24 de Julio

Sábado XVI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 julio 2021

a) Ex 24, 3-8

           Repitámoslo una vez más: si releemos estos viejos textos no es para hacer arqueología, aunque ésta nos ayude a comprender los hechos históricos y las costumbres de aquella civilización antigua, del s. XIII a.C. Pues los sentidos profundos de los textos son siempre válidos para cualquier época, y también los hábitos que Dios plasma en ellos.

           Pues bien, nos dice el texto de hoy que "bajó Moisés del Sinaí, y refirió al pueblo todas las palabras del Señor". Y el pueblo respondió a una voz: "Cumpliremos todas las palabras que el Señor ha dicho". Todos habremos notado ese detalle significativo: el pueblo de Israel no subió al Sinaí, sino que le fue mandado quedarse al pie de la montaña, bajo amenaza de muerte a quien quisiera acercarse (Ex 19, 12). Eso se llama saber guardar las distancias, entre ellos (al pie del monte) y Dios (en la cima del monte).

           El sentido de ese mandato es claro y siempre actual, aunque se deba traducir hoy de otro modo: Dios es misterio, Dios es lo absoluto, y un foso infranqueable separa a la criatura del Creador. Y sin embargo, Dios ha previsto unos puentes para salvar esa distancia, en la persona de su intermediario Moisés (que sube y baja incesantemente).

           Moisés escribió todas las palabras del Señor, levantó un altar, lo rodeó con 12 estelas (por las 12 tribus de Israel) y mandó a algunos jóvenes israelitas que ofreciesen sacrificios. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la derramó sobre el altar de Dios, y con la otra mitad roció al pueblo. Trato de imaginar esos ritos: ¡la sangre de las víctimas esparcida sobre el altar y sobre el pueblo! Todo esto simboliza la alianza: en adelante, Dios y ese pueblo están vinculados con la misma vida, con la misma sangre.

           Tras lo cual, Moisés exclamó: "Esta es la sangre de la Alianza que, según todas estas palabras, Dios ha establecido con vosotros". Son casi las mismas palabras que empleó Jesús para expresar la Nueva Alianza en su propia sangre. La misa ¿significa para mí la Alianza que Dios ha hecho conmigo? Porque no estoy nunca solo, sino que tengo a Dios conmigo. Esto debería ser una fuente inagotable de alegría, y por ello el cristiano debería vivir sin desaliento alguno, al participar del plan de Dios sobre el mundo y al ser el aliado del proyecto divino (que no puede fallar).

           Tomó Moisés el libro de la Alianza, y "lo leyó ante al pueblo". Ojo, que esto sí es arqueología: la Torah ya estaba siendo escrita, en este 3º mes del Éxodo. Y además, en hebreo, en una escritura inventada para el caso que no hacía sino aplicar los pictogramas del egipcio demótico (más simplificados todavía) a los sonidos de la lengua madre hebrea.

           "Obedeceremos y cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor", respondió el pueblo a Moisés. Ciertamente, los ritos son necesarios, como momentos particulares en los que se celebra la salvación de Dios. Pero sin quedarse nunca en sí mismos ni dentro del templo, sino llevándonos a la vivencia ordinaria de la vida. Ayúdanos, Señor, a practicar, a cumplir tu voluntad, en el núcleo de nuestras existencias cotidianas.

Noel Quesson

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           Dentro de la profunda experiencia que el pueblo hace de la manifestación de Dios en el Sinaí, la celebración de la Alianza ocupa un lugar privilegiado. Así, todo el pueblo participa en este misterio que afecta realmente al futuro de todos. Dios, por medio de Moisés, propone la Alianza (v.3): él será el Dios de Israel (su salvador) y el pueblo será el pueblo de Dios (su cooperador).

           Inmediatamente se escribe un memorial (la Torah, o libro de las palabras de Dios) y se erige un testimonio: 12 piedras (v.4), las cuales recordarán las 12 tribus que presenciaron el compromiso de todo el pueblo con Dios. Después, la Alianza es sellada con sangre, como era costumbre en la antigüedad (vv.5.6.8) y sacrificando para ello las víctimas: unas para ofrecer en holocausto (quemadas por completo) y otras para ofrecer como víctimas de comunión (comidas en el banquete ritual).

