso pondrá el ejemplo de la lámpara, inmediatamente después de este discurso (Lc 11, 33). Una sabiduría teologal, o fe, que Jesús pedirá no soterrar bajo tierra, porque es igual de necesaria que la sabiduría o fe natural.

Emiliana Lohr

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           Jesús se queja hoy de las multitudes que piden signos del cielo, tachándolas de "generación perversa" y aludiendo con ello a la generación de hebreos que, tras ser liberados por Dios de la esclavitud de Egipto, se sublevaron contra Moisés y no pararon de pedirle signos (deseando volver a sus "ollas de carne y pan hasta hartarnos", cuando en realidad a lo que volverían sería a los latigazos y pena de muerte).

           En efecto, los oyentes de Jesús quieren una señal como las que realizó Moisés en el desierto, liberadora para Israel y destructora para sus enemigos (Dt 6,22; 7,19; 11,3).

           Esa generación, todavía viva en el círculo de los fariseos, pide un signo aparatoso, que la haga convencerse de una vez para siempre de la naturaleza del Mesías. Pero a esa generación, dice Jesús, no se le dará otro signo que el de Jonás, el de un Mesías de dolores que muere y resucita, y que como Salvador universal brinda el perdón por igual a judíos y paganos.

           En efecto, igual que Jonás pasó 3 días en el vientre de la ballena y fue devuelto a Nínive, Jesús pasará 3 días en la tumba y será devuelto a la orilla de la resurrección. Y eso tendrán que comprenderlo los judíos, porque ya estaba profetizado en el AT, y es la única manera de alcanzar la vida definitiva (dando la propia).

           E igual que Jonás predicó la conversión a los ninivitas (prototipo de pueblo enemigo de Dios), Jesús ha venido a anunciar la conversión no sólo a los judíos, sino también a los paganos, ofreciéndoles la opción de un perdón universal, por parte de Dios.

           Este es el verdadero signo del Mesías: su amor hasta la muerte, para brindar el perdón a todos, incluidos los enemigos. Y éste es el signo que no quería aceptar la generación judía, aferrada todavía a un Mesías de triunfo y a un Dios vengativo. La sabiduría de Jesús no tiene comparación con la de Salomón, pues Jesús expresa con sus palabras y encarna con su vida este plan de Dios.

           Jesús es también más que Jonás, pues éste se resistió, poniendo proa a Tarsis, a anunciar el perdón a los ninivitas (resultando al final profeta a la fuerza, cuando la ballena lo devuelve a la orilla opuesta y se ve obligado a actuar). Jesús es más que Jonás porque se ocupa desde el principio por voluntad propia en las cosas de su Padre, cuyo proyecto principal es brindar la salvación a todos por igual, judíos o paganos.

Fernando Camacho

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           Con el paso del tiempo, un gran gentío empezó a apiñarse alrededor de Jesús. Un gentío cada vez mayor. Una gran aglomeración de personas en la acera. Pero ¿qué es lo que pasa? Unos recién llegados, y otros curiosos, se unen a los que ya están allí estacionados.

           Entonces Jesús se puso a decirles: "Esta generación es una generación perversa, porque pide una señal". En efecto, la razón de esa aglomeración es el deseo de lo maravilloso, de algo sorprendente que ocurra, que haya algún milagro. Las muchedumbres están siempre ávidas de lo sensacional. ¿Y yo? ¿Espero también que Dios se me manifieste más?

           Por eso les dice Jesús que a ese tipo de personas que "no se le dará otra señal, salvo la señal de Jonás". Claramente, Jesús rehúsa hacer esa señal maravillosa que se le pide. Y a los que se lo piden les califica de ¡malvados! Ese tipo de personas, los milagreros, son realmente perjudiciales.

           Es curioso que los contemporáneos hayan podido pedir una señal, siendo así que Jesús había hecho tantos milagros ante sus propios ojos. Pero nunca es bastante. Pues si bien el mundo entero está penetrado de la presencia y de los signos de Dios, sin embargo no son presencias ni signos esplendorosos.

           En cuanto al signo de Jonás, dice Jesús que "igual que Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive así va a serlo el Hijo del hombre para la gente de esa generación". Muy simplemente, un hombre que recorre las calles de Nínive gritando que hay que convertirse! He ahí el único y pobre signo que tuvieron los habitantes de Nínive.

