17 de Septiembre

Viernes XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 17 septiembre 2021

a) 1Tm 6, 2-12

           Pablo ha hablado de la debida disciplina en el culto y de la conducta que Timoteo ha de inculcar a los miembros de la comunidad. Ahora finaliza este tema dirigiéndose a los esclavos. Lo que se dice aquí nos recuerda el texto de Pablo en la carta a Tito: "Que sean sumisos a sus amos y que procuren dar satisfacción en todo, que no sean respondones, no roben, al contrario, muestren completa fidelidad y honradez" (Tit 2, 9-10). 

           En su Carta a Corinto, el apóstol había sido todavía más sorprendente: "Cada uno permanezca en el estado en que Dios lo llamó. ¿Te llamó Dios de esclavo? No te importe, porque si el Señor llama a un esclavo, el Señor le da la libertad" (1Cor 7,20-21). El contexto y la mente general de Pablo indican que probablemente debemos entender: "aprovéchate más bien" de tu esclavitud. 

           Exegetas y traductores se preocupan por esta solemne indiferencia de Pablo a propósito de la liberación social. Por eso a menudo se traduce con frases como "si puedes obtener la libertad, aprovecha la ocasión". Pero estas traducciones tienen el peligro de ser apologías de Pablo.

           En realidad, el apóstol no necesitaba ninguna apología, porque lo que él pretendía no era solucionar todos los problemas propios de la teología de la liberación, sino los de sus comunidades cristianas, por otro lado muy alejadas de la redención socioeconómica de la teología de la liberación.

           Para Pablo, permanecer en el estado en que uno ha sido llamado ofrece una gran ventaja: demostrar que en todas partes se puede ser cristiano y no dejar ningún estamento sin este testimonio (vv.1-2). Es, pues, una cierta ventaja de la comunidad como tal, y no del esclavo, a quien no se aconseja la propia promoción. 

           Pero tampoco debemos olvidar el principio teológico de revolución social implicado en la doctrina de Pablo. Este principio se presupone en el v. 2: "Los que tengan amos fieles no los desprecien por ser hermanos". 

           Pablo insistirá en este principio de fraternidad entre amo y esclavo en la carta a Filemón. En ella Pablo pide con fórmulas diversas que el amo Filemón trate a Onésimo como hermano (Fil 16.17.21). Y surtió efecto, y fue el 1º eslabón que, desde la fraternidad, empezó a eliminar la esclavitud en el Imperio Romano y en la historia de la humanidad.

Enric Cortés

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           Interpela hoy Pablo a su discípulo Timoteo con un consejo salido del corazón, y también del echar cabeza: "Hijo muy querido, te he dicho lo que debes enseñar y recomendar. Y si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sólidas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina verdaderamente religiosa, éste tal está cegado por el orgullo y no sabe nada".

           Nuestra época se caracteriza por una confusión extraordinaria de opiniones. Se tiene la impresión de que no existe la verdad. ¡Casi se puede afirmar una cosa y su contrario! Los mayores valores, los principios más sagrados, y hasta la fe, son discutidos.

           Existían ya en tiempo de Pablo algunas desviaciones graves, y de ahí que encargara al episcopo (lit. supervisor) que supervisa y vigilase la recta expresión de la verdad, cuyo punto de referencia válido era sólo uno: "las palabras de Jesús". De igual manera, hoy vivimos en medio de intoxicaciones de todas clases, y también es preciso que los cristianos se atengan mas y más a la Palabra de Dios.

           La peor condenación de la "desviación doctrinal", de la contra-verdad, es, según Pablo, que el hombre que la profiere es "un orgulloso, lleno de sí mismo, y que no sabe nada". En el ámbito científico esto es evidente: si afirmo, por ejemplo, que el sol es un astro frío, ello no impide que el sol siga ardiendo, pero soy yo simplemente el que me equivoco, me aíslo y caigo en el ridículo de mi absurda suficiencia.

           Como afirma el propio Pablo: "Ese es un hombre que padece la enfermedad de las "disputas y contiendas de palabras". Y de esa enfermedad es de donde proceden las envidias, las discordias, insultos, malentendidos, sospechas malignas, discusiones interminables propias de gente de mente corrompida".

           En efecto, la enfermedad de que la que Pablo, es ciertamente la de nuestra época y de nuestra Iglesia contemporánea: rivalidades, conflictos de grupos, sospechas. Señor, ayúdanos a ser hombres abiertos, comprensivos y no cerrados, porfiados, sectarios.

           Porque como sigue diciendo Pablo, "hay gente de inteligencia corrompida, que están privados de la verdad y que piensan que la religión es un negocio". Indirectamente, Pablo afirma con ello un principio moral extraordinariamente lúcido: es el interés propio, el "provecho personal", lo que falsea la inteligencia y hace que se tomen unas posiciones aberrantes.