           La Alianza es una relación de vida que compromete cada instante y toda la existencia de los hebreos. O como dirán siglos después los profetas, una relación de amor. Vida y amor siempre nuevos, siempre reanudados, siempre abiertos a todos los caminos de la comunión y de la manifestación en la imaginación, de la búsqueda constante.

           Vida y amor de todos los tiempos, pero especialmente del ahora. De ahí que la Alianza exija una dinámica constante de conversión, y de apertura a la renovación. De ese modo, la sangre de las víctimas derramada (sobre el altar y sobre el pueblo) cobra el significado de sello vital, de la alianza contraída.

           Participar "de una misma sangre" es establecer un vínculo familiar o entrar en comunión de vida. En la celebración de la Alianza, la sangre de las víctimas crea un vínculo de unión entre Dios (el altar) y el pueblo (su aliado), haciéndolos participar de una misma vida y amor.

           Este texto es paralelo a los que narran la institución de la eucaristía. De este modo contemplamos la Antigua Alianza y la Nueva Alianza. Sin embargo, la 1ª, a pesar de su realidad histórica eficaz, no es más que una imagen de la 2ª, la nueva y definitiva alianza de Dios con toda la humanidad.

           En la eucaristía descubrimos en una única persona (Jesucristo) las características de mediador, sacerdote, víctima y altar, que hacen que su acción (ofrecerse en oblación al Padre) sea la Alianza definitiva y universal de toda la humanidad, con Dios y para siempre: "Por esta razón él es el mediador de una alianza nueva. Para que después de su muerte, librase de los delitos cometidos bajo la primera alianza, y los llamados pudieran recibir la herencia eterna, objeto de la promesa" (Hb 9, 15).

Josep Aragonés

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           Una vez ha presentado las leyes que constituyen el llamado Código de la Alianza (Ex 20, 22-23, 19), el redactor del libro del Éxodo nos propone el rito sacrificial del pacto entre Dios y el pueblo.

           En la vida civil, en el rito de la Alianza (Gn 15,17-19; Jr 34,18), después de haber sacrificado animales, los contratantes pasaban entre las víctimas sangrantes e invocaban sobre ellos la misma suerte de los animales si transgredían su compromiso. Siendo un rito profano, pasó a religioso. Ya que Dios no se hace presente en carne y huesos, el altar lo representaba ante el pueblo.

           La sangre, en la mentalidad bíblica está estrechamente relacionada con la vida (Dt 12, 23), y por eso no puede ser comida. "Derramar la sangre sobre el altar" significa entregar la vida a Dios. "Asperjar con la sangre al pueblo" significa que participa de esta misma vida. Dios y el pueblo son, de alguna manera, "hermanos de sangre". La sangre queda ligada a la alianza. En el NT es la sangre de Cristo, víctima inocente, la que sancionará el pacto de amor entre Dios y el Israel de la Nueva Alianza (Mc 14, 24). La carta a los cristianos hebreos (Hb 9, 18-20) se refiere directamente a este pasaje del Éxodo, y lo aplica a Cristo.

           El salmo responsorial de hoy (Sal 115) habla de un sacrificio de alabanza por haber salvado al salmista del peligro de la muerte. Leído en clave cristiana, lo entendemos en sentido eucarístico: la fracción del pan como sacrificio de alabanza por haber salvado a Cristo de la muerte.

Jordi Latorre

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           Puede parecernos extraño y hasta un tanto macabro el rito simbólico con el que Moisés y el pueblo ratifican su Alianza con Dios. Sellar un pacto con sangre era un ritual bastante repetido en aquella época. La sangre es símbolo de la vida, y la vida es algo sagrado, que viene de Dios. Es muy expresiva la ceremonia, en la que:

-se levanta una piedra grande (a modo de altar, que representa a Dios) y 12 piedras más pequeñas (una por cada tribu de Israel);
-se sacrifican unos animales, y su sangre se guarda en recipientes;
-se proclama el texto de la Alianza que el pueblo va a hacer con Dios, y todos contestan "haremos todo lo que dice el Señor";
-con la mitad de la sangre se asperja el altar, y con la otra mitad las 12 estelas.