           El signo de Dios es la llamada a la conversión que percibimos a veces, esa vocecita tímida que alguna vez nos habla en el fondo de nuestras conciencias y que nos repite: "cambia de vida". Ese vozarrón del evangelio que nos sacude a menudo y que nos increpa: "cambia de vida".

           Por eso los ninivitas se levantarán en el juicio contra esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay algo mayor que Jonás. Tal era sin duda el sentido original de las palabras de Jesús. Jesús, como Jonás, por su palabra y por su persona, anuncia el juicio e incita a la conversión. Lucas sólo relató esta interpretación, sencilla y exigente.

           En cuanto a la reina de Saba, ésta también "se pondrá en pie en el juicio para carearse con esa generación y la condenará, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y hay más que Salomón aquí".

           Ser capaz de "venir desde los confines de la tierra", para escuchar a un sabio. Realmente, aquella mujer era aventurera y decidida. A esta reina pagana no la arredraron las dificultades ni las molestias, ciertamente. Más que buscar lo excepcional, hay que atender a las llamadas de mi vida cotidiana, tener confianza en los que han recibido la gracia de anunciar el evangelio, no ahogar con hermosos pretextos la palabra de Jesús que nos invita a la revisión y a la conversión.

Noel Quesson

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           A Jesús no le gustaba que le pidieran signos y milagros. Quería que le creyeran a él por su palabra, como enviado de Dios, no por las cosas maravillosas que pudiera hacer. Aunque también las hiciera. Así se entiende que les diga que el único signo que les va a dar es el de Jonás, y luego añade también el ejemplo de la reina de Sabá, quejándose de la poca fe de sus contemporáneos.

           Jonás fue un pobre profeta, que predicó en Nínive sin hacer ningún milagro: pero los ninivitas le creyeron y se convirtieron. Mientras que a Jesús, "uno que es más que Jonás", y que, además, ha hecho signos sorprendentes que ya debieran bastar para reconocerle como el Mesías de Dios, no le acaban de creer. Y lo mismo la reina de Sabá, que vino desde lejos a escuchar la sabiduría de Salomón, y Jesús "es más que Salomón".

           Pero si el "signo de Jonás" se refería en Mateo a la resurrección de Jesús al tercer día, igual que Jonás había estado tres días en el vientre del pez (Mt 12, 38-40), Lucas va por otro camino, y pone a Jonás mismo (a su persona) como signo, sin milagros y tan sólo apoyado en la palabra de Dios. En su caso, con éxito. En el de Jesús, con muchas más dificultades. Y eso que los ninivitas eran paganos, y los que no creían en Jesús, judíos.

           Los paganos sí supieron reconocer la voz de Dios en los signos de los tiempos. Y los del pueblo elegido, no. Una vez más resuena la queja con que empieza el evangelio de Juan: "vino a su casa y los suyos no le recibieron" (Jn 1, 11).

           Los judíos se distinguían por pedir milagros, mientras que los griegos buscaban sabiduría (1Cor 1, 22). Puede quedar retratada aquí nuestra generación, cuyo afán de cosas espectaculares y sensacionales, apariciones y revelaciones, es también insaciable.

           El signo mejor que nos ha concedido Dios es Cristo mismo, su persona, su palabra. Pero por otra parte, nos debemos sentir aludidos nosotros, los cristianos de casa, los más cercanos a Jesús, que también podemos buscar excusas para no acabar de creer en él, como sus paisanos de Nazaret, que le pedían que hiciera milagros (¿más?) para creer en él (Lc 4). ¿Qué estamos exigiendo nosotros: una voz misteriosa, un signo claro y milagroso?

           El sábado pasado afirmaba Jesús que los verdaderos discípulos son los que "escuchan la Palabra y la cumplen". Nosotros la escuchamos con frecuencia: pero ¿se puede decir que la ponemos en práctica a lo largo de la jornada? Si a Jonás le hicieron caso y a Salomón le vinieron a escuchar desde tan lejos, ¿no tendrán razones los ninivitas y la reina de Sabá para echarnos en cara nuestra falta de fe en el Maestro auténtico, Jesús?

