13 de Septiembre

Lunes XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 septiembre 2021

a) 1Tm 2, 1-8

           La 1ª carta pastoral de Pablo a Timoteo insiste hoy en la organización de la Iglesia. La consigna esencial, dice Pablo, es una "plegaria universal": rogar por todos los hombres. Una consigna que el concilio Vaticano II restableció a su antigua tradición.

           En efecto, las asambleas de los primeros cristianos debían de ser poco numerosas, pues no habiendo todavía iglesias ni capillas, se reunían sólo en casas particulares. Ahora bien, Pablo les pide que amplíen su plegaria a las dimensiones del mundo entero.

           Hoy día, aunque el cristianismo es una minoría (la mayor del mundo, por supuesto), todavía hoy los cristianos se juntan para representar a la humanidad ante Dios, y son solidarios con el resto del mundo. Y es por ello que sus misas no se reducen a rogar por sus propios círculos, sino que amplían el arco de plegarias a la multitud, por la cual Jesús dio su vida.

           Esta invitación de Pablo podría ser para mí una incitación a reservar un rato a esa misma oración universal, sobre mis plegarias de petición, o de intercesión, o de acción de gracias. Este es el contenido ordinario de toda plegaria verdadera.

           Tres grandes orientaciones nos pueden ayudar a ello:

-la petición, al estilo de "Señor, ayuda a los hombres a que hagan esto",
-la intercesión, al estilo de "Señor, perdona a los hombres que hicieron esto",
-la acción de gracias, al estilo de "Señor, gracias por los hombres que hacen esto".

           Muy particularmente, el mundo de hoy está atravesado por grandes corrientes colectivas que afectan a categorías enteras de personas, todo un grupo, toda una nación, toda una zona. ¿Por qué no adoptar de nuevo esas grandes intenciones colectivas para pedir, interceder, dar gracias?

           Ya entonces sentía Pablo la importancia de esas articulaciones colectivas y en particular de "aquellos que tienen responsabilidades" sobre todo un conjunto de hombres. Nuestras preces universales actuales han reemprendido esa intención. No olvidemos que los jefes de estado, por los que Pablo pedía oraciones, eran todos paganos en aquella época.

           Esta nota nos permite subrayar el papel de lo profano, según Pablo: permitir y facilitar la paz civil, así como favorecer la tranquilidad y la convivencia. Y esto para sea posible una vida humana y religiosamente seria. Y todo ello porque "Dios quiere que todos los hombres se salven, y lleguen al pleno conocimiento de la verdad".

           Frase célebre de Pablo, que hay que dejar que resuene en nuestro interior. Nuestra oración tiene que ser universal porque la voluntad de salvación es universal: ¡qué todos los hombres se salven!

           Alude Pablo a que "no hay más que un solo Dios". Pero a continuación no tarda en decir que "quiso tener un mediador entre él y los hombres". En efecto, dicho mediador es "Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo como rescate por todos los hombres". Dos razones profundas, por tanto, motivan que nuestra oración sea universal:

-que Dios es el único Dios, el de todos,
-que Jesús es el único camino para ir a Dios.

           Si nuestro corazón ha de estar ampliamente abierto al mundo entero, es porque el corazón de Dios ama y quiere salvar a todos los hombres. ¡Cada hombre, cada mujer, uno a uno, es amado de Dios! Al igual que Pablo, también yo "quisiera que oréis en todo lugar, elevando sus manos al cielo".

Noel Quesson

*  *  *

           Después de un 1º capítulo de introducción y alabanza a Dios, entra Pablo en materia, recomendando a Timoteo que en la Iglesia se haga lo que ahora llamamos oración universal. Quiere que se rece "por todos los hombres, por los reyes y por todos lo que están en el mundo". Y que recen por la paz, para que "podamos llevar una vida tranquila y apacible".

           El motivo es teológico y doble: "Dios quiere que todos se salven, y lleguen al conocimiento de la verdad". Y además, al igual que Dios es único y Dios de todos, también tenemos un único "mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos". La lógica es perfecta: Dios es Padre de todos y Cristo ha muerto para salvar a todos. Por tanto los cristianos tenemos que desear y pedir la salvación de todos.