           La sangre une a Dios y al pueblo de tal manera, que quedan obligados a cumplir la Alianza, bajo pena de que el que falte a ella pueda sufrir el mismo destino que los animales sacrificados.

           Nosotros hemos sido salvados por Cristo, y la Nueva Alianza que él ha establecido entre nosotros y Dios ha sido ratificada con su sangre. La frase de Moisés en el Sinaí, y la que Jesús nos dice en la Ultima Cena, son casi idénticas:

-"ésta es la sangre de la Alianza, que hace el Señor con vosotros", dice Moisés;
-"ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos", afirma Jesús, añadido la palabra .

           Ahora ya no es la sangre de animales, sino que es la sangre de Jesús (derramada en la cruz) la sangre salvadora, con la que ha sellado la Alianza y de la que participamos cada vez que celebramos su memorial eucarístico.

José Aldazábal

b) Mt 13, 24-30

           Terminado el aparte con sus discípulos, vuelve Jesús a dirigirse a las multitudes (v.34) con el término paretheken (lit. propuso), para empezar la parábola de hoy y la siguiente. Se trata de un término que ya se encontraba en la Torah (Ex 19,7; Dt 4,44), donde Moisés proponía al pueblo la ley, y con el que Jesús propone los principios fundamentales del reinado de Dios.

           Mateo omite la Parábola de la Tierra Automática (Mc 4, 26-29), y la sustituye por la Parábola del Trigo y la Cizaña. Y al decir que se trata de "otra parábola", la está poniendo en conexión con la parábola anterior (la Parábola del Sembrador). Pero así como ésta no trataba directamente del Reino (sino de las actitudes del hombre ante el mensaje del Reino), en la parábola de hoy (la de la cizaña) sí que se aborda directamente el reinado de Dios.

           La presencia de malas hierbas en un campo es cosa normal. Pero el rasgo peculiar de la parábola es que se atribuya a un enemigo (también sembrador, pero que actúa clandestinamente, "mientras dormían"). La cizaña tiene fuertes raíces, se entrelaza con el trigo, y de ser arrancada se lleva consigo el trigo (que es lo que ella quiere), eliminando con ello el bien.

           En el reino de Dios hay que tener prudencia frente a lo malo, al igual que Dios lo toleró en su creación (Mt 5, 45). Hasta la cosecha hay que tener prudencia, porque el mal se mezcla con el bien. Y hay que saber que la cizaña se manifiesta cuando el trigo da fruto (Mt 3,8.10; 7,17-19; 12,33; 21,43).

           También hay correspondencias entre Mt 3,12 y Mt 13,30, a la hora de usar los términos katakaio (lit. quemar) y apotheke (lit. granero). Jesús corrige, pues, la visión formulada por Juan Bautista, de un juicio inmediato y definitivo, pues éste no se verificará en la época histórica del reino, aunque los obreros sean partidarios de ello.

Juan Mateos

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           Como la mayor parte de las parábolas, la Parábola de la Cizaña debe ser sometida a reglas precisas de interpretación, para que puedan distinguirse en ella el pensamiento del Señor, y no tanto las tradiciones paralelas y no canónicas como el Pseudoevangelio de Tomás. También conviene decir que los evangelistas han tendido a transformar en alegorías (en la que cada inciso tiene un sentido especial) lo que en el pensamiento de Jesús no eran más que parábolas (en la que el sentido surge de la totalidad del pasaje).

