14 de Octubre

Jueves XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 octubre 2021

a) Rm 3, 21-30

           Pablo terminaba ayer de pintar el cuadro pesimista de una humanidad entregada a sí misma. Y hoy esboza la parte positiva de todo eso: la revelación de la salvación en Jesucristo (v.21). Un esbozo que hace con observaciones kerigmáticas, o a base de análisis, o con todo tipo de demostraciones.

           Los primeros versículos son, en cuanto al estilo y a las ideas, una proclamación solemne, aun cuando algunas intervenciones entrecorten el discurso. Es decir, que se pueden encontrar en este pasaje expresiones y nociones muy importantes, pero no necesariamente desarrolladas: justicia (vv.21-28), redención (v.24), propiciación (v.25) y fe sin obras (vv.27-28).

           La justicia de Dios es, en 1º lugar, un acontecimiento ("y ahora", v.21). Ya en el AT ("Moisés y los profetas"; v.21), la justicia de Dios designaba no tanto su juicio sobre los buenos y los malos como su fidelidad a la Alianza y su preocupación porque ésta triunfe, aunque sea por misericordia y perdón.

           Así comprendida, la justicia de Dios (v.21) se opone a su cólera (Rm 1, 18), que no sería más que destructora de la Alianza. Pero ahora (es decir, en la era escatológica en que vivimos), "la justicia se ha manifestado definitivamente en Jesucristo", el 1º testigo de la justicia de Dios, y que gracias a ella supera sus límites de muerte y de egoísmo. Es decir, que siguiendo a Jesús, todos los que creen en él "pueden vivir de la misma justicia" (v.24).

           Esta justicia de Dios se manifiesta en Cristo en la cruz (vv.24-25), y más especialmente en la redención llevaba a cabo en esa cruz. La redención es la forma mediante la cual Dios ha manifestado ya su justicia, rescatando a los hebreos (a pesar de ser pecadores) de su cautividad en Egipto (Dt 5-6) y después del destierro en Babilonia (adonde les habían llevado sus faltas; Is 41, 14).

           Pero todo eso ha sucedido en el pasado (vv.25-26), y hoy Dios acomete la empresa de rescatar al hombre de la muerte (lo mismo que Jesús resucitado; Rm 8, 23) y del pecado (en la comunión con Cristo, que venció al pecado; Col 1,13-14; Ef 1,7). De hecho, la redención corresponde a la justicia de Dios, que es ese acto de Dios que lleva al hombre a la superación de sí mismo, de sus límites y de sus alienaciones, de su pecado y de su muerte (a la que puede pretender alcanzar desde que vive con el Dios de Jesucristo).

           ¿Y cómo ha realizado Dios esa redención de los hombres? Pablo responde a esa pregunta en el v. 25, haciendo de Cristo el "instrumento de propiciación". No se sabe si Pablo piensa de manera explícita en el ritual de la Fiesta de la Expiación, en la que el sumo sacerdote derramaba la sangre de la víctima sacrificada sobre el propiciatorio del Arca (Lv 16, 13), o si entiende la palabra propiciatorio en sentido general (de aplacamiento de la cólera de Dios).

           De hecho, parece que, so pena de hacer de Dios un ser sanguinario, cuya cólera no se aplaca sino a la vista de la sangre, hay que inclinarse por la primera de las dos posibilidades. En el Día de la Expiación el pecador era rescatado porque la sangre (símbolo de la vida) de la víctima era puesta directamente en contacto con Dios sobre el propiciatorio. En cierto modo se daba una especie de cambio de vida y de renovación de la vida del pecador al contacto con Dios.

           Cristo es propiciatorio al Padre, pero no porque se ofrece a la cólera de su Padre, sino porque es el lugar propiciatorio en que la sangre (vida) humana está en contacto permanente con Dios. La idea de Pablo no es que Dios ha detenido su cólera a la vista de la sangre de su Hijo, sino que no ha revelado plenamente su justicia (es decir, su perdón) hasta el día en que la vida del hombre se ha unido a la de Dios en el hombre-Dios.

           La sangre del v. 25 no es, en 1º lugar, signo de la muerte, ni tampoco signo de venganza divina duramente saciada; es, lo mismo que en el AT, signo de vida renovada por Dios, restaurada y perdonada.

