15 de Septiembre

Miércoles XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 15 septiembre 2021

a) 1Tm 3, 14-16

           San Pablo establece hoy a Timoteo una equivalencia entre la "casa de Dios" y la "Iglesia de Dios": "Quiero que sepas como hay que portarse en la casa de Dios que es la Iglesia de Dios vivo". ¿Estamos convencidos de que somos la "familia de Dios"? Sin orgullo alguno, pero con un sentido profundo de nuestra dignidad y de nuestra responsabilidad.

           No olvidemos nunca que los primeros cristianos eran absolutamente minoritarios en el inmenso y paganizado Imperio Romano, y que sin embargo creyeron en su función irremplazable como fermento divino. ¿Lo creemos así nosotros?

           Y también Pablo una equivalencia entre la "comunidad cristiana" y la "Iglesia de Dios": "La comunidad, la Iglesia de Dios vivo, que es columna y sostén de la verdad". Lo que viene a decir que el evangelio sólo puede vivirse conjuntamente, en comunidad. Sin "asamblea eclesial", la fe se debilita muy pronto, reduciéndose a una vaga religiosidad ocasional.

           Quizás hoy se tiende a disminuir la importancia de la práctica dominical regular: sin embargo, de hecho, es la única columna de una fe sólida. Quien no se nutre a menudo de la palabra de Dios y del pan de Dios, acaba por vivir sin Dios. Porque, "sin duda alguna, grande es el misterio de nuestra religión".

           Pablo gusta de la palabra misterio para resumir el "designio de Dios". Misterio escondido antaño y ahora desvelado (1Cor 2,7; Ef 5,32). Después de los 21 siglos de explicitación teológica, que han desplegado y complicado la expresión de este misterio, nos resulta conveniente verlo resumido en unas líneas: el misterio... es Cristo.

           Así, el artículo principal de nuestro credo no es una afirmación sobre Dios, sino una afirmación sobre Jesucristo. Y para definir su función y su ser, Pablo utilizará, una vez más, un himno litúrgico, una especie de Credo primitivo y muy sencillo, que desgranamos en 3 frases:

-"Manifestado en la carne, justificado en el Espíritu". Verdadero hombre y verdadero Dios, en la carne y en el espíritu; ésta es la originalidad de Jesús;
-"Acogido en el mundo, y elevado al cielo en la gloria". A la vez en el mundo y en el cielo. Como en las otras epístolas de san Pablo, encontramos aquí esa función central de Cristo que lo llena todo;
-"Visto de los ángeles, proclamado a los gentiles o paganos". Presente tanto a los seres más espirituales y más cercanos a Dios, como a los seres que parecen ser los más alejados.

           Pues bien, la Iglesia es la depositaria, y la columna central, de este misterio. Ella es la encargada de transmitir al mundo esta verdad. Y esta fe es la única salvación de la humanidad. Sin ella el hombre se desvanece en la insignificancia y la fragilidad de su condición mortal.

           En Cristo, hombre-Dios, tiene su porvenir la humanidad, y lo restante no tiene salida alguna. Sin Dios, la humanidad no es más que una pequeña y efímera pompa de jabón. Se comprende así que los cristianos, a pesar de ser minoritarios, tengan conciencia de su función, en el corazón del mundo.

Noel Quesson

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           Recuerda hoy Pablo a Timoteo, y a todos nosotros también, que hemos de comportarnos a la altura de Cristo, de tal forma que seamos un signo de su presencia salvadora en la Iglesia. Cristo ha de ser el punto de referencia para todo aquel que ha sido puesto al frente de la Iglesia. Por eso se ha de meditar continuamente en su Palabra, contemplar su ejemplo, su modo de vivir entre nosotros; entrar en una continua relación personal de amor con él.

           Quien viva separado de Cristo, o quien lo trate de un modo intranscendente, o quien viva como asalariado y no como pastor y dueño de las ovejas... en lugar de hacer el bien hará el mal, pues no tomará en serio nada, ni al pueblo de Dios ni a Cristo, ni a sí mismo como representante de Cristo.

           Si queremos proclamar el nombre del Señor de un modo eficaz, dejémonos santificar por el Espíritu Santo, para que quienes nos traten, desde nosotros contemplen al mismo Cristo. Y mediante la fe, puedan ser elevados, junto con el Señor, a la gloria que él posee recibida del Padre.