           La paciencia de Jesús con sus enemigos (los fariseos) y los más vacilantes es algo que escandaliza a los apóstoles, preocupados por la oposición de los primeros (Lc 9, 51-56) y la defección de los segundos (Jn 6, 60-71). E invitado por ese escándalo, que corría el peligro de convertir la Iglesia en una secta de puros, Jesús pone de manifiesto la "prudencia de Dios", que aplaza el juicio del pecador hasta el último momento (dándole así tiempo para convertirse) y prohíbe a los hombres juzgar a los demás por propia cuenta (porque esa es una prerrogativa que sólo a él le corresponde).

           Acaban de inaugurarse los últimos tiempos, es cierto. Pero esos últimos tiempos no suponen la manifestación de la omnipotencia y del juicio final, como suponían los bautistas. Sino que suponen tiempos de espera y prudencia (2Pe 3,4-9; 1Pe 3,20; Rm 11,25-27; 8,1-18), ya que suponen el acoplamiento entre Dios y la frágil libertad del hombre.

           Mateo añade que la cizaña aparece más densa de lo que es habitual en ella (v.26), y resalta que fue sembrada por el enemigo (v.28) y será arrancada previamente al trigo, y reunida en gavillas para ser quemada (v.30). Hace así Mateo mayor hincapié en la separación de la cizaña y el trigo, elaborando su propio punto de vista con una explicación que aquí omitimos (vv.36-43): la tentación del cristiano (la intolerancia) y los periodos de cambios importantes (sectarios).

           Si Dios no hubiese sido paciente, Israel no habría sobrevivido a sus numerosas infidelidades. El AT es, de hecho, el libro de la paciencia de Dios para con su pueblo. Pero Israel, lejos de sacar de ello todas las consecuencias amorosas de Dios, se quedó con la imagen de un Dios violento cuyo juicio no tardaría en producir sus efectos sobre las naciones paganas.

           Desde que Jesús se proclamara el Mesías, o Hijo del Hombre encargado del juicio (Dn 7), sus oyentes se prepararon para verle juzgar y condenar. Y por eso se sobrecogen cuando le ven convertido en pastor universal, tratando frecuentemente con los pecadores y siempre paciente con los vacilantes.

           El secreto de la paciencia de Jesús reside en su amor, e invita al diálogo. Jesús se dirige a todos los hombres, con infinito respeto a lo que son, e invitándoles a responder libremente. Esta respuesta exige tiempo, y su itinerario constituye una verdadera aventura espiritual en la que los pasos adelante suceden a las marchas atrás. Jesús ama a los hombres hasta en los retrocesos, e incluso cuando el pecado del hombre le clava en la cruz, su amor persiste y sigue dándose a la humanidad entera.

           También la Iglesia, Cuerpo de Cristo, es en el mundo signo de la prudencia y de la paciencia. Forma a sus miembros en el respeto al otro (Rm 14) y acepta la temporalidad, dándose tiempo para reconocer al otro tal como es, llamado por Dios a seguirle.

           La actividad misionera es también signo de prudencia y paciencia, y con ellas va adquiriendo las renuncias necesarias, para expresar el verdadero amor con que Dios ama a los hombres. Los símbolos eucarísticos del pan y del vino son también signos de la paciencia de Cristo crucificado.

Maertens Frisque

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           La parábola de hoy comienza diciendo que "un hombre sembró buena semilla en su campo", y que "mientras su gente dormía vino su enemigo y sembró cizaña". Los que maquinan el mal tienen más sagacidad y mayor capacidad de organizarse que los que hacen el bien. El mal actúa de forma tan sutil que nadie se da cuenta, y por eso tiene mil maneras de infiltrarse. Y a veces nos despista, porque aparece camuflado entre lo que tenemos por bueno.

           El bien y el mal son 2 realidades que aparecen juntas en nuestra vida, porque brotan de la misma fuente: el corazón. De la abundancia del corazón habla la boca, y lo que sale de adentro es lo que hace bueno o malo a la persona. Esto mismo nos hace vivir en constante contradicción interna y, como reconoce Pablo, "queriendo hacer el bien, resulto haciendo el mal". No hay nadie tan bueno que no tenga algo malo, ni nadie tan malo que no tenga algo bueno. Quien opta por hacer el bien sabe que tiene que enfrentar el mal en todas sus formas.