           Esta redención (o esa expiación) se realiza de manera absolutamente gratuita. Eso es lo que explica Pablo al oponer las obras de la ley a la fe sola (vv.27-28), para responder a la pregunta sobre la forma en que el hombre puede beneficiarse de la manifestación de la justicia de Dios en Jesucristo.

           Para comprender esa posición hay que recordarse de que Pablo disocia justificación y salvación (cosa que no hacía el judaísmo). Para él, la justificación se ha producido ya en Jesucristo, mientras que la salvación (y el juicio de Dios) está reservado para el final de los tiempos (Rm 5, 9).

           Para beneficiarse de la justificación, no sirve ninguna obra de la ley; sólo la fe permite llegar hasta ella (v.30; Gál 2,16; Rm 4,5). Por el contrario, para beneficiarse de la salvación final son necesarias las obras (Rm 8,3-4; 14,10; 2Cor 5,10; Col 3,25; 1Cor 15,9-10; Ef 2, 8-10).

           La vida cristiana es, en efecto, una actividad rica en obras gracias a la compenetración de la acción divina y de la acción humana, compenetración que garantiza la gratuidad de la salvación, pero de una forma distinta de la gratuidad absoluta de la justificación.

Maertens Frisque

*  *  *

           La visión que tiene Pablo de la humanidad podría parecer muy trágica: un mundo entero encerrado en el mal. Pero lo hace para que resalte más la salvación universal ofrecida también a todos los hombres, viniendo a decir que todos los hombres están dominados por el pecado (la ley de Moisés servía solamente para dar conocimiento del pecado), pero hoy (independientemente de la ley) Dios manifestó su justicia que nos salva.

           En efecto, "esta justicia de Dios, dada por la fe en Jesucristo, es para todos los que creen". La tendencia profunda del pensamiento judío tendía a estimar que el hombre puede merecer la salvación, por la observancia de los preceptos de la ley. Al límite, el hombre recto que lleva a cabo su vida lo mejor que sabe, podría pasarse de Dios.

           Todo el esfuerzo de Pablo tiende a probar que el hombre no puede salvarse por sus propios medios, por sus propias fuerzas. La salvación no es objeto de una conquista, sino que se trata de un "don gratuito" que hay que acoger. En efecto, no hay diferencia alguna, y "todos los hombres pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, el cual los justifica por el don de su gracia".

           Estos pasajes dieron pie a la célebre controversia entre protestantes y católicos, sobre la parte de Dios y la parte del hombre en la salvación, sobre la parte de la gracia y la parte de la libertad. De hecho, la gracia de Dios es ofrecida a todos. Pero es necesaria una cooperación del hombre y ésta es la fe. El hombre no se salva por sus propias fuerzas. Pero tampoco Dios lo salva a pesar suyo.

           Así, pues, es Jesús quien nos salva y no nosotros: "En virtud de la redención realizada en Jesucristo. Porque Dios exhibió a Cristo en la cruz a fin que, por la ofrenda de su sangre, fuese perdón para todos los que creen en él". Nuestra parte consiste en adherirnos a él, en estar en comunicación con él, vivir de él, creer en él.

           La cruz de Jesús es a la vez la revelación de la inmensidad y de la gravedad del pecado de la humanidad toda, pero también es la revelación de la inmensidad del amor de Dios. Es en lo que consiste la "ofrenda de su sangre". Es la evocación del sacrificio de holocausto por los pecados, que se hacía en el templo de Jerusalén. Es sobre todo la evocación del Calvario y de la misa. Una palabra ("la sangre de Jesús") que, en todo su realismo, debería ayudarnos a orar.

           Lo cual nos recuerda el lado oneroso de la redención, y el precio que pagó Jesús por nosotros "en orden a mostrar su justicia, para ser él justo y justificador del que pertenece a Jesús por la fe". Siempre bajo la misma noción activa de la Justicia de Dios. ¿Te pertenezco a ti, Señor Jesús? ¿Qué debo hacer para que mi pertenencia sea más sólida, más ligada a ti, para comulgar contigo?

           De ahí que no haya de qué vanagloriarse, pues "¿dónde está entonces el derecho a gloriarse? Porque Dios no es solamente Dios de los judíos, sino también de los paganos".