José A. Martínez

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           Aunque Pablo parece que tiene la intención de viajar a Efeso (cuando quede libre de su 1º cautiverio en Roma), mientras tanto da consejos a Timoteo, el responsable de aquella comunidad. En el breve pasaje de hoy se apoya en 2 puntos de referencia teológicos: la Iglesia y el misterio de Cristo.

           La Iglesia es el 1º polo de ese misterio, el "templo de Dios", la "asamblea de Dios vivo" y la "columna y base de la verdad", como ya cantaba el salmo responsorial de hoy en el AT: "Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea".

           Y Jesucristo es el 2º polo de ese misterio, y el que da sentido a la evangelización y a la vida eclesial. Por tanto, y como recuerda hoy Pablo, "grande es el misterio que veneramos, que se manifestó como hombre, que se apareció y se proclamó a las naciones, y que fue exaltado a la gloria". Es como un credo breve que abarca el camino salvador de Jesús, desde su encarnación hasta su glorificación.

           Todos deberíamos cultivar este doble respeto: a la Iglesia y a Cristo. La Iglesia es sagrada, es edificio y asamblea de Dios (no nuestra), la depositaria de la verdad y de los mejores dones de Dios. Y sus ministros no son dueños de la gracia ni de la Palabra ni del pueblo de Dios, sino sus servidores.

           Por otra parte, todos somos signos y representantes de Cristo, que es el verdadero Maestro, Salvador y Guía. El biblista y compositor Deiss tomó este pasaje de Pablo para componer su hermoso himno cristológico: "Gloria y honor a ti, Señor Jesús, manifestado en la carne, santificado en el Espíritu, proclamado entre los paganos, exaltado en la gloria". Hoy es un buen día para cantarlo a pleno pulmón.

           Si esta doble relación (Iglesia y Cristo) estuviera más presente en nuestra sensibilidad, nuestro talante para con los demás sería seguramente más humilde y generoso, como el que quería Pablo de Timoteo.

José Aldazábal

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           San Pablo manifiesta en su carta de hoy a Timoteo cierta urgencia en mostrar o recordar, a su discípulo y amigo, que en la Iglesia hay que cuidar con esmero sumo la proclamación del gran misterio de nuestra fe: Cristo, Hijo de Dios.

           En efecto, tal como se recita en los himnos litúrgicos y en las confesiones de fe paulinas, él "se ha manifestado en la carne", por medio de su encarnación y vida histórica; él "fue justificado en el Espíritu", por la resurrección que le hizo triunfante de todo; él "fue proclamado por los gentiles", y acogido por cuantos acceden a la fe; él "fue levantado a la gloria", por la ascensión a la gloria del Padre.

           Reparemos en las 6 expresiones relativas a Cristo, que hoy Pablo proclama: manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto por los ángeles, proclamado a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la gloria. Cristo es todo para todos. Ninguna Iglesia será auténticamente cristiana si no asume esas verdades, si no las proclama, si no vive iluminada por ellas. Cristo es nuestra luz y guía.

Dominicos de Madrid

b) Lc 7, 31-35

           La conducta de los fariseos, que tratan de desembarazarse de todo aquel que les pueda hacer sombra (como Jesús), da pie a una lamentación de Jesús, introducida en forma de parábola (Lc 6, 47-48.49; 13,18-19.20-21), contra "esta generación" (v.31), la misma que en el desierto fue infiel a Dios (Dt 32,5.20; Sal 95,10).

           Inspirándose en un corro de niños en la plaza, en el que un grupo de ellos tiene ganas de jugar, sea a un juego alegre sea a uno de serio, acusando al otro grupo de boicotear cualquier invitación que se les hace, Jesús tilda a los dirigentes de Israel de no hacer caso a ningún enviado de Dios, tanto si se presenta como un asceta (la credencial más preciada por hombres como ellos, máximos observantes de la ley) como si se comporta como un hombre normal (al cual acusan precisamente de falta de ascesis).

           Los materiales están dispuestos en forma de quiasmo, entrecruzándose las lamentaciones: "tocamos la flauta y no bailáis", "cantamos lamentaciones y no lloráis". Y de igual manera sucede con los personajes: Juan Bautista, el asceta por excelencia (que "tiene un demonio dentro") y Jesús, el humanista por excelencia (que "es comilón y borracho").