           Jesús conoció la maldad y la corrupción de la sociedad de su tiempo, pero jamás enseñó que hubiera que acabar con los que oprimían o causaban injusticias. En esta parábola, su consejo es que dejemos crecer juntos el trigo y la cizaña, y que al tiempo de la cosecha ya habrá oportunidad para separarlos.

           Algunos, creyéndose superiores a sus predecesores, han pretendido organizar el mundo desde sus propios intereses o motivaciones, excluyendo y eliminando a los otros. Pues bien, lo mismo ha sucedido en la Iglesia, en que algunos se han creído superiores a Jesucristo, y han organizado su propia secta religiosa (los buenos) por oposición al resto (los malos), cometiendo cismas, herejías o divisiones.

           El cristiano se ha comprometido a luchar contra el mal (al igual que hizo Jesucristo), pero sin excluir a nadie y nunca por creerse mejor. La acción de juzgar es propia de Dios, y él es el único que conoce nuestras intenciones. Nosotros nos equivocamos, por lo general, cuando señalamos a los demás como peores, porque en esas mismas personas también hay actitudes y comportamientos de bondad.

           Por lo general, las plantas del jardín tienen que enfrentarse con otras más fuertes que ellas. Pero esta fortaleza se convierte en reto de superación. Buenos y malos se complementan, y la capacidad de vivir juntos, de soportarnos, de sobrellevarnos… nos hace ser fuertes. La bondad y la maldad son parte del equilibrio social, y las fuerzas sociales andan siempre en tensión. La misma realidad ecológica no es sino un equilibrio de fuerzas, muchas de ellas antagónicas.

Emiliana Lohr

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           Jesús narra hoy su 2ª parábola de todo su Discurso Parabólico: la cizaña en el campo de trigo. Y con ella nos revela la manera en que él considera a la humanidad, compuesta por buenos y malos, mezclada de bien y de mal. Pues bien, ambas realidades (gracia y pecado) cohabitan en mi corazón. Jesús tiene una visión realista, ni optimista ni pesimista.

           Los obreros proponen al propietario escardar la cizaña, y éste les responde: "Dejad crecer juntos la cizaña y el trigo". ¡Hay de qué extrañarse! Es con todo sorprendente que Jesús diga esto, justo cuando en la parábola precedente había insistido en los peligros de las malas hierbas que ahogan el trigo. Sin embargo, hay que escuchar lo que dice: "Por si acaso al escardar la cizaña, arrancáis con ella el trigo".

           Esta es la decisión del propietario del campo. Dios se ha reservado el juicio para el final de los tiempos ("hasta la siega"), y mientras tanto los hombres no tenemos derecho a juzgar. Sí, es verdad que nos cuesta admitir el estado actual del mundo, y nos gustaría que esa restauración del bien sucediese mucho antes del tiempo fijado por Dios.

           Pero Dios es más prudente, y soporta la cizaña y el daño que la cizaña causa al buen grano (que es lo que a él le preocupa, y no tanto la cizaña). Pues si Dios hubiera decidido destruir la cizaña, hubiera tenido que destruir también una parte de nosotros mismos. Cuando los discípulos querían hacer llover fuego del cielo sobre un poblado que había rechazado a Jesús, el Maestro se lo prohibió: "No juzguéis".

           No obstante, al tiempo de la siega dirá el propietario a los segadores: "Quemad la cizaña, y el trigo almacenadlo en mi granero". Dios lo tiene todo en su mano. Sabe que la creación progresa hacia su objetivo, y sabe que el trigo no se agotará por muchos que sean los temores. Hay que adoptar el punto de vista de Jesús, hay que ponerse a cooperar pacientemente en el lento trabajo de Dios. Esto supone una fe muy sólida, así como aguantar a los pecadores y a los malos, por si queda algo de bueno en ellos y se convierten.