           La concepción judía del mérito (el hombre que se gana la salvación mediante sus buenas obras) está definitivamente destruida. Lo válido es una actitud profundamente humilde, lo contrario del fariseísmo. Y una gran apertura de corazón, que se alegra de ver entrar a los paganos en la Iglesia. Tal fue toda la obra misionera de Pablo. Y es siempre la razón actual de muchas actitudes de la Iglesia de hoy.

Noel Quesson

*  *  *

           Todos somos pecadores y todos somos salvados gratuitamente. Es la tesis que va repitiendo Pablo: "Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna".

           Tal vez en la comunidad de Roma se daba alguna clase de tensión entre los que procedían del judaísmo y los del paganismo. Ni los paganos tienen motivos de perder la esperanza, ni los judíos de enorgullecerse. Todos han fallado y a todos les ofrece Dios su salvación "gratuitamente, por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús". Dios ha tenido paciencia con unos y con otros.

           Sobre todo los judíos tenían el peligro de creer que merecían la salvación, por haber cumplido cuidadosamente "las obras de la ley". Pablo les disuade: "¿Dónde queda el orgullo? Queda eliminado. ¿En nombre de qué? ¿De las obras? No, en nombre de la fe".

           Puede resultarnos un poco extraño este tema tan repetido por Pablo (aquí y en la Carta a los Gálatas) de que no es la ley de Moisés la que salva, sino Cristo Jesús y la fe en él.

           No parece, a 1ª vista, nuestro problema. Y sin embargo, puede ser que tengamos el peligro de caer en una tentación equivalente. ¿Nos sentimos superiores a otros, por nuestra condición de católicos, de cristianos practicantes, de religiosos o sacerdotes? ¿Tenemos, al menos en el subconsciente, la idea de que estamos ganándonos la salvación por los méritos que vamos acumulando en la presencia de Dios?

           También nosotros debemos sentirnos perdonados por Dios, salvados gratuitamente por él. No creernos que tenemos derecho a la salvación por nuestras obras meritorias. La salvación no se compra a base de buenas obras. Estas buenas obras tenemos que hacerlas, pero no son las que nos salvan a modo de paga o de jornal.

           Tanto "judíos como griegos", los que pertenecen al pueblo israelita como los que no, estamos en deuda con Dios y tenemos que agradecerle el que nos haya salvado enviando como Redentor (pagador del rescate) a su Hijo Jesús.

           La tesis de Pablo nos ayuda a ser un poco más humildes en la presencia de Dios, sabiéndonos salvados por su amor y por la sangre de su Hijo. Y, a la vez, esto mismo nos hace más tolerantes con los demás, no creyéndonos superiores a nadie. Es la actitud que nos sugiere el salmo responsorial de hoy: "Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y mi alma espera en el Señor, espera en su palabra".

José Aldazábal

*  *  *

           Las palabras de hoy de Pablo vienen tras una filípica contra la gentilidad que desconoce a Dios y peca. Pablo supone que los lectores de su carta se ríen de ellos, y les amonesta viniendo a decir: cuidado, porque también vosotros pecáis, aunque conocéis la ley nueva.

           La riqueza del capítulo segundo de la Carta de a los Romanos no cabe en un párrafo, como el de la lectura de hoy. Pablo describió en el cap. 1º a la gentilidad que, no siguiendo las luces de la razón y de la prudencia que podían llevarla a conocer a Dios creador, estaba sujeta a la ira justiciera de Dios que condenaba sus torpezas. Y ahora, en el cap. 2º, se dirige a los judíos y los amonesta porque ellos también, aun siendo pueblo elegido que conoce a su Dios, va atesorando ingratitudes e infidelidades.

           Los hombres de la gentilidad, desconocedores de la ley de Dios y de Cristo, debían conducirse rectamente, a la luz de su razón y discernimiento; y no hacerlo, era pecaminoso.

           Pero mucho más culpable será la vida de los judíos (o cristianos) que, habiendo recibido la iluminación de la fe y los sacramentos, reniegan de la fidelidad a Dios y se entregan a sus concupiscencias. Ése no es camino de salvación. El camino de salvación se construye con vidas que crecen a porfía en el amor, en la fidelidad, en la entrega, en la justicia.