           Los fariseos trataron de desacreditar, como fuese, a quien podía poner en peligro su posición de privilegio (a Jesús), tildándolo de mala reputación. Menos mal que no les pasó por la cabeza apostrofar a Jesús de asceta, sino todo lo contrario: de "amigo de recaudadores y descreídos".

           Pero todos los amantes de la sabiduría "le dieron la razón» (v.35). A disgusto de los fariseos y juristas, el pueblo de Israel (y el mundo entero) dio la razón a Dios, aceptando su designio y cambiando radicalmente de conducta. El plan de Dios, e incluso la sabiduría, se ha encarnado ahora en Jesús: todos los que se le han adherido le dan la razón con su compromiso personal, compartiendo con él las mismas amistades.

           La viabilidad del plan de Dios no pasa por operaciones y cálculos complicadísimos de supercomputadoras celestiales, ni se puede demostrar con los argumentos más sofisticados de la apologética: son los "amantes de la sabiduría" los que, con hechos de vida, demuestran que la sociedad alternativa propugnada por Jesús no es pura utopía.

Josep Rius

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           El texto de hoy debe ser leído completo (Lc 7, 18-35), y no en pequeños fragmentos. Veamos cómo comienza el relato: "Los discípulos de Juan lo tenían informado de todo aquello" (Lc 7, 18). ¿Qué es todo aquello? Evidentemente, las cosas que acababan de suceder en Naín, incluida la reacción de la gente a la hora de proclamar a Jesús como un gran profeta (hasta que vayan descubriendo, más adelante, que él es mucho más que eso).

           En 2º lugar nos encontramos con la duda propia de Juan: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?". La pregunta del Bautista no tiene otra intención sino la de saber quién es Jesús. La pregunta se responde con una serie de milagros de curaciones que Jesús realiza a los ojos de los mensajeros del Bautista. Después les dice que vayan a contar a Juan lo que han visto (Lc 7, 19-23).

           Tras enviarlos con esa respuesta, Jesús hizo un elogio sin paralelo del Bautista, declarando que era el mayor de los nacidos de mujer (Lc 7, 28), que su grandeza no estaba en la cobardía pues no era la caña que se dejara doblegar por la fuerza del viento, por el poder del tirano de turno, ni era tampoco un cortesano, sino un profeta. Juan Bautista es reconocido entonces por Jesús como aquel que cumple el papel de mensajero y anunciador de los tiempos mesiánicos.

           Finalmente, la última parte del texto, la de hoy (vv. 29-35), nos habla de la acogida y rechazo que Juan y Jesús tuvieron entre la gente, los fariseos y los maestros de la ley. Esta acogida o rechazo es lo que nos viene a decir el relato-imagen que Jesús da de los niños que estaban jugando en la plaza. Jesús dice que esta generación es incomprensible: "Les tocamos la flauta y no han bailado, les tocamos canciones tristes y no han querido llorar".

           La imagen hace referencia, por un lado a los enviados por Dios: Juan y Jesús. Y por otro lado, a los contradictores. Vino Juan el Bautista que se ha comportado como un asceta, que dio testimonio de pobreza y radicalidad de vida, y muchos lo despreciaron y lo consideraron como un poseído por el demonio. Vino Jesús que se presentó como uno más, que comía y bebía con la gente, que se relacionó con todo mundo, con pecadores, prostitutas y publícanos, y lo consideraron como un borracho y comilón.

           En un caso y en el otro hay una falsa lectura de los signos de Dios. Como siempre, son los "hijos de la sabiduría" quienes han sabido reconocer la presencia de Dios, en las palabras y los hechos de Juan y de Jesús. Y eso a pesar de la gran diferencia entre el uno y otro, en la que han sabido acoger a Jesús como el Mesías que revela el proyecto de Dios.

Juan Mateos

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           Jesús reprocha hoy a quienes interpretan torcidamente sus enseñanzas y nos transmite lo que comentaban algunos del Bautista y de él Mismo: Porque llegó Juan, que no comía pan ni bebía vino, y decís: Tiene demonio. Llegó el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: "He aquí un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y bebedores" (vv.31-35).

           La Sabiduría divina se manifiesta de manera distinta en Juan y en Jesús. El Señor termina así el pasaje del evangelio: "Y la sabiduría ha sido manifestada por todos sus hijos".