           Eso sí, "alzando las manos limpias de ira y divisiones", porque si estamos llenos de orgullo (o de odio, o de divisiones), mal podemos rezar por todos. Como dice el salmo responsorial de hoy, recogiendo este tono de súplica: "Escucha mi voz suplicante cuando te pido auxilio, cuando alzo las manos hacia tu santuario. Salva a tu pueblo y bendice tu heredad".

           Tenemos la tendencia a rezar por nosotros. Es lo que nos sale más espontáneo, y además es legítimo. Por ejemplo, en las preces de laudes invocamos a Dios ofreciéndole nuestra jornada, y pidiéndole nos ayude en lo que vamos a hacer. Pero hay momentos en que rezamos por los demás, por el mundo, por la Iglesia. Y esa es una actitud fundamental de la fe cristiana: somos católicos (lit. universales), y también en nuestra oración.

           Convencidos de que Dios quiere la salvación de todos, y de que Cristo se ha entregado por todos, en la Oración Universal de la misa (y también en las preces de vísperas) nos ponemos ante Dios a modo de mediadores e intercedemos por los demás. Y eso no los curas o las monjas, sino todos los que vamos a misa.

           Esa intercesión nos hace ser a todos los cristianos un pueblo sacerdotal, desde el mismo día de nuestro bautismo. Y una de las cosas que hace el mediador es rezar ante Dios por los demás. Ésa es la motivación que ofrece la introducción al Misal romano:

"En la oración universal u oración de los fieles, el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres, por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren alguna necesidad y por todos los hombres y la salvación de todo el mundo" (IGMR, 45).

           Nos hace bien pensar y rezar a Dios por los demás. Luego trabajaremos por el bien público, pero el haber rezado por esas mismas intenciones por las que luego luchamos (la paz, el bienestar, la salud, la esperanza, la justicia) hace que nuestro trabajo quede iluminado desde la fe y el amor de Dios, y no sólo desde nuestro buen corazón o nuestro sentido de solidaridad humana, aunque ya sean buenas motivaciones.

           De alguna manera convertimos en oración la historia que estamos viviendo, con sus momentos gloriosos y sus deficiencias. Recitamos ante Dios las urgencias de la humanidad y, al rezarlas, nos comprometemos en lo mismo que pedimos. Esta oración nos pide que elevemos nuestras manos a Dios libres de ira, con corazón reconciliado: nos educa a vivir la historia con una cierta serenidad, con una visión desde Dios, deseando que se cumpla en nuestra generación su plan salvador.

José Aldazábal

b) Lc 7, 1-10

           Al término del Discurso Programático, dirigido a Israel, Jesús entra en Cafarnaún (v.1). Hay, por tanto, un cambio de escenario: hemos dejado el llano (lugar de sosiego y tranquilidad) y entramos en la ciudad de Cafarnaum (encrucijada de comerciantes y de culturas), pasando del mundo judío al mundo cosmopolita romano, pagano y helénico.

           A continuación, Lucas, con los trazos típicos de los personajes representativos (el esclavo de cierto centurión, el centurión o representante romano, el hijo que a punto de morir) describe la triste situación del paganismo, bajo el peso del poder constituido y jerárquicamente organizado: "Porque yo estoy bajo la autoridad de otros, y tengo soldados a mis órdenes. Y si le digo a uno que se vaya, se va; y si le digo a otro que venga, viene; y si le digo a mi siervo que haga algo, lo hace" (v.8).

           Las categorías de poder que presiden desde el vértice de la pirámide tanto las relaciones sociales ("subordinado") como las familiares ("esclavo") llevaban inexorablemente a la muerte de la sociedad, aunque las relaciones entre el superior y el subordinado fuesen óptimas ("al que apreciaba mucho"; v.3).

           La proclama de Jesús dirigida al pueblo de Israel ha llegado a oídos de los paganos que conviven con los judíos ("oyendo hablar de Jesús"; v.3a) y suscita en el paganismo la esperanza de que Jesús puede reparar su situación desesperada. No obstante, la manera que tiene el paganismo de contactar con Jesús es únicamente posible a través de la mediación del judaísmo: "Le envió unos notables judíos, para rogarle que fuera a salvar a su esclavo" (v.3b).