           No hay que obcecarse, pues, por la existencia de cizaña en el campo. Los pecadores dispondrán del tiempo necesario para convertirse, y nadie tiene que adelantarse al juicio divino. Una vez más, hemos sido advertidos: el reino de Dios crece lentamente, y hasta el final no veremos los frutos.

Noel Quesson

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           Escuchamos hoy otra parábola tomada del campo, y también relacionada con la semilla: el trigo que crece mezclado con cizaña. Más adelante (el martes que viene), él mismo nos explicará su significado. Pero por el momento, hoy Jesús nos da una lección de prudencia y paciencia. Dios ya sabe que existe el mal, pero tiene paciencia y no quiere intervenir cada vez, sino que deja tiempo para que las personas cambien.

           A lo largo del evangelio hay momentos en que los apóstoles se muestran impacientes e imprudentes. Como cuando en un pueblo no les recibieron: "Maestro, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo?". Juan el Bautista usaba también un lenguaje duro: "Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego" (Lc 3, 9). Pero Jesús muestra paciencia con los pecadores, y como ya contará en la Parábola de la Higuera Estéril (Lc 13, 6-9), él concede tiempo al pecador, para ver si da fruto.

           Jesús nos dice que hay quien siembra cizaña en su campo, y habla de "un enemigo que actúa de noche". No hay que extrañarse de que existan fuerzas opuestas al reino de Jesús. Por eso hay que ser prudentes, sin precipitarse en los juicios ni dejarnos llevar de un excesivo celo, queriendo arrancar por nuestra cuenta la cizaña. Si Dios tiene esa prudencia frente al mal, ¿quiénes somos nosotros para enfrentarnos a él?

           Sí, pero ¿y el escándalo? ¿Y el mal que pueden hacer los malos en la Iglesia? No es que Jesús no nos invite a luchar contra el mal, pero sí nos advierte que hemos de saber discernir lo que es trigo y lo que es cizaña, lo que son ovejas y lo que son lobos. Y nos avisa que no seamos imprudentes, ni nos tomemos la lucha contra el mal por nuestra mano.

           Eso lo dejamos a Dios, para cuando él crea llegado el momento, "cuando llegue la siega". Y dejamos de lado esa actitud de queja continua y condena sistemática de los demás, que nos llevaría a buscar una Iglesia perfecta y elitista (como los fariseos, que se creían los perfectos y juzgaban a los demás).

           Dios no es ciego, sino que ve el mal y ve a los malos. Pero tiene prudencia, y hace todo a su tiempo. Jesús come con los pecadores y publicanos, y a veces consigue su conversión. El Reino ya está actuando, aunque no lo parezca, y aunque conviva de momento con el mal. La Iglesia no es la comunidad de los ya perfectos, sino la comunidad de los que van camino de la salvación, luchando contra el mal pero con prudencia respecto a la situación personal y al ritmo de maduración de cada uno. Como hizo Jesús.

José Aldazábal

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           Hoy Jesús me explica la Parábola de la Cizaña, en que él es el dueño y en que el campo es mi corazón, en el que él siembra la buena semilla de su gracia, que va sobrenaturalizando mi humanidad y me va haciendo más comprensivo con los demás (porque son hijos de Dios) y más exigente conmigo mismo (porque he de luchar por ser santo). Gracias, Jesús, por tantas cosas buenas que has puesto en mi corazón.

           Pero también descubro en mi corazón otras fuerzas que no son buena semilla: la inclinación a hacer lo más cómodo, el deseo de sobresalir, el querer quedar bien, la búsqueda de placeres desordenados, la envidia, la frivolidad... Esa es la cizaña que ha plantado en mi corazón el enemigo (el mundo, el demonio y la carne), y que a veces ahoga el buen trigo de mi vida interior. Ayúdame, Jesús, a mantener la cizaña a raya, ayúdame a dominar mis pasiones.