           Muchos fariseos y doctores de la ley no supieron descubrir esa sabiduría que llega a hasta ellos. En vez de cantar la gloria de Dios que tienen delante, emplean sus palabras en la maledicencia, tergiversando lo que ven y lo que oyen. Sus ojos no ven las maravillas que se realizan en su presencia, y su corazón está cerrado ante el bien. La palabra es un gran don de Dios que nos ha de servir para cantar sus alabanzas y para hacer siempre el bien con ella, nunca el mal.

           A Jesús le gustaba conversar con sus discípulos, nunca rehusó el diálogo con quienes se le acercaban en las situaciones de cultura y de tiempo más diversas. Con todos se entendía Jesús y todos salían confortados con sus palabras. Y en esto debemos imitar al Maestro.

           La palabra, regalo de Dios al hombre, nos ha de servir para hacer el bien: para consolar al que sufre, para enseñar al que no sabe; para corregir al que yerra; para fortalecer al débil; para levantar amablemente al que ha caído, como Jesús hace constantemente. Esto es hablar: enriquecer, orientar, animar, alegrar, consolar, hacer amable el camino, llevar la paz, ayudar a descubrir la propia vocación. Y muchos encontrarán a Cristo en esas confidencias normales llenas de sentido positivo.

           No podemos utilizar la palabra de modo frívolo, vacío o inconsiderado, como ocurre en la locuacidad, y menos faltar con ella a la verdad o a la caridad, pues la lengua (como afirma el apóstol Santiago) se puede convertir en un mundo de iniquidad (Sant 3, 6), haciendo mucho daño a nuestro alrededor. ¡Cuánto amor roto, cuánta amistad perdida, porque no se supo callar a tiempo!

           Jesús nos advierte: "Yo os digo que de cualquier palabra ociosa que hablen los hombres han de dar cuenta en el día del juicio" (Mt 12, 35). De nosotros tendría qué decirse que en ninguna circunstancia nos oyeron hablar mal de nadie.

Francisco Fernández

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           La parábola de hoy de Jesús va dirigida a los dirigentes del pueblo ("esta generación"), siempre dispuestos a quitar de en medio a quien pueda hacerles sombra. Jesús se queja de “esta generación”, expresión que remite al libro del Exodo, cuando el pueblo fue infiel a Dios (Dt 32, 5.20).

           La imagen del corro de niños que juegan en la plaza, en el que un grupo de ellos tiene ganas de jugar, sea un juego alegre ("tocar la flauta"), sea uno serio ("cantar lamentaciones"), y el otro boicotea cualquier intento de juego ("ni bailan ni lloran"), muestra la actitud de los dirigentes que, como perro del hortelano, ni ladran ni dejan ladrar.

           Jesús los tacha de no hacer caso a ninguno de los enviados de Dios, ya se presente como asceta (Juan) o como persona vitalista a quien gusta ir de fiesta (Jesús). De Juan Bautista dicen que tiene un demonio dentro, y de Jesús que es un comilón y borracho, amigo de los descreídos. La cuestión es no creer ni en uno ni en otro, porque la vida de ambos denuncia y desestabiliza su situación privilegiada.

           Los gobernantes del pueblo suelen estar acostumbrados a desacreditar a todo aquel que, con sus palabras o su comportamiento, pueda sacarlos de su estado. Y eso es lo que hicieron con Jesús. Lo que llama la atención es que, para hacerlo, no tacharan a Jesús de radical, sino más bien de todo lo contrario: de "borracho y comilón", de "amigo de recaudadores y descreídos".

           En todo caso, Jesús se muestra como alguien que ama todo lo bueno que tiene la vida (comer y beber), y no se quiere parecer a aquellos que frecuentaban el ayuno voluntario (que no conducía al amor al prójimo, sino a alimentar su propio ego), ni a todo aquello que se distancie del pueblo. Porque separarse del pueblo significaría separar a Dios (los enviados de Dios) del pueblo.

           Todos los discípulos de la sabiduría entenderán esto, viene a decir Jesús. Es decir, hará muchos que sabrán reconocer la palabra de Dios tanto en Juan (ascetismo) como en Jesús (humanismo).

Fernando Camacho

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           Después de haber hecho el elogio de Juan Bautista (Lc 7, 18-30) Jesús preguntó a la gente: "¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿Y a quién se parecen?".