           Efectivamente, el ansia de dinero o de placer, suele conducir a justificarlo todo. Y detrás de la droga suele estar el dinero, y detrás de la pornografía está el dinero, y detrás de las violencias o de la prensa escandalosa está el dinero... Pablo llega a decir que lo que distingue al verdadero sacerdote del malo es el desinterés del 1º y la codicia del 2º.

           Partiendo de aquí, Pablo nos dará un pequeño tratado sobre el dinero:

1° contentarse con lo que uno tiene. Es uno de los principios elementales de la sabiduría;
2° saber que "no hemos traído nada al mundo y nada nos llevaremos de él", pues la hucha no acompaña nuestro féretro;
3° contentarse con lo básico (alimento y vestido) y ser felices. Y eso es algo fácil de lograr, para los que saben vivir modestamente;
4° saber que los que quieren enriquecerse, acaban cayendo en el lazo de las codicias y deseos absurdos.

Noel Quesson

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           Entre las preocupaciones de un responsable de comunidad está también la defensa contra los falsos maestros que enseñan doctrinas desviadas o provocan divisiones. De ahí que diga hoy Pablo que "si alguno enseña otra cosa distinta, es un orgulloso y un ignorante". Efectivamente, en Efeso había algunos que "padecían la enfermedad de plantear cuestiones inútiles y discutir". Lo que provocaba "envidias, polémicas, difamaciones, controversias propias de personas tocadas de la cabeza".

           Pero hay otro tema que Pablo ataca con dureza: los que consideran que "la religión es una ganancia" y "buscan riquezas y se crean necesidades absurdas y nocivas". Para él, "la codicia es la raíz de todos los males". Por eso, la actitud de Timoteo debe ser dar ejemplo con su vida personal: "practica la justicia, el amor, la paciencia, combate el buen combate de la fe". Es un cuadro muy vivo el que Pablo presenta de una comunidad.

           Se ve que son viejas esas situaciones en la Iglesia, y también nosotros debemos dejarnos interpelar por los avisos del apóstol respecto a la sana doctrina y al peligro de la codicia del dinero. Las desviaciones en la doctrina se producen cuando no nos atenemos "a las sanas palabras de Jesucristo y a la doctrina que armoniza con la piedad".

           ¿Mereceríamos la acusación de Pablo, que habla de la enfermedad de los que se dedican a plantear cuestiones inútiles, propias de "personas tocadas de la cabeza", los adictos a las discusiones, que no sirven más que para perder el tiempo y provocar divisiones?

           El otro peligro, el de la codicia, viene cuando alguien siente la tentación de aprovecharse de la religión o de algún cargo que pueda tener en la comunidad, cuando "los que buscan riquezas se crean necesidades absurdas y nocivas", que les llevan "a la perdición y a la ruina". Y, claro está, por esa apetencia insaciable, "se enredan en mil tentaciones". ¡Cuántas veces habla Pablo del peligro de la avaricia!

           Según él, nos deberíamos "contentar con poco: teniendo qué comer y qué vestir nos basta". El salmo responsorial de hoy también nos invita a esta misma actitud: "No te preocupes si se enriquece un hombre y aumenta el fasto de su casa: cuando muera, no se llevará nada". La antífona del salmo nos ha hecho repetir la bienaventuranza de Jesús: "Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".

           Entre los buenos ejemplos que tenemos que dar a los demás, hoy se nos recuerda nuestra firmeza en la sana doctrina, sin dejarnos llevar por ideologías peregrinas, y el autocontrol en cuestión de dinero. Dos difíciles campos en que deberíamos ir madurando.

José Aldazábal

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           Casi toda realidad buena es susceptible de desfiguración, y "las discusiones y los juegos de palabras" van deformando lo que empezó siendo bueno, como nos explica el apóstol Pablo en la primera lectura de hoy.

           Porque si bien es verdad que la predicación es por excelencia el ejercicio de la palabra, ese instrumento precioso puede desgastarse cuando el hablar se convierte como en un objetivo en sí mismo: algo que no va hacia la transformación de la vida en Cristo sino hacia la afirmación del propio yo por el gusto de ganarle a otro en combate verbal.

           Además, esa pasión por ganar suele ir unida al gusto de hacer negocios. Es natural. Así resulta que la palabrería a menudo es la herramienta preferida de quien quiere hacer ganancias terrenales con términos celestiales. De ahí la denuncia que hace Pablo.

           Pero la denuncia no se queda ahí, pues Pablo ofrece un remedio: "Tú evita todo eso, y lleva una vida de rectitud". La Iglesia Católica, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, ha insistido mucho en la palabra diálogo. Los cristianos estamos llamados a abrirnos al diálogo entre nosotros mismos, con Dios y con el mundo también.

Nelson Medina

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           Nos anima hoy Pablo a ser leales al Señor en todo; de tal forma que el mensaje de salvación no sufra acomodos según nuestros interese o criterios; tampoco es válido hacer una relectura de la palabra de Dios para hacerla decir lo que yo quiero conforme a mi ideología. Eso sería tanto como caer en el orgullo que me impide caminar con la Iglesia, para hacer mi propio camino, mi propia iglesia, paralela a la fundada por y en Cristo y sus apóstoles.