           Como se ve, no se trata aún del paganismo como tal, sino de paganos que están en inmejorables relaciones con el judaísmo: "Se presentaron a Jesús y le suplicaron encarecidamente: Merece que se lo concedas, porque quiere a nuestra nación y es él quien nos ha construido la sinagoga" (vv.4-5).

           Lucas evita que Jesús entre en contacto directo con el paganismo, cuando dice que "no estaba ya lejos de la casa" (v.6b); "no soy quién para que entres bajo mi techo" (v.6d); "tampoco me atreví a ir en persona" (v.7a). Y suele reservar este contacto a la Iglesia, en su futura misión apostólica (Hch 13). Pero deja bien claro que el mensaje liberador de Jesús no se circunscribe a Israel: "Al volver a casa, los enviados ("los amigos del centurión"; v.6c) encontraron al esclavo sano" (v.10).

           Ni el centurión romano, ni su siervo, tienen nombre propio, porque para Lucas todavía no ha llegado el momento del paganismo. En los Hechos de los Apóstoles, en cambio, el personaje que representa al paganismo oficial, adicto al cristianismo, viene designado por su nombre: Cornelio (Hch 10, 1-2.22), e incluso Pedro entrará en su casa de forma oficial (Hch 10, 25.28-29; 11,3).

           La descripción es programática: el mensaje liberador de Jesús, que por razones históricas tenía que predicarse primero a Israel, no tiene fronteras. No son los lazos de sangre los que determinan la pertenencia al reino, sino la adhesión a Jesús: "Al oír esto, Jesús se quedó admirado y, volviéndose hacia la multitud que lo seguía, dijo: Os digo que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe" (v.9).

           La multitud "que lo seguía" representa a los seguidores israelitas. Jesús constata un hecho que da que pensar: «Israel» no tiene fe, no cree en la acción liberadora de Dios en la historia, a pesar de que se considere el Pueblo de Dios. Aunque se refiere al Israel histórico, la lección va dirigida a los discípulos, la multitud de seguidores israelitas que le han dado la adhesión, a los que pone entre la espada y la pared: la fe propiamente sólo la ha encontrado en el paganismo, tan menospreciado por ellos.

Josep Rius

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           Para respetar la prohibición hecha a los judíos de entrar en la casa de un pagano, Jesús es llevado hoy a hacer un milagro a distancia, realizado por la Palabra sola. En el curso de su vida de taumaturgo sólo realizará dos milagros de este tipo (vv.1-10).

           Normalmente Jesús cura mediante un contacto físico y silencioso, como si su cuerpo poseyera cierta fuerza vital especial que Él no siempre podía controlar (Mc 5,30; 6,5).

           Generalmente Jesús controla su poder de taumaturgo tocando a los enfermos o "imponiendo las manos". Pero este gesto es aún insuficiente para expresar que se asume realmente la responsabilidad del acto realizado; otros relatos de milagros se preocupan por mostrar cómo Jesús acompaña a su gesto curador con una palabra (Mt 8,3; Mc 5,41). Esta expresa claramente la intención de Cristo, mientras que el gesto la lleva a su expresión más completa.

           En la curación del siervo del centurión Jesús se contenta con la palabra y responde así al elogio de la eficacia de la palabra pronunciada por el centurión (vv.7-9). No será ocioso recordar que el rito de comunión se lleva a cabo mientras los fieles expresan su fe en los mismos términos que el centurión: "Di solamente una palabra".

           La liturgia cristiana se ha liberado al máximo del rito y de la magia, para basarse únicamente en la "sola Palabra": la palabra que resonó en el corazón de Jesús en su Pascua, la palabra que nos acompaña implícitamente durante nuestra vida cristiana, la palabra, finalmente, que el rito expresa haciendo una llamada a la fe y poniendo al cristiano en relación explícita con Cristo.

           El mundo de hoy se pregunta si existe todavía una palabra del Señor. Si se recurre a ella después del fracaso de las palabras humanas, se corre el riesgo, evidentemente, de no comprender nada. La Palabra del Señor no se distingue de nuestras propias decisiones, pero da a los acontecimientos su dimensión última.