           Sabemos que el término "esa generación" en la boca de Jesús es el resultado de un juicio. Jesús no emplea esa expresión sino para condenar, aludiendo a "esa generación" de los 40 años en el desierto del Sinaí, que no quiso seguir al Señor, a pesar de las maravillas de las que fue testigo (Sal 96, 10).

           Y aporta él mismo la respuesta: "Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado. Os hemos entonado endechas y no habéis llorado".

           Corta y trágica pequeña parábola: unos chiquillos obstinados y cabezotas, que quieren jugar a "fiesta de boda" e invitan a bailar, que quieren jugar a "una comitiva funeraria" y empiezan los lamentos...

           ¿Qué hacer para que termine tal ridícula obstinación? Tampoco los hombres de "esa generación" quieren lo que Dios ha decidido. La predicación de Juan Bautista fue más bien austera, y la predicación de Jesús fue más bien alegre. Sin embargo, ninguna de ellas interesa a nadie. En vez de convertirse, la gente se contenta criticando a los predicadores y oponiéndolos el uno al otro.

           En efecto, vino Juan Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decían que "tenía un demonio dentro". Juan Bautista era el predicador y el hombre austero, que predicaba sobre todo la penitencia, y por su estilo de vida era un verdadero asceta. De igual manera, vino el Hijo del hombre, que comía y bebía, y decían que "era un glotón y un borracho, amigo de pecadores".

           Evidentemente, Jesús tenía otro estilo de predicar y de vivir a la del Bautista, y las comidas tenían gran importancia en su vida, pues en ellas anunciaba el reino de Dios como un banquete mesiánico. Y si bien la penitencia y la exigencia divina no estaban ausentes de su palabra, era la "buena nueva" de la salvación lo que tenía prelación.

           Es bueno es meditar hoy sobre ese título maravilloso que se daba a Jesús: "amigo de los pecadores". Porque es el mismo Jesús el que nos lo transmite aquí, y en ello pone mucho interés. Lejos de contestar a las críticas de las que era objeto a este propósito, se vanagloría por ellas. Además, esas críticas a Jesús pasaron al olvido, mientras esa sabiduría divina ha quedado justificada y acreditada a lo largo de la historia.

           Para terminar, Jesús vuelve a una de sus más caras ideas: "los pequeños", o todos aquellos que poseen la sapiencia, por oposición a los escribas y entendidos (que no la poseen). "Yo te doy gracias, Padre por haber escondido esas cosas a los sabios y a los inteligentes, y haberlo revelado a los pequeñuelos" (Lc 10, 21). No hay que presumir de entendido delante de Dios (como los fariseos), sino serlo (como los pequeños). El que está muy pagado de sí mismo, se arriesga a pasar de largo ante las simples maravillas que Dios prodiga sin cesar.

           Los cristianos de hoy, ¿serán hijos de la sabiduría de Dios? ¿O serán como esos obstinados que jugaban en la plaza, y tozudamente no querían ceder en nada?

Noel Quesson

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           El episodio de los niños que invitan con su música a otros niños no se puede entender sin hacer referencia a la escena anterior, que no se ha leído en esta selección de lecturas: el pasaje en que Jesús alaba a Juan Bautista y se lamenta de que algunos, los fariseos y escribas, no le aceptan.

           Por tanto, no acogen bien ni a Juan ni a Jesús. Uno es austero. El otro, come y bebe con normalidad. Pero hay siempre excusas para no dar crédito a su mensaje. Al uno le tildan de fanático. Al otro, de comilón y "amigo de pecadores". Aunque haya curado al criado del centurión y resucitado al hijo de la viuda de Naín, no le aceptan.

           La comparación de los dos grupos de niños es expresiva: ni con música alegre ni con triste consiguen unos que los otros colaboren. Cuando no se quiere a una persona, se encuentran con facilidad excusas para no hacer caso de lo que nos propone.

           Eso mismo nos puede pasar a nosotros, en pasiva y en activa. A la Iglesia se la rechaza muchas veces, desacreditándola por cualquier motivo. Hay personas siempre críticas, con mecanismos de defensa contra todo. Como decía Jesús de los fariseos, personas que ni entran ni dejan entrar. En el fondo, lo que pasa es que resulta incómodo el testimonio de alguien y por eso se le persigue o se le ridiculiza. Es muy antiguo eso de no creer y de no aceptar lo que Cristo o su Iglesia proponen.