           Aun cuando todos habíamos sido encerrados en el pecado y éramos incapaces de que tomase posesión de nosotros la gloria de Dios a causa de nuestras maldades, Dios quiso manifestar a todos su fuerza salvadora, al ser él mismo salvador, y salvar a todo el que cree en Jesús. Él se ha convertido en fuente de salvación para toda la humanidad, pues mediante su sangre derramada por nosotros se ha convertido para nosotros en instrumento de perdón.

           Así, mediante la fe en Cristo se ha abierto el camino que nos conduce a la unión con Dios; y a ese camino no sólo tienen acceso los circuncisos, sino todos, incluso los paganos. Basta proclamar con la boca que Jesús es el Señor y creer en el corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos para salvarse. Y eso no está limitado a los judíos, sino abierto a todo hombre de buena voluntad que, respondiendo al llamado de Dios, crea en Cristo Jesús y se deje justificar por él.

           Por eso no queramos limitar la salvación anunciándola a unos cuantos; no queramos salvar sólo a quienes consideramos buenos, sino que, como verdaderos apóstoles del Señor, esforcémonos continuamente en trabajar para que, especialmente los pecadores y quienes viven como si Dios no existiera, reciban la luz, la gracia, la vida, el perdón y la salvación que Dios nos ha ofrecido a todos en Cristo Jesús.

Dominicos de Madrid

b) Lc 11, 47-54

           Los escribas creen honrar a los profetas asesinados haciéndoles espléndidos sepulcros. Pero, en realidad, y en su actitud profunda, comulgan con los asesinos. Ellos prefieren sus propias interpretaciones de la ley a aceptar una nueva palabra de Dios.

           Prefieren llevar a Jesús a la muerte por mantener su inteligencia de la ley. Poseedores de la llave de la ciencia cierran el camino de la salvación a los que ponen en ellos su confianza y los siguen como guías. Pecado personal y pecado en el desempeño de su misión.

           La sabiduría humana se rebela contra la sabiduría de Dios. El hombre prefiere sus caminos al camino de Dios. Pero esta persecución de la palabra de Dios por parte de la sabiduría humana no quedará impune. Día vendrá, indeterminado pero seguro, en que se pedirá cuenta de la sangre de todos los profetas, de todos los inocentes, sacrificados a los intereses humanos en virtud de la inteligencia y defensa de la ley.

           Por eso les dice Jesús "os habéis guardado la llave del saber" (porque también ellos tenían la llave) y "vosotros no habéis entrado, y a los que iban a entrar se lo habéis impedido" (pues quien sea cofrade, que tome su vela). No es de maravillar que a partir de ahora se pongan de acuerdo y estén al acecho, "para cogerlo en algo con sus propias palabras!" (v.53).

Josep Rius

*  *  *

           Continúan las lamentaciones de Jesús, hasta un total de 7 (la serie completa), volviendo la mirada a la historia de infidelidad del pueblo para con Dios, demostrada en el rechazo a los profetas hasta su asesinato en el pasado, cuyas tumbas edifica la generación presente, dando testimonio de lo que hicieron sus antepasados y haciéndose co-responsables de tanta sangre derramada desde Abel hasta Zacarías, el último de los profetas.

           Cuando Lucas escribe este evangelio, ya conoce el final de Jesús, asesinado por los descendientes de quienes mataron a los profetas. La historia no ha cambiado. El comportamiento de esta generación sigue siendo semejante a la de sus ascendientes: a una oferta constante de salvación por parte de Dios, ha correspondido un continuo rechazo; a una historia de salvación, una historia de infidelidad; a la oferta de vida, la negación de la vida de los enviados y su persecución hasta la muerte; a la sangre de su hijo ofrecida por Dios, la sangre derramada de su hijo.

           La última lamentación de Jesús va contra los juristas, conocedores en teoría de la verdadera sabiduría, que no han puesto en práctica ni han enseñado a los demás. Ellos son acusados por Jesús de quedarse con la llave del saber, impidiendo a los demás entrar.

           En sus manos estaba haber aceptado el mensaje de Jesús, acogido su llamada a la conversión y abierto las puertas al designio de Dios. Sin embargo, desde el comienzo de la vida pública de Jesús han hecho lo imposible para que su mensaje (la verdadera sabiduría de Dios) no arraigue en el pueblo, logrando que éste se alíe, al final, contra él y dicte con ellos sentencia de muerte. Terrible responsabilidad la de los dirigentes del pueblo y la de la generación de contemporáneos de Jesús, solidarizada con su ideología.