           Después de muchas dudas, el hombre la adopta como la que da mayor significación a sus acciones. Esta voz cura del egoísmo, da valentía, pero no dispensa jamás de la inquietud ni de la decisión. Solamente los hombres que no han percibido jamás un más allá de su vida, como, por ejemplo, el fariseo bloqueado en el legalismo, o el pagano apegado a la carne, son incapaces de oírla. ¡Dichosos los centuriones modernos cuyo corazón y cuyo oído están a la escucha!

Maertens Frisque

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           El centurión del evangelio de hoy era uno de aquellos paganos a los que ya no satisfacían los mitos politeístas, cuya hambre religiosa no se saciaba con la sabiduría de los filósofos y que, por consiguiente, simpatizaba con el monoteísmo judaico y con la moral que de él derivaba.

           Era temeroso de Dios, profesaba la fe en el Dios único, tomaba parte en el culto judío, pero todavía no había pasado definitivamente al judaísmo. Buscaba la salvación de Dios. Su fe en el Dios único, su amor y su temor de Dios lo manifestaba en el amor al pueblo de Dios y en la solicitud por la sinagoga que él mismo había edificado. Sus sentimientos se expresaban en obras.

           Los ancianos de los judíos, miembros dirigentes de la comunidad, ven en Jesús a un hombre por el que Dios hace favores a su pueblo. Están convencidos de que Dios sólo otorga tales favores a su pueblo, pero esperan que haga una excepción con el centurión por los méritos que se ha granjeado con el pueblo de Dios, y que se muestre también clemente con el pagano. Sin embargo, estiman que la pertenencia a Israel es condición necesaria para la salvación (Hch 15, 5).

           Los ancianos de los judíos consideraban necesaria la presencia de Jesús para la curación del enfermo. En cambio, el centurión atribuye eficacia a la sola palabra de Jesús. Por su experiencia del mundo militar, la considera como orden de mando y acto de autoridad. Tal palabra causa lo que expresa. Independientemente de la presencia del que la profiere hace llegar a todas partes el poder salvador. Con esta palabra basta para que se expulsen los poderes malignos y se reciba la salvación.

Fernando Camacho

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           En el pasaje de hoy vemos a Jesús entrar en Cafarnaum, donde un centurión del ejército romano tenía un siervo a quien estimaba mucho, que estaba enfermo y a punto de morir. Este oficial era un pagano, pero el mismo Jesús dijo de él que "que no había encontrado una fe tal en toda Israel".

           En nuestro mundo de hoy, en el que están mezcladas tantas razas y religiones, nos resulta muy conveniente constatar que Jesús tenía ideas muy amplias y abiertas... en contradicción con la actitud corriente de su tiempo, que era muy particularista.

           El centurión había oído hablar de Jesús, y le envió unos notables judíos para rogarle a Jesús que fuera a curar a su siervo, diciéndole que "merece que se lo concedas, porque quiere a nuestra nación y es él quien nos ha construido la sinagoga".

           Ese pagano, también como Jesús, tenía ideas amplias y abiertas: de su propio bolsillo había pagado la construcción de una sinagoga. Quizá era de esos paganos a los que no les satisfacían los mitos groseros del politeísmo. Entre los paganos y los incrédulos que me rodean ¿no los hay que se interrogan y que buscan la verdad?

           Jesús se fue con ellos. No estaba ya lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: "Señor, no te molestes, que yo no soy quién para que entres bajo mi techo. Por eso tampoco me atreví a ir en persona a encontrarte".

           Lucas recuerda pues aquí la rigurosa Ley de la época que prohibía formalmente, so pena de mancha ritual, entrar en casa de un pagano. Ese será el reproche que se hará a Pedro, unos años más tarde (Hch 11, 3). El pagano conoce bien esa barrera que separaba a los judíos y a los despreciados. Y Lucas subraya que es ésta precisamente la razón por la que no ha querido hacer él mismo la gestión, para no manchar a Jesús: fina delicadeza. ¿Somos nosotros, como lo fue el centurión, respetuosos con las mentalidades de los demás?