           Pero también, por desgracia, podemos hacer lo mismo nosotros con los demás. Cuando no nos interesa aceptar un mensaje, sacamos excusas (a veces ridículas o contradictorias) para justificar de alguna manera nuestra negativa a aceptarlo.

           Eso puede pasar en nuestra vida de cada día, en esa sutil y complicada relación interpersonal que sucede en toda vida comunitaria: si nos invitan a fiesta, mal, y si nos sugieren duelo, peor. Podemos llegar a ser caprichosos en extremo en nuestras reacciones de cerrazón y sordera voluntaria, a veces por un instinto continuado de contradicción a lo que dicen los demás.

           Ya dijo Jesús que sólo "los discípulos de la sabiduría" entienden estas cosas. Es decir, los de corazón sencillo y humilde, los que no están llenos de sí mismos.

José Aldazábal

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           Recuerdo que en el funeral del lady Diana se leyó un poemita, que resumía a las mil maravillas este mensaje eterno: "El tiempo es demasiado lento para los que esperan, demasiado veloz para los que tienen miedo, demasiado largo para los que sufre, demasiado corto para los que disfrutan. Pero para los que aman, el tiempo es la eternidad".

           ¿Cómo se le puede transmitir esto a nuestra generación? Si acentuamos que la fuente de una vida así es Dios, entonces nos dicen que somos espiritualistas. Si traducimos esta experiencia en los detalles de la vida concreta (como Pablo nos sugiere), entonces se nos acusa de reducir algo sublime a menudencias, de moralizar la vida, de perder de vista su horizonte incondicional y no sé cuántas historias más.

           O sea, que "tocamos la flauta y no bailáis; cantamos lamentaciones y no lloráis". Pero el que ama no se equivoca nunca. Al final, seremos examinados de amor. O mejor: al final, el amor recibirá al amor.

Gonzalo Fernández

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           En el Talmud judío se hablaba de las trompetas que se habrían de tocar en los duelos; y de las que se habrían de tocar en las bodas. Los niños en las plazas jugaban a los duelos o a las bodas y, conforme al sonido de las trompetas bailaban o lloraban. Quien no toma en serio al Señor comete una especie de pecado contra el Espíritu Santo porque, no sólo lo toma como un juguete, sino que, además se cierra a su amor, a la escucha fiel de su Palabra, pues no quiere convertirse y salvarse.

           A veces, por desgracia, juzgamos a las personas por su porte externo; y antes de entrar en una relación verdadera con ella, nos formamos juicios temerarios sobre la misma. El Señor nos pide que en el trato con él no nos quedemos en lo externo; que no pensemos que estaremos unidos a él por medio de cantos, adornos, inciensos; sino que sepamos escuchar su voz y hacerla nuestra, aun cuando los signos que nos lleven a él sean demasiado pobres; finalmente, Dios escogió a lo que no cuenta para confundir a lo que cuenta según los criterios de este mundo.

           Tomar en serio al Señor en nuestra existencia significa dejar que él renueve nuestra vida y nos ayude a actuar conforme a la fe que profesamos. A nosotros corresponde, por tanto, continuar la obra del Señor, haciéndolo presente en todos los ambientes en que se desarrolle nuestra existencia.

           La proclamación del nombre del Señor la hemos de hacer con toda claridad, invitando a la conversión e invitando a vivir en la alegría y en la paz que el Señor nos ofrece. No podemos pasarnos la vida como plañideras; ni podemos vivir siempre guiados por un optimismo que nos hiciera cerrar los ojos ante el pecado que ha dominado a muchos que, al mismo tiempo, han cerrado sus oídos y su corazón a la oferta de salvación que Dios nos hace.

           La Iglesia de Cristo debe estar muy atenta para procurar que la salvación llegue a todos y a cada persona, conforme a aquello que realmente necesita en su vida y que, tocándole el Señor de un modo personal, le invite fuertemente a dejarse conducir por él. En este aspecto no hemos de dejarnos dominar por el desaliento, sino que, fortalecidos por el Espíritu del Señor, hemos de ser valientes testigos de su evangelio aceptando con amor sincero todos los riesgos que, como consecuencia de nuestro testimonio acerca de Cristo, tengamos que afrontar día a día.

José A. Martínez

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           Jesús lamenta hoy que el Hijo de Dios, hecho hombre, no encuentra acogida en el corazón de los hombres, pues se muestran siempre huidizos, escurridizos, no comprometidos. Reparemos, pues, en las expresiones y semejanzas que utiliza Jesús al denunciar la incoherencia de los hombres.