           ¿Se puede decir que escuchamos la palabra de Dios como María de Betania, sentada serenamente a los pies de Jesús? ¿O como María de Nazaret, que "meditaba estas cosas en su corazón" y que adoptó como lema de su vida "hágase en mí según tu Palabra"?

José Aldazábal

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           Hoy Cristo pone en guardia a los que están convencidos de tener ya el billete para el Paraíso, por el sólo hecho de decir "Jesús, qué bello que eres". Cristo ha pagado el precio de nuestra salvación sin excluir a nadie, pero hay que observar unas condiciones básicas. Y, entre otras, está la de no pretender que Cristo lo haga todo y nosotros nada. Esto sería no solamente necedad, sino malvada soberbia.

           Por esto, el Señor hoy usa la palabra malvada: "Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás" (v.29). Le da el nombre de malvada porque pone la condición de ver antes milagros espectaculares para dar después su eventual y condescendiente adhesión.

           Ni ante sus paisanos de Nazaret accedió Jesús, porque pretendían que Jesús signara su misión de profeta y Mesías mediante maravillosos prodigios, que ellos querrían saborear como espectadores sentados desde la butaca de un cine. Pero eso no puede ser: el Señor ofrece la salvación, pero sólo a aquel que se sujeta a él mediante una obediencia que nace de la fe, que espera y calla. Dios pretende esa fe antecedente (que en nuestro interior él mismo ha puesto como una semilla de gracia).

           Un testigo en contra de los creyentes que mantienen una caricatura de la fe será la reina del Sur, que se desplazó desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y resulta que "aquí hay algo más que Salomón" (v.31). Dice un proverbio que "no hay peor sordo que quien no quiere oír".

           Cristo, condenado a muerte, resucitará a los 3 días. A quien le reconozca, le propone la salvación, mientras que para los otros no quedará ya nada qué hacer, sino oír la condenación por obstinada incredulidad. Aceptémosle con fe y amor adelantados. Le reconoceremos y nos reconocerá como suyos. Como decía el paulino Alberione, "Dios no gasta la luz: enciende las lamparillas en la medida en que hagan falta, pero siempre en tiempo oportuno".

Raimundo Sorgia

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           Ya lo repetiría Cristo con otras palabras, pero en sentido positivo: "Dichosos los que creen sin haber visto". Lo que este evangelio pretende no es reprocharnos, sino recordarnos que ya tenemos la señal que esperamos y necesitamos. No hace falta buscar ni pedir más señales, pues hay una que basta: "Más que Jonás, más que Salomón". Hoy se nos hace la invitación a descubrir esta señal. Es la misma de hace 21 siglos: la que muchos no quisieron ver, pero también la que bastó para que muchos creyeran.

           Cuando un avión va a aterrizar, el piloto observa muchas luces que le guían, pero todas pretenden indicarle dónde está la pista. Así, todos los signos que hoy tenemos nos señalan a Cristo. Aprendamos a leerlos adecuadamente. Nos habla de Cristo, por ejemplo, la eucaristía y los buenos ejemplos de los demás. Todo nos lleva a Cristo si nosotros lo buscamos. Este es el camino de la fe: avanzar por la vida sin milagros, sin certezas humanas absolutas y en lo más ordinario.

           ¿Qué adjetivo pondrá Cristo a nuestra generación si nos distinguimos no por pedir señales extraordinarias, sino por ser nosotros mismos signos de Dios, que ayuden a los demás a llegar a él?

Luis Gralla

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           Jesús, en el evangelio de hoy nos explicas cuál fue la señal de Jonás. Pues "así como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches" (Mt 12, 40). Tú vas a morir por nosotros, pero resucitarás al tercer día. Y tu resurrección de entre los muertos será tu señal ante los hombres.

           Jesús, dejas claro a la muchedumbre que tú eres algo más que un profeta como Jonás o un sabio como Salomón. No es suficiente que te considere un hombre realmente sabio e inteligente; ni siquiera basta con tenerte por una persona escogida por Dios, cercana a Dios. Tú te presentas como el Hijo de Dios hecho hombre, Dios y hombre verdadero. Por tanto, si no fueras realmente Dios, serías un embustero o un lunático.