           "No merezco que entres bajo mi techo", dijo el centurión a Jesús. Hay sin duda en esa fórmula algo más que el tabú racial o religioso: es probable que, aun confusamente, ese hombre haya captado que Jesús estaba en relación con Dios... y se ha encontrado verdaderamente indigno de encontrarse en presencia de Dios. En todo caso ¡es maravilloso pensar que la Iglesia no ha hallado fórmula mejor para poner en nuestros labios en el momento que nos acercamos a la eucaristía! Repito esa fórmula de humildad, de verdad. Rezo...

           "Con una palabra tuya se curará mi criado", dijo también el centurión a Jesús. Habitualmente, Jesús solía hacer un gesto corporal en cualquier tipo de curación (tocaba, imponía la mano...). Ante la fe de ese pagano, Jesús es llevado a hacer un milagro a distancia, sin gestos y con su sola palabra. Realmente, el oficial se fiaba de Jesús, pues de lo contrario no hubiera explicado su propia experiencia sobre la palabra dada: Yo digo a mis subalternos ve, y ellos van".

           Al oír esto, Jesús se quedó admirado, pues la fe debe ser ese 6º sentido, que nos permita percibir unas realidades nuevas, e invisibles a los sentidos corporales. Y ese centurión romano, realmente lo tenía. Dichosos ellos, paganos modernos o cristianos, que mantienen su corazón a la escucha de esas realidades misteriosas y que no aceptan estar solamente clavados a la materia y al tiempo. Lo eterno está aquí.

Noel Quesson

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           Jesús hace hoy un milagro en favor de un extranjero, que, además, es un oficial, jefe de centuria del ejército romano de ocupación. Según los informes que le dan a Jesús, es buena persona, simpatiza con los judíos y les ha construido la sinagoga.

           La actitud de este centurión es de humilde respeto: no se atreve a ir él personalmente a ver a Jesús, ni le invita a venir a su casa, porque ya sabe que los judíos no pueden entrar en casa de un pagano. Pero tiene confianza en la fuerza curativa de Jesús, que él relaciona con las claves de mando y obediencia de la vida militar.

           Jesús alaba la fe de este extranjero. Después de tantos rechazos entre los suyos, es reconfortante encontrar una fe así: "os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe".

           Cuando Lucas escribe el evangelio, la comunidad eclesial ya hacia tiempo que iba admitiendo a los paganos a la fe, por ejemplo en la persona de otro centurión romano, Cornelio, que se convirtió con toda su familia. Entonces (Hch 10, 34) sacaron la conclusión de que "realmente, Dios no hace distinción de personas". ¿Sabemos reconocer los valores que tienen los otros, los que no son de nuestra cultura, raza, lengua, religión? ¿Sabemos dialogar con ellos, ayudarles en lo que podemos? ¿Nos alegramos de que el bien no sea exclusiva nuestra?

           La actitud de aquel centurión y la alabanza de Jesús son una lección para que revisemos nuestros archivos mentales, en los que a veces a una persona, por no ser de los nuestros, ya la hemos catalogado poco menos que de inútil o indeseable. Si fuéramos sinceros, a veces tendríamos que reconocer, viendo los valores de personas como ésas, que "ni en Israel he encontrado tanta fe".

           La Iglesia, en el Concilio Vaticano II, se abrió más claramente al diálogo con todos: los otros cristianos, los creyentes no cristianos y también los no creyentes. ¿Hemos asimilado nosotros esta actitud universalista, sabiendo dar un voto de confianza a todos? ¿o estamos encerrados en alguna clase de racismo o nacionalismo, por razón de lengua, edad, sexo o religión? ¿somos como los fariseos, que se creían ellos justos y a los demás los miraban como pecadores?

           Tenemos que empezar por ser humildes nosotros mismos. Cuando nos preparamos a acudir a la comunión eucarística, repetimos cada vez (ojalá con la misma fe y confianza que él) las palabras del centurión: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme".

José Aldazábal

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           Hoy nos enfrentamos a una pregunta interesante. ¿Por qué razón el centurión del evangelio no fue personalmente a encontrar a Jesús y, en cambio, envió por delante algunos notables de los judíos con la petición de que fuese a salvar a su criado?

           El mismo centurión responde por nosotros en el pasaje evangélico: "Señor, ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Mándalo de palabra, y quede sano mi criado" (v.7). Aquel centurión poseía la virtud de la fe al creer que Jesús podría hacer el milagro (si así lo quería) con sólo su divina voluntad.