           El Señor sembró en tu alma buena simiente, preparándola para la siembra del último día. Y te dio la herramienta de la oración para que la hagas crecer, y a tu director espiritual para que te repita insistentemente lo que no debes pasar por alto. No obstante, y para sorpresa, has descubierto que el enemigo ha sembrado cizaña en tu alma. Y que la continúa sembrando, cuando te duermes y aflojas tu vida interior. Esta es la razón de que encuentres en tu alma plantas pegajosas y mundanas, que en ocasiones parece que van a ahogar el grano de trigo bueno que recibiste.

           Esas plantas pegajosas crecen cuando no vigilas, cuando te relajas y dejas de hacer tus ocupaciones normales. Como dicen los Santos Padre, "los demonios se meten a través de la tibieza y no hacen nada por salir de ella, empezando a despojar desde ella el temor y el recuerdo de Dios. Y una vez desarmados del socorro y protección divinos, se abalanzan osados sobre sus víctimas como sobre una presa fácil". Madre, ayúdame a despertarme cuanto antes, y a volver a luchar en serio.

Pablo Cardona

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           La Parábola del Trigo y la Cizaña recoge una larga experiencia del mundo agrícola. Pero se refiere a cualquier mundo en el que bien y mal (amor y desamor, prudencia e imprudencia, justicia e injusticia) crecen juntos, hasta que llega el momento en que hay que ajustar las cuentas para salvar al bien.

           El modo como actúa el sembrador de la parábola, aguantando pacientemente hasta el final (hasta que la cizaña ya no puede ocultarse), hay que saber entenderlo. Porque alguno podría ver como más saludable arrancarla cuando está tierna, y dejar al trigo más espacio para su desarrollo. ¿No es así como decimos que es mejor arrancar los pequeños vicios cuando están tiernos?

           Efectivamente, en las actitudes personales hiere menos al sujeto una pequeña llaga (por la raíz de pecado suavemente arrancada) que la extracción violenta de un vicio largamente cultivado. Pero en lo que se refiere a las actitudes de los demás, hay ocasiones en que lo único viable (como dice la parábola) es aguantar pacientemente a las personas en sus debilidades (morales, psicológicas...), con la esperanza de que recapaciten y se conviertan a la verdad.

Dominicos de Madrid

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           Tras explicar ayer privadamente la Parábola del Sembrador a los apóstoles, Jesús vuelve a dirigirse hoy a la gente. El cambio de auditorio no se consigna, pero está supuesto conforme a lo que se lee en el v. 34. El carácter de la enseñanza es obligatorio tal como se deduce de la forma verbal: propuso. Dicho verbo es el empleado en la traducción griega de la Biblia (Ex 19,7; Dt 4,4), donde Moisés presenta al pueblo la ley divina. Se trata, por tanto, de elementos que se consideran fundamentales para el desarrollo del reinado de Dios.

           La parábola opone la conducta del dueño de un campo a la actitud de su enemigo (vv.24-28a), y luego pasa a diferenciarla de las intenciones que tienen sus servidores (vv.28b-30).

           En la 1ª parte se trata de explicar el porqué de la presencia simultánea en el campo de lo bueno y lo malo. Omitiendo que se trata de una condición normal de todo sembrado, el pasaje se detiene en explicar la presencia de la cizaña como obra de un enemigo del dueño del campo.

           Dicha explicación aparece primeramente en la boca de Jesús (v.25), y luego en las palabras del dueño del campo (que esclarece a sus servidores la presencia de ese factor negativo). Frente al sembrador de trigo y de toda buena semilla, se debe contar con la presencia de otro sembrador, a quien se deben atribuir los elementos negativos de la existencia. Este último actúa subrepticiamente aprovechando el descanso del dueño de casa y de sus servidores: "mientras todos dormían".

           Ante la pregunta sobre la existencia del mal, dentro de la creación de Dios, los criados se preguntan sobre el origen de la cizaña. Y el dueño del campo tiene cuidado de hacer tomar conciencia de donde procede: "Es obra de un enemigo".

           Éste es el marco que encuadra la contraposición entre el Señor y sus servidores. Estos, como el Bautista, quieren anticipar el juicio de Dios que separe lo bueno de lo malo. Por el contrario, el Señor retoma las imágenes de quemar y de granero (Mt 3, 12), y las sitúa como propias del "tiempo de la siega". En el tiempo previo, por el bien de la buena semilla, no es conveniente arrancar la mala hierba.