           Jesús, al resucitar me demuestras que lo que decías era cierto: realmente eres el Hijo de Dios. Si no hubieras resucitado, vana sería nuestra fe (1Cor 15, 14). Por eso, los apóstoles entendieron desde el principio que su misión era la de ser testigos de la resurrección: mostrar al mundo que tú vives entre nosotros, especialmente en la eucaristía y en la Iglesia.

           Yo, por el bautismo, también he recibido la misión de ser testigo tuyo ante los hombres. Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con "el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y la palabra". En los laicos, esta evangelización "adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo".

           Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida, sino que como dice el Catecismo de la Iglesia, "el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, tanto a los no creyentes, como a los fieles" (CIC, 905).

           Jesús, tú eres más que un profeta o un filósofo sabio que dejó doctrinas admirables. Eres Dios vivo: ayer, hoy y siempre. Por eso vivir cristianamente no consiste sólo en conocer tu doctrina, sino que, sobre todo, consiste en vivir contigo, unido a ti por la gracia y por el trato personal contigo en la oración. Sólo si te tengo presente durante el día, convirtiendo cada actividad en verdadera oración contigo, podré ser testigo de tu resurrección anunciando con mi vida cristiana que tú vives, que no eres una figura que pasó.

           Jesús, a veces me despisto y no me doy cuenta de que tú estás siempre a mi lado, y pasan las horas sin que te diga nada, sin ofrecerte el trabajo que estoy haciendo o sin encomendar a las personas que están a mi lado. Perdóname. ¡Cuánta paciencia tienes conmigo! Para acordarme más de ti, es bueno concretarme pequeños trucos: tener una estampa de la Virgen en la cartera y decirle una jaculatoria cuando la vea; pedir por alguna intención cada vez que miro el reloj, o veo la cruz de una farmacia, o pongo en marcha el ordenador.

           Enciende tu fe. Jesús, a veces me falta fe porque no la ejercito y dejo que se apague. Y entonces me pasa como aquellas personas que no supieron reconocerte como el Mesías. Ayúdame a mantener mi fe ardiente, a base de rezar pequeñas jaculatorias y hacer actos de fe durante el día para crecer en la presencia de Dios.

Pablo Cardona

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           Son palabras duras las de hoy del Señor. Y valen también para hoy, y con una actualidad que espanta. Veámoslo.

           Unos y otros piden una señal. ¿Qué ha dicho Cristo hoy por boca del evangelista Lucas? Que, lamentablemente, somos "una generación malvada", esto es, no hemos convertido el corazón al Dios vivo, lo tenemos cegado con nuestra mala conducta y soberbia de la vida. ¿Cómo pedimos, entonces, una señal de fe si hemos cerrado, con esta actitud, el corazón a acoger al Señor?

           Por eso la única señal será la del profeta Jonás, el hombre que predica la conversión por toda la ciudad de Nínive, a ver si libremente cada uno de nosotros acepta la propuesta, muda el corazón, y nos volvemos a Dios. Ya con esto habremos logrado la más grande señal que Dios haya podido obrar en el alma libre: la conversión por propia y deliberada iniciativa al Dios que da la vida, fuente perenne del verdadero creyente, verdad eterna del verdadero sabio.

           Es mejor no pedir ninguna señal al Señor. Con esto hacemos mejor mérito a nuestra fe en Él.

Andrés Pérez

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           En el evangelio de hoy de Lucas, el Señor se niega a tener que recurrir a milagrerismos para dar evidencia de su acción mesiánica. Además, queda claro que la cruz y la resurrección son los signos que el Señor deja para mostrar su acción mesiánica.

           En el pasaje paralelo del evangelio de Marcos, los que piden una señal son los fariseos. En cambio, en el evangelio de Mateo son los escribas y los fariseos. En el pasaje de Lucas, es la gente pagana la que rodea a Jesús. Y es notable el paralelismo con el AT.

           Unos 3 días y 3 noches estuvo Jonás en el vientre de un cetáceo. Y 3 días y 3 noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. Mateo explica de qué se trata este signo de Jonás: la Pascua, es decir, la muerte y la resurrección de Cristo. Este es el gran signo que Dios viene a traer al mundo.