           Llevar a cabo la obra de Dios, proclamar su evangelio, no puede verse como ocasión para que nosotros saquemos partido económico o de prestigio, pues esto en lugar de llevarnos a la salvación nos llevaría a la ruina y a la perdición.

           Si en verdad somos hombres de fe en Cristo, seamos leales a él y a su evangelio viviendo con rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre. Que nuestra única recompensa sea vivir unidos a Cristo, aún cuando despreciados por todos y sin apoyos económicos.

           El Señor, que vela por nosotros, estará siempre a nuestro lado para que, convertidos en fieles testigos suyos, seamos también un testimonio del cuidado que Dios tiene de sus hijos, cuando, al buscar primero el Reino de Dios y su justicia, saben que Dios velará por ellos como un Padre amoroso que cuida de sus hijos.

José A. Martínez

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           Conviene tomar en consideración las dos partes en que Pablo adoctrina hoy a sus discípulo y hermano Timoteo, obispo de Efeso.

           Por un lado está la seriedad, profundidad y utilidad de la doctrina que ha de enseñar un maestro en la fe. El verdadero maestro ha de ser y sentirse discípulo, pues su magisterio no crea doctrina sino que la recibe, clarifica, asume y trasmite.

           Nadie puede sustituir a Cristo en las verdades que hemos de creer: misterio de Dios uno y trino, misterio de Dios encarnado, misterio de salvación, misterio de la gracia y del amor... Nuestro afán debe consistir en captar bien y asumir la doctrina revelada; aplicarla a nuestro contexto vital; comprometerse con sus exigencias; buscar su utilidad.

           Por otro lado está el género o calidad de vida en que hemos de movernos: apertura, paciencia, generosidad, fe, caridad, esperanza, solidaridad, oración, fraternidad... Viviendo como hijos de Dios, entenderemos de algún modo la grandeza de los mensajes salvíficos de Cristo. Si no vivimos esa condición filial, malentenderemos sus consecuencias.

           Pablo no tiene dudas: quien es fiel a Cristo dice la verdad de él, y no la suya. Quien cuestiona la verdad de Cristo y aprecia la suya, es, teológicamente, un ignorante, aunque discuta como si supiera mucho. Lo recto es vivir virtuosamente y asumir la verdad de Cristo.

Dominicos de Madrid

b) Lc 8, 1-3

           Jesús dejó Naín y continuó su recorrido por ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Nueva del reino de Dios. El evangelio de hoy nos dice que lo acompañaban los 12 apóstoles y también algunas mujeres. El hecho de que Jesús fuera acompañado por ellas era algo insólito entre los judíos.

           Las costumbres, no sólo judías sino de todo el Medio Oriente, estipulaban una estricta separación de los dos sexos que no les permitía alternar en público. Las mujeres permanecían en sus casas y cuando salían, lo hacían bien cubiertas y manteniéndose a cierta distancia o en un lugar aparte de los varones. Se consideraba escandaloso que una mujer hablara en público con un extraño, más escandaloso aún que un rabino se entretuviera en el trato con alguna mujer.

           Lucas nos dice que las mujeres siguen a Jesús agradecidas por la bendición que habían recibido de él, incluso nos dice que algunas eran pudientes y colaboraban solidariamente con sus bienes. Los textos bíblicos y la historia de la Iglesia muestran que es común que las mujeres piadosas o familias pudientes, los que hoy llamamos bienhechores, ayudaran a los a los pastores, misioneros y evangelizadores. Por eso no sorprende que este grupo de mujeres le colaboren a Jesús.

           En este texto, Lucas nos da una gran lección porque es el único evangelista que nos muestra esta sorprendente libertad manifestada por Jesús al incorporar muchas mujeres a su grupo itinerante de discípulos.

           Hoy las mujeres se han convertido en la piedra angular de muchos de los movimientos misioneros que realizan su tarea evangelizadora en el mundo. Ellas, muchas veces ignoradas y arrinconadas por el clericalismo machista, han sido fundadoras y continuadoras de grandes experiencia cristianas. Por eso, es necesario que la iglesia reexamine su teología de la mujer y los papeles y funciones en la iglesia.

           En el evangelio, ellas volverán a desempeñar un papel destacado en la muerte, sepultura y resurrección de Jesús. A pesar de los riesgos y peligros, permanecieron junto al maestro hasta el final, estuvieron junto a la cruz cuando sus discípulos varones habían huido (Lc 23, 49); ayudaron a preparar el cuerpo para la sepultura, haciendo caso omiso a la hostilidad de las autoridades (Lc 23, 55), y finalmente, dieron testimonio de la resurrección a los discípulos, los cuales no creyeron ni una palabra de lo que ellas dijeron.