           La fe le hacía creer que, prescindiendo de allá donde Jesús pudiera hallarse, Él podría sanar al criado enfermo. Aquel centurión estaba muy convencido de que ninguna distancia podría impedir o detener a Jesucristo, si quería llevar a buen término su trabajo de salvación.

           Nosotros también estamos llamados a tener la misma fe en nuestras vidas. Hay ocasiones en que podemos ser tentados a creer que Jesús está lejos y que no escucha nuestros ruegos. Sin embargo, la fe ilumina nuestras mentes y nuestros corazones haciéndonos creer que Jesús está siempre cerca para ayudarnos. De hecho, la presencia sanadora de Jesús en la Eucaristía ha de ser nuestro recordatorio permanente de que Jesús está siempre cerca de nosotros.

           San Agustín, con ojos de fe, creía en esa realidad: "Lo que vemos es el pan y el cáliz; eso es lo que tus ojos te señalan. Pero lo que tu fe te obliga a aceptar es que el pan es el cuerpo de Jesucristo y que en el cáliz se encuentra la sangre de Jesucristo".

           La fe ilumina nuestras mentes para hacernos ver la presencia de Jesús en medio de nosotros. Y, como aquel centurión, diremos: "Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo" (v.6). Por tanto, si nos humillamos ante nuestro Señor y Salvador, él viene y se acerca a curarnos. Así, dejemos a Jesús penetrar nuestro espíritu, en nuestra casa, para curar y fortalecer nuestra fe y para llevarnos hacia la vida eterna.

John A. Sistare

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           La historia del encuentro virtual de Jesús con el centurión romano tiene varios vértices escandalosos: 1º el centurión ha construido una sinagoga; 2º los judíos de renombre son amigos suyos (o sea, colaboracionistas con el régimen de ocupación); 3º no está muy clara la relación entre el centurión y su criado; 4º en ningún momento el centurión se presenta a Jesús, se sirve de intermediarios: los dirigentes judíos y unos amigos.

           La reacción de Jesús se desarrolla según un guión imprevisto y desconcertante, que rompe con el esquema habitual de los milagros: 1º no entra en relación directa con el enfermo; 2º accede a la petición de los dirigentes judíos y posteriormente a la de los amigos; 3º alaba la fe del centurión, un no judío al que se le podía acusar de varias cosas.

           Si la conducta de Jesús nunca nos sorprendiera, si Jesús no nos escandalizara alguna vez, ¿podríamos tener la certeza de estar ante el Jesús real?

           Hoy día, el guión de la Iglesia es demasiado previsible. Casi siempre se sabe de antemano lo que va a decir o a hacer en relación con los asuntos más debatidos en la sociedad. Hay poco espacio para la sorpresa. Sabemos bien cuál es la doctrina sobre la sexualidad, la economía, las relaciones humanas. Esta previsibilidad solemos interpretarla en clave de coherencia, pero ¿no será también resultado de la falta de verdadera fe?

Gonzalo Fernández

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           Jesús, hoy te diriges a la casa del centurión por la insistencia de unos ancianos judíos que te piden ese favor. El centurión es una buena persona, respetuoso con el pueblo judío, a pesar de ser oficial de un ejército extranjero. Además, no pide para sí, sino para su criado a quien estimaba mucho.

           Jesús, de la misma manera que el centurión buscó la intercesión de personas que estaban más cerca de ti, quieres que yo también busque la intercesión de los santos. Los santos, al estar muy cerca de ti, me pueden ayudar a presentarte mis necesidades o las de los que conviven conmigo. Como dice el Catecismo de la Iglesia:

"Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos a Cristo, éstos consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad, sin dejar de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra. Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (CIC, 956).

           Sin embargo, Jesús, lo que realmente te remueve y provoca el milagro es la gran fe del centurión: "Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe". Fe que, por ser auténtica, está basada en la humildad: "No soy digno de que entres en mi casa". Sin la virtud humana de la humildad, es difícil que me concedas la virtud sobrenatural de la fe.