           Para los que creemos, detrás de la cruz está la vida, detrás de la muerte, viene la resurrección. Debemos aprender a permanecer en aquellos lugares de donde, naturalmente, tendemos a escapar. Es una actitud evasiva la que nos hace pedirle a Dios que obre milagros para que nos saque de esa situación.

           Cuando tenemos un dolor, un fracaso, una preocupación, sentimos la necesidad de recurrir al milagrerismo de Dios y le pedimos que nos resuelva esa situación. El Señor nos la resuelve mostrándonos un camino: "El que quiera seguirme, que cargue con su cruz y me siga". Increíblemente, la respuesta que nosotros buscamos está allí mismo donde se plantea el conflicto.

           En el Catecismo de la Iglesia leemos: "En la vida humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y símbolos materiales". Pero ¿de qué signos y símbolos estamos hablando?

           Dios se expresa y comunica a través de signos y símbolos sencillos. San Francisco de Asís descubrió a Dios en la naturaleza y también, increíblemente, en el rostro de un leproso, en la oración y en compartir la pobreza con los hermanos. Y tú, en tu vida, ¿dónde se manifiesta Jesús? ¿Cuáles son los modos que Dios tiene para acercarte su presencia? A algunos nos gusta tomar la palabra de Dios y dejar que sea en ella donde Dios revela su amor. A otros les habla a través de la vida cotidiana. A muchos, Dios se les manifiesta en el silencio o a través de la música.

Javier Soteras

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           Lucas quiere expresar en este texto que presenta la rivalidad de Jesús con los fariseos, la forma falsa que tienen éstos para engañar al pueblo y para no aceptar la propuesta mesiánica de Jesús.

           Jesús, quebranta las jerarquías establecidas, incluso las que apelan a la caridad. Pone en jaque la vida de los estudiosos de la ley y de los fieles del judaísmo. Jesús, nunca se afilió a la academia de los insoportables fariseos. Para ellos, Jesús es un galileo intratable. Un día cualquiera le piden a Jesús un signo que venga del cielo, algo hermoso, firmado por Dios. ¿Por qué?

           Jesús está continuamente haciendo signos a la vista de todos, pero para ellos esos signos son adornos de mal gusto, y además Jesús da la impresión de no tenerlos en cuenta cuando despide a los que son restituidos con un "anda en paz, tu fe te ha salvado". Por eso los fariseos quieren un signo llamativo, que deje a todos sin aliento y les obligue a convertirse. Seguirán buscando ese prestigio tras el que corren como locos. Saludarán en Jesús a uno de sus hermanos, tan amigo como ellos de la ostentación.

           Es evidente, que Jesús no quiere satisfacerles a ese precio. Jesús les aclara a los fariseos que no les dará ninguna señal, ya que ellos, estudiosos de la ley y de las tradiciones judías, conocen todos los signos y señales que Dios ha dado al pueblo a lo largo de su historia. El signo que Jesús les recuerda a ellos es el de Jonás.

           Jesús recuerda el signo de Jonás porque ha descubierto y desenmascarado la perversión y el empecinamiento de los fariseos y de los escribas y por eso sobre ellos caerá el juicio de los paganos de Nínive, convertidos a Dios, ocho siglos antes, por la predicación de Jonás. Lucas, deja de manifiesto que llega ahora alguien que es más que Jonás: es el enviado de Dios, y solamente encuentra objeciones y resistencia de parte de los que se sienten "dueños de Dios".

           El símbolo de Jonás sigue allí llamándonos la atención para que también nosotros hoy revisemos nuestra vida, dejemos las falsas seguridades y comencemos a cambiar de actitud; la vida tenemos que irla haciendo crecer a la medida de Jesús, el ser humano ideal que sigue siendo para nosotros el mejor camino de acceder a Dios y a su Reino. Abandonemos, entonces, la actitud farisaica de autosuficientes y de creernos mejores que los demás.

Severiano Blanco

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           La gente seguía a Jesús fascinada por sus milagros y pidiendo una señal que les comprobara que era verdaderamente el Mesías. Hoy en día todavía hay mucha gente que continúa buscando los milagros del Señor en lugar de buscar al Señor de los milagros.