           Todo esto nos permite ver un agudo contraste entre el coraje y la lealtad de este puñado de mujeres y el de los discípulos. ¿No será que ellas desde el tiempo de Jesús han sabido ser verdaderas seguidoras y anunciadoras del Reino, que no se construye desde estructuras machistas, sino desde el servicio, la entrega y la fidelidad a la causa de Jesús?

Emiliana Lohr

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           Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena (de la que habían salido 7 demonios), Juana (esposa de Cusa, intendente de Herodes), Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.

           En otro fragmento del evangelio, Jesús dice que "también a las otras ciudades debo anunciar la buena noticia del reino de Dios, porque para eso he sido enviado" (Lc 4, 38-44). Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea, proclamando la buena noticia del reinado de Dios.

           Ahora lo hace recorriendo la ciudades y pueblos, acompañado de los 12 grandes amigos (sus apóstoles) y algunas mujeres: María Magdalena, Juana, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes. Todos estaban a disposición del Señor, compartiendo su andar, caminando por los lugares, compartiendo los sueños y las comidas, llenos de amor solidario y de servicio.

           Esta fue la misión de Jesús, proclamar la buena noticia del reino de Dios, recorriendo ciudades y pueblos, anunciado que le Padre Dios, quiere perdonarnos, y que el venia como nuestro salvador. El proclama la salvación con sus palabras, con cada una de sus acciones, con su ejemplo, con sus milagros, con el evangelio.

           Hoy es nuestra hora, y Jesús ha delegado su tarea en nosotros. Por eso hemos de predicar la buena noticia en el nombre de Cristo, con nuestro ejemplo personal de vida, con un testimonio motivador, con nuestras actitudes aprendidas de sus enseñanzas. Recordemos cuando Jesús despidió a sus apóstoles, "Id, y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y de Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo he mandado" (Mt 28,19).

           Este es el grupo que acompaña a Jesús, mujeres que fueron perdonadas y ya no pueden vivir sin Jesús, hombres que fueron liberados del pecado y ahora se entregan a Jesús, recorriendo pueblo y aldeas. Eso es lo que tenemos que hacer nosotros: servir al Señor con todo nuestro talento, acompañarlo a todo lugar, entregándole nuestro tiempo y sin importarnos el esfuerzo o cansancio.

Juan Mateos

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           Por 2ª vez el evangelista dice que Jesús "proclamaba la buena noticia del reinado de Dios". Antes lo había hecho por las sinagogas del país judío (Lc 4, 43-44), y ahora de pueblo en pueblo y de aldea en aldea. El campo de la enseñanza se amplía, y no se reduce ya al espacio de los judíos.

           En este caminar anunciando la buena noticia, Jesús no va solo, sino acompañado por los 12 y algunas mujeres, de las que se indican 3 nombres, como antes se había citado el de 3 discípulos (Lc 5, 8-10): María la Magdalena, Juana y Susana.

           Se trata de 2 grupos diferentes: el grupo de los apóstoles y el grupo de las mujeres. El 1º representa al Israel institucional, de ascendiente judío; el 2º a las clases sociales que se acercan espontáneamente a Jesús.

           María había estado poseída por 7 demonios, símbolo de la mayor alienación posible a causa del pecado. Y de las 3 se dice que estaban libres de malos espíritus y enfermedades.

           Además de a éstas, se cita un grupo indeterminado de mujeres que ayudaban a Jesús con sus bienes y que han experimentado la liberación de Jesús que se traduce en servirlo; por eso ponen sus bienes al servicio de Jesús y de todos los que los acompañaban.

           Esta es la señal más clara de la pertenencia al grupo de Jesús. Han aprendido que compartir es el camino más evidente para mostrar la realidad de un reino donde el dinero no es el valor supremo, sino el amor solidario, que pone a disposición de los demás lo que cada uno tiene.

Fernando Camacho

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           Lucas es el único que menciona los nombres de las mujeres que acompañaban a Jesús a lo largo de sus viajes, cuando "iba caminando por pueblos y aldeas, proclamando la buena noticia".

           Así que lo que Jesús proclamaba era algo bueno. Un predicador no debería jamás hablar sobre las cuestiones evangélicas, o incluso de fe dogmática, sin haber experimentado antes que se trata de algo bueno para el hombre, y que el reino de Dios es una buena noticia.

           Pues bien, entre esas buenas noticias del evangelio, escuchamos hoy una de ellas: "Lo acompañaban algunas mujeres". El pasado martes vimos a Jesús hacer una resurrección en atención a una mujer (la viuda de Naím). Ayer Jesús rehabilitaba a una mujer (la pecadora de la casa de Simón). Y hoy vemos a otro grupo de "mujeres que Jesús había curado de malos espíritus y de enfermedades".

           Ningún evangelista, sino Lucas, asignó un mayor papel a las mujeres. Pensemos en la función esencial de María en los relatos de la infancia de Jesús, pensemos en el episodio de Marta y María (Lc 10, 38), que Lucas es el único en relatar.