           Los hombres presumen de amar la verdad, pero eso es mentira, pues, a pesar de sus palabras en realidad no quieren "oír la verdad", "escucharla y acogerla". Son como niños que, si les ofrecen una cosa, les apetece siempre otra.

           Viene a decir Jesús a la gente que quien no quiere seguir a la verdad siempre encuentra excusas para desecharla, y, en cambio, quien quiere seguirla encuentra motivos para hacerlo.

           El razonamiento del corazón innoble resulta caprichoso, ciego e interesado: si la verdad proclamada se viste de austeridad y viene del desierto, a él le parece que bajo esa capa de bien se esconde un mal espíritu al que él no puede seguir; y si se viste de sencillez vivencial y comparte con los demás en la plaza amigablemente, comiendo y bebiendo, está pecando de vulgaridad y carece de prestigio y sabiduría.

           En cambio, el juicio de quien busca la verdad, venga en traje de austeridad o en traje de amistad vivencial, siempre encuentra motivos para interesarse, para agradecer, para estudiar y discernir, y, si procede, para entregarse a ella.

Dominicos de Madrid

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           El evangelio de hoy contiene un duro juicio de Jesús a sus contemporáneos. Las 2 preguntas del v. 31 ("¿con quién puedo comparar a esta clase de hombres?", "¿a quién se parecen?") son retóricas, y van referidas no a todos los contemporáneos de Jesús, sino sólo a quienes no han escuchado al precursor y ahora no quieren prestar atención a la predicación de Jesús.

           De este modo, la generación no viene definida por la cronología, sino por la actitud vital. El contenido (la actitud vital) trasciende el hecho puntual (de aquella generación), y cruza la historia hasta llegar a nuestros días.

           Dios se manifiesta en la historia de mil formas. Sin embargo, hay quienes rehuyen, piden pruebas para creer, no trascienden, se aferran a una malsana inmanencia. Es la típica actitud infantil de quien exige sin dar, de quien mira sin observar, de quien cuestiona sin responder.

           Es fácil mantener una actitud crítica ante los compromisos y mantenerse cruzado de brazos. Es fácil hablar y alardear de sabios sin mover un dedo. A esos hay que denunciarlos por su pecado de omisión, por su cómoda postura que no sirve para nada. Todo aquel que no esté dispuesto a cooperar para que las cosas mejoren es mejor que se calle y reconozca su impotencia. El evangelio de hoy contiene una parábola que describe esta actitud.

Confederación Internacional Claretiana

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           La vida de Jesús y la vida de Juan tienen puntos de convergencia y de diferencia. Juan era el hombre del desierto, de la austeridad, que llama a Israel al estilo de los profetas del AT. Él convocaba al pueblo junto al Jordán para exigir un cambio radical en la vida. Jesús, en cambio, va de pueblo en pueblo acercándose a los pecadores y anunciando la buena nueva. Es un hombre sincero, alegre y vive en un continuo ambiente festivo. Ambos, Juan y Jesús, son rechazados por escribas y fariseos representantes de la autoridad.

           Jesús cuestiona la postura de los fariseos y escribas. Como se creen dueños de la ley se comportan como niños necios. Se empecinan en ideas fijas que los vuelven inoperantes ante la cambiante realidad. La propuesta de los legalistas ya no corresponde al Espíritu de Dios que con sabiduría muestra un nuevo designio en Jesús.

           Jesús se vuelve peligroso sobre todo, por su práctica. Jesús vivía y compartía totalmente su existencia con las personas que el sistema legal había excluido. Al vivir con esta gente una experiencia de fraternidad y solidaridad, ponía en peligro todo el aparato discriminador sobre el cual se apoyaban fariseos y escribas.

           La práctica de Jesús, o sea, su manera especial de vivir su fe en el Padre, hacía tambalear la fachada armada con tanto esmero por los defensores las buenas costumbres. Por esto, no tardan en señalarlo como glotón y borracho. Pero lo que a juicio de la gente distinguida era la mayor estupidez y pérdida de tiempo, era en realidad la novedad de Dios. En eso precisamente ha consistido la sabiduría divina. En manifestar en esta persona de Nazaret el verdadero propósito de Dios para la humanidad.

Servicio Bíblico Latinoamericano