           Se nos dirige así una lección de prudencia, porque no estamos capacitados para distinguir entre ambos tipos de semillas, y porque no somos quienes para entrometernos en los procesos y tiempos del dueño del campo (Dios) y de su sembrador (Jesucristo), a través de los cuales harán florecer su cosecha.

           La evocación del Juicio Final sirve para superar la preocupación de los servidores y las preguntas angustiosas sobre la existencia del mal, así como crea un ámbito de tranquila certeza en la acción del dueño del campo, y anima a las fuerzas benéficas a que sigan actuando como buenas semillas sembradas.

           La potencia inconmensurable del mal, actuante en la propia realidad histórica, no puede hacer vacilar la confianza en la fuerza incomparable de Dios, y en su voluntad salvífica para todos los hombres.

Confederación Internacional Claretiana

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           La Parábola del Trigo y la Cizaña ofrece una reflexión sobre el reino de Dios en la perspectiva de un dualismo eventual: la cizaña crece mezclada con el trigo, porque de noche y cautelosamente se acercó el Maligno al campo y sembró las semillas del mal, en medio de las semillas sembradas por Jesús. La actitud del Maligno es crear confusión en medio del campo, tratando de llamar al mal bien, y al bien mal. Se trata del anti-sembrador del Reino, que proviene del mundo de las tinieblas porque, como todo hijo de las tinieblas, sabe cuál es el momento oportuno y está al acecho para sembrar el mal.

           Las 2 semillas (la cizaña y el trigo) crecen juntas en medio de las realidades concretas del campo, y se entremezclan sin diferencia alguna. Por eso es necesario dejarlas que crezcan en ese entorno, para evitar que al recoger la cizaña se arranque también el trigo. Ya llegará el momento de encontrar las diferencias entre ambas, cuando ya no sean semillas sino arbustos, y la diferencia entre ambas sea evidente, y el trigo haya dado ya su fruto. Dar fruto o no darlo, en la mentalidad del evangelio, es lo que permite distinguir lo bueno de lo malo, y lo que dará a cada uno lo suyo: la hoguera a la cizaña y la recolecta al trigo.

           La intención de la parábola es advertir que la mies mesiánica será cosechada en el día fijado. Mateo le da al texto un tinte escatológico, porque la mención de la mies orienta la atención hacia el juicio final, aludiendo al fuego que destruye la cizaña (el mal) y a los graneros que almacenarán el trigo (el bien). Ésta es la idea de fondo que recorre la parábola: la separación definitiva de los buenos y los malos, con el exterminio de estos últimos, y la alegría del pueblo elegido en torno al dueño de la mies.

           Pero hasta que llega ese día, hay que saber mantener las actitudes adecuadas, frente a las desgracias que suceden. No se trata de que el dueño del campo sea tonto, o que no se dé cuenta de lo que está pasado, pues es él mismo el que denuncia la "mano del enemigo" que arruina su trabajo y su cosecha. Pero aún así quiere salvar todo lo salvable. No vaya a ser que al arrancar la mala hierba, los trabajadores corten también el trigo, malogrando así parte de la cosecha.

           El relato de Jesús da incluso la impresión de que el dueño tiene alguna esperanza de que la mala hierba se termine convirtiendo en buena. Por eso quiere esperar hasta el tiempo de la cosecha. Entonces se verá lo que ha dado de sí el campo.

           Por otro lado, contrasta la actitud de los trabajadores. Ellos quieren tomar decisiones radicales (arrancar ya la mala hierba), aunque eso signifique cortar también algo de trigo. Pero el dueño del campo (Dios) confía de tal modo en su sembrador (su Hijo Jesús) y su semilla, que no pierde nunca la paciencia ni la esperanza. Quizás sea una buena actitud a imitar, en nuestras relaciones con los demás.

Servicio Bíblico Latinoamericano