           No obstante, Lucas insiste en punto enigmático: habían estado atadas a "antiguos malos espíritus". Esta afirmación subraya que, para el AT, como para muchas viejas civilizaciones, la mujer estaba marcada por una especie de interdicto divino, objeto de fuerzas misteriosas (Lc 4,38; 13,16.8.43).

           Las mismas mujeres acabaron por someterse a esa trágica marginación: la samaritana, a quien Jesús pidió agua, se sorprende de que un judío se atreva a hablar a una mujer (Jn 4, 9). Vemos pues que Jesús libera totalmente a la mujer: ni en su mente ni en sus actitudes concretas hace diferencia alguna entre el hombre y la mujer.

           No hay que olvidar que los rabinos de la época excluían a las mujeres del círculo de sus discípulos. No olvidemos que según la organización del judaísmo de aquel tiempo las mujeres apenas formaban parte de la comunidad. Podían participar al culto de la sinagoga, pero no estaban obligadas a ello. La liturgia empezaba cuando, por lo menos, 10 hombres estaban presentes, mientras que a las mujeres no se las contaba.

           Ahora bien, la tradición nos relata que las primeras apariciones del resucitado fueron hechas a las mujeres (Lc 24, 10) y precisamente a las que Lucas anota aquí. Habiendo acompañado a Jesús desde el comienzo de su ministerio público, todo como los 12, eran iguales a los hombres para el anuncio de la buena nueva, ayudando a construir el Reino "con sus bienes".

           Gran realismo el del evangelio: se necesita dinero para poder anunciar el evangelio. Si los 12 y Jesús parecen tan libres, sin cuidados materiales, ¡es porque hay mujeres que cuidan de ellos! Trabajo capital que permite todo el resto. ¿Soy un acomplejado por mis tareas humildes? ¿O bien sé darles un valor divino?

Noel Quesson

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           En el grupo que acompañaba a Jesús durante sus viajes de predicación, además de los 12 apóstoles había también varias mujeres.

           Ayer se nos hablaba de la mujer anónima, con fama de pecadora, que obtuvo el perdón y dio muestras de gratitud y amor hacia Jesús. Hoy se añade un detalle que a nosotros nos puede parecer normal, pero no lo era en su tiempo. Nunca un rabino admitía a mujeres en el grupo de sus discípulos. Pero Jesús sí lo hizo. Eran mujeres a las que había curado de alguna enfermedad o mal espíritu, y "le ayudaban con sus bienes". Lucas nos transmite el nombre de varias de ellas.

           ¡Cuántas veces aparecen las mujeres en el evangelio con una actitud positiva y admirable! Baste recordar las que estuvieron cerca de él en el momento más trágico, al pie de la cruz, junto con María, su madre. Y que luego fueron las primeras que tuvieron la alegría de ver al Resucitado y anunciarlo a los demás.

           Son un buen símbolo de las incontables mujeres que, a lo largo de los siglos, han dado en la Iglesia testimonio de una fe recia y generosa: religiosas, laicas, misioneras, catequistas, madres de familia, enfermeras, maestras... Mujeres que ayudaron a Jesús en vida y que colaboran eficazmente en la misión de la Iglesia, cada una desde su situación, entregando su tiempo, su trabajo y también su ayuda económica. La 1ª persona europea que creyó en Cristo fue una mujer: Lidia de Tiatira (Hch 16).

           Deberíamos ser más abiertos en nuestra idea teológica y social de Iglesia, pues ésta no es comunidad de puros y santos, sino de personas pecadoras y débiles, tanto en mujeres como en hombres. No es comunidad sólo de mayores, sino también de jóvenes y niños. No es sólo de hombres, sino también de mujeres. No es de una sola raza o lengua, sino pluralista.

           En la Iglesia, aunque no sea posible admitir a las mujeres al ministerio ordenado (diáconos, presbíteros, obispos), es bueno que recordemos que lo principal lo tenemos en común, la fe y la misión evangelizadora. Jesús dijo: "¿Quién es mi madre y mis hermanos? El que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica". 

           Y en eso las mujeres han sido, ya desde el principio (con el "hágase en mí según tu palabra" de María), las que más ejemplo nos han dado a toda la comunidad. No podrán ser obispos ni párrocos, pues las que acompañaban a Jesús no lo fueron, pero las mujeres cristianas (casadas, religiosas o jóvenes catequistas) siguen realizando una misión heroica y hermosísima en la vida de la Iglesia.

           Es interesante recordar que, en la lenta y progresiva valoración de la mujer por parte de la Iglesia, Pablo VI nombró a 2 mujeres doctoras de la Iglesia (Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena), y Juan Pablo II hizo lo mismo con Santa Teresa de Lisieux y Santa Edith Stein.

José Aldazábal

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           María Magdalena, Juana y Susana. Hagamos en este día un homenaje a estas 3 mujeres, seguidoras de Jesús, junto con los 12 apóstoles. Para el evangelista Lucas es muy importante mencionar sus nombres. Una estaba bien casada (Juana, la mujer de Cusa), otra era soltera de mala vida pasada (María Magdalena), y otra era una completa desconocida (Susana, de la que sólo sabemos más que su nombre), que supo estar ahí.