           Pásmate ante la bondad de Dios, porque Cristo quiere vivir en ti, incluso cuando también percibes todo el peso de la pobre miseria, de esta pobre carne, de esta vileza, de este pobre barro. Sí, también entonces, ten presente esa llamada de Dios. Jesucristo, que es Dios, que es hombre, me entiende y me atiende porque es mi hermano y mi amigo.

           Jesús, te quiero poco: no sé corresponder a tu amor. Soy de carne y de orgullo: a la que me descuido, sólo me importan mis planes, mis gustos, mis apetencias. Me olvido de ti, de lo que me pides, y voy a la mía. Y, luego, me arrepiento y siento el peso de la pobre miseria, de esta pobre carne, de esta vileza, de este pobre barro.

           En esos momentos de íntima conversión, me dirijo a ti como el centurión: no soy digno de que entres en mi casa. No merezco recibirte en la comunión; me veo manchado: mi alma no está en condiciones de recibir al Autor de la gracia. Pero sé que si me arrepiento con humildad y recibo el sacramento de la confesión, tú me entiendes y me atiendes (me perdonas) porque, además de Dios, eres mi hermano y mi amigo.

           Jesús, una vez limpio te puedo recibir en la comunión, y entonces tú me llenas con tu gracia y con tu fortaleza y con tu amor. Pásmate ante la bondad de Dios, porque Cristo quiere vivir en ti. Jesús, quieres vivir en mí. Que no te cierre las puertas, que busque la intercesión de la Virgen y de los santos, que trate de hacer buenas obras y que imite al centurión en su fe y humildad.

Pablo Cardona

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           Los ancianos que son enviados hoy a Jesús, para interceder por el criado del oficial romano, apelan a que el oficial se merece que se le conceda lo que pide, en tanto quiere al pueblo y ha construido la sinagoga de Cafarnaum.

           Se trata de una actitud muy humana esa de pedir recompensas, o recibir castigos por nuestras acciones. Así catalogamos las acciones humanas y así creemos que es nuestra relación con Dios, quién nos premiará cuando hacemos el bien y nos castiga cuando hacemos el mal.

           Sin embargo, esa no es la forma de actuar de Dios. Recibir sanación no dependerá de si lo merecemos o no. Es cuestión de fe. Es así como Jesús se admira de la fe que ha encontrado en el oficial y hoy por hoy su acto es recordado en la eucarística en tanto en el acto de consagración repetimos sus palabras: "Señor, no soy digna de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme". Ojalá el Señor encuentre la misma fe en cada uno de nosotros.

Miosotis Nolasco

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           Por comparación de las cosas visibles nos acercamos a la realidad de las cosas invisibles, así sucede con el centurión que tenemos en la escena. Él contaba con soldados que estaban bajo sus órdenes y era obedecido con prontitud. Desde la experiencia de su poder terreno, que manda y las cosas se hacen, cree que una orden de Jesús es suficiente para que su soldado sea curado.

           La confianza en sí mismo es el trampolín que le lanza a la confianza en Jesús, y es que sólo desde la realidad de nuestro ser, personas pobladas por la fuerza del Espíritu, somos capaces de confiar en los otros siendo esta confianza la fuente de toda bendición.

           Señor de poder y misericordia que haces con tu poder cuanto quieres, te pedimos quieras sanar nuestras enfermedades, limpiar nuestros corazones y darnos la paz del alma. Te lo pedimos por tu infinita bondad para con los hombres.

Ernesto Caro

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           Podríamos preguntarnos ¿quién, o quienes se encargarían de meter en la cabeza del oficial romano todas esas ideas de la santidad reservada sólo a los judíos, que le impidió acercarse personalmente a Jesús y de recibirlo en su casa? Sus amigos, los ancianos de los judíos, hablarán por él ha Jesús. ¿No serían los mismos que construyeron las barreras entre Jesús y el oficial romano? ¿No serían los mismos que urgieron a ese oficial a impedir que un judío enterara en la casa de un gentil?