           La acusación de Jesús va dirigida en última instancia a la conducta de los dirigentes, preocupados más por la teoría que por la práctica. Por eso, ahora su objetivo es encontrar en su enseñanza alguna idea o afirmación de la que puedan acusarlo. Difícil tarea para quien se definió como camino, verdad y vida.

           Al final, lo conseguirán, pero buscando testigos falsos. Se aliarán con el demonio, que es el embustero por excelencia, para arrestar, condenar a muerte y ejecutar a Jesús, pretendiendo acabar con el último de los enviados de Dios, su propio hijo. No lo conseguirán del todo, pues Dios le devolverá a la vida definitiva, la resurrección

Juan Mateos

*  *  *

           La lectura de hoy es continuación de la de ayer. La intervención de uno de los maestros de la ley (v.45), sirve de hábil introducción para los nuevos ayes, denunciadores de la hipocresía y el legalismo de escribas y juristas. Como en la lectura anterior, se puede históricamente afirmar que el contenido y las expresiones empleadas, pudieron haber tenido origen en Jesús, pero también están evidenciando la experiencia eclesial de las comunidades primeras, en las que la ruptura del oficialismo judío no se ha llevado a cabo todavía.

           El mensaje no es sólo para los doctores de la ley; es referido al pueblo de Israel contemporáneo de Jesús que ha rechazado el mensaje de salvación. Y es también dirigido a todos los hombres y mujeres que, violentando la verdad y el amor en la historia, se cierran al evangelio de la justicia y del derecho.

           La exigencia divina de unas relaciones de igualdad y en amor solidario de hermanos, actualizado en el paradigma existencial de los pobres, enfrenta la injusticia, el egoísmo y la muerte existentes en la vida de la humanidad que se sitúa de espaldas a Dios y al hermano o hermana.

Fernando Camacho

*  *  *

           Es fácil referirse al pasado y decir "nuestros abuelos sí eran buenos cristianos, y por lo menos se confesaban a menudo, e iban a vísperas". De ahí que hoy diga Jesús: "Ay de vosotros que edificáis mausoleos a los profetas después que vuestros padres los mataron. Por tanto sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis mausoleos". 

           Los profetas de antaño, sí eran verdaderos profetas, se comprometían y fustigaban el mal. Pero nosotros, ¿escuchamos a los profetas de hoy? ¿Respondemos a las invitaciones de la Iglesia de hoy? ¿O quizás nos contentamos con "edificar mausoleos" a los hombres del pasado, a las costumbres del pasado en lugar de vivir hoy las numerosas exigencias de la Iglesia de nuestros días? Por eso dijo la sabiduría de Dios: "Les enviaré profetas y apóstoles; a unos los matarán, a otros los perseguirán".

           En tiempos de Jesús se tenía nostalgia de los antiguos profetas, y Jesús se encontraba allí, el que era el gran y único profeta. No obstante, el pueblo no le reconocía, e incluso ¡estaba dispuesto a matarlo para impedir que profetizara! Como se ve, en todas las épocas los profetas son molestos, y habitualmente se ha deseado suprimirlos. ¿A quién quisiera yo suprimir? ¿Qué voz desearía que se callase?

           Desconfiemos, una vez más, de quedarnos con nuestra buena conciencia, porque podría ser el resultado de esta hipócrita tendencia de buscar fuera la responsabilidad de todos los males. Cada generación participa en el mal del mundo, cada generación ha condenado a Jesucristo, y a cada generación se le pedirá cuenta de la sangre de Jesucristo derramada. Porque "desde Abel hasta hoy corre la sangre de los profetas sobre la tierra".

           Cuando Jesús salió de allí, según Lucas (porque todo eso se dijo en casa de un doctor de la ley), los escribas y fariseos comenzaron a acosarlo implacablemente sobre muchas cuestiones, estando al acecho para atraparlo con sus propias palabras. Sí, Jesús ha sido rechazado, y rehusado el más grande entre los profetas, aquel que llevó a la perfección la enseñanza religiosa. El mundo, en todo tiempo, rehúsa el mensaje de Dios.