           Ellas diaconaban, sirviendo y poniendo sus bienes al servicio de Jesús y de su misión. Es bello ver cómo ya desde lo orígenes apostólicos, Jesús cuenta con las mujeres en plan de igualdad, no haciendo un planteamiento machista sino diseñando una comunidad mixta. A ella no se pertenece por meras circunstancias de la vida, sino a partir de la iniciativa con-vocadora de Jesús. De seguro que estas mujeres y otras, cuyos nombres no nos son aquí relatados, le siguen tras un acontecimiento vocacional: Jesús las llamó para seguirlo.

           Hoy también son las mujeres esenciales, imprescindibles, en la vida de la Iglesia. No son meras asistentes de los varones, sino auténticas protagonistas de la vida y misión de la Iglesia. Actuar de otra manera es infidelidad al Señor, que ya desde el principio contó con ellas.

           El Señor resucitado lo ratificó de una manera sorprendente. Las apariciones del Señor resucitado a las mujeres quiere decir que fueron ellas las primeras que fueron agraciadas por el Señor, y que ellas fueron quienes lo comunicaron a los demás discípulos.

José García

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           El evangelio de hoy nos presenta lo que sería una jornada corriente de los tres años de vida pública de Jesús. Lucas nos lo narra con pocas palabras: "Jesús iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la buena nueva" (Lc 8, 1). Es lo que contemplamos en el tercer misterio de luz del Rosario. Comentando este misterio, decía Juan Pablo II:

           "Misterio de luz es la predicación con la que Jesús anuncia la llegada del reino de Dios e invita a la conversión, perdonando los pecados de quien se acerca a él con fe humilde, iniciando así el misterio de misericordia que él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del Sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia".

           Jesús continúa pasando cerca de nosotros ofreciéndonos sus bienes sobrenaturales: cuando hacemos oración, cuando leemos y meditamos El evangelio para conocerlo y amarlo más e imitar su vida, cuando recibimos algún sacramento, cuando nos dedicamos con esfuerzo al trabajo de cada día, cuando tratamos con los vecinos, cuando descansamos o nos divertimos. En todas estas circunstancias podemos encontrar a Jesús y seguirlo cono aquellos 12 y aquellas santas mujeres.

           Además, cada uno de nosotros es llamado por Dios a ser otro "Jesús que pasa", para hablar a quienes tratamos acerca de la fe que llena de sentido nuestra existencia, de la esperanza que nos mueve a seguir adelante por los caminos de la vida fiados del Señor, y de la caridad que guía todo nuestro actuar. La 1ª en seguir a Jesús y en "ser otro Jesús" fue María. Que ella, con su ejemplo y su intercesión, nos ayude.

Jordi Pascual

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           Sólo Lucas, en el evangelio de hoy, nos dejó constancia de un rasgo muy peculiar del ministerio público de Jesús: la presencia de mujeres que lo acompañaban y le ayudaban con sus bienes.

           Esta actitud puede ser calificada de revolucionaria, pues en vano buscaríamos en las páginas del AT un ejemplo parecido. Sin embargo, no es la única actitud que refleja el modo peculiar en que Cristo manifiesta un modo distinto de relacionarse con la mujer, así como en otro sentido, ha manifestado modos nuevos de acercamiento a otros de los que eran excluidos en la sociedad de aquel tiempo: los pecadores, los leprosos, los niños, los enfermos.

           Esto quiere decir que Jesús, dejándose acompañar por este grupo en el que había mujeres de diverso rango y condición, no está obrando de un modo extraño al mensaje central de su evangelio: está mostrando más bien que la gracia por él ofrecida trae una renovación de todas las cosas y que ese tipo de exclusiones no caben en los discípulos del Reino.

           Por otro lado, toda esta libertad de Cristo en su obrar no implica que él mismo no tenga en cuenta los lugares distintos que tienen unas u otras personas en la Iglesia que está naciendo de su palabra. Aquellos que quieren tomar el modo de obrar de Jesús, para decir que las mujeres deben recibir el ministerio ordenado, tendrían que responder por qué Cristo, que obró en todo con tanta libertad, no tomó esa opción (el sacerdocio femenino) ni en una sola ocasión. Como decía Juan Pablo II, en su Ordinatio Sacerdotalis:

"Cristo eligió a los que quiso, y lo hizo en unión con el Padre por medio del Espíritu Santo, después de pasar la noche en oración. Por tanto, en la admisión al sacerdocio ministerial, la Iglesia ha reconocido siempre como norma perenne el modo de actuar de su Señor en la elección de los doce hombres, que él puso como fundamento de su Iglesia".

           En realidad, ellos no recibieron solamente una función que habría podido ser ejercida después por cualquier miembro de la Iglesia, sino que fueron asociados especial e íntimamente a la misión del mismo Verbo encarnado (Mt 10,1.7-8; 28,16-20; Mc 3,13-16;16,14-15).