           Día a día Dios nos da signos de su presencia, de su amor, y nos invita a vivir en él, a confiar en él, a tenerlo verdaderamente como nuestro Dios y Señor. Basta abrir bien nuestros ojos, sobre todo los del corazón, y nos daremos cuenta que habita entre nosotros, que nos protege en nuestras dificultades, que ni un solo momento estamos solos.

           Los que no lo ven, no lo sienten cercano, generalmente es porque no oran. Si tú no quieres ser de los que se pasan la vida pidiendo a Dios "una señal", haz una cosa: ora. Entonces empezarás a ver, oir... y hasta es posible que algún día empieces a amar.

Ernesto Caro

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           En el pasaje de hoy, la mirada de Jesús se dirige a la generalidad de todo el pueblo de Israel. Todo su conjunto es  desagradecido, pues, por uno u otro motivo, se desentiende del mensaje salvífico que él anuncia.

           Y nos viene a decir que Jonás proclamó a los ninivitas la necesidad de la conversión para recibir el perdón de Dios. Jonás, a pesar de su rebeldía, se convierte en un signo de Cristo, enviado a salvar a la humanidad. Efectivamente, Jesús inicia su predicación del Reino diciendo: "El plazo se ha cumplido, y el reino de Dios está ya aquí. Convertios y creed en el evangelio". Y nos dio numerosas pruebas de que es el Hijo de Dios, que se ha hecho el Dios con nosotros.

           Jonás, enviado a un pueblo de gentiles, los invita a volver a Dios; y al ver Dios cómo se arrepentían de su mala vida, tuvo compasión de ellos, pues Dios quiere que todos los hombres, sin distinción, se salven y participen de su gloria. En Jesús se llevan a cabo, de modo perfecto, estas expectativas, pues él, cumplida su misión aquí en la tierra, enviará a sus apóstoles a todo el mundo para que todos conozcan el evangelio y hagan suya la salvación que Dios ofrece a todos.

           Jesús habló a su generación, y lo hizo con pena, a la hora de denunciar de sus actitudes. No es que no le sigan, pues la multitud se apiña a su alrededor, sino que la intimidad y verdad de sus conciencias no concuerda con los gestos externos multitudinarios.

           Cada cual, sobre todo los sabios y letrados, quiere que el Maestro se dedique a él, dándole importancia, mostrándole con abundancia de gestos y signos la veracidad de sus palabras. Y lo que es peor, lo pide sin intención de cambiar de vida. Esta hipocresía es lo que más hiere al Señor.

Dominicos de Madrid

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           Lo extraordinario, frecuentemente, se ha convertido en un lugar donde equivocadamente se espera encontrar la presencia divina. Y muchas veces el hombre se dirige allí donde pueden encontrarse soluciones mágicas a sus problemas, fuera del curso normal de los acontecimientos.

           Esta forma de búsqueda de buscar a Dios a través de señales y signos es algo totalmente erróneo, y hoy es condenada por Jesús en el evangelio. Sobre todo porque llega a hacernos cerrar los ojos ante la verdadera señal que él nos ofrece. Una única y auténtica señal de Dios que consiste en la vida de cada día, casi siempre oculta en las apariencias humildes.

           La palabra de Dios en ellos toma la forma de una invitación a la conversión que muchas veces es rechazada porque no nos saca de lo cotidiano sino que pide una respuesta que no nos aleja de ese ámbito.

           Por eso, en la vida se nos coloca frecuentemente ante la necesidad de tomar una decisión entre la persona y la vida de Jesús, por un lado, y nuestro gusto por lo maravilloso, por otro. De esa decisión depende que nos situemos en medio de la generación malvada condenada por Jesús o entre los que aceptan la presencia de Dios como los ninivitas que supieron escuchar la predicación de Jonás y como la reina del Sur que supo buscar la sabiduría en Salomón.

           La conversión no es otra cosa que reconocer las señales de vida ofrecidas por Dios, asumir su visión y la defensa que Dios hace de ella. Aceptar la presencia de Dios en Jesús y en los hermanos y confiar en la capacidad de transformación que Dios ha ligado a su Palabra son el único camino válido para el encuentro auténtico con Dios.

Confederación Internacional Claretiana