Noel Quesson

*  *  *

           La visita de Jesús a la casa del fariseo parece no caminar como lo esperaba el anfitrión y otros invitados, tal vez queriendo entramparlo para tener motivos de acusarlo y condenarlo; tal vez para pedirle cuentas de su forma de hablar y actuar. Y no parece ir bien porque Jesús acaba diciéndole: "Ay de vosotros, doctores de la ley, porque habéis guardado la llave de la puerta del saber. Vosotros no habéis entrado, y a los que iban a entrar les habéis cerrado el paso". 

           Pero Jesús se ha levantado en contra de ellos, no porque quiera condenarlos, pues también ellos son objeto de la salvación que Dios ofrece a todos, sino para poner en claro que la salvación no se logra manifestando un continuo sentimiento de culpa construyendo y adornando sepulcros a los profetas asesinados por sus padres, sino escuchando a esos profetas, cuyas palabras se han cumplido en Cristo.

           No basta comprender la palabra de Dios y pensar que, puesto que es una sabiduría tan alta, se puede encender esa vela y taparla con una vasija de barro. Lo que hay que hacer es encender esa vela y hacer que todos puedan disfrutarla, y ser uno mismo el 1º en conformar la propia vida a lo que Dios quiere decirnos. De lo contrario, pudiera ser que uno mismo no se salvara, ni dejaría que los demás se salven.

           Dios nos ha confiado la riqueza de su amor, de su vida, de su perdón, de su salvación no para que los ocultemos, sino para que los demos a conocer a todas las naciones ayudándoles a vivir aquello mismo que ya nosotros estamos viviendo y disfrutando.

           No basta construir templos, casas de asistencia social, fundar clubes de ayuda solidaria. Es necesario vivir el evangelio. La Iglesia de Cristo no puede quedarse en sólo la promoción social como una filantropía; es necesario hacer que la salvación sea parte de nuestra propia vida para que podamos llevarla también a los demás.

Gaspar Mora

*  *  *

           Sigue el ataque implacable de Jesús contra las actitudes de los fariseos y los juristas. Ante todo, porque "edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron". O sea, los fariseos están dispuestos a honrar a los profetas muertos (haciendo la comedia de edificarles monumentos), al mismo tiempo que no le hacen ni caso, ni siquiera estando vivos..

           Jesús nombre a 2 profetas: Abel, sacrificado por su hermano Caín (Gn 4), y Zacarías, el hijo del sacerdote Yoyadá, a quien mataron por encargo del rey Joás (2 Cro 24). Jesús los nombra como el 1º y último de una serie de profetas que acabaron igual. Es lo que van a hacer con él también, porque presenta una fe y un Dios muy distintos del que ellos están acostumbrados.

           La otra acusación de Jesús va dirigida a los doctores de la ley, que tienen la llave del saber y de la interpretación de la ley. Y tiene que ver con el mal uso que han hecho de esa llave: "No habéis entrado vosotros, y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar". ¿Para eso tantas llaves?

           Es valiente Jesús al desenmascarar las actitudes de las clases dirigentes de su época. Pero sus palabras nos ponen interrogantes también a nosotros, seamos dirigentes o no. ¿Caemos en la trampa de honrar a los profetas que fueron, reconociendo sus méritos y la injusticia del trato que recibieron, pero luego resulta que no hacemos caso de los profetas actuales, y les hacemos la vida imposible, porque no estamos dispuestos a escuchar su mensaje, que nos es incómodo?

           Esto puede pasar en la sociedad, en la que pueden estorbar a los poderosos las voces proféticas que se levantan contra sus injusticias. Puede pasar en la Iglesia, en la que a veces se hace callar a los que tienen un espíritu más libre y crítico, aunque más tarde a veces se les rehabilite o incluso se les canonice.

           Pero puede pasar también a nuestro alrededor, cuando nos sentimos molestos cuando somos criticados, y hacemos lo posible por desacreditar a esos profetas que se atreven a llevarnos la contra. A todos nos pasa que nos estorban los profetas vivos, no los muertos.

           Además podemos merecer también las palabras de Jesús a los juristas. ¿Nos sentimos "propietarios de la verdad", guardando sus llaves, de modo que los demás tengan que pasar la aduana de nuestra interpretación? ¿Nos creemos los únicos que tenemos razón en todas las discusiones, sean importantes en el ámbito eclesial o más cotidianas en nuestra familia o círculo comunitario?

           Sería una lástima que los que podemos decir una palabra en el ámbito de la catequesis o de la predicación no comuniquemos esperanza y alegría, sino angustia y miedo. Seríamos malos guías.