           Los 12 apóstoles hicieron lo mismo, cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su ministerio. En esta elección estaban incluidos también aquellos que, a través del tiempo de la Iglesia, habrían continuado la misión de los apóstoles de representar a Cristo, Señor y Redentor.

           Lo que concluimos de aquí es que la mujer tiene un lugar muy cercano al corazón y la misión de Cristo, pero que ese lugar no está hecho sólo de gente ordenada sacramentalmente.

Nelson Medina

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           No hace falta ser una teóloga feminista para vibrar con el evangelio de hoy. Los elementos sustanciales forman parte de nuestro acervo bíblico. Hay un paralelismo entre lo que Lucas dice del grupo de los 12 varones (Lc 5) y lo que hoy leemos del grupo de las 3 mujeres (Lc 8).

           El curriculum de estas mujeres, o méritos para entrar a formar parte de la comunidad de discípulos, es desconcertante. No se alude a cualidades especiales, ni a títulos de ningún tipo. Lo que estas mujeres tienen en común, y lo que a Lucas le interesa subrayar, es que "habían sido curadas de malos espíritus y de enfermedades". Son mujeres que se sienten curadas por Jesús. Responden entregando sus personas ("lo acompañan por el camino") y sus bienes.

           Quizás sea posible extraer conclusiones enérgicas sobre el papel de la mujer en la Iglesia de Jesús, sobre el paralelismo entre los 12 y el grupo de mujeres. La teología contemporánea ya ha explorado varias vías en este sentido. Pero lo que en ningún caso debe pasar a 2º plano es el hecho más resaltado por Lucas: las seguidoras son mujeres curadas por Jesús. La experiencia de la curación es la puerta de ingreso en la comunidad discipular.

           ¿No os parece que este hecho nos brinda una clave para entender por qué a menudo somos remisos en nuestra entrega? Si nunca hemos tomado conciencia de nuestras heridas y enfermedades, si no hemos experimentado el toque sanador de Jesús, ¿en virtud de qué extraño voluntarismo vamos a entregarnos con total dedicación a su persona y a su causa?

Gonzalo Fernández

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           Aparecen hoy 3 mujeres en 1ª línea del evangelio. Cada una con su vocación particular, y las 3 como seguidoras incansables de las huellas de Jesús.

           María Magdalena pasó a la historia por ser la 1ª persona que vio a Cristo resucitado. Todos recordamos esa escena: ella, llorando junto al sepulcro; el Señor que se le aparece como si fuera el hortelano. Luego el encuentro y el anuncio a los apóstoles. María Magdalena, la apasionada discípula que está junto a la cruz en el Calvario, junto a la Virgen y Juan.

           Juana también acompañó a Jesús, desde los tiempos felices de los milagros hasta el dolor del sepulcro tras la muerte de Cristo. Era una persona importante en la ciudad. Una de esas santas mujeres que sabían estar, al mismo tiempo, entre la alta sociedad de la época y entre los pobres que escuchaban las palabras del Mesías.

           Susana también ejerció un papel importante. Ella colaboraba "con sus bienes" para que el Señor y sus discípulos pudiesen dedicarse a lo importante: la predicación del reino de Dios. Son mujeres de actualidad, con un testimonio muy vivo. Son el reflejo del amor a toda prueba, de la fidelidad y de la ayuda a la obra de Cristo.

Clemente González

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           A Jesús no sólo lo acompañaban los 12 apóstoles, sino también alguna mujeres. Todos, tanto hombres como mujeres, debemos tomar todos en serio la misión que el Señor nos ha confiado. Es una realidad que muchas veces son las mujeres las que más colaboran en la evangelización y en la catequesis.

           El Señor quiere que nos sólo proclamemos el evangelio con los labios, sino que quienes tienen recursos suficientes para vivir, no cierren los ojos ante las miserias de los más desprotegidos, y que sepan que acompañar a Cristo significa también socorrerle en los pobres, en los necesitados, en los desprotegidos.

           Ojalá y abramos los ojos y los oídos, especialmente de nuestro corazón y de nuestra voluntad, para que cada uno, a la medida de la gracia recibida, se ponga al servicio del evangelio, sin cobardías; pues el Señor no sólo quiere nuestras obras de caridad, nos quiere a nosotros, totalmente comprometidos con el anuncio de la Buena Nueva, que nos ha confiado para hacerla llegar hasta el último rincón de la tierra.

José A. Martínez

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           Otra de las características del evangelio de Lucas es la mención de muchas mujeres. El mundo de Jesús no fue un mudo machista, a diferencia del mundo restante. Él dejaba que las mujeres participaran con el también del ministerio: cada uno con diferentes roles, pero una misma misión: la construcción del reino de Dios.