           A pesar de lo universal de la Iglesia, nosotros mismos, además de la vivencia personal de la fe, pues ésta es una respuesta que cada uno da al Señor, sabiendo que la fe se vive en comunidad, podríamos propiciar el vivirla en grupos totalmente cerrados alegando una y mil razones, que más que manifestar la universalidad de nuestra fe, nos manifestarían ante los demás como una Iglesia convertida en un grupo cerrado de iniciados al que, cuando algún "despistado" se adhiriera, causaría incomodidad entre los presentes y se le invitarían a retirarse, en lugar de ganarlo también para Cristo, recibiéndolo como hermano.

           Ojalá que aprendamos todos a dar una respuesta comprometida al Señor que nos dice "ven". Para qué estemos con él y nos dejemos instruir con sus palabras y ejemplo, de tal forma que después le obedezcamos cuando nos dice "ve". Y vayamos así a anunciar a los demás el evangelio de la gracia que se nos ha confiado. Un anuncio que, por cierto, deberá ir más allá de la proclamación hecha con los labios, pues el Señor mismo nos dice: "Haz esto". Y ojalá que realmente lo hagamos, para que no sólo seamos predicadores, sino testigos del evangelio.

José A. Martínez

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           En el pasaje de hoy, Lucas nos muestra cómo Jesús es acogido por un pagano que cree. La característica lucana que emerge con más fuerza es la humildad del personaje: "Señor, no te molestes más, porque soy bien poca cosa para recibirte en mi casa" (v.6).

           De este modo se hace hincapié en una actitud típicamente cristiana, frecuente en el evangelio de Lucas: "se fijó en la condición humilde de su esclava" (Lc 1, 48.51-53), "humilla al que se eleva, y eleva al que se humilla" (Lc 14, 11); , "no se atrevía levantar los ojos al cielo" (Lc 18, 9-14), "desconfiad de los primeros asientos" (Lc 20, 46).

           La fe del centurión pagano (que aprecia y respeta las tradiciones judía), es puesta en evidencia en contraposición a la poca fe de Israel. Esto despierta la admiración de Jesús. De este modo, introduce Lucas un tema que es a su vez una constante en su evangelio: la universalidad de la salvación. La fe no se limita a un pueblo, a una cultura, a una raza. La humanidad (todas la buenas obras) y humildad del centurión, constituyen un auténtico comienzo en el caminar de la salvación.

           Lo más significativo de todo el relato, es la insistencia, la itinerancia del centurión que revela la profundidad de su fe. No se queda en buenas obras, como los judíos. Este pagano avanza hasta introducirse en la intimidad de la fe y acepta a Jesús como aquel que viene de Dios y tiene poder para lograr que el mundo encuentre la salvación (simbolizada en la curación del enfermo).

Confederación Internacional Claretiana

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           La escena de hoy tuvo lugar en Cafarnaum, donde se nos muestra a un centurión como modelo de lo que hoy llamaríamos ecumenismo. A pesar de no ser judío, quiere al pueblo judío y le ha construido una sinagoga. De talante abierto, favorece a otros que no son de su círculo de creencias.

           Por lo demás, mantiene unas relaciones ejemplares con su empleado, a quien estimaba mucho. El centurión no excluye en su vida la doble situación de siervo-señor, pero la estima que tiene hacia su empleado la hace más humana. La relación de subordinación que hay entre él y sus soldados es la que el centurión reconoce como existente entre Jesús y la enfermedad.

           A pesar de no ser discípulo de Jesús, lo conoce bien. Para el centurión no es necesario que Jesús llegue a su casa a curar a su siervo; basta con que aquél lo ordene de palabra. Pero en este caso no será ni siquiera necesaria la orden de Jesús; bastará con la fe del centurión.

           Este relato de milagro es un tanto especial. No sucede como en otros en los que es Jesús mismo quien cura tocando o hablando al enfermo. Es la fe del centurión la que hace el milagro, sin necesidad de intermediarios judíos (los notables) o paganos (los amigos del centurión). Lo allí sucedido es un buen ejemplo de lo que Jesús mismo dice en el evangelio: "Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a aquella montaña que venga aquí, y vendría. Y nada os sería imposible" (Mt 17, 20).

           Aquel centurión mostró la fe idónea para hacer milagros; una fe tan grande no encontró Jesús entre los que era de esperar que la tuvieran, los judíos, que confiaban en un sistema incapaz de curar y salvar.

Servicio Bíblico Latinoamericano