José Aldazábal

*  *  *

           Hoy se nos plantea en el evangelio el trato dado a los profetas, bajo la advertencia de que "les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán" (v.49). Los profetas son personas de cualquier condición social o religiosa, que han recibido el mensaje divino y se han impregnado de él, e impulsados por el Espíritu lo han expresado con signos y palabras comprensibles para su tiempo.

           Se trata de un mensaje transmitido mediante discursos, nunca halagadores, o acciones, casi siempre difíciles de aceptar. Una característica de la profecía es su incomodidad. El don resulta molesto para quien lo recibe, pues le escuece internamente, y es incómodo para su entorno, que hoy, gracias a internet o los satélites, puede extenderse a todo el mundo.

           Los contemporáneos del profeta pretenden condenarlo al silencio, lo calumnian, lo desacreditan, así hasta que muere. Llega entonces el momento de erigirle el sepulcro y de organizarle homenajes, cuando ya no molesta. No faltan actualmente profetas que gozan de fama universal. La madre Teresa, Juan Pablo II... ¿nos acordamos de lo que reclamaban? ¿Lo ponemos en práctica? Porque a nuestra generación se le pedirá cuentas de la capa de ozono que ha destruido, de la desertización y del despilfarro del agua, pero también del ostracismo al que hemos reducido a nuestros profetas.

           Todavía hay personas que se reservan para ellas el derecho de saber en exclusiva, que lo comparten (en el mejor de los casos) con los suyos y aquellos que les permiten continuar aupados en sus éxitos y fama. Se trata de personas que cierran el paso a los que intentan entrar en los ámbitos del conocimiento, no sea que sepan más que ellos y los adelanten. De ahí la queja de Jesúus: «Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia. Porque no entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido" (v.52).

           Hoy día, como en tiempos de Jesús, hay muchas personas que analizan las frases y estudian los textos para desacreditar a los que les incomodan. ¿Es éste nuestro proceder? Como decía San Juan Crisóstomo, "no hay cosa más peligrosa que juzgar las cosas de Dios con los discursos humanos".

Pedro Inaraja

*  *  *

           La hipocresía es aborrecida por Dios, y no hay nada peor en el alma de un creyente que este terrible pecado. Dios aborrece al que no es sincero, y quiere aparentar lo que no es en la realidad. Y por eso sigue mandando al mundo de hoy a los profetas, para que prediquen la verdad. Pero de nuevo el hombre vuelve la vista y hace oídos sordos a la verdad, y de nuevo se vuelve a matar la verdad que Dios quiere proclamar.

           El papa es el profeta que Dios ha elegido para este s. XXI, tan lleno de crisis espirituales. Y lo ha elegido para que todos los miembros de su Iglesia encuentren siempre la verdad que salva. La fe en Cristo no puede estar separada de la fe en la Iglesia y de la fe en el papa, y de ahí ha de brotar mi certeza de que en todo momento he de defender al papa y sus enseñanzas.

           ¿No seremos nosotros, tal vez, los que estamos matando a nuestros propios profetas? Porque con frecuencia se escuchan palabras de disconformidad y rechazo hacia quien ha recibido de Cristo la misión de guiar a la Iglesia. El papa es esa voz que hoy defiende la verdad ante los atropellos y las injusticias. Y esa verdad es siempre la misma, no cambia con los años.

Luis Gralla

*  *  *

           Continúa hoy Jesús con su inquietante respuesta hacia los que se separaban de las obras del reino de Dios, lo que también sirve de aviso para sus seguidores. Sobre todo, nos servirá de aviso para no caer en la tentación del aparentar, ni del construir mausoleos a los antiguos mientras condenamos a los nuevos, ni del querer controlar la sabiduría que viene de Dios, ni del quitar del medio a la gente sencilla (Mt 11,25; Lc 10,21).

           Por otro lado, el mundo de hoy está necesitando que los cristianos retomemos nuestro papel de profetas, nuestro papel de hombres y mujeres que hablen con valentía y tengan el coraje de anunciar el Reino y denunciar aquello que se opone a éste. No es fácil, pues la suerte del profetas siempre es la misma: el desprecio, el descrédito, e incluso la misma muerte.