           Es importante en este pasaje que Lucas pone junto a los apóstoles, a las mujeres. Cada vez más, la Iglesias revaloriza el papel de la mujer en el mundo. Según el Génesis, Dios creo al hombre en 2 sexos, y con esto nos dice que ninguno de los 2 es más ni menos.

           Sin embargo, los creo diferentes en multitud de cosas, a fin de que se complementaran. Y esta es la belleza de la pareja. ¿Cuál es la idea que tienes sobre la pareja cristiana? Independientemente de tu sexo, ¿estás realmente contribuyendo a la construcción el Reino?

Ernesto Caro

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           Jesús, en tus recorridos por toda Judea y Galilea no caminas solo. Contigo viajan los apóstoles y otros discípulos, entre los que el evangelio de hoy destaca algunas mujeres que habías curado y otras muchas que le asistían con sus bienes. Hombres y mujeres a tu servicio, siguiéndote de cerca, entregándote sus bienes y sus vidas para colaborar en el anuncio de la buena nueva del Reino de Dios.

           Jesús, en este grupo de discípulos veo una imagen de lo que es la Iglesia: mujeres y hombres que te siguen de cerca, que te acompañan en tu misión salvífica, y que te sirven con sus bienes. Por ser cristiano, yo también estoy llamado a acompañarte y a servirte. Y esto lo puedo hacer en cualquier circunstancia y condición: estudiando o trabajando, siendo soltero o casado, gozando de salud o padeciendo enfermedad.

           Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro. Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna.

           Jesús, en cada tiempo histórico quieres tener a tu lado hombres y mujeres fieles en los que te puedas apoyar para difundir tu mensaje. Como a los apóstoles y a las santas mujeres que te acompañaban, hoy también llamas a cada uno para que te siga, para que viva una vida cristiana, una vida de santidad, una vida de elección. Jesús, no quiero rechazar tu llamada, no quiero dejarte solo. Quiero acompañarte, ayudarte, servirte con lo que tengo (con mis bienes) y con lo que soy.

Pablo Cardona

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           Es importante esta descripción del séquito de Jesús, de la calidad de sus miembros, y de la colaboración económica de algunas mujeres. Ese relato acredita el realismo, la sencillez y el contexto en que se movía Jesús. La lección nos vale a todos.

           No debemos dejar pasar el texto evangélico sin aprovecharnos de sus enseñanzas. La vida cristiana y humana (que van unidas) se tejen y destejen con realismo humano y divino. Y si no, carecen de grandeza.

           Cristo actúa como quien es, un hombre real: histórico, sensible, afectivo, iluminado, social, económico. Y necesita actuar como maestro y profeta, para lo cual tiene que contar con la disponibilidad de sus discípulos, itinerarios de viajes, puntos de acogida, reconocimiento de las gentes o subsidios para adquirir el pan mínimo necesario.

           Cada uno de nosotros hemos de preguntarnos: ¿en qué subgrupo del séquito de Jesús me encuentro? ¿Cómo me veo? ¿Soy enfermo curado, pescador convocado, apóstol liberado para la misión, persona en servicio y apoyo, donante de bienes a la comunidad, cuidador de los enfermos?

Dominicos de Madrid

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           El grupo que sigue a Jesús es mixto. Una parte lo compone el grupo de los apóstoles, grupo que Jesús había constituido para que encabezara el servicio a los pobres. Y otra parte lo compone el grupo de las mujeres. Estas son de diversa procedencia y después de haber sido redimidas van tras el maestro acompañándolo en el anuncio del Reino.

           Fueron muchas las personas sanadas por Jesús. Pero en el evangelio sólo consta que estas mujeres lo acompañaran en su recorrido por Israel.

           Este grupo mixto debió causar una singular impresión en el ambiente cultural. Pues, era usual que algunas mujeres ilustres y pudientes ayudaran económicamente a algún maestro. Pero chocaba con la mentalidad de la época que los maestros contaran con discípulas entre sus oyentes.

           Las mujeres que seguían a Jesús no eran personas muy ilustres. De María Magdalena se dice que expulsaron 7 demonios. Esto ha tenido muchas interpretaciones, pero en todo caso lo cierto es que era una mujer marginada. Juana era esposa de un administrador de Herodes. Estaba casada con un hombre despreciado tanto por el pueblo como por los fariseos fanáticos. Susana y otras mujeres pudientes tenían fe en la labor de Jesús y, por eso, le ayudaban a financiar la actividad misionera.

           Estas mismas mujeres lo acompañaron, al igual que otros discípulos, durante todo el trabajo misionero. Luego, cuando la mayoría de los seguidores lo abandonaron , ellas continuaron fieles al pié de la cruz. Fueron las primeras testigos de la resurrección. Mantuvieron la fe en quien las había sanado y llamado, aunque los discípulos no les creyeran.

           Hoy nos preguntamos por el lugar de las mujeres en la comunidad cristiana. Si con Jesús tuvieron un lugar entre los discípulos junto a los apóstoles, cabe preguntarnos si hoy conservan ese mismo lugar.

Servicio Bíblico Latinoamericano