           Sin embargo, ¿cómo podemos quedarnos callados cuando vemos que nuestro mundo va caminando a la oscuridad; cuando los valores morales van desapareciendo, o cuando el cristianismo se ha hecho una rutina de domingo? ¿No te parece que ya es tiempo de tomar de nuevo nuestro papel como bautizados y heraldos de la buena noticia del evangelio?

Luis de las Heras

*  *  *

           La fe no viene a tranquilizar la conciencia del hombre pecador (que no quiere abandonar sus malos caminos), sino que viene a moverle para que cambie sus criterios internos y pueda abrirse al signo del amor de Dios en medio del mundo.

           Retengamos en la memoria las palabras de Jesús a letrados y maestros hipócritas. Su conducta es lamentable para ellos mismos y para la comunidad de los mortales. Por esa vía no se crea amor y paz. Frente a esas actitudes poco aconsejables, pongamos las bellas palabras de Santa Margarita María de Alacoque:

"Nuestro Señor viene a decirnos que él desea ardientemente que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención: la santidad. Y que recordemos que de su divino corazón manan tres arroyos: el de la misericordia (que nos ofrece perdón), el de la caridad (que nos baña en su amor) y el del amor y luz para sus amigos (que nos convoca a todos a la salvación), ayudándonos mutuamente y ofreciéndonos la iluminación de la fe".

           Miremos al fondo de nuestro corazón, y comprobemos qué río mana y fluye en él: ¿es el de la justicia, amor, caridad, servicio, trabajo por los demás? Alegrémonos de ello, o lamentemos que el manantial esté seco.

Dominicos de Madrid

*  *  *

           La lectura de hoy es continuación del evangelio de ayer, y nos transmite los 2 últimos ayes de la polémica de Jesús con los fariseos. No podemos señalar con exactitud los límites entre las propias palabras del Maestro y las de la primitiva comunidad. En el v. 52 los doctores son acusados de haberse transformado en dueños del saber de Dios, identificándolo con sus propias perspectivas e intereses.

           El mismo peligro amenaza a la Iglesia: la verdad de Jesús está condicionada por los seres humanos que la anunciamos y la comentamos; somos un factor de la mediación que puede volverse manipulación. Más complejo es el ay del v. 51, con la trágica visión que suscita la Palabra entre las personas.

           La confrontación de Jesús con las autoridades de Israel ya ha tenido su prólogo en la historia profética del AT y continúa en la historia de la Iglesia, volviéndose una constante de toda existencia auténtica. El tema es clásico en la tradición deuteronomista, y es retomado por la Iglesia desde el testimonio trágico de Jesús, pasando por todos los justos que han sufrido crueldades por mantenerse fieles y honestos a la verdad.

           Sabemos que el martirio de Jesús no fue inútil, y que culminó en su pascua gloriosa (Flp 2, 8-10). Quien cree en Jesús, y quien lo anuncia, vive amenazado por la violencia de este mundo.

Confederación Internacional Claretiana

*  *  *

           El evangelio de ayer y de hoy tiene una serie de 7 imprecaciones dirigidas por Jesús contra los fariseos. Las imprecaciones (o denuncias) eran el recurso que tenían los profetas para poner en evidencia las contradicciones de la gente su época, así como para denunciar la corrupción e hipocresía de los dirigentes.

           En la 1ª imprecación de hoy (la 6ª, en total), Jesús se muestra reacio frente a los dirigentes de su época, sobre todo por engañar a los demás en nombre de Dios: "Ay de vosotros, que levantáis sepulcros a los profetas". Se trata de una denuncia contra aquellos que intentan silenciar la voz de Dios con bonitos decorados. El honor que los partidarios del poder le rinden a los profetas no es sino una manera encubierta de respaldar a los potentados que les dieron muerte.

           La 2ª imprecación de hoy (la 7ª, en total) va dirigida exclusivamente contra los maestros de la ley. Ellos poseían un profundo y erudito conocimiento de la escritura, y eran personas muy consultadas por el pueblo y por los poderosos. Pero no hacían una lectura de la palabra de Dios que que remarcara el binomio Dios-hombre, sino que "se apoderaban ellos del conocimiento", y cerraban el acceso a los demás. Una actitud peligrosa que conducía más a la condenación que a la salvación, aunque llevaran una Biblia debajo del brazo.

Servicio Bíblico Latinoamericano